NOTA:
Bueno, hasta aquí llegamos.
Es curioso cómo ahora llegamos precisamente a la segunda escena que escribí de esta historia, casi cuatro años después. Los dos últimos han sido realmente muy difíciles para mí, en lo personal, familiar y laboral, pero aquí estamos. Y no son halagos vanos, sino absolutamente serios, cuando les digo que ha sido gracias a ustedes. Han sido ustedes quienes me han animado y dado las fuerzas para continuar la historia, recordándome que no la dejara morir, que ustedes estaban ahí, detrás de sus pantallas, esperando por mí. dándome mi tiempo, pero sin presiones. Gracias, de corazón.
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Querida B: faltaba aún el epílogo. Gracias.
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EPÍLOGO
A Reino lo enterraron muy, muy lejos de la casona, en los altos de la montaña, entre pedregales y eriales. No lo querían cerca, donde sus ojos pudieran alcanzarlo ni por casualidad. Ni siquiera marcaron su tumba, porque nadie iría jamás a visitarla, condenándolo al olvido.
Ya de regreso, alguien comentó que no salía humo de la cabaña del viejo pastor y, al subir la alta ladera para comprobar cómo estaba, más de uno se persignó. Todos coincidieron en que allí debía de haber pasado el invierno el monstruo que acababan de enterrar. Y, con tristeza y en silencio, tuvieron que hacer uso nuevamente de las palas, y cavar en la dura tierra, aún casi helada, para disponer de los pocos restos hallados, pero, a diferencia de antes, esta vez rezaron respetuosamente por el alma del pobre hombre, y con una cruz improvisada, señalaron su tumba, para que un sacerdote, en cuanto fuera posible, consagrara la tierra en la que reposaban sus restos mortales.
La algarabía era inmensa… Hoy se había abierto la puerta principal de la casona, dando por finalizado el invierno de manera más o menos oficial, por más que la nieve cubriera aún el valle. Pero lucía el sol, radiante y cálido, y se veía a los pájaros raudos surcando el cielo. La tierra aparecía aquí y allá, en manchones desiguales, despojándose de su manto blanco, mientras los árboles desnudos empezaban a pintarse de tímidos brotes verdes, anunciando a la primavera que se abría camino.
Frente a la casa, los niños, bien abrigados, corrían libres, arrojándose bolas de nieve, persiguiendo a los pacientes perros (que, no obstante, les devolvían las carreras de buen grado), o dibujando ángeles de nieve. Hiou los miraba con algo de envidia, deseando 'solo un poquito' unirse a sus juegos. Pero él ya no podía contarse entre los niños, ¿cierto? Los adultos sacaban banquetas y se sentaban frente a la casa, enfrascándose en animadas conversaciones, a la vez que realizaban tareas sencillas, como cestería o labores de punto. Otros paseaban solazándose en la caricia del sol sobre el rostro o se sumaban a los juegos de los niños. También abrieron las puertas del establo y alguna gallina aventurera fue lo suficiente audaz como para salir y explorar los alrededores en busca de algo más jugoso que su grano seco habitual. Los gansos que no habían sido consumidos durante el encierro invernal, sumamente curiosos, también salieron afuera y pronto acabaron perseguidos por perros, niños y adultos por igual, añadiendo sus airados graznidos al alboroto.
A un ojo extraño, pareciera como si no hubiera pasado nada. Como si la muerte no hubiera caminado entre ellos… Eran gentes sencillas, que habían elegido vivir sin encadenarse al pasado y celebrar la vida, e incluso los dolientes que lloraban la pérdida de algún ser amado a causa del sarampión hallaban cierto consuelo en la luz prístina y cálida, en la renovación del ciclo de las estaciones, porque, al final, después de la oscuridad del invierno siempre llega la luminosa primavera.
El sol estaba ya alto cuando les llegó el murmullo de metales y cascos de monturas. Desde el paso de la montaña se acercaba un grupo, bastante numeroso, de hombres a caballo, en cierto deslumbre ostentoso de doradas armaduras y flameantes estandartes.
Los niños abandonaron sus juegos y, siempre curiosos, apresuraron el paso para salirles al encuentro, pero fueron llamados por sus padres con una orden seca que no admitía réplica alguna. Y sin una sola palabra, sin pensarlo siquiera, los adultos se movieron para formar un sólido muro entre los recién llegados y los pequeños. Hiou, como no podía ser de otra manera, estaba al frente, con los adultos y una mirada desafiante en el rostro.
