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Capítulo 6 ~ Respiración y primeros besos

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Observo cómo Carlisle levanta la tarta y la coloca sobre la encimera, y Sebastian lo sigue con los ojos muy abiertos y una sonrisa emocionada.

—Has hecho un trabajo precioso, Sebastian —dice Esme con gran alegría y yo respiro aliviada cuando la risa de Seb llena la habitación.

—El papá de Edward no paraba de comerse las gomitas moradas, pero no pasa nada. —Carlisle sonríe con ternura a mi hijo y luego se vuelve hacia mí.

—Hola, tú debes de ser Bella. —Mira a Edward y luego de nuevo a mí.

—Sí, soy Bella, la madre de Sebastian, y tú eres Carlisle. —Le doy la sonrisa más grande que puedo. No es forzada porque en realidad estoy muy emocionada de tener esta oportunidad de conocer al hombre que crio a un hijo tan maravilloso.

—Veo que mi hijo me ha mencionado. —Su sonrisa tímida me calienta mientras sus ojos recorren rápidamente mi cara y se posan en mis manos.

—Todo el tiempo, en realidad. Está inmensamente orgulloso de ti. —Mantengo las manos perfectamente cruzadas delante de mí. Espero a que Carlisle me ofrezca las suyas.

—Mi hijo es muy brillante; soy yo quien está orgulloso de él. —Vuelve a mirar a Edward. Esta vez Edward me suelta y rodea a su padre con un brazo.

—Digamos que los dos tenemos suerte, ¿de acuerdo? —Todos nos reímos entre dientes mientras Edward alivia un poco la tensión en la habitación.

—¿Mamá? —Sebastian tira de mi brazo, me giro y me arrodillo frente a él—. Sí, cariño, ¿qué pasa, estás bien? —Lo miro a los ojos en busca de señales de angustia, pero felizmente todo lo que veo es alegría.

—¿Puedo jugar con el papá de Edward? —susurra.

Miro a Edward, que tiene cara de confusión. Le doy una sonrisa tranquilizadora y vuelvo a mirar a mi hermoso niño.

—¿Quieres que se lo pidamos juntos? —Asiente con entusiasmo.

Agarro la mano de Seb, me pongo en pie y miro con confianza a Carlisle.

»Señor Cullen, mi hijo quiere saber si puede preguntarle algo.

Los ojos de Carlisle se abren de par en par y una pequeña sonrisa aparece en sus labios. —Sí, después de todo me gustan las preguntas. —Mira a Seb.

—Uhh... bueno... Me pregunto, ¿puedes o quieres jugar conmigo? —Sebastian baja la mirada hacia sus manos y empieza a retorcérselas con nerviosismo.

Carlisle me mira. —Antes que nada, Bella, por favor, llámame Carlisle. —Extiende la mano, por fin, y yo la tomo suavemente entre las mías y sonrío—. Y, en segundo lugar, Sebastian, ¿qué tenías pensado? —Me suelta la mano y se arrodilla frente a mi hijo.

Seb mira tentativamente a Carlisle. —No sé, ¿qué haces para divertirte?

—Lo que yo considero divertido puede que para otros no lo sea. —Se encoge de hombros.

—¿Qué te gusta hacer para divertirte? —Seb pregunta mientras se mete las manos en el bolsillo y empieza a mecerse hacia adelante y hacia atrás.

—Me gustan las cosas que mantienen la mente ocupada. —Me doy cuenta de que Carlisle está golpeando su rodilla al ritmo del balanceo de Seb.

—A mí también —susurra Sebastian, y se hace un momento de silencio antes de que Carlisle hable.

—Antes de que vinieras estaba plantando unos crisantemos. —Se aclara la voz—. ¿Te...?, quiero decir, ¿te interesaría?

Sebastian levanta la cabeza y sonríe a Carlisle. —¡Oh, vaya sí me interesaría! —Prácticamente explota de emoción.

Todos nos reímos de su felicidad y Carlisle se levanta. —De acuerdo entonces, vamos hacia mi quiosco por las plántulas, y puedes ayudarme antes de que llegue mi hija.

Carlisle mira a Edward que le asiente. Luego él y Sebastian salen, y yo los sigo lentamente, manteniéndome a una distancia prudencial de ellos.

—¿Así que tienes una hija y un hijo? —pregunta Seb.

—Sí, se llama Alice. También tiene una hija y un esposo.

—Vaya, ¿también eres abuelo? —Sebastian salta mientras camina, y no puedo evitar la risa que se me escapa.

