Cosmos Congelado

Capítulo 34

Atento aviso: después de la primera parte, estaremos realizando saltos en el tiempo, de días y hasta de semanas. Espero no marearlos mucho y que puedan seguir el hilo de la historia.

¡Gracias por seguir leyendo!

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Un día después de la Batalla de Arendelle…

Kardia azuza a Nokk con desesperación, y el noble espíritu soporta los talones enterrándose repetidamente en sus costados, porque él mismo está sintiendo la desazón que los tiene a ambos cabalgando al borde de sus fuerzas.

Y es que no es para menos.

Hace apenas una hora que existe luz, porque Kardia no ha visto el sol desde que se ocultara en el horizonte, apenas hace como dos horas, sintiéndose agradecido por las noches tan cortas cerca del casco polar. Pero es lo único que agradece, pues el viento helado del norte arremete contra ellos en un poderoso vendaval, congelando la superficie de las armaduras, de sus pieles, y Kardia no puede sentir manos ni pies, sólo es consciente de que sus dedos aprietan firmemente el cuello de la armadura dorada de su compañero porque es testigo de ello, no porque él esté ordenando a sus dedos a sujetarlo. Su cuerpo ya casi no le obedece en nada, sólo entiende de frío y de dolor.

Y de la angustia de ver que su mejor amigo no se mueve en absoluto desde hace varias horas.

De vez en cuando el caballero irreverente voltea hacia atrás, ofuscado cuando los vientos del norte voltean su cabellera azul y le impiden ver de forma adecuada, el viento trayendo consigo miles de diminutos trozos de escarcha que se entierran y desgarran la piel, un viento que le recuerda al ataque del santo de Acuario, el famoso Polvo de Diamantes. Ahora puede sentir en carne propia el motivo por el cual lleva ese nombre. Kardia resopla y se retira el cabello de los ojos de forma airosa, volteando de nuevo hacia atrás mientras busca las siluetas de sus perseguidores, para en su lugar encontrar huellas del camino que van recorriendo en forma de pequeñas manchas de sangre oscura provenientes del brazo herido de su compañero cayendo sobre el permafrost, y su angustia crece.

-Degel, tenemos que parar aquí. No podemos seguir así, ¡tengo que curarte!

Kardia se remueve inquieto, pues no le gusta desobedecer a su amigo, sabiendo que la inteligencia de Degel los ha salvado en más de una ocasión. Pero ahora no puede ver cómo la orden de "no te detengas hasta llegar a una ciudad" podría salvarlos esta vez. Si Degel muere ahora, seguro él mismo no podrá sobrevivir.

Y adiós misión de Atena.

Pero al bajar la vista para volver a protestar sobre la decisión, ve que su mejor amigo ya ha perdido la consciencia, su cuerpo completamente vencido sobre el cuello de Nokk, su piel casi tan blanca como la piel de la esposa que dejó atrás, y de un jalón, Kardia da un tirón a las heladas riendas y detiene al corcel, Nokk relinchando enojado.

-¡Alto! ¡Debemos bajar!

Apeándose del animal, titiritando de frío, Kardia se da cuenta de que apenas puede mover las manos, su cuerpo temblando de frío intenso a pesar de la armadura dorada que lo cubre. Haciendo un enorme esfuerzo logra cargar el cuerpo de su compañero hasta depositarlo sobre el permafrost, apenas logrando sentir los dedos que lo sostienen.

-¡Maldita sea, Degel! ¡Te necesito despierto! ¡Vamos a morir aquí tú y yo si no me ayudas!

Pero sabe que su mejor amigo no puede escucharlo, Degel ha caído en shock, el frío y la pérdida de sangre lo han mermado completamente. Los dos han estado juntos en muchas misiones, han arriesgado sus vidas en más de una ocasión, no es la primera vez que ve a Degel herido de gravedad… pero hay algo en esa tierra desolada, en esa ausencia completa de vida, que lo llena de angustia y desesperación, que lo hace temer aún más por la suerte de su mejor amigo.

-Oh, hermano… creo que tendré que arriesgarme aquí. No puedo dejar que mueras en mis manos.

Pasando saliva para controlar su miedo, Kardia se sienta al lado de su compañero y enciende su cosmos para calentar su corazón, y a la vez calentar un poco a su amigo, la luz dorada partiendo en dos la corriente de la ventisca y dándole un leve respiro, mientras el caballero se pone manos a la obra. Observando el brazo lesionado, Kardia sólo puede ver gruesos coágulos rodeando el brazo derecho, pegados a pedazos maltrechos de la férula de hielo que Degel hiciera al inicio de su viaje. Seguramente es lo que le salvó la vida.

O lo que se la sostuvo por más tiempo.

Preocupado porque pensamientos tan oscuros estén cruzando su mente, Kardia sacude la cabeza y, casi enojado consigo mismo, rompe la manga de su camisola, con ella haciéndole un vendaje rudimentario en el brazo a Degel. Sabe que no será suficiente, pero también sabe que no puede seguirse permitiendo que pierda más sangre, aun cuando ya no mana tan libre ni tan abundante como al principio. Una vez hecho el amarre, Kardia palpa torpemente el cuello de su amigo, y al no encontrar nada, inclina su oído sobre el poderoso pecho, buscando el latido de su corazón, e incluso aguanta un poco la respiración para poder escuchar mejor.

