CHICKEN TERIYAKI
por Syb
Capítulo VIII: Pasado, parte cuatro.
"Sora, ¿estás despierta?" escribió Mimi cuando salía del pent-house por tercera vez en su vida. Su máscara de pestañas se alojaba en sus ojeras y su vergüenza era tanta que se había disociado y la veía caminar a su lado, reflejada en los ventanales de las calles de Nueva York. Mimi estaba convencida de que caer en las garras de Michael era un suceso completamente evitable, pero hasta ahora no había podido evitarlo. Si tan solo una vez pudiese salir de copas con el rubio sin terminar en su cama lujosa, podría probarle a Daisuke que Michael no era un buitre.
Le caía bien, sí; le parecía guapo, también, pero no se imaginaba junto a él como más que un amigo con ciertas ventajas. Es decir, él tenía las ventajas, porque ella no sentía nada más que culpa luego de darle esas ventajas.
Esperó frente a un semáforo en rojo y volvió a revisar sus mensajes. Si bien Sora aún no contestaba, Mimi asumía estaba en el atelier de su madre, porque tenía una exhibición pronto y esa semana había trabajado hasta bien entrada la madrugada. Sora solo saldría de allí si su esposo la sacaba a la fuerza. La pelirroja estaba viviendo su vida de ensueño, en cambio Mimi no estaba viviendo nada parecido porque Michael no era para ella lo que Yamato representaba para Sora. Su sueño tenía la cabeza pelirroja como su mejor amiga y era el presidente del CITD, el mismo que la había rescatado del laberinto (luego de ignorarla) y le había diseñado su tienda online en su escaso tiempo libre, a cambio de té Oolong, o eso decía que era lo único que necesitaba de ella. Se quedó fantaseando con Koushiro como su esposo frente al semáforo peatonal hasta que pasó del rojo al verde, y del verde otra vez al rojo, y cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se sonrojó tanto que se mimetizó con la luz roja.
—Maldita resaca —dijo en voz alta, solo en caso de que alguien estuviese viendo cómo se incendiaban sus mejillas en esos momentos.
Koushiro Izumi tenía mejores cosas que hacer que salir con una mujer mundana como ella, su enamoramiento adolescente parecía haberse desvanecido con la edad y seguramente él ahora estaba en búsqueda de una persona con un perfil serio, como Miyako o Mina, con la que podría teorizar de la vida en cada segundo del día. Despertar juntos sin la necesidad de destruir la alarma del reloj despertador, desayunar de la mano mientras hablaban de un no-sé-qué de un artículo científico, para luego ir juntos a la oficina que compartirían, y así un sinfín de cosas de personas inteligentes hasta que fueran a dormir. Ella no tenía idea de qué conversarían en caso de vivir juntos.
Si tan solo se hubiese tomado más enserio su gusto por Koushiro Izumi durante la adolescencia, quizás habrían tenido una relación fugaz antes de que él y Taichi fundaran el CITD, y no estaría fantaseando con lo que no pasó; pero ella se enamoró de él cuando le diseñó la tienda, no antes, y él ya parecía más tranquilo ante su presencia.
"¿Te fuiste?" preguntó Michael por texto, "esperaba ir a desayunar por ahí". Mimi lo ignoró inmediatamente, si el rubio no entendía que desaparecer literalmente significaba que no quería desayunar con él ni nada por el estilo, no sabía cómo decírselo en palabras (no quiero verte, quizás era la respuesta más sana, pero Mimi vivía atormentada por el drama).
Cruzó la calle luego de resignarse con Koushiro y su amor marital. Tomó la decisión de que, esta vez, borraría su contacto del directorio para dejar de obsesionarse con su foto de perfil, ya que claramente no bastaba con vaciar su conversación.
"Mimi, sí, estoy aquí" respondió su amiga pelirroja antes de que pudiese concretar sus planes de eliminar a Koushiro. "¿Necesitas hablar?" volvió a escribir Sora. Mimi quiso llorar, por lo que inmediatamente respondió afirmativamente y la mujer del atelier la llamó.
—Lo hice otra vez —sollozó con culpa, a lo que Sora solo se rió por lo bajo y Mimi lo interpretó como la compasión de una madre.
—¿Michael otra vez? Quizás te gusta más de lo que crees.
No le gustaba Michael, pero Sora no entendería el hate fucking a menos que se follara a Taichi, llena de sentimientos de furia y venganza, como si esa fuese la única forma de sanar sus daddy issues, golpeando y apuñalando a Haruiko Takenouchi metafóricamente, mientras violentaba con cachetadas y escupitajos en la boca a Taichi para castigarlo por tener una vida familiar perfecta.
