James

James y Ben estaban aprendiendo a manejar los mecanismos de detección de Lycaons y Strigois de la ciudad, mediante los aparatos de medición termal distribuidos en las entradas principales y torres de vigilancia, Ben nunca había sido muy adepto a la tecnología pero James aprendía rápido, y para él no era problema explicarle a su hermano las veces que fuera necesario. Habían sido puestos a cargo de Kenneth, quien le parecía impaciente y pedante.

-¿Les ha quedado claro cómo funcionan los dos modos de detección termal ya? –preguntó Kenneth.

-Más que claro –respondió James.

-¿En qué momento podremos usar armas? –preguntó Ben.

-No hasta que se haya determinado que son de confianza –dijo Kenneth.- Además también necesitan recibir el entrenamiento apropiado, para que no se vuelen un dedo o maten por accidente a alguien –dijo Kenneth riendo despectivamente.

-Tanto Ben como yo tenemos experiencia con armas de fuego –dijo James, de manera tajante.- Si lo deseas podemos demostrarlo.

-No depende de mí, son ordenes de Jeff, hay un periodo de espera para los nuevos.

-¿Qué tal si los perros atacaran ahora mismo? –preguntó Ben.- ¿Ni siquiera en esa situación podríamos tomar un arma?

-Si y sólo si llegase a presentarse una situación de emergencia como esa, entonces podrían –respondió Kenneth, con un semblante impaciente.- ¿Cuál es su maldita prisa por tener arma?

-No tenemos prisa, solo queremos sentirnos seguros –respondió James.

Kenneth lo miró por un momento pensativamente.

-¿Cuál es esa experiencia de la que me hablas? –preguntó Kenneth levantando una ceja, sus ojos reflejaban desconfianza.

James pensó por un breve momento en decir la verdad, sobre los años que había pasado con su hermano en pandillas en su juventud, y posteriormente los múltiples asaltos realizados a bancos y tiendas de conveniencia, pero sabía que esto no mejoraría en lo absoluto la poca confianza que Kenneth demostraba.

-Somos aficionados a la cacería, además trabajé como guardia de seguridad durante años antes de que el mundo se fuera a la mierda –dijo James con su característica sonrisa.

Ben giró la cara para mirarlo, confundido, tras un instante pareció entender el objetivo de su hermano y asintió.

-Entiendo –dijo Kenneth.- Bueno me temo que un rifle de asalto no es tan fácil de manejar como uno de caza o una pistola de mano, ya llegaremos a eso cuando sea su tiempo, hasta entonces su trabajo estará en las torres de vigilancia, supervisando los monitores termales.

-De acuerdo –dijo James.- ¿Cuándo comenzaremos?

-Hoy mismo –respondió Kenneth, entregando una hoja a cada uno- Estos son sus horarios para la semana, asegúrense de llegar a tiempo, los errores no son tolerados en Blackwater Park, un tropiezo de su parte puede significar una infiltración y muerte de soldados.

-Puedes estar tranquilo, haremos un buen trabajo –dijo James.

-Más les vale que así sea, los estaré observando de cerca como un halcón a su presa –dijo Kenneth, mirando a ambos a los ojos alternativamente.- Si llegan a fallar con gusto serán azotados por mi látigo –Kenneth sonrió.

-No fallaremos –dijo Ben frunciendo el ceño.

-Ya veremos –dijo Kenneth colgándose su arma al hombro.- Los veré en la cena novatos.

Kenneth salió de la habitación silbando alegremente.

-Vaya idiota –dijo Ben, una vez que Kenneth se alejó.

-Tranquilo hermano, probaremos que somos eficientes, este tipo solo es un estúpido al que se le dio más poder del que merece.

-¿Qué te parece el viejo a cargo? –preguntó Ben.

-¿Jeff? Parece un tipo capaz y determinado, ciertamente sus hombres se ven fieles a él.

-Así que por fin lo logramos, estaremos a salvo en este lugar, es la ciudad más fortificada y mejor armada que he visto en mi vida.

-Yo no estaría tan seguro –dijo James.- Lo que nos han contado es que todos los ataques de Lycaons han sido repelidos con éxito, pero no tienen tanta experiencia con los Strigois.

-Sus mecanismos de detección son muy sofisticados, parecen bastante eficientes –dijo Ben.

-Te saqué de la prisión hace poco hermano, no has visto como yo de lo que son capaces esas bestias chupasangre, los he visto arrasar ciudades en cuestión de horas.

Ben lo miró mostrando preocupación en su rostro.

-Un segundo están delante de ti a diez metros y cuando parpadeas ya los tienes frente a tu cara –dijo James seriamente.- Aún con las balas ultravioleta son enemigos formidables.

-El idiota mencionó que tienen grandes lámparas de luz ultravioleta también en los muros de la ciudad y las torres de vigilancia para protegernos durante la noche –dijo Ben.

-Eso no garantiza que siempre estaremos a salvo, ¿entiendes? –James colocó sus manos sobre los hombros de su hermano.- Recuerda que los demás no importan, al final de todo solo nos tenemos el uno al otro, si la vemos que la ciudad es invadida y no tiene remedio, nos largamos, ¿entiendes?

-Entiendo –dijo Ben.- Necesito descansar James, iré a mi habitación a dormir unas horas.

-Claro, ve, yo seguiré explorando la ciudad.

-Vale, nos veremos en la cena –dijo Ben con una sonrisa, y salió de la habitación.

James permaneció unos momentos contemplando los monitores termales de entrenamiento que Kenneth les había mostrado, reflexionando sobre su modo de vida y las decisiones que había tomado antes de que estallara la guerra, pensando que un aspecto bueno, si es que se podía ver de esa manera, era que tanto a él como a su hermano se les había otorgado un nuevo comienzo.

Se dispuso a salir de la habitación, pero al momento de pasar por la puerta chocó con una mujer que entraba al mismo tiempo.

-Lo siento –dijo James, quien al mirarla a los ojos quedó estupefacto, no había visto algo igual en su vida, estos eran de un color púrpura intenso, como el que lograba verse durante algunos atardeceres durante la puesta de sol.

-No hay problema –dijo la mujer con una sonrisa que movió algo en el interior de James.- Solo vengo por algo de material para reparar un desperfecto en la cabina de mi torre de vigilancia –entrecerró los ojos ligeramente mirándolo.- No me parece haberte visto antes por aquí, ¿eres nuevo?

-Si –respondió James.- Mi hermano y yo llegamos ayer a la ciudad, me llamo James –dijo extendiendo su mano y sonriendo también.

La sonrisa de la mujer se amplió aún más en respuesta y estrechó su mano.

-Me llamo Kylessa –dijo.- Bienvenido a Blackwater Park.