Cosmos Congelado

Capítulo 10

El Fuego del Infierno

Degel se siente desesperado por darle alcance a Kardia, pues puede sentir las exhalaciones de poder provenientes del bosque, y sabe perfectamente que pronto se enfrentarán a poderosos espectros. Pero realmente no es que no confíe en las habilidades de su compañero, sino que está terriblemente consciente de las limitaciones que su cuerpo herido le pone: el hombre, con angustia y coraje, nota que no puede correr tan rápido, que su armadura, que lo ha protegido siempre, ahora la siente como una dolorosa y constante presión sobre sus quemaduras que aún no sanan, igual que la terrible presión en el hombro izquierdo por la correa de la pesada caja de la Armadura Dorada de Escorpión.

-¡Vamos Degel! ¡Tienes que correr más rápido! – el hombre corre los larguísimos pasillos del castillo lo más rápido que el dolor le permite, cuando voltea a ver una de las altas ventanas del pasillo principal, y se da cuenta que de un salto, puede llegar rápido al fiordo. Sin pensarlo dos veces, el Caballero Dorado de Acuario se lanza contra uno de los ventanales, destrozándolo completamente y cayendo varios pisos abajo. Sin embargo, una vez que cae sobre el suelo, se arrepiente de la temeraria acción: al momento que sus pies tocan tierra firme, su cuerpo completo se cimbra de terribles dolores al romper la inercia de su armadura y de la pesada caja a sus espaldas, viéndose obligado a caer de rodillas para respirar profundo y soportar el dolor, un sudor frío recorriendo su espalda. Después de varios segundos, Degel finalmente logra sobreponerse al tormento para reincorporarse y reiniciar su carrera.

-¡Rápido! ¡Rápido! ¡Mi hermana nos necesita!

Corriendo a la máxima velocidad que su lesionado cuerpo le permite, el caballero de Atena aún así logra escuchar los gritos femeninos y de inmediato reconoce la voz de la hermana de Elsa, obligándose a sí mismo a detenerse ante la intempestiva actividad que existe en la explanada: ya un batallón se encuentra avanzando hacia el camino del bosque, mientras otro se comienza a alinear, con la formación de un escuadrón completo de jinetes y caballos, y a la cabeza, la reina Anna, montada sobre un hermoso caballo alazán, armada y forrada con una elegante armadura plateada que brilla a la luz del sol ascendente, grita órdenes a diestra y siniestra, cual magnífico general de sus tropas.

Degel no puede creer que la mujer haya hecho caso omiso de sus advertencias.

-¡Reina Anna! – Evitando con dificultad el mar de gente a su alrededor, Degel por fin logra acercarse a ella, preocupado. - ¿Qué pretende hacer? ¿Es que acaso no escuchó las palabras de su hermana? ¿Acaso Elsa no pudo demostrarle que es inútil que ustedes se inmiscuyan? Deben de dejarnos esta batalla a Kardia y a mí, antes de que alguien salga lastimado de seriedad.

Anna lo ignora completamente, mientras sigue gritando órdenes a sus soldados.

-Primero dos escuadrones de caballería armada a diestra y siniestra, en la retaguardia inmediata irá la caballería pesada, siguiéndolos necesito a los arqueros y ballesteros, y detrás, el resto de la infantería ligera.

Matías se acerca a ella, empujando a Degel por el hombro de una forma despectiva.

-Mi reina Anna, la caballería pesada aún se encuentra armándose, no creo que sea prudente que los esperemos más. Deberíamos adelantarnos con la infantería ligera, que ya está preparada.

Anna gruñe por lo bajo, frustrada.

-Pero sólo son hombres a pie, no alcanzarán a esos guerreros ni al primer batallón, ¡necesitamos movernos rápido!

-Mi querida reina…

Degel se interpone en el camino del general, para interpelar de nuevo a la soberana.

-Reina Anna, por favor, escúcheme y escuche las recomendaciones de su hermana. Todo este ejército perecerá en un pestañeo si no presta atención a mi petición. Yo me encargaré de que no le pase nada a la ciudad. Sólo por favor, desarme el contingente, no permita que nadie más traspase los muros.

Matías golpea a Degel en el pecho con el dorso de la mano, ignorando el dolor que el golpe sobre el sagrado metal le produce al más joven, e hinchando el pecho de orgullo.

-Hazte a un lado, niño. No puedes realmente estarnos pidiendo que nos quedemos quietos sin hacer nada. ¡Es nuestro reino! Nosotros nos encargaremos de proteger a Arendelle y a nuestras reinas, no necesitamos de adolescentes insolentes para esa labor.

Pero Degel sólo le lanza una mirada de advertencia sin decir una palabra, para después insistir con la pelirroja beldad.

-Reina Anna, te lo suplico, de verdad no quieres ver a tu pueblo en un baño de sangre. Yo me encargaré de protegerte a ti, a Elsa y a tu pueblo. Sólo dame esa oportunidad y retira a tu gente.

Pero Anna le dirige una mirada furibunda al caballero.

-Para tu información, caballero, mi hermana, gracias a ti, se ha escapado de la protección del castillo y ha corrido directo al peligro. ¿Cómo pretendes que me quede quieta ante esta rebeldía? ¡Es mi deber, como su hermana y reina de Arendelle, protegerla!

Degel abre mucho los ojos ante la información, sintiendo un balde de agua helada cayendo sobre él.

-¡¿Qué has dicho?! ¿Ha donde ha ido Elsa?

Anna dirige su mirada a la profundidad del bosque.

-A encontrarse con esos malandros, tratando de alejarlos de Arendelle. Y eso es por tu culpa, ¡la culpa de los dos, que le han llenado la cabeza de ideas!

Degel ya no la escucha, pues sale corriendo a toda velocidad hacia el camino del bosque, hacia donde siente la máxima exhalación de poder. Sin embargo, una vez más se obliga a detenerse por un momento, para voltear a encarar de nuevo al pequeño ejército que la reina está formando.

Anna lo observa a la distancia, extrañada, para después abrir los ojos de par en par, al adivinar su intención.

-¡No! ¡Ni se te ocurra hacerlo!

