Bienvenidos sean a la lectura de este shot. Antes que nada, deseo aclarar unas cositas: para empezar, sepan que he escrito esta historia para el evento de San Valentín de mi grupo de Facebook . Me he ido por los retos y . La verdad es que este shot iba a ser larguísimo, pero por falta de tiempo me vi obligada a adelantar todo el proceso y a resumir la trama. Espero que aun así sea de su agrado. Sepan que el Granola x Mai, mi crack ship del alma, vale muchísimo para mí, y actualmente me gusta mucho más que el TruMai. Pero, no se preocupen, el Trunks x Mai significa mucho para mí, y siempre que pueda escribiré sobre él. Para universos alternos GraMai siempre me imagino a la madre de Mai como una científica que no le teme al espacio; por el contrario, quiere saber más sobre él. En esta historia esta mujer, acompañada por su hijita (Mai), se lanza a un viaje espacial en busca de vida extraterrestre y minerales especiales. En el trayecto se topa con una terrible raza alienígena que la mata y le secuestra a su pequeña; una Mai de unos cinco/seis añitos. Mai es rescatada poco después de la pelea entre Granola y Goku y Vegeta y los Heata. En este universo Mai nunca conoció a la pandilla de Pilaf, y su edad... es sencillamente su edad.
...
Una tacita de té entre flores en un día claro puede armonizar hasta al más duro de los corazones...
Tres años de vida... eso era lo que le quedaba. Tres malditos años... Cosa de la que Monaito no hacía mención... ni él tampoco. No quería pensar ya; no quería culparlo ya. Bastante lo hizo en los meses anteriores, cuando tuvo su encuentro tan esperado con los saiyajin... y al final no aprendió nada... excepto que había desperdiciado la vida, y la vida misma se lo estaba cobrando al dejarlo sin ella.
Se cubría la cabeza inclinado en la cama para asimismo cubrir los pensamientos. Ya no más dolor... Ya no más reclamos. , se decía a sí mismo y al abuelo. Y se había hecho de una rutina, puesto que jamás tuvo una. Lo único que recordaba era el haber sido un cazarrecompensas. Lo fue desde que tenía memoria. El maldito de Elec lo había reclutado siendo muy pequeño... e inocente, por ello lo miraba como familia. Y apretaba los dientes del coraje que todavía le provocaban las remembranzas. — ¡Desgraciado...! —bramaba en silencio. Se había burlado de él... y le había arrebatado todo.
De pronto abrió los ojos, de golpe, como si hubiera estado presenciando una visión; una revelación en forma de choque en su espalda. La mirada se centró en el techo. ¿Qué sería de él ahora de no haber ocurrido todo lo malo? Si los saiyajin nunca hubieran invadido su pueblo... ¿Qué sería de él ahora? ¿Estaría... unido a alguien? ¿Tendría hijos... y los llevaría a visitar a su mamá?... ¿A qué se dedicaría?... ¿Sería un comerciante? , negó rotundamente. Él sería un proveedor o un trabajador del campo... o un carpintero. Probablemente sería la última cosa. Evocaba vagamente que su padre solía trabajar con muebles. Había muchas sillas de madera en la casa; tal vez demasiadas, y él se deslizaba y reía entre ellas. Eso sería... carpintero. ¿Y la esposa?... ¿quién sería? Quién sabe... pero sería hermosa y buena, y siempre la vería con su niñita en brazos, porque tendrían una hija; de eso estaba seguro; se lo decía el corazón. Cuando menos se dio cuenta, las lágrimas ya caían rebosantes sobre las piernas. Estaba muy mal... Mejor se puso de pie y se dispuso a salir.
—Abuelo... —lo llamó ya fuera de la recámara.
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¿Cómo había llegado al planeta Cereal? Hacía muy poco que vivía en él. En el momento de su captura era solo una niña, y se le había informado que era terrícola, ya que durante el secuestro recibió un golpe terrible en la cabecita, y no recordaba nada. Solo sabía que su nombre era Mai, y se acordaba, difusamente, de que viajaba en una nave espacial en compañía de una mujer también de cabello negro, y por eso es que pensaba que esa era su madre. Más no sabía.
Junto con un montón de otras niñas —todas de diversas razas— había sido raptada por un grupo de alienígenas sumamente crueles, cuya raza denominaban como Bukiyó. Todos eran de género masculino, aunque se decía que no contaban con un órgano masculino; eran asexuados pero con una apariencia viril en exceso. Todos de enormes músculos y con una fuerza desmedida.
A todas las infantas, incluida ella, las habían puesto a trabajar en un horripilante planeta rojo iluminado solamente por su satélite, de igual manera rojo, lo que hacía aún más patente que sin duda se encontraban en el infierno. A todas las habían puesto a picar piedra. Los Bukiyó estaban en busca de un mineral extremadamente difícil de extraer.
