Cosmos Congelado
Capitulo 12
La Punta del Iceberg
Al amanecer lo primero que Anna hace es buscar a su hermana. El Consejo se reunió durante toda la tarde hasta ya muy entrada la noche, por lo que la joven se retiró directo a sus aposentos después de que Kai le asegurara de que Elsa se encontraba en la enfermería. Le alegraba que finalmente su testaruda hermana entendiera que debía cuidar más de ella misma. Sin embargo, su ansiedad crece: no recuerda la última ocasión en que estuvo lejos de Elsa más de dos horas mientras ella estuviera en el castillo. Toda una noche sin saber personalmente que se encuentra bien es demasiado. Así que sus pasos la guían apresuradamente a la enfermería, sólo para detenerse de forma súbita al atravesar la puerta, ante el espectáculo que se presenta frente a ella.
El cuarto se encuentra completamente congelado, estalactitas y escarcha por todos lados, la temperatura cercana al punto de congelación, y un bello Kardia semidesnudo, cubierto sólo con un pantalón corto, durmiendo en una litera llena de nieve. Pero lo que la ha alterado realmente, es que en la otra camilla Degel duerme en las mismas condiciones que su hermano, pero a diferencia del otro, su cuerpo está cubierto por el níveo y (espera que aún) virginal cuerpo de Elsa, quien se encuentra profundamente dormida, su cabeza recargada en el pecho de él, sus cabellos platinados cubriendo el resto de su torso cual si fuera una manta, su silueta, estirada cuan larga es, cubriendo sin restricciones el semidesnudo cuerpo del hombre, el color rojo escarlata del vestido contrastando con los cabellos plateados y la blanca piel de la joven, así como con la nieve que cubre la camilla y parte del cuerpo del Santo Dorado, mientras una enorme mano la sujeta de la cintura, pareciera que afianzándola posesivamente en su posición. Anna nota que la chica ni siquiera tiene ya la férula de hielo; pero dentro de su furia, al menos agradece que su hermana mayor esté vestida.
-¡El…! - la reina está a punto de gritar, pero Mary, la enfermera encargada de cuidar a sus visitas, le llena la boca de pequeñas barras de chocolate, haciéndola callar.
-¡Por favor su Majestad! - susurra la joven enfermera solicitando la piedad de la pelirroja. - No es lo que parece, y en parte es mi culpa. Antes de que diga algo, por favor permítame explicarle.
La joven reina asiente, su rostro aún contorsionado por la ira, pero con el ejercicio de masticar tan delicioso manjar, empieza a relajarse.
-Verá, su Majestad Elsa estuvo toda la noche atendiendo a los dos, pues yo soy una inútil en mi trabajo. Nunca pude bajarle la fiebre a ninguno, y durante la noche varias veces le subió la temperatura al señor Kardia hasta el punto de derretir la nieve que le había puesto la reina, así que estuvo muchas ocasiones con él, dándole de su poder, algo que se veía que la cansaba mucho, para luego regresar con el señor Degel y ayudarme a curar sus heridas, que seguían sangrando a pesar de los cataplasmas que le aplicamos, y de vez en cuando también le subía la fiebre, por lo que su Majestad Elsa tenía que esforzarse de nuevo para enfriar el cuerpo ahora del señor Degel, y después regresar con el señor Kardia. ¡Le juro que así nos hemos pasado toda la noche, alternándonos para atender a uno y otro! La última vez que su Majestad trató al señor Kardia, hace un par de horas, se veía tan exhausta que le propuse una idea: es de todos sabido que el cuerpo humano es el mejor para calentar un cuerpo frío, pero en las circunstancias de ella, ¿que tal si se aplicaba de la misma manera, pero con el efecto contrario? Así que le propuse que utilizara su propio cuerpo para bajar la temperatura del señor Degel. – Ante las palabras, Anna abre mucho los ojos, transmitiendo su incredulidad y enojo al saber que había sido Mary la de la idea. Interpretando correctamente la mirada, la joven enfermera cae de rodillas implorando compasión, mientras continúa su relato - ¡Mi señora! ¡su Majestad Elsa ya se veía muy cansada, no se me ocurrió proponerle otra cosa! En su defensa, ella dijo que no era propio de una dama hacer tal cosa, pero la fiebre del señor Degel estaba muy alta de nuevo, y ella sentía que no tendría fuerzas suficientes para producir más nieve, así que hizo lo que le dije, y se acostó sobre él, lo que funcionó casi al instante. Pero en cuanto notó que la fiebre había cedido, creo que se relajó tanto que se quedó también profundamente dormida. ¡Perdóneme su Majestad! No tuve el valor de despertarla para que se fuera a dormir a su cama. Se ve tan en paz estando ahí…
Anna levanta una ceja con incredulidad, y mastica rápidamente para poder preguntar lo que realmente le preocupa.
-La… honra de mi hermana… Degel ha… ¿Degel la ha tocado de alguna… forma impropia? – La pelirroja pregunta al mismo tiempo que señala la enorme mano sujetando a la albina de la cintura.
Mary agita las manos de forma frenética.
-¡Oh no, su Majestad! En cuanto su Majestad Elsa se quedó dormida, hubo un momento en que el señor Degel se sobresaltó y despertó por un instante, y al verla recostada sobre él sólo le dio un beso muy tierno en la cabeza y puso su mano en la cintura, suavemente para no despertarla, pero lo hizo más bien para estabilizarla, y después se volvió a quedar dormido.