Pero Degel ya ha levantado las manos, y lanza un poder que crea un grueso muro de hielo, tan alto como los mismos muros del castillo, y cerrando completamente el paso al ejército Arendelliano, para furia de la joven pelirroja.

-¡Degel! ¡No puedes hacerme esto! ¡Tengo que ir por mi hermana!

Degel niega con la cabeza, gritando para hacerse oír a través del muro.

-Lo siento, su Majestad. Pero Elsa me mataría si algo te pasara y yo no hubiera hecho nada para evitarlo.

Anna grita a todo pulmón, sintiéndose casi al borde del colapso nervioso, mientras observa la figura del Santo de Atena desaparecer tras la sombra de los árboles.

-¡Degel! ¡No puedes hacernos esto! ¡La matarán! ¡Los matarán a todos si no me dejas ir en su ayuda! ¡Degel!

Pero el hombre ya no puede escucharla, y Anna se debate entre bajarse de su corcel e ir corriendo tras él… si encuentra la manera… o azuzar a su montura para aventarse al fiordo e ir nadando a por él. Después de unos momentos, logra calmarse lo suficiente para respirar hondo en repetidas ocasiones, consiguiendo que su mente se aclare, que despeje el pánico al menos por un momento. Tras la última inhalación, Anna se baja de su montura para dirigirse a Matías que ya se acerca a ella.

-Su Majestad, esperamos sus órdenes.

La joven voltea a ver a todos lados, buscando una salida, cuando su mirada se topa de nuevo con el fiordo, y una sonrisa maliciosa se dibuja en su bello rostro.

-Degel es un tonto si cree que podrá detenerme. ¡Traigan dos barcos a la orilla! Transportaremos a nuestro ejército por mar, aunque sólo sean unos metros, pero lograremos salvar este obstáculo de forma inmediata.

Matías abre mucho los ojos, incrédulo ante la orden que le acaba de girar.

-Su Majestad, puede que eso resuelva la situación para algunos, pero no tenemos barcos suficientes para todo un batallón…

Anna finalmente desmonta, inquieta, caminando para todos lados mientras gira sus órdenes, y al mismo tiempo hablando con su general.

-Lo entiendo, Matías, no te preocupes. Pero ese no es mi plan. La caballería iremos primero, abordaremos los barcos y rodearemos el muro por mar, mientras pones a los ingenieros militares a derrumbarlo para que pase el grueso del ejército.

-Pero su Majestad… se ve que el muro es grueso. Tardaremos mucho tiempo en derribarlo.

Anna se exaspera, observando que el general tiene razón. Pero no se amilana.

-¡Ya lo sé, Matías! Pero debemos ir en pos de mi hermana, no importa cómo ni con qué medios. ¡No permitiré que nadie le haga daño! – Anna grita a todo pulmón, mientras su corazón se estruja de terror, sin poder evitar que su imaginación corra enloquecida por las mil cosas que podrían estar haciéndole a su inocente hermana. - Elsa… por favor resiste… ya voy por ti.

oooooooooooOOOOOOOOoooooooooooo

Elsa está temblando de miedo, pero aprieta los dientes y obliga a su mirada a endurecerse, tratando de no mostrar debilidad ante el enemigo, lo cual resulta más que difícil dada su precaria situación: acostada sobre el pasto, ambos brazos dolorosamente aprisionados con las rodillas de un pesado contrincante que porta una armadura oscura y amenazadora, su pecho frío por el escote rasgado salvajemente, exponiendo sus suaves senos casi completamente al descubierto, y dos poderosos adversarios riéndose de su vulnerabilidad. Todo eso sumado, no hace fácil que se muestre fuerte.

Pero no puede permitirse que sea de otra manera.

-Deberías dejarme ir. No tienes idea con quién te estás metiendo.

Pero Violate sólo se burla de sus palabras, al poder leer el miedo detrás de sus ojos.

-Jujuju, ¿Qué pasa, princesita? ¿Estás incómoda allá abajo? – Con saña, el imponente espectro se inclina un poco hacia adelante, permitiendo que su sapuri se encaje sobre la tierna piel de los brazos, haciendo gritar a su víctima. – No deberías de quejarte tanto, el dolor apenas comienza.

En respuesta, la reina de las Nieves concentra su energía sobre la parte más dolorosa de sus brazos, y empieza a congelar el sapuri de Violate, quien se sobresalta y casi se levanta de su posición, pero Aiacos lee sus intenciones y la empuja desde el hombro con una palma, ejerciendo presión hacia abajo y, al mismo tiempo, encendiendo el sapuri con llamas negras, que hacen gritar de dolor a ambas mujeres por un eterno instante, mientras él ríe. Sudando, temblando de dolor ante el fuego que le ha quemado la piel de los brazos, y con la respiración agitada, Elsa aún reclama al Espectro.

-¡¿C-cómo… cómo puedes herir… a tu compañero, de una manera tan cruel?!

Aiacos se burla.

-Deberías saber dos cosas, princesa: la primera es que Violate no es mi compañero, es una mujer que está a mi servicio; y la segunda, es que ella y yo no somos iguales a los caballeros que te han protegido. Nosotros debemos lealtad absoluta a nuestro señor Hades, significa que nuestra vida le pertenece. Violate morirá alegremente por él, sin dudarlo, al igual que yo.

Elsa se sobresalta ante la revelación, y busca los ojos de la espectro sobre ella, la cual también respira agitadamente, la tortura evidente en su gesto, pero esta le regresa la mirada, acompañada de una sonrisa maliciosa.

-El dolor no significa nada para mí, si es dedicada a mi señor Aiacos y a Hades. - Como para reforzar sus palabras, en un movimiento clava aún más sus rodillas sobre los brazos de la albina, y uno de sus huesos del antebrazo izquierdo finalmente cede a la presión, partiéndose a la mitad. La joven grita ante el tormento tan intenso que jamás había sentido. Violate se ríe ante el sufrimiento de la joven, pero su risa es interrumpida cuando un cuerpo colisiona contra el de ella, arrojándola lejos de la reina albina: Kardia finalmente les ha dado alcance y ha liberado a Elsa de su primer oponente. Los ojos del Santo de Escorpión resplandecen con un odio indecible dirigido al Juez del Inframundo.

