Cosmos Congelado

Capítulo 26

Sábanas Frías.

¡Advertencia! ¡Escenas súper sexosas y muy explícitas adelante! Salten el capítulo si no es lo suyo.

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Los dos jóvenes esposos llevan ya casi media hora de camino, cuando Degel se percata de que el sendero es distinto al que tomaron en su primer recorrido desde el Bosque Encantado hasta el castillo de Anna: este nuevo camino es más montañoso y frío, por no mencionar que ni siquiera pueden ver el mar ni el fiordo, por lo que, extrañado, azuza a Pólux para darle alcance a Nokk.

-¿Elsa?

-¿Sí?

-¿Nos hemos perdido?

Sin desacelerar ni un ápice, la albina levanta una delicada ceja.

-No, por supuesto que no. ¿Por qué lo dices?

-Porque no venimos por estos rumbos cuando nos trajiste a Arendelle…

Elsa le sonríe con picardía.

-¿Recuerdas que Kristoff mencionó que no nos topamos con él en nuestro camino?

-Sí, claro.

-Pues es porque este es el sendero normal que tomamos habitualmente para visitar a los Northuldra. La primera vez nosotros tres cortamos camino por el fiordo, que es mucho más rápido.

-¿Y por qué no vamos por el fiordo también esta ocasión? ¿Por qué venir por un camino más largo? Pensé que estarías más que ansiosa por regresar a ver a tu hermana y trazar los planes de batalla.

-Y lo estoy.

-Entonces no te entiendo…

Elsa le sonríe con coquetería, sin lograr evitar que un suave rubor tiña sus mejillas.

-Bueno… Asmita dijo que debería relajarme un poco, pues ahora que varios Santos de Atena están allí, debo de tener la certeza de que Anna y Arendelle estarán bien. Sólo estoy siguiendo el consejo de un amigo.

Degel también sonríe, pero sólo un poco, sus palabras realmente no lo tranquilizan.

-Opino que no deberíamos confiarnos. Puede que hayan llegado todo un grupo de Santos de Atena, pero no creo que…

-Degel… - La voz del Quinto Elemento es de advertencia, pero cuando el hombre voltea a verla a los ojos, se sorprende al ver que la mirada de la albina beldad es enigmática y, sin quererlo, sensual, la mirada azul celeste observándolo a través de largas pestañas le provoca que su corazón pierda un latido. - Hay algo que quisiera mostrarte antes de que lleguemos a Arendelle, por lo que te pido tengas paciencia. Te prometo que no te arrepentirás.

Esas palabras llenas de misterio no apaciguan su lado controlador, no realmente. Pero, siempre el chico obediente, decide dejarla ser, seguramente esos momentos de tranquilidad les serán de utilidad a ambos para lo que se viene. Ya buscará la manera de compensar ese tiempo perdido.

Después de unos minutos de cabalgata, dan un rodeo sobre la base de una gran montaña en subida y de pronto Degel pierde su capacidad de respirar ante el espectáculo que se le presenta: frente a él, y dominando imponente el paisaje, en el pico más alto de una montaña descansa un castillo de hielo de ensueño: la Fortaleza de la Soledad de Elsa, la que creara durante la huida de su propia coronación, les recibe majestuosa, reflejando con su prístino hielo la luz del sol del atardecer, rompiendo los haces de luz en numerosos colores y formas, haciendo que Degel sienta como si se encontrara en un paisaje onírico. Como si se encontrara en el paraíso.

-Esto… - Degel no es consciente de que detuviera a Pólux, por lo que un pequeño tirón de Elsa desde la crin de su corcel helado lo regresan a la realidad. – Elsa… ¿tú…?

-¿Te gusta? – La joven albina no puede dejar de sonreír del tremendo orgullo que siente al ver la mirada del caballero llena de infantil fascinación, mientras le ayuda a guiar a su corcel, so pena que de la sorpresa el hombre sufra algún accidente.

Degel aún tarda varios segundos más en responder, su mirada brillante fija en los contornos perfectos y angulosos, en las altas torres puntiagudas que atraviesan el cielo, en la transparencia de los muros que se iluminan en reflejos multicolores, y en los ensoñadores haces de luz.

-Por Atena, Elsa… eres toda una artista…

La joven se sonroja ante el halago.

-Gracias, me alegra que te guste. ¿Quieres verlo desde adentro?

Degel casi se lastima el cuello de lo rápido que gira la cabeza para verla.

-¿Cómo? ¿Quieres decir que es habitable?

Ella asiente con una sonrisa de suficiencia.

-Sí, por supuesto. Yo misma viví en él unos días. Tiene todas las comodidades que puedas pedir. Obviamente, todas hechas de hielo, por lo que no me exijas poder entrar en calor. Eso sí que no supe cómo hacer.

-Wow…. – a Degel le hubiera gustado hacer un pícaro comentario a sus palabras, pero su mirada regresa insistentemente a los altos postes, ya casi cayendo del caballo debido a que se tiene que inclinar hacia atrás para seguir viendo las torres.

Elsa ríe por lo bajo, divertida por la tierna fascinación del caballero. Mientras se aproximan, gira sus muñecas para crear un poco de escarcha, tan fina que flota en el aire, y voltea su mirada al cielo.

-¡Gale!

Como si la hubiera estado esperando, el Espíritu del Aire aparece para dar vueltas alrededor de su cintura, agitando sus ropas y su cabello, haciéndola reír de las cosquillas que le produce, para después, terminar en la punta de sus dedos, trayéndose consigo la escarcha que acaba de formar.

-Por favor, llévale a Anna esto.

Sin más preámbulos, la nube de escarcha se aleja volando entre las hojas secas, Gale presto para cumplir su misión.

-¿Qué fue eso? – Degel se acerca a ella, maravillado.

-Quiero avisarle a Anna. Kristoff tiene razón, debe de estar tremendamente angustiada. Pero… pero quiero que veas el castillo. No nos demoraremos mucho.

Degel le sonríe.

-Gracias. Prometo que no me distraeré por donde no deba.

