Cosmos Congelado
Capítulo 25
El Maestro Recolector de Hielo.
Santo y diosa recorren lentamente el camino que Degel hubiera trazado inicialmente con su alocada carrera tratando de encontrar a una Elsa perdida.
Ambos van caminando abrazados, un poderoso brazo sobre los delicados y blancos hombros de una, un delicado brazo rodeando la musculosa cintura del otro, ya sin la dorada protección, mientras buscan el calor y seguridad que sus cuerpos se brindan entre sí, rodeados de un silencio reconfortante, pero a la vez atronador, ambas mentes atribuladas perdidas en la inmensidad de sus pensamientos. Y pareciera que a cada pensamiento ominoso incrementa aún más la fuerza con la que atraen al cuerpo del otro, buscando su calor y a la vez tratando de entregar seguridad y fortaleza.
No han cruzado una sola palabra por varios minutos, pero es como si no la necesitaran. O más bien, como si no se atrevieran a cruzarla.
Elsa está cada vez más hundiéndose en su desazón, en la conciencia de su corazón fracturado, pues rechazar a Degel, las caricias que ella tanto necesitaba, fue un durísimo golpe a su ser, ya que no sólo fue regresar al miedo que la embargó durante el ataque de Deuteros, sino que la llena de aún más desazón y dudas. ¿Serán así sus encuentros con Degel de ahora en adelante, matizados con miedo y culpa? ¿No podrá disfrutar de sus caricias, del paraíso que recién descubrió, debido al infierno que apenas acaba de vivir? Y la culpa… ¡oh dios! ¡La culpa! ¿Cómo no sentir culpa de haber rechazado las caricias de su amado? ¡O peor aún, de su esposo! ¡Ese que tiene el derecho de acariciarla como a él le plazca!
Degel, por su parte, también va cayendo en una espiral de duda y culpa similar a la que envuelve a Elsa. ¿Fue él quien la lastimó? ¿Acaso ella está pensándoselo mejor? ¿Quizá se está arrepintiendo de haberlo aceptado, ahora que están casados? ¿Es él el motivo de la evidente angustia de ella? Aunque el rechazo de Elsa le quemó el corazón como hierro candente, también empieza a adentrarse en su mente un miedo aún más grande, y es que, dada la reacción aterrorizada de la albina, Degel empieza a tener la sospecha de que el espectro que la atacó, no sólo la atacó para llevársela, o matarla. ¿Podría ser que Elsa hubiera sido víctima de violación? Degel sacude la cabeza violentamente, esforzándose por sacar ese pensamiento de su mente.
Oh, Atena… por favor que no sea cierto… que mejor esté pensando en arrepentirse de estar conmigo…
Aunque para Degel, además de que ambos pensamientos le resultan tremendamente dolorosos, la realidad es que, mientras más piensa en que ella ha sido víctima de una violencia tan vil, más se ajusta su comportamiento a lo que él acaba de presenciar… especialmente al analizar la forma en que ella se aferra a él de una manera por demás desesperada, como si él fuera una tabla de salvación en un mar de angustia.
-¡Kristoff!
Tan absorto estaba en sus pensamientos que Degel no se da cuenta que han llegado al claro donde tenían cautivos a los Northuldra, y se sobresalta al escuchar el grito de alegría de la albina, quien lo suelta en un impulso por salir corriendo al frente, buscando a su rubio cuñado. Kristoff se encuentra inclinado sobre una anciana Northuldra aún atada a las estacas, apenas terminando de liberar el apretadísimo nudo, entristecido al ver como esas delicadas manos ya empezaban a ponerse moradas, cuando escucha el grito de Elsa y se da vuelta de inmediato para salir corriendo igualmente y recibirla en los brazos, dándole una vuelta en el aire, para después apretarla con fuerza contra su pecho, aliviado de verla a salvo.
-¡Oh, Elsa! ¡Estás bien! ¡Estaba muy preocupado de que te hubiera pasado algo! Yelana me contó que habías salido al castillo, pero yo no te vi en el camino, no nos cruzamos, y no verte me tenía en tremenda angustia. En especial después de que estos hombres extraños nos atacaran.
Elsa sigue abrazada al rubio, su rostro iluminado de una tremenda alegría al ver a ese joven que ama a su hermana con tanta ternura y que también significa tanto para ella. Ahora sabe que Anna estará bien, y eso la tranquiliza de sobremanera.
-No debiste haberte preocupado, Kristoff. Seguramente sí nos cruzamos en el camino, pero no pudiste vernos, pues yo no tomé la senda de la montaña, y más bien nos venimos recorriendo el fiordo.
-¿El fiordo? ¿Te viniste en un barco?
Elsa deja escapar una risita divertida.
-No necesariamente. Nokk nos llevó a través de las aguas, lo que fue mucho más rápido.
-¡Wow! ¡Eso debió ser muy divertido! Prométeme que me llevarás algún día.
El alto rubio tiene una cara de sorpresa y emoción, con una alegría infantil iluminándole el rostro, y Elsa agradece a todos los santos y a todos los cielos que este dulce hombre se encuentre bien.
-Será un placer, Kristoff. Pero dime, ¿dónde están Sven y Olaf? – La albina le pregunta mientras voltea alrededor de él, buscando a los otros dos miembros extraños de su familia. – me parece tan raro verte sin ellos.
Kristoff ríe un poco, un enorme brazo sobre los delicados hombros de la joven mujer.
-En cuanto nos atacaron estos hombres raros le ordené a Sven que huyera con Olaf a cuestas. Sabes que se resistió, pero pudo más su preocupación por Olaf, aunque el mismo muñeco insistía en quedarse.
Elsa respira tranquila.
-Me alegra mucho que pudieran ponerse a salvo…
-Sí, a mi también. En cuanto los Northuldra se pongan en camino, iré a buscarlos, así que no debes de angustiarte más. – El rubio le regala una sonrisa a Elsa para tratar de apaciguar cualquier preocupación, pero esa sonrisa se le desaparece de pronto al caer en cuenta de las palabras que ella ha usado. - Espera… ahora que recuerdo… dijiste "Nokk nos llevó", ¿alguien más iba contigo?
Los ojos de la albina se abren de par en par al recordar a su acompañante, para después entrecerrarse por una enorme sonrisa, y en vez de responderle en voz alta, voltea buscando a su amado, quien se encuentra parado frente a ellos a varios metros de distancia, tratando de respetar el encuentro con su cuñado mientras con su magia ayuda a liberar a los Northuldra que todavía se encuentran cautivos. Varios Northuldra se acercan a él a ayudarlo para liberar a sus compañeros, así como para agradecerle su gesto y Elsa ve que la misma Yelana se acerca a él con la misma intención de los demás.