Cuando la comitiva al fin se detuvo frente a la casona y cesó el estrépito de correajes, monturas y armaduras, el líder se adelantó, saludó a la manera arrogante que se les enseña a los nobles desde la cuna, sin desmontar siquiera, y luego dijo algo que nadie imaginaba y que sorprendió a todos por igual:
—Estoy buscando a Kyoko Mogami.
La aludida exhaló un resoplido rezongado (bastante similar a los de Kanae) y, seguida por Kuon, se abrió paso entre las filas a pisotones. Enderezó los hombros, apretó los puños y alzó el mentón hacia la persona que había preguntado por ella, en una postura que tenía más de ataque que de prudencia, y entre dientes masculló a manera de saludo:
—Shotaro…
Kuon dio un respingo y volvió a mirar al jinete. «¿No era ese el hijo tonto del conde?», se preguntó, «¿El imbécil del que siempre habla Kyoko?». Sin darse cuenta, la postura de Kuon también se tensó. Bueno, pues el hijo tonto del conde (si es que era él y eso es lo que parecía) puso los ojos en blanco y movió la cabeza con exasperación.
—¿Tienes idea de lo preocupado que he estado? —le dijo a Kyoko—. No tenías que haber huido así. —El tono de desgana, de apática indiferencia, era traicionado por el significado profundo de las palabras. La verdad es que en el castillo, cuando amaneció tras el incendio y pudieron contar a sus muertos, echaron en falta a Kyoko. Y también a Reino, pues todos en el pueblo tenían la certeza de que había sido él el responsable de tamaña desgracia. Fue Shotaro quien organizó de inmediato una partida de búsqueda, pero lamentablemente, tardaron bastante en encontrar el rastro correcto de Kyoko. Para cuando estuvieron a punto de alcanzarlos, el invierno ya había cerrado el paso de las montañas, y no les quedó más remedio que volver sobre sus pasos y acampar en el pueblo más cercano hasta que el deshielo les permitiera reanudar la marcha—. De veras, no me causas más que molestias —añadió él, pero el suspiro de alivio desmentía un enojo real.
Kyoko abrió los ojos como platos.
—¿Tú estabas preocupado por mí? —repitió ella, incrédula—. ¿Tú? —volvió a decir—. ¿Es en serio?
—Solo lo justo —admitió él—. Como tu señor, estás bajo mi protección, después de todo… —añadió, empinando la nariz a la vez que dibujaba con la mano una exagerada floritura en el aire.
—No soy ninguno de tus vasallos, Shotaro —protestó Kyoko—. Soy una mujer libre —declaró con vehemencia, alzando un puño para dejarlo bien claro.
—Yaaa…, sí, sí, lo que tú digas —concedió Shotaro, sintiéndose bastante condescendiente, cosa que, evidentemente avivó más las llamas de la ira de Kyoko. Luego señaló con la cabeza al hombre que no se separaba de su lado—. ¿Y este? —preguntó.
—"Este" tiene un nombre, Shotaro —dijo Kyoko, con un suspiro de hastío. En verdad, ¿tenía que ser siempre tan…, tan ¡así!?—. Es Kuon, mi prometido —añadió, señalándolo con la palma de la mano a modo de presentación—. Y este es Shotaro, futuro —enfatizó ella, con retintín— señor de las tierras donde me crié.
Al prometido el corazón le dio un vuelco en el pecho al verse promocionado a una nueva categoría en los afectos de Kyoko. Más atrás, se escuchó alguna risita femenina que —muy probablemente— podría haber sido la de su madre.
Shotaro ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, evaluando al mencionado prometido, que le devolvía la mirada sin vacilación. Era demasiado alto, demasiado rubio, demasiado guapo, demasiado todo… No, no le gustaba demasiado. Pero no era a él a quien tenía que gustarle, ¿verdad?
