Cosmos Congelado

Capítulo 28

Estalactitas Afiladas

–¿Qué quieres decir con 'su esposo'? ¿Elsa? ¡¿Que quiso decir?!

Degel se siente paralizado ante la voz acusadora de la reina pelirroja, muy consciente de que la misma Elsa se ha quedado rígida frente a él, cayendo en la cuenta del tremendo error que cometió por su tonta imprudencia. Incluso el caballerango ha abierto mucho los ojos ante tan fuerte declaración, especialmente ante la evidente furia de su amada reina, y, hombre inteligente, detecta de inmediato la tormenta que se avecina, por lo que decide ser prudente y huir lo más honrosamente posible.

-S-su Majestad, tengo que… unos caballos… ya me voy.

Aprovechando que nadie le hace caso, el hombre sale corriendo del lugar, mientras un par de ojos azules chispeando de fuego se fijan en la espalda de Degel y los ojos aterrados de Elsa.

-¿Hermana? ¡¿Por qué ninguno me contesta?!

-Anna… - Elsa titubea, pues sabe que su hermana no se lo tomará fácil, sin embargo, pareciera que su voz se ha perdido ante la inminente indignación de la reina.

Esta no era la manera en que quería confesarle tan importante acontecimiento.

Pero Degel, viendo de nuevo los hermosos ojos azules ensombreciéndose del miedo, inspira profundamente para armarse de valor.

-¡Degel! - Anna grita su nombre, ambas manos sobre las caderas, tratando de parecer lo más amenazadora posible, y Degel, convencido de que ya no hay otra manera, al menos no si quiere ahorrarle pesares a esta mujer que tanto ama, se levanta para girarse lentamente, los ojos fijos en el suelo, tratando de mostrarse apenado de forma sincera.

-Lamento como no tiene idea, que mis acciones y decisiones le produzcan tanto pesar, su Majestad.

Anna ignora sus palabras y aprovecha que se encuentra erguido frente a ella para golpearlo con los puños cerrados, descargando su ira sobre el duro pecho, incluso empujándolo varias veces, obligándolo a dar un par de pasos hacia atrás, lejos de su hermana.

-¿Cómo te atreviste a desobedecerme? ¡¿A hacer cosas sin mi consentimiento, después de que velé por ti?! Yo soy la reina de este castillo, y te recibí como un invitado, confiando en tu honor. ¡Te di techo y atención médica cuando más necesitabas ayuda! Y de nuevo te serviste de mis atenciones. ¡Te aprovechaste de mi hermana!

-¡Anna!

Degel cierra los ojos, aceptando su culpa, y recibiendo los golpes estoicamente.

-Lo… de verdad lo siento, su Majestad.

Pero un nuevo empujón, con toda la fuerza de la pelirroja, lo hace encogerse, haciéndolo dar un par de pasos más hacia atrás, aunque no de dolor, pues la joven no es muy fuerte, sino al ver la indignación de su anfitriona, su cara de decepción haciendo que le duela el alma.

-¡Nada que lo siento! ¡Esto no puede ser corregido con una simple disculpa!

-¡Anna! – Elsa se levanta rápidamente para ir en ayuda de Degel, pero después de dar un par de pasos, vuelve a sentir el mareo, y esta vez cae de rodillas, luchando por no ser tragada por la oscuridad de la inconsciencia.

-¡Elsa!

Esposo y hermana gritan al unísono y de inmediato llegan a su lado, Degel la vuelve a levantar en vilo para regresarla a la silla, hincándose de nuevo frente a ella, una mirada de absoluta angustia clavándose en los preciosos ojos azules.

-Te lo dije, no estás bien.

-¿Y quién ha provocado esto con su indiscreción?

A pesar del malestar que siente, Elsa le dirige una mirada dura a su esposo mientras suelta los brazos que tenía alrededor de su cuello, y Degel baja la cabeza, avergonzado.

-Lo siento, yo… estaba preocupado por ti.

Elsa pierde la dureza de esa mirada al verlo genuinamente angustiado por ella, acariciándole el sedoso cabello esmeralda.

-Lo sé. Pero de verdad que no es necesario.

Anna vuelve a plantarse ante los dos.

-¡Hermana, exijo una explicación!

La mirada dura regresa a ella, esta vez dirigida hacia Anna.

-Y lo entiendo, hermana, pero debes tú entender que hay cosas que apremian, por encima del orgullo herido de una reina. El viaje ha sido muy difícil, y debes creerme que ni Degel ni yo hemos probado ni un solo bocado desde el desayuno, que fue muy de madrugada, más allá de una extremadamente escasa comida, además de que apenas hemos dormido, y hemos tenido que forzar el límite de nuestras fuerzas en más de una ocasión. – Elsa agacha la cabeza mientras pone una mano sobre los ojos. - Realmente me siento muy agotada… no quiero… no quiero discutir contigo ahora, Anna. No tengo fuerzas para ello, y me preocupa que de seguir discutiendo diré cosas que realmente no siento…

La reina crispa los puños, tratando de entender, pues el Quinto Elemento sí que se ve más pálido de lo habitual, en su de por sí pálida tez. Pero… ¡¿Esposos?!

Degel observa a la pelirroja beldad luchando contra su propio enojo, por lo que se incorpora y da un paso hacia ella, decidido, después cae con una rodilla en el suelo, y una mano en el pecho, buscando apaciguar a la reina.

-Tiene usted razón en reclamarme de esa manera y sentirse tremendamente ofendida. Le ofrezco mi cabeza a cambio de su perdón, su Majestad.

-¿Qué?

-¡Degel!

A pesar de la exclamación simultánea de las dos beldades, Degel sigue hablando, como si no las hubiera escuchado.

-Prometo responder cada pregunta y cada acusación, pero su Majestad, este no es el momento. Tenemos situaciones que apremian, que urgen de manera desesperada, de las cuales tiene que tener conocimiento de inmediato. Le pido con todo mi corazón que me permita entregarle esta información primero, y después me sujetaré a lo que designe, para escuchar el motivo por el cual puedo llamar a Elsa mi esposa.