Elsa le manda una enigmática mirada, pero no comenta nada más.

Tan pronto desmontan, Elsa acaricia la crin de Nokk en agradecimiento, y, tomando a Degel de la mano, los dos esposos se adentran en las enormes puertas de hielo, para de pronto ser recibidos por Malvavisco, quien se inclina ante el Quinto Elemento en señal de respeto, sin embargo, titubea al darse cuenta de la presencia del caballero. Por su parte, Degel se sobresalta ante la imponente figura del gigante de hielo y se planta frente a la albina para protegerla.

-¡Cuidado, Elsa!

Ante la respuesta del caballero, Malvavisco siente que lo quieren separar de su ama y de inmediato se pone en guardia, sacando todas sus amenazantes estalactitas y gruñendo con fuerza. Pero antes de que los dos se puedan atacar, Elsa se adelanta a Degel y toma a Malvavisco de la mano, obligándolo con caricias a que retraiga las uñas y el resto de las estalactitas.

-No te preocupes, Degel, él es un amigo. Es una de mis creaciones. Está aquí para resguardarme a mí, y resguardar al castillo. – De inmediato voltea a los ojos vacíos del enorme hombre de nieve. – Malvavisco, es un gusto verte de nuevo. Este es Degel, mi esposo, y, por lo tanto, también tu amigo.

-¿Es… Es… esposo…?

La voz del gigante de nieve es rasposa y dificultosa, pero Elsa se siente orgullosa de su creación, así como de su esfuerzo.

-Así es, mi esposo. Tu amigo.

Malvavisco voltea a ver a Degel, quien se estremece ante el escrutinio, y más cuando el gigante le sonríe (demasiado terroríficamente, para su gusto).

-Am… amigo…

-Emh… sí, mucho gusto. – Armándose de valor, el caballero se inclina un poco para saludar, con una reverencia, a su nuevo amigo, aunque en ningún momento le pierde la vista.

Elsa les sigue sonriendo, emocionada de que su ahora esposo conozca sus primeras grandes creaciones, cuando de pronto pequeñas y numerosas bolas de nieve saltarinas llenan el piso de la recepción, rechinando alegres mientras los reciben, haciendo reír a Elsa y sobresaltando de nuevo a Degel, quien se pone en guardia una vez más.

-¡Oh, mira! ¡Son los Snowgies!

Aún inquieto, Degel busca la mirada de Elsa.

-¿Los… los qué?

La joven albina se acerca al caballero para abrazarlo de la cintura y tranquilizarlo, casi igual que como hiciera con Malvavisco, mientras ríe de nuevo, contagiada por las sonrisas y la evidente alegría de los diminutos seres.

-Los Snowgies. Olaf les dio el nombre.

-¿También creaciones tuyas? – Degel se estremece cuando un par de ellos brincan lo suficientemente alto como para posarse en su palma sana, y algunos de ellos hasta en sus hombros y la cima de su cabeza. Divertida al ver la cara de inseguridad de su esposo ante los saltarinos seres, Elsa toma esta última y juguetona bola de nieve entre sus manos para darle un beso, causando que el Snowgie brinque de emoción.

-Sí, aunque más bien creaciones involuntarias.

Degel levanta una ceja de corte dividido, mientras otros dos Snowgies saltan a su cabeza, haciendo que el hombre trate de equilibrarlos, ofreciendo su cabestrillo para que los traviesos seres de nieve brinquen en él, preocupado de que caigan de tan alto.

-Eso… más bien me desconcierta.

Aún divertida, Elsa se encoge de hombros, tomando de su cabestrillo las dos juguetonas bolas de nieve para darles sendos besos.

-Bueno, verás, fueron creados en un momento de fiebre y enfermedad, por lo que no fueron intencionales. Simplemente iban apareciendo en cada estornudo.

Tres Snowgies más brincan a las palmas y brazos de Degel, dos de ellos evidentemente fascinados con el helado cabestrillo del brazo. El hombre sigue sin moverse, aún sorprendido, pero ahora más bien maravillado ante tales seres.

-Eso no suena muy bien… aunque no parecen estar del todo sufriendo, sino más bien todo lo contrario.

La joven se encoge de hombros sin perder la sonrisa cuando toma a los dos bulliciosos saltarines para darles su correspondiente beso de bienvenida.

-Digamos que, a pesar de ser un día de convalecencia, era un día de fiesta, pues era el cumpleaños de Anna, y teníamos demasiadas cosas divertidas planeadas, por lo que no pude enfocarme en mi sensación de malestar. Además de que el día terminó con ella haciendo de enfermera, apapachándome varias horas, por lo que me hizo más feliz.

Esta vez Degel sí sonríe, al imaginarse claramente a Elsa disfrutando de los mimos de la reina, en especial comparando su propia felicidad, a pesar del dolor, cuando él mismo recibió los mimos de la hermosa albina durante su estancia en la enfermería. Tres divertidas bolas de nieve más brincan a sus palmas, y el alto caballero se las presenta a su esposa, quien los besa y los deja caer en el piso.

-Supongo tienes razón. A pesar de ser un día difícil, es maravilloso cuando tienes quién cuide de ti y de tu recuperación, especialmente si es alguien que amas. – El hombre observa divertido cómo otro Snowgie brinca sobre su cabestrillo, y Elsa lo recupera para besar a este también. - ¿Piensas darle un beso a cada uno de ellos? Parecen ser muchos.

Elsa sonríe aún más ante el comentario y, soltando al último trío de Snowgies que ya habían saltado a su palma, lo mira con picardía.

-¿Celoso?

Degel se encoje de hombros, ocasionando que los Snowgies que tenía sobre ellos caigan al suelo.

-¿De estas bolas de nieve? Obviamente no. - Elsa ríe femeninamente y se estira para buscar los adorados labios y darle un suave y rápido beso, muy similar al que les da a los Snowgies. – Bueno, tal vez un poco.

Elsa vuelve a reír ante la respuesta infantil.

-No deberías preocuparte. Sabes que eres mi hombre de nieve favorito.

