Cosmos Congelado

Capítulo 27

Escalofríos de temor.

Perdón por la fiebre que les dejé en capítulos anteriores, y que 'desafortunadamente' continuamos un poco aquí… sólo puedo decir que, para su buena suerte, el acetaminofén es de bajo costo, jejeje. ¡Disfruten!

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Después de su candente y furtivo encuentro en la torre, Anna y Kardia lograron escabullirse a los aposentos de la reina sin que nadie los descubriera, por lo que ahora se encuentran los dos, ambos semidesnudos, en una posición bastante comprometedora:

Kardia, arrodillado frente al borde de la mullida cama, tiene descubierto todo su torso, todavía conservando su pantalón, sus magníficos músculos expuestos al ambiente del cálido cuarto.

Viéndolo con más detalle, el hombre se siente un poco incómodo, no por la posición en la que se encuentra, en absoluto, sino por la tremenda presión que la tela del pantalón ejerce sobre su ya bastante despierto y muy ávido miembro, consecuencia de que el travieso caballero tenga una buena parte del rostro prácticamente escondido entre los pliegues virginales de la hermosa reina, afanoso en su labor, mientras Anna, sentada sobre el mismo borde, tiene ambas piernas descansando sobre los hombros de dicho caballero, sus codos recargados en el suave colchón, sosteniéndola temblorosamente en una posición semiacostada.

Después de unos segundos queriendo (y no queriendo) protestar débilmente sus cuestionables actividades, la joven finalmente se rinde y deja caer la cabeza hacia atrás, mientras emite gemidos de placer ante las hábiles ministraciones del caballero. Las elegantes y finas ropas reales se encuentran hechas un desastre alrededor de su cintura, siendo lo único que cubren de su delicada y blanca piel, mientras la enorme mano del santo de Atena encuentra un turgente seno y, diligentemente, acaricia la piel de la reina, sintiendo como ésta arde de deseo descontrolado ante las increíblemente diestras y dolorosamente lentas caricias del caballero.

Kardia estruja de forma rítmica y con suavidad el blando órgano, hasta que sus dedos atrapan el pezón erecto, provocando que un temblor recorra el cuerpo de Anna y se le escape un pequeño grito de sorpresa, haciendo que apriete con más fuerza las sábanas que ya de por sí tiene crispadas entre sus puños cerrados. Los sonidos y los movimientos involuntarios de la joven le arrancan una pequeña risa al hombre, provocando vibración a través de sus hipersensibles pliegues, haciéndola estremecer aún más.

-Kardia… m-me estás… torturando…

-Esa es la idea, reina mía.

Kardia rasguña con los dientes el ávido apéndice que tiene tan cerca, provocando que Anna vuelva a gritar, en esta ocasión con más fuerza, y la explosión de placer que la envuelve es tan intensa que la joven se deja caer por completo sobre la cama, y ya libres, ambas palmas buscan ocultar sus mejillas ardiendo, mientras su segundo orgasmo le roba completamente las fuerzas para sostenerse por sí sola, hasta para pensar. Quizás incluso, le ha robado la habilidad para respirar.

De pronto, a través de la ventana abierta entra un viento fresco trayendo consigo gran cantidad de hojas secas, pero Anna no lo percibe, tan envuelta está en su paraíso de placer. Una discreta nube de escarcha que acompaña al viento, deja caer diminutas gotas heladas sobre las mejillas encendidas de la joven reina, despertándola de su trance. Anna abre lentamente los ojos ante el frío contacto, su mirada aún enturbiada por el placer; al ver al viento jugueteando con la pequeña nube, la pelirroja se da cuenta del mensajero, y le sonríe cálidamente a forma de bienvenida.

-Gale… - Después de unos segundos, y como si le cayera un balde de agua fría, algo en su cabeza finalmente logra engranar y la reina abre los ojos como platos. - ¡Elsa! – Despertando de una forma brusca, y sin dar mucho pensamiento al asunto, Anna se arranca a sí misma del agarre posesivo en que la tenía el caballero, empujándolo hacia atrás con ambas piernas; el hombre cae de espaldas, completamente tomado por sorpresa.

-¡Uff! ¿A-Anna? ¿Qué…? – Pero Kardia se reprime de protestar, al descubrir al Espíritu del Aire frente a ellos, y de inmediato comprender su intención, por lo que, un poco adolorido, se levanta lentamente, ansioso por también tener noticias de Degel, aunque, siempre respetuoso de la joven reina, decide esperar a que sea ella quien le transmita el mensaje, so pena de descubrir cosas íntimas de las dos hermanas.

Anna por su parte, de inmediato se planta frente al mensajero, torpemente acomodando sus ropas desaliñadas para cubrir busto y piernas, como si el Quinto Elemento pudiera ser testigo de su semidesnudez a través de las hojas del travieso espíritu.

– ¡Oh, Gale! ¡Por favor, dime que mi hermana está bien!

Gale gira la escarcha y sus hojas rápidamente, como en respuesta afirmativa, para después formar varias palabras con la escarcha entre sus hojas, las cuales intercambia de manera fluida tan pronto Anna lee lo que se va escribiendo:

'Hermana estamos bien. Degel y yo conseguimos el orbe que necesitan. Nos topamos con Kristoff. Él también se encuentra bien, te manda mucho amor. Kristoff llegará antes de la media noche. Degel y yo lo haremos en una hora, aproximadamente. Te amo.'

Anna ríe un poco, aliviada de saber que su hermana está bien, y divertida ante los malabares que el Espíritu del Aire hace con la escarcha para formar las palabras… hasta que dicha escarcha forma el nombre de su prometido y el mensaje de amor que le manda… la tremenda culpa que de pronto la embarga provoca que esa amplia sonrisa se borre de inmediato de sus rojos labios, una mano viajando sobre el pecho, tratando de cubrir aún más su desnudez, y sintiéndose increíblemente culpable.

