Greg
Faltaban pocas horas para el amanecer. En las afueras había un ejército de perros esperando atacarlos tan pronto el sol saliese. Los perros eran menos, pero durante el día tendrían una buena ventaja y lo sabían. Greg maldijo en silencio pensando en qué debían hacer. Uno de sus superiores en la cadena de mando había sido muy claro diciendo que debían de conservar aquella ciudad bajo su control, de lo contrario sería una victoria más para los perros, y eso era malo, muy malo, las ciudades en los alrededores de la zona ya eran controladas casi en su totalidad por los perros.
Se encontraba en lo alto de un edificio que anteriormente había servido para servicios públicos, al parecer algo relacionado con el servicio de distribución del agua. Observaba una de las autopistas en las afueras, que conducía hacia Crystal Lake, otra ciudad dominada por los perros, con algunos escasos humanos escondidos, según había escuchado.
-No lo entiendo, hay luna llena, ¿Por qué no atacan ahora que son más fuertes? –dijo Palmer al lado suyo.
Palmer era un excepcional guerrero, pero lo que le sobraba en habilidad de batalla le faltaba en cerebro.
-Palmer, ellos tienen una gran ventaja sobre nosotros en la luz del día –dijo Greg con un tono molesto.- Es una estrategia que han utilizado desde hace años.
-Oh –exclamó Palmer bobamente.- Entonces, ¿Por qué no los atacamos ahora? ¡Tenemos al menos mil soldados más que ellos!
Greg se dio una palmada en la frente.
-Palmer, tú mismo acabas de decir que hay luna llena, estamos en desventaja tanto de día como de noche –Greg miró hacia una gasolinera cercana a una de las entradas de la autopista que había visto anteriormente.- De haberse tratado de cualquier otra noche ya habríamos atacado, pero no podemos hacerlos ahora, ellos esperaron precisamente hasta ahora para atacar, entiéndelo de una buena vez.
Palmer permaneció callado. Tenía el rostro perplejo.
-Por ahora sólo ve y dile a Emerson que encierre en los edificios más seguros a nuestras reservas, y no olvides esto, tiene que haber prioridad para los más jóvenes, podemos prescindir de los viejos –Greg se detuvo un momento.- Lo que es más, selecciona a los más viejos de ellos, tal vez nos sirvan como señuelos, al fin y al cabo su sangre rancia no le apetece a nadie a menos que no haya nada mejor.
-Desechar a los viejos, guardar a los jóvenes, ¡Bien! –dijo Palmer entusiasmado.
-Sí, y Palmer, date prisa, no tenemos mucho tiempo.
Palmer asintió y se aproximó hacia el borde de una ventana rota. Miró hacia abajo, debían de estar a una altura de unos treinta y cinco pisos. Soltó un silbido que hacía siempre que estaba feliz y saltó perdiéndose en las sombras con un grito de alegría.
Greg miró una vez más hacia la gasolinera. Tomó la espada de plata que lo había acompañado a través de los siglos, la cual estaba en su cintura. Era un guerrero excepcional al mando de todos los demás que se encontraban en la ciudad. No poseía una altura magnífica, apenas y alcanzaba los 1.70 metros, pero su habilidad con la espada era casi imposible de igualar. Prefería tener el cabello corto como todo buen soldado y procuraba siempre mantenerse pulcro. Vestía una gabardina negra y botas de cuero.
El cielo detrás de las colinas a lo lejos comenzaba a tornarse de azul oscuro a azul claro. Ya faltaba poco. Se quitó la gabardina para que no le estorbara en batalla y la arrojó al suelo. Se acercó al borde por el cual Palmer había saltado hacía momentos atrás y también saltó hacia abajo. Sintió las ráfagas de aire recorrerle el cuerpo y finalmente sus pies chocaron contra el suelo, con gran delicadeza y sin hacer ruido alguno.
Sus ojos se tornaron de aquel azul brillante característico de los suyos. Soltó un grito gutural que debió haber sido escuchado también por los perros a los lejos. En segundos sus subordinados se reunieron alrededor suyo. Todos armados hasta los dientes con armas de alto y bajo calibre, y las bolsas repletas de balas de plata.
-No tenemos alternativa, reúnan a sus fuerzas y refúgiense en los edificios más resistentes, refuercen las entradas y coloquen barriles de combustible en al menos los primeros cinco pisos de cada edificio –en aquel momento llegó Emerson sosteniendo sus compañeras de batalla, un par de revólveres monstruosos tan viejos como él.- Una vez que entren hagan que estallen, con suerte eso matara a algunos.
-Los humanos ya están siendo trasladados a un lugar más seguro, los viejos están siendo atados en las entradas de edificios señuelo llenos de explosivos –Emerson pareció dudar un momento.- Gillan, ¿No crees que es una trampa demasiado obvia? –preguntó mirando a Greg.
-Vaya que lo es –respondió Greg.- Pero tal vez eso ayude, además esos perros estarán extasiados por la matanza y no razonarán de lo mejor.
-Eso espero –dijo Emerson, que ya estaba cargando sus revólveres lentamente.
-Vayan ahora a sus puestos de batalla, y espero volver a verlos a todos para festejar la victoria –dijo Greg desenfundando su espada y alzándola hacia el cielo.- ¡HASTA LA MUERTE! –gritó con su voz gutural imponente. Seguro de que al menos uno de los perros en las cercanías había temblado de miedo al escucharlo.
Los demás respondieron desenfundando sus armas y apuntando hacia el cielo también, soltando gritos guturales, aunque ninguno con la intensidad de Greg. Luego desaparecieron dirigiéndose en todas direcciones. Emerson se quedó unos minutos más.
-¿Por qué querrán que mantengamos éste pedazo de porquería de ciudad? –preguntó Emerson a Greg.
-Es algo más simbólico que estratégico –respondió Greg bajando su espada.- Si huimos y les entregamos la ciudad sin pelear, la moral de los perros se elevará y la de nuestros soldados decaerá –Emerson asintió.- Si perdemos, al menos habremos peleado con honor.
-¿Sabes que hay rumores de una creciente hermandad sin estandartes en la capital del país? –preguntó Emerson.
-Los escuché esta mañana, pero ahora no es el momento de discutirlo, ve con tus hombres Emerson, suerte –respondió Greg.
Emerson sonrió e hizo un gesto de despedida con la mano hacia Greg, luego se desvaneció. Después de eso un trueno retumbó a lo lejos anunciando una posible lluvia que se acercaba. Aquello supondría un alivio para sus tropas, pero las estrellas aún eran todas visibles en el cielo y no creía que hubiera agua en al menos cinco horas.
Se dirigió hacia la gasolinera que había visto desde lo alto del edificio y una vez ahí pudo olfatear a los perros, estaban cerca. Se arrodilló y apretó con su mano izquierda el crucifijo de plata que tenía colgado del cuello, hacía mucho que había dejado de creer en la existencia de algún dios, pero lo conservaba por su valor sentimental.
«¿Debería rezar?»
Mientras yacía arrodillado esperando el amanecer recordó a aquella mujer que había visto hace cincuenta años, ninguna otra mujer lo había marcado tanto en la vida ni lo había hecho preguntarse el propósito de su existencia.
«Melinda, dijo que su nombre era Melinda»