Trabajaban sin descanso e impulsadas solo por los latigazos. Desde luego... la mayoría cayó rápido. Mai miró morir a muchas, y a cada una les lloró en demasía, pero con quien sí se vació... fue con Sho; una amiguita que había logrado hacer incluso en ese maldito infierno. Sho murió de cansancio, de golpes, de hambre y de sed, y la manita aterrizó a su costado. Gritó y lloró tanto que por primer vez los Bukiyó la dejaron descansar —no porque así lo hubiesen deseado, sino porque ya los había hartado—; la encerraron en una cueva durante horas y más horas, y el dolor y el agotamiento desmesurados la durmieron.
Su cuerpo, milagrosamente, resistió hasta los quince años, con solo un mínimo de agua y un pan al día. A veces pensaba que Dios la mantenía con vida para burlarse de ella; en otras pensaba que quizá la esperanza le estaba tendiendo la mano, y en otras se creía un espíritu que solo alucinaba; el espíritu de una joven muerta desde hacía mucho.
Entonces arribó su salvación... Unos sugaínos, por error, habían aterrizado en el horrible planeta rojo. La situación se salió de control, debido a que, claro, los Bukiyó se sintieron atacados. La patrulla galáctica por fin hizo su aparición, y arrestaron a los Bukiyó y atendieron a las pocas chicas que quedaban con vida. Mai, en la confusión, y presa de una adrenalina sin igual que solo le aconsejaba que escapara, se refugió en el camión de los sugaínos. Al regreso de su viaje loco, se toparon con la muchacha humana en la parte trasera del vehículo, entre un montón de cajas. Se vieron tan conmovidos con su delgado cuerpo sucio y su cara escondida entre sus cabellos negros y sus propios brazos que no dudaron ni un segundo en acogerla y ayudarla. De inmediato se le llevó al hospital donde los médicos la atendieron de las mil maravillas. Ya más repuesta, se le preguntó si quería la asistencia de la patrulla galáctica o quedarse en Cereal y ser adoptada por una amigable familia de sugaínos. Hambrienta de amor, y entre lágrimas, aceptó al instante la segunda propuesta.
Con el benévolo amor de Sacarosa y su esposa Lacto y su hijito Glu Mai se abrió como una hermosa rosa ante los primeros rayos del sol de la mañana; de una mañana pacífica, como de ensueño.
Ganó peso, recuperó su salud física, y su belleza, excelsa, brilló más que nunca. Pero el miedo, obviamente, seguía ahí, rugiendo en su corazón. En las noches le lloraba a la oscuridad, al hambre, a los golpes, a la amiguita muerta. Sho..., repetía, y su familia adoptiva velaba para hacerla feliz; para no dejarla caer, y con un vasito de leche tibia la miraban y escuchaban llorar, hasta que la cabecita de Mai reposaba en las piernas de Lacto, y ella, cálida, la acariciaba hasta que la oía pertenecer a ese sueño profundo, en el que el cuerpo solo descansa y ya no piensa en nada malo.
...
Lacto la había enseñado a leer. Como era tan inteligente, tan astuta, lo aprendió en un santiamén, al Igual las matemáticas. La pareja de sugaínos, para hacerla sentir cómoda y completamente lejos del pasado, trataban de mantenerla en cama descansando; viviendo una vida como de reina, en la que solo debía alzar un poco la voz para pedir lo que desease.
Había recibido tanto amor que el miedo se había disipado un tanto, y como era asaz joven y estaba llena de energía, quería hacer algo. Sus padres le ofrecieron trabajar con ellos en su tienda, y Mai accedió encantada y aprisa.
Como comparada con todos los sugaínos era muy alta, les estaba siendo de mucha ayuda a la familia de comerciantes, e incluso también a los vendedores de los puestos vecinos. La tiendita de comestibles se hallaba asentada en la plaza principal de la ciudad sugaína; un centro comercial bellísimo a los ojos desconocedores e ilusionados de la adolescente terrícola. Todo le parecía bonito. Los ojitos se le iban con la cubierta iluminada por cuantiosas lámparas blancas, con el cúmulo de puestos y sus productos, todos llamativos, con las plantas que adornaban el medio de la senda por la que transitaban todo el día los clientes y con el suelo de piedra que tanto disfrutaba pisar y barrer. Sonriendo se iba corriendo al tiempo que barría casi toda la senda. Volvía agotada pero feliz. Entonces los padres la ponían a acomodar productos en la parte más alta de los estantes, que ella alcanzaba a la perfección.
La rosa roja se abría cada vez más, y solo cosas buenas le llegarían.
...
Mai se detuvo ante el ruido como de unas máquinas. La mirada se dirigió en dirección al otro extremo de la ciudad; a la cúpula rota que trataban de arreglar.
—¿Ah?...
La jovencita volteó a ver a Sacarosa, quien limpiaba con un trapo la vitrina.
—Papá... ¿por qué aquella parte de la cúpula está rota?
—¿Ah?...
Sacarosa observó el lugar citado por la chiquilla adoptada. —¡Oh!... es que hace poco ocurrió un incidente... Alguien en quien confiábamos mucho la rompió. Se disculpó con el pueblo sugaíno y ayudó a arreglar el resto de la ciudad; ahora solo falta ese pedazo de la cúpula.
Mai frunció el entrecejo, confundida. —¿Alguien? ¿Y quién es, papá?
