Jeff
Dentro del cuarto de baño se encontraba el último de los perros pulgosos. Se habían abierto paso a través del centro comercial que habían estado vigilando desde hacía semanas. Y los rumores eran ciertos: Se trataba de un refugio para los lycaons, los primeros reportes indicaban que había alrededor de cincuenta de ellos ahí dentro, una cantidad nada despreciable. Así que Jeff, el líder del grupo de caza, decidió tomar manos en el asunto. Dirigió un grupo de ciento cincuenta cazadores bien armados e ingresaron desde cinco entradas diferentes al lugar, habían estudiado el comportamiento y los horarios de los centinelas por lo cual tenían una ventaja en el asunto.
Tomaron completamente desprevenidos a los perros, acabando con la mitad en menos de treinta minutos. Hubo bajas humanas, claro, pero comparadas con las de los perros era una victoria aplastante. Para acabar con ellos había que usar plata, las balas normales podían acabar con ellos, pero tenían una descomunal resistencia a ellas. Eran rápidos, pero el grupo parecía estar constituido por lycaons jóvenes e inexpertos.
Jeff tomó su escopeta de caza e insertó dos grandes cartuchos con perdigones de plata. No tenía miedo alguno a los perros ni a las sanguijuelas. Pateó la puerta y entró al baño, seguido de cuatro de sus hombres. Dentro sólo dos de las lámparas en el techo funcionaban. Una de ellas se encendía y apagaba continuamente, había cinco inodoros con las puertas cerradas, el perro tenía que estar dentro de uno de ellos. Se adelantó y pateó la primera puerta, no había nada detrás. Pateó la segunda con el mismo resultado. Pateó las restantes, pero no había rastro de la bestia. Bajó la escopeta y recorrió con la mirada el lugar. Sus ojos grises rodeados con unas espesas ojeras se fijaron en el techo. Había una reja que conducía al ducto de ventilación.
-Ahí –dijo Jeff señalando la reja con su mano llena de arrugas.
-Sí jefe -dijo uno de sus hombres, colocando el arma de pequeño calibre que tenía dentro de su pantalón y colocándose debajo de la reja.
Otro de sus hombres se acercó.
-Necesitarás ayuda –le dijo al otro.
-Agáchate y súbeme con tus manos –dijo.
Obedeció y se hincó, formó con sus manos un arco y el otro apoyó su pie en el mismo. Se elevó un poco y alcanzó la reja, estaba por tomarla con ambas manos cuando desde ésta surgió una mano llena de garras y pelaje oscuro, la cual lo tomó por el cuello. El hombre soltó un grito agudo e intentó zafarse, pero fue inútil, la mano lo arrastró hacia el ducto y los demás pudieron escuchar la carne siendo desgarrada y los gritos de horror del hombre, los cuales no duraron. Después comenzó a caer la sangre.
-¡Atrás! –gritó Jeff.
Los demás obedecieron y retrocedieron, apuntando con sus armas hacia el ducto. Esperaron varios segundos sin respuesta. La lámpara que se encendía y apagaba se apagó de repente con un sonido fuerte que provocó una exclamación de sorpresa en uno de los hombres. De repente la bestia se dejó caer y mientras lo hacía desgarró con su mano la cara de uno de los hombres. El cual comenzó a gritar y tomó su rostro con ambas manos. Los demás comenzaron a disparar a la criatura, Jeff apuntó hacia el torso y descargó uno de sus dos cartuchos. El impacto aturdió por completo al perro. El cual en su desesperación golpeó a otro de los hombres lanzándolo hacia la puerta del baño, la cual se desprendió de su lugar y cayó hacia afuera con el hombre. Jeff descargó su segundo cartucho, apuntando hacia el cuello. El impacto dio de lleno a la bestia destrozándole una buena cantidad de la garganta. Trató de rugir pero sólo se escuchó un sonido ahogado, se desplomó en el suelo.
Jeff recargó su escopeta una vez más y se acercó. El perro había comenzado a perder su pelaje y a recobrar su forma humana. Pudo ver que se trataba de un hombre de unos treinta años. Durante sus últimos instantes de vida lo miró fijamente a los ojos. Jeff pudo sentir su miedo, el cual lo complació bastante. Finalmente la bestia cerró los ojos para siempre.
-Bien, ahora sólo queda apilar los cuerpos de éstas bestias y los de nuestros hombres también –dijo Jeff a los que estaban dentro del baño aún.
-¿Le de siempre jefe? ¿Hacer un recuento de los sobrevivientes? –dijo uno de sus hombres.
-Sí, y ya saben qué hacer con los que fueron mordidos –respondió Jeff.
Los demás intercambiaron una mirada.
-Si jefe, claro –respondió uno de ellos.
Se retiraron a hacer sus labores. Jeff contempló un rato más el cuerpo sin vida del perro-humano que yacía en el piso. Luego miró el cuerpo del cazador cuya cara había sido destrozada, había muerto debido al shock. No había tiempo que perder, alzó su escopeta y disparó hacia su cabeza, destrozándola. Recordó al que había sido arrastrado hacia el ducto y se colocó debajo, la sangre seguía escurriendo. Tomó una botella con gasolina que llevaba atada a la cintura. Roció como pudo los restos que estaban atorados dentro, lo cual no fue muy difícil, ya que contaba con una estatura de casi dos metros y el baño era pequeño. Luego encendió el cuerpo con su encendedor y salió del baño.
Una victoria más, la misión que le esperaba era larga y no iba a ser fácil. Pero estaba determinado a lograrlo. De uno de sus bolsillos sacó un cigarro y lo encendió. Observó cómo sus hombres apilaban a todos los perros muertos y a los cazadores que habían perdido la vida también. Cuando hubo un buen número de ellos apilados, les prendieron fuego.