Como para reforzar sus palabras, la joven le rodea el cuello con los brazos y profundiza un poco más el beso. Degel, Ni tardo ni perezoso, se inclina ante ella para corresponder a la caricia, atrayéndola hacia sí con una enorme mano en la cintura, la acción provoca que los Snowgies brinquen de la excitación, haciendo eco del corazón acelerado de su ama. Después de unos segundos de tierna caricia, y realmente teniendo que hacer un enorme esfuerzo, Elsa se separa y se le ilumina el rostro.

-¿Quieres que sigamos explorando el castillo?

-Nada me haría más feliz.

Elsa lo toma de la mano para guiarlo escaleras arriba, rodeando a Malvavisco quien se sienta en el helado suelo para recibir a los Snowgies, agitando una mano hacia Degel a modo de despedida, su enorme sonrisa extraña haciéndolo estremecer.

Elsa ríe al tener que cuidar al curioso caballero de Atena mientras recorren el castillo, pues la atención del Santo de Acuario se encuentra en todos lados menos por donde va caminando, con riesgo de caer, ya que sus ojos viajan de un detalle a otro, desde los altos techos hasta los candelabros gigantes, las columnas suntuosas y las arañas de techo que adornan majestuosamente el recinto, todo increíblemente hecho de puro hielo sólido. Existe una divina opulencia en este lugar, similar a una de las cortes más ostentosas que él ha conocido, incluso rivalizando con los señoriales castillos de los zares en Rusia. Su corazón late acelerado ante tan impresionante creación, y si todavía existía en él alguna duda de que su esposa es una diosa, este castillo ha borrado cualquier duda en su corazón.

-Elsa… esto es fantástico, no puedo creer las cosas que has creado…

Ella ríe, agradecida y divertida.

-Aún no has visto todo.

En ese momento abre las puertas de la recámara principal, y en efecto, Degel se da cuenta que ni siquiera había visto lo más lujoso del castillo. La recámara de Elsa es enorme, intrincados candelabros adornando las paredes mientras muebles de estilo barroco, hechos de hielo sólido, dan aún así un aire acogedor a la estancia, y Degel casi puede sentir el calor que podría emanar de la enorme chimenea helada al final de esta, en la pared contraria; incluso las paredes tienen tapices de escarcha con figuras renacentistas.

-¿Cómo… cómo puedes tener tanta imaginación?

Elsa se encoje de hombros.

-Realmente no todo es de mi imaginación. ¿Recuerdas que te dije que mi obsesión es la Reina María Antonieta? Después de la Revolución Francesa los saqueos al castillo de Versalles fueron tremendos.

-Sí, recuerdo que hubo mucho revuelo durante la venta ilegal de algunos artículos.

-Bueno, mi abuelo, el antiguo rey de Arendelle, logró rescatar algunos cuadros, y varios de ellos representaban a reyes de antaño y su descendencia, pintados en los aposentos de la reina. Después, cuando las cosas se calmaron un poco más en la ciudad, mis padres me llevaron de pequeña a conocer el palacio. Fue el primer momento en que realmente sentí el peso de la herencia que era mi destino, cuando tomé conciencia de que sería la heredera de mi padre, especialmente cuando él me dijera que, si no era sabia durante mi regencia, esta podía terminar de igual forma que la de María Antonieta. Como puedes esperar, esa visita me impactó. Y pues…

Elsa hace un ademán hacia la cama que descansa en la pared más lejana de la puerta, con su techo propio y la tela que protege la intimidad real, y en efecto Degel puede notar su enorme remembranza con la cama de la reina caída en desgracia. Incluso puede ver el techo adornado por relieves de figuras mitológicas hechas de nieve, justo como en la recámara real original.

-Es precioso… aunque aún me parece terrorífico y de mal augurio que te gustara tanto la historia de una reina con tan mala suerte.

Elsa se encoge de hombros, mientras se sienta en la mullida y helada cama.

-Era sólo una niña… pero cuando quedé encerrada en mi cuarto de forma permanente, después del accidente con Anna, me sentía mucho en resonancia con su vida, con el sufrimiento que tuvo que pasar, pues María Antonieta siempre se sintió prisionera en su propio castillo. – La joven acaricia la colcha con un aire más bien distraído. – No sé… después lo que le hiciera a mi hermana, siempre tuve miedo de que la turba llegara a castigarme y me decapitara como a la reina, tan pronto se enteraran de mis poderes, y ese terror fue lo que me hizo huir de mi propio castillo sin siquiera pensarlo, el mero día de mi coronación. Pero ¿sabes? no todo era terror en esa comparación: al mismo tiempo, me gustaba mucho la idea de que, un día, llegaría un hermoso conde extranjero y lucharía por liberarme… - Elsa le dedica una mirada por debajo de las pestañas a Degel, haciéndolo estremecer, y vuelve a encogerse de hombros, rompiendo el contacto con los ojos violetas. – No sé… supongo eran simples sueños adolescentes.

Él ríe por lo bajo al notar el suave rubor de las mejillas.

-Un conde extranjero… sí, apuesto a que ese conde Von Fersen debió haber sido muy afortunado al ganar el amor de una reina tan hermosa.

Elsa vuelve a levantar la mirada, esa mirada cautivadora que le roba el aliento al alto hombre, mientras una sonrisa traviesa se dibuja en los rojos labios.

-Dicen que el conde Von Fersen era un hombre muy guapo, además de inteligente, rico y caballeroso. Todo un partido. Era fácil que una niña de 14 años se enamorara de él.

Degel se hinca ante ella, su mirada penetrante y juguetona sobre los cristalinos ojos azules.

-Sí, he escuchado que ese conde extranjero era un galán… Pero escuché que él mismo estaba perdidamente enamorado de la reina. Así que, ¿quién atrapó a quién, realmente?

Elsa encoje los hombros, divertida y ruborizada.

-¿Acaso importa?

Degel vuelve a reír, mientras acaricia suavemente las rodillas de la albina beldad, lanzándole descargas eléctricas a lo largo de la espalda.