-¡Malditos! ¡¿Cómo se atreven?! ¡Mejor pónganse con uno de su tamaño!

Pero Aiacos sólo se ríe de él.

-No te burles de mí, caballero. Tú estás muy lejos de estar de mi tamaño. Sin embargo, me considero un espectro magnánimo, por lo que te daré el honor de que tu vida termine en mis manos. - Pero antes de que el Juez pueda avanzar para atacarlo, Violate se interpone entre ellos.

-Mi señor, permítame encargarme de él. Este hombre no es digno oponente para usted. No puedo permitir que sus manos se manchen de sangre indigna.

Ante las palabras de la mujer, esta vez es el caballero quien se ríe abiertamente de ellos.

-Perfectamente puedo con los dos, muchísimas gracias. No son siquiera un reto para alguien como yo.

-K-Kardia… - Con su brazo roto acunado contra su cuerpo, y haciendo un enorme esfuerzo por soportar el dolor, Elsa logra girar sobre sí misma para levantarse parcialmente, quedando hincada sobre el césped, mientras profundos ojos azules plagados de tortura se mueven buscando a su amigo y salvador. Entre el dolor y la alegría de verlo llegar, la albina llama al caballero de Atena. - Llegaste… Kardia, realmente llegaste por mí…

Sin quitar los ojos de sus oponentes, el hombre se dirige a su amiga, quien está haciendo un esfuerzo por incorporarse, su mano sana sobre una de sus raspadas rodillas.

-Tranquila, Elsa, ya estoy aquí. ¿Cómo estás? No debes angustiarte. Degel ya viene para acá. ¿Crees poder irte lejos?

El dolor en su brazo es exquisito, indescriptible, pero sacando valor de su maltrecho cuerpo, la albina crea una capa de hielo que le sirve de férula, rodeando su brazo herido y colocándolo sobre su estómago, para crear un anillo de hielo alrededor de la cintura para fijarlo aún más al cuerpo, mientras mueve la cabeza lentamente en un gesto afirmativo, procurando no quejarse para no preocupar más a su amigo, e infundirle valor.

-S-sí… estoy bien. Concéntrate en ella. Yo… yo sobreviviré y nos marcharemos juntos de aquí.

Kardia asiente, impresionado por la fortaleza de esta mujer.

-Así será, Elsa. Tenlo por seguro que así será.

Aiacos los ve con desdén.

-Realmente están fuera de la realidad si piensan que los dejaré escapar. Mi señor Hades reclama la presencia de esta mujer, y sólo a su lado es donde irá. – Como para reforzar sus palabras, el espectro da un paso hacia ella, y Kardia se lanza sobre él, solo para ser interceptado por Violate, quien choca sus palmas con las de él y entrelaza sus dedos con los del caballero, como para medir fuerzas, impidiéndole que use su Aguja Escarlata.

-¿P-pero qué…?

-Yo te dije que sería tu oponente. ¿Acaso me tienes miedo?

El Santo de Escorpión empuja con todas sus fuerzas, pero estas parecen ser similares a las de Violate, quien lo mantiene en su lugar.

-¡Déjame pasar!

-Primero tendrás que vencerme, caballero. - Y con esto le suelta un puñetazo, que el peliazul apenas esquiva. Sin su armadura, sabe que cualquier golpe podría ser mortal. Los dos intercambian golpes, la mujer riéndose mientras el hombre se desespera cada vez más. Aún cuando sabe que no debe dejar sola a Elsa con el Juez, también sabe que primero debe de vencer a su oponente, y lo que es peor, está consciente de que su táctica tiene que ser más defensiva, ya que no puede permitirse un solo golpe de Violate.

-¡Te digo que me dejes pasar!

Pero la poderosa espectro sólo se burla más ante la desesperación del peliazul.

-Ríndete ya, caballero. Sin tu armadura no hay forma de que sobrevivas este combate. Tu princesa es nuestra y no podrás hacer nada por ella.

Kardia gruñe ante la burla y responde a todo pulmón.

-Eres una insolente. Elsa no es una princesa, ¡es una reina!

Aiacos ríe por lo bajo, observándoles divertido, cuando de pronto ve que el caballero, en un giro del cuerpo, ataca a su subordinada con todo su poder, el ataque provocando que descubra su guardia, movimiento que el juez decide aprovechar para zanjar la pelea lo más pronto posible, y se lanza sobre él con una llama negra en su puño. El movimiento es demasiado rápido, y Kardia lo percibe demasiado tarde, sólo alcanzando a abrir los ojos como platos, completamente tomado por sorpresa. Pero el puño de fuego choca contra una pared impenetrable, e inmediatamente después se crea una gran nube de vapor denso, que rodea a los contendientes, ocultándolos uno del otro.

-¿Pero qué…?

Aiacos da un paso atrás, mientras Kardia y Violate se quedan quietos, sorprendidos, y esperando a que se disipe el vapor, cuando lo primero que ven es un intenso y magnífico resplandor dorado entre Kardia y Aiacos: el Santo Dorado de Acuario, vestido en su fulgurante resplandor dorado, ha detenido el golpe con su Escudo de Hielo, y le sonríe, desafiante, al poderoso Juez del Inframundo.

-Ya estoy aquí. Ya podemos empezar la batalla como debe de ser.

Kardia sonríe mientras da un paso hacia su amigo, su cercanía activando la armadura dorada que se ceñía a la espalda del peliverde, y abrazando con un brillo intenso el cuerpo del peliazul, quien sonríe como un niño pequeño.

-Ahora sí me siento completo. ¿Pero, por que te tardaste tanto?

-Lo siento. - Degel se disculpa, sus ojos violeta fijos por un momento en su enemigo, para luego permitirse desviar discretamente la vista hacia el otro Santo de Oro, sabedor de lo difícil que debió haber sido combatir a manos limpias. - Tuve que poner una pared de hielo extensa: la reina Anna y un contingente se dirigían hacia acá, pero ahora seguramente les tomará un buen tiempo para… ¡Elsa!