-¡No… no puedes llamarla tu esposa! No… ¡Yo no he dado mi aprobación! – Anna aún se siente beligerante, fúrica al sentir su confianza traicionada, pero la angustia de las palabras del caballero la hace dudar, y voltea a ver a su hermana a los ojos, como si buscando confirmación, y los abre como platos cuando Elsa la observa con una tremenda desazón en esos ojos azul claro, que son tan parecidos a los suyos, mientras asiente lentamente, confirmando sus miedos. - ¡Elsa! ¡No! Yo… yo…

Pero no pueden seguir con la discusión, ya que los santos de Atena han llegado a alcanzarlos, Sísifo a la cabeza, con los demás siguiéndoles los pasos. Degel se levanta de inmediato de su posición arrodillada para recibirlos.

-Te has demorado mucho, Degel, y como vimos que no subían, decidimos bajar a alcanzarlos. ¿Todo está bien? – El hombre le dirige una mirada significativa a la reina, a Elsa, y luego al cabestrillo, pero Degel desestima la preocupación desapareciendo el helado artilugio.

-Estoy mucho mejor de lo que me fui, esto sólo era por precaución. Pero no, nada está bien. Necesitamos hablar adentro.

Degel voltea a ver a las hermanas, preocupado por la conversación que tienen pendiente, dirigiendo una mirada de súplica hacia la reina, quien sigue observándolo fúrica. Pero antes de que Anna pueda hablar, Elsa se levanta para sujetarse de los hombros de su hermana, con un abrazo acallando cualquier protesta que la joven reina tenga, mientras le susurra al oído.

-Por favor, hermana… te lo suplico… ten paciencia.

El susto de hacía unos minutos, sumado a la voz suplicante, y a la tranquilidad que le rodea al sentir los brazos de su hermana alrededor de ella, hacen que Anna cierre los ojos y controle su enojo, al menos lo suficiente como para poder escuchar a Elsa, por lo que asiente, regresando el abrazo.

-¿Prometes que hablaremos después de esto?

Elsa asiente suavemente, su mejilla cansadamente recargada en el hombro de la reina.

-Prometo que te explicaré cada detalle.

Anna voltea a ver lo más posible a los cristalinos ojos azules de la albina, sin soltar el agarre que tiene sobre su cintura, mientras una sonrisa traviesa le ilumina el rostro.

-¿Todos los detalles? ¿Hasta los más…?

Elsa se sonroja ante la inadecuada insinuación, pero sólo voltea los ojos, negándose a moverse de su cómoda posición. Esta es su hermana pequeña, su pilar, la mujer más fuerte y alegre que conoce del mundo.

Ella es la roca de la que se sostiene cada vez que se siente perdida.

Sonriendo suavemente, sintiéndose agradecida de tan gran regalo que tiene en la forma de su hermana, Elsa cierra los ojos, recargándose aún más en su hombro y arrullándose con la tranquilidad que se cierne sobre ella, al saber que Anna, por el momento, está a salvo.

-No. Esos detalles no. Pero puedo darte todos los demás.

Anna asiente, sonriendo al ver a su hermana acurrucarse sobre ella cual si fuera una niña pequeña, el enojo borrándose paulativamente.

-Más te vale que sean buenos detalles, y que hagas que valga la pena, de lo contrario, ordenaré que encierren a Degel en los calabozos, y le propinen cien latigazos, aunque sea mi cuñado.

-¡Anna!

Elsa se endereza rápido ante la amenaza, a pesar de que sabe que no es en serio.

La joven reina ríe por lo bajo, aún sintiéndose molesta, aunque definitivamente ya no tanto, pues en el fondo sabe que, ama tanto a Elsa, que cederá ante cualquier capricho de su hermana mayor.

-Hablaremos de eso después. - Endureciendo un poco su mirada, voltea a ver a Degel, regocijándose en el placer que le producen los ojos violetas abiertos de par en par ante las amenazas. Después de todo, Elsa sabe que sólo es broma, pero el alto caballero no… Sonriendo maliciosamente, azuza al hombre con un movimiento de cabeza. - Vamos entonces a que nos digan lo que con tanta desesperación quieren contarnos.

Degel asiente, agradecido, por dentro rezando porque lo que acaba de decir no sea en serio, y sin más preámbulos dirige al contingente hacia la entrada del castillo, de vez en cuando dirigiendo una mirada furtiva hacia las dos bellezas, quienes se niegan a soltarse del todo, Anna demasiado consciente de la debilidad de la hermosa albina.

-¿Hermano? ¿Estás bien? Se te ve tremendamente recuperado. – Kardia lo despierta de sus pensamientos en el momento en que se adelanta a todos para tomar a Degel de la mano a modo de saludo, sin pasar desapercibido el gesto de dolor que hace el peliverde en el momento en que chocan las palmas. – Bueno, veo que no has cambiado nada y que, a pesar de tu milagrosa recuperación, sigues coleccionando heridas.

Degel le sonríe de lado, agradecido por su parte de tener a Kardia. Su propia tabla de salvación.

-Aunque no lo creas, estoy mucho mejor que antes, hermano. Sí que fue una milagrosa recuperación. Gracias por preocuparte. Pero antes de contarles la tremenda aventura que tuvimos, necesito revelarles varias cosas de suma importancia. Sísifo, esto concierne a mi misión y a la situación actual en Arendelle.

-Entremos entonces, no podemos demorarlo más.

Los caballeros dorados avanzan hacia las escaleras, por donde apenas bajan el Consejo arendelliano, y se abren paso a través de ellos, Degel a la cabeza, como principal cerebro y estratega de todos ellos, seguido de cerca de Sísifo, Elsa y Anna.

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Sísifo se deja caer sobre el cómodo asiento, apesadumbrado.

-Cientos de barcos… cargando decenas de espectros… esto es… desalentador, por no decir otras cosas.

Por primera vez, el general Leif está de acuerdo con el caballero, y asiente, apesadumbrado.

-Arendelle no posee esa cantidad de soldados, ni siquiera si se sumara la población entera… sería una batalla de unos cuantos días en la que seguro perderíamos.

El general Harald golpea la mesa, sobresaltando a todos.

-¡Vaya derrotismo! ¡No podemos estar así! ¡No entregaremos Arendelle sólo por una cuestión de números!