-Yo opino que él fue el afortunado. Pero, olvidando un poco la historia y regresando a tu sueño, tengo una pregunta. ¿Te importaría mucho si ese conde extranjero que llegará a rescatarte de tu castillo, resulte ser francés en vez de sueco?

Elsa ríe femeninamente, mordiendo su labio inferior mientras el rubor se acentúa sobre sus mejillas.

-Está bien si es francés en vez de sueco… si es guapo, puedo perdonarle ese desliz.

Sin dejar de acariciarle las rodillas, Degel también ríe, mientras siente cómo su respiración comienza a agitarse de la expectación.

-Dicen algunos que sí es muy guapo… - una delicada ceja se levanta, divertida ante la aseveración, pero Degel continúa fingiendo no notarlo, - ¿y si ese conde francés llegara en este momento escalando a tu ventana, para sacarte de la injusta reclusión en la que vives… ¿qué debería de hacer primero?

La sonrisa de Elsa se hace más amplia y pícara.

-Bueno… primero tendría que robarme mi primer beso, por supuesto…

-Por supuesto…

Degel se inclina hacia ella, pero en vez de dirigirse a su rostro, sus labios se acercan peligrosamente al bajo vientre de la joven, mientras sopla con suavidad, creando un vaho helado desde su boca que provoca estremecimientos a la albina cuando enfría su piel por debajo de la tela. Lentamente Degel hace el recorrido hacia arriba, sus labios muy cerca de la ropa, soplando con fuerza sobre el cuerpo de ella, haciéndola estremecer al sentir el frío aliento sobre su vientre, pecho y cuello, hasta que finalmente atrapa sus labios. Al principio el beso es suave y tierno, pero de inmediato se vuelve apasionado. Degel rodea la cintura de Elsa con su cabestrillo, mientras que con la mano libre se sostiene de la cama, al tiempo que empuja a la albina beldad hacia atrás para recostarla sobre la mullida colcha. Sin embargo, en cuanto se posiciona sobre ella, el peso del hombre estremece a la joven, haciéndola sentirse vulnerable y asustada, misma sensación que la aterraba durante el ataque de Deuteros. En un arranque, Elsa empuja con fuerza a Degel a un lado, mientras ella se gira hacia el otro para de inmediato levantarse de la cama, y en dos pasos inconscientes alejarse de él, al tiempo que respira con fuerza, sintiendo el pánico tomando su mente como prisionera, una mano sosteniendo su pecho al sentir el corazón desbocado, y la otra extendida hacia adelante, hacia el caballero, en una actitud defensiva.

Degel, por su parte, se encoge sobre sí mismo, dolido, decepcionado, y respirando profundamente para poder controlar su frustración.

'Esto no puede continuar así…'

Degel voltea a ver a Elsa, y le cimbra en lo más profundo ver su expresión de verdadero terror en el rostro, su agitación, la mano temblorosa sobre el pecho.

Le parte el corazón verla tan asustada.

Con determinación, el hombre inspira profundamente para tranquilizarse, para reinar sobre sus propios impulsos, y se incorpora de la cama para avanzar decidido hacia ella.

-L-lo… lo siento, Degel… yo…

La determinación en esa mirada varonil la asusta, y mientras él camina hacia ella, Elsa da unos pasos hacia atrás, apenas logrando detener el rayo de hielo que lucha por dejar sus dedos, restringir el deseo intenso de detener con su poder, el avance del fornido varón que se cierne sobre ella.

-Eres mi esposa, Elsa.

La aseveración la hace abrir mucho los ojos, mientras la culpa la invade como un balde de agua fría. Elsa baja la mano amenazadora y a la vez baja la mirada, apenada.

-S-sí… lo sé… por eso te traje aquí, para compensar mi rechazo de hace un par de horas…

Degel se detiene un par de segundos, azorado ante las palabras de la albina.

-Elsa… ¿Qué?

Elsa empieza a caminar en círculos, angustiada, confundida, y apenada.

-Sé que tienes derecho a… como mi esposo, es tu derecho tomarme si lo deseas, no importando el lugar ni las circunstancias… y mi obligación como tu esposa es estar dispuesta cuando tú lo necesites, pero yo… - La hermosa albina cierra los ojos y se abraza a sí misma, sintiéndose tremendamente culpable. - Degel, lo siento… no quería rechazarte… no sé qué me pasó…

Degel se entristece ante sus palabras, ante tal confesión, pero después de unos segundos retoma con más decisión su camino. La sombra del alto caballero cae sobre ella y Elsa alcanza a levantar la mirada, su gesto de terror incrementándose, su mano de nuevo se alza para empujar al santo de Atena hacia atrás, pero este, de un leve manotazo aleja la mano ofensora, para rodear el cuerpo de Elsa con sus brazos, sus hombros envolviéndola toda.

A Elsa se le corta la respiración ante tal gesto, ante las manos poderosas que la sujetan de la espalda, y no sabe si luchar para liberarse, o simplemente abandonarse a ese cálido abrazo, combatiendo contra el pánico que la envuelve. Sin embargo, pasan varios segundos, decenas de segundos, y el hombre no se mueve, sus manos continúan presionando su suave cuerpo contra el duro pecho, la respiración de él sobre el oído de ella se mantiene pausada, calmada, sosegada, y Elsa, finalmente, empieza a relajarse, a rodear con sus propios brazos la ancha espalda. La pasividad, la absoluta inmovilidad con que la sujeta, empiezan a disipar el ataque de pánico que siente la joven albina, y su propia respiración toma el ritmo de la respiración suave y acompasada del varón que la sostiene. Después de varios minutos que parecen eternos, Degel finalmente rompe el silencio que los rodea.

-¿Estás mejor?

Elsa se sobresalta ante la pregunta.

-¿Q-qué?

Degel se separa de ella para tomarla de ambos hombros, aunque de forma incómoda por el cabestrillo, fijando sus ojos violetas en los azules asustados.

-Necesito saberlo, Elsa. Eres mi esposa, y no debe de haber secretos entre nosotros. Necesito que seas honesta conmigo respecto a lo que te hizo ese espectro.

-Degel… no te entiendo.