¡Ahí está! ¡Puede escucharlo! Débil, enlentecido, pero puede ver que Degel aún está vivo, por lo que está determinado a sacarlo adelante.

-Más te vale que no mueras aquí, hermano. ¿Sabes acaso lo que me han prometido si te regreso vivo a Arendelle? ¡Puff! No me lo creerías. – Kardia lanza un pequeño silbido de apreciación, mientras una sonrisa lobuna aparece en sus labios. – Si lo supieras, si supieras a lo que sabe esa piel, estarías más que dispuesto a cooperar conmigo. – El hombre ahora sonríe abiertamente, mientras carga en vilo el cuerpo desvanecido de su amigo, hablando como si estuvieran teniendo una conversación, con la intención de mantener sus ánimos y su cordura a flote. – Pero seguro que sí puedes imaginar a qué sabe, ¿no es cierto? Apuesto a que la piel de Elsa debe de saber igual de deliciosa que la de la reina Anna. Aunque mejor no repito eso estando tú despierto, pues de escucharme, seguro me asesinarás antes de que quieras agradecerme por haberte salvado. – Pero la sonrisa desaparece del bello rostro de Kardia cuando no obtiene respuesta de su amigo, su pecho de nuevo constreñido por la angustia al ver los ojos cerrados del que considera su hermano. – Despierta pronto, Degel, por favor… Elsa te necesita de regreso. Y yo… no sé qué haría si murieras antes que este amigo tuyo… No sé qué haría si no sobrevives a la guerra… – Kardia aprieta los dientes, y sacude la cabeza, obligando a sus traicioneros ojos a rechazar esas lágrimas de desesperación que se han escapado. – ¡Maldita sea, Degel! ¡Te juro por Atena que, si te mueres aquí, soy capaz de bajar con Hades para revivirte y matarte de nuevo!

El furibundo caballero camina hacia Nokk con Degel en brazos, pero el espíritu relincha y se hace hacia atrás, como exaltado, mientras mueve el hocico como queriendo hablar con el caballero.

-¿Qué pasa, Nokk? Ya sé que no te cae bien Degel, pero le prometimos a Elsa que lo llevaríamos. ¡Y a Anna! ¿Acaso no quieres que me de mi regalo?

Como si lo entendiera, Nokk niega con la cabeza y vuelve a repetir el movimiento con el hocico, esta vez, el hombre levanta una ceja de incredulidad.

-¿Qué estás…?

Curioso, Kardia voltea hacia atrás, y puede ver en la distancia, a través de la sombra que produce el viento, una silueta humana que parece caminar hacia ellos. El joven caballero se emociona y corre hacia él, gritando a viva voz.

-¡Ya nos salvamos, Degel! ¡Ya nos salvamos! ¡Eeeeehh! ¡Aquí! ¡Aquí estamooooos!

Nokk se queda quieto en su lugar mientras el caballero corre con desesperación llevando en brazos su preciada carga y, satisfecho, agita su crin para acomodarla, mientras resopla, el movimiento lo más parecido a una sonrisa, y el sagrado espíritu mueve la cabeza como en despedida, aun cuando el caballero no le está prestando atención.

Su trabajo está hecho, ahora puede regresar con su ama, con su diosa, a quien extraña enormemente, pues siente angustia también por ella, aunque más bien pareciera el eco de ese lazo que mantiene a los espíritus unidos entre ellos. No importa, Nokk puede sentir que Elsa lo necesita, y ya que finalmente ha cumplido la promesa que le hiciera a ella, ya nada le impide regresar a su hogar.

Ahora puede regresar a consolarla.

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Elsa se encuentra en la pequeña capilla desde hace varias horas, hincada frente al altar, pensando, meditando, rezando, alejada de todo y de todos.

Sabe que los caballeros de Atena están a unos minutos de partir, al menos esa era la hora acordada, pero no tiene el valor de enfrentarlos. Desearía despedirse de Asmita, de Shion, de los compañeros de Degel que las han apoyado tanto.

Pero sin Degel ahí, cada mirada apenada es sólo un recuerdo del amado esposo que se ha ido, cada sonrisa condescendiente le recuerda que no puede tener muchas esperanzas, porque la mitad de los caballeros dorados ha muerto ya en sendas batallas, ¿qué le hace pensar que la otra mitad sobrevivirá? Así que decide esconderse ahí, en ese lugar sagrado, fingiendo que está rezando, aunque a veces sí lo hace. Pero la mayor parte del tiempo sólo quiere repasar en su mente los miles de momentos que pasó con Degel, la felicidad que la embargó durante el corto tiempo que estuvieron juntos, remembrar la forma en que la transportaba al cielo con sus caricias y sus besos.

Ahora ella no necesita compañía, lo único que desea con todo su corazón es que la dejen sola con sus recuerdos, para poder mantener la esperanza del anhelado regreso.