-¿Cuestión de números? – Es el ministro Magne quien se levanta a espetarle. – ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Cómo puedes cerrar los ojos a tan abrumadora verdad? – El anciano observa a su colega con una mirada dura. – Lo que deberíamos estar haciendo es buscar la manera de proteger a nuestras reinas y a nuestro pueblo, en vez de pensar cómo librar una batalla que está por demás perdida.

Los hombres, como siempre, empiezan a gritarse improperios, y Degel mira de reojo a Anna, quien, aún abrazada a Elsa, sólo esconde la cabeza en el cuello de su hermana, evidentemente agotada por todos esos pleitos. Elsa tiene también cara de preocupación, cuando se sobresalta un poco al sentir la mano de Degel tomando con firmeza la suya, y la observa con intensidad.

Elsa al principio no entiende, levantando una delicada ceja, pero Degel le dirige una mirada a Anna, y luego a los generales, para después asentir.

Es el momento.

En respuesta, Elsa asiente, con delicadeza se libera de su hermana, y se levanta, por su parte golpeando la mesa con sus palmas, provocando que esta se congele de inmediato y exploten estalactitas de ella, sobresaltando a todos.

Con una sonrisa de maléfica satisfacción, Elsa se dirige a los presentes.

-Bien, me alegro poder recuperar su atención. Primero, esta es una batalla que pienso librar. General Matías, Leif, Harald, ministro Magne, deben de entender una cosa: no pienso entregar Arendelle a nadie, a ningún ejército, por muy poderoso que sea. Protegeré a este reino, y a su gente, con todas mis fuerzas. – El general Leif abre la boca para tomar la palabra, pero Elsa se le queda viendo con una mirada dura, y él guarda silencio, respetándola. – Nuestro pueblo estará bien. Se resguardará con los Trolls, y no hay manera de que los invasores de Hades los puedan encontrar. Sin embargo, no pienso abandonar este lugar. – Le dirige una mirada significativa al general Harald, quien, arrogante y bélico como un vikingo, se cruza de brazos y sonríe con satisfacción y orgullo hacia su reina valkiria. - La sangre de mis padres corre por estas tierras, por lo que es la sangre de mis padres la que permanecerá aquí, si dios lo permite, durante cientos de años. Mientras pueda, aseguraré ese puesto.

-Su Majestad…

-¡No he terminado, Magne! – Elsa inspira profundamente, hinchando el pecho y levantando la barbilla, una pose que siempre adoptaba para reforzar su autoridad siendo reina, especialmente en aquellos momentos en que era cuestionada por su juventud o por el simple hecho de ser mujer.

Sin darse cuenta que un par de ojos violetas la miran con absoluta adoración dilatando sus pupilas.

-Arendelle peleará, pero no lo hará de forma arrogante y estúpida. Degel y yo planearemos la defensa, la estrategia será nuestra mejor arma. Pero no ahora. – Sendas cejas se levantan, sorprendidos. – Tengo hambre, quiero comer, y Degel también, así que les pido que me permitan una hora para disfrutar de los alimentos, y poder acompañarlos. Así, famélica, simplemente no puedo pensar.

-Su Majestad…

Elsa levanta de nuevo la voz para impedir que su general más beligerante pueda tomar la palabra.

-Muy bien, Harald. Que sean cuarenta minutos. ¿Crees que el pueblo de Arendelle le pueda regalar cuarenta minutos a su antigua reina?

El hombre asiente y baja la cabeza en señal de respeto.

-Por supuesto, su Majestad. – Es el general Matías quien le contesta en voz alta, para, acto seguido, caminar hacia ella e hincarse con vehemencia a sus pies, poniendo un puño sobre su pecho. – El pueblo de Arendelle seguirá ciegamente a sus adoradas reinas. Nuestra confianza y nuestras vidas están en sus manos. – Sin darle tiempo a la albina de contestar, se incorpora y besa suavemente los nudillos de la joven, para salir en silencio por la puerta de la estancia. El general Harald imita el gesto con emoción, hincándose frente a ella mientras su puño golpea con fuerza su pecho.

-Sus padres habrían llorado, orgullosos, si la hubieran podido escuchar diciendo tan bellas y ciertas palabras, su Majestad. – Sin agregar más, el alto rubio le besa los nudillos y sigue a su comandante.

Después de unos segundos de titubeos, los demás arendellianos del consejo imitan la acción de sus compañeros, jurándole lealtad y devoción de nuevo a Elsa, como la primera vez que lo hicieran, durante su coronación, y salen en silencio, sin espetar nada más. Incluso el ministro Magne, resistente a tal actitud, realiza el acto sin chistar.

Elsa se queda un momento más de pie, su mirada fija en la puerta que acaban de abandonar, y Anna, aún sentada, le toma de la mano.

-Gracias, hermana.

Elsa la abraza, pero niega con la cabeza.

-No solo lo hice por ti, Anna. Ahora es turno de Degel de rendir su informe a sus compañeros. Y es algo que sólo concierne a los Santos de Atena.

Degel asiente, en agradecimiento.

-¿Quieres que nos retiremos?

Pero el hombre niega con la cabeza, tomándola de la mano.

-No. Eres parte de mí. Esto también te concierne a ti.

-Pero Degel… - Es Sísifo quien se adelanta, protestando, sin embargo, el peliverde levanta la voz para hacerse oír, muy al estilo de Elsa, lo que hace que Anna sonría.

-Elsa arriesgó su vida por obtener esa información; su poder, su sangre, es la que ilumina este orbe, y nos abre el paso a la victoria contra las huestes de Hades. Creo que, con eso, se ha ganado el derecho de escuchar. ¿Alguien más tiene algo que objetar?

Todos los presentes se quedan en silencio, y el hombre asiente.

-Bien, entonces, por favor, compañeros, procedamos.

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Después de explicarles sobre las estatuas de hielo, su maestro Krest y el próximo enfrentamiento con Poseidón, en este momento, Degel le da una mordida al pedazo de carne que tiene en el tenedor, mientras sus ojos siguen los movimientos de su esposa a su lado, pendiente de ver que ella también se alimente de forma adecuada, pues no quiere otro susto como el de hace un par de horas. Para su alegría, ve que, de hecho, Elsa ha comido más que él mismo, y sonríe, aliviado.