—Ah, veo que no has perdido el tiempo… —acabó diciendo, apartando la mirada del tipo alto y volviendo a la de Kyoko—. ¿Sabes?, siempre pensé que ibas a quedarte soltera —añadió, con deliberada intención. La comisura de su boca se alzó en una sonrisa traviesa y provocadora. Kyoko se sentía arder de furia, y mientras se preparaba para replicarle con todo su arsenal dialéctico, sucedió un hecho sorprendente: casi de inmediato, de la cara de Shotaro desapareció cualquier viso de arrogancia, e incluso de malicia, dando por finalizada su particular forma de diversión, y fue sustituido por una gravedad absolutamente insólita—. ¿Y Reino? —preguntó. Con esas dos palabras, Kyoko se desinfló al instante y dejó caer los hombros.
—Reino está muerto —le contestó, sin ofrecerle más detalles.
—Mejor para todos —dijo, asintiendo con la cabeza. Shotaro tampoco preguntó más—. No puedo decir que lo lamente —«Ni tú ni nadie», pensaron varios de los reunidos, Kuon y Kyoko incluidos—. En fin —dijo, dándose una palmadita en el muslo, a manera de cierre—. Bueno, como sea. Te veo bien, Kyoko. Me alegro por ti.
—Gracias, Shotaro. No se ha caído el cielo sobre nuestras cabezas por decirlo en voz alta, ¿a que no?
—Tan divertida como siempre —le replicó él, poniendo los ojos en blanco—. En fin, tienes mi permiso para vivir aquí —le dijo, agitando suavemente una mano, en un generoso gesto de magnánima y noble gracia, que a Kyoko (y también a Kuon), por supuesto, le terminó de sacar de quicio.
—¡No necesito tu permiso! —gritó a pleno pulmón, como era de esperar. Las provocaciones infantiloides que puede soportar una mujer tienen un límite (bueno, que Kyoko respondiera exactamente igual es asunto aparte…).
—Ya, ya —replicó él, ignorando deliberadamente la exacerbada réplica de su amiga de la infancia, y que terminó de rematar volviendo grupas y ondeando la mano a modo de despedida, mientras su caballo echaba a andar, dejándola con la boca abierta.
Pero Shotaro sonreía.
Y en lo que la comitiva se alejaba para desandar el camino y llegar al pueblo antes del ocaso, algunos de los caballeros desmontaron para saludar a Kyoko. La rodearon enseguida, la tomaban de las manos, le daban palmaditas en la espalda, y celebraban abiertamente que estuviera a salvo y bien, que su pesadilla se hubiera acabado, y ella lloraba y reía a la vez, desbordada por el afecto brusco de estos hombres, por estas gentes que llevaban meses lejos de sus hogares para buscarla a ella, y les preguntaba ella entonces por sus hijos, por sus esposas y por la salud de las gentes que había dejado atrás.
Shotaro, intencionadamente, ralentizó la marcha.
No los casó el viejo Lory, claro que no. Kyoko se negó rotundamente a eso. Así que a Kuon no le quedó otra que enjaezar al pobre Rufus y llenar la carreta de mercancías hasta los topes (entre las que se incluían los vestidos confeccionados por Kyoko y María), y, con un rezongo (por lo demás, expectante), marchó al pueblo.
Regresó con la carreta llena de provisiones, la bolsa tintineante de monedas y un azorado sacerdote en el pescante.
Hubo fiesta, cerveza, risas y flores bordadas en coloridas telas. También hubo besos y alegrías, claro que sí. Y Kyoko acabó compartiendo con Kuon —en todos los sentidos posibles, el bíblico incluido— la misma cama de su primera noche. ¡Por fin!
Tres o cuatro meses después, Kuon y Kyoko regresaron al paso. Cabalgaban juntos en ese silencio compartido de la mutua dicha. Las flores cubrían las laderas y el verde de los prados altos se mecía al vaivén de la brisa cálida, señalando el inicio de los veranos suaves de la montaña. En algún momento, se detuvieron y Kuon desmontó, y Kyoko extendió los brazos para dejarse caer en los suyos y bajar de la montura.
—Aquí fue —le dijo. Ella abrió mucho los ojos.
—¿Justo aquí?