Anna voltea los ojos ante el tono meloso de Mary mientras cuenta los eventos; a pesar de que no está convencida del relato, al ver a su hermana durmiendo con tanta tranquilidad, no puede evitar estar de acuerdo con la mujer: Elsa se ve llena de paz en los brazos del Santo Dorado.
-Es injusto que lo acuses sin conocerlo ¿sabes? No todos los hombres somos unos patanes. - La voz varonil de Kardia en medio de la tranquilidad del cuarto la sobresalta un poco. - Bueno… es cierto que habemos mucho peores, pero al menos Degel no es así: desde que lo conozco siempre ha sido todo un caballero. Nunca se atrevería a tocar a Elsa sin su consentimiento.
Anna voltea a ver al peliazul con un gesto de molestia, que se acentúa al ver la sonrisa burlona de él ensanchándose ante la mirada enojada de ella.
-¡Oh vamos! ¿No seguirás molesta porque mi amigo te dejó en un cubo de hielo? ¿verdad? Era para tu protección y la de tu séquito.
Anna gruñe mientras responde.
-Para tu información, no era un cubo de hielo, sino un enorme y grueso muro de hielo. Pero si has de saberlo, la única razón por la que no los he corrido de aquí después de ese sucio truco, es porque Elsa personalmente me lo pidió, pero si veo que Degel o tú siguen abusando de la confianza de mi hermana, no me importará lo que ella diga y los pondré de inmediato patitas en la calle. ¿Me oíste?
Sin perder la sonrisa, Kardia encoge los hombros.
-Como usted ordene, su Majestad. ¿Entonces quiere que despierte a los tórtolos?
-No será necesario, yo…
-¡Hey! ¡Degel! ¡Ya abrieron la biblioteca!
El grito hace que las dos mujeres se sobresalten, aunque también Degel, y el peliverde abre los ojos lentamente, para sonreír al voltear hacia abajo y verse envuelto en cabellos plateados. El grito de Kardia y el movimiento de Degel hacen que la albina también se mueva suavemente, despertando despacio, estirándose sobre el bien formado cuerpo del hombre. Aún parpadeando, medio adormilada, voltea hacia arriba para encontrarse con los ojos color violeta que tanto le fascinan, recargando la barbilla sobre su musculoso pecho, y la amplia sonrisa no se hace esperar. Están tan absortos el uno con el otro, que ninguno de los dos ha reparado en que tienen audiencia.
-Hey… ¿cómo te sientes?
De ser posible, la sonrisa de Degel se ensancha.
-Como en el cielo. Podría acostumbrarme a despertar así todos los días, ¿sabes?
-¡Pues espero que no lo hagas, amiguito, porque no va a pasar!
La voz enojada de Anna hace que ambos abran mucho los ojos y se sobresalten.
-¡Anna! - Elsa pega el brinco al ver a su hermana parada frente a ella, interpretando correctamente su mirada llena de furia, pero la mala posición en la que se encuentra hace que se gire de forma equivocada y casi caiga al piso, de no ser porque Degel aún la sostiene de la cintura; pero él mismo es un manojo de nervios, por lo que no logra mantener el equilibrio del peso de ambos, y los dos caen de la camilla, Degel moviéndose rápido para que su peso no aplaste a la frágil albina, lo que le provoca intenso dolor sobre sus heridas, y que estas se abran un poco. Ignorando el sufrimiento que la caída le ha provocado, de inmediato Degel se endereza junto con Elsa y los dos se arrodillan en el suelo frente a la reina, uno al lado del otro, hablando atropelladamente.
-¡Su Majestad! No es lo que usted piensa…
-Nosotros no… yo lo estaba curando…
-No pasó nada aquí, se lo aseguro…
-Hermana, él estaba muy mal y yo muy agotada…
-Le juro que no toqué nada…
Las manos de Degel están levantadas con las palmas al frente, como si mostrándose inocente del delito, y Anna apenas puede contener la risa, pero hace un esfuerzo por mostrarse enojada.
-¡Elsa, que vergüenza me da verte en ese estado! ¿Qué dirían nuestros padres, nuestra madre, si te vieran así, impúdicamente recostada sobre el cuerpo de un hombre? ¡Eres una dama y aunque ahora seas el Quinto Elemento, tu sangre sigue siendo la de mi padre, por lo que mientras vivas, siempre pertenecerás a la realeza, y debes recordar que tu decoro es muy importante!
Las mejillas de Elsa se pintan de un profundo tono rojizo ante la acusación, pero sobre todo, ante la mención de sus padres.
-Hermana… n-no es lo que piensas… yo no…
Viendo cómo la albina se encuentra en serio predicamento, Degel trata de ayudar.
-Su Majestad, de verdad que no tiene nada de que preocuparse. No pasó absolutamente nada entre nosotros, no es mi intención hacerle nada a su hermana en absoluto… - pero Elsa voltea a verlo, como si sorprendida y herida por sus palabras, y Degel tartamudea, viendo como sus buenas intenciones se hunden más. – Q-quiero decir… su hermana es hermosa, definitivamente, cualquier hombre se sentiría honrado de despertar con ella sobre el cuerpo de uno… - Elsa cierra los ojos lentamente, mientras se tapa la cara con las manos, completamente avergonzada, logrando con su gesto que Degel finalmente caiga en la cuenta de lo que acaba de decir, y levanta aún más las manos, temeroso de la reacción de la reina. – ¡N-no! ¡Quiero decir… no es lo que quise decir! Su-su Majestad, yo no… bueno, yo…
Pero Anna no lo deja terminar, sintiéndose a punto de soltar la risotada por los aspavientos del pobre y aterrado caballero, algo que su espíritu juguetón disfruta demasiado, por lo que decide explotar un poco más su papel de reina ofendida, de hermana regañona… Y, ¿Quién sabe? ¿De algún día cuñada agraviada?
