Greg
La batalla había durado todo el día, los strigois más novatos se vieron obligados a encerrarse en los edificios en cuanto el sol salió, tan pronto se dejaron ver los primeros rayos de éste, los perros emprendieron su furiosa carrera contra la ciudad. Greg sintió los rayos del sol en el rostro e inmediatamente lo asaltó ese escalofrío tan molesto, pero era una sensación que había aprendido a soportar. Una gran cantidad de los perros se dirigía hacia la gasolinera en la que él se encontraba, tal como lo había pensado. Se acercó a una de las bombas de gasolina, tomó la pistola y regó una buena cantidad por el piso y encima de la bomba, esperó que los perros se acercaran, sacó un encendedor metálico que guardaba en el bolsillo, lo encendió y lo dejó caer, luego desapareció en un parpadeo. Observó desde lejos como la gasolinera producía una tremenda explosión carbonizando a una buena cantidad de perros y haciendo temblar la tierra. Aquello debió de escucharse muy lejos.
Esbozó una sonrisa, desenfundó su espada y se lanzó para terminar con cualquier sobreviviente, profiriendo gritos para subir la moral de sus camaradas strigois. Al llegar a la gasolinera el calor que sintió fue intenso, pero podía tolerarlo completamente. Del fuego saltaron dos perros que trataron de embestirlo, estaban envueltos en llamas y sus ojos resplandecían furia, Greg fue rápido y decapitó a uno de ellos, el otro logró arañarle el brazo izquierdo, Greg lo apartó con una patada en la mandíbula y luego le atravesó el esternón con la espada, el perro profirió un último aullido y se dejó caer sobre Greg, quien se lo quitó de encima y prosiguió con su matanza.
No muy lejos de él se encontraba el corpulento Palmer, con su arma favorita, una escopeta de doble cañón, la cual sólo podía albergar dos cartuchos, pero él estaba adiestrado y disparaba y recargaba a una gran velocidad. Palmer disfrutaba más que nadie la matanza, vivía para ello. Con cada perro que caía Palmer lanzaba una carcajada.
Los perros lograron irrumpir en un edificio y se metían a montones, Greg masculló una maldición, pudo ver como salían despedidos por las ventas strigois y, al contacto con el sol, se carbonizaban profiriendo gritos. Para los perros era más fácil arrojarlos por las ventanas que pelar con ellos. Escuchó detrás de si los pasos de un perro que se acercaba, sin siquiera voltear tomó su espada y lanzó un certero tajo hacia atrás, momentos después escuchó la cabeza de la bestia caer al suelo. Dirigió una última mirada hacia el inmenso fuego de la gasolinera y se aseguró de que no hubiera más perros, no detectó movimiento, así que procedió a dirigirse al edificio infestado por los perros.
En el camino encontró a varios strigois resistentes al sol, pero los perros eran más y aprovechaban la situación para aislar uno por uno a cada strigoi, para luego atacarlo en grupo y despedazarlo a mordidas. Logró salvar a unos cuantos. Pero la batalla parecía un caso perdido, y el día apenas empezaba.
Otro edificio logró ser irrumpido e invadido por los perros, pero Greg no podía ayudar a todo el mundo, tenían que apañárselas solos. Logró entrar en el primer edificio invadido, saltando a través de una ventana, rompiendo el cristal, y cayendo sobre un perro, cortándole un brazo y luego la mandíbula. Tres perros lo vieron entrar e inmediatamente lo atacaron, Greg tomó a uno por el cuello con la mano derecha y apretó hasta escuchar que algo se rompía, luego jaló y desprendió la tráquea, pateó al perro a lo lejos, con la mano izquierda lanzó abrió el estómago del otro perro y vio sus vísceras caer al piso. El tercero se lanzó hacia él, Greg pasó la espada a su mano derecha e intentó atravesarlo, pero el perro fue más rápido y logró derribarlo, la espada salió volando, Greg estaba inmovilizado en el suelo, la bestia era fuerte, debía de tratarse de un perro de alto nivel, lanzó una mordida a la cara de Greg, quien logró apartarse en el último segundo, con todas sus fuerzas logró arrojar al perro hacia el techo, quien impactó haciendo grietas en éste. Greg corrió hacia su espada y giró rápidamente, el perro ya estaba frente a él. Alzó la espada para lanzar un golpe certero, de repente se escuchó un estallido y el perro salió volando, muerto. Palmer estaba en la ventana por la cual había entrado Greg, mirándolo con una gran sonrisa y mostrando sus colmillos. Su escopeta sacaba humo.