Sus ojos finalmente se topan con la figura hincada y maltrecha de la reina albina, y sin pensarlo dos veces, el hombre sale corriendo a su encuentro, empujando sin miramientos al Juez del Inframundo. Como si se hubiera encendido una llama que oscurece los otros pensamientos, Degel se olvida por un momento de su amigo y sus enemigos, ante la vista que la joven reina de las Nieves le entrega: Elsa se encuentra hincada en el suelo con un gesto de dolor, su brazo izquierdo congelado alrededor de su cuerpo para inmovilizarlo de forma más efectiva, y sus brillantes ropas rasgadas y llenas de lodo, con sus senos casi completamente al descubierto, a pesar de lo cual la albina le dedica una sonrisa brillante. Él finalmente llega a su lado y cae de rodillas, sus ojos rastreando el cuerpo de ella buscando heridas de gravedad, registrando la ropa quemada y la piel de sus antebrazos lesionada, y las enormes manos del caballero se mueven a los costados de ella, tratando de ayudar, pero a la vez temeroso de que, al tocarla, le causara más dolor.

-¿Qué paso? ¿Cómo estás? - Sus ojos se posan en la tela rasgada que deja demasiada piel expuesta al frío inclemente, su pudor expuesto a la vista de los enemigos, y mientras se retira la blanca capa de la armadura dorada, para rodear con ella los hombros de su amada, la mente del caballero se llena de ira incontrolable, asesina, ante las tantas posibilidades que se arremolinan en su imaginación. - ¿Que te han hecho? ¡¿Quién se ha atrevido a tocarte de manera tan sucia?!

- No te preocupes, Degel, estaré bien. - la albina le sonríe, haciendo a un lado el tremendo dolor que le atenaza y tratando de calmar la evidente ansiedad del caballero, mientras su mano se posa sobre el antebrazo de él, y una sensación de tranquilidad la envuelve al verlo frente a ella. Con Degel a su lado, ahora sabe que todo estará bien. - No es nada serio, sólo una pequeña lesión. Ya casi no me duele.

La evidente mentira hace enojar aún más al Santo de Atena, cuyos ojos violeta buscan al culpable, encontrando la sonrisa sarcástica de Aiacos.

-Vas a pagar por esto, espectro, te lo juro por mi vida.

Aiacos sólo ríe, y se pone en posición de ataque.

-Eso lo veremos, caballero. Enséñame si puedes respaldar esas palabras con acciones.

-Degel… - Elsa le toma el brazo, preocupada por el hombre que sabe herido, pero Degel no se inmuta y, después de tomar la mano que lo sujeta para llevarla a sus labios, se levanta para enfrentar al enemigo, poniendo su cuerpo entre la joven albina y su oponente.

-Estoy listo. Veremos de qué estás hecho, espectro.

Aiacos ríe por lo bajo.

-Sería Juez del Inframundo para ti, caballero de Atena.

Ni tardo ni perezoso, Aiacos se lanza sobre el hombre, sus puños encendidos con llamas negras. Degel por su parte, lo recibe con un Polvo de Diamantes que lo congela de la cintura para abajo, apagando las llamas. Pero Aiacos sólo es detenido por un momento, pues de inmediato rompe sus amarras heladas con fuego y vuelve a arremeter contra Degel. Este lanza un segundo ataque que arroja lejos al espectro, haciéndolo chocar contra varios árboles. Aiacos se levanta de inmediato, enfurecido.

-Esto no te lo pienso perdonar.

Degel entrecierra los ojos mientras su enemigo se arroja hacia él: ha sentido el dolor recorriendo su brazo durante el último ataque, y comienza a preocuparse. Cuando Aiacos ataca, sus puños de nuevo incandescentes, Degel aprieta los dientes para soportar el dolor y envuelve los puños con ambas palmas, disminuyendo la intensidad del fuego que le quema los dedos. Pero Aiacos se burla.

-No vas a poder repetir eso. – Acto seguido, el fuego negro se extiende y envuelve completamente el cuerpo del caballero, haciéndolo gritar de dolor.

-¡Degel! – Elsa se levanta con esfuerzo, y extiende su mano sana para ayudar al hombre, pero ve que de inmediato el fuego se contrae, regresando a los puños del juez, mientras Degel continúa su grito, esta vez, un grito de guerra, y, tomando desprevenido al sorprendido Aiacos, le suelta la mano izquierda, golpeando con todas sus fuerzas la cara del Juez del Inframundo, provocando que salga disparado el casco de su sapuris, el cual gira en el aire mientras se ve envuelto en hielo duro, hasta caer por la gravedad. En el momento en que el casco congelado toca el suelo, se destroza en mil pedazos de hielo, haciendo que su dueño abra los ojos como platos.

-¡Imposible! La única manera en que se destruya ese casco es si…

-¿Si bajo la temperatura al cero absoluto? – Degel jadea, adolorido, pero con una sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro. – Soy el Santo Dorado de Acuario. Por supuesto que puedo congelar tu sapuris, e incluso cualquier armadura dorada. Y aún no has visto nada, espectro.

Aiacos se inclina en posición de ataque, una sonrisa retadora en su rostro.

-Bien. Veamos si puedes sostener tus palabras, caballero. – Tras sus palabras, el Juez del Inframundo lanza una poderosa llamarada negra que abarca toda la altura de Degel, pero este no se inmuta y lanza su propio Polvo de Diamantes, con la misma intensidad y envergadura de su enemigo, impidiendo que siquiera el calor lo alcance a él o a la albina que ya se encuentra a sus espaldas. Esto último lo hace sobresaltarse.

-¡Elsa! ¿Qué haces aquí? ¡Deberías huir hacia el castillo!

En medio de la conflagración, Elsa grita a todo pulmón tratando de hacerse oír.

-¡No puedo dejarte aquí! ¡Estás herido, y puedo ayudar con mi poder!

Degel niega con la cabeza.

-¡Por supuesto que no pienso permitir eso! ¡Yo soy un Santo de Atena entrenado para este tipo de batallas! No puedo permitir que te arriesgues así. Además, tu hermana está desesperada por llegar y protegerte. Deberías ir con ella.

Elsa se acerca a él, negada a obedecer.

