Kenneth
Lycaons, strigois y humanos viviendo en paz y armonía. ¿Y peleando por una misma causa? ¡Sí claro! Kenneth había escupido la comida que estaba masticando cuando le habían dicho aquello, y había reído como nunca en su vida. Aún si fuera cierto, a todo humano que ayudase a las sanguijuelas o a los perros sería considerado como traidor a su causa y enemigo imperdonable. Así se los había dicho Jeff.
La familia de Kenneth, con excepción de su hijo, había sido masacrada por un par de perros años atrás, antes de la guerra civil. De no haber sido por Jeff, Kenneth y su hijo Steve habrían muerto también. Después de aquello habían recurrido a las autoridades para que buscaran a otros perros pulgosos. Pero por aquel entonces su existencia aún no era reconocida y tanto Jeff como Kenneth habían sido tachados de locos.
A partir de entonces se había obsesionado con acabar con todos los perros. Y junto con Jeff comenzó a reclutar personas para la inevitable guerra que se aproximaba, a pesar de los reclamos de su hijo, quien al parecer era demasiado estúpido para no guardar rencor hacia los perros. Había tenido muchas discusiones con él, quien trataba de persuadirlo para alejarlo de Jeff. Pero no había marcha atrás.
Contactaron a gente que había sido atacada también, los reunieron a través de internet y compartieron testimonios, organizaron reuniones y esparcieron la palabra. Kenneth recordaba muy bien las reuniones, y cómo parecían ser casi unos fanáticos religiosos con Jeff como su sacerdote, un tipo canoso y alto de voz profunda.
Cuando ya contaban con una buena cantidad de hombres entre sus filas los rumores de los ataques de los perros se acrecentaron… pero entonces también empezaron los de las sanguijuelas. Al principio no le dio mucha importancia a ellos, no tenía nada en contra de los chupasangre, no por aquel entonces.
Luego sucedió el incidente conocido como "El día del amanecer rojo", el cual ocurrió cuando una buena cantidad de perros y sanguijuelas liberaron una batalla que duró toda la noche en la capital del país. Con cientos de fotografías y videos de evidencia tomados por ciudadanos comunes, el gobierno ya no pudo negar su existencia y, una vez controlada la situación, tuvo que hacerse el anuncio públicamente por televisión, causando euforia y temor a lo largo y a lo ancho del país.
Después de eso todo aconteció muy rápido y Kenneth no podía recordarlo con claridad, hubo matanzas, protestas y finalmente la ley que buscaba armonía para las tres (si es que sólo se trataba de tres) especies.
Actualmente se encontraba en una ciudad llamada Blackwater Park, que había resistido la invasión tanto de perros como de sanguijuelas, contaba con algunos de los más preparados soldados del país. Un humano solo no representaba amenaza para ellos, pero bien organizados y equipados eran una fuerza demoledora, y Kenneth estaba orgulloso de pelear con ellos. Él mismo presumía de haber acabado con treinta perros pulgosos, incluso aún conservaba el cráneo humano del primero al que había matado. En cuanto a sanguijuelas, bueno, decía que había atinado un disparo a una durante una batalla, pero no muchos le creían.
Se preguntaba cuál era el propósito de las sanguijuelas, claramente su prioridad era acabar con los perros, pero no veía por qué querrían acabar con todos los humanos, cuando ellos eran su fuente principal de alimento.
Era una bonita noche lluviosa, estaba cenando una lata maíz al lado de su hijo y de algunas personas más. Jeff se había marchado de la ciudad días atrás llevándose una buena cantidad de hombres. No habían sabido nada de él, pero Kenneth sabía que estaba vivo, a pesar de su edad, ése tipo era un viejo hueso duro de roer. Mientras tanto, Kenneth estaba a cargo de Blackwater Park y no podría estar más contento. Se pasaba el día gritando órdenes a sus subordinados, quienes no parecían tenerle el aprecio que tenían hacia Jeff, siempre lo obedecían de mala gana, lo cual sólo aumentaba el ego de Kenneth.
Steve terminó su cena y se fue sin mediar palabra alguna a nadie. Estaba de mal humor, como ya era típico de él. Kenneth no le dio importancia y siguió masticando con gusto su maíz.
-¿Es que nadie va a mencionar que hoy tenemos luna llena? –dijo alguien al otro lado de la fogata.
-Todos lo sabemos idiota –le respondió uno al lado suyo.
Hubo un momento de risas desanimadas.
-No te preocupes –dijo Kenneth.- No ha habido actividad reciente por parte de los perros desde hace un mes, por eso Jeff salió de la ciudad y aún si atacan hoy estamos tan preparados como siempre –vio que su lata estaba ya vacía y la arrojó al fuego.- Además –dijo poniéndose de pie.- Ya nos han atacado antes con luna llena y han perdido inevitablemente, ¡No pueden contra la toda poderosa Blackwater Park!
Uno de sus hombres se levantó y se paró erguido, se llevó una mano a la frente y dijo con tono burlón.
-¡Señor, si señor! –
Los demás rieron con entusiasmo esta vez. Kenneth claramente se molestó.
-¡Silencio! –gritó y todos se callaron.- Vayan a sus puestos de guardia, yo iré a dormir tranquilamente, no permitan que se infiltre otra de esas bestias o lo van a lamentar.
Los demás intercambiaron miradas nerviosas y se fueron retirando uno a uno. Kenneth los había puesto en su lugar. Sonrió para sus adentros.
Tomó la escopeta que llevaba siempre consigo y se la colgó al hombro. Empezó a andar hacia el hotel más lujoso en la ciudad, ahora sin personas que lo atendieran, pero no dejaba de ser lujoso. Las calles eran recorridas por centinelas equipados con radios, lámparas y municiones de plata. Siempre en pares. Kenneth, por el contrario, siempre caminaba solo. Era un tipo de estatura promedio y regordete, con la cabeza casi calva, por lo cual usaba todo el tiempo una boina color café que su esposa le había regalado años atrás. Se afeitaba el bigote cada mañana pero la barba siempre era una maraña de pelos disparejos, no le gustaba admitirlo, pero las arrugas de la edad empezaban a ser prominentes en su rostro,
En las calles el alumbrado público funcionaba perfectamente, habían logrado hacer funcionar la planta de energía que se encontraba en el centro, consideraba una bendición que entre sus hombres hubiese personal capacitado para manejarla.
Después de casi una hora llegó al hotel, en la entrada había dos tipos montando guardia. Cada uno con su taza de café, saludaron a Kenneth cuando cruzó la puerta y entró a la sala de estancia. Caminó hasta el elevador, ingresó y marcó el botón del puso número quince. Dio un suspiro, se quitó la boina y se rascó la cabeza. Había sido un día largo y arduo. A pesar del tiempo que llevaban en la ciudad aún había lugares que necesitaban ser reforzados con murallas, y había supervisado las construcciones aquel día gritando órdenes a diestra y siniestra.
La puerta del elevador se abrió y Jeff salió hacia el pasillo, caminó hasta una puerta marcada con "38 B" en una placa dorada, insertó sus llaves y se metió al cuarto. Ni siquiera le apetecía bañarse, dejó su escopeta en un sillón en la sala de estar y fue directamente a su dormitorio, se desplomó sobre la cama y se quedó dormido casi al instante.
