Anneke
La luna brillaba intensamente esa noche, alumbraba el bosque debajo de ella. Anneke la contemplaba con los ojos muy abiertos, teñidos de un negro abismal. Sonrió y recorrió su boca repleta de colmillos con la lengua. Tenía hambre y esa noche se daría un festín con tres humanos que había seguido desde hace un par de horas. Podría regresar y avisar al resto del grupo, claro, pero no quería compartir las presas esa noche.
Cuando la luna se encontraba llena su fuerza se incrementaba increíblemente. Podía sentir como le hervía la sangre y esa extraña sensación en su cabeza, como si todo a su alrededor vibrara. Era de las más poderosas del grupo, superada, tal vez, sólo por Johan, y Mikael, su hermano y el líder de la manada.
Debían ser ya la una de la madrugada. Ya era tiempo. Lentamente se desnudó a la luz de la luna. Sacudió su larga cabellera negra y contempló su excepcional cuerpo. Estaba enamorada de sí misma.
«No existe mujer más hermosa que yo, no existe»
Extendió los brazos y miró hacia el cielo. Cerró los ojos y comenzó su transformación. Lo había hecho mil veces y ahora resultaba tan simple como respirar. Primero las garras se extendieron en sus manos. Luego su quijada cambió de forma humana a aquella propia de una bestia. Luego el resto de los huesos de su cuerpo. Dolía, sí, pero el dolor significaba que estaba viva, y lo disfrutaba. Por último el pelaje. Fino como su cabello pero corto. Sentía esa increíble sensación de poder recorriéndole el cuerpo. Estaba lista.
Descendió corriendo en cuatro patas la colina en la que se encontraba. Se dirigía hacia una pequeña cueva en la que había una fogata que había sido encendida por sus presas. Llegó con un salto frente a la misma y vio a los tres durmiendo pacíficamente. Se le hacía agua la boca. Tomó a uno de ellos por el cuello y lo levantó bruscamente. Se trataba de un hombre, el cual al verla comenzó a gritar, despertando a los otros dos, quienes al ver la situación no lo pensaron dos veces y salieron corriendo hacia la oscuridad.
-¡No! ¡Por favor! –dijo el hombre que Anneke sujetaba por el cuello con los ojos aterrados.
Anneke abrió la boca y lo mordió profundamente en el cuello. El hombre gritó pidiendo piedad. Cerró los ojos y saboreó la sangre y la carne es su boca. Ni siquiera se molestó en masticar, lo tragó de golpe y procedió a seguir comiendo. Los gritos del hombre sólo la excitaban más.
Cuando hubo devorado una buena parte arrojó el cadáver al suelo y olfateó el aire. Los otros dos no estaban lejos. Trepó a un árbol cercano y saltó de éste hacia otro. Avanzaba más rápido de esa manera. Finalmente pudo ver a uno de ellos cerca. Se adelantó a sus pasos y esperó a que pasara por debajo de ella. Cuando estuvo cerca le cayó encima clavándole las garras de ambas manos en la espalda. El infeliz ni siquiera pudo gritar. Anneke hundió las garras hasta los pulmones. Los sujetó y los arrancó de un tirón. El tipo cayó al suelo en estado de shock babeando y escupiendo sangre. No duró ni un minuto en ese estado. Anneke soltó una carcajada que, en su forma de lycaon sonó aterradora.
Arrojó los pulmones al suelo y salió disparada en busca del último de ellos. Trotaba velozmente ansiosa por probar más sangre caliente. Lo vio a lo lejos tratando de subir a un árbol. Pobre imbécil.
«Humanos»
El tipo se dio cuenta de que ya estaba detrás de él y soltó un grito agudo. Anneke se detuvo un momento. Tomó impulso con las piernas y dio un salto con las garras listas. De repente, una sombra pasó fugazmente frente a ella y el humano desapareció. Anneke dio de lleno contra el árbol, destrozando una buena parte de su base, lo cual provocó que se viniera abajo. Miró en dirección hacia donde se había dirigido la sombra, sabiendo de quién se trataba. Mikael sostenía al humano del cuello, el cual ya estaba roto.
-¿Así que pensabas que podías quedarte con todo esto eh? –dijo Mikael mirando a Anneke con ojos furiosos.
Anneke se enfureció y en segundos recuperó su forma humana. Tenía la boca y las manos llenas de sangre.
-¡No puedes decirme qué hacer! –gritó a Mikael.- ¡Son MIS presas!-
-¡Eso sólo lo decido yo! –respondió Mikael con un tono de voz imperante.
Mikael compartía el cabello largo y negro de Anneke. Pero era más alto, y corpulento. Esa noche vestía todo de mezclilla, como todo el tiempo.
-¡Cómo osas interrumpirme así! –gritó una vez más Anneke.
-¡Calla y ve con los demás! ¡Ya te he dicho que no puedes privar a los demás del alimento! –respondió Mikael.
-Por lo que a mí respecta todos los demás pueden morirse de hambre –dijo Anneke escupiendo al suelo.
Mikael dejó caer el cuerpo al suelo.
-¿Cómo puedes decir eso de tus hermanos de sangre? –preguntó a Anneke.
-Sólo tengo dos hermanos, sólo me importan ellos dos –respondió Anneke bruscamente.
-Basta ya… por favor… estoy harto de pelear contigo, ve con los demás –dijo Mikael cerrando los ojos llevando una palmada a su frente.
-Eso no se quedará así –dijo Anneke y se dio la vuelta.
Se alejó a regañadientes, pasó por su ropa donde la había dejado y se vistió. Ni siquiera se molestó en limpiarse la sangre, no le importaba lo que los demás llegasen a pensar de ella.
El negro en sus ojos se fue desvaneciendo hasta recobrar su color café claro. Mikael la reprendía continuamente por sus acciones y ella ya se estaba cansando. Pero si había un lycaon al que ella temía, era él.
