Sora observó el techo mientras sostenía su vientre entre sus manos, estaba muy preocupada por su bebé, ese sangrado no era natural.

Natsuko se encontraba a su lado acariciando su cabeza, le ofrecía consuelo con gestos suaves y palabras de aliento. Sus caricias reconfortantes sobre su cabeza eran un bálsamo para el alma de Sora en medio de la tormenta emocional que la envolvía.

—Tranquila, Sora. —susurró Natsuko con dulzura— Todo estará bien. Las médicas están haciendo todo lo posible por ayudarte y mantener a salvo a tu bebé.

Sora asintió débilmente, agradecida por el apoyo de Natsuko, pero incapaz de sacudirse el temor que la consumía por dentro. Cada vez que sentía un pequeño retorcijón en su vientre, su corazón se encogía con el miedo a lo desconocido.

Justo en ese momento, la médica principal ingresó a la habitación.

—Mis sultanas.— Hizo una reverencia.

Natsuko volteo hacia ella— Señorita Tally.— Le habló— Dígame ¿cómo está mi nuera y su hijo?

Sora volteo su mirada hacia la mujer, esperanzada.

—La sultana está bien.— Respondió la mujer rubia— Logramos controlar el sangrado.

—¿Y-y mi hijo?— Preguntó la pelirroja— ¿Cómo está?

—¿A qué se debió el sangrado?— Cuestionó Natsuko.

La mujer dudó unos segundos en decir lo siguiente, era una noticia triste y lamentable, que la sultana no podría asimilar fácilmente.

—El sangrado se debió al bebé.— Contestó la médica.

—¿Por qué?

Tally bajó la mirada antes de responder: —Lo siento mi sultana.— Musitó—Pero debo informarle que la sultana ha perdido a su bebé.

¡No, por favor no!

Pensó Sora ante esto.

—¿Qué?— Preguntó Natsuko sorprendida.

La mujer anciana bajó la mirada— Lamentablemente, ese sangrado hizo que la sultana Sora perdiera a su bebé.

—De-debe ser un error.—Musitó la pelirroja incrédula— Por favor, dígame que es un error.

—No lo es mi sultana.— Respondió la médica— Muy triste es esta noticia, pero lamentablemente es real.

Después de la confirmación de la médica, un silencio pesado se apoderó de la habitación. Sora se aferró instintivamente a su vientre, como si aún pudiera sentir la presencia del bebé que ya no estaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, reflejando el profundo dolor que la consumía por dentro.

Natsuko, incapaz de procesar completamente lo que acababa de escuchar, se acercó lentamente a Sora y la tomó suavemente de las manos— Lo siento tanto, Sora.— murmuró con voz entrecortada, luchando por contener sus propias lágrimas mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para consolar a su amiga.

La médica permaneció en silencio, ofreciendo su presencia como un apoyo silencioso en medio de la tragedia. Sabía que no había palabras que pudieran mitigar el dolor de Sora en ese momento, pero estaba allí para brindarle el consuelo y el apoyo que necesitara.

Sora cerró los ojos con fuerza, tratando de contener el torrente de emociones que amenazaba con abrumarla—¿Por qué?— susurró con voz quebrada, su pregunta dirigida más al universo que a cualquiera en la habitación. No había respuestas que pudieran satisfacer su angustia, solo el vacío y la desolación de una pérdida insondable.

Natsuko la abrazó con ternura, ofreciéndole su hombro como un lugar donde Sora pudiera dejar salir todo su dolor.


Hikari se despertó con la luz de la mañana filtrándose a través de las cortinas de su habitación en el palacio de Topkapi. Se estiró perezosamente y bostezó, sintiéndose aún somnolienta mientras se acomodaba en la cama. De repente, escuchó un suave golpe en la puerta, y sus sentidos se agudizaron mientras se preguntaba quién podría estar allí a esa hora temprana.

—Adelante —llamó Hikari, su voz aún adormilada.

La puerta se abrió lentamente, revelando a Juri, su fiel sirvienta, quien ingresó con una sonrisa en el rostro y un ramo de flores en las manos.

—Juri, buenos días.

—Buenos días Hikari.

Con curiosidad, Hikari observó cómo la kalda sostenía un ramo de flores en las manos. La sorpresa parpadeó en los ojos de la castaña al ver el hermoso ramo, pero su sorpresa se convirtió en desconcierto al notar la presencia de una carta que acompañaba las flores.

—Juri, ¿qué es esto? —preguntó Hikari, su voz llena de confusión mientras señalaba la carta con gesto vacilante.

Juri le entregó el ramo con una sonrisa amable, sin darse cuenta de la tensión en el aire.

—Es un regalo para ti, señorita Hikari.—respondió Juri con cortesía— Un admirador anónimo dejó estas flores y esta carta para ti esta mañana. Pensé que te alegraría recibirlo.

Hikari tomó el ramo con gratitud, su corazón latiendo con anticipación mientras observaba las flores con admiración. Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en la carta que descansaba sobre el ramo, sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Con cuidado, Hikari tomó la carta y comenzó a leerla, sus ojos volviéndose amplios con sorpresa al reconocer la caligrafía elegante del príncipe Takeru. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras absorbía cada palabra de la carta, pero rápidamente se dio cuenta del peligro que representaba tener esa carta en su posesión.

Con movimientos rápidos y nerviosos, Hikari intentó esconder la carta entre las almohadas de su cama, con la esperanza de que Juri no se diera cuenta de su contenido. Sabía que revelar la verdadera identidad del remitente podría traer consecuencias peligrosas, tanto para ella como para el príncipe Takeru.

Sin levantar sospechas, Hikari forzó una sonrisa y agradeció a Juri por el regalo, intentando ocultar la turbulencia que se agitaba en su interior. Mientras Juri se retiraba de la habitación, Hikari permaneció sola con sus pensamientos, consciente del delicado equilibrio en el que se encontraba atrapada entre su lealtad al príncipe y su deber hacia el harén.


Yamato estaba sentado en su trono en el gran salón del palacio, rodeado por sus consejeros y cortesanos, cuando Taichi Pashá entró apresuradamente en la sala, con el semblante serio y preocupado.

—Mi sultán.—anunció el mensajero con voz temblorosa.

—¿Sí?

—Gennai Aga se encuentra en la puerta, dice que necesita hablar con usted.— Respondió Taichi— Es urgente.

El rubio observó sorprendido al castaño: —¿Qué ocurre?

—No lo sé, pero creo que es una noticia del harem.

Yamato hizo una mueca— Dile que entre.

Taichi asintió, fue así como salió del lugar y a los pocos segundos, apareció en la sala del trono junto a Gennai Aga.

—Mi sultán.— El jefe del harem hizo una reverencia.

—Gennai Aga.— pronunció su nombre— ¿Qué haces aquí?

—Disculpe, pero la madre sultana me dijo que le trajera una triste noticia.— Respondió Gennai.