Desafortunadamente no todos reciben la indirecta.

A pesar de no ver a nadie alrededor, el escalofrío que se produce en su espalda sólo puede ser producto de un enemigo terrible. Y ella ya sabe quién es.

-Si estás esperando a que te agradezca por haberme salvado de tu hermano, deberías de pensarlo varias veces. Ni siquiera deberías de estar en la capilla, compartiendo el mismo espacio que yo, Deuteros, de acuerdo a lo que te ordenaran tu diosa y tu general.

El caballero da un paso al frente para salir de las sombras a las que está tan acostumbrado, aunque su mirada no está en ella, sino en el altar que adorna el lugar.

-No he venido a que me agradezcas, Majestad. Ese no es mi estilo.

Una mirada llena de resentimiento y desconfianza lo recibe.

-¿Entonces qué quieres de mí, por qué no respetas mi duelo?

Deuteros no contesta por varios segundos, como si sopesando la forma en que quiere expresarse. Deseando de todo corazón no lastimarla más, ni siquiera con sus palabras. Al final sólo suspira con pesadez: él jamás ha sido bueno en interactuar con la gente normal, mucho menos con la realeza.

Que sea lo que deba ser.

-Sólo quería agradecerte que hubieras retirado los cargos, Majestad. Agradecerte que te negaras a que me castigaran frente a tu hermana, como ella lo había exigido. Y también quiero entender por qué lo hiciste.

Elsa se queda callada un momento, ponderando su pregunta y la respuesta que le piensa dar; después de un par de segundos niega con la cabeza.

-No quería deberte nada, caballero. Estamos a mano ahora. Ya puedo odiarte como yo quiera y exigirte sin miramientos que me dejes en paz, que salgas de la capilla para que me dejes sola y vivir mi duelo como me plazca. – Las últimas palabras Elsa las dice en voz alta, con un tono duro, rígido, en ningún momento titubeando, lo que arranca una sonrisa de lado del alto hombre, quien asiente, como si aceptando la explicación y la demanda, incluso satisfecho de ver de nuevo ese lado rudo de ella que tanto le había gustado. No puede aceptar verla como en las últimas horas, angustiada y derrotada.

No a ella.

-Perdona Majestad por no cumplir tus deseos como pides, pero quiero que me contestes algo más: ¿por qué estás de duelo por Degel? Él todavía no ha muerto, aunque es cierto que sus posibilidades son casi nulas. Aun así, él te prometió que regresaría a tu lado, ¿por qué no confías en él?

Elsa no se sorprende ante la acusación.

-Confío en él, ¡por supuesto que lo hago! Pero he visto sus heridas, lo que le pueden hacer, el riesgo que corre, y yo… – Elsa aprieta los dientes y los puños luchando por contener su angustia. No quiere mostrarse débil ante este hombre, pero la zozobra que siente al imaginar todas las miles de posibilidades ominosas que le pueden ocurrir a Degel…

Deuteros mantiene su mirada en el altar, observando detenidamente el enorme crucifijo de oro que ostentosamente engalana la capilla.

-Yo confío en él. Degel es un hombre orgulloso y poderoso, y demasiado inteligente. El más inteligente de todos nosotros.

-Eso he oído.

Los ojos endurecidos regresan a ella.

-Y deberías creerlo. ¿Qué nos queda si no? Sólo podemos confiar los unos en los otros de que regresaremos a salvo, de que no abandonaremos la causa.

Elsa baja la cabeza ante las palabras dichas con tanto fervor. Realmente no son de mucha ayuda en estos momentos.

-Contra todo lo que puedes pensar, lo que dices no me reconforta. Me aterra pensar que él se fue dispuesto a dar la vida por esa causa, y he visto lo que esa determinación le puede orillar a hacer. Su determinación sólo me hace temer más por él.

Deuteros ladea la cabeza, mirándola con un dejo de condescendencia.

-Te equivocas en algo, Majestad. Degel no sólo daría la vida por la causa. Él la daría por ti, especialmente por ti.

Pero Elsa siente esas palabras más como una acusación que como un consuelo, y arremete contra el caballero, ya harta de tenerlo hurgando en sus emociones.

-¿Cuál es tu intención de estar en la capilla, Deuteros? Tu presencia aquí no es necesaria. Deberías ya saber que no me agradas, y deseo que salgas de inmediato, perdóname que te lo diga de esta forma, pero prefiero mil veces estar sola que contigo.

En vez de ofenderse, el hombre resopla, divertido.

-Toda mi vida he escuchado frases peores de gente mucho menos valiosa que tú, Majestad, por lo que más bien me resultan graciosos tus intentos de ser grosera conmigo. – Elsa abre mucho los ojos ante la confesión, sonrojándose al ver que, en efecto, está siendo terriblemente grosera con él, con el hombre que la salvó, aunque al principio hubiera sido su enemigo. Pero su orgullo no le permite doblar las manos.

-N-no veo por qué debería ser educada contigo, Deuteros. Tú me atacaste con alevosía, trataste de… de…

Deuteros desvía la mirada del crucifijo, como si el que Elsa hubiera dicho su infracción en voz alta le hiciera sentir vergüenza.