-Si bien son buenas noticias que hayan obtenido el orbe, así como el conocimiento para su uso, - continúa Shion, absolutamente serio, tratando de disimular su pesimismo, - son sumamente malas noticias el cálculo que haces de la cantidad de nuestros enemigos.

-Entiendo que el número en sí ya es desalentador, - Dhoko continúa el hilo de la conversación, - pero tienen que ser conscientes que, por encima del número, seguramente traerán Estrellas Celestes y Jueces del Inframundo. Un solo caballero dorado apenas puede con uno solo de ellos. No me imagino qué será si son cientos.

El Cid asiente.

-Es bueno entonces que tengamos al mejor estratega del Santuario.

Degel asiente, agradeciendo el reconocimiento que le hace, y después le dirige una mirada de orgullo a su esposa.

-¿Elsa?

Esta apura el pedazo de comida que tenía en la boca, para pasar rápido el bocado y tratar de contestar.

-Desde que vimos los barcos, Degel y yo hemos estado barajeando varias estrategias que podemos sacar de los libros. Algunas de las batallas de Alejandro Magno son las que mejor se pueden ajustar a nuestra situación, aunque no descartaría al rey Leónidas, dada la situación geográfica del fiordo, que puede simular unas Termópilas gigantes…

Sísifo se levanta, desesperado.

-¿De verdad lo que nos vas a ofrecer es una clase de historia ante nuestra situación desesperada?

Kardia se levanta, molesto.

-No seas patán, Sísifo. Sabes perfectamente bien que muchas de las estrategias que Degel ha utilizado anteriormente, las ha sacado de libros de historia. No lo creas tan inteligente.

-Emh… ¿gracias?

-De nada, hermano.

Degel niega con la cabeza, pero no puede evitar que una sonrisa cruce sus labios.

-El punto es que Kardia tiene razón. Muchas de nuestras estrategias vencedoras han sido inventadas miles de años antes que nosotros. En esta ocasión no será diferente, porque Elsa encontró una que podremos utilizar a la perfección en este caso.

-¿Ah sí? ¿Y cuál es?

Degel voltea a ver a Elsa para sonreírle en complicidad. Sin embargo, antes de que puedan explicar su plan, en ese momento se abre ruidosamente la elegante ventana del comedor, para dar paso a la alta y formidable silueta de Deuteros, cuyo gesto impasible de todos modos no puede esconder la angustia en sus ojos azules.

-¡Sísifo! ¡Tengo un reporte urgente que dar! ¡Es sobre el ejército de Hades!

La forma tan súbita en la que Deuteros ha entrado por el enorme ventanal del recinto, sobresalta a todos, en especial a Elsa, quien se levanta como un resorte, fúrica al ver al Santo de Atena en la habitación, mientras se para frente a su hermana, intentando esconder con su cuerpo la silueta de Anna de la vista del agresivo santo dorado.

-¿Qué haces tú aquí? ¡¿Qué significa esto?!

-¿Elsa?

Degel se levanta también, extrañado al ver la agresividad de su esposa dirigida inexplicablemente a su amigo. No puede entender la intensa cólera con la que ella observa al recién llegado, y su mente trabaja a gran velocidad, tratando de comprender el motivo de tanta animosidad.

¿Qué rayos está pasando aquí…?

Todos los Santos de Atena, excepto Asmita, también se incorporan ante la reacción inexplicable de la albina. Pero Elsa no tiene ojos para nadie más que para Asmita, que es el único de ellos que se mantiene serio ante la intromisión.

-¡Asmita! – le grita Elsa, - ¡prometiste que este hombre nunca tocaría el suelo de mi castillo, y mucho menos en donde estuviera mi hermana!

Asmita no cambia su expresión, pero su gesto se dirige a Deuteros.

-Y así lo hice, Alteza. Deuteros tiene expresamente prohibido hacer lo que está haciendo.

El aludido resopla, enojado.

-Creo que la situación amerita una excepción, pues el ejército de Hades llegará aquí al amanecer, o quizá antes, más pronto de lo que inicialmente se había calculado. Y hacia el sureste, desde tierra firme, se acerca medio batallón de espectros de Hades, marchando directamente hacia Arendelle. No puedo esperar a que su Alteza tenga el humor para recibir tal noticia.

Todos se quedan en silencio ante la ominosa novedad, haciendo a un lado el tono desagradable con el que se ha dirigido a Elsa, la cual se queda también petrificada ante su actitud tan grosera. Sísifo da un paso hacia el caballero, preocupado ante las terribles novedades.

-Dime más, Deuteros. ¿Qué más has encontrado?

Pero Elsa, recuperándose al ver que el general no le da su lugar en su propia casa, da un paso hacia adelante, una intensa rabia formándose en su pecho.

-¡No! ¿Cómo te atreves a preguntarle más? No importan los motivos. ¡Este hombre no puede permanecer aquí, debe abandonar la sala de inmediato!

Sísifo, sintiéndose impaciente, se gira levemente para voltear a ver a la albina, y levanta la voz observándola con el ceño fruncido, como si reprimiéndola, mientras levanta una palma frente a ella para acallarla.

-Entiendo, su Alteza, que no tolere la presencia de Deuteros después de que este tratara de violarla, pero debe de entender que esta información es mucho más relevante que un simple connato de violación.

Elsa cierra los ojos lentamente, sintiendo como un balde de agua fría la baña por completo cuando escucha las palabras que el hombre ha dicho en voz alta, mientras Degel y Anna abren los suyos de par en par, completamente tomados por sorpresa ante la súbita declaración, y al mismo tiempo voltean a ver a Elsa, su semblante confirmándoles la terrible verdad. Nadie lo ha notado, pero la temperatura ambiente comienza a bajar.

-¿Qué dijiste, Sísifo? – La voz de Degel es casi un susurro, pero se encuentra tan llena de veneno, de peligro, que todos los Santos Dorados lo observan detenidamente, incluyendo Kardia, a pesar de él que también se encuentra rojo de la ira al enterarse de la noticia.

El silencio se siente tan pesado, que Sísifo parece finalmente caer en su error, y su mirada refleja terror mientras observa a Elsa y después mira a los ojos a su compañero peliverde.

-¿C-cómo? ¿Elsa no te lo dijo?