-Yo sé que no estoy entrenada, ¡pero tengo el mismo poder que tú! ¿Por qué no puedo defenderme y defenderte?

-¿Acaso no lo entiendes? – Degel le grita a todo pulmón. - ¡Porque tú eres más importante, infinitamente más valiosa que yo! - Elsa se queda inmóvil ante el exabrupto del caballero, quien ya se encuentra jadeando del esfuerzo. – Y porque… porque te amo.

Elsa no sabe que contestar, y Degel aprovecha su silencio para insistir.

-Ahora mismo me siento terriblemente culpable por no haber podido protegerte, por no haber impedido que te lastimen de manera tan cruel. Por favor, no hagas que mi culpa se incremente, y regresa con tu hermana. Kardia y yo nos encargaremos de esto.

-Pero… Degel…

El hombre le sonríe sobre el hombro, sabiendo que está cercano a convencerla.

-Tu hermana viene por ti, no la hagas esperar, pero sobre todo, no la hagas que se arriesgue en vano.

Esas últimas palabras hacen el truco, y Elsa, con una mirada determinada, asiente, para después salir corriendo en dirección al castillo. Degel sonríe y suspira, sintiendo cómo se quita un peso de encima. Sin embargo, un movimiento del espectro que los confronta, una angulación de su flama, hace trastabillar a Degel hacia adelante, como si hubiera perdido el soporte.

-Muy bello, aunque he de confesar que más bien me asquea, al tiempo que me da risa que piensen que ella podrá escapar de mí. – Sin titubear, Aiacos se lanza hacia el frente para atacar a la albina e impedir que huya; Elsa detiene su carrera y se queda con los ojos abiertos de par en par, sin poder reaccionar, al ver la enorme silueta del espectro abalanzándose sobre de ella. - ¿Creías poder proteger a esta mujer? ¡Piénsalo dos veces, caballero! ¡Su vida es mía! – Sin embargo, Degel ya había adivinado que el Juez trataría de detener a Elsa y reacciona rápido, interponiéndose entre la beldad y su enemigo, listo para detener el ataque por segunda ocasión. Desafortunadamente para el caballero, en el momento en que sube el brazo para levantar su escudo de hielo, siente una punzada de dolor que lo inmoviliza una fracción de segundo.

¡No!

Degel alcanza a levantar el Escudo de Hielo apenas un microsegundo antes de que aseste el golpe, logrando que el puño llameante choque contra la pared congelada, mientras de nuevo son envueltos en una nube de vapor denso.

Aiacos ríe por lo bajo, su brazo aún estirado, sus ojos fijos en los violeta del caballero.

-Nunca pensé que debería recordarle a un caballero de Atena que jamás debe repetir un ataque frente a un espectro. Y mucho menos frente a un Juez del Inframundo.

Con el Santo de Acuario dándole la espalda, Elsa se inclina un poco, tratando de ver más allá de su nariz, pues el vapor aún es muy denso, hasta que percibe que los hombros del caballero, exactamente frente a ella, presentan un temblor fino.

-¿Degel?

Conforme se va disipando el humo, Elsa logra ver que algo oscuro, más bien teñido de rojo, protruye por la espalda del Santo de Atena, y siente algo húmedo y tibio corriendo a lo largo de su mejilla. Sin poder evitarlo, la joven se limpia el tibio líquido, dándose cuenta que es sangre lo que baña sus mejillas y cuello. Sangre del Santo de Atena.

-¡N-no… Imposible!

Un hilillo del vital líquido se escurre de la comisura de los labios del caballero, mientras él fija su mirada en los intensos ojos color violeta de su enemigo, de un tono más profundo que los suyos propios, y que en ese momento se burlan de su situación, para después clavar la mirada en la mano asesina que se ha enterrado en la profundidad de su hombro: el golpe del juez ha roto el borde del Escudo de Hielo que Degel no pudo levantar en su totalidad, logrando atravesar la armadura dorada de adelante a atrás, y rompiendo el hombro izquierdo del caballero.

Aiacos aún no retira su mano, y al contrario, gira la muñeca rápidamente, causando un enorme dolor que hace que el peliverde deje escapar un grito.

-¡Degel! ¡No! - Elsa trata de adelantarse un paso para alcanzarlo, aterrada ante la vista, pero la impresión es tanta que se siente congelada al suelo que pisa, y siente que el mundo gira a su alrededor. Hay tanta sangre a sus pies…

Kardia voltea a ver a su compañero al escuchar el grito de ambos, y sus ojos se abren como platos ante el espectáculo: Degel ha sido atravesado en el hombro izquierdo por el juez del Inframundo, mientras Elsa ha caído de rodillas a sus pies, con la mejilla de piel como el mármol, así como la blanca capa sobre sus hombros, ahora manchados con la espesa y valiosa sangre del Santo de Atena.

-¡Demonios! ¡No! - Pero cuando quiere dar la vuelta para correr hacia ellos, se da cuenta que su cuerpo no le responde, se niega a obedecer a sus deseos, y, espantado, voltea a ver a Violate, quien le sonríe maliciosamente.

-¿Acaso no te diste cuenta, caballero? Mi sombra se cierne sobre ti. Eres mío ahora. - Y sin dar más tiempo a actuar, empieza a golpearlo repetidamente, regocijándose de tenerlo a su merced, mientras el caballero lucha contra las amarras invisibles que lo mantienen prisionero.

Por su parte, Aiacos se ríe de los tres, mientras levanta su mano libre, para asestar un segundo golpe al Santo de Acuario, esta vez enterrando profundamente su puño en el abdomen dorado. Degel escupe sangre y grita débilmente, empezando a sentir los estragos de su pulmón desgarrado. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, sujeta con ambas palmas las muñecas de su atacante, manteniendo, a pesar del dolor, una mirada desafiante. Pero Aiacos sólo ríe.

-Había escuchado que los Santos de Atena veían sus armaduras como impenetrables, indestructibles, ¿no es así? Despierta ya, caballero. Yo soy un Juez del Inframundo. No hay armadura impenetrable para mí. Deja de pelear contra tu destino, pues en unos segundos caerás muerto a mis pies.

