Kylessa
Era una noche cálida, Kylessa se quitó la chaqueta de cuero de color café que tenía puesta y la dejó caer en una silla. Contempló el arma automática que tenía en las manos, le gustaba la sensación de poder que le daba.
"Plata para los perros, luz infrarroja para las sanguijuelas" le había dicho Carl en más de una ocasión, Kylessa ya se había cansado de él y de sus consejos estúpidos. Lo que Carl de verdad quería era meterse en sus pantalones, cosa que jamás conseguiría. Lo que más odiaba de él era su estúpida sonrisa, a la cual le hacían falta dos dientes, de acuerdo a él esto lo consiguió en una pelea con un Lycan, pero nadie podía corroborar su historia.
Desgraciadamente Carl, al igual que muchos otros idiotas, poseía un alto rango en Blackwater Park, esa noche a Kylessa le fueron dadas dos opciones: Preparar alimentos en las cocinas o montar guardia en una de las torres, todo el tiempo que llevaba en la ciudad lo había dedicado a cocinar y a decir verdad, estaba harta, así que decidió optar por lo segundo. Además, en las prácticas de disparo no le había ido nada mal.
Kylessa era bajita y tenía un rostro exótico, a algunos les parecía atractivo, otros decían que era un adefesio. Prefería llevar el cabello un poco sobre las orejas, no demasiado largo, en combate el cabello largo podía llegar a ser un problema. El aspecto más llamativo de Kylessa eran sus ojos: Eran de un color púrpura pálido.
Hasta ahora no había tenido encuentro alguno con los strigois, tampoco con los lycaons, por lo cual podría decir que no sentía rencor contra ellos.
Tomó su arma y apuntó hacia fuera de las murallas de la ciudad, hacia un bosque que estaba cercano, eran aproximadamente las tres de la mañana, nada podía verse en la oscuridad. Recorrió el bosque con el ojo derecho fijado en el extremo de su arma, cerrando el ojo izquierdo. No había señales de vida. Bajó su arma y la apoyó en el pecho.
Sintió un malestar en el abdomen, no estaba segura si era la comida o los malditos cólicos que siempre la habían aquejado, masculló una maldición entre dientes. Empezó a sentirse somnolienta también, pronto acabaría su turno, a las 6 de la mañana, entonces podría ir a su departamento y dormir a pierna suelta todo el día si lo deseaba.
En ese momento entró Carl a la habitación, en lo alto de la torre de guardia.
-Buenas noches amor, dime, ¿Has visto algo interesante? –preguntó Carl con su estúpida sonrisa.
-Nada Carl… -respondió Kylessa cerrando los ojos en gesto de desesperación.- Todo está tan tranquilo que empiezo a aburrirme
-Mantén los ojos abiertos, esas sanguijuelas aparecen frente a tus ojos cuando menos te lo esperas, son rápidas como el demonio
-Lo sé Carl, todo mundo lo dice, estaré bien
-Si necesitas ayuda… o compañía, sólo tienes que buscarme –Carl alzó su mano y acaricio el cabello corto de Kylessa, quien alzó a su vez su mano y apartó la de Carl.
-Gracias Carl, lo tendré en cuenta –se esforzó para esbozar una sonrisa.
Carl bajó por un instante la mirada hacia los pechos de Kylessa, pequeños y firmes, luego la miró directamente a los ojos nuevamente.
-Bien preciosa, iré a dormir… descansa cuando tu turno termine- dijo Carl mientras se acomodaba el cabello enmarañado con su mano.
-Adiós Carl –Kylessa le dio la espalda y se dirigió hacia una de las ventanas de la torre. Detrás de ella escuchó los pasos de Carl al irse.
Se preparó una taza de café cargado y sin azúcar, a pesar de que no tenía sueño siempre lo preparaba así, le gustaba sentir el sabor amargo en la lengua. Cerró los ojos mientras lo disfrutaba.
Siguió observando la oscuridad mientras tomaba el café hasta que dieron las cinco y treinta de la mañana, el cielo poco a poco se empezaba a tornar de ese azul que tanto le gustaba. Lavó la taza que había ocupado y la colocó en su lugar. Volvió a ponerse su chaqueta y colocó el arma en su hombro derecho. Mientras esperaba a su reemplazo echó un último vistazo hacia fuera.
Alguien entró caminando a la torre a pocos minutos de las seis de la mañana. Era Steve, un tipo bien parecido y con una buena puntería, alto y de cabello grasiento. Kylessa no entendía qué era lo que las demás mujeres veían en él, era un tipo promedio cuyo único verdadero talento era orinar más lejos que los demás idiotas en Blackwater Park. Sin embargo, era amigo suyo, y disfrutaba de su compañía.
-¡Kilie! No sabía que montabas guardia
-Esta fue mi primera guardia, no estuvo tan mal, pero muy aburrida… en un momento casi hubiera preferido estar en las cocinas lavando trastes… -dijo Kylessa lanzando un suspiro.
-Bueno, desde hace un mes que no ha habido mucha acción en las murallas, parece que los perros al fin se han dado por vencidos al intentar entrar
-¿Y los strigois? –preguntó Kylessa.
-Esos nunca se han preocupado demasiado por Blackwater –dijo Steve frunciendo los ojos.- Deben estar planeando algo muy bueno para intentar tomar la ciudad, pero confío en nuestros soldados –Steve sonrió plenamente.
-Quisiera poder confiar en ellos como tú, ¿Te importa si me voy de una vez? Necesito un baño
-Adelante Kilie, ¿Nos vemos para comer en la tarde?
-Claro Steve –respondió Kylessa mientras salía de la habitación de la torre.
Kylessa se dirigió directamente a su habitación en el edificio más grande de la ciudad, el cual tenía aún una buena cantidad de cuartos disponibles. Al llegar arrojó su arma y su chaqueta en un sillón de la sala, procedió a dirigirse directamente a la ducha, en la cual estuvo un buen rato. Cuando salió vio el reloj, faltaba poco para las nueve de la mañana, y aún no sentía sueño, ni hambre.
«Bien podría ser un strigoi»
Sin nada mejor que hacer tomó uno de los libros que había en un estante, quien quiera que haya estado en aquella habitación antes era un lector consumado, había al menos doscientos libros. Se sentó junto a una amplia ventana, y con los primeros rayos del sol comenzó a leer.