Anna siente como se enciende su rostro de indignación al descubrir lo que su hermana tuvo que sufrir, y más saber que fue a manos de uno de estos caballeros, pero sólo alcanza a levantarse de su asiento, ya que, en ese momento, y movida por su instinto, Elsa se para frente a ella, empujándola hacia atrás, con su cuerpo separándola de Degel, quien se inclina hacia Deuteros, el gesto crispado de una furia intensa. Como si fuera una coreografía, al tiempo que Degel se mueve, todos los caballeros dorados excepto Deuteros y Asmita, se arrojan al frente, hacia él, tratando de detenerlo.

Pero ya es demasiado tarde.

Antes de que cualquier santo de Atena logre alcanzarlo, Degel grita a todo pulmón un gruñido de furia cegadora que le raspa la garganta, el grito de batalla haciendo que su cosmos arda con todo el poder del Séptimo Sentido, aventando a gran velocidad Polvo de Diamantes por cada poro de su piel, el poderoso viento lanzando hacia atrás a todos los de la estancia, proyectándolos contra paredes y muebles, el inmobiliario destrozándose con la velocidad con las que los cuerpos arremeten cada silla y cada mesa, quedando todos ellos tendidos en el piso o presionados contra la pared, salvo Elsa, quien planta los pies con fuerza sobre el piso y levanta un escudo de hielo para protegerse y proteger a Anna del ataque, a pesar de lo cual la fuerza del impacto logra arrastrar a las dos hermanas hasta topar con la pared, Anna abrazada a la cintura de Elsa para ayudarle a resistir el embiste.

Degel sigue gritando, sus ojos violetas ahora iluminados de un azul helado que brilla con total intensidad, su cosmos provocando que sus cabellos floten sobre él, al tiempo que la temperatura ambiente cae rápidamente, formándose estalactitas de todas las paredes, con una velocidad tal que le recuerdan a Anna el momento en que escapara junto con Olaf del castillo, después de descubrir la traición de Hans.

Algunas de las estalactitas se forman amenazadoras a milímetros de la piel de las dos, sin dañarlas, pero un par de ellas toman por sorpresa al Santo Dorado de Géminis, quien en ese momento, como todos los demás, no porta su armadura, por lo que las estalactitas atraviesan limpiamente su hombro derecho y pierna izquierda, como si fijándolo al piso, sangre de rojo intenso brotando explosivamente de las recién creadas heridas, al tiempo que una tercera estalactita lo empala desde la espalda, esta última aparatosamente protruyendo a través de su abdomen.

-¡AAarrgghhh!

-¡Detente, Degel!

Sísifo trata de incorporarse, pero la fuerza de la presión del viento es tal que todos se encuentran contenidos contra la pared, y Elsa apenas puede sostener el escudo levantado, si no fuera por la fuerza sumada de su hermana, aunque, fuerza sumada o no, prácticamente la barrera las está aplastando contra la pared.

Por su parte, Degel sólo ve rojo, completamente dominado por su rabia, que se incrementa a cada recuerdo de la albina beldad sufriendo: cada lágrima que derramó sobre el pecho de él después del ataque, cada rechazo que ella le hizo a sus caricias por el terror que el recuerdo de las manos de Deuteros le provocaran, cada temblor de sus manos y miedo en su mirada al revivir en su mente el terrible ataque: el recuerdo de haber sido testigo de tan terrible sufrimiento, incrementa la rabia del caballero. Degel estaba seguro de que el culpable del trauma de la mujer que más ama había sido un miserable espectro, y se estaba preparando para matarlo lenta y dolorosamente.

Pero saber que es uno de sus hermanos de armas, uno de sus queridos amigos, quien cometiera tal bajeza, lo golpea con el poder de la traición, con una fuerza tal, que no es capaz de contener las emociones negativas que le crean.

-¡Degel, basta!

Es Kardia el que grita, pero apenas débilmente, pues está seguro de que no podrá detener a su mejor amigo. Porque conoce el corazón noble y consagrado de su hermano, y casi puede adivinar lo que el leal caballero debe de estar sintiendo.

La traición que debe de estar experimentando.

Por su parte, la presión del viento es tal que ni Deuteros logra juntar las manos para crear su explosión de Galaxias, menos empalado como se encuentra. Aún así Deuteros se esfuerza por liberarse, gruñendo de dolor al tratar de romper la estalactita sobre su hombro usando su mano libre, cuando abre mucho los ojos al darse cuenta de que, de las estalactitas que se siguen formando del techo, piso y paredes, hay una enorme que se empieza a formar frente a él, desde el techo, y que apunta directo a su pecho; al principio la estalactita se forma pausadamente, como si lo estuviera acechando, el reflejo de la luz sobre su superficie helada creando un patrón que lo hace estremecer, pues le recuerda a un ojo que observa con curiosidad maléfica, cuando de la nada la columna se comienza a formar más rápido, a adquirir longitud a gran velocidad, dirigiéndose vertiginosamente hacia su pecho, directo hacia donde se encuentra su corazón.

Al no tener armadura, la trayectoria es definitivamente fatal.

Deuteros sólo cierra los ojos, y se niega a encender su cosmos para detener el ataque, convencido de que es un castigo justo, que el esposo de su víctima sea quien acabe con su vida.

En eso se escucha una explosión y una luz brillante los envuelve a todos, cegándolos unos segundos. Para cuando esta se disipa, y para sorpresa de todos, también se han disipado completamente el viento y las estalactitas.

Deuteros, tirado en el suelo, aún sangrando, abre los ojos y primero ve con alivio que su pecho está intacto, su enorme mano palpando los amplios músculos sobre el corazón, y encontrando que no está herido, para después descubrir parada frente a él la divina silueta de Elsa, dándole la espalda y plantada frente a su esposo, ambas palmas al frente y respirando agitadamente, igual que Degel, quien también la observa sorprendido, mientras diminutos y cristalinos copos de nieve caen lentamente desde el techo hasta el piso, cayendo sobre todos los presentes, cual si maravillosamente estuviera nevando por dentro de la habitación. Es evidente que el poder de Elsa disipó todo el hielo y el viento que había creado Degel, evaporando las estalactitas amenazadoras, incluyendo aquellas que se habían clavado en el caballero caído.