-Bendecida sea Beiwe que me permite verte de nuevo, Degel, y doblemente bendita el verte con vida. Aún cuando no intacto. – La Northuldra mira significativamente el cabestrillo y la herida en su frente, que el cabello apenas puede ocultar.
Degel inclina ligeramente la cabeza en señal de saludo.
-Bendiciones de regreso para ti, Yelana. Me alegra sobremanera saber que pudieron liberarse. Ya no deberán preocuparse más por esos espectros.
La mirada de la matrona Northuldra se entristece.
-Lamento mucho que hayas tenido que salir herido por protegernos. Casi en el momento en que te fuiste, esos hombres fueron tras de ti, confiados en que no necesitaríamos muchos cuidados.
-Al contrario, saber que pude hacer algo por ustedes me llena de alegría.
Pero la matrona Northuldra niega con la cabeza, entristecida por sus palabras.
-Nadie debería tener como trabajo arriesgar su vida y su integridad por proteger a los demás. Cada vida es demasiado valiosa para eso.
-Pero esa es mi labor, sabia Yelana, dar mi vida por proteger a los inocentes. Si no hago eso, me quedaré sin trabajo, ¿y entonces que haré con mi vida?
La anciana sonríe ante la testarudez del caballero.
-Estoy segura que alguien joven y fuerte como tú puede encontrar mil labores para realizar, sin embargo, si ese es tu pensar, entonces agradezco a Beiwe que seas tan dedicado en tu trabajo.
Degel sonríe en agradecimiento, y, como si sintiendo la mirada de la hermosa albina, el hombre se cruza con los ojos de Elsa y le dedica una sonrisa también a ella. La joven le extiende una mano, invitándolo a acercarse, y como es de esperarse, el Santo de Atena no necesita más insistencia.
-Perdóname un momento, Yelana, creo que me necesitan.
Yelana sonríe ante la prontitud con la que el caballero se acerca a su amada, caminando obedientemente hacia la joven para tomarla de la mano y entrelazar sus dedos con los delicados de ella, y la matrona Northuldra resopla, divertida.
-Vaya, vaya… ¿pero qué tenemos aquí? - En un gesto suyo, Juffe, que estaba a unos pasos asistiendo a otros compañeros, se acerca a ella para al mismo tiempo los dos aproximarse al trío de jóvenes, al tiempo que Elsa presenta a los dos hombres más importantes de su vida.
-Kristoff, este es Degel de Acuario, mi… - la joven titubea un poco, todavía sintiéndose extraña en pronunciar una palabra de tal magnitud, - mi esposo.
Como es de esperarse, los tres que están con ella abren los ojos como platos.
-¿Esposo? ¡¿Qué?! - Kristoff y Juffe exclaman por igual, dando un paso al frente y mirando primero con sorpresa a la albina, y después con recelo al alto caballero.
-¡Eso es una gran noticia, Elsa! – Yelana, antes de que ambos hombres puedan decir algo más, se adelanta de inmediato a abrazar a la chica, cortando de tajo cualquier movimiento y palabra, para después abrazar al caballero. – Mis más sinceras felicitaciones para los dos. Aunque recuerdo que alguien había comentado que no te puedes casar con un hombre que acabas de conocer…
Degel ríe al tiempo que las mejillas de Elsa se tiñen de un hermoso rosa profundo.
-Técnicamente no lo acabo de conocer, Yelana…
-Cuatro días tampoco diría yo que es conocerlo mucho tiempo. – Juffe es quien responde, casi gruñendo, a los argumentos de la joven, su mirada endurecida aún dirigida al Santo de Atena. Pero Degel no se percata de la amenaza en la mirada: el santo dorado sólo tiene ojos para Elsa, sólo tiene oídos para escuchar lo delicioso que suenan esas palabras saliendo de la linda boca de su esposa.
Su esposa…
-Para mi corazón, es como si la conociera de toda la vida. – Declara Degel, sin el más mínimo ápice de arrepentimiento ni vergüenza, al mismo tiempo que toma la blanca mano de su ahora esposa y se la lleva a los labios, para besar con suavidad los adorados nudillos, haciendo que se profundice el rubor de la joven… y que los dos hombres testigos volteen los ojos y resoplen al unísono ante tan cursi acción.
-Me alegra verte tan feliz, Elsa, - se adelanta Juffe, con los brazos cruzados y una mirada de enojo, - pero aún no comprendo las intenciones de este hombre para contigo, y como el hombre más viejo de mi pueblo, es mi obligación hacerlo confesar.
-¿Acaso desposarme no es prueba suficiente de sus buenas intenciones?
Juffe niega con la cabeza.
-No realmente. Según recuerdo, nos contaste que el príncipe Hans quería desposar a Anna, para después matarte y asumir el poder.
-No es lo mismo…
Juffe se encoge de hombros, su mirada fija en Degel a pesar de continuar platicando con Elsa.
-No, por supuesto que no, pero eso no me explica sus acciones. ¿Qué quiere este hombre de ti que ha aceptado desposarte tan pronto? Un hombre, especialmente un hombre joven, no se casa tan rápido sin una segunda intención.
-¡Juffe! – Elsa reclama, pero Yelana la contiene con una mano en el hombro, y dirige su mirada a Degel.
-Confío en ti, Degel, pues nos has mostrado que tu corazón es noble. Pero mi obligación también es cuidar de Elsa, por lo que no puedo hacer oídos sordos a palabras tan sabias. ¿Qué tienes para responder?
Degel les sonríe ampliamente, y asiente.
-Les agradezco honorable Yelana y Juffe, pues ahora veo que, cuando yo no esté, Elsa estará bien protegida, mi corazón se siente tranquilo por eso. Respecto a la acusación de que tengo otras intenciones para con Elsa, si así fuera, la hubiera desposado antes de obtener mi premio. – Como para reforzar sus palabras, Degel extrae de la caja de su armadura el pequeño orbe dorado, haciendo que todos exclamen de la impresión ante la belleza del ornamento. – Sin embargo, la he desposado después de que lo hubiéramos encontrado, y que Elsa bañare este pequeño artilugio con su poder. Deben de sentirse orgullosos, pues su gran acción contribuirá a ganar la guerra que quiere desolar el mundo. Pero de tener otras intenciones para con ella, desposarla perdería todo significado ya. El único motivo por el cual, después de haber obtenido lo que quería, aún así la hago mi esposa, es porque realmente la amo. Y no obtengo de esta unión nada más que la felicidad que ella me trae a cada segundo con su mera presencia.
-Es… esa cosa es muy pequeña… - Kristoff se acerca un poco más, tratando de ver mejor el orbe. – ¿De verdad con esto salvarán al mundo?
Degel le sonríe al rubio, divertido al ver que deja a un lado la situación con Elsa, para poder ver mejor el artilugio.
-Quizá no pueda asegurarlo, pero al menos sí puedes tener la certeza de que daremos lo mejor.