-¡Deberías reconsiderar guardar silencio, Degel, y más te vale que no hayas mancillado el honor de mi hermana, pues si lo has hecho, tendrás que desposarla de inmediato para proteger el honor de mi familia!
-¿Despo… desposarla?
Contra todo lo que esperaba Anna, la reacción de Degel es muy distinta a como lo había imaginado: por un momento el hombre se queda atónito ante tal amenaza, pero no se aterra, como cualquier joven de su edad habría hecho, y más bien voltea a ver a Elsa, su mirada llena de intensidad, tanto que hace que Anna y la albina se sobresalten y abran los ojos como platos, esta última la primera en reaccionar.
-¡No! ¡No no no no! ¡No es necesario, Degel! ¡Anna, retira lo dicho!
Recuperada de la inesperada reacción del peliverde y siguiendo su propio juego, dramáticamente la joven reina se lleva los dedos a la barbilla, como si considerando muy seriamente la propuesta.
-Bueno, no habría problema si aún eres virgen…
-¡Soy virgen! ¡Aún soy virgen! ¡Aquí nadie ha mancillado nada y ya deja de insinuar y provocar cosas! - Ofuscada por las palabras y la acusación en ellas, Elsa hace un esfuerzo en desenredarse del vestido cuyo vuelo ha envuelto sus piernas, dificultándole el poder incorporarse completamente, por lo que Degel se levanta y le ofrece las manos para ayudarle, mientras Elsa sigue reclamando a su hermana. - ¿Cómo te atreves a dudar así de mí, hermana? Mejor piensa bien lo siguiente que dirás, o…
Pero Anna se cruza de brazos, una mirada de suficiencia en sus ojos azules.
-Aún no me convences, Elsa, la posición en la que los encontré habla por sí misma. Es más que obvio que los dos han intimado.
Las mejillas de Elsa, de ser posible, se tiñen aún más ante la acusación, esta vez tiñéndose también su cuello y hombros.
-¡La posición y lo que pasó aquí no tienen nada que ver con lo que estás diciendo! ¡Anna, me ofendes!
Kardia finalmente rompe en carcajadas ante la cómica situación, y Degel, también completamente sonrojado, está a punto de lanzarle una bola de nieve de no ser porque la misma Anna le jala las orejas como si fuera un niño pequeño, logrando que finalmente se calle.
-¡Hey! ¡Hey! ¡Eso duele!
-Tú mejor apúrate a arreglarte que deben bajar a desayunar bien vestidos. Y más les vale que bajen a tiempo, no me tienen muy contenta.
-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Suéltame que me vas a arrancar la oreja!
Anna finalmente cede ante sus protestas, y mientras el joven peliazul se soba, la pelirroja engancha su brazo con el de su hermana mayor para guiarla a la puerta.
-Vámonos Elsa, a pesar de que estoy ofendida te perdono; déjame te invito a desayunar un delicioso estofado caliente, y esperemos que estos muchachos decidan acompañar a un par de bellezas como nosotras.
La albina abre los ojos de par en par, tomada por sorpresa ante el súbito cambio de humor, e intercambia miradas de incredulidad con Degel.
-Pe-pero hermana… prometí que ayudaría a Mary a curar las heridas de Degel.
Para su mala suerte, la joven enfermera se muestra por demás presta a ayudar, inclinándose frente a la albina.
-Su Majestad, agradezco enormemente su sacrificio durante la noche, pero usted ya ha hecho más de lo que debería por esta inútil mujer. Le pido de favor me permita conservar un poco de mi honor como enfermera.
Elsa quiere protestar, sin embargo, arrebatada de cualquier argumento, decide que lo más sano es seguirle la corriente a su hermana menor, por lo que sólo le manda una mirada de disculpas al santo de Acuario, el cual le sonríe y asiente, entendiendo la situación.
-Está bien, Anna. Vamos, te acompañaré al desayuno.
Las dos beldades se dirigen a la puerta, pero antes de que puedan atravesarla, Anna les dirige a los dos hombres una mirada de advertencia.
-Más les vale a los dos bajar bien prestigiados. No pienso desayunar con hombres zarrapastrosos como están, por muy guapos que sean.
Dicho lo último, las dos desaparecen tras la puerta, seguidos por la mirada de ambos hombres. Degel se queda parado, confundido y adolorido, y Kardia finalmente se acerca a él.
-¿La escuchaste? ¡La reina cree que somos guapos! – Con una sonrisa felina en el rostro, el joven peliazul posa ambas manos tras la nuca, mientras inspira exageradamente. - Aunque es más dulce y amorosa tu reina, la verdad es que me gusta que me traten mal. Mi corazón late desenfrenado por tan hermosa pelirroja.
Pero ante esa declaración, Mary se ríe de él.
-Si le gusta el maltrato, le puedo presentar a Gerda, nuestra ama de llaves, ¡ella sí que lo va a maltratar!
Degel, a pesar de la situación tan embarazosa y el dolor de las heridas recientes, no puede evitar soltar una carcajada ante la ocurrencia de la enfermera y la cara de disgusto de su compañero de armas. Mary también comparte esos momentos de relajación, sin embargo, los da por terminado pronto, al dirigirse a los dos jóvenes.
-Mi señor Degel, mi señor Kardia, perdonen la interrupción, pero ya están listos los baños calientes para ambos.
