Melinda

La sangre era buena. No sabía tan bien como la humana, pero era buena. Había probado la de unos veinte o veinticinco animales diferentes a lo largo de su existencia como strigoi, el sabor no variaba mucho, pero definitivamente ninguno estaba a la altura de la sangre humana fresca.

Contempló el cuerpo sin vida del conejo durante unos momentos mientras lo tenía en sus manos, con la marca de su mordida en el cuello. Jamás se sentía bien al quitarle la vida a un ser vivo, pero era preferible matar a un animal que a un ser humano. Recordaba todos y cada uno de los rostros humanos a los que había asesinado en el pasado, solían desfilar por su memoria de vez en cuando, atormentándola. Habían pasado ya más de treinta años desde el último, pero para ella bien podrían ser cien, el tormento era el mismo.

Colocó al conejo en el suelo con delicadeza, sobre la hojarasca. No siempre se detenía a hacer aquello, había animales que nunca en su vida le habían gustado del todo.

-Lo siento pequeño –dijo cerrando sus ojos color verde oscuro.

Se levantó y emprendió el viaje de regreso a casa, la cual estaba a un par de kilómetros. El bosque era oscuro y tenebroso, pero no había cosa alguna en este a la cual ella pudiera temer. Faltaban pocas horas para el amanecer, pero quería tomarse su tiempo caminando (al fin y al cabo, podía llegar a casa en minutos, si así lo deseaba). Pensaba en que debía hacer ahora que la guerra había devastado casi todo, se sentía afligida, pero de una cosa estaba segura: No quería unirse a los suyos, la mayoría de ellos eran asesinos sanguinarios sin remordimiento alguno. En cuanto a los demás, los lobos y humanos la odiaban por ser lo que era. Estaba sola, siempre lo había estado.

Sacudió su larga cabellera rojiza al percatarse de que tenía hojas secas en ella. El otoño estaba terminando, pero desde hacía décadas eso había dejado de preocuparle. No había que hacer preparativos especiales para la ocasión. Tal vez juntar madera para el invierno, pero aquello era pura costumbre, el frío, a pesar de percibirlo, no la afectaba en lo más mínimo. Debido a esto último casi todo el tiempo vestía con pantalones de mezclilla y alguna camiseta gastada.

Cuando quitó la última hoja de su cabello se percató de que sus manos aún tenían sangre. El apetito se había ido, pero el impulso de lamerla seguía en ella, sus ojos se llenaron de un azul brillante. Aún así, no lo hizo.

Un aroma familiar impregnó el aire. El azul de sus ojos se intensificó más aún. No lo creía posible, pero el apetito regresó como un latigazo.

«Sangre humana»

Pudo olfatearla perfectamente, la fuente estaba a unos trescientos metros de ella. Al principio no sabía que debía hacer, pero después de unos minutos se dirigió hacia el lugar. Llegó a una carretera y a lo lejos vio un auto orillado cerca de un lago. A lo lejos pudo contemplar la situación: Dos strigois habían matado a un adulto de edad avanzada y se alimentaban vorazmente de él. Dentro del auto se encontraban tres personas más, fuertemente abrazadas, una mujer de unos cincuenta años, un hombre de similar edad y una niña pequeña, la cual tenía un oso de felpa entre sus manos. Miraban horrorizados cómo el otro hombre era devorado.

No podía dejar la situación así. En segundos estaba ya frente a los dos strigois, quienes no parecieron notar su presencia, lo cual la llevó a una conclusión: Eran nuevos.

-¿Se puede saber qué creen que están haciendo? –dijo Melinda a los dos.

Uno de ellos se dejó caer al suelo, sorprendido. El otro soltó el cuerpo sin vida del hombre y la miró fijamente. Sus ojos brillaban con el mismo fulgor de Melinda, pero no eran tan intensos.

-¡Ea! ¿Por qué nos sorprendes así colega? –dijo el tipo con una sonrisa llena de sangre.

-No soy tu colega –respondió Melinda con furia.

-¿De qué hablas? ¡Tus ojos! ¡Eres una de nosotros! –dijo el tipo que se había caído, incorporándose y sacudiéndose el pantalón.

-Ustedes son unos monstruos sin corazón –dijo Melinda.

Los dos strigois intercambiaron una mirada confundida y volvieron a mirar a Melinda.

-¿Monstruos? Deberías verte en un espejo cariño –dijo uno de ellos con una sonrisa burlona.

-No tengo tiempo ni deseos de tratar con escoria como ustedes –dijo Melinda.

-¿Ah sí? ¿Qué vas a hacer al respec…? –intentó preguntar el que había caído. Pero antes de terminar la frase su cabeza ya volaba por los aires en dirección al lago.

La niña en el auto emitió una exclamación ahogada y soltó el oso de felpa. El otro strigoi puso una cara de terror al ver lo que acababa de ocurrir e intentó golpear a Melinda, quien fue más rápida y detuvo el golpe con una mano. Al ver esto lo intentó nuevamente pero obtuvo el mismo resultado. Ahora ella tenía ambas manos en su poder, él la miró con los ojos llenos de miedo, ella sólo lo miraba con odio. Aplastó sus manos como si estuvieran hechas de cascarón de huevo, y antes de que él pudiera gritar, también le arrancó la cabeza de un solo golpe. Era una de las pocas maneras de acabar con los strigois, lo cual para un humano común y corriente resultaría muy difícil. Pero para ella era no presentaba dificultad alguna.

Pudo oír a su espalda el sonido del oso de felpa al impactar con el suelo del auto. Se volvió y miró a las tres personas, la miraban horrorizada. Intentó acercarse y ellos se encogieron emitiendo una exclamación.

-Tranquilos, ya están a salvo –dijo Melinda con una sonrisa.

-¡No… no te acerques! –dijo el hombre, su voz estaba llena de miedo y odio.

-Yo sólo los ayudaba… -intentó decir Melinda.

-¡Monstruo!- dijo la mujer.

Aquello no era una novedad para Melinda, estaba acostumbrada a reacciones así. Y en casos así no había nada que hacer. Miró a la niña a los ojos y le sonrió, lo cual pareció calmarla, porque le devolvió el gesto. La niña parpadeó y cuando abrió los ojos Melinda había desaparecido.