Yelana asiente, pero Juffe no se rinde aún, y continúa con su interrogatorio.
-Bien, has contestado una de las preguntas. Pero insisto, un hombre joven jamás se casaría tan pronto, no si está en plena juventud y viajando por todo el mundo. Somos hombres, Degel, y a pesar de mi edad también fui joven una vez, conozco los deseos y pensamientos de los hombres de tu edad. ¿Por qué casarte ahora, tan apresuradamente? ¿Por qué no esperar hasta que regreses de tu misión, hasta que esté a salvo el mundo?
Degel voltea a ver a Elsa, sus ojos violetas llenos de una intensidad que la inquieta.
-Porque tengo miedo de que yo no regrese de esas misiones, de que yo no estaré aquí para disfrutar de esa paz con ella. Y realmente no quiero perdérmelo.
-Degel… - Elsa da un paso hacia él, una mano sobre su pecho, queriendo reconfortarlo, pero el grito de Juffe la sobresalta.
-¡Aún mucho peor! ¡Pues la dejarás desposada y abandonada! Eso es aún más egoísta de tu parte.
Sin perder la compostura, Degel niega con la cabeza.
-Entiendo tu preocupación, honorable Juffe, pero te prometo que haré todo lo necesario para dejarla protegida, para que no esté sola, y lucharé con todo mi ser para poder regresar a su lado.
Juffe quiere insistir, incrementar su protesta, sin embargo, Honeymaren lo interrumpe al colisionar su cuerpo contra el de Elsa, para apretarla fuertemente mientras le planta un sonoro beso en la mejilla.
-¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Estaban destinados a estar juntos! ¡Qué felicidad!
La joven ríe abiertamente mientras abraza a su amiga, Elsa haciendo eco de dicha risa, aunque de una forma más incómoda.
-Está bien, Honeymaren, entiendo que tú me avisaste. Acepto que tienes razón, ¡pero ya suéltame por favor!
La joven morena suelta un poco a Elsa, para plantarle un segundo e igual de sonoro beso en la otra mejilla, y en un movimiento fluido la deja ir completamente, girando sobre sí misma para plantarse frente a Degel, quien se encuentra con una enorme sonrisa al ver a Elsa feliz, y que, por encontrarse perdido en los ojos brillantes de su esposa, no alcanza a reaccionar cuando Honeymaren lo toma de ambas mejillas para jalarlo hacia ella y darle un enorme beso en los labios.
-¡Honeymaren! – Yelana le grita a la joven con la mirada llena de indignación, mientras los dos jóvenes esposos abren los ojos de par en par, la albina carcajeándose abiertamente al notar, tan pronto la chica lo suelta, que Degel tiene las mejillas encendidas y una cara de susto que no puede con ella. Degel, al ver a Elsa tan feliz, recupera su sonrisa, tranquilo de ver que no se ha tomado a mal el inesperado beso de la joven.
-Lo siento, amigo, tenía que aprovechar la oportunidad, de otra manera no podría haberte robado ese beso después.
-Está bien… puedo entenderlo…
Yelana toma del brazo a Honeymaren para reclamarle, pero en eso Juffe se atraviesa entre ellas, logrando separar el agarre que tiene la matrona Northuldra del brazo de la joven morena de forma poco disimulada, mientras se abre paso hacia Degel, a quien le toma una mano y se la aprieta con fuerza, su mirada dura, amenazadora, mientras fuerza una sonrisa en los labios.
-Muy bien, caballero. Si bien no estoy de acuerdo en la forma en la que has llegado a esta familia, ver a Elsa feliz es lo único que importa. Y espero que la mantengas así, o tendrás que vértelas conmigo.
Degel vuelve a inclinar la cabeza ante él, su mirada seria.
-Si alguna vez la hago llorar por mi insensatez, yo mismo acudiré a tu encuentro para que me golpees a tu consideración.
Juffe levanta una gruesa ceja.
-No creas que sólo serán unos golpes. – Antes de que Degel pueda responder, Juffe sacude las manos para desestimar la situación, y abre los brazos hacia él. – En fin, el universo hablará por nosotros. Por lo tanto, y dado que Elsa y Yelana ya te han aceptado, es mi obligación como varón del pueblo darte la bienvenida. Ahora eres un Northuldra honorario. Y te atenderemos como el esposo de nuestra diosa que eres.
Dicho esto, Juffe voltea a ver a todos los que ya se encuentran alrededor de ellos, encontrando la mirada azul de Kristoff, quien en silencio y lentamente mueve la cabeza en una silenciosa súplica, pero Juffe se encoge de hombros y le sonríe, para luego elevar su voz, su potente voz de barítono haciendo eco en la espesura del bosque, cantando a todo pulmón; los Northuldra de inmediato lo rodean y hacen eco de sus cánticos, a la vez que se conectan entre ellos con las manos puestas sobre los hombros, el gesto haciendo a Elsa que recuerde el día en que ella y su hermana fueron recibidos por primera vez. Juffe hace un gesto con la cabeza a Elsa, quien de inmediato entiende la señal y se coloca delante de él para recibir su palma en el hombro, y a su vez colocar su blanca palma sobre el hombro de Yelana la cual, a regañadientes por no poder regañar a Honeymaren, pero a la vez feliz de recibir a ese hombre en su familia, toma las enormes manos de él entre las suyas, para sellar el pacto.
-Ahora eres parte del pueblo del sol. Bienvenido seas a nuestro pueblo, joven Degel de Acuario.
Degel sonríe ampliamente y asiente, complacido.
-Me siento honrado y conmovido de pertenecer a este orgulloso pueblo Northuldra, venerable Yelana.
Yelana asiente en agradecimiento y le suelta las manos para dar un paso hacia atrás, y permitir que todos los Northuldra que los rodean posen una mano sobre los hombros, pecho y espalda del recién llegado. Incluso Kristoff, al principio frío y desconfiado, le da un leve golpe en el pecho.
-Pues supongo que… Bienvenido a la familia real, extraño.
Degel le sonríe, agradecido.
-Te agradezco la bienvenida.
Kristoff mantiene la sonrisa por un momento, para luego susurrarle al oído.
-Trataré de pasarte la mayor cantidad de recomendaciones y pautas para que puedas sobrevivir entre estas dos hermanas. Te lo advierto, no será fácil, pero al menos te tocó la hermana tranquila. Ya que conozcas a mi novia…
Degel ríe un poco por lo bajo ante las palabras del rubio.
-De hecho, ya la he conocido, y te escucho. Estaré más que gustoso en prestar atención a tus recomendaciones, porque, si me permites decirlo, en realidad la reina Anna da mucho miedo.
Kristoff se hecha hacia atrás, primero sorprendido y luego suelta una risotada, palmeando con fuerza la amplia espalda del caballero.