Sin contestar la burla, Degel aprieta los dientes y concentra su cosmos en ambas manos, congelando los antebrazos del espectro. Sin embargo, sus manos tiemblan, el dolor siendo exquisito ante el esfuerzo, y Degel se da cuenta que es ese mismo dolor lo que le impide bajar la temperatura aún más. Se da cuenta, con desesperación, que no puede congelar el sapuris de su enemigo. Aiacos lo observa divertido ante su predicamento, y ríe de nuevo, sintiéndose vencedor, mientras que de sus puños se forma de nuevo el fuego negro, que derrite el hielo recién formado y hace gritar al santo de Atena, esta vez con mayor volumen. Con un gesto de tremendo sadismo, el Juez retira con violencia ambos puños del cuerpo de Degel, casi provocando que este se colapse a sus pies. Pero Degel da un paso al frente, obligándose a estabilizar su cuerpo, su mano libre tratando de cubrir la herida sangrante de su abdomen, mientras de la boca continúa manando sangre que tiñe de rojo sus labios, su cuello y la preciosa armadura dorada. Con la burla pintada en la sonrisa, Aiacos acerca la cara a la de Degel, quien ahora, sólo por pura fuerza de voluntad, se puede mantener erguido y consciente.

-Vas a morir en mis manos, caballero. Deberías sentirte honrado.

Con una mano ensangrentada sujetando el cuello del caballero herido, la sonrisa de Aiacos se amplía, mientras la otra mano bañada en sangre se extiende hacia atrás, preparando el tercer y último ataque, el que atravesaría el poderoso corazón, acabando con la vida del Santo Dorado de Acuario.

-¡Noooooo!

La aterradora amenaza parece despertar a Elsa del shock en que se encontraba y, sin pensarlo dos veces, la joven planta con fuerza la palma de la mano aún sana sobre el piso cercano a los combatientes, congelando inmediatamente las piernas de ambos y sorprendiendo a Aiacos, quien baja una mirada enfurecida hacia ella.

-¡Tonta! ¿Acaso no entiendes que esos trucos no te sirven?

Pero el momento en que él descongela sus piernas, de la tierra a los pies de Degel se forma un puño hecho de piedra, que golpea potentemente el pecho del Espectro, mandándolo lejos y provocando que éste suelte de forma súbita el cuello del santo dorado, movimiento que lo hace tambalearse. Sin el sostén del enemigo, Degel se desploma, pero antes de que toque el suelo, Elsa crea para él un montículo de nieve que amortigua la caída, mientras la mirada de ella aún se dirige al Juez que se recupera del golpe.

-¡Chiquilla pretenciosa! ¡Esto no significa nada para…!

Antes de que pueda terminar, Elsa se incorpora de nuevo y levanta su mano para producir una ráfaga de viento, que se vuelve un remolino, rodeando y alejando aún más al espectro, el cual se esfuerza en mantenerse en pie, pero dentro del remolino empiezan a viajar ramas y hojas y piedras, que arremeten contra él, sin herirlo significativamente, pero colmando su pobre paciencia y manteniéndolo lejos de ella y del caballero herido.

-¡AArrgghh! ¡Déjame salir de aquí ahora mismo, o por Hades que te arrepentirás de haber nacido! - Aiacos extiende sus alas y crea fuego alrededor de él, que destruye las ramas y las hojas que lo atacan, pero ese fuego, en un gesto de Elsa, se convierte en un remolino de un intenso color violeta que lo envuelve más, y sin que el Espectro pueda dar crédito, le quema los dedos.

-No importa que sea fuego del Infierno mismo. Es fuego, al fin y al cabo, y ese elemento me pertenece. - Elsa se dirige al altivo Juez en una actitud desafiante, su mirada llena de determinación, mientras la adrenalina que corre por sus venas le hace olvidar por un momento el dolor.

-¡Mi señor! - Violate se da cuenta de que Aiacos se encuentra en problemas, pero Elsa reacciona a tiempo antes de que la mujer se acerque, y congela el piso en el que se encuentran ella y el caballero, con esto congelando la prisión invisible de su amigo, quien, golpeado y ensangrentado, puede ahora ver los cuerpos congelados de los muertos a quienes Violate ha obligado a salir del Inframundo para aprisionarlo. Sin querer pensar en lo que está destruyendo, Kardia rompe sus cadenas putrefactas y lanza su Aguja Escarlata a la mujer, haciendo que se retuerza del dolor, mientras él se yergue frente a ella.

-Es nuestro turno de castigarlos. No podrás moverte de aquí, espectro. Pero puedes suplicarme para que te deje vivir, y quizá lo haga.

Pero Aiacos está lejos de ser derrotado. De nuevo extiende sus alas y crea un fuego oscuro de gran intensidad, que invade y transforma el fuego violeta, casi rompiendo el remolino que lo aprisiona, del calor tan intenso que genera; pero Elsa levanta de nuevo la mano y, emergiendo del hielo derretido a sus pies, Nokk se materializa frente a ella, para después arremeter en una columna de agua contra el espectro, quien sale disparado lejos, apagando sus llamas en el proceso.

Elsa cae de rodillas, agotada, pero sólo se permite inhalar dos veces para tomar aire, y al tiempo voltea rápido para atender a Degel, quien se encuentra aún recostado boca abajo sobre el lecho de nieve que ella formara, ahora teñido de un profundo rojo escarlata. Si no hacen algo pronto, el hombre morirá desangrado.

-¡Oh… Degel…! - La joven se hinca a un lado de él, y, con su única mano sana, se esfuerza en voltearlo boca arriba para que pueda respirar mejor, mientras éste trata de abrir los ojos. La pérdida de sangre es mucha, el brazo de Elsa así como el manto blanco del caballero que rodea sus hombros, empapados en color escarlata brillante, y con desesperación ella nota que el hombre apenas puede respirar, del daño que ha sufrido su pulmón.

-Elsa… - Por fin acostado de espaldas, él extiende la mano para tocar su mejilla, y ella posa su palma sobre la de él, sin importarle que la mitad de su cara está impregnada de sangre, mientras gruesas lágrimas caen de sus hermosos ojos azules.

-Resiste, por favor… te llevaré inmediatamente a conseguir ayuda.