—Eso soy, pero a mi nieta no le gusta plantar flores; sólo le gusta cortarlas. —Se ríe entre dientes, y Sebastian ríe con él.

—Sin embargo, ¿por qué estamos plantando crisantemos ahora? —pregunta Seb, y Carlisle detiene sus pasos y se vuelve hacia él.

—¿Por qué preguntas eso, Sebastian? —Su ceño se frunce y su expresión es de perplejidad.

—Mi mami también los planta, pero me dijo que hay que plantarlos en primavera.

—Ah, ya veo—. Continúa caminando—. A mí me gusta plantarlos cuando están en flor. Quedan bonitas y a mi hija le encantan. Así que los compro en las macetas cuando están floreciendo. Luego los planto en el jardín porque para mí quedan perfectas en otoño. —Responde con naturalidad.

Sebastian se queda un momento mirándolo a la cara. Está pensativo, pero finalmente asiente. —De acuerdo, si crees que es lo mejor, los plantaré para tu hija.

Oigo la risa de Edward detrás de mí y me giro hacia él. —¿Estás espiando? —le pregunto.

Se encoge de hombros. —No más que tú.

Caminamos hasta el banco que hay junto al quiosco y soltamos una risita mientras escuchamos a Carlisle y Sebastian prepararse para su actividad.

—Tu padre es maravilloso, Edward. —Lo miro y veo una enorme sonrisa en su cara.

Es contagiosa y reflejo su alegría.

—Estaba muy nervioso por conocer a Seb. —Empieza a acariciar distraídamente un mechón de pelo que descansa sobre mi hombro. No lo aparto. Disfruto del tierno contacto.

—Es comprensible; Seb también tenía miedo de venir hoy. —Me encojo de hombros—. Pero todos nos preocupamos por nada.

—A veces siento que siempre me estoy preocupando.

Frunzo el ceño al ver que la felicidad de Edward se transforma en una ligera tristeza. —Te preocupas mucho por tu padre, ¿verdad?

—Todo el tiempo. —Tiene los ojos fijos en el dedo mientras sigue dándole vueltas.

—Es diferente para ti que para mí. Sebastian es joven, y está recibiendo la ayuda que necesita. Pero tu padre estuvo perdido mucho tiempo. —Me giro un poco y tomo su mano en la mía—. Edward, tu padre fue un ángel olvidado, pero afortunado. Conoció a una mujer increíble y crio a unos hijos excepcionales. Desafía las probabilidades y es capaz de hacerlo porque tiene un amor tremendo en su vida.

Edward me mira a los ojos, y espero que pueda ver la sinceridad y la verdad allí. —¿Dónde has estado? —susurra y me acerca un poco más a él.

—Vengo de un lugar que comprende. No es complicado, Edward. —Suelto una risita y me siento aliviada cuando me sonríe.

—No sé si nos habríamos cruzado alguna vez de no ser por tu hijo errante. Creo que le compraré un automóvil cuando tenga dieciséis años para agradecérselo.

Yo suelto una carcajada—: Genial, es una cosa menos que tendré que regalarle.

Nos miramos fijamente durante lo que parece una eternidad. Sus ojos pasan de los míos a mis labios y empieza a acercarse a mí. Mi corazón se acelera, pero donde normalmente habría miedo hay satisfacción. Quiero besar a este hombre.

Justo antes de que sus labios rocen los míos, oímos un chillido alegre que nos hace dar un respingo y mirar hacia el alboroto.

Una niña pequeña con rizos rojos salta hacia nosotros gritando. —Tío Eddie, te he extrañado.

Edward se levanta rápidamente y abre los brazos. Ella salta hacia ellos con tanta fuerza que Edward se tambalea un poco hacia atrás.

—Eh, princesa, tienes que bajar un poco el ritmo. —Juntos se convierten en una sinfonía de risas.

—Lo siento, tío Eddie, te he extrañado mucho. —Ella lo besa la mejilla y él la aprieta fuerte.

—Yo también te he extrañado, enana; ahora, ¿dónde están la enana semigrande y su acompañante masculino? —La baja y ella se ríe más fuerte.

—Eres gracioso, tío Eddie, mamá y papá están dentro con Nana. —Se gira y por fin me ve. Sus ojos se abren de par en par y sonríe a Edward.

—¿Es tu novia, tío Eddie?

La cara de Edward es casi cómica. No sé si es terror, humillación o pavor. Sé que necesita que lo rescaten.