-Y pagaré por ese pecado, Majestad, puedes estar segura de ello. Aun cuando me perdonaste aquí, Asmita y yo todavía seremos juzgados por la ley de Atena tan pronto lleguemos al Santuario.

Elsa suspira, apesadumbrada. Sabe que él de todas formas pagará, Sísifo y Asmita mismo se lo aseguraron, y eso la había dejado más tranquila. Además, su padre siempre la educó en diplomacia e inteligencia, no para comportarse de esa forma tan atrabancada y poco digna en una reina.

-Deuteros…

Pero Deuteros niega con la cabeza, interpretando correctamente su actitud.

-Si te preocupa haber roto las reglas de cortesía, ni siquiera lo menciones. Para mí que una mujer como tú, con la belleza y la elegancia de una diosa, me dirija tales insultos, ya es por sí mismo un halago.

Las palabras que dice con tanta soltura le recuerdan a la joven lo que Aspros confesara sobre la terrible vida que llevó su hermano, y Elsa no puede evitar sentirse culpable al tratarlo igual que toda la basura que lo maltrató de niño. La joven se pasa una mano sobre el fleco, sintiendo su resistencia mermándose rápidamente.

-Mira… yo…

Él de nuevo niega con la cabeza, su vista de nuevo fija en el altar, como si de este pudiera robar un poco de la civilidad que tanta falta le hace.

-Quiero confesar algo que me quema el pecho. Todavía no logro entender por qué Degel fue bendecido y premiado, mientras yo fui recriminado y castigado, cuando los dos buscábamos lo mismo de ti.

-¡Hey! – Elsa frunce el entrecejo mientras le dirige una mirada llena de desaprobación, dispuesta a protestar airadamente ante sus argumentos infantiles, pero antes de que pueda decir una sola palabra, él levanta la voz para impedírselo, su mirada intensa clavada en los ojos de ella.

-No me malinterpretes, yo también deseaba amarte, aunque supongo que el problema fue que todavía no logro entender esos pequeños recovecos en las relaciones humanas. No supe convencerte como lo hizo él, o tratarte como él lo hiciera. Después de todo, Degel siempre ha sido el más hábil de todos nosotros, mientras yo nunca he sido bueno en casi nada. – Dejándola anonadada ante la inesperada confesión, él regresa la vista al dorado crucifijo, y se queda de nuevo en silencio. Después de casi un minuto, Elsa recupera la compostura y rompe esa tregua.

-Deuteros, ¿qué pretendes diciéndome todo esto ahora? No puedes tratar de salirte con la tuya justificando que lo que hiciste fue por amor.

El hombre permanece un par de segundos más en silencio, negándose a verla, mientras trata de contestarle con coherencia.

-Entiendo muy bien la culpa que te marca cuando lastimas a alguien que es importante para ti por una serie de malas decisiones. Por no haber podido controlar los propios impulsos, miedos e inseguridades. – Deuteros de nuevo la observa detenidamente, esos insondables ojos azules penetrando hasta su más profundo ser, y Elsa no puede evitar recordar la vez que ella golpeó a Anna con su poder en la cabeza por accidente… en el pecho por un descuido…

-Sí… todos en algún momento hemos lastimado a alguien que amamos…

Deuteros resopla, divertido ante una idea.

-Degel no es mi hermano, y si me escuchara Kardia, seguro trataría de golpearme sólo por pensarlo. Pero Degel es lo más cercano que tengo a un hermano, ya que el mío me traicionó. Por eso yo…

Pero el hombre titubea por un momento, obligándose a detener sus palabras, mientras sus ojos observan la luz moribunda del sol que cae sobre el crucifijo y lo ilumina en una luz dorada, casi divina. Deuteros acaba de comprender que una disculpa no será suficiente, no si finalmente ha entendido la gravedad de lo que estuvo a punto de hacer. El caballero de Géminis se queda en silencio un largo rato, y por un momento, Elsa piensa que ya no dirá nada más, pero nuevamente los ojos azules se dirigen a ella, aunque esta vez puede ver un inmenso pesar detrás de ellos.

-Como nuestros cosmos obtienen fuerza de las estrellas del firmamento, la forma de saber que un caballero de Atena ha dejado este mundo es cuando ves cómo cae una estrella fugaz del cielo, a la vez que nosotros sentimos el cosmos de dicho caballero apagarse.

Elsa abre mucho los ojos ante esta nueva información.

-Pero yo no puedo sentir el cosmos de Degel, no como ustedes.

Deuteros se encoje de hombros, mientras asiente con tristeza.

-Es una lástima entonces. No podrás saber si él sigue con vida. O si la estrella fugaz que vez atravesar el cielo es la de él. O incluso la mía.

Las palabras dichas con aparente frialdad le constriñen el pecho, pero entiende la relevancia del conocimiento, y Elsa desvía su mirada hacia el crucifijo que tanto está admirando el caballero, también tratando de encontrar consuelo en la sagrada imagen.