Yamato frunció el ceño ante la gravedad en la voz del aga, levantando una ceja en señal de interrogación.

¿Triste?

—¿Qué sucede? —preguntó con firmeza, preparado para escuchar cualquier eventualidad que pudiera afectar su reino.

El mensajero tragó saliva antes de responder con voz entrecortada.

—Mi sultán, lamento informarle que la sultana Sora, su consorte principal y concubina, amaneció con sangrado.

¿Qué?

Esto sorprendió tanto a Yamato como a Taichi.

—Y, luego de ser tratada por la médica, ella nos informó que...—Gennai hizo una pausa— La sultana sufrió la pérdida del bebé que esperaba —anunció con un deje de pesar en sus palabras.

El rostro de Yamato se tensó al escuchar la noticia, y un suspiro pesado escapó de sus labios mientras absorbía el impacto de las palabras del mensajero. Un profundo dolor lo invadió, y por un momento sintió que el tiempo se detenía a su alrededor.

—¿Otra vez?— Preguntó.

—Sí, mi sultán.— Respondió Gennai— Nuevamente, la sultana, ha perdido un bebé.

El golpe la noticia dejó congelado a Yamato, literalmente sin poder creer esto, no era posible que otra vez ocurriera.

—¿Cómo está ella? —preguntó Yamato, con la voz apenas un susurro, mientras luchaba por contener sus propias emociones.

El kizlar agha bajó la mirada con respeto, consciente del dolor que su mensaje había causado.

—La sultana Sora está devastada, mi sultán —respondió con sinceridad— Ha sufrido mucho y necesita su apoyo en este momento difícil.

Yamato asintió en silencio, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros mientras procesaba la noticia. Sabía que tendría que ser fuerte por Sora y por su familia, pero en ese momento, su corazón se rompía por la pérdida de su hijo no nacido.

Con un gesto de su mano, Yamato indicó que el aga se retirara, dejándolo solo con sus pensamientos y sentimientos abrumadores. Se preparó mentalmente para enfrentar el desafío que se avecinaba, sabiendo que tendría que ser el pilar de apoyo y consuelo para su amada Sora en su momento de necesidad.

Una vez solo, Yamato cerró los ojos por un momento, permitiéndose sentir la tristeza y la desolación que invadían su corazón. La noticia de la pérdida de su hijo no nacido lo golpeó con una fuerza abrumadora, y sintió cómo el peso de la responsabilidad como líder recaía sobre él con más fuerza que nunca.

Se levantó del trono con determinación, su mente ya trabajando en cómo consolar a Sora y brindarle el apoyo que tanto necesitaba en ese momento. Respiró profundamente y se dirigió hacia los aposentos de la sultana, preparado para enfrentar el dolor compartido y encontrar una forma de sanar juntos como familia.


Sora caminó por el pasillo con paso firme pero lleno de furia contenida. Sus ojos destellaban con ira mientras se dirigía hacia donde se encontraba Mimi. Había perdido a su bebé, y en su dolor y desesperación, necesitaba culpar a alguien. Y, en ese momento, Mimi era el blanco de su furia.

Cuando llegó a la entrada del harem, se encontró frente a frente con esa mujer. Sora no pudo contener su enojo.

—¡Maldita seas, Mimi! —exclamó Sora con voz temblorosa de rabia.

La castaña hizo una mueca— Mi sultana ¿qué te le ocurre?

—¡Tus sabes bien lo que me ocurre!— Respondió la pelirroja— Tú y tus artimañas has arruinado mi vida. ¡Has robado la felicidad que tanto anhelaba!

Mimi retrocedió, sorprendida por la intensidad del ataque de Sora. Trató de calmarla con palabras suaves y comprensivas.

—¡He perdido a mi bebé, por tu culpa!

¿Qué?

Mimi quedó atónita ante las acusaciones de Sora, sintiendo cómo su corazón se apretaba con el peso del dolor y la injusticia. No podía creer lo que estaba escuchando.

—Sora, te aseguro que no tengo nada que ver con la pérdida de tu bebé —respondió Mimi con voz entrecortada, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con brotar—. Lo lamento profundamente, pero no tengo idea de cómo podría haber sucedido algo así.

Sora la miró con desdén, sin mostrar ni un ápice de compasión.

—¡No me engañas con tus falsas palabras! ¡Tú simplemente me has hecho pasar malos momentos en mi embarazo! —gritó Sora, con los puños apretados de rabia— Hiciste todo para que yo no tuviera un buen embarazo.

—Mi sultana, yo no hice eso.

—¡Claro que sí! La gota de rebalsó el vaso fue la discusión de ayer.— Reclamó Sora— Y perdí a mi bebé.— Habló— Primero me quitas mi anillo ¡y ahora me quitaste lo más importante!

Mimi negó.

—¡Te odio!— Sora se acercó a ella, y sin piedad, se lanzó sobre ella para golpearla.

Mimi retrocedió ante el ataque repentino de Sora, sintiendo el impacto de los golpes en su cuerpo mientras trataba desesperadamente de protegerse. Las lágrimas brotaban de sus ojos, mezcladas con el miedo y la confusión.

—¡Detente, por favor, Sora! —suplicó Mimi, tratando de calmar a la furiosa sultana—. No tienes que hacer esto. No soy tu enemiga.

Pero Sora estaba cegada por la ira y el dolor, incapaz de escuchar las palabras de razón de Mimi. Continuó golpeándola con ferocidad, ignorando los intentos de la castaña de defenderse.

—¿Qué rayos estás haciendo Sora?— Un grito se escuchó en el lugar y Sora sintió el verdadero terror ante ese grito.

Unas mujeres llegaron corriendo al escuchar el tumulto, intentando separar a Sora de Mimi, pero era imposible, Sora sentía mucha ira.

—Sultana, por favor.— Rogó Yoshino— Cálmese.

—¡No!— Sora gritó— Ella me quitó todo.

—¡No!— Gritó Mimi.

La pelirroja continuo golpeando, imposible de separarla de la castaña. Sin embargo, tuvo que detenerse al escuchar el siguiente grito:

—¡Atención!— Una voz se escuchó— Su majestad, el sultán Yamato está aquí.

Bastó ese grito para que Sora se detuviera y sintiera el verdadero terror. Ante esto, rápidamente sosltó a Mimi, se levantó y arregló su ropa. Mimi, con ayuda de Yoshino y otra esclava del harem, se levantó del lugar.

—¿Qué, rayos, está ocurriendo aquí?— Preguntó Yamato acercándose a ellas.

—Na-nada.— Respondió la pelirroja.

—¡Es evidente que algo está ocurriendo!— Gritó el rubio.

Mimi simplemente mantuvo su mirada baja.

—¿Por qué estaban discutiendo?— Cuestionó el sultán.

—Mi sultán, ella me estaba golpeando.— Declaró la castaña— Yo no hice nada, ella simplemente vino a golpearme.