-¿Todo bien?

La voz profunda del caballero la sobresalta, y apenas tiene valor para voltear a verlo, cuando de pronto cae en la cuenta de las últimas palabras del mensaje.

-¡Una hora! – Asustada, Anna corre al tocador para tratar de rehacer el intricado peinado que se ha arruinado por su más reciente actividad, al tiempo que continúa con el esfuerzo de acomodarse la ropa, casi tropezando en su desaforada carrera. Kardia levanta una ceja, perdido ante las acciones de la pelirroja.

-¿Anna? ¿Elsa y Degel están a salvo?

Anna se rinde en tratar de hacer ambas cosas al darse cuenta de que, en algunas partes, la tela de la prenda parece estar más bien rasgada, por lo que corre a su armario para buscar algún otro vestido qué ponerse y desechar ese, mientras con una mano termina de desbaratar el peinado.

-Sí… sí… ellos están bien, y lograron encontrar el objeto que ustedes buscan. Vienen para acá. – la joven reina habla sin verlo, mientras pelea con los trozos de vestido que aún la cubren, toma tres vestidos de su armario y corre tras la fina mampara de su cuarto, evidentemente angustiada por el poco tiempo que tiene para arreglarse y organizar la recepción de su hermana. - Es urgente que reunamos de nuevo al Consejo. Elsa seguramente querrá contarnos lo que encontraron.

Completamente despreocupado, Kardia se recuesta su espalda sobre las mullidas almohadas, ambos brazos detrás de la nuca y los pies descalzos extendidos sobre la cama, toda una pinta de absoluta relajación. Sin embargo, su profunda exhalación pone de manifiesto que acaba de liberar un enorme peso sobre sus hombros.

-Sabía que Degel lograría cumplir la misión. Es bueno que ellos estén de regreso. Y espero que enteros.

Anna se asoma a verlo por detrás de la lujosa mampara, notando el estado emocional del hombre. Sabe que Kardia también estaba angustiado por su hermano, aunque tratara de ocultarlo.

-No deberías de preocuparte más, Elsa dice que los dos están a salvo. – La joven lo observa detenidamente. – ¿Y tú, Kardia? ¿Estarás bien?

Él voltea a verla, sonriéndole ampliamente.

-Sí claro. Ya me siento mejor de saber que Degel viene para acá. Y concuerdo contigo. Si él estuviera aún más herido, Elsa no dudaría en pedirte ayuda a través del mensaje. La ausencia de esa petición habla de que seguro mi hermano está a, al menos, vivo y fuera de peligro.

-No me refería a eso.

Kardia levanta una ceja, sin entender la pregunta.

-¿Y entonces? ¿A qué te refieres?

La joven reina dirige una mirada significativa hacia la "tienda" que se ha formado en su pantalón, y al entender el significado, Kardia ríe un poco, encogiéndose de hombros.

-Estaré bien. De todas formas, ya tenía planeada una vía alterna.

Una delicada ceja se levanta, llena de incredulidad.

-¿Ah, sí?

Levantándose sobre los codos para verla mejor, Kardia le dedica una mirada pícara a la pelirroja.

-Sí claro. Te aseguro que ya había pensado resolverlo yo solito, pues no creí que fuera políticamente correcto que un plebeyo como yo desflorara a una reina.

Las mejillas de Anna se encienden intensamente ante sus palabras, mientras ella se esconde detrás de la mampara. El eco de la atronadora risa de Kardia al notar su reacción la altera aún más.

-¡Eres un grosero! ¡No me parece chistoso tu comentario! ¡Mejor deberías de ayudarme a reunir al Consejo y a Sísifo para darles la noticia, en vez de estar ahí acostado!

Con dificultad, aunque todavía con la tremenda sonrisa en el rostro, Kardia se incorpora.

-¡Enterado, su Majestad!

-¡Ah! Y por favor, trata de evitar que te descubran saliendo de mi cuarto. Seguramente será muy obvio lo que… lo que estábamos haciendo aquí, y sabes que…

Pero cuando se asoma desde detrás de la mampara para reforzar sus palabras, se encuentra con el rostro de Kardia muy cerca del de ella, sobresaltándola, y, aprovechando su sorpresa, el hombre le roba un rápido beso de los labios.

-No debes de preocuparte por eso. Soy un caballero, en más de una forma. Mi misión es cuidarte y hacerte feliz. Ya que hice lo último, estoy presto para hacer lo primero.

Anna le golpea el pecho de forma juguetona, para después ella misma robarle un beso, aún más prolongado que el anterior; cuando él la toma de la cintura para atraerla más, ella lo empuja, una mano sobre el amplio pecho mientras lucha con la otra para cubrir con un vestido medio puesto su completa desnudez.

-Será mejor que hagas lo que te pido. Es urgente, pues mi hermana ya no debe de tardar.

Kardia toma la mano que lo detiene y se la lleva a los labios, besando tiernamente los nudillos, para después fijar los ojos en los delicados dedos, sintiéndose extrañamente inseguro frente a ella.

-Perdón si fui un grosero, pero por más que intento, no soy tan inteligente como Degel, a veces… a veces simplemente las palabras más tontas se me salen sin querer. Pero tienes mi palabra de que mi intención para contigo es sincera. –Sin alejarse de ella, con la mano libre acaricia suavemente la sonrojada mejilla. – Te juro que mi deseo es únicamente verte feliz. Y a salvo. Pero entiendo que no puedo aspirar a más que esto. Los plebeyos no se deben mezclar con la realeza, y debo de ser sincero contigo: mis orígenes son de los más bajos que existen en mi tierra. Es por eso que no iré más allá si eso significa que se comprometa tu honor, o tu regencia. No haré nada para lastimarte.