—Como apenas comienzas a salir de casa no lo conoces. Es el único ceresiano que queda con vida... y vive allá arriba, en una colina con su abuelo, que es un namekiano.
—¿Ceresiano? ¡Espera... no me digas que...!
La muchacha, lista, lo había intuido al punto.
—Antes este planeta pertenecía a los ceresianos y namekianos; los dos pueblos cohabitan aquí en paz, pero un día llegaron los saiyajin y demás soldados de Freezer, y acabaron con todo. Granola y su abuelo fueron los únicos que sobrevivieron.
Mai bajó la cabeza. Con una anécdota así, semejante a la suya, por poco le costaba respirar. La adolescencia apretó los puños.
—¿Por qué no pueden dejar vivir en paz...?
Sacarosa, previendo las lágrimas de su ahora niña, le alzó la cabeza del mentón, con cariño, y le sonrió. —Son cosas que pasan, pero... tú y ese joven de allá arriba deben ver lo afortunados que son. Es bonito poder ver el sol una vez más, ¿no lo crees?...
Mai sonrió y asintió con la cabeza. —Sí.
—Bueno, ve a almorzar... En cuanto vuelvas te daré algo muy importante.
—¿Algo muy importante? Exaltada de pura felicidad por la sorpresa, volvió a asentir y se fue corriendo a comer.
...
—Toma... tu paga —le dijo el sugaíno sosteniendo bastante dinero. Con solo verlo Mai ya había contado un aproximado.
—¡¿Para mí?! —preguntó dichosa.
—Ajá. Has trabajado arduamente toda esta semana. Es justo que te pague... y es justo que lo tomes.
Mai se secó las lágrimas y agarró el dinero. —¡Muchas gracias!
Se lo pensó un instante; ¿qué se suponía que comprara con todo ese dinero?...
—Papá... ¿qué debería comprar?
—Puede ser lo que tú quieras. Mira... —señaló el sugaíno a uno de los puestos de enfrente— Fructosa vende artículos femeninos que a todas las mujeres les encantan. ¿Por qué no vas y echas un ojo ahí?
Mai, con una sonrisa enorme y las manos llenas de dinero, se dirigió al puesto recomendado.
—Buenas tardes, señorita —le dijo Fructosa.
—Buenas tardes, señor... —lo saludó dulcemente, como ella era.
La mirada, examinadora en detalle, cuanto antes se pegó a un juego de té de porcelana preciosísimo; demasiado mujeril. Las tacitas y la tetera ornamentadas con flores y simulaciones de moños rosados le regalaron paz y llenaron sus ojos. A continuación también lo hizo un vestido de color café con impresiones de flores rosas y blancas, y unos zapatitos idénticos, que, evidentemente, eran el juego.
—Quiero el juego de té y el vestido y los zapatos —pidió nerviosa, y enseguida se mordió el labio inferior como prueba de ello.
—Claro, enseguida te los empaco —le informó el comerciante sonriente.
Fructosa colocó las bolsas con los productos en la vitrina y Mai le pagó. Aunque el precio fue alto, todavía se quedó con una buena cantidad. Con las compras abrazadas se aproximó de regreso a su padre.
—Mañana es sábado —le comunicó Sacarosa—. Es día de descanso. Tómatelo libre y ve a divertirte. Usa las cosas que compraste.
—¿P-puedo?...
—¡Pero claro! —manifestó el sugaíno con los brazos abiertos.
Los ojitos índigo sonrientes ante la idea se posaron en el suelo.
...
Había leído sobre los pícnics en los libros infantiles de Glu; hermosos días de campo con rica comida y paz a la sombra de un árbol pero a la suficiente vista del sol matutino. Había invitado al hermanito, mas estaría ocupado con sus clases de pintura. Los padres la aconsejaron ir sola, para que gozara de la mañana por su cuenta.
Sabiendo que no existía lugar más seguro en el universo que la ciudad sugaína, fue más allá de sus miedos, pues se moría por experimentar un pícnic; por ser una persona... Portando el bello vestido que había comprado el día anterior y los zapatos, así como el juego de té en la canasta que cargaba con una sola mano, accedió al campo más cercano; preparó la manta en el césped y descansó sobre ella la canasta con los alimentos y su propio cuerpo. Sentada, alzó la cabeza y contempló el cielo; los ojos se bañaron de sol y siguieron el avance lento de las nubes.
Respirando tranquilidad, se echó sobre la manta con los brazos abiertos. ¿Habría paz siempre?... No quería pensar en ello. Si moría... que fuera aquí.
...
—Ahora vuelvo —le dijo al abuelo ya junto a la puerta—. Traeré tu agua y unos víveres. Tengo ganas de avena esta vez.
—Muy bien, Granola... Ten mucho cuidado.
—Sí —contestó sin voltear a verlo; adusto como siempre.
Salió de la casa de arcilla, y en lugar de volar, prosiguió caminando. El pecho lo sentía apretado; ¿por qué se quería encontrar algo?... La depresión lo estaba matando y quizá hasta haciendo alucinar.