Sora fulminó con la mirada a Mimi ante esta acusación.

—Yo no hice eso.

—¡Claro que sí!— respondió Mimi— Yoshino Kalfa es testigo.

Yamato ante esto dirigió su mirada hacia la mujer de cabello rosa: —Yoshino Kalfa ¿eso es verdad?

La pelirosa bajó la mirada y asintió— Sí, mi sultán.— Respondió— Yo fui testigo de eso.

Sora apretó su puño ante esto.

¿Por qué Yoshino le daba la razón?

Acaso ¿estaba resentida por qué ayudó en la ejecución del príncipe Thomas?

—Sora...—Yamato dirigió su mirada hacia la pelirroja— ¿Por qué hiciste eso?

La pelirroja apretó su puño y guardó silencio.

—Sora...—El rubio la llamó nuevamente.

—Lo hice porque ella es la culpable.— Respondió Sora.

Yamato alzó una ceja sorprendido: —¿Culpable?— Preguntó— ¿De qué?

—De la pérdida de nuestro bebé.— Contestó la madre de Kiriha.

El rubio se sintió desconcertado ante esto: —¿Por qué le echas la culpa?

—Porque me hizo sentir mal anoche, me hizo enojar y por eso, perdí a mi bebé.— Contestó Sora.

Yamato dirigió su mirada hacia la castaña.

—Mi sultán.—Mimi hizo una reverencia— Yo jamás quise hacerla enojar, al contrario, intenté estar lo más lejos de ella.

—¡Mentira!— Exclamó la pelirroja.

—Mi sultán, por favor, créame.— Mimi musitó— Yo jamás quise hacer enojar a la sultana, ni mucho menos provocar que se sintiera mal.

Sora frunció el ceño: —¡Claro que sí! Me sacaste en cara aquel anillo que tienes en tu dedo.

—Yo no hice eso, al contrario, no quise mostrármelo, pero usted insistió en ver mi mano.— Declaró Mimi y luego dirigió su mirada hacia Yamato— Mi sultán, Sora me acusó por recibir el anillo, usted muy bien sabe que yo jamás quise recibirlo, pero ella me acusó por tenerlo.

Sí, eso era verdad.

—Mentira, tú hiciste todo lo posible para tenerlo, porque sabías que me iba a doler verte con él.— Habló— Ese anillo era ¡Mío!

—¡Un minuto! ¿Me están diciendo que esta discusión fue por el anillo?

Sora asintió— ¡Sí!

Yamato llevó una mano a su frente— No puedo creer que esta discusión fuera por un anillo, Sora, desde que me enteré de tu embarazo te llené de regalos.

—S-sí, mi sultán, pero es inevitable que me moleste porque le haya dado mi anillo...

—¡No es tu anillo!— Exclamó el rubio— Nunca dije que era para ti.— Habló— Creo que es absurdo que discutas por algo como eso, Sora, te he dado miles de joyas mejores.

—Ella tiene los aposentos.

—Mimi, déjanos solos.— Yamato le ordenó a la castaña.

Mimi se sorprendió ante esto, sin embargo, no objetó, hizo una reverencia y junto a Yoshino se alejaron del lugar.

Yamato volteo hacia su consorte principal y observó con seriedad—¡No puedo creer lo que estoy escuchando, Sora!— Declaró— Lo único que debías hacer, era cuidar de tu embarazo, pero gastas más energía pensando en cosas sin sentido.

Sora observó al rubio, sorprendida de esta declaración.

El sultán llevó una mano a su frente totalmente decepcionada—Pensé que hayas sido tan inmadura y discutieras por cosas banales, en vez de preocuparte de tu embarazo.

Sora bajó la mirada, sintiendo el peso abrumador de la culpa y el arrepentimiento. Las palabras de Yamato resonaron en su mente, recordándole que había permitido que cosas triviales consumieran su atención en lugar de concentrarse en lo que realmente importaba: el bienestar de su bebé.

—Lo siento, mi sultán.—murmuró con voz temblorosa, incapaz de encontrar una excusa válida para justificar su comportamiento. Se sentía avergonzada por haber permitido que el conflicto sobre un simple anillo eclipsara la alegría y la bendición de su embarazo— Tiene razón, no actúe bien, no cuidé bien a nuestro hijo y por eso...—Lágrimas brotaron de sus ojos— Lo perdí.

Yamato suspiró profundamente, su expresión reflejaba una mezcla de frustración y tristeza. —Sora, entiendo que estés pasando por un momento difícil, pero necesitas priorizar lo que realmente importa.— dijo con suavidad, su tono ahora más compasivo que regañador.

Sora asintió con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta mientras las lágrimas amenazaban con volver a emerger. Sabía que había fallado como esposa y como futura madre al permitir que las preocupaciones triviales la consumieran.

Yamato se acercó a ella y la abrazó, ofreciéndole consuelo en medio de su dolor compartido—Sora, por favor, no pongas tu energía con cosas banas.

—Ahora no tengo a nuestro pequeño.

—No, pero tienes a Kiriha.

—Sí, pero jamás podré remediar este hecho de haber perdido a nuestro bebé.— Declaró la pelirroja— Y-y no sé si pueda su-superarlo.

—Vamos a superar esto juntos, Sora.— dijo Yamato con voz firme pero amorosa—Nos apoyaremos mutuamente y encontraremos la fuerza para seguir adelante, incluso en los momentos más difíciles.

—¿Prometes no dejarme?

—Pues claro.— Respondió el rubio— Somos una familia.

Sora se aferró a él con fuerza, encontrando consuelo en el calor de su abrazo. Aunque el dolor de la pérdida todavía estaba fresco en sus corazones, sabían que con amor y apoyo mutuo podrían encontrar la esperanza y la sanación en el camino por delante.


Mimi vio pasar a Yamato por el pasillo y rápidamente se apresuró a ir tras él.

—Mi sultán.

—¿Sí?

—Perdón, yo no quería hacer enojar a la sultana.

Yamato suspiró, estaba cansado de esa situación: —No te preocupes, ya hablé con ella. Y, todo estará bien.

O, eso esperaba.

Mimi alzó su mano— Su majestad...—Suavemente deslizó la joya de su dedo—Quiero devolverle el anillo.

Yamato observó sorprendido esto: —No es necesario.

—¡Claro que sí!— Respondió la castaña— Este anillo fue la causa de la pelea.

Yamato suspiró, verdaderamente no podía creer que Sora hiciera un escándalo por eso.

—Mimi, quédatelo, es tuyo.— Sentenció— Sora se enojó, pero no tiene razón para hacerlo, así que consérvalo.

Mimi hizo una mueca y acomodó el anillo— Espero que la sultana Sora pueda superar esto.

—Yo también.— Contestó el rubio.