-Kardia…

Pero él levanta la voz un poco más, para evitar que hable, que rompa ese momento de inusitado valor que está seguro no volverá a tener, mientras guía la delicada mano de la joven hasta posarla sobre el sitio exacto en que se siente su vigoroso corazón latiendo con fuerza, colocando sus propias manos sobre la de ella, para evitar que se mueva.

-Entiendo que estás comprometida, y no deseo obligarte a nada, pero no puedo evitar que este corazón que tienes en tus manos lata desenfrenado por ti. No quiero hacerte más daño, ni confundirte más, pero, si me aceptas, tan pronto se termine la guerra quiero regresar a tu lado. – Los ojos de Kardia buscan ansiosos los de Anna, determinados, haciendo que el propio corazón de la joven lata a más velocidad. – Es la primera vez en toda mi vida que tengo el deseo de seguir viviendo, de superar esta guerra, y eso te lo debo a ti. Mi hermosa reina Anna, si me permites, quiero regresar a tu corte, a tu lado, aún cuando sólo me tengas de paje. Quiero seguir viendo ese hermoso rostro, y hacerte sentir bien, cada vez que tú me necesites. Verdaderamente que no pido ni pediré nada más de ti.

Anna se queda pasmada unos segundos ante tal declaración de amor y adoración, para luego atrapar los labios del caballero en un profundo beso, rodeándole el cuello con ambos brazos, sin preocuparse de que la ropa que se había medio puesto yace ahora en el suelo a sus pies, sin importarle que su cuerpo se encuentra completamente desnudo, pegado con fuerza al varonil cuerpo de él. Kardia le corresponde de inmediato, atrayéndola contra su pecho, acariciando fervientemente la espalda desnuda de ella, sus ministraciones arrancándole los últimos gemidos de placer.

Después de un par de segundos que parecen eternos, Anna finaliza el beso y se separa de él, sólo unos milímetros, para admirar el hermoso y viril rostro, aún negándose a perder el calor de su cuerpo, mientras Kardia tiene los ojos cerrados y una enorme sonrisa en los labios, escapándosele un profundo suspiro de placer, lo que provoca que Anna ría femeninamente. Dándole un último beso rápido, la joven lo empuja desde el pecho, pidiéndole que se apure, al tiempo que vuelve a recoger la tela para cubrirse.

-Tú puedes regresar a mi lado cuando quieras, Kardia. Estaré aquí esperándote.

La sonrisa de Kardia se hace más amplia, y se inclina en una profunda reverencia, y, sin decir nada más, toma el resto de su ropa, se pone las botas y se asoma a través de la puerta, buscando algún indicio de que alguien lo esté observando. Antes de salir, le manda un beso a la joven reina.

- Te amo, Anna. Y mientras mi corazón siga latiendo, te prometo que será completamente tuyo, Majestad. Te lo juro por mi honor.

Una vez que Kardia cierra la puerta, Anna se recarga sobre la pared y posa una mano sobre el pecho, sobre su acelerado corazón, la otra presionada contra sus ojos cerrados, mientras emociones sumamente intensas, pero diametralmente opuestas, se agolpan en su ser.

De intensa felicidad y tremenda angustia. De arrebatador placer y horrible culpa.

Sintiéndose perdida, la reina Anna de Arendelle se desliza hacia abajo hasta llegar al suelo, los ojos cerrados con fuerza y ambas manos sosteniendo los cabellos, como si esa acción le pudiera aclarar la mente… pero realmente no puede hacer nada por su confusión.

-¡Oh, hermana! Yo también lo amo, pero… pero… también amo a Kristoff… - Un suave sollozo se le escapa de la garganta, y la joven se abraza las rodillas, obligándose a sí misma a no llorar, a pesar de que esa acción no la hace sentirse menos perdida. La joven levanta sus ojos azules hacia la ventana, una súplica formándose en sus labios. - ¡Elsa llega rápido, por favor! Te necesito… ¡Ya no sé qué debo hacer…!

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Como si hubiera escuchado un lejano llamado, uno por uno, los sentidos de Elsa empiezan a despertar, empezando por el del tacto, ya que se siente envuelta por un delicioso calor alrededor de todo su cuerpo, después, su oído percibe los rítmicos latidos del poderoso corazón debajo de ella, a la vez que escucha una cálida respiración que agita los cabellos sobre su coronilla. Poco a poco, comienza a ubicarse, a percibir que el calor que la arrulla proviene de tibios brazos que la envuelven, y de una pesada pierna que mantiene atrapadas las suyas, dificultándole los movimientos, aunque no es que ella realmente quiera moverse… pero lo más delicioso, es sentir el cálido y duro cuerpo que entra en contacto con el suyo, piel con piel, su palma acariciando los endurecidos músculos del adorado pecho, cuya respiración profunda y acompasada empieza a arrullarla de nuevo. Elsa cierra los ojos, más que dispuesta a dejarse transportar de regreso al reino de los sueños en tan delicioso capullo, cuando al recuperar la memoria reciente, el terror la hace levantarse como un resorte.

-¡Anna! ¡Arendelle!

Liberándose violentamente del abrazo, provoca que el dueño brinque igualmente de su cómoda posición.

-¿Qué pasa? ¿Espectros?

Elsa se levanta de la cama, completamente desnuda, borrándole cualquier pensamiento coherente al santo dorado, único testigo de tan maravillosas curvas. La joven, sin preocuparse mucho de su pudor, recoge rápidamente la ropa tirada de Degel y se la avienta al pecho, mientras con la otra mano comienza a formar el mágico ropaje alrededor de su cuerpo.

-Nos hemos quedado dormidos ¡y ya son casi las siete! ¡Mi hermana debe de estar preocupadísima!