Necesitaba aires nuevos, por lo que, en vez de descender por el camino directo que conducía a la ciudad sugaína, bajó por un campo próximo. Requería ver algo nuevo, aunque conocía el planeta como la palma de su mano. Igual... Ocupaba respirar.
No pudo comer mucho. Se sentía extraña en soledad. No lo superaba todavía. Necesitaba compañía. Un pedacito del pastel que había preparado cayó en la manta y atrajo a las hormigas. Con una sonrisa las miró llegar por él y ayudarse entre ellas a cargarlo. Se puso de pie y se sacudió el vestido.
Granola atravesó unos arbustos. Los recordaba más pequeños; ahora no le permitían mirar más allá. Atravesó otra familia de arbustos, y al cruzar se encontró con... el cielo. Los ojos azul oscuro, muy abiertos, muy grandes, chocaron con los suyos. El sol de la mañana penetró los mechones negros, y un brillo espectacular, proveniente de los ojos y los labios rojos hurgaron en su alma. Era... ¿humana? Lo más parecida a él.
—¿Quién eres? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar.
El miedo se activó en Mai. Supuso deprisa que se trataba del ceresiano; era obvio. Las únicas personas diferentes en el planeta eran él, el namekiano y ella. Y este hombre se miraba demasiado joven para ser un anciano.
El miedo la atragantaba, y siempre que pasaba se le dificultaba hablar. Empezó a parpadear nerviosa. —A-a-a-ah... yo...
No podía hablar de ella; estaba demasiado asustada.
—T-t-tú eres Granola, ¿verdad?
—Así es —respondió rápido—. ¿Tú quién eres? —insistió, pero no molesto; más bien ido, hipnotizado, anhelante.
—Me tengo que ir —le avisó Mai casi convulsa. Las manos, demasiado temblorosas, tomaron lo primero que vieron, que fue la manta, y con ella salió corriendo.
—¡Espera...! —gritó Granola, desconcertado. ¿Quién demonios era? Necesitaba saberlo.
Bajó la cabeza y se topó con la canasta de la mujer, la cual se hallaba de cabeza con todo el contenido desparramado, a causa de esa ida desastrosa. Granola levantó la tetera y una tacita. —Olvidaste todo esto... —dijo lamentando, en voz baja—. Te lo tendré que devolver —expresó decidido.
Acomodó todo en su lugar, como pudo, ya que el pastel y el resto de la comida lo habían embarrado todo, y con la canasta en mano continuó con su camino a la ciudad.
No cesaba de correr. El corazón le latía a mil por hora. En su terror se enfrentó a sí misma: ¿por qué huía? ¿Era por lo que le había contado su padre?... ¿del desastre ocasionado por el ceresiano? ¡Sí! Pero... era más que eso. Tenía mucho miedo; ¡mucho! Y las lágrimas se elevaban con el aire que ella misma provocaba con su carrera.
Recorrió la plaza. El pánico por poco la devoraba. Cada vez miraba menos. ¿Se iba a desmayar? Y rogaba que no, pues quería llegar a casa; ¡solo eso!
Lo logró. Abrió la puerta casi empujándola. Adentro los padres y el hermanito la recibieron asustados.
—¿Está todo bien? —le preguntó Sacarosa algo alterado, sin embargo, como siempre, y como todo sugaíno, jamás alzaba la voz.
Mai se llevó la mano al pecho y ahí la dejó; le costaba respirar. —S-sí —dijo encorvada, tratando de calmarse y de retener el aire.
Lacto, en silencio, se arrimó a ella y posó la mano en su espalda con cariño y comprensión. —Ya —le dijo tiernamente—. Respira... Todo estará bien.
Granola, con la canasta, miró a todos lados; estaba seguro de que se había adentrado al centro comercial. Inspeccionó dando vueltas, pero no, no la localizó. Lleno de dudas, y dispuesto a dar con ella como fuera, fue a Fructosa, comerciante al que conocía más que bien.
—Buenos días...
—¡Granola! —exclamó el sugaíno con alegría—. ¿Qué te trae por aquí?
El ceresiano puso la canasta en la vitrina. —Verás... esto pertenece a una mujer... con apariencia humana. Supongo que sabrás quién es, ya que los seres de esa clase no abundan por aquí.
El sugaíno, como asombrado, arqueó un poquito la espalda. —¡Aaah!... eso es de Mai. No me digas que se le olvidó...
—¿Mai?... —preguntó sumamente atento—. ¿Puedes decirme con exactitud quién es?... Quiero devolvérsela.
Claro que quería realizar el favor, no obstante, era asimismo un pretexto; ella lo había encantado.
El comerciante rio nervioso y juntó sus manitas, con las que comenzó a jugar. —Aah... es delicado.
—¿Ah?... Cuéntame.
Fructosa relató la horrible historia de Mai. Los puños del ceresiano se ceñían con cada detalle perverso, hasta el grado de sangrar. La gota se la limpió a escondidas, para no alterar al sugaíno.
—Ahora que conoces su triste historia... te pido discreción. Me imagino que te mueres por convivir con ella... ya que es lo más parecido a ti en este lugar. Pero Mai aún no se encuentra muy preparada; deberás ser paciente.