—Mi sultán.—La castaña tomó su brazo— Yo sé que esta situación debe ser difícil y triste.— Musitó— Lamento mucho que haya perdido a su bebé.— Declaró— Pero si necesita hablar con alguien no dude en llamarme, ya que cuenta con mi apoyo.

—Gracias.— Respondió el rubio.

Mimi se acercó a él, se colocó en puntillas y suavemente depositó un beso en su mejilla.


Con el paso de los días, el palacio que una vez resonaba con risas y celebraciones se sumió en un silencio opresivo. La alegría que solía llenar los aposentos ahora había sido reemplazada por un manto de tristeza y desolación. Sora y Yamato, una vez tan felices y llenos de esperanza ante la llegada de su hijo, ahora luchaban por encontrar consuelo en medio de su pérdida.

Cada día se convirtió en una batalla contra el dolor, un recordatorio constante de lo que podría haber sido y nunca sería. Sora se encontraba atrapada en un torbellino de emociones, ahogada por la tristeza y consumida por el pesar. Cada rincón del palacio parecía susurrar el eco de lo que una vez fue, recordándole cruelmente lo que había perdido.

Sin embargo, en medio de su dolor, un sentimiento más oscuro se desarrollaba dentro de Sora: el rencor hacia Mimi. Cada vez que veía a la joven sirvienta, una sensación de amargura y enojo se apoderaba de ella. ¿Cómo podía Mimi seguir con su vida como si nada hubiera pasado? ¿Cómo podía disfrutar de la alegría y la juventud mientras ella se sumergía en la oscuridad de su pérdida?

Sora se encontraba cada vez más obsesionada con la idea de que Mimi tenía la culpa de lo que había sucedido. Aunque sabía en lo más profundo de su corazón que era irracional culpar a la joven sirvienta por la pérdida de su bebé, el dolor y la rabia la cegaban ante la razón. Cada vez que veía a Mimi, la culpa y el resentimiento se arremolinaban dentro de ella, alimentando el fuego de su rencor.


Mimi estaba en al harem, almorzando, hace unos minutos su clase de escritura había finalizado, y por orden de Gennai, y como de costumbre, le sirvieron almuerzo.

Mimi disfrutaba de la comida, saboreando los deliciosos platos que le habían sido servidos con esmero, el ambiente tranquilo se vio interrumpido por la entrada de Sora en el salón. La sultana principal del harén otomano irrumpió con gracia y majestuosidad, atrayendo las miradas de todas las concubinas presentes.

Los murmullos cesaron y un silencio reverencial llenó la habitación mientras Sora avanzaba con elegancia, su presencia imponente llenando el espacio a su alrededor. Sus ojos recorrieron el salón con un destello de autoridad, observando a las mujeres que la rodeaban con un aire de superioridad.

Finalmente, la mirada de Sora se posó en Mimi, quien estaba sentada en un rincón del salón, disfrutando de su comida con tranquilidad.

—¿Qué hace aquí esa mujer?—Le susurró a su kalfa de compañía.

—Está almorzando.— Respondió Miyako—Como bien sabe, ella toma clases durante el día, y recién acabó su clase de escritura, Gennai ordenó servirles almuerzo para luego continuar con la clase de baile.

Sora hizo una mueca.

—No puedo creer que aun sigan con esa idea de hacer a esa mujer parte de este harem.

—Fue una orden del sultán.—Contestó la kalfa.

"Del sultán"

Sora apretó su puño.

—¡No la soporto!— Declaró Sora colocándose en pie y tomando un vaso con jugo.

—Mi sultana.—Miyako la llamó—¿Qué va a hacer?

La pelirroja no contestó y se acercó a ella.

Todo estaba bien, Mimi estaba tranquila, sin embargo, esto cambio cuando sintió que alguien lanzaba líquido sobre ella.

—Pero ¿qué rayos?—Mimi se levantó del lugar y se sorprendió al ver a la madre de Kiriha— ¿Por qué hizo esto, sultana?

—Pensé que, al conjunto tan elegante que tienes, le hacía falta un poco de color.

Mimi apretó su puño enojada, no obstante, su ira aumentó cuando vio como la sultana Sora, madre de Kiriha, desde ese lugar presenciaba la escena y reía sin parar.

¿Qué le ocurría esa mujer?

La indignación y el enojo hervían dentro de Mimi mientras miraba con incredulidad el líquido que ahora empapaba su hermoso conjunto. La risa burlona de Sora resonaba en sus oídos, y sintió cómo su ira se intensificaba con cada segundo que pasaba.

—¡No debiste hacer esto! —gritó Mimi, su voz temblorosa con furia contenida, mientras apretaba los puños con fuerza.

Sin embargo, su advertencia fue recibida con desprecio por parte de Miyako, quien la reprendió por su atrevimiento al dirigirse de esa manera a la sultana.

—¡Baja tu tono de voz, jovencita! —exigió Miyako, con un tono autoritario—. Estás hablando con una sultana.

Pero la indignación de Mimi no disminuyó ante la reprimenda de Miyako. Sus ojos ardían de rabia mientras enfrentaba a Sora con determinación, sin temor a las consecuencias.

—No me importa quién sea, nadie tiene el derecho de humillarme de esta manera —declaró Mimi, con voz firme y desafiante— La posición o el título no otorgan la libertad de actuar con crueldad hacia los demás.

Sora la miró con desdén, su sonrisa burlona aún presente en sus labios.

—No tienes idea de lo que estás hablando, pequeña insolente —respondió la sultana, con arrogancia— Eres solo una concubina más de este harem, no tienes valor, debes aprender a respetar a tus superiores.

Mimi apretó sus dientes, lo mejor sería callar, ya que Sora ante todos era mucho que ella.

—Así me gusta, que estés calladita, ya que te ves mejor sin hablar.— Comentó la pelirroja— Incluso, sería mejor que no existieras, así nos harías un favor.— Fue así como se dispuso a salir, caminó por su lado y con brusquedad la hizo a un lado.

Mimi rápidamente cayó al suelo, Sora sonrió y se alejó.

Mimi observó a todos lados, esperando tener ayuda. Pero no la tuvo, al contrario, las concubinas simplemente continuaron con sus vidas.

Apretó su puño al ver esto.

Un día todas le pagarían esto


Yamato se acercó a su hijo Kiriha, cuyos ojos reflejaban tristeza y confusión. Lo tomó suavemente de la mano y lo llevó a un rincón tranquilo del palacio, donde pudieran hablar en privado.

—¿Qué te preocupa, hijo mío? —preguntó Yamato con voz suave, preocupado por su hijo, quien hace días estaba triste.

El niño suspiró profundamente antes de responder con voz temblorosa.

—Estoy triste, padre —dijo Kiriha, desviando la mirada hacia el suelo.

—¿Triste?— Cuestionó Yamato— ¿Por tu madre?

El pequeño asintió— Sí.— Contestó— Mi madre perdió al bebé y ahora no tendré a nadie con quien jugar.