-¿Verdad que sí?
-Sí, de hecho, tú eres como mi tabla salvadora, si me permites decirte.
-¿Ah sí? ¿Cómo es eso?
-Verás, pienso ofrecer tu sano regreso como ofrenda de buena fe, ya que dudo mucho que la reina Anna vea con agrado el que haya desposado a su hermana sin la bendición real, y mucho menos que haya consumado nuestro matrimonio sin su consentimiento.
Aún cuando Kristoff se había mantenido ecuánime y comprensivo, y contra todo pronóstico, el alto rubio le suelta un derechazo al peliverde, quien a pesar de su adiestramiento no logra evitarlo, pues el certero ataque lo toma completamente desprevenido, la fuerza del golpe haciéndolo casi girar sobre sí mismo; el eco del impacto resuena en todo el lugar, arrancando a más de un Northuldra una exclamación de sorpresa, al mismo tiempo que una hermosa albina frente a ellos grita a todo pulmón, de inmediato atendiendo al esposo agredido.
-¡Kristoff! ¡¿Por qué hiciste eso?!
Kristoff se sacude la mano ofensora para luego sujetarla con la otra, casi seguro de que se la ha roto en el ataque.
-Es lo menos que puedo hacer en nombre de mi amada reina.
Degel, una mano sobre la mejilla mancillada y sangrando del labio roto, voltea sorprendido a ver al robusto cosechador de hielo, mientras Elsa trata de revisar su labio. Degel toma a Elsa de las muñecas para detener sus ministraciones y se endereza completamente, plantando cara al hombre, mientras dicho hombre pone ambos puños sobre las caderas en una actitud retadora. Elsa, al ver que el caballero no le permitirá hacer más por su mancillado y bello rostro, da un paso hacia Kristoff más que dispuesta a reclamarle, pero Degel la suelta de las muñecas y la toma de la cintura para impedir cualquier otro movimiento, mientras busca su mirada azul.
-Por favor, amor…
-Degel, no me pidas que…
-Sí. Sí te lo pido.
Elsa va a protestar de nuevo, pero la mirada determinada de Degel la detiene, por lo que se limita a suspirar. El hombre toma eso como una aceptación y, soltando su cintura, se adelanta a ella, de nuevo irguiéndose orgulloso frente al joven arendelliano.
-Perdona si te he ofendido con mis palabras, Kristoff, en ningún momento fue mi intención hacerlo.
Kristoff endurece su voz, así como su mirada, para verse más amenazador.
-Has de saber que Elsa es como una hermana para mí, y la defenderé como tal, tanto a ella como a su honor. No apruebo tus acciones pues Elsa pertenece a la realeza, y la ley la obliga a pedir aprobación y bendición a la reina, aunque sea su hermana, para desposarse, y aún más para consumar el matrimonio. Si realmente la amas, deberías de respetarla como la dama y princesa que es, esposo o no esposo. Lo que hicieron fue en contra de las leyes de mi reina y de Arendelle.
-¡Kristoff! - Elsa empuja a Degel para discutir con el rubio, pero el peliverde la vuelve a sujetar de la cintura.
-Entiendo, y de nuevo te pido disculpas por mis actos y mis palabras, además de que mi intención es ofrecer en persona mis más sinceras disculpas a la reina Anna. Pero no tendrías por qué desconfiar de mí, pues te aseguro que yo daré mi vida por proteger a Elsa y su honor. Tan es así, que ahora es mi legítima esposa.
Kristoff gruñe su respuesta.
-No puede ser legítima si no es frente a los Trolls y frente a todo Arendelle, y especialmente si no es frente a Anna. Ella es nuestra reina, y Elsa tiene sangre real. Es la ley.
Pero Degel no se deja amilanar.
-Lo es si la boda fue frente a mi diosa y bajo la cúpula de Ahtohallan.
-¿Bajo la cúpula de…?
Kristoff abre los ojos como platos, pues conoce de lo sagrado que es Ahtohallan para los Northuldra, y especialmente para Elsa y Anna: el último remanso del recuerdo de su madre, y el verdadero origen de los poderes de Elsa.
-Así es, y el mismo recinto lo ha aprobado.
Kristoff voltea a ver a Elsa con una mirada llena de incredulidad, la joven, en respuesta, rodea la cintura del caballero para permitir que éste envuelva sus hombros con un poderoso brazo.
-Está diciendo la verdad, Kristoff, nuestro matrimonio se consumó bajo el techo de Ahtohallan y por la bendición de la diosa Atena, la diosa de Degel. Una diosa y un recinto sagrado, milenarios los dos, dieron fe a nuestros votos. Creo que eso supera la ley de Arendelle.
Yelana también da un paso al frente.
-Y como has podido ver, también los Northuldra hemos aceptado esta unión, Kristoff. – La matrona Northuldra suspira profundamente mientras le pone una mano en el ancho hombro del rubio, buscando ser conciliadora. - Entiendo que tienes que defender los derechos de tu prometida, así como el honor de su familia y la ley de tu reino. Pero no creo que tengas más argumentos en contra de su matrimonio que el hecho de que Anna pueda sentirse ofendida porque no pidieron permiso. Además, Elsa es un espíritu del bosque, nuestro Quinto Elemento. Dudo mucho que una reina pueda tener más ascendencia que ella.
Kristoff los ve a los tres, callado y sopesando sus palabras, para, después de unos segundos de pesado silencio, soltar una risotada, al tiempo que encoge los hombros.
-Definitivamente este desenlace no le gustará a Anna. Aunque a lo mejor sí, pues siempre ha sido una romántica empedernida. Pero yo no tengo nada más que decir. – El rubio le extiende una mano al peliverde, quien, después de titubear un par de segundos, la toma para apretarla fuertemente en señal de aceptación. – Supongo que esto significa que ya puedes besar a la novia.
Todos los Northuldra gritan y chiflan alrededor mientras Degel voltea a buscar los ojos de Elsa, y al ver reflejados la misma alegría y amor que en los suyos, ni tardo ni perezoso atrapa con sus labios los carnosos de su esposa, ignorando el dolor que el labio roto le produce, mientras el escándalo alrededor de ellos arrecia, haciendo que los dos sonrían bajo el beso, pero resistiéndose a dar por terminada tan deliciosa caricia.
Después de varios segundos de gritos y celebraciones, es Yelana quien, con unos sonoros aplausos al aire, detiene el festejo para regresarlos a la tierra.
-¡Ya está bien! ¡Ya está bien! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Regresen todos a atender a los heridos y a hacer camillas, que debemos de irnos de aquí pronto!
Las palabras de la anciana Northuldra despiertan a Elsa de su ensoñación, por lo que, con un último y rápido beso, empuja a Degel suavemente hacia atrás, para terminar la caricia y acudir con la matrona.