Kardia, de ser posible, hace un gesto de aún más disgusto.
-¿Bañarse? ¿Por qué? ¡Si apenas está amaneciendo! ¡¿Por qué tanta violencia?!
Mary ríe femeninamente, mientras una vena de enojo brota de la sien de Degel.
-Deberías de avergonzarte por siquiera preguntarlo.
-Está bien, mi señor Degel, no es necesario que lo regañe; mi señor Kardia, le juro que no es mi intención molestarlos: su Majestad, la reina Anna, dio instrucciones precisas para que no bajen a desayunar sin antes haberse aseado de forma adecuada, además, necesito lavar las heridas del señor Degel, y cambiarle los vendajes. Aunque parece que la hemorragia ha disminuido, los apósitos siguen empapados de sangre.
Mientras la joven desembaraza el torso de Degel de sus vendajes, los dos hombres se quedan mirando las enormes heridas, de las cuales aún siguen manando pequeños hilillos de sangre. Ambos Santos de Atena intercambian miradas, mientras Mary termina su labor, un discreto rubor tiñendo sus mejillas al buscar la mirada de aceptación del alto caballero peliverde.
-Mi señor Degel, está todo listo, permítame ayudarle a bañarse.
Kardia sonríe, malicioso, al notar el rubor. Después de todo, él ha sido testigo, en mil ocasiones, de las reacciones de las mujeres ante su elegante y hermoso compañero de armas.
-¿Vas a bañar a Degel, Mary? ¿Es decir, realmente sabes cómo sujetar el poderoso instrumento de un caballero como él?
Ante la sucia insinuación, Degel le lanza un apósito sangriento a la cara, el cual el travieso de Kardia logra evitar, aún con la risita en los labios, pero el peliverde no logra evitar que los ojos de la joven enfermera se dirijan a su entrepierna, mientras su mente se llena de imágenes que la hacen sonrojar profundamente.
-¡N-no… no quise decir eso mi señor…! Bueno… s-sí es parte del baño de esponja, pero…
-No te preocupes, Mary. – Degel de inmediato llega a salvarla, sus ojos violetas aún reprimiendo a su compañero de armas. – Puedo bañarme solo, no es necesario que hagas eso.
-¡Pe-pero mi señor! ¡Tengo que lavar bien las heridas que trae! ¡Usted solo no podrá hacerlo de forma adecuada!
Kardia se levanta, aún divertido.
-Está bien, está bien. Yo me encargo de mi compañero, Mary, no debes de preocuparte. Yo enjabonaré su instrumento por ti.
-¡Kardia!
De ser posible, la joven se pone aún más roja, mientras hace una reverencia a los dos hombres, para salir corriendo del lugar, la carcajada de Kardia siguiéndola por el pasillo.
oooooooooooooOOOOOOOOOOOOOOooooooooooooooo
Ha pasado más de media hora, y Kardia, tras bañarse él mismo, ha cedido su lugar a su compañero de armas en la elegante tina de porcelana de la enfermería, y después de cumplir su promesa y ayudarle a Degel a limpiar sus terribles heridas, el inquieto peliazul se encuentra secándose su bien formado cuerpo, cuando se da cuenta del silencio que los ha envuelto por demasiado tiempo, y que los movimientos de su compañero mientras se lava son más bien mecanizados. Como si su mente no se encontrara presente.
-¿Estás bien, Degel? ¿Estás preocupado por la misión?
-¿Mh? No… en absoluto…
Degel apenas le presta atención, sus ojos violeta fijos en la nada, mientras su mano sigue limpiando una mancha en su pecho que hace varios minutos ya no está ahí.
Kardia esta vez presta más atención al caballero, enderezando su cuerpo.
-Entonces ¿finalmente le has agarrado miedo a Sísifo?
-No… no…
Es esa respuesta tan indiferente lo que hace que el hombre sospeche. Kardia no se considera un hombre brillante, no del todo, sin embargo, ha aprendido a leer a Degel como si fuera un libro abierto, por lo que, después de unos momentos de observarlo, resopla, divertido ante su hallazgo.
-Sabes que no puedes desposarla, hermano. Está prohibido por la ley del Santuario.
Degel pareciera finalmente haber despertado, gruñendo a su compañero.
-Técnicamente la ley no prohíbe que tomemos esposa.
Kardia ríe por lo bajo al darse cuenta que ha dado en el clavo perfecto.
-Tú eres el experto en las leyes, pero que yo recuerde, está prohibido tener pareja en el transcurso de la Guerra Santa. Puedes casarte antes, o después, pero no durante, pues la ley nos exige devoción absoluta a Atena durante esos tiempos. Tendrás que regresar vivo para poder desposar a Elsa. – El peliazul no puede evitarlo, pero esa última frase la dice con toda la alegría y esperanza del mundo.
Degel no nota el desliz, y en cambio le dirige una mirada furibunda a Kardia.
-Yo nunca dije que la desposaría.
Por su parte, Kardia le regresa la agresión con una risa llena de sarcasmo.
-¡Por favor! ¡Hasta la reina Anna se dio cuenta de tus intenciones! ¡Y Elsa! ¿Por qué crees que ella reaccionó de esa manera tan asustada? ¡Hasta yo lo noté!
Degel abre los ojos como platos.
-¿De verdad reaccionó asustada? ¿Entonces crees que Elsa no querría casarse si se lo propongo?
Kardia ríe abiertamente, mientras se levanta para empezar a vestirse.