—Me llamo Bella, y soy una muy buena amiga de tu tío. —Le tiendo la mano.

Ella vuelve a soltar una risita y la estrecha. —Mi nombre es Katie, pero cuando estoy en problemas es Katherine Marie Whitlock.

—Bueno, estoy segura de que no te metes en muchos problemas —digo, y Edward se echa a reír.

—Oh, sí que se mete. Es una gran alborotadora. —Le da un codazo a Katie y ella se ríe.

Después de unos minutos en los que Edward y Katie se empujan y se persiguen, Carlisle sale del quiosco. Se está limpiando las manos con una toalla y tiene una sonrisa jovial en la cara. Observa a su hijo y a su nieta con asombroso orgullo.

—¡Poppie! —grita Katie y corre hacia él. Pero justo antes de chocar, se detiene y extiende los brazos. Él se agacha y la coge en brazos.

—Hola, mi bichito Katie. —La abraza con fuerza y luego la deja en el suelo y se arregla la ropa.

Sebastian se escabulle detrás de Carlisle y corre hacia mí. —¿Quién es? —susurra.

—Es la sobrina de Edward, Katie. —Se queda mirándola y veo que Katie le sonríe a Seb y le hace un pequeño gesto con la mano.

—Ve a saludar, cariño. —Niega con la cabeza—. ¿Quieres que te acompañe? —Asiente.

Caminamos hacia ella y le presento a Sebastian a Katie.

—¡Hola, Sebastian! —Su voz es muy amable, pero Sebastian parece muy incómodo y da un paso atrás.

—Cariño, ¿estás bien? —Menea la cabeza y vuelve corriendo al quiosco. Me vuelvo hacia Katie.

—No eres tú, cariño, mi hijo sólo es tímido. —Sonrío, y ella se encoge de hombros y se aleja corriendo hacia la casa.

—¿Está bien? —me pregunta Edward mientras me pone la mano en la espalda y me acompaña al quiosco.

—Lo estará. —Camino alrededor de la estructura llena de flores—. ¿Seb, cariño?

Edward se queda en la entrada y yo empiezo a mirar debajo de la mesa y las sillas. Por fin localizo a mi pequeño detrás de uno de los arbustos.

Está sentado en el suelo, con las rodillas apoyadas en el pecho, los brazos apretados alrededor de ellas y la cabeza apoyada en las rodillas.

—Ángel —susurro, e inmediatamente me siento a su lado y lo subo a mi regazo.

—Está bien, Seb; no tienes que volver a hablar con Katie. —No dice nada—. Cariño, ¿puedes mirarme? —Deslizo mi dedo bajo su barbilla y trato de levantar su cabeza, pero no se mueve.

Respiro hondo, cierro los ojos y lo acuno.

—¿Puedo hacer algo, Bella? —Levanto la vista y veo a un Edward muy preocupado que se cierne sobre nosotros.

—No, pero gracias, solo necesitamos unos minutos. —Esbozo una sonrisa, pero la verdad es que no sé si unos minutos serán suficientes.

—Claro, iré a decirle a mi padre que les dé un poco de privacidad. —Mira a Seb y puedo ver cómo desea desesperadamente arreglarlo todo.

Cuando se va y nos quedamos solos Seb y yo, decido cantarle la canción que inventé cuando era bebé y no podía dormir o estaba inquieto. Es la melodía de You are my Sunshine, pero quería que fuera especial, así que la cambié un poco.

Te amo, Sebastian, oh sí, te amo

Cuando no estás cerca de mí, estoy triste.

Te amo, Sebby, lo hago,

Oh, Sebastian, te amo.

Me siento y lo acuno, repitiendo la canción una y otra vez hasta que siento que su forma rígida empieza a ablandarse.

Le beso la cabeza y le digo todas las razones por las que es especial para mí, hasta que por fin suelta los brazos de las piernas y me los rodea por el cuello.

—Ahí está mi dulce niño —le susurro al oído y continúo meciéndolo.

—Lo siento, mamá —dice y sus suaves sollozos llenan el espacio que nos rodea.

—No lo sientas, Seb, no has hecho nada malo. Este es un día duro para ti. —Le froto círculos en la espalda.

—Ella me asustó. —Su voz tiene hipo.

—¿Cómo te asustó, cariño?

Se encoge de hombros y deja de sollozar. Me mira con los ojos rojos y la cara agotada. —No sé.

Asiento. Le beso la frente.

—¿Quieres irte a casa?