-De hecho, Yelana, de eso quisiera hablar con ustedes.
La anciana se voltea a verla, una ceja levantada.
-Oh… Si claro, Elsa, pero, ¿de qué necesitas hablar?
-Quisiera que nos acompañaran a Arendelle, pues es demasiado peligroso que se queden aquí en el bosque, como ya pudiste darte cuenta, pero además…
Elsa hace una pausa, para permitir que Degel, con su mano sana rodeando la cintura de ella, hable también con la mujer.
-Verás, estamos preocupados por lo que pasó aquí. Explícanos por favor, Yelana, como fue posible que se toparan con los espectros de Hades. Pensé que los Northuldra estarían a las afueras del bosque.
La matrona Northuldra asiente y le toma la mano en cabestrillo a Degel, viéndolos a los dos a los ojos mientras trata de explicar las vivencias, al tiempo en que los demás se retiran a trabajar, quedando con ellos sólo Juffe y Kristoff.
-Habíamos ido a buscarlos, pues desde minutos después de su partida sentimos a los espíritus del bosque inquietos, en tremenda desazón, especialmente los espíritus de la tierra, incluso sentimos el terremoto que cimbró el bosque, y podía percibir en mis huesos que Elsa era la causa. Temí por ella, por lo que mandé tres partidas a buscarlos. La primera partida reportó los cuerpos congelados de un grupo de espectros parecidos a los que nos atacaron, pero sin rastros de ustedes, haciéndonos saber que, lo que sea que les hubiera atacado, habían salido victoriosos.
Elsa voltea a ver a Degel, lanzándole una mirada llena de significado, al recordar las tremendas quemaduras en gran parte de su cuerpo.
-Salimos victoriosos, es cierto, pero fue con un precio muy alto…
Con la otra mano que tiene libre, y con todo y cabestrillo, Degel toma la delicada mano para besarle los nudillos, tratando de reconfortarla, mientras Juffe continúa el relato.
-Sin embargo, la segunda ocasión en que mandamos a un grupo, fue al día siguiente, después de que los espíritus le hablaron a Yelana, y en esta ocasión el grupo se topó con Kristoff.
El aludido carraspea, tomando la batuta del relato.
-Le había explicado a Yelana que me quedé una noche con Oaken después de que dejara el castillo, pues me había prometido un nuevo y recién inventado glögg…
-¡Kristoff! – Elsa lo reprende, pues sabe lo peligroso que es beber de los inventos de Oaken. El aludido levanta las palmas la frente para detener un poco el regaño, a pesar de que sabe que tiene razón.
-¡Ya sé, Elsa! ¡Ya lo sé! Sin embargo, no sólo había prometido bebida, sino una buena pesca, ¡y sabes que él cocina delicioso! Por lo que no pudimos faltar y… bueno, como era de esperarse, su glögg me golpeó con la fuerza de un troll, y uno de los grandes, por lo que dormí hasta el día siguiente, y ya tarde. Cuando por fin me sentí lo suficientemente despierto para que retomáramos el camino, Olaf, Sven y yo nos topamos con un lugar que tenía varias construcciones de hielo partidas en pedazos… y un cúmulo de nieve de un rojo muy fuerte que me hizo pensar en que era sangre, especialmente cuando Sven lo olfateó y me miró con cara de preocupación… y un poco de miedo. Al principio pensé que había sido un venado o un reno que habían atacado, pero no vi rastro de que se lo hubieran llevado arrastrando, y uno de esos animales pesa demasiado para cargarlo. Me preocupé mucho, por lo que aceleré el paso para buscar al pueblo de Yelana.
De nuevo, Degel y Elsa intercambian una significativa mirada, en ese momento los ojos de la albina se llenan de tristeza cuando su mano acaricia la adorada rodilla, pero es Degel quien rompe el silencio.
-Ese fui yo, Kristoff. – El rubio abre mucho lo ojos ante la revelación. – Lo que viste era mi sangre.
Kristoff fija sus ojos azules en los violetas del hombre frente a él.
-No estoy para bromas. Esa era mucha sangre…
El caballero asiente con solemnidad.
-Perdí mucha sangre, amigo.
Kristoff silba ante el conocimiento.
-Caramba… Me cuesta trabajo creerlo. Dudo mucho que algún hombre pueda sobrevivir a algo así. ¿Qué fue lo que pasó?
Degel voltea la mirada para encontrar los ojos de Elsa, quien ya lo observa con tristeza, y él se inclina hacia ella, posando su frente en la de la albina beldad, mientras casi susurra la respuesta.
-Te dije que daría mi vida por Elsa sin chistar, y ese día estuve a punto de hacerlo.
Un silencio sepulcral se cierne sobre el grupo, sin que los otros tres estén muy seguros de querer saber los detalles, hasta que Yelana vuelve a hablar.
-Sea como sea, me alegra el corazón que no hayas tenido que sacrificarte, y que los dos estén aquí para contarlo. Continuando con nuestro relato, después de la revelación que Kristoff nos hiciera, puedes imaginar mi preocupación. Sabía que no estabas bien, Elsa, sabía que necesitabas ayuda, por lo que, a la siguiente exhalación de los espíritus, decidí que debíamos hacer algo más contundente, así que envié a Ryder junto con todos nuestros guerreros a buscar la nueva exhalación que se presentó hoy en la madrugada, hacia el este, ya un poco más cerca de nosotros.
-¿Y qué pasó?
Yelana niega con la cabeza.
-No pudimos ver su regreso, ya que, poco después de que ellos se retiraron, este grupo de espectros cayó sobre la aldea, y nos obligaron a caminar hacia el norte para buscarte, separándonos del grupo de guerreros. Por eso estamos tan adentrados en el bosque, y en este momento Ryder debe de estar desesperado buscándonos.
Elsa asiente, entendiendo la situación, aunque sin querer revelar lo que les había acontecido durante esa batalla. No quiere angustiarla más de lo que ya está. Sin embargo, por lo menos debe de advertirles. Y protegerlos. Por lo que, viendo fijamente a Yelana, Juffe y Kristoff, les habla con toda la seriedad y solemnidad de la que es capaz.