-Hermano, lo que yo creo es que debes de desacelerar un poco. Apenas llevas un par de días de conocerla. Sé que Elsa es hermosa, pero no puedes casarte con una mujer que acabas de conocer. Además, Sísifo también se dio cuenta de que traes algo con ella, y seguro te hará la vida imposible, por lo que deberías de ser menos obvio.
Degel gruñe, mientras hace un esfuerzo doloroso por levantarse de la bañera, para poder imitar a su compañero de armas.
-No me di cuenta de Sísifo, pero sabes que no le tengo miedo. Él podrá decir lo que quiera, pero tengo maneras de defenderme.
Kardia se le queda viendo a su amigo por un momento, esta vez serio.
-Pues… puedes decir que ella es sólo un desliz, un entretenimiento para poder relajarte y tomar fuerzas, eso tranquilizará a nuestro pequeño amigo, y evitará que ande tras de tu cuello todo el tiempo…
-¡No pienso justificar mis acciones usando de forma tan sucia el nombre de Elsa! – Degel se ha girado con tanta violencia, que el dolor de sus heridas lo hace encogerse, y Kardia corre a su lado, ayudándolo a levantarse.
-Sólo es una idea para que Sísifo no te maltrate, hermano. Sabes cómo es…
Esforzándose por enderezarse a pesar del dolor, Degel aprieta los dientes, furibundo con su amigo.
-¡He dicho que no, Kardia! El honor de Elsa no es algo con lo que pienso jugar. Mis sentimientos hacia ella son sinceros. No pienso utilizarla ni manchar su nombre bajo ningún pretexto, ¡y menos para lograr que Sísifo esté satisfecho!
Kardia suspira, apesadumbrado, pero entiende a su compañero.
-Está bien, Degel. Está bien. Nos enfrentaremos a Sísifo, si así lo deseas. Pero sigo pensando que, en las condiciones en las que te encuentras, no sería buena idea. Por alguna extraña razón, tus heridas no están sanando tan rápido como deberían, sé que ya te has dado cuenta de ello. Y para ser honestos, nuestro querido superior no es precisamente suave y tierno. Si lo confrontas en ese estado, lo único que hará será lastimarte más.
Ayudado por Kardia, Degel finalmente se sienta en su camilla, adolorido, pero aún así beligerante.
-¡Que lo intente! Sé cómo detenerlo, cómo ponerlo en su lugar. Sísifo no me ha amedrentado antes, y no lo hará ahora.
Kardia se endereza, una ceja levantada en un gesto de incredulidad.
-Sé que no es precisamente santo de tu devoción, pero jamás había visto que discutieras con él, que te le opusieras tan abiertamente. ¿Por qué estás decidido a hacerlo ahora?
Todavía agitado ante el esfuerzo de moverse, ante el dolor que pequeñas actividades le producen, Degel fija sus ojos violeta en los azules de su amigo.
-Porque nunca antes había tenido algo que deseara con todo mi corazón.
oooooooooooOOOOOOOOOOoooooooooooooo
Casi media hora después, los dos Santos Dorados ya se encuentran listos y prestigiados para ir al desayuno, exactamente como lo ordenara Anna, cuando, como si su conversación previa lo hubiera presagiado, se encuentran a la salida de la enfermería al Santo Dorado de Sagitario, recargado sobre la pared del pasillo, en una posición que les resulta más que evidente que los estaba esperando. Serio y en su papel de superior rango, asiente mientras los jóvenes lo alcanzan.
-Degel, Kardia.
-Sísifo. - Degel le contesta, mientras Kardia sólo mueve la cabeza. Pero el momento en que los dos pasan a su lado para continuar el camino, esperando que él camine con ellos, con un súbito movimiento el rubio toma a Degel de la camisa, azotándolo contra la pared y provocando un intenso dolor en sus heridas más recientes; el joven peliverde sólo sisea, cerrando los ojos para aguantar el dolor, tratando de no mostrar debilidad. Sin embargo, aún cuando tomó el factor sorpresa, el alto general se ve amenazado por la Aguja Escarlata sobre su cuello, a la vez que descubre que su antebrazo con el que sujeta a Degel está completamente congelado, mientras el joven lo sujeta fuerte y dolorosamente. Por unos cuantos segundos, los tres permanecen en esa posición, sus miradas amenazadoras hablando por ellos, y finalmente el mayor se decide a romper el silencio.
-Está prohibido, Degel. Tú lo sabes, es la ley del Santuario.
Pero el Santo de Acuario, ignorando el dolor que le causa la presión del puño sobre su pecho, taladra a su compañero con la mirada, para apretar más su propio puño en señal de advertencia.
-Entonces deja que Atena me juzgue por mis actos en cuanto regrese. Tú no tienes el valor moral de siquiera mencionarlo.
-Cómo te atreves…?
Pero Kardia no quiere quedar fuera de la jugada, y presiona su Aguja contra el cuello del rubio de forma amenazadora.
-Ya escuchaste a mi compañero, Sísifo. Eres el brazo derecho del Patriarca, y por lo tanto nuestro superior, pero no permitiré que lastimes a un compañero herido, y menos si se trata de Degel.
Sísifo voltea su mirada amenazadora hacia el Santo de Escorpión.
-Baja ahora tu arma, Kardia, tú ya de por sí eres cómplice de esta atrocidad. No caves más tu tumba con estos actos.
Pero el joven sólo sonríe.
-¡Ja! Sabes perfectamente lo que pienso de las leyes del Santuario. Así que suelta ya a mi compañero o te las verás conmigo.
Para su sorpresa, es Degel quien protesta.