Degel siente que la vida se le escapa, pero aún así sonríe.

-Te amaré… aún más allá de la muerte…

-No me digas eso… no me abandones, por favor… - Con su magia y aprovechando la nieve creada, la Reina de las Nieves crea un carruaje que los llevará de regreso al castillo, pero en eso una explosión se escucha detrás de ellos: Aiacos aún no está vencido, el fuego negro se enciende alrededor de su armadura, evaporando cualquier vestigio de agua, y sus ojos son como llamas de furia.

-¡No permitiré que una niña tonta se burle de mí! - Furioso, arremete contra Elsa y el caballero, pero ella logra levantar un muro de piedra, que lo detiene sólo por unos segundos, para luego caer en enormes rocas, al ceder ante los puños de él. Elsa rápidamente da un beso suave en la frente de Degel y se incorpora para colocarse entre el hombre y el espectro, mirando retadoramente al Juez del Inframundo.

-No dejaré que nos hagas más daño. Yo te detendré aquí y ahora.

La albina lanza una columna de nieve, pero el fuego es tan intenso alrededor de él, que de inmediato se derrite. El espectro ríe y él mismo lanza llamaradas negras contra ella, que apenas logra detener con una pared de hielo.

-Si tus protectores dorados no han logrado detenerme, ¿qué te hace pensar que tú lo harás?

Mientras tanto, Degel hace esfuerzos por levantarse, el dolor y la pérdida de sangre haciendo mella en sus intentos, cuando en eso siente un peso en su pecho, y ve que Bruni lo mira atento, sus ojos brillantes como si tratara de hablar con él.

-¿Bruni? ¿Qué…?

La pequeña salamandra se lame un lado de la cara, para luego mirar intensamente la herida del pecho del hombre, y regresar su mirada intensa a los ojos violeta, que después se abren como platos, para después oscurecerse, comprendiendo.

-Sí… lo que sea con tal de poder ayudarla…

La joven reina ya está exhausta, después de mandar un ataque combinado tras otro, rocas, viento, hielo y agua mezclándose entre sí en su afanosa desesperación por detener el avance del Juez del Inframundo. Aiacos, a pesar de ser golpeado por la reina de las Nieves repetidas veces, parece no palidecer en su deseo por apresarla, y en cada golpe regresa con más ímpetu, con más coraje, empujando para resistir los embistes de ella, rompiendo rocas gigantes y atravesando vendavales. La fuerza de su ira parece no tener fin. En un ataque con un remolino plagado de filosas estalactitas, que el Espectro destruye fácilmente, se hace más evidente que Elsa está perdiendo, mientras su frente se perla de sudor y su respiración se hace agitada: entre golpe y golpe interpone enormes piedras que logran evitar que los ataques de él lleguen a ella, pero cada vez más se ve forzada a retroceder, ya no le es posible crear oportunidades de ataque. Es evidente la superioridad en adiestramiento del espectro, y Elsa se ve orillada a dar pasos atrás, cuando un grito de dolor a su espalda la hace voltear.

-¡Degel! - pero esa distracción le cuesta caro, ya que no logra impedir a tiempo un nuevo ataque de fuego, que llega a sus pies en forma de explosión y la lanza varios metros hacia atrás, su caída detenida sólo por la intromisión de Nokk, que amortigua el golpe. Aiacos velozmente se cierne sobre ella, preparando un nuevo ataque.

-¡Ahora sí te tengo! ¡Te haré pagar esta humillación antes de llevarte con nuestro señor Hades!

-¡Gran Koltso!

El ataque nunca llega. Degel, adolorido y exhausto, cercano al desvanecimiento, ha logrado detener el golpe del espectro, fijando sus movimientos, y temblando, se mantiene en dos pies. De su pecho y abdomen, a nivel del sitio de las heridas, surge humo espeso, prueba de la cauterización que Bruni hizo sobre el Santo Dorado, despertando los sentidos del caballero y evitando que pierda más sangre. Como si reviviera, e ignorando su maltrecho cuerpo, la mirada amatista de Degel se fija, desafiante, en la violeta del Juez.

-Aún estoy vivo, Aiacos… aún soy yo tu oponente…

-¡Degel! ¡No!

Kardia, mientras tanto, golpea a su adversario, tratando de llegar a sus compañeros, pero, aunque cada golpe la hace tambalear ante el tormento, Violate, a pesar del intensísimo dolor, sigue atacando al caballero de Escorpión.

-¡¿Cómo puedes seguir en pie, si ya te he golpeado varias veces con mi aguja?!

Detrás de su máscara de dolor, Violate sonríe, burlándose de sus palabras.

-Soy mujer, caballero, ¿acaso no sabes que las mujeres podemos soportar el dolor mucho mejor que los hombres? Y yo, sobre todas las mujeres, estoy preparada para soportar lo peor. Intenta otra cosa, orgulloso santo de Atena, porque así no me vencerás.

Kardia rechina los dientes y se lanza de nuevo contra ella, tratando de asestar la penúltima aguja, pero la espectro ya lo estaba esperando, y en una fracción de segundo evita el golpe, para plantar su palma en la cara de él, y, ejerciendo fuerza hacia atrás, hace que caiga de espaldas, azotando su cabeza contra el piso. El movimiento tan inesperado toma por sorpresa al hombre, sin que pueda hacer nada para evitar que su cabeza rebote en la tierra. Kardia, tumbado en el suelo, se toma ambas sienes, sintiendo como su cráneo palpita. La mujer aprovecha su estado, y se sienta sobre él a horcajadas, golpeándole la cara, mientras el Santo de Escorpión, indefenso, trata desesperadamente de protegerse con los antebrazos, su cabeza aún dando vueltas. La acometida contra él es bárbara, pero milagrosamente, en un momento en que su lucidez regresa, asesta un nuevo golpe, el penúltimo de la Aguja Escarlata, sobre el brazo izquierdo de ella, inutilizándolo y provocándole un intenso dolor, que se acrecienta en el momento en que Kardia, junto con su cosmo, hace arder su corazón, ambos gritando a viva voz, los dos presa de un dolor insoportable.