-¿Necesitas ayuda, Greg? –dijo Palmer con un tono burlón.
-Tenía la situación bajo control –respondió Greg sonriendo también.
-Me debes una, lo sabes –dijo Palmer, recargando su arma con un movimiento rápido.
-Tú me debes muchas –Greg limpió su espada.
-No puedes limpiar este edificio solo, vamos –dijo Palmer.
-En eso tienes razón, vamos, no hay tiempo –Greg empuñó su espada y corrió hacia las escaleras más cercanas, Palmer iba detrás de él.
Llegaron hasta una puerta que marcaba "Salida de emergencia", Greg la pateó y lo que vio lo horrorizó: Había al menos treinta perros, estaban devorando los restos de los strigois que no habían lanzado hacia afuera. Palmer y Greg lanzaron un grito gutural que atrajo la atención de todos. Greg se lanzó a la carga, escuchó detrás de él los dos disparos de Palmer y los chillidos de dolor de los perros, Palmer llenaba sus cartuchos con perdigones de plata, los cuales salían disparados en todas direcciones, hiriendo tremendamente a los perros. Greg cortaba y decapitaba, peleando espalda a espalda con Palmer. En minutos la habitación estaba vacía, contemplaron la habitación y a sus camaradas caídos. Por la puerta vieron aparecer a Emerson, quien empuñaba sus dos revólveres, los miró con el ceño fruncido.
-Llegamos tarde –dijo Greg.
Emerson asintió.
-¿Qué esperamos caballeros? Hay un edificio que limpiar –dijo Emerson, quien salió disparado hacia la siguiente habitación. Greg y Palmer lo siguieron.
Tardaron alrededor de media hora en limpiar completamente el edificio de veinte niveles, los tres juntos en aquellos espacios cerrados eran una fuerza imparable para los perros, lograron rescatar a unos cuantos strigois asustados, quienes se unieron a la lucha. Cuando salieron la situación no había cambiado mucho, los perros seguían ganando la batalla. Greg organizó al pequeño grupo que ahora lideraba, del cual sólo unos pocos eran resistentes al sol, profiriendo gritos y liderando el camino, en ocasiones tomando y lanzando hacia atrás a los perros para que sus camaradas los terminaran.
Así transcurrió todo el día, el cielo se estaba tornando de ese color naranja característico de los atardeceres. Faltaba poco para la puesta del sol, la ciudad ya estaba prácticamente perdida, pero una vez que el sol se ocultase todos los strigois serían capaces de salir a pelear. Emerson le informó que uno de los depósitos de humanos había sido encontrado y devastado por los perros, así como todos los strigois que lo vigilaban. Hasta ahora ninguno de los edificios señuelo había funcionado, lo cual no había sido una sorpresa.
-Esto aún no termina –dijo Greg.
-No hasta que todos estemos muertos –dijo Palmer recargando su escopeta y soltando una risa.
-¿Creen que los perros tengan otro as bajo la manga? –preguntó Emerson.
-Aún tienen a la luna de su lado –dijo Greg mirando hacia arriba.
Resumieron la batalla, Greg había perdido por completo la cuenta de cuantos perros había asesinado a lo largo del día. Al parecer Palmer sabía exactamente cuántos había asesinado, uno por cada cartucho disparado. Habían logrado limpiar otros cuatro edificios invadidos. Greg miró hacia lo lejos y observó al sol ocultarse poco a poco detrás de una colina. Esbozó una sonrisa, sabiendo que aún había esperanza. Sus ojos seguían resplandeciendo ese azul intenso, en ellos se reflejó la última fracción del sol mientras este daba paso a la noche.