El golpe de la ropa sobre su pecho logra despertar parcialmente a Degel de su ensoñación, aunque este todavía observa alelado cómo la luz brillante rodea el cuerpo divino de su esposa, para después forrarla de un prístino ropaje blanco… que, en su opinión, no supera en belleza a su desnudez inicial.

-¡Oh… oh! ¡Sí! ¡Claro!

Finalmente despertando del embrujo en que había caído, el hombre trata de apurarse también, pues puede sentir la angustia que envuelve a su amada diosa. Al principio, Degel tiene problemas para levantarse, pues la nieve que conforma la cama se había derretido parcialmente bajo el calor de sus cuerpos, creando una profunda concavidad, pero en cuanto logra liberarse de la blanca hondonada, rápidamente se viste, asombrando a la albina por su velocidad.

-Me da la impresión de que ya habías hecho esto anteriormente.

-¿El qué? – Degel cuestiona mientras se pasa la camisa por encima de la cabeza.

-Vestirte con esa velocidad. – Elsa se entristece al ver esos músculos perfectos desaparecer tras la tela de la camisa, y se lamenta que no puedan quedarse un poco más. – ¿Acaso tienes la costumbre de huir de algún marido ofendido? – Aunque la intención de la joven es bromear, siente un pinchazo de celos atravesándole el corazón.

Degel ríe un poco mientras se ajusta las botas.

-Muy chistosa. Pero lamento decepcionarte, pues no soy muy hábil en tener amantes, y menos mujeres casadas: ese es el deporte de Kardia. Vestirnos rápido es parte de nuestro entrenamiento como caballeros de Atena. Ante cualquier ataque sorpresa, debemos estar listos en unos cuantos minutos. – A pesar de su aseveración, por un momento el incómodo cabestrillo, que tiene atrapada gran parte de su mano salvo las partes más distales de los tres primeros dedos, no le deja manejar bien los accesorios, por lo que acomodar la hebilla de su cinturón resulta bastante problemático para el caballero herido. – Demonios! ¡Esto... es… muy frustrante! – Refunfuñando, Degel hace el ademán de desaparecer el cabestrillo, pero Elsa le da un manazo sobre su palma lesionada, provocándole dolor y haciéndolo respingar. - ¡Ouch! ¡Elsa! - Ofendido, el alto hombre voltea a verla para reclamarle, pero ella le da un rápido beso en los labios para acallar cualquier protesta, y toma el miembro lastimado con ambas manos, en un movimiento reconfigurando el hielo sobre el aditamento, e incluso agregando algunos relieves de hielo que lo hacen que se vea más bello, mucho más estético. El hombre sólo sonríe mientras observa la elegante creación. – Precioso. Gracias… aunque el método de silenciarme fue algo tramposo…

Elsa sólo sonríe pícaramente.

-¿Te desagradó?

-Ni un segundo. Eso no le quita que haya sido alevoso.

Elsa se encoge de hombros, mientras sus dedos dan el último toque al cabestrillo.

-Eres un hombre al que respeto y admiro mucho… pero a veces me sorprendes cuando haces berrinches como un niño pequeño.

A pesar de sus palabras que podrían ofender a cualquiera, Degel le sonríe, sintiendo electricidad corriendo por su espalda cuando Elsa le besa con ternura los dedos que sobresalen del cabestrillo.

-No soy un niño pequeño, y mucho menos hago berrinches como uno... Pero seré lo que quieras que sea si tú me lo pides. – Degel le hace un gesto con las cejas y en respuesta, Elsa voltea los ojos ante su actitud juguetona, pero aún así le sonríe, divertida, tomando el fastidioso cinturón para arreglarle la prenda, sin notar que sus acciones, y los tirones sobre el pantalón, le provocan estremecimientos al alto hombre. En respuesta, este la toma de la cintura, acariciándola con el pulgar por encima de la helada ropa. – ¿De verdad no quieres que nos quedemos más tiempo?

Elsa voltea hacia arriba y le sonríe con picardía, al tiempo en que, de un tirón, termina de ajustarle el cinto.

-No me tientes. – La joven beldad se para de puntillas para darle un rápido beso y, tomándolo de la mano sana, lo guía para dirigirse a la puerta, así evitando otro intento de convencerla de que se queden.

Porque sabe que no tendrá más fuerza de voluntad para decir que no.

Sin más preámbulos, los dos salen corriendo de sus aposentos, pasando de largo a los Snowgies que brincan de emoción al verlos salir. Elsa empieza a lanzarles besos con la mano, al igual que a Malvavisco, ya acostumbrado a que su ama salga corriendo con tanta premura.

-¡Lo siento! ¡Regresaremos pronto! ¡Pórtense bien!

Tan pronto atraviesan las puertas del castillo, Degel monta en Pólux mientras Nokk se materializa frente a Elsa, para permitirle monte en ella.

-¿Cómo pudimos quedarnos dormidos?

A pesar del estrés que sienten, Degel le sonríe provocativamente.

-Pues… tengo algunas teorías…

Elsa le lanza una bola de nieve que se estrella en el codo de él, pero de todos modos ríe del tonto chiste.

-No me lo recuerdes ahorita, que aún me siento aletargada. Debemos de ir corriendo, seguro que mi hermana debe de estar bastante preocupada… ¡le dije que nos tardaríamos máximo una hora!

Arreando a ambos corceles, Degel entiende ahora la preocupación de la albina.

-Creo… creo que fácilmente nos quedamos unas cuatro horas…

-¡¿Crees?!

Degel se encoje de hombros, pero, a pesar de la angustia que ella debe de sentir, él aún se siente aletargado, y deliciosamente feliz.

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Después de media hora, como Elsa lo calculara, la pareja recorre el último monte, para que el bosque se abra y dé paso a la majestuosa vista del castillo de Arendelle, arrancándole una sonrisa enorme a la albina beldad, y Elsa azuza a Nokk para poder ir más rápido, para llegar más pronto a abrazar a su hermana, sin embargo, en eso las hojas de Gale se atraviesan en su camino.