Ante la inesperada y valiente acción, Degel cae de rodillas frente a ella, agitado, con incredulidad en la mirada.

-Amor mío… ¿por qué? Deuteros se lo tiene merecido…

Elsa respira aún un poco más, también agitada, para después caer de rodillas a milímetros del caballero y abrazarlo fuertemente de la cintura, recargando la cabeza en el amplio pecho de él, mientras trata de recuperar la respiración. Degel la envuelve igualmente en sus brazos, acariciando la adorada espalda.

-Por supuesto que se lo tiene merecido, Degel. Eso y mucho más.

-¿Entonces…? ¿Por qué me detuviste?

La albina beldad levanta la cabeza y busca los ojos violetas que adora tanto, mientras se separa de él para tomarlo de las manos.

-Porque mi esposo no es verdugo de sus compañeros. Porque sus manos, estas manos que me han transportado al cielo, no pueden estar bañadas en sangre producto de un asesinato. El Degel que yo conozco y amo, el que me ha desposado, se sentirá eternamente culpable por haber perdido la cordura y ajusticiado a uno de sus compañeros fuera de la ley que él tanto respeta.

Durante un par de segundos, se hace un silencio sepulcral alrededor de los presentes, hasta que es Degel quien rompe esa quietud.

-Debía de protegerte… - la voz de Degel se quiebra por un momento, y sintiéndose indigno, deja colgar la cabeza hacia el frente para evitar tener que mirarla a los ojos. – No te merezco… Mi obligación como tu esposo es protegerte… y no pude evitar que él te tocara… que te hiciera daño…

Elsa también baja la cabeza, apoyándola en la de él, entendiendo ahora el tormento por el que el hombre que tanto ama está pasando. Todo el pesar y sentimiento de culpa que existe en su corazón.

-Y lo has hecho, Degel. En más de una ocasión. Lograste liberarme de la prisión de mi mente que él había creado. Sólo tú podías hacerlo. Y lo hiciste… esposo mío.

Ante las palabras de la esposa que él ama tanto, Degel respira agitadamente, cerrando los ojos y apretando los dientes con fuerza, haciendo un gran esfuerzo para contener sus emociones. Entendiendo su estado, Elsa le pasa los brazos alrededor de los poderosos hombros, permitiéndole que esconda el rostro en el nacimiento de su cuello, mientras le susurra palabras de aliento, ayudándolo a contener el vendaval de emociones que lo abruma. Degel se sujeta a su breve cintura como si de una tabla de salvación se tratara, olvidando los dos esposos por un momento la audiencia que tienen.

Especialmente inconscientes de un par de hermosos ojos azules que los observa con detenimiento, con profunda emoción y sobrecogimiento abrumador, sintiéndose perdida respecto a cuál es la acción más correcta.

No sabe cuál es el siguiente mejor paso a seguir.

Tampoco notaron que Sísifo, ante la declaración de ambos sobre que se han desposado sin que él lo supiera, da un paso al frente para reclamarle a Degel, para acusarlo, pero Shion lo detiene al extender el brazo frente a su pecho. Una vez que el general dorado voltea a verlo, Shion niega lentamente con la cabeza, El Cid dando un paso detrás de él, como para respaldar a su compañero.

Hay cosas que apremian más, que el castigar a otro santo renegado.

Deuteros, por su parte, aún sangrando de las heridas, trata dolorosamente de incorporarse, pero Dohko se para frente a él, una espada de oro puro sostenida en su enorme mano, cuya hoja apunta al cuello del caballero herido.

-Creo que mejor obedeces y te retiras, Deuteros, antes de que provoques más situaciones inadecuadas.

Deuteros voltea a ver a Sísifo, quien asiente.

-No vuelvas a entrar al castillo. Espera un momento afuera, que necesito que me des el informe completo. Pero, si me necesitas en cualquier otro momento, ya sabes cómo encontrarme, yo acudiré a ti de inmediato, pero no vuelvas a desobedecer los designios de Atena, Segundo.

Deuteros sólo gruñe y, sin más preámbulo, cojeando y con una mano sujetando su costado herido, el hombre está a punto de saltar a través de la ventana para retirarse, pero Anna levanta la voz para detenerlo.

-¡Un momento! – Deuteros se voltea hacia ella, y Kardia se para al lado de la reina, a la vez que Sísifo también se adelanta.

-Reina Anna…

-No estoy dispuesta a que se vaya sin un castigo ejemplar, después de lo que le ha hecho a mi hermana.

Sísifo se para a su lado, tratando de calmarla.

-Y lo hará. Nuestra diosa Atena ha dispuesto que…

Pero Anna no lo deja terminar.

-Estoy de acuerdo que su diosa lo castigue conforme a sus leyes. Pero yo también quiero que pague aquí. No confío en nada su castigo, pues es su compañero de armas. Nada me garantiza que recibirá su merecido, ya que he encontrado que el sentido del honor de los Santos de Atena es demasiado pobre.

-¡Reina Anna! – Sísifo abre mucho los ojos, sintiéndose ofendido.

Anna se voltea a ver a los ojos a Kardia, su mirada endulzándose, aunque sólo un poco.

–Lo siento por lo que te corresponde.

Pero Kardia niega con la cabeza.

-No, lo digas. Te entiendo, y te apoyo. Estoy de acuerdo con tu opinión. Falta aún ver qué ha de responder mi superior a esa acusación.

Los dos, Anna y Kardia, voltean a ver al rubio general, con una mirada de acusación.

-No estará pidiendo que reciba castigo en Arendelle…

-Es exactamente lo que estoy pidiendo.

-Pero…

Anna, imitando a su hermana, levanta la voz para impedir que el alto general la interrumpa.

-Pero primero, necesito que lo lleven a la enfermería: si se desangra en mis pisos, no podrá pagar la ofensa que cometió contra mi hermana.

Sísifo exhala apesadumbradamente, y luego asiente, dirigiéndole una mirada a Deuteros. Este quiere protestar, pero no puede cargar con el castigo de Atena, y aparte desobedecer a su superior, por lo que, agarrándose el hombro herido, camina lentamente hacia la puerta. Sísifo le lanza una mirada a El Cid, quien asiente levemente, entendiendo la orden, y sigue a su compañero, asegurándole al alto general de que escoltará a Deuteros hasta la enfermería, previniendo que haga algo inadecuado.