Yamato sintió un dolor punzante en su corazón al escuchar las palabras de su hijo. Sabía que la pérdida del bebé había afectado profundamente a Sora y a Kiriha, pero no había encontrado las palabras adecuadas para consolarlos hasta ahora.

Yamato colocó una mano gentilmente sobre su hombro para transmitirle su apoyo y comprensión.

—Entiendo, Kiriha.—dijo con voz suave, mirando a su hijo con amor y empatía— Es natural sentirse triste cuando suceden cosas difíciles como esta.

—Quiero un hermano para jugar.

—Pero...—Habló el mayor— Tienes muchas personas con quien jugar.

—¡Sí! Pero todas son grandes.— Respondió Kiriha— Quiero alguien con quien entrenar y tener clases. Que sea como yo.

Yamato hizo una mueca, nunca analizó esto, Kiriha estaba solo. Sí, solo. Él a su edad tenía a sus medios hermanos y hermanas, así que tenía con quien entrenar jugar y demás, sin embargo, Kiriha era el único príncipe, habían niños esclavos, pero como príncipe, tenía prohibido jugar con esclavos.

—Quiero un hermano.

—Lo siento, Kiriha.— Respondió Yamato— Demorará más tiempo en llegar. Lamentablemente, tu madre lo perdió, pero eso no significa que no lo tendrás.

Kiriha levantó la mirada hacia su padre, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.

—En algún minuto tendrás un hermano.

—¿Cuando?—Cuestionó el pequeño.

—No lo sé.— Respondió Yamato— Pero me encargaré de darte uno. Sin embargo, tendrás que esperar.

—Pero... ¿qué pasará ahora? —preguntó con voz temblorosa— Mi madre está triste.

Yamato sonrió con ternura, acariciando suavemente la mejilla de su hijo.

—Sí, lo está, pero nos encargaremos de ella.—respondió con calma— Tu madre necesita tiempo para sanar, y yo estaré a su lado para apoyarla en todo momento. Y tú, también estarás ahí, para cuidarla y amarla, estoy seguro de que, con nuestro apoyo, saldrá adelante.

—Eso espero.

Kiriha se aferró a su padre con fuerza, sintiendo el amor y el consuelo que emanaban de él. Sabía que, con su padre a su lado, podría encontrar la fuerza para superar cualquier adversidad que se interpusiera en su camino.


—Madre sultana, sé que estos días han sido difíciles.— Habló Rika— Pero el sultán debe continuar con su vida.

Natsuko asintió— Lo sé.— Respondió—Ahora más que nunca los miembros del consejo piden más herederos a la corona, debido a la campaña de guerra que liderará mi hijo hacia egipto.

—No es para menos, Yamato tiene apenas un hijo, cuando el príncipe Kouji tenía seis hijos.— Comentó la pelirroja haciendo mención de su hermano— Kouichi tenía tres y Yuu dos.

La oji-azul hizo una mueca al recordar esto y como mucho tiempo temió que el consejo le diera preferencias a los demás príncipes por ese simple hecho.

—¿Por qué me mencionas todo esto?

—Porque creo que llegó el momento en que el sultán deje el luto, y antes que se vaya a la guerra, engendre otro hijo.— Habló Rika— Y, aunque a Sora no le guste, tendrá que estar con otras concubinas, ya que el vientre de ella todavía está muy delicado.

Natsuko sintió un nudo en la garganta mientras procesaba las palabras de Rika. La idea de que Yamato tuviera que estar con otras concubinas para engendrar más hijos mientras Sora aún se encontraba en duelo por la pérdida de su bebé le resultaba difícil de aceptar. A pesar de comprender la necesidad política de asegurar la sucesión al trono, el pensamiento de que su hijo tuviera que apartarse de su esposa en un momento tan doloroso le causaba un profundo pesar.

—Sé que el deber del sultán es asegurar la continuidad de la línea real.—dijo Natsuko con voz serena pero cargada de emoción— pero no puedo evitar preguntarme si este es el momento adecuado para tomar tal decisión, Sora aun está triste.

Rika inclinó la cabeza en un gesto de comprensión— Entiendo su preocupación, madre sultana.—respondió con gentileza— pero la estabilidad del reino depende en gran medida de la fuerza de su liderazgo y la garantía de una sucesión sólida.

Natsuko asintió, sabiendo que Rika tenía razón en parte. La estabilidad del reino era de suma importancia, especialmente en tiempos de guerra y conflicto. Sin embargo, el bienestar emocional de su hijo y su esposa también pesaba en su corazón.

—Haré lo que sea necesario para apoyar a mi hijo y al reino.— declaró Natsuko con determinación— Dime ¿qué tienes planeado?

—Me di el atrevimiento de pedirle a Gennai que preparara las mejores concubinas para mi hermano y bailen para él esta noche, mañana y pasado.— Declaró Rika— Espero que, con eso, él se sienta atraído y pase noches con ellas.

—Eso es lo que hago comúnmente.

—Sí, lo es.— Respondió la pelirroja— Pero, ordené que les dieran a estas concubinas mandrágoras.

—¿Mandrágoras?— Cuestionó Natsuko.

Rika asintió: —Como usted, bien sabe, las mandrágoras acrecientan la fertilidad en una mujer.

Sí, eso lo sabía. Todos conocían los beneficios de aquella planta, tan difícil de hallar. Esa planta aumentaba la fertilidad en las mujeres, y ella era testigo de eso, gracias a que consumió una de ellas, quedó embarazada de Yamato, y otra concubina quedó embarazada de otro príncipe. Luego repitió esto y quedó encinta nuevamente de Takeru.

—Espero que, con ellas, todas sean más fértiles y logren quedar embarazadas.

—Buena idea, Rika.— Musitó la oji-azul.


—Espero que no regañes por tener que ir donde el sultán.

Mimi se quedó en silencio unos momentos analizando estas palabras, por más que intentaba, parecía que jamás se libraría de su destino. Vivir en ese harem era imposible, y aunque le costó aceptarlo, finalmente logró hacerlo.

Ahora, tenía esta situación delante.

Mimi se encontraba en una encrucijada emocional. Por un lado, sentía compasión por Sora y el sufrimiento que enfrentaba tras la pérdida de su bebé. Sabía que cualquier acción que tomara que pudiera interpretarse como un acercamiento al sultán solo aumentaría el dolor de la sultana. Por otro lado, no podía ignorar sus propios sentimientos hacia Yamato, que crecían cada día más fuertes a pesar de sus intentos por reprimirlos.

La joven sirvienta se encontraba en una lucha interna entre la lealtad hacia Sora y sus propios deseos y sentimientos. Por un lado, quería respetar el duelo de la sultana y evitar cualquier acción que pudiera causarle más dolor. Por otro lado, no podía negar la atracción que sentía hacia el sultán y la atención que él le dispensaba.