Aiacos parece ser inmune al sufrimiento de su compañera, mientras mira con desdén al Santo de Acuario, quien apenas puede mantenerse en pie, pero cuyos ojos permanecen desafiantes, mientras Elsa se para a su lado, dispuesta también a atacar en conjunto. No piensa dejar al caballero solo contra semejante contrincante.

-¿De verdad creen que entre los dos podrán derrotarme? ¡Ni siquiera juntos son rivales para mí! – Con total facilidad, en un movimiento de sus brazos Aiacos rompe el círculo del Gran Koltso, despedazándolo cual si fuera una cadena de ramas secas, mientras él mismo crea un círculo de llamas negras a sus pies, y al unísono sus manos se encienden con fuego del color de su sapuris, como si una maldición lo estuviera consumiendo. Degel da un paso al frente, listo para levantar sus defensas y proteger a Elsa, pero ella no se queda atrás, y coloca una mano sobre el hombro del caballero dorado, quien voltea a verla, dubitativo, pero la mirada intensa de ella le inspira fortaleza.

-Estamos juntos en esto, Degel. Pelearemos juntos también.

Él le sonríe, y voltea a mirar desafiante al espectro, pero antes de que puedan iniciar el ataque, una lluvia de flechas doradas cae desde el cielo, formando una línea entre los dos bandos.

-¿Qué pasa aquí? - Aiacos busca con la mirada hacia el cielo, encontrando la figura resplandeciente de un tercer caballero dorado flotando sobre ellos: Sísifo de Sagitario hace su aparición frente al enemigo, una reluciente flecha dorada apuntando al pecho del Juez del Inframundo.

-No dudes, ni un segundo, que esta flecha pueda atravesar tu sapuris y alcanzar tu corazón, si no te retiras ahora junto con tu compañera.

La mirada de Aiacos se vuelve dura, para luego fijarla en Elsa, quien continúa con su mirada desafiante. Necesita llevársela de ahí, entregarla a Hades, pero al voltear a ver a Violate, de rodillas en el suelo, con numerosas heridas sangrando, y aún haciendo su máximo esfuerzo por mantenerse en pie, finalmente el orgulloso Juez entiende que no podrán vencer. Al menos no contra cuatro contrincantes. Sin pensarlo dos veces, extiende sus alas para volar en dirección a Kardia, tratando de asestarle un golpe y fallando pues éste se mueve justo a tiempo. Sin embargo, su distracción es utilizada para tomar en sus brazos el cuerpo maltrecho de Violate, y los dos salen volando de ahí, no sin antes de que el Juez lance una amenaza.

-¡Esto no ha terminado, caballeros de Atena! ¡Les prometo que regresaré para llevarme a esa mujer, y tomar sus vidas también! - y así, salen volando los dos, dejando a los cuatro en guardia, mientras Sísifo finalmente toca el suelo.

-¡jajaaaa! ¡Eso! ¡Huyan de aquí! ¡Nada detiene al poderoso Sísifo! - Kardia cae de rodillas al suelo, presa de la fiebre que lo hace sudar frío y del dolor que le quema el pecho, a pesar de lo cual el joven grita a todo pulmón para celebrar su triunfo, lanzando puños al aire, emocionándose aún más al ver el caballo de la reina Anna apareciendo en el horizonte, seguida por un escuadrón de caballería. - ¡Estamos salvados, amigos! - El santo de Escorpión continúa gritando con todas las fuerzas que le quedan, abiertamente ignorando la mirada dura que le manda el santo de Sagitario, demasiado emocionado como para prestarle atención. Al fin y al cabo, el Centauro Sagrado está más que acostumbrado a que él lo ignore.

Pero Degel no se siente con fuerzas para festejar, pues su mirada se invade con una nube negra que lo envuelve todo, y está a punto de desplomarse sin poder evitarlo; para su fortuna, Elsa se percata de su situación y de inmediato lo rodea con su brazo sano, guiando su cuerpo lentamente hacia el suelo, mientras gruesas lágrimas surcan sus ojos.

-No tenías por qué sacrificarte así…

Degel sonríe tiernamente, mientras su mano acaricia la mejilla húmeda.

-Lo único que me importa, es que tú estés a salvo. Además… te hice un juramento, ¿no es así? Mientras seas mi anfitriona, yo te protegeré hasta con mi vida…

Elsa niega con la cabeza, sus lágrimas empapando la cara de él, mientras el hombre solo sonríe.

-Esa nunca fue mi intención, Degel, nunca quise que cumplieras tu promesa así. Por favor, no así…

Pero la sonrisa de él sigue siendo amplia, a pesar de que sus ojos se empiezan a cerrar contra su voluntad, el agotamiento y la pérdida de sangre finalmente haciendo mella en su maltratado cuerpo.

-Mi vida le pertenece a Atena, pero mi honor es mío. Te hice el juramento, y lo pienso cumplir.

-Degel…

El caballero la interrumpe, mientras su pulgar acaricia los rojos labios.

-Pero debes saber Elsa, que, independientemente de mi juramento, mi corazón es tuyo, y de nadie más. Sin mi corazón, no vale la pena vivir. Orgulloso doy mi vida para que tú seas feliz.

Ante tal declaración, los ojos de la albina se abren como platos, fijándolos en los amatista del hombre herido. Después de un momento, ella se inclina sobre el caballero, mientras sus labios húmedos se posan sobre los de él, sin importarle que aún se encuentran con rastros de sangre.

-Yo también me he enamorado de ti, Degel…

Ante el espectáculo, y a pesar de estar respirando agitadamente, Kardia cruza los brazos, mientras su pecho se hinche de emoción, y una sonrisa traviesa y de satisfacción ilumina su rostro. Pero sus ojos, fijos en la pareja, aún se niegan deliberadamente a ver al Santo de Sagitario, pues puede percibir perfectamente la penetrante mirada dorada de la mano derecha del Patriarca, fija en el caballero herido, una mirada que promete un castigo ejemplar ante la vista que se le presenta.

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A/N: Un poco de acción, un poco de drama, y un poco de empalagoso beso. ¿Pero por qué está Sísifo presente, y por qué esa mirada acusadora? Lo veremos en el próximo capítulo. Espero que les siga gustando la historia.