—Entiendo —afirmó cabizbajo—. ¿Puedes decirme dónde vive Sacarosa? Realmente quiero devolverles esto. Prometo que no molestaré.
—Claro —contestó el comerciante ya animado—. Te daré su dirección.
El sugaíno, con el uso de sus manos, le explicó a Granola por dónde transitar para llegar al hogar del buen Sacarosa. También le hizo entrega de un croquis, para evitar confusiones. Granola lo aceptó por educación; la verdad era que no requería de algo semejante para ubicarse; después de todo, era un cazarrecompensas... y tal vez el mejor de todos ellos.
Como se esperaba, dio muy rápido con la casa. Las moradas sugaínas eran todas cuadradas, detalle que le resultó curioso.
Mai, ya más tranquilita, jugaba con Glu en el sofá.
Granola tocó la puerta.
El corazón se le detuvo a la muchacha con el golpe dado a la entrada. Lo supo de inmediato; ¡era él!
—Yo abro —dijo Sacarosa sonriente, aproximándose a la puerta principal sin perder el tiempo.
Mai, demasiado nerviosa, solo podía mirar. Al apercibir su comportamiento, Lacto se instaló detrás de ella, como resguardándola.
—¡Oh... Granola! —anunció Sacarosa con buena cara.
Las miradas tropezaron en cuanto el sugaíno abrió la puerta. Granola, boquiabierto, regresó la vista a Sacarosa y levantó la canasta. —Ah... vengo a regresar esto. Tu hija lo olvidó. Parece ser que la asusté. Lo lamento mucho —expresó mirando a Mai, quien lo contemplaba pasiva y con la boca medio abierta. La disculpa le cayó suave en el pecho.
—¡Ah...! —dijo Sacarosa con algo de estupefacción aliviadora, y al instante miró a su hija—. Con que era eso —manifestó con su clásica sonrisa. Retornó la mirada al ceresiano—. Regresó muy asustada, y no fue capaz de decirnos qué había pasado; ya nos habíamos preocupado. Pero ahora que sé que fuiste tú... me siento tranquilo. Pasa.
¡Cómo era posible que lo hubiera invitado a pasar!... Mai, asustada, nerviosa y tímida, y padeciendo un montón de emociones más, se levantó del sofá tan rápido como pudo y se acomodó el vestido. Granola ya se encontraba adentro.
Sacarosa, veloz, cerró la puerta tras él, y pronto se puso delante del joven ceresiano. Granola, sin saber qué hacer o qué decir, sencillamente alzó la mano con la canasta, para que Sacarosa la tomara.
—Muchas gracias —dijo el sugaíno luego de por fin agarrarla.
—Yo... —se pausó para palparse la nuca— veo que te gusta el té —dijo dirigiéndose a Mai, quien lo miraba expectante y casi arrancándose sus propios dedos—. A-a mí también me gusta mucho. Mi abuelo lo prepara para mí. Tal vez... deberías venir a probarlo...
—¡Ah...! Eso suena excelente —agregó Sacarosa para enseguida conducir sus ojitos a la hija adoptiva—. Creo que deberías ir, Mai. El abuelo Monaito y Granola son muy buenas personas, además sé lo mucho que te gusta el campo; ellos viven sobre una colina en un prado, y hay muchas flores.
—Así es —asintió Granola mirando a Mai para convencerla.
—¡A-ah, pero...! —expuso Mai con los puños apretados; cómo era posible que la pusieran en esta situación...
—¡Anda, Mai...! Sé que te gustará. Sé que tienes ganas de un aire nuevo. Además, te hará bien. Tú y Granola son seres parecidos. Podrían llegar a ser muy buenos amigos.
La mirada de Granola, fija, seguía sobre Mai, y le rogaba a través de ella. Deseaba con todo el corazón que dijera que Sí. E incluso si se negaba, lo intentaría todos los días, aun cuando su tiempo era escaso.
La jovencita ya estaba sudando. Lacto estaba a punto de refutar la idea, cuando la chica misma finalmente accedió. —B-bueno... e-está bien. ¡Pero debe ser siempre durante el día! ¡Odio la noche! —reveló de repente.
—Te entiendo; tampoco soy muy fanático de la noche; el sol brillante atrae más.
Estas palabras volvieron a pasmarla, y con ellas más entró en su corazón.
—¿Cuándo vendrás por ella? —preguntó Sacarosa.
—P-pues mañana mismo. ¿Te parece bien a las nueve?
—A-ajá — contestó Mai sonrojada, arrastrando un dedo con la ayuda del otro.
—Ya está hecho —confirmó Sacarosa.
—Bueno... paso a retirarme —avisó Granola con la mirada en el suelo, totalmente apenado.
Las mujeres y el niño lo vieron salir. Sacarosa lo acompañó afuera y cerró la puerta.
—Hay algo que debo decirte... —pronunció Sacarosa ya en el exterior, con el ceresiano a solas.
—Lo sé —se adelantó Granola—. Sé todo lo que pasó... y no te preocupes; la trataré bien.
—Debes ser muy cuidadoso. Ella aún teme. Si surgen problemas... llámame.