-Es importante que me escuchen, Yelana, Juffe. Como una vez nos dijera Degel, una guerra se está aproximando. Una guerra que no hay manera que ganemos solos. Soy testigo de ello, pues ya un Hermano de Piedra ha perecido a manos de esos guerreros. – Yelana se lleva una mano a la boca, impactada, igual que Juffe abre los ojos de par en par para bajar la cabeza en señal de duelo. Elsa asiente, continuando su advertencia. - Pero eso no es lo único que pasará. La primera batalla que Arendelle, que estas tierras, deben de librar, será a más tardar mañana. Tenemos varios caballeros dorados, caballeros como él, que están dispuestos a pelear esa batalla junto con nosotros. – Degel se sobresalta ante la noticia, y levanta una ceja de corte dividido, escrutando los ojos de su esposa, la albina asintiendo en respuesta a su pregunta silenciosa. – Fue una de las cosas que Asmita me confesara: una delegación de caballeros de Atena llegó a nuestro fiordo y están dispuestos a luchar junto con nosotros. Los arendellianos se esconderán con los trolls, pero los soldados y ellos lucharemos contra el ejército que se aproxima. – Igual de determinada, Elsa de nuevo habla con el resto de sus interlocutores. – Yelana, deben de venir con nosotros, ir a la tierra de los trolls junto con el resto de los arendellianos, con el resto de mi pueblo. No sabemos desde qué tantos frentes nos atacarán, y no podremos defenderlos a todos. Saber que los Northuldra están a salvo me permitirá pelear mejor. Ustedes también son mi pueblo.
Yelana se queda pensando un momento, y después intercambia una mirada llena de significado con Juffe, los dos asintiendo, para después dirigirse a Elsa.
-Entendemos, Elsa. Estamos contigo.
-Perfecto, entonces… - Pero Yelana levanta una mano para detener las indicaciones.
-Sin embargo, debemos de esperar a nuestros guerreros, no podemos irnos y dejarlos a la zozobra. Así como tú tienes que proteger a los dos pueblos, mi obligación es proteger a cada uno de los Northuldra.
-Yo también tengo que ir a buscar a Sven y a Olaf, Elsa, aún no puedo partir. – Kristoff le posa una mano en el delicado hombro, como si disculpándose, pero Elsa asiente, apesadumbrada, entendiendo sus situaciones.
-Está bien. No puedo decir que me guste que se retrasen en regresar, pero comprendo su angustia. Sin embargo, deben de prometerme que, no importa lo que pase ni los que falten. A más tardar hoy antes de media noche deben de estar tras los muros de Arendelle. No puedo arriesgar a muchos por buscar a pocos.
-Elsa, es mi gente…
-Al igual que la mía, Yelana. Y Sven y Olaf también son de mi familia. Yo me encargaré de buscarlos si la necesidad se presenta. Pero les exijo que estén en Arendelle a media noche. No puedo consentir que sea de ninguna otra manera.
Los tres intercambian miradas y después asienten, pues saben que no pueden negarse. Elsa exhala, sintiéndose de pronto muy agotada, y Degel le acaricia la espalda en señal de apoyo. La joven voltea a ver los ojos violetas de su amado y le sonríe, agradecida.
-¿Qué harán ustedes?
Yelana les pregunta a ambos, su voz con un profundo tinte de angustia. Es Degel quien le contesta.
-Nosotros tenemos que regresar a Arendelle de inmediato, entregar el objeto que venimos a buscar y terminar los detalles de la defensa. Lamento que no podamos quedarnos a resguardar su seguridad, pero es imperativo que regresemos con Anna y con mis compañeros.
La matrona Northuldra asiente, minimizando su preocupación y su ofrecimiento con un movimiento de la mano.
-No debes de preocuparte, Degel. Llevamos cientos de años cuidándonos. No pasará nada si nos vamos después de ustedes.
-Lo que pasó hoy…
Juffe interviene moviendo las manos para minimizar su preocupación.
-Lo que pasó hoy fue porque nos tomaron desprevenidos. Te aseguro que no volverá a ocurrir. Puedes estar tranquilo.
-Espero que así sea, honorable Juffe.
El anciano Northuldra asiente y Yelana da por terminada la discusión, mientras se adealnta y toma ambas manos de Elsa.
-Pues si la decisión ya está tomada, entonces es hora de que ambos partan, no deberían retrasar su camino. Mientras más demoren, más expuestos estarán a los peligros del bosque.
Los dos jóvenes esposos asienten, y Elsa se dirige a Kristoff, dándole un suave abrazo de buena suerte, mientras el rubio la envuelve toda en sus brazos, posando un tierno beso sobre su blanca cabeza.
-Por favor, cuida de mi Anna. Debe estar muriéndose de angustia de que tú sigas aquí.
-Preferiría que fueras con nosotros, Kristoff, por la misma razón. También debe de estar muriéndose de la angustia por ti.
Él niega con la cabeza, mientras con una sonrisa voltea a ver a Degel, quien se alejó para platicar con Juffe y darles su espacio.
-Parece ser un buen hombre, Elsa. Sin embargo, no me fío de los extranjeros, y mucho menos de los tipos galanes. Más le vale que te trate bien. De otra manera…
La joven ríe por lo bajo, divertida de ver el lado sobreprotector de Kristoff.
-Es un buen hombre, Kristoff. De verdad lo he visto arriesgar todo por mí. ¿Qué más podría pedir de un esposo? Además, es muy tierno y muy caballeroso.
Kristoff levanta una ceja, dudoso.
-Pues a mí me parece demasiado perfecto para ser verdad, y eso por sí solo es bastante sospechoso. Si me lo preguntas, seguramente está fingiendo. ¿Estás segura que no está tratando de robar tu lugar, o aprovecharse de ti de alguna manera?
Elsa niega con la cabeza, aún abrazada al alto hombre.
-Sé que ya ocurrió una vez, que un hombre sin escrúpulos trató de hacernos daño a Anna y a mí a través de un matrimonio arreglado. Pero esto es distinto. Degel no es como los demás hombres.
Kristoff resopla.
-He escuchado eso demasiadas veces para mi gusto… Además, realmente no está tan guapo…
Elsa le golpea el estómago de forma juguetona.
-Deja de pensar cosas raras y mejor abrázame, ya tenemos que irnos y yo me quedaré preocupada por ti. Por favor, ten cuidado, pero te pido ve a rescatar a Sven y a Olaf, porque ya también estoy inquieta por ellos.
Kristoff la obedece y la vuelve a envolver con sus brazos.
-Lo que pasa es que eres una preocupona. Ya deberías aprender a relajarte, como yo.
Ahora es Elsa quien resopla.
-Que yo recuerde tú también te angustias mucho por las dos. Por los cuatro, quiero decir.
-Eso es diferente. Ustedes dos son el tesoro más grande no solo mío, sino de Arendelle, de los Northuldra, y por lo que me cuentas, ahora de todo el mundo. ¿Cómo quieres que no me coma las uñas con los riesgos que parece que les encanta tomar a ustedes dos? Tener una novia y una cuñada temerarias definitivamente no es bueno para mi salud.
Elsa resopla de nuevo, divertida, pero se hunde más en el abrazo de su cuñado. Kristoff siempre ha sido muy bueno para dar unos abrazos reconfortantes tan magníficos, tan relajantes, que a veces piensa que él es la versión humana de Olaf. Anna realmente es afortunada de tenerlo como prometido.