La mirada de Degel se endurece.

-Ese hombre… ese espectro… dime, amor mío. ¿Ese espectro que te atacó mientras yo no estaba, te tocó de una forma inadecuada? Te… ¿abusó de ti?

Elsa se queda pasmada, tremendamente confundida ante sus palabras. ¿Un espectro? ¿Abusando de ella? Pero cuando Degel le toca la mejilla aún adolorida, de pronto abre los ojos como platos al recordar que nunca le confesó a Degel la identidad del verdadero autor de esa lesión. Y si se sentía culpable antes, ahora no puede ni verlo a los ojos, por lo que trata de liberarse de su agarre.

-Degel… no es necesario que…

-Sí, si lo es, Elsa. – El hombre la toma de la barbilla para obligarla a mantener sus ojos en los de él. – Yo soy tu esposo, y tengo derechos.

Elsa cierra los ojos, inspirando profundamente para tratar de relajarse.

-Lo sé, Degel. Te pido de nuevo disculpas por haberme asustado, no fue mi intención detenerte…

Pero Degel niega de nuevo, su voz volviéndose más ronca.

-Te equivocas rotundamente conmigo respecto a eso. No sé quién te inculcó tal mentira, y algo me dice que es mejor que no lo sepa, pero debes de tener una certeza sobre mí. Nunca, jamás te obligaré a hacer algo que no quieres hacer, y mucho menos a tener sexo si tú no lo quieres. Que seamos un matrimonio no me da derecho a tocarte sin tu consentimiento, pero sí me merezco que seas honesta conmigo.

La joven abre los ojos como platos, enormemente sorprendida y confundida ante tal declaración, pero la mano de él aprieta su hombro, ansioso, por lo que se concentra en atender la demanda que su esposo le está haciendo.

-Entonces, ¿que…?

-Quiero saber, Elsa, qué hizo ese espectro contigo. ¿Qué fue lo que consiguió de ti que tanto te asusta? ¿Hasta dónde llegó contigo? – El hombre la suelta y se aleja de ella, con una tremenda tristeza empañando sus ojos violetas. - Porque no quiero volver a provocarte la reacción que te causé hace un momento. No quiero volver a ver miedo en tus ojos cuando te toco, cuando estás conmigo.

Degel da de nuevo un paso hacia atrás, alejándose de ella, pero Elsa se arroja a sus brazos y lo aprieta fuertemente, escondiendo su rostro en el amplio pecho.

-¡No-no me pidas que te lo diga! ¡No quiero recordarlo! ¡Me aterra siquiera volver a pensarlo! Necesito… necesito que tengas paciencia conmigo, mucha paciencia. Te lo suplico, Degel…

Degel suspira fuertemente, mientras le acaricia los sedosos cabellos, cual si ella fuera una niña pequeña.

-No te preocupes, amor mío, no volveré a tocarte hasta que estés lista…

Sin embargo, Elsa reacciona a sus palabras con aún más miedo reflejado en sus ojos.

-¡Pero sí estoy lista! ¡Degel! – el hombre se sobresalta ante la declaración y ante los ojos azules anegados de lágrimas que ahora lo ven con tanta animosidad. – ¿Es que no lo ves? No es sólo que sea mi obligación como esposa. Yo también lo necesito... ¡Te necesito aquí y ahora, para que rompas ese miedo con tus besos, que reemplaces el terrible contacto de ese hombre con tus propias caricias! Sólo tú puedes ayudarme a superarlo… - Elsa de nuevo esconde su rostro en el enorme pecho de su esposo, sintiéndose sumamente insegura. - Yo… yo ya no quiero seguir teniendo miedo, no quiero vivir con esa sensación que me abruma, y menos cuando son tus manos las que me están tocando, no las de ese hombre…

Degel se separa de ella para buscar su mirada de nuevo, y aunque le estremece ver el terror que se dibuja en esos ojos azules que tanto adora, también puede ver la chispa de determinación en sus pupilas.

-Elsa… ¿estás segura? No será fácil.

La joven suspira, la voz temblando un poco.

-L-lo sé, pero… pero no quiero estar así, no quiero que estar a tu lado siga siendo tan difícil. Eres mi esposo…

-Elsa…

Pero ella niega con la cabeza.

-No lo entiendes. No es sólo que tú tengas derecho a tenerme. Es tu obligación. También yo quiero disfrutar de tus besos y tus caricias, también a mí me duele saltar de miedo cuando en realidad me gusta tanto estar entre tus brazos. Te amo, Degel, y no quiero que un recuerdo, por muy traumático que sea, nos separe.

El hombre asiente, su mirada triste, pues puede ver en el temblor fino de sus hombros, lo difícil que está resultando para ella. Pero si la mujer que tanto ama está tan decidida a romper ese trauma, él no puede defraudarla.

-Si estás segura de lo que quieres hacer, entonces cuenta conmigo. Pero tendremos que llegar hasta el final, no podemos dejarlo a medias. ¿Estás de acuerdo?

Elsa asiente lentamente, sus asustados ojos azules fijos en los violetas, sin embargo, de pronto sacude la cabeza e inspira profundamente dos, tres veces, para después volverlo a ver a los ojos, en esta ocasión, su mirada firme, determinada, endurecida, aún cuando su cuerpo todavía tiembla de incertidumbre, y es como si ella se estuviera preparando para saltar al fuego, para caminar al patíbulo, y hacerlo con la máxima dignidad posible.

A enfrentar su miedo con el porte de una reina.

Degel no puede evitar sentir su pecho henchido de orgullo ante su diosa nórdica.

-Bien… avísame cuando quieras que me detenga.

-S-sí…

Odia su voz que aún titubea, por lo que pasa saliva y lo vuelve a intentar.

-Estoy lista.

Degel asiente y, sin remover su mirada de la de ella, la levanta en vilo, cargándola en brazos, aprovechando el cabestrillo endurecido, a lo que Elsa apenas rechista, abrazándole el cuello, sintiéndose segura en sus brazos.