-¿Gale? ¿Qué pasa?

El Espíritu del Aire gira alrededor de ella rápidamente, como ansioso, y Elsa finalmente detiene a Nokk, Degel haciendo lo propio con Pólux.

-¿Qué ocurre, amor?

-No… no lo sé, Gale… - es habitual que ella pueda leer sin problemas a los espíritus, pero las hojas de Gale giran demasiado rápido, el viento silbando de forma ininteligible para ella. – Gale… más despacio… no puedo entenderte bien…

El espíritu del Aire vuelve a girar sobre la cintura de la joven, para después atrapar su mano. Elsa lo deja ser, relajando su brazo, y con vientos que giran rápido, Gale hace que la albina apunte hacia el oeste, hacia el fiordo. La joven entiende perfecto.

-Creo que nos pide que vayamos al borde del fiordo. Hacia las rocas de granito.

-¿Que hay ahí?

Elsa voltea a ver a su esposo, una mirada significativa iluminando sus ojos azules.

-Es la entrada del mar. En ese lugar, las montañas formaron unas plataformas de granito puro que han creado un increíble mirador natural, desde ahí, puedes ver perfectamente el océano y su horizonte.

Degel no responde por unos momentos, la profundidad de la angustia en esos ojos azules que ama tanto le roban las palabras, hasta que logra responder a esa insondable ansiedad, mientras una presión ominosa se posa en su propio pecho.

-Vamos de inmediato.

Ni tardos ni perezosos, en unos minutos llegan a las altas montañas, y aunque Degel se queda sin aliento ante la belleza del paisaje, lo que realmente le roba la respiración es la vista que le ofrece el mar abierto, hacia el sur del fiordo. Los dos desmontan para acercarse más al borde.

-¿Son… barcos negros?

Elsa de inmediato crea un catalejo con su magia, y observa el horizonte manchado de negro, la vista le arranca una exclamación de sorpresa. Degel toma el catalejo de sus manos, para observar a la distancia.

-¡Maldición!

-¿Es acaso lo que creo que es?

-Sí… definitivamente son barcos de las huestes de Hades.

A Elsa se le corta la respiración, pues casi todo el horizonte está matizado de negro. Parecen ser demasiados barcos…

-¿Cuántos calculas que son?

Degel continúa observando con el catalejo, y niega con la cabeza.

-No logro ver a todos, pero calculando el grueso, serían unos quinientos barcos…

Elsa se lleva las manos a la boca.

-No… no hay manera de que algunos Santos de Atena nos puedan ayudar contra eso. ¡Arrasarán Arendelle… por buscarme…!

Degel posa una mano sobre el delicado hombro.

-Por buscarnos, mi amor. Ellos también me quieren a mí, pues soy el único que puede saber la entrada hacia el reino de Poseidón. Además, técnicamente tú ya no les eres de utilidad: el orbe ha sido bendecido por tu poder, no te necesitarán más como para querer llevarte con ellos.

Elsa lo mira, dudosa.

-Crees que el hecho de que ya no sea de utilidad para ellos, evitará que ese ejército caiga sobre nosotros? – Con enorme angustia Elsa regresa la vista hacia el mar. – La realidad es que Arendelle cobijó y ayudó a santos de Atena. Aunque sea sólo por represalia, así es la guerra: querrán hacer del reino de mis padres un ejemplo para el mundo…

-Elsa… - Pero el hombre no puede decirle que se equivoca. En efecto, así es la guerra.

El miedo de Elsa va creciendo a pasos agigantados, y la joven posa una mano temblorosa sobre su seno.

-¿Que… qué podemos hacer?

Degel se queda viendo varios segundos el aciago horizonte, para después tomar la mano de su esposa.

-Primero lo primero. Tenemos que llegar con tu hermana, con mis compañeros, y juntos planearemos una estrategia.

-Degel… será imposible que salgamos de esta. Imposible que podamos vencer una fuerza así… ¡ni siquiera Arendelle tiene esa cantidad de soldados! Y mucho menos soldados con ese nivel de poder…

Pero Degel la atrae hacia sí para posar su frente contra la de ella.

-A lo largo de la historia, peores batallas se han librado y se han ganado. Tú lo sabes mejor que yo. Te necesito, mi amor. Eres una excelente historiadora, por lo que debes de ser igual de excelente estratega. Te necesito, por favor.

Elsa observa con ansiedad esos ojos violetas que tanto adora, y la determinación detrás de ellos la contagia, por lo que cierra los ojos y respira profundamente una, dos veces, hasta que se siente con la fuerza suficiente para regresar a esos irises violeta, luchando por transmitir esa misma fuerza.

-Haremos esto juntos. No te dejaré solo.

Degel le sonríe, agradecido, y le da un rápido beso para sellar su pacto, para tomar su mano y dirigirla hacia los corceles mágicos. Montando rápidamente, los dos esposos salen a todo galope hacia el castillo, ambos corazones corriendo desenfrenados.

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-¿Por qué no ha llegado Elsa? ¡¿Qué les pudo haber pasado?!

Por enésima vez, Anna expresa en voz alta la tremenda angustia que invade su mente, sus consejeros reales tratando de apaciguarla, pues por enésima vez la reina da vueltas en una caminata ansiosa alrededor de la larga mesa del comedor, donde se encuentran sentados de nuevo todo el Consejo de Arendelle y los caballeros dorados, en espera del arribo de Elsa y Degel. El general Matías se levanta de su asiento, después de inhalar y exhalar profundamente, para tratar de calmar a la pelirroja con palabras suaves… que de todos modos sabe que no harán mucho efecto en la cabeza dura de la joven reina.

-Seguramente su Alteza se desvió en el camino para más seguridad. Debemos ser pacientes al esperar.