Con el peso de esta carga emocional sobre sus hombros, Mimi se encontraba en un estado de confusión y conflicto constante. Cada interacción con Yamato era un recordatorio de los sentimientos prohibidos que albergaba en su corazón. Se esforzaba por mantener una distancia segura, pero cada mirada, cada gesto amable del sultán, solo servía para avivar las llamas de su atracción.

Se mordió el labio inferior.

¿Y sí, por una vez simplemente aceptaba este destino?

Era evidente que, sin querer, se involucró en este mundo y ahora, con el odio de Sora encima, debería buscar una forma de sobrevivir.

—No se preocupe, Gennai Aga, no daré problemas esta vez.— Respondió.

—Yo me encargaré de ella.— Musitó Yoshino.

Gennai asintió.

Fue así como Yoshino llevó a Mimi a tomar un baño.

Las horas comenzaron a pasar.

Cada concubina se preparaba para el baile, Mimi, por su lado, era preparada por Airu y Yoshino, quienes se encargaron de dejarla ¡Bellísima! con un sujetador de danza color rosa, conocido como "bedlah", adornado con monedas de adorno, doradas, brillante que destellan con cada movimiento de la bailarina. Era escote corazón, con copas acolchadas, y tenía unas correas que se entrecruzan sobre los hombros y se ataban detrás del cuello para proporcionar soporte.

La falda, llamada "safiya" o "baladi", bastante larga y voluminosa.

Un cinturón decorativo, conocido como "cinturón de monedas" que se colocaba alrededor de la cintura y estaba cubierto de monedas doradas que tintinean y chocan entre sí con cada movimiento.

El sujetador y la banda estaban distantes, dejando ver su ombligo, no obstante, Yoshino le ordenó a Airu acomodar una tela trasparente color rosa, tapaba su piel, pero resaltaba las curvas de su cuerpo y dejaba ver su ombligo. Además, en sus brazos acomodo una especie de "mangas" delicadas.

Mimi se observó en el reflejo del espejo de metal frente a ella.

—¡Wow!

—Te ves bien.— Musitó Yoshino.

Sí, jamás pensó verse así.


Por supuesto, aquí tienes una versión extendida de la escena:

El aroma de incienso perfumaba el aire mientras Rika, con elegancia en cada paso, caminaba por los pasillos decorados del opulento palacio del sultán Yamato. El suave roce de su kimono de seda resonaba en la tranquila atmósfera del lugar, mientras se acercaba a la entrada de los aposentos de su hermano, donde el guarda espalda de su hermano y otros agas custodiaban la puerta con solemnidad.

—Buenas noches Taichi Pashá.— Saludó.

—Mi sultana.—El hermano se Hikari hizo una reverencia— Buenas noches.— Musitó—¿Qué la trae aquí esta noche?" preguntó Taichi con respeto, su voz profunda resonando en el pasillo.

—Vengo a ver a mi hermano, el sultán Yamato.— Respondió la pelirroja— Dime ¿está ocupado?

Taichi negó— No, acaba de regresar de la reunión, así que le preguntaré si puede atenderla.

Fue así como el aga ingresó a los aposentos del sultán, y luego de unos minutos esperando, salió.

—Puede ingresar, sultana Rika.

La pelirroja asintió, los guardias intercambiaron una mirada antes de que Taichi abriera la puerta para dejarla pasar. Rika entró en la lujosa sala, donde encontró a Yamato sentado en su trono, absorto en sus pensamientos.

—Hermano.— dijo Rika con una reverencia elegante— Buenas noches.

—Buenas noches.— Respondió el rubio.

—Espero no haber interrumpido su descanso.

—No te preocupes.— Contestó Yamato—Simplemente estaba leyendo un libro.— Comentó— Dime ¿qué haces aquí?

—Mi sultán, sé que han sido difíciles los cuales ha vivido junto a su consorte principal, Sora.— Musitó la pelirroja— Sin embargo, no quiero que esté triste, es por eso que he planeado darle una sorpresa.

—¿Una sorpresa?

Yamato levantó la mirada, intrigado por el tono de su hermana.

—Una fiesta, hermano.— anunció Rika con entusiasmo, moviendo las manos con elegancia mientras hablaba—Creo que sería bueno que disfrute del ahora de otra flor de su jardín, para aliviar sus penas.

Yamato frunció el ceño, no del todo convencido— No estoy seguro de si es el momento adecuado para celebrar, Rika. Hay mucho en juego en este momento".

—Sé que usted tiene un cariño especial por Sora, sin embargo...— Aclaró su garganta— Como bien sabe, la sucesión en el trono es importante, y ya que hemos perdido un heredero, tenemos que buscar a otro.

Las palabras sonaban fuertes, pero eran reales, debía buscar otro heredero.

El sultán Yamato se quedó en silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de su hermana. El peso de la responsabilidad pesaba sobre sus hombros mientras consideraba las implicaciones de lo que ella acababa de decir.

—Sora era nuestra esperanza para el futuro.—murmuró Yamato, con la mirada perdida en la distancia.

—Pero ahora... ahora debemos enfrentar la realidad. La sucesión en el trono es crucial para la estabilidad de nuestro reino.— Comentó Rika.

Yamato se mordió el labio inferior, comprendiendo la gravedad de la situación.

—Debemos asegurarnos de que el linaje continúe sin interrupciones. Es nuestro deber como gobernantes.

—Estoy de acuerdo contigo, pero...—Yamato suspiró— Aun así, no estoy seguro.

Rika se acercó a él con gracia, poniendo una mano reconfortante sobre su brazo.

—Sé que no quiere lastimarla, pero usted no puede dejarse influenciar por una concubina, recuerde que pronto vendrá la campaña de guerra y si usted perece necesitaremos más herederos.

Eso era verdad.

—Además, es importante encontrar momentos de alegría en medio de las dificultades, hermano. Y creo que una fiesta no le haría mal, luego de estos días grises...—Comentó la pelirroja— A Gennai le pedí que preparase a buenas mujeres, entre ellas, esa joven...¿cuál es su nombre?...Mimi Hatun.

Los ojos de Yamato se iluminaron ante la mención de Mimi, su interés despertado— ¿M-mimi?

Rika asintió con una sonrisa radiante— Así es, supuse que te gustaría la idea.

El rubio se mordió el labio inferior, el último tiempo no tuvo mucho tiempo para estar con ella, ya que las reuniones del consejo y sus responsabilidades absorbían todo su tiempo, el único tiempo libre que tenía lo utilizaba para estar con Sora y su hijo.

—Dime ¿quieres?

Yamato contempló la propuesta de su hermana por un momento antes de finalmente asentir— Está bien, Rika.

La pelirroja se inclinó con gratitud— Hermano, me cargaré que sea una velada agradable.