-No sé nada de lo que nos acusas. Sólo te pido que regreses a casa. Y que sea antes de la medianoche.
-Así será, Elsa. Yo también estoy ansioso de ver a mi adorada Anna.
oooooooooOOOOOOOOooooooooooooo
-Reina Anna, el trazo de la evacuación ya está listo. Los civiles tienen carretas suficientes y sus cosas están listas para partir.
Sentados a la mesa del elegante comedor a modo de sala de reuniones, los principales ministros arendellianos, todos los generales y los santos dorados se encuentran informando los avances de las preparaciones de la evacuación y defensa del reino a la reina de Arendelle. La joven, evidentemente cansada y con un dolor de cabeza acribillante, asiente levemente al general Matías.
-Bien, mañana deben de partir antes del amanecer. Por favor, asegúrense de que así sea. Deben disponer un contingente que proteja su partida.
El general Matías se endereza en su asiento, orgulloso.
-Cincuenta soldados arendellianos están comisionados para esa misión, su Majestad, están conscientes de su labor y de que tienen que regresar a sus puestos tan pronto dejen en su destino a los civiles.
-Me gustaría dejar al menos a la mitad de ellos resguardando a mi gente. No sabemos si los espectros podrían intentar atacarlos en represalia o como mecanismo distractor.
-No lo recomiendo, su Majestad. – el general Leif, un hombre rechoncho y bonachón, cuyos botones de su inmaculado uniforme militar están evidentemente sufriendo los estragos de una barriga enorme, tiene las mejillas encendidas por la acalorada discusión, por lo que respira profundo para calmar su temperamento y no ofender a su reina por error, a pesar de lo cual insiste en hacer valer su punto. – El ataque será a gran escala, necesitaremos a todo el personal con nosotros. No es conveniente que perdamos ni siquiera el uno por ciento de nuestra fuerza.
Sísifo asiente ante la sabiduría de la reina, pero se molesta por la insistencia de los otros generales, considerando inútil e insensato tal esfuerzo.
-No tiene caso ni siquiera que los cincuenta regresen, su Majestad. Ni aún que fueran cien más, pues ya pudieron ver el poder verdadero de los espectros de Hades. Un hombre común, y ni aún cien, podrían con uno solo de ellos. Con los Santos de Atena será más que suficiente para proteger el reino. Es mejor que ese batallón se quede allá.
Pero el general Harald, un imponente hombre alto y rubio, con cara de pocos amigos, se levanta azotando ambas palmas sobre la mesa, en defensa de su colega militar.
-Si eso es cierto, general Sísifo, entonces tampoco tendría caso que se quedaran resguardando a los arendellianos, pues no tendrían utilidad en fortuito evento de ser atacados. En cambio, de algo deben de servir en la batalla que se desarrollará a las puertas del castillo.
-Sí, de estorbo.
Kardia, abrumado por peleas tan inútiles, es quien ha hablado de forma sarcástica, dejando traslucir su evidente hartazgo. Pero como era de esperarse, su comentario no es bien recibido.
Ante la insensible aseveración, y por lo que a Anna le parece la décima vez en menos de dos horas, algunos de los santos de Atena, unos dorados, otros de plata, y hasta sus propios generales, se levantan de sus asientos para lanzarse briosos gritos e improperios, retándose unos a otros, mientras Anna se recarga aún más en su asiento y se soba las sienes, la jaqueca incrementándose. Después de un rato de gritos e insultos, Anna se levanta haciendo todo el ruido que puede, obligándolos a callarse y a levantarse también en respeto a ella.
-Lamento mucho no poder quedarme a discutir con ustedes, caballeros, pero espero entiendan que tengo cosas que hacer, por lo que damos por terminada la sesión.
-¡Reina Anna! – Uno de los ministros, también alto pero de cuerpo más bien respingado, trata de protestar, sin embargo Anna levanta una mano para detenerlo.
-Ministro Magne, estoy segura que entiende que estoy agotada, así como veo que todos ustedes de igual forma están cansados, no lograremos nada productivo si insistimos en quedarnos aquí, por lo que le pido, ordene que les sirvan de comer a mis generales y a nuestros invitados, y que me lleven mi propia comida a los aposentos. Tengo mucho que pensar y ustedes mucho qué hacer. En cuatro horas nos veremos de nuevo.
Aunque molestos algunos de ellos, aliviados otros, todos los hombres en el recinto se inclinan ante ella mientras la ven partir, Anna haciendo todo lo posible para que no se vea como una huida lo que acaba de hacer.
Pero huir de esta batalla de egos es exactamente lo que está haciendo.
Una vez atraviesa las enormes puertas del comedor que les estaba sirviendo de sala de juntas, Anna guía sus pasos hacia la torre del balcón, más que dispuesta a salir huyendo de ese grupo de hombres engreídos y ególatras que, ante sus ojos, no han hecho nada por ayudar a su gente. Una vez en el balcón, busca en el horizonte con creciente tristeza y cada vez más angustia la forma de la silueta de su hermana. ¿Por qué no ha regresado aún? ¿Qué la estará retrasando tanto?
La joven reina recarga ambos codos en el barandal empedrado, mientras suspira, compungida y apesadumbrada.
A pesar de que se siente afortunada, pues considera que los hombres que se han reunido son leales a Arendelle, en el caso de sus generales, y leales a sus principios y sus promesas de protegerlos, en el caso de los Santos de Atena, es más bien deprimente ver la continua batalla de egos entre ambos partidos. No importa qué tan buenas son sus intenciones. Ninguno parece estar de acuerdo con el otro, y eso ha provocado un estancamiento en los planes de evacuación y defensa.
El dolor de cabeza se incrementa.
-¡Oh, Elsa! ¿Tú qué harías en un caso como este? Además, por supuesto, de darles unas buenas nalgadas, o en tu caso, congelarles los pies en represalia…
A pesar de su desazón, la pelirroja beldad sonríe discretamente de lado ante su propia ocurrencia, mientras se endereza un poco y recarga su cálido vientre sobre el helado barandal, su mirada azul viendo más allá del horizonte, como si la fuerza de su deseo pudiera traer de regreso a la princesa arendelliana. No, Anna se obliga a corregir, Elsa no es ya una princesa: es ahora el Quinto Elemento, una diosa por derecho propio.
Sintiendo su pecho comprimirse, la hermosa pelirroja cierra los ojos y exhala de nuevo.
-Oh, hermana… por favor no te dilates más, y regresa ya.
En eso, siente una presencia detrás de ella y la joven pelirroja se endereza aún más, negándose a abrir los ojos, pero sin lograr evitar que se vuelva a dibujar una discreta sonrisa en sus labios.
-Su Majestad, - el hombre a sus espaldas le susurra, el tibio aliento lanzando escalofríos en su nuca, - le pido una disculpa de corazón por haber hecho un comentario tan estúpido que generara discusiones aún más estúpidas.