Mientras ellos se retiran, el grupo de caballeros, así como la reina de Arendelle, rodean a la pareja en respetuoso silencio, permitiendo que Elsa contenga a su marido, hasta que Shion, tomando el mando en lugar del atribulado Sísifo, voltea a ver a Anna, y los dos intercambian miradas. Pero es Asmita, quien se había encontrado en absoluto silencio, el que al final se hinca frente a ellos y posa suavemente una mano sobre la más pequeña de Elsa. Esta se sobresalta discretamente ante el contacto y, sin intercambiar palabras con el Santo de Virgo, comprende la petición y voltea ver a Degel.

-Amor mío…

Pero ella ya no necesita decir más, pues Degel asiente, inspira profundamente para recuperar el control de sus emociones, y levanta la mirada cristalizada por las lágrimas. Pero determinada, como sólo un santo de Atena puede mirar.

-No te preocupes, ya estoy bien. – Una sombra de dolor le atraviesa la vista, pero él sacude la cabeza para despejarse. – Me parte enormemente el alma al ver que no pude cuidarte. Pero no lo volveré a permitir. Te lo prometo.

Kardia se hinca frente a ellos y palmea con fuerza la espalda de su hermano de armas.

-Todo esto es muy bonito, pero te necesitamos, Degel. Necesitamos ese cerebrito tuyo para planear algo convincente, por encima de las tonterías de nuestro gran líder. – Kardia voltea a ver a Sísifo quien le dedica una mirada endurecida, pero sin comentar, y el travieso peliazul sólo resopla. - La situación está cada vez más pesada. Ahora sí necesitamos una de tus estrategias mágicas para salir adelante.

Degel le sonríe mientras se endereza, a la vez negando con la cabeza.

-Nunca me habías dicho cosas tan bellas, Kardia. Te estás ablandando conmigo.

Kardia se encoje de hombros mientras Elsa ríe por lo bajo.

-De vez en cuando es bueno sacar mi lado femenino.

-Vamos, Degel. – Shion se inclina ante él para darle la mano a ayudar a levantarse. – No es broma lo que dice Kardia, realmente necesitamos de tus habilidades de estratega. – Degel asiente y le toma la mano, apoyándose de su hermano de armas para incorporarse. – Como ves, la situación se está agravando. ¿Qué sugieres? ¿Tienes algo en mente?

Degel lo mira directo a los ojos, para después intercambiar una mirada con Elsa, quien asiente como para infundirle ánimos.

-De hecho, sí. Como Elsa ya había empezado a comentar, en nuestro camino hacia acá, ella y yo comenzamos a formular un plan. – Lentamente intercambia miradas con cada uno de sus compañeros, una pose determinada en su semblante. - Bien, en primera, tendremos que aceptar la ayuda de los arendellianos. Sin ellos estaremos perdidos.

La mayoría de los santos dorados protesta ante sus palabras, excepto Asmita, quien ayuda a Elsa a levantarse y se para al lado de las dos únicas mujeres de la reunión. Sísifo es el primero que habla.

-Sé que todas tus estrategias son brillantes, Degel, pero realmente te equivocas si crees que tomaremos sus vidas como nos plazca, misión o no misión.

Pero Degel niega con la cabeza, mientras levanta la voz para hacerlos callar a todos.

-No es lo que piensan, no los pondremos en el frente de batalla para usarlos como carne de cañón. No hay estrategia victoriosa que me haría cometer un crimen así.

Elsa da un paso hacia el frente, tomando de la mano a Degel.

-¿Crees que nos dé tiempo?

El alto hombre le sonríe parcialmente.

-No lo sé, amor mío. Pero nos haremos de tiempo.

Elsa asiente, decidida.

-Entonces, seguramente venceremos.

Degel asiente de vuelta, para dirigir su atención hacia la pelirroja. - Reina Anna, ¿cuántos soldados arendellianos combatirán a nuestro lado?

Anna se sobresalta al ser súbitamente el centro de atención, pues su mirada se había perdido entre los dedos entrelazados de la pareja, hundida en sus pensamientos, pero se recupera de inmediato.

-Se ofrecieron a pelear dos batallones, sin contar al batallón que escoltará a los civiles hacia la montaña de los Trolls, y que esperamos que regrese íntegro.

-Perfecto. ¿Con cuántos herreros cuenta Arendelle en total?

-Con diez aproximadamente, más sus aprendices.

-¿Y cuantos carpinteros?

-Menos de 20.

-¿Leñadores?

-Tenemos un poco más de esos, cuentan en total 30, y algunos de ellos tienen conocimiento de carpintería, por lo que pudieran ayudar a los carpinteros en caso de que necesites. Degel, ¿qué estás tramando?

Degel suspira. Son demasiado pocos, y en demasiado poco tiempo. Pero tendrán que ser suficientes.

-Un plan descabellado, su Majestad. Pero, para que el plan funcione, necesitaremos urgentemente que todos los herreros, carpinteros y leñadores trabajen día y noche, y debemos incluir a todos los voluntarios posibles. También necesitaremos que cada arendelliano done de su propiedad todo lo metálico y de madera que tenga. Si pudiera, su Majestad, mandarlos traer, que se presenten con Elsa y conmigo de inmediato, pues tenemos que explicarles a detalle la labor que desempeñarán. Hay mucho qué hacer y muy poco tiempo, por lo que apremia que se presenten aquí lo más rápido posible.

Anna asiente, contenta de que finalmente se esté formulando un plan… aunque no está segura de qué es.

-Bien, iré a por Kai para juntarlos a todos.

Mientras ella se retira, después de darle un beso en la frente a su hermana, Degel se dirige con voz de mando hacia sus compañeros.

-Necesitaré de los poderes de cada uno de ustedes para encender el cosmos al máximo, todos y cada uno, para que los enemigos perciban un número tres o cuatro veces más de lo que realmente somos.

-¿Piensas engañarlos?

Degel le dirige una mirada penetrante a Sísifo.