Con la promesa de la presencia de Mimi entre las bailarinas, la idea de la fiesta tomó un nuevo brillo en los ojos del sultán Yamato. Y así, los preparativos para la celebración comenzaron, trayendo consigo la promesa de una noche llena de música, baile y alegría en el palacio del sultán. Los sirvientes se apresuraron a decorar los salones con telas suntuosas y velas perfumadas, mientras que los músicos afinaban sus instrumentos en preparación para la fiesta que estaba por venir.


El palacio se llenaba de una atmósfera vibrante mientras Gennai que se encargaba de organizar a las señoritas en el harem. Los sirvientes corrían de un lado a otro, decorando el salón, donde se realizaría aquel baile, con telas suntuosas y colocando velas perfumadas en cada rincón. Músicos afinaban sus instrumentos, creando melodías que flotaban en el aire, añadiendo un toque de anticipación a la noche que se avecinaba.

—Escúchenme, señoritas.— comenzó Gennai con autoridad, su voz resonando en la sala— Esta noche, su deber es claro. Deben encantar al sultán Yamato con su gracia y belleza. Vuestra danza debe ser un tributo a su honor y gloria.

Las concubinas asintieron con sumisión, comprendiendo la importancia de su papel en la celebración. Sin embargo, entre susurros y miradas furtivas, se podía sentir la tensión y la envidia que se extendía entre ellas.

En ese momento, la puerta se abrió una vez más, y Mimi entró en la sala con una elegancia natural que atrajo todas las miradas. Su presencia era como un rayo de luz en la habitación, su belleza resplandeciente eclipsaba a todas las demás, seguida por Airu y Yoshino.

Todas se sorprendieron al ver la ropa de Mimi, ya que era más llamativa que las demás.

Gennai Aga la observó con aprobación, reconociendo la impactante presencia de Mimi— Yoshino veo que arreglaste bien a esta concubina.

—Hice lo mejor posible.— Declaró la oji-rosa.

Mimi devolvió el saludo con una reverencia grácil, su sonrisa radiante iluminando la habitación.

Las concubinas observaban con envidia mientras Mimi se acercaba con gracia al lugar designado para las bailarinas. Aunque intentaban ocultarlo, no podían evitar sentirse eclipsadas por la belleza y la elegancia de Mimi.

Con la llegada de Mimi, la tensión en la sala aumentó, pero también la anticipación por la espectacular danza que estaba por venir. Mientras tanto, el sultán Yamato aguardaba en el salón principal de sus grandes aposentos, ansioso por presenciar el deslumbrante espectáculo que estaba a punto de comenzar.

—Vamos señoritas.— Musitó Gennai mientras las mujeres caminaban en dirección a los aposentos.

Todas caminaron hasta llegar a una gran puerta donde estaba Taichi Pashá, como siempre respaldado de algunos agas armados.

—Buenas noches, Taichi Pashá.— Saludó Gennai.

—Buenas noches.— Respondió el guarda espalda real.

—Traigo a las mujeres para bailar frente a nuestro sultán.— Musitó el oji-azul.

Taichi asintió— Iré a dar aviso de su llegada.— Fue así como ingresó al lugar.

No habrá pasado mucho tiempo cuando le hermana de Yamato, Rika, apareció en el pasillo y todos se detuvieron.

—Mi sultana.— El Aga hizo una reverencia, al igual que las mujeres.

—Gennai Aga.— Musitó la pelirroja— ¿Estás son las mujeres que preparaste?

El kizlar agha, encargado del harem, asintió— Sí, mi sultana.

—¿Les diste el té de mandrágora?— Preguntó Rika.

—Sí.— Contestó el aga.

—Muy bien.— Respondió la pelirroja y volteo hacia las mujeres— Señoritas, hoy tendrán una oportunidad única para servir a nuestro sultán, así que tienen que comportarse a la altura.

—Eso harán mi sultana.— Comentó Gennai.

—Eso espero.— Contestó la pelirroja.

Taichi salió del lugar— Pueden entrar.

Gennai asintió.

Fue así como las mujeres ingresaron al salón, Mimi se sorprendió al ver aquel lugar, era una habitación al costado de los aposentos de Yamato, no recordaba haber estado ahí. La otra vez que bailó frente a Yamato fue en su propia habitación. Ahora estaban en otra habitación, a un costado.

Yamato estaba sentado en una gran silla real, muy parecido a su trono, solamente que más bajo, a su lado se encontraban mesas con comidas y una copa.

—Sultán.—Gennai hizo una reverencia— Le traigo a las mujeres que realizaran una danza para usted.— Señaló a las esclavas.

Todas las mujeres hicieron una reverencia frente a él, Yamato observó a las mujeres sin mucho interés, sin embargo, al divisar a Mimi detuvo su mirada en ella.

Admiró atentamente su conjunto, era diferente al de las demás, esa tela trasparente resaltaba sus curvas.

Su figura delicadamente esculpida por la tela traslúcida dejaba al descubierto cada curva con una elegancia y sensualidad que lo dejaba sin aliento. Sus ojos se deslizaban por cada contorno, capturando cada detalle con una intensidad casi hipnótica.

La suave caída de sus hombros, la línea grácil de su cuello, la curva de su cintura y su escote, todo ello conspiraba para cautivarlo completamente. Yamato apenas podía apartar la vista, como si estuviera hechizado por la presencia de Mimi.

Las otras mujeres parecían desvanecerse en comparación con ella, como sombras en la penumbra de la habitación. Para Yamato, solo existía Mimi, su belleza exquisita y su presencia magnética que lo envolvía en un aura de fascinación.

Finalmente, con un gesto del sultán Yamato, la música alcanzó un crescendo y las bailarinas, lideradas por Mimi, comenzaron su cautivadora actuación. Sus movimientos gráciles y fluidos llenaron el salón, hipnotizando a todos los presentes y llevándolos a un estado de éxtasis puramente estético.

Yamato observaba con admiración cada movimiento de Mimi, su corazón lleno de gratitud por la belleza y el talento que ella ofrecía en esta noche especial. Todos se dejaban llevar por la magia de la danza, olvidando por un momento sus preocupaciones y disfrutando del esplendor de la celebración.

Con una gracia innata, Mimi comenzó a moverse al ritmo de la música, sus caderas balanceándose con elegancia mientras sus manos trazaban patrones en el aire. Cada movimiento era fluido y expresivo, capturando la atención de todos los presentes en la sala, pero sobre todo la de Yamato.

Los ojos del sultán seguían cada movimiento de Mimi con fascinación, cautivado por su gracia y su destreza. Cada giro, cada giro de cadera parecía hipnotizarlo más, mientras su atención se enfocaba únicamente en la joven bailarina.

Las otras concubinas observaban con envidia el intenso interés de Yamato hacia Mimi. Sus miradas fulminantes y sus gestos nerviosos revelaban sus celos mientras se daban cuenta de que estaban siendo eclipsadas por la joven sirvienta.