-¿Por qué me dices esto ahora?

El caballero se encoje de hombros de nuevo, tratando de fingir una tranquilidad que no siente.

-No lo sé. Tal vez porque no quiero ser el único que esté observando los cielos en busca de una estrella fugaz que me anuncie que he perdido a mi único amigo.

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Cinco días después…

Después de la oscuridad, un suave crepitar rompe la paz del silencio, pero es casi como un murmullo que sólo consigue arrullar en vez de despertar. Sin embargo, unas manchas de luz ahora rompen la deliciosa oscuridad, y Degel gime de lo molesto que le resulta para los ojos. Para después gemir del dolor que siente en su cuerpo, especialmente en el brazo derecho, lo que lo despierta un poco más.

-No te muevas, hermano. Estarás bien, ya lo verás.

La voz de Kardia termina de guiarlo fuera de la oscuridad, y Degel finalmente logra enfocar la mirada. Lo primero que encuentra es la cara de su alegre compañero casi encima de él, y, gruñendo, Degel lo obliga a alejarse con la palma sobre la nariz.

-¡Ouch! ¡Degel!

-Estás… estás muy cerca… - Lo siguiente que el caballero nota es que se encuentran en una pequeña y derruida choza de madera, demasiado pobre para poderse llamar choza, pero la cual conserva muy bien el calor de una chimenea cercana a él. – ¿Dónde… estamos?

Kardia hace lo mismo, sus ojos rastrean la choza, como si no la hubiera visto antes.

-No lo sé… sólo sé que Nokk anduvo mucho hacia el norte, cabalgando por varias horas, aunque el sol no parecía moverse de su lugar, y sé que cuando llegamos el suelo era muy duro, y el viento cortaba como cuchillas. Casi no podía respirar. Para nuestra fortuna uno de los lugareños nos encontró y, aunque no nos entendíamos nada, en el momento en que te vio nos guió hasta su pueblo, hasta su choza; con tanta suerte que su mujer aparentemente sí sabe atender heridas.

Degel se queda pensando un momento, entre tratando de despertar y de ubicarse, ya muy consciente de la misión que tienen enfrente… y del peligro que les sigue por detrás.

-¿Viste un río? ¿Qué más pudiste reconocer?

Kardia lo piensa un poco, pero niega con la cabeza.

-Había nieve por todos lados, y tormenta, nunca vi un río o un mar. Pero el hombre traía pescados en la canasta que llevaba a la espalda, por lo que no lo dudo que hubiera. Y cuando llegamos al pueblo, a la entrada había una pequeña iglesia hecha de pura madera, bastante derruida, por cierto, pero funcional, pues estaban congregados cuando nos vieron llegar, y varios lugareños salieron a vernos. Fue un poco extraño…

Degel cierra los ojos, sintiéndose más agotado aún.

-Creo que estamos en Mangayeza… - El peliverde gruñe sintiéndose molesto. – Kardia, te dije que sólo te detuvieras si llegábamos a una ciudad… estamos en peligro aun, ¡y ahora hemos puesto en peligro a estas gentes!

Kardia explota ante el regaño, dejando salir su angustia previa.

-¡No me hables de esa manera! ¡¿Cómo puedes creer que continuaría contigo todo desmayado?! Perdiste mucha sangre, Degel, tenía que detener la hemorragia si no quería que nos atraparan, que tú murieras. – El peliverde quiere protestar, pero al ver dibujándose miedo detrás de los usualmente duros ojos de su amigo, decide permitirle que continúe su relato. – Estabas muy frío y muy quieto, apenas podía oír tu corazón… y cuando la mujer limpió tu herida… Degel, nunca había visto un hueso de frente. ¡Ese maldito espectro casi te corta el brazo!

-¿Espectro? Ah, sí. Aiacos… - Degel finalmente recuerda con claridad la última batalla, el último golpe del espectro había dolido demasiado, había sangrado demasiado. Él mismo estaba seguro de que su brazo se caería en cualquier momento. Es la segunda vez que Aiacos le produce una herida grave… Ese pensamiento lo hace consciente de que su miembro lesionado ahora lo tiene fuertemente sujeto contra su pecho, amarrado con varios pedazos de tela a manera de vendas, y aunque duele, al menos no es el dolor que le provocaba mareos. - Mi hombro…

-¡Uff! ¡Ese fue lo peor! Tuve que ayudarle a acomodártelo en su lugar. Cuando crujió en el momento en que se acomodó, ¡casi me desmayo! Después de esto me debes una comida de reyes.

Contra su voluntad, Degel ríe un poco ante el reclamo de su mejor amigo.

-Te prometo que comerás como rey cuando lleguemos a Bluegard. Por ahora, tenemos que irnos pronto de aquí.

Degel hace un esfuerzo por levantarse a pesar del dolor, pero Kardia lo obliga a recostarse de nuevo.

-¡Ni creas que pienso permitirlo! Estuviste inconsciente varios días, y fue mucha la sangre que perdiste, por lo que la mujer me ordenó que te quedaras aquí, sin moverte.

