Liz

Era una bonita mañana, había lluvia ligera, y Liz amaba aquello. Su pequeño oso de felpa, a quien había puesto el nombre "Jizzie" iba colgando en su mano. Los abuelos habían dicho que se dirigían hacia un lugar donde podrían estar a salvo de todos los monstruos. Iban en el auto a una gran velocidad, tenían prisa y ningún lugar era seguro para pasar la noche, había escuchado decir a la abuela.

Liz contaba con apenas seis años de vida, pero siempre había sido una niña inteligente y consciente de las cosas que ocurrían a su alrededor. Hacía un par de días habían sido atacados por un par de vampiros, y su tío había sido asesinado, hubiesen muerto de no haber sido por aquella muchacha bonita de cabello rojo como el fuego. A Liz le hubiese encantado hablar con ella, pero los abuelos la habían llamado monstruo y ella desapareció en un parpadeo. Se tomaron casi una hora para enterrar a su tío y luego siguieron con su camino.

"Ya falta poco" siempre decía el abuelo con una sonrisa, pero hacía un par de días que Liz había dejado de creerlo. Casi no hablaba, cosa que al parecer tenía preocupados a los abuelos, por las noches los escuchaba decir que la muerte de sus padres la había marcado profundamente. Los extrañaba, si, pero sabía que no volverían, sabía lo que era morir y había llorado por ellos más de una vez, aún hoy cuando los recordaba solía ponerse triste. Pero era fuerte, sabía que la vida seguía.

Había aprendido a leer rápidamente y siempre era vista con un libro entre las manos. Disfrutaba las historias fantásticas sobre caballeros, dragones, duendes y demás criaturas mágicas, las cuales siempre le habían dicho eran sólo historias, y no cosas reales, pero ahora ya dudaba de aquello.

Abrazó a Jizzie y olfateó el cada vez menos perceptible olor a lavanda. Cerró los ojos color avellana y dio un largo suspiro. La abuela la escuchó y miró hacia el asiento de atrás, donde se encontraba Liz.

-¿Todo bien cariño? –preguntó la abuela con una sonrisa.

Liz se limitó a asentir y sonrió también. Los rayos del sol entraban por la ventanilla iluminando su rostro redondo y su cabello moreno rizado. La abuela amplió su sonrisa, parpadeó y fijó su vista nuevamente hacia la carretera.

Lo que más deseaba en ese preciso momento era tener el libro que no había acabado de leer, lo había dejado en casa cuando apenas le faltaban menos de cien páginas para terminarlo. Los abuelos le habían dicho que después podría leerlo, y salieron a toda prisa de casa con un par de maletas en mano.

El abuelo dijo que el tanque de gasolina estaba por vaciarse y que debían encontrar una gasolinera pronto. A Liz se le detuvo el corazón un momento, era fuerte, pero seguía siendo una niña y seguía sobresaltándose con algunos sustos inesperados. Pero a pesar de todo, no solía tener miedo.

Se preguntaba por qué razón la muchacha pelirroja los había salvado, se suponía que todos ellos eran malos, tanto ellos como los otros, los cuales no recordaba su nombre y jamás había visto a uno. El mundo siempre le había parecido enorme y confuso y ahora lo era aún más. No sabía que le deparaba el día de mañana. Lo único que quería justo en ese momento era su libro y nada más.

Imaginó que de grande quería ser como la chica que había visto, veloz y fuerte, así podría defender a sus seres queridos y no tendrían de que preocuparse. Pero para poder llegar a ser así faltaba mucho, mucho tiempo.

Liz se limitó a jugar con Jizzie el resto del trayecto, olvidando por un momento los horrores que sucedían afuera. Mientras los abuelos en el frente seguían hablando sobre cosas que no le interesaban en lo absoluto.