¡Oh, sí! Anna quisiera castigarlo por haber sido tan irresponsable con sus palabras, pero encuentra que su voz se ha apagado ante la intensa presencia, y sólo alcanza a negar un poco con la cabeza mientras la inclina hacia adelante, su barbilla casi tocando su pecho, y siente su corazón latiendo a mil por hora, aún más cuando, al lado de sus manos en el barandal, se posan dos manos enormes y tibias, sin tocarla, respetando su espacio, pero aún así peligrosamente cerca. Y detrás de ella, exactamente a milímetros de su espalda, puede sentir el calor del cuerpo varonil, al tiempo que el olor de dicha piel le embarga los sentidos, y la respiración suave le eriza la piel de su cuello expuesto. Por varios segundos están así, la reina de Arendelle y su viril acompañante silenciosos, inmóviles, disfrutando de la cercanía de uno y otro, hasta que es Anna quien al final se rinde y se recarga sobre el musculoso pecho. De inmediato, los poderosos brazos le rodean la cintura, atrayéndola aún más hacia sí.
-¿Por qué me haces esto, Kardia?
Kardia ríe por lo bajo, su risa agitando algunos cabellos sueltos de la pelirroja, rebeldes a su apretada trenza francesa, al tiempo que roza su oído, lo que la hace estremecer.
-¿Hacer qué, su Majestad? Yo sólo soy un peón que quiere acompañar a mi hermosa reina, reconfortarla. Estoy dispuesto a hacer lo que sea por verla recuperar su alegría. – Mientras habla, el caballero de Escorpión le besa el lóbulo de la oreja, provocándole corrientes eléctricas que le recorren la espalda. Anna se pega aún más a él, la respuesta inmediata siendo que los poderosos brazos la envuelvan con más fuerza, los cálidos labios ahora besándole la quijada, para bajar a su cuello expuesto. Ahora Anna se lamenta no haberse puesto un vestido de cuello alto… aunque a la vez, agradece no haberlo hecho.
-Yo… no puedo hacer esto, Kardia… - En un pequeño rincón de su mente, se escuchan gritos de '¡estoy comprometida con Kristoff! ¡No puedo hacerlo! ¡Detente!', pero por alguna razón que Anna no puede entender, a cada húmedo y cálido beso sobre su cuello, el rincón cada vez se hace más pequeño, y esos gritos se escuchan más lejos… por lo que la reina no tiene la fuerza para repetirlos en voz alta…
-Le prometo, mi dulce reina, que no es mi intención incomodarla. Sólo quiero hacerla feliz… - el cálido aliento del hombre provoca que se erice la piel de la quijada femenina, la misma que luego se humedece bajo los suaves besos de él. – Tiene mi promesa absoluta de que sólo necesita pedírmelo e interrumpiré cualquier caricia. Sólo necesita ordenarme que me detenga, y seré tan obediente como usted quiera que lo sea.
Pero Anna no puede decirlo, su voz se ha callado, su cuerpo se ha revelado en respuestas automáticas al contacto con las tibias palmas que la acarician por encima de la tela, al principio suavemente, pero después la respiración de él se agita mientras besa la unión del cuello con su hombro expuesto, y las enormes manos tiemblan de deseo, haciéndola temblar al unísono.
Anna gime, de placer y del esfuerzo por levantar su voluntad, por obligar a su cuerpo a obedecerla y rechazar al caballero, pero toda esa intención se desmorona cuando, finalmente, una mano de él atrapa un suave seno por encima de la ropa, y la segunda mano baja por su cálido vientre y más abajo, ambas acciones provocando respuestas en ella que no conocía, pues aún cuando el contacto entre ambas pieles tiene una barrera, de todos modos le provocan estremecimientos que irradian hasta su bajo vientre, creando una humedad extraña en su intimidad, y el resultado final de todo ese estímulo es completamente contrario a lo que esa parte responsable de su mente desea: la pelirroja gira un poco la cabeza hacia atrás mientras sus labios se entreabren, invitándolo, y el peliazul no se retrasa en lo más mínimo en complacerla, pues su ansiosa boca atrapa la de ella, fundiéndose ambos en un ardoroso beso que borra completamente cualquier pensamiento que la joven reina hubiera podido tener.
Eso incluye cualquier pensamiento respecto a que la reina tiene a un prometido ansioso por regresar a ella.
Y aún falta demasiado tiempo para la medianoche…
oooooooooooooOOOOOOOOOOOOooooooooooooo
A/N: ¡Ándale! ¡Si Kristoff no se apura en regresar, le van a comer el pastel! Y bueno, como el feedback que he estado recibiendo es el de hermosas chicas calenturientas igual que yo… pues no puede ser de otra manera, jejeje. Les regalo un poquito de este ship que cada vez me está gustando más, pero que no tenía planeado que entrara en escena tan pronto… así que les dejo un pequeño fanservice sólo por el placer de escribirlo. Por otro lado espero que les guste a Annaurda y AleSinsajo, ¡muchas gracias por seguir comentando! ¡Ustedes son geniales! ¡Pobre Kristoff! ¡Le van a romper el corazón si se entera!
Y de aquí pasamos a contestar los hermosos comentarios:
Annaurda: Dicen los psicólogos que las sobrevivientes a una violación experimentan una reacción psicológica parecida a un trastorno de estrés postraumático: es decir, una fractura en su psique similar a lo que padece una persona que ha experimentado los horrores de la guerra, o un secuestro y tortura. Es por eso que Elsa no puede estar bien después de un ataque tal, aún cuando realmente no se consumó la violación. En verdad, pobre Elsa.
Por otro lado, admiro muchísimo a los hombres intensamente feministas, que, aunque realmente no son tan numerosos los que he encontrado, todos ellos se caracterizan por ser sumamente inteligentes, lógicos y racionales, como si su mente racional hubiera llegado a la conclusión de que lo más coherente y correcto es la equidad de género, sólo por simple inteligencia emocional. Es por eso que Degel, siendo el caballero más inteligente del Santuario, se me figura que debía de ser igual de feminista, especialmente notorio en la época en la que vivía. Espero poder reflejarlo bien aquí.
Sobre el éter, ¡pásame esa página! ¡Que no he logrado encontrar ese mito! Supongo es porque el navegador me lleva por las líneas que inicialmente busqué… quién sabe… ¿me la compartes, plis? ¡Suena bastante interesante como para perdérmela!
¡Muchas gracias por tu fantástico comentario! ¡te mando un enorme abrazo y nos leemos en el siguiente capítulo!
AleSinsajo: ¡muchísimas gracias por tus palabras! ¡Me alegras muchísimo el día con tus comentarios! Espero que este capítulo sea también de tu agrado. ¡Te mando un abrazo enorme!