Degel primero abre mucho los ojos ante la noticia. ¡Varios días! ¡Ya están demasiado atrasados en su misión! Pero después registra lo segundo que dijo Kardia, y una ceja de corte dividido se levanta con incredulidad.

-¿Ah sí? ¿Y cómo sabes lo que dijo? Tú no hablas ruso.

Kardia minimiza el comentario con un gesto de la mano.

-No fue necesario, nos entendimos de inmediato.

Ahora Degel sonríe de lado, su ceja aún levantada.

-Espero que no hayas pagado la hospitalidad de esta mujer usando tus habilidades más… dudosas.

-¡¿Qué?! ¡Claro que no! ¡Me ofendes! – Kardia se cruza de brazos, increíblemente un rubor tiñendo sus mejillas ante la sucia insinuación de su compañero. – Para tu información, talé un par de árboles y acomodé la leña mientras estuviste inconsciente, además de ayudar a su marido con la pesca, para agradecerles a ambos que te atendieran. Aunque afortunadamente hoy no me dejó hacer más porque tuvo que ir a vender los pescados que conseguimos, mientras él se quedó con nosotros un rato. – El joven caballero voltea la mirada hacia la esquina, haciendo que Degel haga lo mismo. – Pero la bebida fue demasiado para él, así que está descansando la mona sin mayor preocupación.

Y en efecto, Degel puede ver que, tirado en un sofá hecho de pieles, un hombre de mediana edad se encuentra durmiendo a pierna suelta, perdido completamente, sus mejillas y nariz en un intenso rojo que denotan su estado de embriaguez.

-Bien, entonces es hora de irnos sin mayor problema. – Degel vuelve a intentar levantarse, pero cuando Kardia le pone la mano en el pecho para empujarlo hacia atrás, el santo de Acuario lo toma fuertemente de la muñeca, su mirada penetrante. – Si quieres sobrevivir, y evitar que esta familia, u otras de alrededor, sufran las consecuencias, debemos irnos de inmediato.

Kardia resopla, minimizando el comentario.

-Estás un poco paranoico, hermano.

-Y tú no me estás entendiendo. El motivo por el cual estas chozas están tan decaídas, es que están muy expuestos a los barcos extranjeros. Durante años esta pobre gente siempre ha sufrido redadas y asaltos de barcos extranjeros. ¡¿Y sabes quiénes nos están persiguiendo en barcos?! - Kardia abre mucho los ojos ante la información. - ¡Exacto! ¡Debemos de irnos ya!

-Sí, claro… de inmediato.

Degel, quejándose lo menos posible, y con ayuda de Kardia, logra incorporarse de la cama hecha de paja, pero le cuesta más trabajo de lo que esperaría, pues una vez sentado, el mundo a su alrededor da vueltas con pasmosa velocidad, y apenas logra enderezarse un poco cuando la puerta se abre de par en par, y una voz espantada lo sorprende.

-¡Net! Net! *

La mujer se acerca rápidamente al hombre herido y lo empuja suavemente de los hombros, tratando de obligarlo a que se recueste de nuevo, mientras niega enfáticamente con la cabeza, repitiendo la negativa.

-¿Ves, Degel? Ella también está de acuerdo conmigo. – Kardia se pone detrás de la mujer, tratando de regañar a su amigo. – Debes de permanecer más tiempo en la cama. De por sí no estás tan fuerte después de Arendelle.

Pero Degel hace caso omiso a la petición de su mejor amigo, y, ofreciendo a la mujer su más encantadora sonrisa, la toma de los hombros, mientras él mismo niega con la cabeza.

-YA v neoplatnom dolgu pered toboy. No mne ne nuzhno platit' za vashi uslugi.**

Pero la mujer vuelve a negar, para nada sorprendida de que él hable en su idioma, y le regresa la sonrisa, mientras lo vuelve a empujar.

-Dolg uzhe uplachen za mnogo let vashim khozyainom Krest.***

Ante sus palabras, Degel abre mucho los ojos y, sorprendido, permite que la mujer lo empuje, lo recueste de nuevo, mientras ella sigue conversando, Kardia perdido completamente en la plática entre los dos. Y mientras hablan, la sonrisa de Degel se hace más amplia, más brillante.

-¿Qué dijo, Degel? ¿Qué está diciendo?

Pero Degel se tarda un poco en contestar, mientras la mujer le sonríe de nuevo y se aleja a una esquina, donde se encuentra la chimenea, desde donde se observa un caldero colgante del que emana un delicioso olor que comienza a impregnar la pequeña choza.

-¿Degel? ¿Qué te ha dicho?

-Dice que… dice que mi maestro Krest solía rondar estas tierras cuando ella era una niña, que lo recuerda bien. Que cada vez que él estaba aquí la pesca era mejor, y los piratas huían despavoridos. Dice incluso que alguna vez me vio con mi maestro, que llamé su atención porque yo era de la edad de su hijo, y que nunca se olvidó de mi cabello.

Los ojos de Kardia están abiertos como platos, impresionado ante la noticia.

-¿El maestro Krest rondaba estas tierras?