Caminando lentamente, sus miradas aún fijas el uno sobre el otro, la deposita suavemente en la cama, mientras susurra palabras de amor y aliento, sólo rompiendo el contacto de sus ojos cuando voltea a ver la deliciosa boca entreabierta, invitándolo, la vista haciendo que se relama los labios. Él se sienta a horcajadas sobre de ella, y sin dejar de verla, lucha por quitarse la camisa, la vista de los definidos músculos del abdomen del Santo Dorado robándole la respiración a la albina. Mientras Degel sube la playera hasta su pecho y hombros, Elsa aprovecha para acariciar los duros músculos que tiene a la vista, deleitándose del movimiento, del reflejo involuntario que sus dedos helados provocan en tan perfectas formas. Degel finalmente logra liberarse de la tela, y le sonríe, travieso, su sonrisa se amplía al ver el reflejo perfecto en esos rojos labios que tanto le encantan, y él se inclina para besarlos suavemente, mientras utiliza ambos codos a los lados de ella para apoyarse, la joven estremeciéndose al sentir el contacto de esos poderosos músculos sobre su suave pecho. Sin embargo, en el momento en que la pelvis de Degel entra en contacto con la de la albina, el recuerdo de la sensación del miembro endurecido de Deuteros sobre el mismo sitio la hace brincar.

-¡No! – Elsa empuja al hombre con fuerza, para liberarse de su presión y girarse rápido, logrando levantarse de la cama antes de que pueda reaccionar. Degel queda boca arriba, inspirando tristemente mientras sus ojos se posan sobre las magníficas imágenes del techo. La joven beldad camina en círculos mientras lucha contra su corazón acelerado, pasando ambas manos a través de los cabellos, en señal de evidente frustración. Viéndola así, angustiada y apesadumbrada, sin el más mínimo control de sus emociones, Degel no puede hacer otra cosa más que sentir pena por ella. Y odio por quien sea que le haya provocado esto.

-¿Demasiado rápido?

Elsa aún sigue caminando, luchando por calmarse y negándose a verlo a los ojos, mientras tiene una mano en su seno y la otra sujetándose los cabellos.

-No, no… tal vez… - La joven exhala profundamente mientras se sienta sobre la cama, al lado de él, ambas palmas cubriendo sus ojos en evidente señal de estrés. – No lo sé…

Degel sonríe de lado, levemente divertido al pensar que en esa pose ella se ve como una adolescente dudosa de su primera vez. Aunque, pensándolo bien, tal vez no esté tan alejado de la realidad…

-Ven aquí. Tratemos de hacer esto de otro modo. – El hombre se coloca de lado, palmeando el espacio frente a él a modo de invitación, su codo con el cabestrillo apoyándose sobre la cama y sosteniendo todo su peso. Elsa lo observa por un momento, la enorme mano sobre la cama, el amplio y delicioso pecho desnudo invitándola, y, después de inspirar profundamente una última ocasión, se decide a continuar intentándolo. Está decidida a romper ese hechizo terrorífico. No puede rendirse ahora, y menos al ver que él tampoco se ha rendido.

Convencida, aunque temerosa, su cuerpo temblando de anticipación, la joven se recuesta frente a él, y Degel le besa la nariz en un tierno gesto.

-Bien, trataré de ir más despacio. No quiero asustarte, pero… pero debes entender que realmente me cuesta trabajo contenerme. Es que… - Degel se pasa una mano por los largos flecos color esmeralda, sintiéndose extrañamente nervioso. – Eres demasiado para mí… Simplemente no puedo dejar de tocarte…

Elsa ríe levemente ante su nerviosa declaración, pero asiente.

-Tengo fe en ti. Ahora sólo tenme paciencia.

-No te preocupes, amor mío. Lo lograremos.

Degel le posa una mano sobre el hombro, empujándola suavemente para hacerla recostarse boca arriba, y él se arrima un poco más hacia ella para pegar su cuerpo cálido al costado, y le empieza a besar suavemente el lóbulo de la oreja, mientras su mano libre acaricia sobre la ropa uno de sus senos. El contacto hace temblar a Elsa, le recuerdan los dedos de Deuteros, pero cierra los ojos con fuerza para obligarse a sí misma a sacar esa imagen de su cabeza; después de varios segundos de deliciosas ministraciones, y sintiéndose envalentonada, Elsa voltea la cabeza para atrapar los labios de Degel y besarlo con fuerza. Azuzado por la respuesta de ella, este profundiza el beso, liberando el turgente seno de su prisión de tela helada para pellizcar el pezón erecto.

Elsa se sobresalta ante la súbita sensación y lo empuja de nuevo, volteándose para darle la espalda mientras cubre con su palma el seno expuesto, y Degel se queda inmóvil por un momento, la cabeza gacha, apesadumbrado, la mano libre tallando la frente y los ojos en evidente frustración, mientras suspira profundamente. Elsa continúa de lado, de espaldas a él, luchando porque su corazón se desacelere.

-Lo… lo siento, Degel… yo…

Una mano se posa sobre su hombro, sobresaltándola.

-Está bien, Elsa. No debes disculparte. Será difícil, pero no imposible. – El hombre suspira profundamente, tratando de infundirse una confianza que no siente, mientras suavemente le acaricia el brazo, tratando de reconfortarla. – Empiezo a creer… que mejor deberíamos dejarlo para otro momento.

Las palabras hacen que Elsa se decida en voltear a verlo, quedando acostada frente a él, y los ojos azules llenos de tristeza le arrebatan el aliento al hombre enamorado.

-Por favor, no… te suplico ten más paciencia, Degel. Con todo lo que está pasando, algo me dice que este será el único momento que tengamos para nosotros dos. Es por eso que decidí escuchar el consejo de Asmita y…

-Y traerme aquí, donde nadie nos molestaría, ¿es así?

Elsa asiente, mientras sus mejillas se llenan de un intenso rubor, y voltea a ver hacia la ventana, apenada al ser descubierto su plan. Pero Degel atrapa su barbilla con dos dedos, obligándola a voltear a verlo.