Sin embargo, Mimi estaba completamente absorta en su actuación, entregándose por completo al ritmo de la música y a la intensidad de sus movimientos. No había espacio en su mente para las intrigas palaciegas o las rivalidades entre concubinas, solo el placer de la danza y la conexión que sentía con la música.

A medida que la actuación llegaba a su clímax, Mimi desplegó un último giro de cadera, sus manos elevándose en el aire en un gesto de gracia y poder. Los ojos de Yamato permanecieron fijos en Mimi, su admiración evidente en cada mirada.

La actuación de Mimi había capturado no solo la atención del sultán, sino también su corazón, y las otras concubinas se dieron cuenta de que, aunque podían sentir celos, nunca podrían competir con la magia que Mimi había tejido con su danza.

Cuando la música cesó, la castaña supo que era el momento de finalizar, así que se inclinó frente al sultán.

Yamato, ante esto, llevó su mano hacia su manga, sacó un pañuelo color morado y sin decir más, lo lanzó hacia la castaña, dejando a todos en shock.

Sí, en shock.

El pañuelo morado entregado por el sultán a una concubina en su cultura solía ser un símbolo de honor y distinción. Era una señal de que la concubina había sido elegida como favorita entre todas las demás y que gozaría de privilegios especiales dentro del harén del sultán. Este gesto también podía significar que la concubina sería elevada a un estatus más alto y podría tener más influencia sobre el sultán y en la corte. Sin embargo, es importante tener en cuenta que las interpretaciones exactas pueden variar según la cultura y el contexto histórico específico.


Después de la cautivadora actuación de Mimi, Yamato la invitó a cenar en su habitación, lejos de las miradas curiosas y los susurros de la corte. La mesa estaba adornada con velas parpadeantes y deliciosos manjares, creando un ambiente de intimidad y romance.

Mimi se sentó frente a Yamato, su corazón latiendo con fuerza mientras se preparaba para este encuentro privado con el sultán. Aunque nerviosa, estaba decidida a aprovechar la oportunidad para estrechar la conexión que sentía con él, incluso si eso significaba enfrentarse a sus propios temores y dudas.

Durante la cena, la conversación fluyó fácilmente entre ellos, compartiendo risas y confidencias en un ambiente de confianza y complicidad. Mimi se sorprendió gratamente por la amabilidad y la gentileza de Yamato, que mostraba un interés genuino en conocerla más allá de su papel como sirvienta en el palacio.

—¿Qué significa este pañuelo?— Mimi le preguntó a Yamato.

Yamato contempló a Mimi con una expresión serena pero llena de significado. Tomó su mano con gentileza y la miró directamente a los ojos.

—Este pañuelo morado es un símbolo de superioridad, Mimi. —respondió con voz suave pero firme— Tu actuación esta noche ha capturado no solo mi atención, sino también mi corazón. Eres única en tu belleza y talento, y deseo honrarte como mi favorita entre todas las demás concubinas.

Mimi sintió un torrente de emociones recorriendo su ser: sorpresa, gratitud y una chispa de esperanza. No podía creer que el sultán la hubiera elegido entre todas las mujeres del harén. Era un honor inesperado y abrumador.

—Estoy profundamente agradecida, mi sultán —respondió Mimi con voz temblorosa, sintiendo que su corazón latía con fuerza en su pecho— Prometo servirte con lealtad y devoción, y hacer todo lo que esté en mi poder para merecer tu confianza y favor.

Yamato acarició su mejilla con suavidad.

—Eres verdaderamente especial, Mimi —dijo con voz cálida— Y, si tú aceptas ser mi concubina te puedo ofrecer muchas cosas.

—Pero, la sultana Sora.

Yamato interrumpió suavemente a Mimi, sosteniéndole la mirada con comprensión.

—La sultana Sora siempre será una parte importante de mi vida.—explicó con calma— Pero eso no significa que no pueda tener un lugar especial para ti en mi vida y en mi harén.

Mimi observó atentamente al sultán, aunque no quería en un principio, poco a poco estaba cediendo a esto. Aunque la presencia de la sultana Sora podría traer desafíos y complicaciones, era inevitable ceder al sultán, sobre todo ahora que se sentía desprotegida frente a ella, parecía ser que en cualquier minuto correría peligro.

Con un suspiro tembloroso, Mimi se inclinó hacia adelante y rozó los labios de Yamato con los suyos en un beso suave y dulce. El mundo pareció detenerse en ese momento, y por un instante, solo existieron ellos dos, perdidos en el abrazo cálido de su amor recién descubierto.

Yamato se sorprendió ante esto, y correspondió a su beso.

Cuando se separaron, Mimi miró a Yamato con los ojos brillantes de emoción y esperanza, preguntándose qué depararía el futuro para ellos. Yamato le devolvió la mirada con una sonrisa tierna y prometedora, su corazón lleno de anticipación por las posibilidades que les esperaban juntos.

—¿Eso es un si?

Mimi asintió— Es un "podriamos intentarlo"—Comentó— Pero vamos a mi ritmo.

Y eso significaba, citas, cenas, charlas, paso a paso, hasta que ella se sintiera lista para hacer algo más.


+En Instagram hice una pregunta que la haré aquí, ya que me sentí perdida en algunas situaciones. La pregunta es: Si Mimi tiene hijos ¿cuántos les gustaría que tenga? 1 hijo, 2 hijos, 3...etc.

+También voy a agilizar esto porque no quiero ir a tan paso tortuga. Me voy a centrar en las escenas Mimato, algunas Takari me las reservo, ya que Hikari está en la posición de "no quiero estar contigo" y no quiero repetir miles de rechazos. Sin embargo, el príncipe intentará cortejarla con pequeños regalos.

Adrit126: Hola, gracias por tu comentario. Es cierto, Mimi muestra una admirable fortaleza en medio de las complejidades de su entorno. En cuanto a la preocupación sobre por qué Tai piensa que Sora no debe ser madre, sin duda hay más de lo que aparenta a simple vista. A medida que la historia se desarrolla, seguramente se revelarán más detalles sobre este tema. Y respecto a la situación con Sora, la pérdida del bebé es un tema delicado que puede tener múltiples causas y repercusiones. Es importante mantenernos atentos a cómo esto afectará a los personajes involucrados, especialmente a Mimi, quien está en medio de este complicado entramado. ¡Espero seguir compartiendo contigo los acontecimientos de la historia! ¡Saludos!

TheBigParadox: Hola, gracias jsjs que bueno que te haya gustado el capítulo. Tranqui, por el momento se parece a Kosem, pero será más parecida al sultán. Sí, es inevitable sentirse mal por ella, yo tampoco justifico su actuar, pero es un todo o nada. Mimi está a un paso de sacar las garras, ya se cansó de Sora, ahora verá solo por ella.

kizlar agha es el encargado del harem. El título significa literalmente "Jefe de las Niñas", y estaba encargado de la vigilancia y mantenimiento de las mujeres del harem.