Sus ojos se mueven de una forma que sé que significa que está pensando.

—¿Crees que ahora todos me odian? —pregunta mientras sus ojos se centran en los míos.

—En lo absoluto, todos lo entienden, confía en mí.

—Bien, mamá, lo intentaré otra vez. —Se baja de mi regazo y me tiende la mano para ayudarme a levantarme. Me río de sus modales ejemplares.

Finjo utilizar su fuerza para levantarme. —Gracias, Seb.

No me suelta la mano mientras caminamos hacia la gran terraza cubierta donde se ha reunido todo el mundo.

Al llegar a lo alto de la escalinata, me doy cuenta de que todo el mundo sigue en lo suyo. Carlisle está asando en la parrilla; Esme está sentada en el columpio del porche con Katie, inmersas en una conversación. Las dos personas que no reconozco, pero que supongo que son la hermana y el cuñado de Edward, están al lado de Carlisle hablando.

Edward abre de un empujón la puerta con mosquitera y me dedica una enorme sonrisa, y luego mira a Seb.

—Bueno, amigo, ¿te gustan los perritos calientes, las hamburguesas o el pollo? —Actúa como si nada; todos lo hacen.

—Me gustaría un perrito caliente, por favor. —La voz de Sebastián es baja y se está ocultando detrás de mí.

—De acuerdo, ¿y tú, Bella?

—Pollo, por favor —Sonrío y digo—, gracias.

Él asiente y se dirige a su padre, diciéndole que hay un perrito caliente y un pollo añadidos a la lista de cosas que hay que asar.

Me acerco a la mesa y Sebastian se sienta a mi lado. Jugamos a la guerra de pulgares, y está tan absorto en el juego que ni siquiera se da cuenta de que todo el mundo se sienta.

Su racha de victorias se ve interrumpida cuando le ponen delante un perrito caliente.

—Mamá, tengo que lavarme las manos.

Esme escucha a Sebastian y se ofrece a llevarlo. Al principio, él rehúye la mano tendida. Pero Esme insiste de un modo que resulta sencillamente agradable.

Al final la coge.

Una vez dentro, relajo el cuerpo contra el asiento.

—Toma. —Edward me tiende una copa de vino—. Parece que te vendría bien.

—Gracias. —Le doy un sorbo al delicioso vino y me concentro en mi respiración. Estoy agotada; cada vez me siento más cansada.

—Mientras Sebastian está dentro, quiero presentarte a mi hermana, Alice, y a su esposo, Jasper. No creí que Sebastian estuviera de humor para hacer más presentaciones. —Se encoge de hombros, y vuelvo a enamorarme de su consideración.

Nos presentamos rápidamente antes de que Sebastian vuelva, y ambos parecen maravillosos.

La comida transcurre en silencio, con la excepción de Katie, que habla del colegio y de sus clases de baile, y de cómo quiere ser animadora pee wee (3) o como se llame.

Sebastian la observa como un halcón. Lo veo absorber cada palabra que dice. Incluso sonríe a veces, cuando ella cuenta una historia divertida sobre algo que le ha pasado en el colegio.

—Parece que te gusta mucho el colegio, Katie —le digo cuando por fin respira.

—Me encanta. Tengo muchos amigos y siempre estoy ocupada, y mi mamá es la madre del aula este año, así que puede ir a todos los viajes escolares y...

Carlisle la interrumpe—: Por favor, Katie, más despacio, y habla más bajo. —Su cara está tensa; está claro que está llegando a su propio límite con su naturaleza hiperactiva.

—Lo siento, poppie. —Ella suelta una risita y se zampa la cena que aún no había tocado.

El resto de la cena transcurre en silencio y Alice y Esme empiezan a recoger la mesa.

—¿Me permites ayudar, por favor? —Le ruego, pero Esme no quiere.

—No puedes, Bella, tengo una regla estricta por aquí. No puedes participar en las tareas de limpieza en tu primera visita. —Sonríe y me aparta la mano del tazón vacío que esperaba llevar dentro.

—¿Así que lo que estás diciendo es que puedo limpiar la próxima vez? —pregunto, y ella se gira y me guiña un ojo.

—Parece que vas a tener que volver y averiguarlo. —Ella se desliza dentro, y de repente siento la mirada de Edward sobre mí.

—¿Qué miras, ojos verdes? —pregunto, y él se ríe entre dientes.

—A ti, ¿por qué, no era lo suficientemente obvio? —Ensancha los ojos cómicamente y hace una mueca divertida. Sebastian y yo estallamos en carcajadas.