-No te preocupes, creo que estoy de acuerdo contigo. Sólo tendremos este momento para intentarlo, cualquier otro será robado por la cantidad de cosas pasando en Arendelle, y la cantidad de gente a nuestro alrededor. Tomemos entonces el consejo de Asmita y tomémonos nuestro tiempo, esta vez intentaré algo menos intenso, ¿está bien?

Elsa asiente, aunque empieza ya a sentir su corazón palpitando desbocado, lleno de anticipación y miedo. Degel la besa suavemente, y después la vuelve a recostar, los dos quedando en la misma posición que hacía un momento.

En esta ocasión, Degel se inclina para rozar con los labios el seno liberado de la tela mágica, como si pidiendo disculpas, para después volver a besar los dulces y rojos labios con tranquilidad, apenas un roce, un beso tierno que se prolonga eternamente para ella, uno que explora, con la misma suavidad, cada milímetro de esos labios. Y mientras la besa, él se acomoda al lado de ella, apoyándose únicamente de su codo con el cabestrillo, su mano sana acariciando la enrojecida mejilla, creando círculos suaves con el pulgar, que poco a poco se va acercando al ángulo de su quijada, con dulce parsimonia, sin prisa, sintiendo cómo la piel se va entibiando ante su contacto, hasta que logra llegar hasta su cuello, sobre el punto donde el pulso se siente con más fuerza. El beso suave continúa, saboreándose el uno al otro, y de pronto Elsa se da cuenta de que la mano que tenía en el cuello ya no se encuentra ahí, y se ha movido hacia su abdomen, sobre el ombligo, la palma tibia y enorme descansando sobre su vientre, sin moverse, evaporando lentamente la prodigiosa tela.

Elsa se sobresalta un poco ante la sorpresa, pero la inmovilidad de la mano le permite adaptarse y, con sus delicados dedos formando puños que estrujan con fuerza las sábanas heladas, la joven se obliga a mantenerse en su lugar, a no huir de nuevo. Degel sigue sin mover la mano, su palma únicamente descansando sobre la piel ahora desnuda de su vientre, mientras el beso continúa. Después de unos segundos eternos, Elsa nota como Degel empieza a crear círculos sobre su vientre, primero pequeños, apenas alrededor de su ombligo, pero estos se van incrementando en amplitud, llevándose consigo el extraordinario material, y mientras los círculos se forman, Degel finalmente libera los labios de Elsa para besarle la quijada, suavemente, apenas los labios rozando la piel, dejándola húmeda.

Elsa se sobresalta de nuevo al sentir que un dedo que forma figuras sobre su vientre ha rozado la base de sus senos, en un círculo tan amplio que también acaricia cálidamente su bajo vientre, y de nuevo se obliga a sí misma a no moverse, a no reaccionar, sus manos crispadas en puños que sujetan con fuerza las sábanas… los traviesos dedos ya empiezan a subir por el suave busto y después bajar más allá, hacia su pelvis, rasguñando ligeramente su intimidad, y llevándose a su paso la tela en forma de luminosa escarcha mientras dibujan los anchos círculos, con un movimiento tan suave y lento que le permiten a la joven anticipar la caricia, e incluso a esperarla con la respiración entrecortada.

Degel, por su parte, ya tiene la respiración agitada para cuando sus besos forman un trayecto desde el blanco cuello hasta los hombros expuestos, pero se obliga a sí mismo a mantener los besos suaves y sin apremio, apenas como un roce, buscando que se sienta confiada, que no tenga presión… a pesar de que él mismo siente una presión creciente dentro de sus pantalones…

Los círculos sobre el abdomen ya son demasiado amplios, ya pasan rozando los pezones erectos, uno de los senos sólo parcialmente liberado de la tela de escarcha, el otro completamente libre de su presión helada, y Elsa empieza a respirar con mayor agitación, sus manos estrujando la tela de las sábanas con fuerza, pero ya no por miedo, sino por otra sensación arrebatadora. Los sonidos y movimientos que se escapan de su control provocan que a Degel cada vez le cueste más trabajo mantener los besos suaves y lentos.

En un movimiento arriesgado, Degel besa delicada y parsimoniosamente el brazo expuesto de la albina, tomándola por sorpresa y haciéndola gemir de placer, mientras la enorme mano libera completamente ambos senos de la tela que los aprisiona, sin embargo, en lugar de seguirlos acariciando, dicha mano es remplazada por los labios adorados, provocando un gemido de sorpresa y de placer de la adorada garganta, y la palma baja más allá de la pelvis, acariciando, desde la rodilla, la parte interna de la pierna de Elsa, ascendiendo lentamente, mientras se lleva consigo el lienzo transformado ahora en mágica luz.

La respiración de Elsa está agitada, sus suaves gemidos escuchándose constantes, mientras Degel succiona con suavidad un pezón ya erecto, arrancando exclamaciones de placer de su dueña, el glorioso sonido poniendo a sufrir a Degel por sus propias reacciones, que se incrementan hasta grados insoportables cuando sus dedos finalmente encuentran la cálida intimidad de la albina, y, mientras la acaricia, empieza a liberarla de su prisión de tela helada, la anticipación de entrar en ella carcomiéndole las entrañas.

Tratando de liberar un poco su propia necesidad sin asustarla, sin romper el trance en que la tiene, el hombre lentamente pega su pelvis en el brazo de ella, buscando su calor. Pero de pronto detiene todas sus ministraciones ante la intensa sensación que lo toma desprevenido, cuando la mano de Elsa lo sujeta con fuerza, tomando con determinación, a través de la tela, el ávido miembro.

-E-Elsa… detente… - Degel respira aún más agitado, su frente recargada sobre un turgente seno, mientras inspira profundamente para domar su deseo. – No puedo… No podré contenerme…

La albina beldad, con ojos vidriosos por el deseo, voltea a verlo, respirando agitadamente, mientras su mano sube y baja siguiendo el contorno del pantalón, hasta que encuentra el borde de la cintura, liberando también la prisión de tela sobre Degel.

-Está bien… Degel, no te contengas… podemos hacerlo…

El Santo de Atena, tembloroso, voltea a verla, sintiéndose sobrecogido por la intensidad detrás de esos cristalinos ojos azules.