Y el sugaíno le obsequió un pequeño dispositivo para comunicarse con él. Granola lo observó aprisa y de igual manera se lo guardó. —No te preocupes.
...
Volvió a casa ido... pero feliz; excesivamente feliz. Luego de abrir la puerta, se encontró con Monaito, que lo esperaba de pie en la sala. —Te tardaste mucho. Espero que me cuentes lo que pasó...
—Oh, no... olvidé los víveres —dijo el ceresiano ruborizado.
—Oh...
...
—Así que se trataba de eso... —expresó Monaito después de sorber su agua—. Había escuchado de una mujer de otra raza...
—¡¿Ya lo sabías?! —exclamó Granola casi enojado.
—Si hubiera sabido que tenía una apariencia humana desde luego que te lo hubiera dicho, pero no tenía la más mínima idea. Escuché cosas fuertes, por lo que no quise preguntar; hubiera sido inapropiado de mi parte.
—Entiendo... —dijo Granola mirando su avena.
...
Una vez que el ceresiano insistente se marchó y el padre volvió a la morada, dijo que no tenía nada que usar para el día siguiente. Con el dinero sobrante y algo más que le regaló Sacarosa, fue corriendo a comprarse otro vestido y otros zapatos; en esta ocasión toda la indumentaria era rosa claro, casi blanco.
Gracias a Sacarosa y su hermosa familia había experimentado el amor más puro. Ahora... su cuerpo, caliente, tembloroso, y su mente, anhelante, experimentaban la emoción de un sentimiento similar, aunque al mismo tiempo muy diferente. No sabía lo que era emocionarse por un chico; peinarse para él, sentirse con el corazón acelerado debido a él; con solo pensar en él.
Había recordado su cara toda la noche; era preciosa. Sus ojos, su cabello; sus brazos. ¡¿Por qué pensaba en sus brazos?! Y se tocó el rostro ante tales remembranzas. Todas estas emociones nuevas... habían borrado gran parte del pasado horroroso. Quería ser feliz.
A las ocho cuarenta aguardaba en el sofá. El estómago lo tenía revuelto; quería ir con él y a la vez no; ¡estaba demasiado nerviosa!
Tan apurado como ella, tocó la puerta; había arribado antes, cosa de la que ni siquiera se percató; estaba desesperado.
El cuerpo de Mai se sobresaltó tras abrir la puerta; ¡¿qué hacía aquí tan temprano?!
—L-llegué antes —dijo mirando el reloj de la pared. Una gota de sudor descendió por su cabeza. Se sentía un completo idiota desesperado... que vaya que lo estaba.
La actitud de cazarrecompensas era la única con la que contaba... hasta para conquistar. Cuando se ponía un objetivo, lo cumplía, y lo efectuaba más rápido que nadie, así la paga se adquiriría también cuanto antes. Mai era su objetivo ahora. Su corazón era su objetivo.
—A-ah... sí.
Mai escondió el rostro maquillado detrás de su propio brazo, que levantó para mostrar su canasta. —P-preparé el té... y también horneé un pastel.
—Pero... te dije que el abuelo lo prepararía para los dos.
—Lo sé, pero... lo que hice ayer me pareció grosero; bien pude invitarte a comer en lugar de huir. Un pícnic con personas... es más divertido.
Granola sonrió. —Entonces deja que te ayude.
El ceresiano tomó la canasta y también la manta que Mai cargaba con la otra mano. —Vámonos —la invitó alegre.
Mai lo siguió, con el corazón dichoso. Juntos, lado a lado, caminaron despacio hasta alcanzar la cima de la colina. El ceresiano le había ofrecido llevarla en su espalda para que el viaje no le resultara tan cansado, pero Mai, colorada, se negó terminantemente.
El viento daba de lleno en lo alto. Lo primero que hizo Mai tras llegar fue absorberlo... y se sintió libre. Los largos mechones negros se elevaron, y cubrieron el mismo cuello y parte de la fisionomía; la jovencita parecía una pintura... que el ceresiano no podía parar de ver. —Hermosa... —se le salió.
Mai lo miró, y tardó en sonrojarse, puesto que le fue complicado procesar la información.
Mejor tragó saliva y se dispuso a colocar la manta sobre el césped morado, típico de la región.
La jovencita y el excazarrecompensas se sentaron en la manta. El abuelo no sería presentado aún. Ciertamente a Granola se le había olvidado su existencia, no intencionalmente, por supuesto. La atención estaba en las manos blancas sirviendo el té en las tazas más femeninas jamás. Con delicadeza y apego y hasta cierta sensualidad, la taza, rebosante, le fue dada. Granola la tomó dando gracias a través de sus movimientos tranquilos. Mai partió el pastel, el cual había sido decorado con esmero, y le sirvió una gran rebanada al ceresiano. Si bien las manos le temblaban con cada proceder, intentaba no centrarse en ello para que sus movimientos pasaran medio desaparecidos. Se preguntaba si el hombre los había notado; esperaba que no. Y no. Granola solo bebía el té y comía el pastel mirándola. Sí, todo sabía exquisito, mas lo dulce se perdía con el viso de Mai. Estaba hechizado, pegado a ella en alma.