-Déjanos solos, Kardia. Este asunto lo arreglaremos él y yo.
Los ojos azules del caballero se abren con indignación.
-Quedamos que lo haríamos juntos, Degel.
Pero los ojos violeta se endurecen en una advertencia.
-No hermano. Esto lo resuelvo yo. Necesito que nos dejes solos.
Kardia gruñe por lo bajo, aprehensivo, mientras le lanza una mirada amenazadora al alto caballero agresor.
-¿Dejarte solo con este abusivo? ¡Ni te creas! Con tus heridas, la Guerra de los Mil Días seguro va a durar como tres horas.
Degel sólo voltea los ojos.
-Te agradezco tu confianza en mis habilidades, pero no debes preocuparte por mí. No habrá una Guerra de los Mil Días hoy. Este hombre y yo tenemos que hablar como la gente civilizada e inteligente que somos.
-¡Pfft! habla por ti. Este bruto tiene cara de querer hacer mucho más que sólo hablar.
Aunque agradecido por la preocupación de su compañero, Degel presiona.
-Es mi decisión, Kardia. Si mi flamante superior quiere una pelea, con gusto se la daré. Pero sabe que no le conviene. - Las últimas palabras son dichas con veneno, y Sísifo regresa su mirada penetrante a los ojos violeta del más joven, el cual enfría más aún su mirada. Kardia entonces entiende que hay algo más allá que la simple acusación, por lo que decide retraer su Aguja Escarlata, y encogiéndose de hombros, decide retirarse.
-Allá tú, hermano. Pero no te quejes si no queda comida para cuando llegues, pues si no te apuras me comeré también la tuya y no pienso volver a conseguirte, ¿entiendes? - poniendo ambas manos en la nuca, el hombre se retira, enfurruñado pero decidido a no voltear atrás. Y mucho menos a preocuparse. Desde hace mucho tiempo ha entendido que hay asuntos de Degel que no entiende, pero que sabe a la perfección que no debe de inmiscuirse, y este le suena a uno de ellos.
Una vez que el santo de Escorpión desaparece en una esquina, y finalmente se encuentran solos en el pasillo, Degel hace presión sobre el antebrazo, como si amenazándolo a romperlo.
-¿Podemos hablar ahora? ¿O prefieres quedarte sin brazo?
-Podrías también perder tu cuello.
-Claro, pero entonces no sólo sería el brazo el que se congelara, pues me encargaría que tuvieran que llevarte en un témpano de hielo de regreso a Atenas, para que entonces seas tú quien sea juzgado por asesinar a un Santo de Atena en misión.
Pero en vez de amedrentarse, Sísifo hace más presión sobre el pecho del joven, haciéndolo gemir, mientras sisea las siguientes palabras.
-Sabes que tu romance con la rubia está prohibido por las leyes del Santuario. Durante la Guerra Santa, tu devoción y tu vida deben estar dedicadas única y exclusivamente a Atena. Cualquier desviación a ese hecho está muy penado. Y como tu superior, es mi responsabilidad que veas el error en tu proceder.
Degel se encoge un poco del dolor, pero hace un esfuerzo en ocultarlo ante el Santo enojado.
-Claro. Pero en primer lugar, 'la rubia' se llama Elsa, y es una diosa, así que deberás respetarla y referirte a ella como tal. En segundo lugar, no serás tú mi juez, y si somos honestos, eres el que menos puede hablar de eso. ¿Acaso crees que no sé de tu enamoramiento con Sasha? ¿Piensas que tus sentimientos hacia ella no serían considerados como alta traición? No eres el único pecador entre los dos.
Ante la amenaza, Sísifo aprieta los dientes con fuerza para contenerse en darle un puñetazo. Como siempre, Degel ha dado en el clavo, en el punto donde más duele.
-Tu acusación es infundada. No puedes probar nada en mi contra. - El hombre usa su propio peso para recargarse más en el pecho de su subordinado, y Degel siente que no puede respirar, siente como su cuerpo se empapa de sudor frío ante el dolor punzante que le provoca su propio compañero. Pero en vez de mostrar realmente cuánto le duele, el hombre aprieta los dientes también, lanzando una mirada de profundo enojo.
-Aunque las tengo, realmente no necesito pruebas, pues tu castigo no sólo será ejercido por los jueces, sino que tú solo te lo estás imponiendo, pues sabes perfectamente, como sabemos todos, que ella ya ama a uno de nosotros. Lo que tu sientes por ella, aún cuando ella te perdonara, está destinado a morir contigo. Sasha ama a Tenma, y eso tú lo sabes mejor que yo.
Esta vez el caballero no se puede contener, y asesta un poderoso golpe a la pared con la mano izquierda, rozando la oreja de su subordinado en señal de advertencia. Sin embargo, Degel no se amedrenta, no retira su mirada penetrante de su superior, y el puñetazo pasa rasguñando la oreja del más joven y cuarteando el muro de piedra.
-No puedes acusarme, Sísifo, pues sabes que, si mis actos se someten al juicio de Atena, Sasha me perdonará, porque ella misma se encuentra enamorada de un Santo. Su corazón es tan grande que nos perdonaría a ti y a mí, y más aún porque entiende a la perfección lo que yo siento por Elsa. Puedo hasta decir que puede sentir mi corazón latiendo por ella.
-No hables de forma tan sucia de nuestra diosa.
-Eres tú quien tiene que entender que no será tuya nunca. Pero eso tu ya lo sabes. Y te duele ver que, en cambio, Elsa sí me corresponde a mí. Eso es lo que te tiene fuera de tus casillas desde que llegaste, ¿o me equivoco?