—Quizá bebiste demasiado —digo mientras nuestras risas empiezan a apagarse.

—Una cerveza y una copa de vino en tres horas no son demasiado.

Carlisle toma asiento junto a Edward y susurra algo al oído de Sebastian. —¿En serio? —Seb pregunta emocionado.

—Oh sí, un nido. —Carlisle dice igual de emocionado.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunto, mi curiosidad se ha despertado.

—El papá de Edward dice que hay una lechuza que vive en su quiosco, y que tuvo crías.

Miro a Carlisle, y su sonrisa es muy brillante. —Eso es increíble.

—Quiere enseñármela, ¿puedo ir a mirar, mami, puedo, por favor, di que sí? —Sebastian se levanta de la silla, saltando.

—Cálmate, cariño. —Le pongo las manos en los brazos—. Respira, relájate. Si vas a ir a ver los bebés pajaritos, tienes que estar tranquilo.

—Polluelos. —Carlisle dice.

—¿Cómo dices?

—Las crías de las lechuzas se llaman polluelos, no bebés pajaritos. —Se encoge de hombros y sonrío.

—Gracias, Carlisle, la verdad es que no lo sabía. A Sebastián le encanta aprender cosas nuevas, y a menudo me informa de esos datos.

—¿En serio? Bueno, Sebastian, si quieres puedo contarte todo sobre las lechuzas mientras caminamos hacia allá. —Me mira—. Quiero decir, si a tu madre le parece bien, claro.

Mirando entre Carlisle y Sebastian, no puedo decir cuál de los dos está más emocionado. —Vayan, chicos —digo entre risitas.

Saltan literalmente de sus sillas y empiezan a caminar hacia el quiosco.

—Hacía tiempo que no veía a mi padre tan contento de hablar con un desconocido. —Edward observa a mi hijo y a su padre con pura alegría.

—Sebastián siempre se ha llevado mejor con los adultos que con los niños de su edad.

—Aparte de mi madre y de mí, no hay mucha gente que tenga la paciencia de escuchar los datos de mi padre.

Me giro y me encuentro con la mirada esmeralda de Edward. —Supongo que entonces es bueno que se hayan encontrado.

Sonríe. —Son igualitos.

Desliza su mano por la mía y se la lleva a los labios. —¿Bella?

—Ajá —digo sin aliento mientras sus labios sedosos me provocan deliciosos escalofríos por todo el cuerpo.

—Sé que es difícil con Sebastian, pero de verdad me gustaría llevarte a una cita. —No me suelta la mano, se la pasa ligeramente por los labios, y mis ojos se quedan clavados en el movimiento.

—¿Bella? —Mis ojos vuelven a posarse en los suyos.

—Perdona, ¿qué dijiste?

Se ríe entre dientes. —Dije que, aunque será difícil, me gustaría llevarte a una cita.

—Ah, sí. Quiero decir, ¿en serio? —¿Por qué estoy tan cándida? ¿Por qué me cuesta creerlo?

—Sí, de verdad.

—Bien, bueno, el padre de Sebastian vuelve la semana que viene. Y Emmett dijo que siempre podía echarme una mano; solo tengo que pedírselo. —Me encojo de hombros.

—Bueno, quiero que te sientas cómoda con ello. —Sus ojos son sinceros y mi corazón florece con la emoción que se agolpa en su mirada verde.

—Sí, Edward, me encantaría tener una cita contigo. —Sonrío y él se inclina hacia mí.

Se detiene con los labios a un centímetro de los míos. —¿Puedo besarte, Bella?

Decido responderle apretando mis labios contra los suyos.

Todo queda en silencio; lo único que puedo hacer es sentir la serenidad que me transmite su beso y el fuego que enciende en lo más profundo de mi corazón.

Nací para besar a este hombre, y no tengo planes de esconderme de esto o tener miedo de lo que una nueva relación podría traer a mi vida y a la de Sebastian.

En este momento perfecto todo se siente bien.

~BoaB~

(3) Las Pee Wee Cheerleaders son niñas menores de 6 años que entrenan para ser animadoras.

~BoaB~

Nota de la autora: No todas las crisis que tienen los niños autistas son ruidosas. A veces son silenciosas para nosotros. Pero dentro de sus mentes es como si se hubiera desatado el caos. No siempre entienden por qué se rompen o cómo controlarlo. De ahí que Seb no supiera por qué sentía miedo.