—Justo aquí —le confirmó él, y tiró de sus manos para depositar un beso en cada una de ellas. Kyoko se ruborizó (aún era recién casada. No hay un límite para cuando se deja de serlo… Bueno, quizás quince o veinte años…)—. Aquí entraste en mi vida para volverla del revés —añadió Kuon. Ella le dio una palmadita juguetona en el brazo y luego se puso a observar el lugar. Era muy diferente de cómo lo recordaba: blanco por completo, con la ventisca cortándole la piel y congelándole los dedos… Así que se puso a examinar con meticulosidad las grietas de la pared rocosa. Kuon la seguía en silencio, las manos a la espalda. Hasta que un rato largo después, sus esfuerzos dieron sus frutos y Kyoko soltó un grito de victoria. De esa grieta en particular extrajo un morral de cuero, su morral, maltratado por su exposición a las bajas temperaturas, la humedad y la nieve, pero por lo demás intacto.
Kyoko se lo llevó al pecho, abrazándolo y sonriendo como una niña el día de su cumpleaños. Ahí se guardaban las pocas cosas que podía llamar verdaderamente suyas y que se había llevado consigo la noche que tuvo que salir huyendo del castillo. La abrió al fin y, mirando a su interior, exhaló un suspiro de esos que significan "Ahora ya todo estás bien en el mundo".
—¿Y por qué la necesitabas tan desesperadamente? —le preguntó Kuon, asomándose por encima de su hombro para inspeccionar el interior.
—Hay un experimento que hace tiempo que quiero hacer —le contestó ella, un tanto enigmática y misteriosa. Y a Kuon le dieron ganas de besarla ahí mismo, mira tú qué cosa más extraña, querer besar a su propia esposa…
Kyoko reservó un tanto de su tiempo para llevar a cabo aquella idea que rondaba por su cabeza durante el invierno, cuando trataba de encontrar algo con lo pudiera aportar honor a los Hizuri (como si sus habilidades cuasimágicas con la costura y el haber diseñado un nuevo tipo de sobrevesta que no hacía más que engrosar las arcas de los Takarada-Hizuri no hubieran sido ya suficientes…). Había decidido inventar su propio color, pero para ello necesitaba el pequeño tintero que guardaba en su morral y una bolsita de cuero con bichitos muertos dentro. Era la suya una tinta en exceso económica, fabricada por ella misma, con la cochinilla* seca de tuneras y nopales, traídos hace décadas de las tierras de Berbería.
Le llevó varios intentos infructuosos (que mermaban sus exiguas existencias) dar con las proporciones correctas de pigmentos, mordientes y fijadores. Y también era importante el tipo de tejido que se teñiría: la absorción y fijación eran mejores en tejidos suaves y ligeros, de hilo o algodón, pero no en la lana, porque la absorción no era homogénea. El resultado era una pieza de un rosa intenso, casi magenta, como de rosales silvestres, un color vivaz y alegre, luminoso, y que contrastaba sobremanera con los oscuros y tristes colores de los habituales tintes caseros. Por ejemplo, si añadía una pizca de índigo, se obtenía un borgoña elegante y sobrio, pero si alteraba las proporciones, recorría la gama entera del etéreo lavanda.
Las señoras del taller estaban revolucionadas. La señora Julie no hacía más que dar saltitos de excitación y dar vueltas de alegría sobre sí misma… Eran muy conscientes de las posibilidades que les abría el hallazgo de Kyoko: explotar nuevos colores y variaciones y aplicarlas en su trabajo diario, poniendo el mercado patas arriba. Lory mismo ya andaba haciendo cálculos mentales de gastos y beneficios, proveedores y distribuidores, precios de venta al público…
A petición de Kyoko, Shotaro fue designado como su proveedor para la cochinilla, dando finalmente buen uso a las tuneras asilvestradas de sus tierras. Los coloridos tejidos se vendían muy bien. De hecho, se vendían tan bien que tenían pedidos de ciudades de todo el país. El viejo Lory se frotaba las manos de satisfacción.
A la luz del candil, Kyoko traza líneas curvas sobre el papel, en elaboradas florituras que semejaban los delicados zarcillos de la vid. Dibujaba el intrincado árbol familiar en la biblia de la familia, añadiendo bajo su nombre y el de su esposo el de su recién nacida. La tinta con la que escribe es de un hermoso violeta, casi rosa, que ha mezclado ella misma para la ocasión.
María tuvo más hermanos, por supuesto. Unos cuantos más, de hecho… Kyoko cierra los ojos y sonríe cuando escucha el sonido de los pasos de sus propios hijos correteando en esta casa repleta.
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-*-*-* FIN *-*-*-
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* Para más detalle, véase capítulo 20.