Con cada sorbo de té dulce y caliente, una grieta de su atormentado espíritu sanaba.
¿Era esta la salvación?
De pronto ya no importaba tanto morir; importaba aprovechar el tiempo en este paraíso... al lado de Mai.
Las gargantas repletas de crema dulce no se ahogaban con ella, sino con la pregunta; ¿qué decir?...
El silencio parecía el mejor compañero en ese momento, pero no llenaba el alma. No obstante, ¿cómo hablar?
—E-está muy bueno todo. No debiste molestarte.
Y así fue como Granola rompió el hielo... más o menos.
—N-no fue nada. Estoy feliz por haber horneado para ti... ¡Quiero decir...!
Mejor ladeó el rostro colorado. Había metido la pata.
Granola subió la cabeza para ver el sol, penetrante. Se dio cuenta de que Mai se había sentado justo debajo de él, alejada de la sombra del árbol.
—¿Te gustaría recorrer la casa?... Por fuera. Te gusta el sol, así que me imagino que te gusta caminar.
Mai asintió con la cabeza.
Despacio, emprendieron la marcha por el terreno, en círculos. Los dos se deleitaron con el sol matutino, las ramas de los árboles, que en ratos daban sombra, pero no tenebrosa.
Mai sonrió con los diminutos arbustos pegados a las paredes de la espaciosa casa de arcilla. Granola aprovechó el momento y arrancó una flor rosa, que le obsequió a Mai. Sonrojada, pero con el corazón abarrotado de contento, la tomó. La olió, y su precioso aroma, como el del té, inundó su ser.
Caminaron aún en silencio.
Sintiéndose completamente a salvo, se decidió a hablar: —¿Qué edad tienes? —preguntó la chiquilla al hombre.
Iba a ser sincero, pero recordó la tragedia de su pasado. Si le decía la verdad; si le decía que había regalado su vida a cambio de poder, ella se desmoronaría. Mentiría por su bien. —Cincuenta años.
Mai abrió mucho los ojos, algo espantada. —¡¿Qué?!... Pero... te ves demasiado joven.
Granola avanzó un poco más que ella. Frenó y volteó a verla. —Los ceresianos podemos vivir hasta doscientos años o más. ¿Qué edad tienes tú?
—Q-quince. Cumpliré los dieciséis dentro de tres meses... creo —finalizó con algo de tristeza; ni siquiera recordaba bien su fecha de cumpleaños.
—¿Ah? Eres muy pequeña. ¿No serás una bebé o algo así, cierto?
Mai rio. —Ja, no... —sacudió la cabeza—. Los bebés terricolas son más... pequeños —figuró el tamaño de uno con sus manos.
—Oh... igual que los ceresianos.
Mai, con las manos juntas pegadas a su espalda baja, se acercó al ceresiano, quien al tenerla tan próxima sonrió. Prosiguieron con su caminata, ahora hacia abajo de la colina. La terrícola le preguntó por su infancia; el cómo era cuando niño. Granola contó solo lo alegre. Mai disfrutó las pocas anécdotas que escuchó. Por un instante vivió a través de Granola; a través de su amor familiar, del amor a sus recuerdos. Ella, en cambio, apenas habló de sí misma; no estaba preparada aún para tal cosa.
Al percibir que ya quería retirarse, la invitó a almorzar con ellos. Mai se negó. A lo único que no dijo que no fue a conocer al abuelo. La muchacha saludó de la forma más respetuosa al anciano namekiano, y Monaito quedó encantado.
Granola la escoltó hasta su hogar. A modo de despedida, la única manera de llegar a un roce más íntimo, le sostuvo la mano, o mejor dicho, se la sujetó un momento, y los ojos permanecieron prendados de los otros.
El corazón, hirviente, exigía más. Más días de plática bajo el sol matutino, más dulce té caliente, más pastel, más flores; más de los dos juntos. Acordaron otra mañana de té para el día siguiente.
Mai no fue a trabajar para acudir a su cita.
El vestido y los zapatos fueron nuevos, gracias a Sacarosa. Lo anterior se repitió, solo que en esta ocasión Granola la hizo quedarse a almorzar —después de demasiadas insistencias—. La comida, preparada por el ceresiano, le supo deliciosa, y la compañía plácida. Rieron entre ellos y con el abuelo. Al acabar, Mai le ofreció su ayuda a Granola con los cubiertos. Se paró enseguida de él arrimada al fregadero. —Deja que te ayude —le dijo con su voz tan femenina, dulce.
—Nada de eso. Eres mi invitada —le dijo mientras frotaba un plato con la esponja.
—P-por favor...
El tono, siempre miedoso y entrecortado, le recordó que no podía negársele a nada —y tampoco quería hacerlo—. Granola, sonriente, tomó el mandil de la barra y se lo puso a la señorita, quien rio con el gesto. A continuación giró el grifo adonde sus manos para empezar a lavar los platos. Las risitas no se hicieron esperar.
...
Nuevamente la acompañó de regreso a su casa. Cuando volvió, la faz, de una felicidad inexplicable —infinita—, se convirtió en una de inmenso dolor; de tortura.