Quiere negarlo. ¡Oh! Sísifo daría su vida por poder negar ese sentimiento, ese deseo, que le carcome el alma. Que destruye su orgullo de caballero. La rabia que siente le nubla los sentidos, por lo que no se da cuenta cuando Degel suelta su antebrazo congelado, y coloca su puño cerrado en su pecho, sobre el corazón, tan lentamente como para no alterarlo, mientras la mirada penetrante se vuelve una de compresión.
-Puedo entender cómo te sientes, el dolor que te quema. Yo comparto esa misma sensación, amigo, ese deseo que te envuelve todo. Puedo entender mejor que nadie como tu mundo vibra y se ilumina con sólo verla, con sólo ver su sonrisa, y entiendo que darías la vida por que ella pueda ser feliz. Yo también daré la mía por mi propia diosa.
-Eso es una blasfemia… te debes a Atena. - De alguna manera, la acusación suena menos vehemente que hace un momento.
-Y Atena tendrá mi vida, eso nunca lo dudes. Pero Elsa me tiene completo, empezando por mi corazón.
-Deja de decir esas cosas Degel…
-Son cosas que tu dices diario para ti mismo, que piensas diario, aunque tu deseo hacia Sasha es distinto al nuestro. – Degel suspira, haciendo un esfuerzo por moderar su voz. - Antes no te entendía, Sísifo, pero ahora veo con claridad y siento empatía por ti, pues mi deseo es el mismo que el tuyo. Sólo que yo tuve más suerte en escoger diosa.
Sísifo suelta una risa sofocada ante sus palabras tan llenas de ironía, liberando un poco la presión de su puño contra el pecho del herido.
-Supongo que debo de decir que tienes razón… Maldito bastardo con suerte…
Degel imita su risa.
-Ya lo sabes. Tener suerte también se considera una habilidad. Por eso me junto con Kardia…
El alto rubio resopla, sin que pierda la sonrisa.
-Tienes razón, otro bastardo con suerte. Son tal para cual.
Ambos comparten ahora la risa burlona, mientras Sísifo se yergue más, bajando ambos brazos para dejar de lastimar al santo herido, mientras Degel se yergue también, un poco adolorido pero al fin liberado completamente de la presión. Después de un minuto de silencio, el rubio finalmente expresa sus pensamientos.
-El Patriarca… ¿él lo sabe?
Degel fija la mirada en su compañero.
-Claro. No hay nada que pase en el Santuario de lo que no esté enterado.
-¿Le dijiste?
El más joven niega con la cabeza.
-Sabes que no necesito. Nos conoce a todos. Él vino a mí preguntando si yo sabía sobre tus sentimientos, consultando cómo te sentirías, pero él ya lo sabía mucho antes que yo. La verdad es que aún no sé por qué me preguntó a mí.
-¿Y qué le dijiste?
-No importa lo que dije. Lo que importa es lo que él dijo.
-Bueno, ¿y qué dijo?
Degel le sonríe un poco.
-Que estabas perdonado sin miramientos. Que el problema sería siempre, si tú mismo podías perdonarte. Creo que te conoce demasiado.
Sísifo exhala, como si dejando ir un gran peso de encima, mientras pasa una mano sobre el cabello.
-Ese viejo loco…
-La realidad es que nos conoce a todos, amigo. Es por eso que te propuso primero para su puesto, por encima de cualquiera de los demás. No hay a nadie que conozca más que a ti. Y lo sabes.
-¿Y…? ¿Sabes si ella…? - Existe miedo en su voz. Una cosa es que el Patriarca sepa de sus sentimientos, pero que lo sepa el objeto de su adoración…
Degel niega con la cabeza, pero aún la mirada triste.
-Nadie se lo ha dicho, pero… bueno, tu la conoces a ella. Tiene una percepción mucho mayor que cualquier persona normal, y muy por encima de alguien de su edad. No lo apostaría, pero no dudo que lo sepa. - Degel pone su mano sobre el hombro del caballero. - Eres especial para ella, Sísifo. Tenlo por seguro. Quizá no de la manera en que a ti te gustaría, pero tiene un lugar especial para ti en su corazón.
El hombre sonríe tristemente.
-Sí, al lado del espacio que Kardia tiene en su corazón.
Degel voltea los ojos, pero no puede evitar que la sonrisa se amplíe en su rostro.
-Bueno, tú lo conoces. No importa lo testarudo, cínico y alocado que es. Tiene cierta habilidad para conquistar el corazón de cualquiera.
-No ha conquistado el mío.
-Yo creo que sí, pero no quieres aceptarlo.
La sonrisa de Sísifo, aunque aún incompleta, al menos se hace más sincera.
-No lo voy a aceptar.
Degel se encoge de hombros.
-Bien, como quieras. Ahora que ya podemos hablar como dos seres pensantes, ¿crees que me podrías acompañar a desayunar? Aún hay mucho que discutir en nuestro siguiente movimiento, además, me muero de hambre después de toda la sangre que perdí y más con tu reciente despliegue de macho.
Sísifo ríe por lo bajo.
-Creo que juntarte con Kardia al final sí te está afectando.
Degel sonríe, divertido pero a la vez orgulloso de su compañero
-Creo que tienes razón.
Los dos caminan en silencio por los largos pasillos, dirigiéndose al comedor donde los espera una abundante comida, cuando Sísifo se detiene, y Degel lo hace con él, observándolo con extrañeza.
-Antes de que atravesemos esa puerta, he de confesarte algo, Degel.