Sin detenerse en lo más mínimo, Anna le contesta al general Matías, ya desde el otro extremo de la mesa, por lo que tiene que levantar la voz.

-Entiendo que es una buena táctica que den algunos rodeos por si el enemigo nos está acechando... ¿Pero cuatro horas? ¡Es demasiado!

Sísifo no le queda de otra más que aceptar que la reina tiene razón. Cuatro horas de rodeos es demasiado prolongado para considerarlo como medida de precaución, y él mismo empieza a angustiarse de su caballero más valioso, pues no sólo Degel no iba precisamente en las mejores condiciones para viajar: como su mente más brillante, el rubio contaba con el Santo Dorado de Acuario para desarrollar una estrategia que les ayude a defenderse mejor. Aún así, trata de ser apaciguador.

-No creo que sea demasiado, si volvieron a ser atacados por Jueces del Inframundo. Si fuese así, detenerse a relamerse las heridas es una buena táctica.

-¡Pero Degel ya de por sí iba en muy mal estado! – Anna finalmente se detiene, aunque sólo sea para gritarle al alto general. - ¿¡Cuántas más heridas puede sostener antes de que… antes de que…!?

Kardia le dirige una mirada dura al santo dorado, al ver cómo el rostro de la pelirroja se queda completamente pálido ante la idea, pues está seguro que por la mente de la joven pasan imágenes del estado tan deplorable en que llegó Degel a su castillo después de los dos ataques de tan poderosos enemigos. Tratando de calmarla, el hombre se levanta para plantarse a su lado.

-No lo escuches. Por supuesto que no pasó nada de eso. Debe existir otra explicación.

-Yo creo que no debemos sacar conclusiones, - habla Shion de Aries, siempre el más ecuánime entre sus compañeros… segundo después de Asmita, por supuesto, - estoy convencido de que debieron haber encontrado algunos enemigos y decidieron esperar a que cayera la noche para poder arribar con más seguridad.

-¡¿Y qué tal si más bien fueron atacados y… asesinados?! – Anna se sienta sobre una de las sillas que tiene más cerca, casi hiperventilando. Kardia se hinca frente a ella.

-Si hubiera sido así, cualquiera de nosotros hubiéramos sentido el cosmos de Degel explotando. Y en cambio, ninguno ha percibido nada. Seguro es lo que menciona Shion. Debieron haber encontrado refugio para entrar al castillo escondidos en la noche. – Kardia se resiste a tomarle la mano para consolarla, demasiado consciente de que tienen público. – Debes de confiar en mi hermano. Degel es demasiado inteligente, y ama demasiado a tu hermana, como para arriesgarla.

-Suena bien, - le contesta el general Leif, tomando una cuarta copa de vino, - Sin embargo, por estos lares la oscuridad cae casi a las 11 de la noche. Tenernos esperando tanto tiempo sería completamente contraproducente, ya que calcularon nuestros aliados del sur, que el ejército enemigo llegaría a nuestros fiordos aproximadamente al medio día de mañana. Eso nos deja un margen muy pequeño para planear la defensa y actuar de forma conducente. Al menos si queremos considerarlos a ellos dos en ese plan.

-Por lo que sigo creyendo que lo más prudente es seguir planeando esa defensa con ellos excluidos, - habla el general Harald, su mirada dura recorriendo la de cada uno de los asistentes a la reunión, incluyendo a Anna, - no podemos seguir dependiendo de sólo dos personas para tomar las decisiones. Especialmente porque nuestra reina, la más importante de los presentes aquí, está con nosotros. La princesa Elsa sólo es eso, una princesa.

-Degel y Elsa tienen que ser parte de la defensa, - habla más alto Dhoko, tratando de defender a su compañero, - pues no sólo Degel es nuestro estratega estrella, sino que, además, el poder que ostenta es de suma relevancia y fuerza, ya que es capaz de abarcar grandes extensiones de tierra. Su ayuda sería sumamente significativa.

-Y Elsa, - continúa Kardia, también hablando por la albina, - no pueden decir que Elsa sólo es una princesa. Es su Quinto Elemento. La he visto controlar no sólo la nieve y el hielo, que Degel ya controla, sino que la he visto controlar también el fuego, el viento y la tierra. Seguramente la suma de esos tres elementos nos sería de gran utilidad contra un ejército que controla otros poderes.

-Por supuesto, - se defiende el general Harald, levantándose también, - pero ¿dónde están ahora esos héroes? ¿cuánto más tendremos que esperar por ellos? Tenemos casi todo para organizar las acciones, y seguimos estancados aquí, sin hacer nada, sin girar órdenes. Esperando como princesas a que lleguen a rescatarnos.

-¡Oye! – Kardia se siente ofendido por Elsa y Anna ante las palabras del general, y se levanta para defenderlas, - ¡para ser general de la corte de Anna eres demasiado misógino!

-¡Y tú eres un igualado, es reina Anna para un plebeyo como tú! – El rostro duro del General Harald se enrojece completamente mientras le grita al Santo de Atena. - ¡Por no decir que eres un metiche! ¡Sigo ofendido por lo que pasó con mi ejército! – De inmediato se levantan todos los hombres para gritarse entre sí, exclamando improperios entre unos y otros, y Anna suspira, agotada, mientras se hunde más en la silla, una mano sobre los ojos, completamente agotada y fastidiada y absolutamente renuente a volver a intervenir para detener esa pelea.

El general Matías se da cuenta del estado en que se encuentra su adorada reina, por lo que, compadeciéndose de ella, él mismo da un manotazo a la mesa y grita a viva voz para acallar los insultos de los demás.

-¡Guarden sileeeeeencio!

Su potente voz de barítono tiene efecto sobre todos los concurrentes, incluso Anna se ha levantado como un resorte de su asiento ante la voz de mando del viejo general.