Degel asiente, sus ojos aún fijos en la mujer.

-Es entendible, a mi maestro siempre le gustaron las buenas obras, siempre buscó ayudar a la gente lo mejor que podía. Y Mangazeya es el pueblo más cercano, después de Bluegard, a la choza donde mi maestro y yo practicábamos. Recuerdo que mi maestro y yo bajamos un par de veces para ayudar en la pesca, pero puedo imaginar que él tenía visitando el lugar muchos años antes de que yo llegara. Seguramente todo el pueblo lo conoce. – Degel deja que su cabeza repose completamente en la cama, respirando relajado. – Estoy un poco más tranquilo, al menos sé que no nos delatarán. Ahora sólo me preocupa asegurarme de que ellos vayan a estar bien.

-Desapareceremos todo rastro de nuestra existencia aquí, hermano. Te lo aseguro.

Degel asiente.

-¿Y Nokk?

Kardia se encoje de hombros.

-Él nos dejó cuando el hombre nos encontró. Supongo regresó con Elsa.

Degel asiente, sus pensamientos regresando a la albina.

-Me alegra saber que la cuidará. Sí me quedé un poco preocupado por ella.

Degel empieza a cerrar los ojos, pero Kardia se niega a dejarlo ir. No se siente muy cómodo de quedarse solo con la mujer.

-¿Qué quieres hacer mañana?

-Irnos tan pronto podamos. Pero quisiera pasar con el leñador de la aldea. Deseo comprarle unos pocos pergaminos para el viaje.

-¿No sería peligroso que le escribieras a alguien?

El peliverde niega con la cabeza, aunque ya lentamente, empezando a caer en los brazos de Morfeo.

-Quiero escribirle a Elsa, hacerle saber que estamos bien. Pero… entregaré las cartas hasta que estemos en Bluegard. No quiero poner en peligro la misión.

-Es buena idea. Seguramente Elsa estará preocupada por ti. Por cierto… ¿Me dejarías escribirle algo a la reina Anna? – Kardia observa fijamente una mancha en el techo mientras hace su petición, tratando de disimular su incomodidad.

Degel resopla, y abre un ojo acusador hacia su hermano.

-¿No te parece que te estás tomando demasiadas familiaridades con la reina? Recuerda que ella está comprometida.

Kardia voltea la mirada, tratando de mostrarse indiferente.

-No sé a qué te refieres.

-Kardia…

El peliazul se hace el ofendido, tratando de disimular su culpa.

-¡Oye! ¡No he hecho nada que ella no haya querido!

Pero contra los deseos de Kardia, Degel capta de inmediato el contexto de sus palabras y se incorpora un poco ante la confesión indirecta de su mejor amigo.

-¡Kardia!

Pero el hombre ya se ha levantado, dirigiéndose hacia la puerta.

-Será mejor que descanses para que nos podamos ir pronto. Necesitas recuperar fuerzas. – Y el santo de Escorpión sale huyendo de la choza, una sonrisa de suficiencia dibujada en su guapo rostro, y un tinte rosado en las mejillas al recordar la última visita especial… y la promesa que la reina le hiciera.

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Siete semanas después de la batalla de Arendelle, en la entrada de la Atlántida…

-¡Aguja Escarlata Katakeo Antares!

Kardia hace explotar su cosmos hasta el séptimo sentido, su poder más grande incendiando la sangre de Radamanthys, las 14 agujas escarlata prendiéndose en llamas que dibujan la constelación de Escorpión sobre la base oscura del sapuris de su enemigo, haciéndolos ver como estrellas dibujadas sobre el firmamento nocturno. Radamanthys grita a todo pulmón, presa de un dolor insoportable.

-¡AAaaaarggghh! ¡Malditoooo! ¿Que estás haciéndome?

Kardia, sangrando por varias heridas, los labios ensangrentados y tambaleándose casi sin fuerzas, voltea a ver a su enemigo, sonriendo complacido.

-Es hermoso, ¿verdad? Katakeo Antares es mi más grande técnica… la técnica final de mi corazón incinerándose. – La sonrisa agotada del caballero se amplía. – ¿Sabes? De haber sabido que sería un espectáculo tan hermoso lo habría hecho antes con alguno de los espectros que vencí. Pero supongo hubiera sido imposible. Sólo alguien como tú hubiera resistido hasta el final, hasta llevar a mi corazón al límite. Así que, Radamanthys de Wyvern, debes de sentirte honrado de recibir mi máximo poder.

-¡Malditooo! ¡Malditos sean todooos! ¡AAaarrghhh! ¡Mi señor Hadeess! – Radamanthys es envuelto en las llamas que se crean desde su interior, ni siquiera el fuego del Infierno de donde proviene se siente tan caliente como el último golpe de este caballero, y sus gritos hacia Hades retumban en todo el lugar.

Y mientras Radamanthys es consumido por el fuego en su sangre, el fuego del corazón de Kardia empieza a apagarse, arrastrando consigo la vida del caballero. Kardia levanta la mirada al sentir la explosión del poder de Degel.