-¿Estás… estás segura?

Como respuesta, Elsa incrementa la velocidad de sus ministraciones, arrancando gemidos del hermoso hombre, mientras con la otra mano lo atrapa de la nuca, para atraerlo hacia ella, besándolo con ardor y ansiedad infinitas.

Cualquier rastro de miedo o duda se han evaporado de su mente.

Por su parte, Degel siente que no puede resistir más, por lo que, desvaneciendo ya la tela protegiendo la intimidad de ella, sin romper el beso se posiciona entre las adoradas piernas, para entrar en ella lentamente. En el momento en que la llena completa, Elsa recorre su primer orgasmo, haciéndola gritar, mientras Degel aprieta con fuerza las sábanas, pues los espasmos de las paredes de Elsa sobre él casi le provocan su propia liberación. Mientras Elsa se recupera, Degel inspira profundamente varias veces para también recuperar el control. Cuando siente que lo ha logrado, voltea a verla a los ojos, una interrogante tras el violeta de sus irises. Elsa asiente, con una súplica en la mirada, mientras lo besa suavemente.

-Por favor… no te detengas…

Siempre obediente, Degel se mueve rítmicamente dentro de ella, al tiempo en que le susurra sobre el oído palabras de amor y adoración en cada acometida, hasta que él mismo apenas puede articular palabra de la intensa agitación, sintiendo su corazón a punto de explotar, los gemidos de Elsa urgentes sobre su propio oído, al tiempo que las largas uñas se clavan en su amplia espalda, apremiándolo para entrar más, y Degel siente una intensidad infinita que le recorre todo el cuerpo, cuando de nuevo las paredes de las partes más profundas de Elsa crean olas a lo largo de él, arrancando gemidos de su garganta, obligándolo a acelerar el ritmo, y los dos sienten cómo pierden la sensación del resto de su cuerpo, sólo conscientes de esa infinita felicidad que se forma como un crescendo en el centro de sus cuerpos y explota desde el vientre, dispersándose con fuerza por todo su ser, mientras Elsa grita al sentir el segundo orgasmo, esta vez acompañada de Degel quien, después de unos segundos de deliciosa liberación, se colapsa sobre el cuerpo de ella, sudoroso, agotado, completamente consumido, pero con una sensación de flotar sobre el cielo, al tiempo que Elsa amorosamente lo rodea con brazos y piernas, lo abraza posesivamente, los dos aún íntimamente ligados, mientras sienten cómo la exquisita relajación que han experimentado, empieza a dar paso a un placentero sopor que los arrastra a ambos, sus cuerpos entrelazados negándose a moverse de tan deliciosa comunión.

-Te amo, Degel de Acuario… - Degel sonríe al escuchar la amada voz formulando tan bellas palabras, y lucha por responder, pero se siente tan agotado, que sólo percibe cómo la oscuridad lo arrastra con fuerza, y apenas alcanza a susurrar dos palabras casi ininteligibles…

-Te amo…

-Por favor, no me abandones…

Pero la mente de Degel ya se encuentra lejos de su ser, y apenas su subconsciente logra atrapar la frase dicha con dulce angustia, pero sin lograr formular una respuesta, aunque Elsa tampoco logra retener la consciencia mucho más, pues la relajación tan profunda en que está entrando su cuerpo después de la intensa liberación, sumada al calor del cuerpo del hombre sobre ella, casi de inmediato la transportan también al mundo de los sueños, sus cuerpos completamente agotados y relajados en absoluto éxtasis.

ooooooooooOOOOOOOOOOooooooooooo

A/N: Y bueno… demasiado explícito, yo creo, pero estos tortolitos ya se merecían algo así (¡y nosotros también! jejeje). Esperemos que Elsa logre superar al menos un poco el trauma que le generó Deuteros. Sé que realmente no podrá superarlo tan fácilmente, pero al menos estar con Degel sí debe ser un poco más llevadero después de esto. Después de todo, sería catastrófico que, estando tan enamorada, no puedan hacer nada delicioso porque ella se aterra con su contacto. Aunque sí hay casos en que llega a pasar, casos en que las relaciones se rompen porque ellas no logran superar el trauma.

Una disculpa si fue un poco lento, pero me divirtió mucho la interacción amorosa de estos dos, la manera en que juegan un poco entre ellos… un poco de preámbulo y hasta algo de fantasías sexuales no está mal, ¿cierto? ¡Porque sí, Hans Axl Von Fersen tenía que hacer un cameo como fantasía sexual, aunque fuera sólo en nombre! Porque han acertado bien: me declaro amante de la Rosa de Versalles. Si la única razón por la cual Oscar François de Jarjayes no hace un cameo aquí es sólo porque no hay manera de que encaje en el fic. ¡Pero como me muero de ganas de que lo haga!

¡Espero que les haya gustado el capítulo!

Y me voy a responder unos bellos comentarios:

Annaurda: pues sí, le ganaron los pensamientos prohibidos (o las hormonas) a Anna, pero ¿quién puede resistirse al papacito de Kardia? La verdad es que pobre de ella, pues sí que se la pone difícil: su novio lejos y este regalo de los cielos cerca… ¡no pues, no hay manera de mantenerse fiel! Jajaja.

¡Están súper interesantes las varias definiciones del Éter en la mitología y tradiciones griegas! ¡Muchas gracias! Siempre agradezco tremendamente cuando alguien me guía para aprender algo nuevo.

Y respecto a que tuvieras que escribir todo de nuevo, te diré que yo ya había adivinado que eras tú, especialmente por el comentario de la página, pero no hay problema: tú, amiga, puedes mandar toooooodos los mensajes que quieras! Siempre es un placer platicar contigo.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

AleSinsajo: de todo corazón espero que te hayas tomado las pastillas para la fiebre: paracetamol, ibuprofeno, metamizol y… hasta allí llega mi conocimiento, jijiji ¡Espero que te haya gustado el capítulo! ¡Muchas gracias por tu precioso comentario!