-¡Debería darles vergüenza! ¿Alguien ha notado el estado que provocan en nuestra amada reina con sus peleas estúpidas, quien ya de por sí está angustiada por el bienestar de su hermana?

En un solo movimiento, todos los hombres del salón voltean a ver a Anna, para corroborar lo que el general les dice. Sus miradas inquisitivas ponen nerviosa a la reina, quien carraspea y se yergue más, recuperando su seguridad.

-Me alegra ver que ya dejaron de pelear, porque tengo… - sin embargo, Anna no puede regañarlos como quisiera, ya que se ve interrumpida por unas trompetas y el ruido de las altas puertas de los muros al abrirse para dejar pasar a los recién llegados.

-¡Su Alteza Real, la princesa Elsa de Arendelle! – A pesar de la distancia, la conformación de la plaza principal es tal, que faculta la formación de ecos alrededor de los altos muros, y permite entonces que la joven reina escuche sin problemas el anuncio del guardia.

-¡Elsa!

Sin el más mínimo reparo, la reina de Arendelle toma con ambos brazos el vuelo de su vestido para salir corriendo a la explanada, sorda ya ante el llamado del Consejo arendelliano. La joven corre velozmente a lo largo del pasillo, como si no tuviera un tremendo peso en un brazo, hábil y bastante acostumbrada a reducir el estorbo de sus amplios vestidos para poder salir corriendo a placer, lo estorboso de su carga tampoco es impedimento para que la activa pelirroja salte de dos en dos las escaleras, más que ansiosa por recibir a su hermana.

-¡Elsa! ¡Elsa!

Tan pronto sus pies tocan la explanada, a duras penas se permite unos segundos para tomar aire, para después reiniciar su desesperada carrera, de nuevo sujetando la falda con un solo brazo. Elsa, apenas sus pies tocan el suelo desde el lomo de Nokk, logra voltear a verla, al percibir movimiento en la periferia de su mirada, justo a tiempo para alcanza a recibirla en sus brazos.

-¡A-Anna!

Sin embargo, la velocidad de la carrera es tal, que el peso y la inercia de la joven reina son demasiados para las fuerzas acabadas de una agotada Elsa, quien no logra mantener el equilibrio y cae irremediablemente hacia atrás, trayéndose consigo a su hermana, con un grito de sorpresa raspando su deliciosa garganta.

-¡Anna!

Para su buena suerte, la colisión con la pelirroja sólo la tomó a ella de sorpresa, pues Degel ya había anticipado el probable desenlace ante tan desaforada carrera y él mismo había corrido a detenerlas, por lo que, llegando justo a tiempo, y usando su cuerpo y ambos brazos, a pesar del cabestrillo sujeta las axilas de la albina, rompiendo la inercia de las dos jóvenes con su propio cuerpo y consiguiendo detener la caída de ambas bellezas sobre el duro suelo.

-¡Cuidado!

Elsa, con Anna en brazos, levanta la mirada y le manda un beso a su hermoso salvador en agradecimiento, mientras la misma Anna voltea también a verlo, lanzándole ella misma uno similar. El hombre sólo les sonríe, agradecido que no se hicieran daño, mientras las empuja suavemente para ayudarlas a recuperar el equilibrio.

-¡Gracias Degel, eres un amor!

-¿Se hicieron daño?

Ayudadas por el alto hombre, las dos se sostienen con ambos pies, pero en el momento en que Elsa se yergue completamente y levanta el rostro hacia él, como si para agradecerle con un beso, siente que la cabeza le da vueltas, al tiempo en que percibe como si el suelo la jalara hacia sí, haciéndola trastabillar, y una oscuridad extraña envuelve la periferia de su mirada.

-¡Elsa! – Anna quiere sostenerla, pero apenas lo logra, pues el movimiento sorpresivo de su hermana no la agarra bien parada, por lo que el peso de la albina le gana y casi se va con ella hacia el suelo.

Sin embargo, Degel se encuentra atento y sujeta a la albina de la cintura, para atraerla contra su pecho, logrando que también Anna recupere el equilibrio, ya sin el peso extra de la albina beldad. Tan pronto corrobora que Anna no se ha caído, el alto hombre carga en vilo a su esposa, su brazo en cabestrillo pasando por debajo de las adoradas rodillas. Elsa, la cabeza gacha y una mano sobre sus cabellos, percibe cómo poco a poco la sensación de mareo la abandona.

-E-estoy bien, Degel, no necesitas hacer esto. Ya… ya me siento mejor.

Pero Degel niega con la cabeza y gira su cuerpo de un lado a otro, buscando desesperado donde poder sentarla para examinarla mejor, mientras habla con ella en tonos bajos para reconfortarla.

-Ya no necesitas hacerte la fuerte. Estás a salvo. Estamos en casa. – El hombre pone su frente sobre la de ella, buscando tranquilizarla. Elsa exhala profundamente, sintiendo que aún el mareo no se ha ido por completo, por lo que asiente, aceptando los cuidados de su esposo, y le pasa ambos brazos alrededor del cuello, para después voltear a buscar a su hermana, mientras Degel camina rápido en busca de un lugar para acomodarla.

-¡Anna! ¿En dónde estás? ¿Te hiciste daño?

La reina los sigue apenas unos pasos detrás de ellos, caminando lo más rápido que puede, ya que las zancadas de Degel son más bien amplias, especialmente difíciles para sus mucho más cortas piernas.

-No no, estoy bien, no te preocupes. – Tan pronto se asegura que ella misma no tiene lesiones, voltea a ver a la albina, disculpándose enormemente. - ¡Perdóname, Elsa! ¡No quería lastimarte!

Elsa niega con la cabeza, ambos brazos confortablemente colocados alrededor del poderoso cuello de su esposo, a quien mira con adoración.