-Es… estás vivo, Degel… por favor… permanece con vida… cumple por mí la promesa que le hiciera a Anna… - Mientras sus fuerzas lo abandonan, Kardia baja la cabeza, un hilillo de sangre proveniente de una herida cerrando su ojo, mientras la fiebre intensa lo hace respirar agitadamente, superficialmente. Puede sentirlo, el calor abrasador sobre su pecho, el fuego que permea dentro de sus venas, quemándolo por dentro. Pero el hombre sólo puede reír, agradecido por ver que está llegando el final, que por fin logrará su cometido. Y a la vez se siente entristecido.

Las fuerzas lo abandonan completamente, y Kardia cae de rodillas, una sonrisa de tristeza sobre su ensangrentado rostro.

-Me hubiera… gustado tomar… ese regalo…

El caballero de Escorpión cae pesadamente sobre las baldosas ancestrales, y Kardia apoya la cabeza sobre la piedra debajo de él, dejándose vencer, sintiendo el frío beso de la superficie sobre su sonrojada mejilla, pero ya no puede pensar más, su mente se nubla ante el infierno del calor que lo envuelve. Pero prefiere mil veces el calor incandescente de su corazón enfermo, al hielo paralizante que sintió hace semanas. Prefiere mil veces morir aquí, que imaginar ese hielo cubriendo la superficie de Arendelle. Cubriendo a la reina que llegó a amar.

Es ese pensamiento el que le arranca su última exhalación en forma de un nombre, sagrado para él.

-A-nna… T-te… amo…

Y después, todo se vuelve oscuridad y silencio.

oooooooooooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo

A/N: Espero que no estén planeando matarme. Recuerden que aún tengo que terminar la historia! La batalla de Kardia contra Radamanthys es hermosa, genial, es por eso que no me atreví a reproducirla aquí: jamás podría haber escrito tanta belleza, y sentí que sería una falta de respeto a Kardia y al magnífico trabajo de Shiori si lo fuera a hacer, así que sólo les relato aquí la parte más importante: la caída de Kardia en batalla. Espero que les haya gustado el relato.

Perdón por lo aburrido del capítulo, pero quise meterme un poco en la mente de Deuteros. Desde un principio tenía en mente que él no es malo, simplemente es el hecho de que no fue educado de forma adecuada, nunca interactuaba como se debía con las personas, porque siempre fue menospreciado, maltratado, y por lo tanto nunca aprendió a tratar a una mujer, mientras Degel tuvo todas las ventajas. Es por eso que quise emplear a este bello gemelo, utilizar su salvajismo y su falta de tacto, para poner en enredos a Elsa. Pero qué hubiera pasado si Deuteros hubiera sabido todo lo que Degel, hubiera podido tratarla como se merece? Habría podido conquistar el corazón de Elsa? Eso quiero que él se pregunte, porque seguramente se sintió indignado de no poder quedarse con la mujer que quería, y confundido de por qué no pudo hacerlo. Bueno, eso pienso, tratando de hurgar un poquito en su psique. El punto es que Deuteros, a diferencia de su hermano, no es malo. Para él era normal tomar lo que él deseaba, de acuerdo a la ley a la que él siempre fue sujeto: la ley del más fuerte; desafortunadamente eso significó tratar de tomar a Elsa contra su voluntad. Para Deuteros, eso era lo normal. Y aunque esto no significa que pienso hacer un trío en los siguientes capítulos (aunque… no me disgusta la idea, jijiji), espero que les haya gustado la introspección.

Mientras sigo escribiendo la historia, les dejo los trazos de conversación en ruso que Degel tuviera con la aldeana:

*No! No!

**Tengo una gran deuda contigo. Pero no tengo para pagar tus servicios.

***la deuda ya está pagada desde hace muchos años, por tu maestro Krest.

Y ahora, permítanme responder a unos fantásticos reviews.

Annaurda: te leo! Yo también ando toda agobiada con clases y temas y tareas y escuela… dios mío! Lo peor es que, mientras más leo, menos entiendo y… y más me inspiro a escribir! Jijiji. Al menos eso me ayuda a seguir haciendo la historia. No? Me alegro saber que estás bien, y me alegra más que te esté gustando! Sólo espero que este capítulo no rompa ese gusto.

Y tienes razón, pobre Deuteros! Pero psh no tuvo a nadie que le enseñara modales, siempre viviendo a la sombra de su hermano y siendo maltratado por todos, para él era bastante fácil pensar que lo normal era así: la ley del más fuerte. Pero, al fin y al cabo chico inteligente, tuvo que aprender, y aprendió. Como sea, independientemente de la manera en que fue criado, su corazón es noble, sólo necesitaba que lo guiaran por el camino correcto. Me alegro que te gustara su resolución!

Y no te preocupes por las veces que posteas. Para mí está super, porque así le sumas puntos a mi historia, jijiji. Gracias por los comentarios!

AleSinsajo: como siempre, me encantan tus comentarios y tus análisis! Para mí también es una grandiosa emoción cuando veo que has mandado algún mensaje. Espero que este capítulo no te haya roto el corazón.

Nos estamos leyendo!