Beatrix
La noche era oscura pero cálida. Avanzaba sin un rumbo fijo, pero con una idea clara de las características que le habían sido descritas sobre la ciudad a la que se dirigía, el lugar donde se encontraba la hermandad sin estandartes. Su misión era encontrarlos, recopilar toda la información necesaria, y regresar con su grupo de strigois para planear la toma de la ciudad. Su líder le había encomendado también la tarea de desestabilizar el lugar antes de regresar con ellos, y eliminar a todos los líderes del movimiento de ser posible.
Caminaba observando los edificios y viviendas abandonadas junto a la carretera, podría avanzar rápidamente utilizando su híper velocidad, pero hacer esto por un largo tiempo agotaría su energía, además de que no podría notar detalles tan fácilmente como lo haría caminando.
Habían pasado un par de semanas desde que emprendió su búsqueda, con la única información de que el lugar se encontraba rodeado por montañas, eso le daba una lista considerable de ciudades, pero era necesario completar la misión sin importar el tiempo que llevase. Se había decidido que la hermandad sin estandartes era el enemigo número uno y tenía que ser exterminada, incluso antes que Blackwater Park.
Se sabía que la hermandad era pacífica, sin embargo, entre sus líderes había strigois y esto era un peligro potencial para el futuro, un potencial obstáculo para el dominio absoluto de los Sangre Suprema, el grupo de Beatrix, que buscaba exterminar a los perros y esclavizar a los humanos para usarlos como ganado.
«Traidores a su causa» pensó al imaginar a strigois conviviendo y ayudando a humanos y lycaons.
Beatrix era una de las mejores guerreras de su grupo, así como una de las más longevas, astuta y hermosa, lo cual la hacía aún más peligrosa. Ya había fungido anteriormente como espía para su grupo y llevado a cabo trabajos necesarios para la expansión de su raza. Los años de lucha transcurridos siglos antes del estallido de la guerra civil la habían convertido en una calculadora asesina sin piedad, cuando la situación lo requería.
Aun así, destacaba entre sus semejantes y era respetada por no dejarse dominar por sus instintos, algo de lo cual otros guerreros eran incapaces, se dejaban llevar en muchas ocasiones por su sed de sangre en el frenesí de una pelea y se volvían bestias desordenadas.
Faltaban cerca de seis horas para el amanecer, así que aún podía recorrer una distancia considerable, el primer destino en su mapa era una ciudad llamada Red Mountain Side, conocida por dedicarse a la producción de textiles antes de la guerra, así como verduras y cereales, bien ubicada por el centro del país y con dos ríos grandes atravesándola, un lugar con los recursos necesarios para albergar una cantidad considerable de habitantes.
Llegaría una hora antes del amanecer, pero no podría simplemente pasearse libremente, de tratarse de la hermandad sin estandartes, muy probablemente habría vigilancia kilómetros antes de llegar en puntos estratégicos, los strigois serían vigilantes ideales debido a su velocidad, aunque Beatrix estaba segura de que podría eliminar a cualquiera que se atravesara en su camino. Mientras más longevo era un strigoi, más fuerza y velocidad adquiría, y ella era vieja, muy vieja.
No obstante, el objetivo no era eliminar a quien encontrase, iba en una misión espía y tenía que llegar en son de paz. Tanto los lycaons como los strigois podían reconocerse entre sí de los humanos normales a través de sus olfatos superiores. En su travesía había acabado ya con una docena de perros usando su fiel katana, que la había acompañado muchos años ya, prefería usarla para no tener que matar con sus manos, combinada con su híper velocidad, la hacían una de las guerreras más temidas, incluso por sus propios congéneres.
Se detuvo repentinamente al percibir al claro aroma de un lycaon, unos matorrales cercanos se movieron, en un parpadeo desenfundó su arma y separó los pies colocándose en posición de combate.
-Quienquiera que seas, sal ahora y di tus intenciones –dijo.
Solo hubo silencio, interrumpido por el sonido del aire al pasar por las ramas de los árboles.
-No me gusta tener que repetir las cosas –dijo Beatrix, con un tono más serio.
-¡Está bien! – dijo una voz nerviosa, mientras un par de manos salían desde los matorrales, luego lentamente se dejó ver el sujeto, tenía un aspecto de vagabundo. Beatriz dedujo que se trataba de un lycaon convertido hace poco, ya que estos usualmente no podían controlar sus primeras transformaciones.
-¿Quién eres y de dónde vienes? –dijo Beatrix.
-Me llamo Randall –dijo el sujeto.– no quiero problemas, solo estaba pasando por el lugar cuando te vi detrás de mí a lo lejos y decidí esconderme.
-¿Hacia dónde te dirigías?
-Un lugar del que escuché hablar, un lugar pacífico que podría ayudarme en mi actual condición.
-¿Tu condición de lycaon?
-Sí, mi gente fue atacada por un grupo de ellos y solo yo sobreviví, pero uno de ellos logró morderme.
-¿Qué puedes decirme del lugar al cual te diriges? –preguntó Beatrix.
-Todo lo que sé es que se trata de una hermandad pacífica, ubicada en algún lugar de la capital, no sé más detalles de…
No pudo terminar su frase, ya que fue interrumpido por la katana que atravesó su corazón, si no podía darle más información no le era de más utilidad a Beatrix, quien sacó la katana y luego rebanó su cuello con la misma. El tipo solo puso los ojos en blanco y cayó al suelo, mientras la sangre chorreaba por su torso.
Beatrix limpió su arma y la enfundó nuevamente, miró con asco el cadáver del perro y retomó su camino. Pensó en el conflicto que iba a armarse en los meses posteriores una vez se emprendiera la avanzada de los Sangre Suprema, quienes habían estado colectando toda la plata que pudieron encontrar y fabricado balas y armas blancas con ella.
No sería una tarea fácil, pero sabía que su raza iba a triunfar en el final, la verdadera guerra apenas estaba por comenzar.