-No lo hiciste. Afortunadamente tengo a mi caballero de flamante armadura dorada para protegerme. Esta vez, literalmente. – Como para reforzar sus palabas, Elsa le da un sonoro beso en la mejilla al caballero, quien ríe un poco, todavía caminando rápidamente para llevarla al interior del castillo, renunciando ya a la idea de encontrar un lugar más cercano para ella.

-Es un placer salvar a tan grandes bellezas de cualquier situación difícil… aunque preferiría que no fuera tan seguido.

-Entonces no deberías quejarte y sí que deberíamos hacerlo más seguido, caballero, - Anna le responde, divertida, - para que tu día siga siendo placentero.

Elsa ríe femeninamente ante las ocurrencias de su hermana, quien siempre ha encontrado la forma de mantener los ánimos altos a pesar de cualquier situación difícil, mientras Degel deja escapar una risa más bien discreta, pues aún se siente angustiado de no saber si Elsa está del todo bien.

-¡Aquí! – En eso, un humilde hombre de edad media, al menos veinte años mayor que ellos, y aparentemente caballerango del lugar, agita ambas manos desde el extremo de las caballerizas, al notar la angustia evidente en el hombre y en su antigua reina, por lo que les ofrece una silla de mimbre – ¡Reina Anna! Su Alteza puede descansar aquí. Esta silla es la más cómoda que tenemos en el patio. - Ni tardo ni perezoso, Degel de inmediato dirige sus apresurados pasos hacia el hombre.

-Muchísimas gracias…

El amable caballerango niega con la cabeza.

-Ni lo mencione, mi señor. Durante varios años la princesa Elsa fue nuestra amada reina. Muchos de nosotros estamos agradecidos por todo lo que hizo durante su tiempo de regencia.

Elsa asiente, agradecida, dedicándole una sonrisa al hombre quien se sonroja ante el gesto, mientras Degel se inclina para posar su preciada carga en la humilde silla.

Anna, a espaldas de Degel, está por demás angustiada.

- ¿Qué fue lo que pasó, hermana? ¿De verdad yo te hice esto?

Mientras Degel la sienta lentamente, depositándola en la silla cual si fuera una muñeca de cristal a punto de romperse, Elsa niega con la cabeza, su atención dirigida a la angustiada reina.

-No debes de preocuparte, Anna, no es nada serio. Simplemente me debilité, eso es todo. El viaje estuvo pesado, y los dos hemos tenido mucha… actividad extenuante durante todo el día.

-¡Oooooh! ¡Ya lo creo que sí…! – El hombre sonríe de lado, mientras le da un beso en la mejilla, Elsa propinándole un manotazo de juego en el musculoso brazo al darse cuenta de la insinuación. Degel ríe pero solo un poco, pues de inmediato se hinca frente a la hermosa albina, buscando ansioso la cristalina mirada.

-¿Estás bien, amor mío?

Elsa le sonríe para tranquilizarlo mientras le acaricia suavemente la mejilla.

-Te he dicho que sí. Ha sido sólo un momento, un pequeño desliz, pues realmente me siento muy agotada, pero te aseguro que no hay nada más que eso. No es necesario que te preocupes tanto por tan poco.

Él le toma la mano que lo acaricia para besarle la palma.

-Es lo menos que, como tu esposo, estoy obligado a hacer.

-¡¿Cómo?! – Es Anna quien de pronto levanta la voz al escuchar las palabras del caballero.

Elsa cierra los ojos lentamente ante el exabrupto de la reina, mientras Degel los abre como platos, cayendo en su error.

-Reina Anna…

Degel se voltea para apaciguar a la reina, para disculparse, pero sus ojos se encuentran con una mirada llena de tal furia, que lo hace dudar.

–¡¿Qué quieres decir con 'su esposo'?!

oooooooooOOOOOOOOoooooooooooooo

A/N: Espero que la escena inicial no haya sido demasiado. Psh… me está gustando eso de escribir Lemon… sí que es divertido! Pero como no quiero provocar algún golpe de calor (y no, no se vale usar a Degel para remediarlo… ¡él es de Elsa, chicas! ¡No sean abusivas!), creo que, probablemente, esta sea la última escena sexosa. Pero como siempre, aunque ya tengo un plan general, las ideas pueden cambiar. Veremos qué pasa, y especialmente, veremos que decide Anna con estos dos fantásticos ejemplares que tiene a su disposición. Bueno, no es que Kristoff esté tan bueno como Kardia, pero definitivamente no es feo.

Respecto a Elsa y Degel… ¡ups! ¿¡Pero a quien se le ocurre soltar una verdad así en público!? Aunque se entiende que Degel estuviera angustiado por su esposa, creo que ahora sí que se pasó. ¡Pobres! Ojalá Anna no reclame su cabeza! jajajaja

¡Les mando muchos besos y abrazos!

Annaurda: Y siiiiii! Finalmente se nos hizo ver la escena completa! Aunque concuerdo contigo, seguramente fue un buen intento, pero no creo que Elsa logre superar del todo el evento, a pesar de las buenas intenciones de los dos.

Oooohhh! Ahora veo que eres igual de perversa que yo! Me encanta la idea! Aunque no te aseguro poder incluirla, pues ya tengo casi todo organizado para el final. Pero como ya dije anteriormente, no todo está escrito, y aún muchas cosas pueden pasar. Muchas gracias por compartir la idea!

De verdad me alegra muchísimo que te gustara el capítulo. Nos leemos en el siguiente!

AleSinsajo: No tienes idea lo mucho que significan tus mensajes para mí. Te agradezco tremendamente, y más que quieras platicar en inbox conmigo. A veces se vuelve un poco solitario cuando eres autora de algo que adoras pero que no se lee mucho. Te mando muchos abrazos! Nos leemos en el siguiente capítulo!