Una ceja de corte dividido se levanta.
-Tengo una extraña sensación de que no será nada agradable.
Sísifo niega con la cabeza.
-En efecto, no es agradable. Hablé con la reina Anna respecto a la orden que me dio Atena sobre llevarnos a su hermana al Santuario, para protegerla con mayor eficacia.
Esta vez tiene toda la atención de Degel.
-¿Y qué fue lo que dijo?
-Como tú ya habías predicho, la explosión que la reina tuvo fue demasiado intensa. Nunca antes había visto a una mujer más enojada, ni más terrible en su furia.
Degel suspira, mientras observa a su superior con un gesto de reproche.
-Te dije que no debías hablar con ella hasta que yo estuviera presente, pues ahora casi puedo estar seguro de que nos correrá de su castillo, y no quisiera separarme de Elsa antes de tiempo. Quiero decir, antes de que me ayude con la información.
Sísifo voltea la mirada, notando el desliz que el caballero se esfuerza por pasar desapercibido.
-¿Sigues con eso? Entiendo que la princesa Elsa es muy hermosa, pero deja de pensar con los pantalones: tu prioridad es Bluegard, Degel, no esa mujer.
El gesto de Degel se endurece.
-Esa mujer no es una princesa, es una reina, y de hecho, es la reencarnación de una diosa, por lo que deberás ser más respetuoso. Así lo ha ordenado Atena. Pero también de orden de ella debemos protegerla, y tú acabas de complicarme más las cosas. – Degel suspira de nuevo, sus ojos fijos en el piso por dos segundos. – Tendré que hablar con Elsa al respecto, ver si puedo convencerla.
Sísifo se cruza de brazos mientras niega con la cabeza, apesadumbrado.
-Respecto a eso, tendrás que pensar en otra cosa, pues ya también hablé con ella.
De nuevo se levanta una ceja de corte dividido, mientras una mirada de incredulidad se fija en el general.
-Y… me aterra preguntar, pero, ¿cómo te fue?
El alto rubio se encoge de hombros.
-Pues… aunque me duele admitirlo, debo reconocer que también sucedió justo como predijiste que sucedería: barrió el piso con mi persona.
Sin poder evitarlo, una tremenda carcajada se escapa de la boca de Degel, haciendo que el hombre se encoja de dolor, aún sin poder detener el exabrupto.
-¡No es gracioso, Degel!
-Por supuesto que es gracioso! – doblado a la cintura, sosteniéndose con una mano en la pared y sufriendo con el dolor, su gesto extrañamente contraído con una mueca de tortura y jolgorio a la vez, Degel finalmente logra detener el ataque de risa que se le acaba de escapar. – Oh… Atena… realmente necesito sanar pronto… Si me permites hablarte con honestidad, superior, fuiste muy estúpido al desoír mis advertencias. Te dije expresamente que no hablaras con la reina Anna, pero principalmente que no hablaras con Elsa, si no estaba yo.
-Es sólo una mujer. Honestamente no pensé que fuera tan difícil.
Aunque Degel se ofende de que su superior ni siquiera muestre un poco de arrepentimiento, la realidad es que no le sorprende: Sísifo siempre ha sido un hombre muy orgulloso, y muy arrebatado, por lo que mejor opta por ser diplomático.
-Bueno, yo te advertí que Elsa fue una reina, que se entrenó como heredera desde su niñez, por lo que es una experta en las negociaciones: te dije que no lograrías convencerla con tus pobres argumentos. He ahí el resultado.
Aún cuando no lo expresa, en el fondo Sísifo en realidad se siente culpable.
-Yo pensé que exagerabas.
Logrando finalmente enderezarse, aunque todavía el movimiento le arranca un gemido, el caballero le vuelve a sonreír a su superior.
-Sabes que yo nunca exagero, especialmente si se trata de la inteligencia de una persona. ¿Y cuál fue su respuesta?
-Obvio que no irá con nosotros. Pero, también me hizo aceptar que estoy obligado a respetar la promesa que tú le hiciste.
Degel abre los ojos, sorprendido.
-¿Y cómo demonios logró sacarte a ti esa promesa?
Sísifo deja caer los hombros, apesadumbrado.
-Si te soy sincero, aún estoy tratando de entender yo mismo cómo lo logró.
Degel ríe de nuevo, esta vez un poco más discretamente, aunque no por eso sin menos dolor, mientras le palmea la espalda a su compañero.
-No te preocupes, Sísifo. Lamento decirte que por eso te lo advertí, pero no debes de sentirte mal contigo mismo. Algo me dice que mejores estrategas han caído ante la habilidad de mi hermosa Valkiria.
Sísifo le dirige una mirada por demás enojada.
-No es algo que deba darte risa, Degel. Tendrás que resolver esto, pues las órdenes que tenemos son de llevarla al Santuario de Atenas, para su protección.
Degel niega con la cabeza.
-Veré qué puedo hacer, pero aún cuando la orden viene de la mismísima Atena, la realidad es que no puedo prometer nada. Estoy empezando a conocerla, y algo me dice que no será fácil lo que quieres que hagamos.
oooooooooooOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo
A/N: Bien bien… un poco de fanservice no le hace daño a nadie, ¿cierto? Juar juar juar… bueno… a lo mejor a mí sí me quemó un poquito el cerebro, jajaja.
Realmente no hay mucho que decir. Salvo el hecho de que me está gustando sacar un poco de los traumas y secretos de cada uno de los personajes. Pero prometo más acción (violenta y romántica) en los próximos capítulos.