Monaito vio este hecho. La mirada lo siguió hasta la habitación; sabía bien qué pasaba. Apretó su bastón. Quizá era hora de hacer algo bueno por Granola.
...
Todos los días eran una cita; una cita con té dulce, pastel, sol, flores, risas. A diario se abrían más y más, y la anécdota triste y sanguinaria de la amiga salió por fin entre tantas otras.
—... h-hijos —concluyó avergonzado Granola. Le había comentado que soñaba con tener hijos; su propia descendencia.
La plática de los sueños era la mejor; la más agradable y cálida; humana.
—¿Cómo los llamarías? —preguntó Mai apoyada en sus piernas.
—S-si fuera una niña... la llamaría como mi mamá. Y si fuera un varón... creo que como mi padre —comentó mirando a la lejanía, donde se encontraba la ciudad de los sugaínos—. ¿Y-y tú?
Mai bajó la cabeza, con dolor; pese a ello, no borró su sonrisa. Las manos se incrustaron en la tierra inconscientemente. —Si tuviera una niña... la llamaría Sho.
—¿Sho? Es bonito. ¿Es el nombre de tu madre?
—No. No recuerdo el nombre de mi mamá. Era el nombre de mi mejor amiga. La conocí en el planeta rojo. Fue lo único que tuve... —y las lágrimas, pesadas, se le salían una a una—. Era buena; muy buena. En una ocasión me regaló su trocito de pan. Me miró tan mal que optó por no comer para que yo lo hiciera. La mataron en mi cara.
Granola, conmovido, la abrazó por la espalda. Ya no le interesó esa barrera que constantemente ponía Mai; la necesitaba; necesitaba curarla, estar con ella; amarla, cuidarla.
—Entonces se llamará Sho —le dijo en voz baja. El aliento masculino, confortable, golpeó la nuca, pero Mai no se intimidó; por el contrario, se ruborizó. El besito se depositó en la nuca. Mai lo miró boquiabierta. La verdad es que le había gustado. Tal apego le había gustado mucho; quería más.
Y el primer beso tuvo lugar a la vista del atardecer, puesto que Mai lo había pasado casi todo el día en la casa de arcilla.
Como el amor y el enamoramiento y el apego eran mayúsculos, en los días venideros los besos ocuparon casi todas sus horas, al igual que las risas y las caricias, muy sanas y ligeras al principio. La juventud de Mai y el amor y la fogosidad de Granola los llevaron pronto a cumplir el próximo paso, y sucedió encima de la manta, entre el pasto morado y las flores. Se hicieron el amor de la forma más afectuosa posible. El ceresiano se adentró despaciosamente en ella, y ella lo aceptó en su centro. Para Mai el orgasmo aconteció prácticamente al instante. Él la había hecho ver mariposas, y con una sonrisa cariñosa se lo pagó.
¿Qué seguía luego?
Estaba más temeroso que nunca. Moriría. Moriría y no podía decírselo. ¿Qué sería de Mai cuando él ya no estuviera? ¿Más muerte para ella? La mano se instaló en la mejilla suave, nívea. Se aguantó el llanto, y en lugar de él se le obsequió con una sonrisa que guardaba la pena más inmensa.
...
Mientras Mai dormía en el hogar de sus padres y de su hermanito, lejos, en la casa de arcilla, se desvelaban Granola y el abuelo. Granola consumido por sus pensamientos. Monaito se acercó a él. —Toma... —le dijo así sin más, de la nada. Eran las esferas del dragón.
Los ojos del ceresiano se abrieron, estupefacto.
—No debería hacerlo, pero... no te dejaré sufrir... ni tampoco a ella. Quiero, por primera vez, enmendar un mal. Pero solo uno. No pidas más, Granola.
Granola agarró las esferas, y lloroso, alzó el rostro. —Gracias —le dijo del corazón.
El cielo estrellado se oscureció, y así de aprisa como su negrura se había apoderado de él, se esfumó.
...
El balbuceo curioso cubrió las nueve de la mañana. Mai se asomó con la pequeña y regordeta Sho en sus brazos al jardín, repleto de sillas de madera. Granola paró de serruchar y las contempló con una sonrisa. Se limpió el sudor de la frente y fue a cargar a su hermosa Sho. —Linda regordeta —le dijo con ella en el aire. Luego le dio un besito, y la bebé rio. La esposa, risueña, se acercó a ellos. El ceresiano la repegó a él de la cintura y la besó en los labios.
—¿Té? —le preguntó su mujer.
—El más dulce —le pidió Granola mirándola a los ojos.
Nota de autor: Bueno, has llegado al final de este one-shot :). Muchísimas gracias por haberlo leído. Fue escrito deprisa, por lo que tiene muchos errores de estilo X"D. Incluso así, espero de corazón que te haya gustado.
Dedico este shot a mi querida amiga (y excelente ficker) Kuraudea. Gracias por tu bella amistad y por contribuir en mi locura XD y por tus maravillosas historias.
Saludos a todos mis amigos y lectores.
Nos vemos pronto .