-Sí. Por lo que pude ver en el horizonte, son demasiados barcos. No importa a cuántos caballeros de Atena lograste reclutar, seremos demasiado pocos para ellos, calculo en número de al menos 50 por cada uno de nosotros. Tomando en cuenta, además, que traerán a sus propias Estrellas Celestes y Jueces del Inframundo, como bien dijera Dhoko. Estrategia es la única manera que nos ayudará a sobrevivir, y no se diga vencer, por lo que será mucho mejor si ni siquiera tenemos que pelear.

Sísifo asiente, mientras Elsa da un paso al frente.

-¿Qué necesitas que haga yo?

Degel le sonríe, orgulloso de que su diosa nórdica se ofrezca de inmediato y sin dudar.

-En estos momentos, necesito que me acompañes para distribuir las órdenes e indicaciones a tu gente, amor mío, te tienen más confianza a ti que a mí. Mañana, empezando la batalla, te necesitaré en dos frentes: necesito que controles los mares para evitar que se acerquen, que crees una densa neblina que no permita ver nuestro engaño, así como que ayudes para evitar que lleguen con nosotros las huestes que vienen del sureste, y… - Degel se acerca a ella, tomándola de ambos hombros y atrayéndola hacia él, su frente sobre la de ella, los ojos fijos en los azules de la albina, mientras le susurra con discreción. – Y que me des tu bendición para partir…

Elsa da un paso hacia atrás, inquieta con las palabras, mirándolo a los ojos para buscar falsedad. Pero no encuentra nada más que una profunda tristeza detrás de los ojos color violetas que tanto adora.

-Te… te irás… - No es una pregunta. Ella puede leerlo en sus ojos. Esta es la última noche que pasarán juntos.

-Ellos quieren el orbe sagrado. Mientras está aquí ellos no se detendrán. El orbe y yo seremos el perfecto señuelo para alejarlos de Arendelle.

Como es de esperarse, Elsa se suelta del agarre de su esposo, enfurecida.

-¡No! ¡No es justo! ¡Apenas llegamos aquí!

Degel le pone de nuevo las manos en los hombros.

-Amor mío, tú y yo sabíamos que mañana sería un momento decisivo. Sabíamos que estaríamos en peligro.

-Pero yo debo luchar a tu lado. ¡Estar contigo!

Degel niega con la cabeza.

-No, amor, te necesito comandando los elementos para dificultar el avance del enemigo, para disuadirlos de acercarse, además… es hora de continuar con mi misión. Ya tenemos el orbe, por lo que Kardia y yo debemos ir a Bluegard, a obtener el oricalco, y mi partida debe de ser tal, que me aseguraré que los espectros me sigan, y abandonen Arendelle. Sin mí y sin el orbe, el valor de tu reino se desplomará.

Elsa quiere seguir protestando, pero Dhoko se adelanta.

-Si ya son muchos para nosotros, serán demasiados contra ti solo, Degel. No hay forma de que los sobrepases.

-Sí, sí la hay. – Degel fija los ojos en los azules de su esposa, y esta los abre de par en par, entendiendo sus intenciones.

-Nokk…

-Así es. Si voy con Nokk, no hay forma de que nos alcancen, especialmente si mi viaje completo es por mar. Por lo que seguiré el mar de Barents hasta Siberia, y desde ahí bajaré a Bluegard. No habrá manera de que me alcancen.

-Nos alcancen, hermano.

Kardia se adelanta, y Degel asiente en agradecimiento.

-Puede funcionar… - Sísifo tiene una mano en la barbilla, sus ojos comenzando a iluminarse al escuchar la última parte del plan. – Bien, es una excelente idea, ¡sí podría funcionar!

Pero Dhoko no está tan convencido.

-¿Qué hay de los espectros que vienen por tierra? El truco de Elsa no funcionará muy bien.

Pero Elsa se adelanta para contestarle.

-El plan no es sólo disuadir a los barcos. No sólo crearé barreras de viento y fuego para detener su avance. Si bien no es precisamente su territorio, estoy segura de que los hermanos Gigantes de Piedra estarán más que dispuestos en ayudarnos para vengar a su Hermano Mayor asesinado.

Dhoko insiste, encontrando huecos en esa parte del plan.

-No creo que sea buena idea. Como Kardia nos contó previamente, ya mataron con mucha facilidad a uno de ellos, los espectros pueden asesinar a más.

Elsa niega con la cabeza.

-No entrarán en combate. La idea es crear terremotos tales que no les permitan el paso, y de ser posible, que disminuyan sus huestes. Y si no funciona, yo estaré ahí. No les permitiré que les hagan más daño.

Degel asiente, satisfecho.

-Bien, siendo así, necesitaré de todos los caballeros, y de la mayor cantidad de arendellianos. – Degel toma de la mano a Elsa, para apretarla con fuerza, buscando que ella sienta su compromiso de proteger Arendelle. - Esto tiene que funcionar.

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A/N: Primero, una disculpa porque Sísifo es medio patán aquí, completamente OOC, pero existe una explicación: la gente puede ser todo lo dulce y tierna que quiera, pero cuando obtiene un mando, una responsabilidad sobre las personas, como lo tendría un general, tiene dos opciones: seguir siendo la persona linda, que nunca logra cumplir misiones porque todo mundo lo ve como el cuate con el que no pasa nada si no obedece, o volverse el jefe que exige resultados, y por lo tanto tomar el mando y reprender a aquéllos que son su responsabilidad, pues sabe a la perfección que los errores de ellos se reflejarán como un mal mando de su parte. Obvio esto es una generalidad, y el equilibrio es lo ideal, pero llegar a ése se requiere mucha experiencia en el mando, en aprender cuándo sí ser autoritario y cuando es posible ser flexible. No hay mando equilibrado que alguna vez no haya estado en alguno de los dos espectros. Y pues, aquí estamos viendo el espectro autoritario de Sísifo, donde sus caballeros más cercanos se están comportando de forma reprobable, desobedeciendo las leyes del Santuario. Me puedo imaginar cómo ha de sentirse, y la preocupación de pensar que es su obligación regresarlos al redil. Pero sobretodo, la angustia de las cuentas que le tendrá que rendir a su amada Sasha…

Y antes de despedirme, quiero contestar un precioso comentario:

AleSinsajo: te agradezco muchísimo tus palabras, tus porras y tu apoyo. De verdad no sabes lo que significa para mí. Te mando un abrazo y espero que te siga gustando esta pequeña historia.