Mimi teorizaba que Yamato se follaba a Sora de forma bastante vainilla, como si las heridas familiares de ambos fueran tan profundas, que tratarse como si fueran carne molida era la única forma de poder concretar el acto sexual. Mimi también pensaba que, más de una vez, alguno de ellos dos habría terminado llorando en los brazos del otro... Su corazón se inclinaba por Yamato.
—No me gusta —dijo con un suspiro que sabía a hastío—. No sé explicarlo, Michael simplemente está ahí...
—Suena como algo que hizo Hikari —murmuró Sora con cuidado, como si supiera que estaba entrando en un terreno peligroso.
Desde que la hermana de Taichi cayó en la desgracia de ser el chisme principal del grupo, Sora había actuado como la hermana mayor que Hikari nunca tuvo. Por mucho que Taichi fuese su hermano y fuesen muy unidos, él no tenía el tacto femenino de la pelirroja. Y al no tener contacto con el padre de la criatura, Hikari no quería necesitar tanto a su madre. Mimi no la culpaba, ya que haría exactamente lo mismo que Hikari de estar en esas circunstancias.
Mimi se detuvo abruptamente. Sora jamás revelaría los secretos de otra persona, pero sí se había permitido deslizar un pequeño detalle con el que podría ayudarla, y eso fue peor que cualquier secreto jugoso.
—¿Qué quieres decir?
—Que tengas cuidado —le dijo con cariño.
—No me pasará, Sora —resolvió Mimi, fingiendo una risa, pero por dentro estaba sintiendo que se pudría en vida.
Michael sí usaba protección, él le había repetido mil veces que sí lo había hecho luego de la primera vez que despertó en el pent-house. Mimi no tenía razones para desconfiar de él, pero aun así no recordaba mucho de su noche de instintos primitivos y, como Michael bebía tanto como ella y la resistencia al alcohol no era lo suyo, había algo que no se sentía bien.
—Tengo que irme, salúdame a Yamato —se despidió Mimi con calma y, apenas Sora cortó con un mensaje amoroso, se fue corriendo hacia una farmacia, tan rápido como sus tacones mal puestos se lo permitieron.
Desde que le compró un té Oolong a Koushiro Izumi había pasado cerca de un mes y ella ya había estado con Michael tres veces. ¿Qué si Koushiro le había escrito durante ese mes? Sí, pero fue un mensaje corto y genérico que fue imposible transformarlo en una conversación. Y lo veía todos los días y, en momentos bajos, aceptaba salir con Michael Barton a Manhattan y todo se iba a la mierda.
Ella podía recordar perfectamente el mensaje, como si no hubiese vaciado la conversación antes de salir con Michael.
Koushiro Izumi: recibí el té Oolong, muchas gracias.
Mimi Tachikawa: ¡qué bien!
Pero no hubo más.
Había días en que pensaba que ella podría haber dicho algo más, o algo mejor, pero ya habían pasado varias lunas desde que se quedó en silencio y ya no tenía sentido hacerlo; además, se había convencido a sí misma de que debía darle espacio para que él intentara algo más. ¡Incluso se había demorado en responderle dos horas! Solo para no parecer interesada.
—¿Sería todo? —le preguntó la farmacéutica, luego de que Mimi pusiera varias pruebas de embarazo en la caja, con una bebida electrolítica y unos chicles de menta.
Mimi asintió con vergüenza.
—También quiero un plan b.
—No funciona así —indicó mirando las múltiples pruebas de embarazo dispuestas frente a ella.
—Tengo fe de que sí.
Se fue del lugar con la bolsa de plástico que pesaba diez toneladas de culpa. El ser disociado que caminaba junto a ella en los ventanales la miró con decepción y ella puso su atención en su celular para evitar su mirada acusatoria. "¿Quieres ir a China Town?" escribió el rubio y ella siguió ignorándolo, esta vez con desprecio. Si llegaba a pasarle lo mismo que a Hikari, Mimi lo mataría y usaría sus testículos en vez de un collar de perlas e iría a comer un croissant enfrente de una vitrina de Tiffany's.
"Hola, Mimi" leyó en la pantalla de su celular y ella no entendió por qué aparecía un texto con el nombre y la foto de Koushiro Izumi, el presidente del CITD y quien la abandonó en un laberinto. Su reflejo en un ventanal le indicó que estaba loca, porque Michael era el que siempre escribía, nunca Koushiro. "¿Cómo estás?" siguió el pelirrojo y ella se sonrojó. ¿Es que había escuchado su drama mental y ahora estaba buscando redención? Si los cálculos eran correctos, si eran las once de la mañana en Nueva York, eran la una de la mañana en Japón. ¿Es que acaso era un booty call? No sabía hacer sexting, pero por él lo intentaría.
"Nunca he ido a China Town a almorzar, creo que sería una buena opción" opinó Michael sin pena ni gloria. Mimi abrió la conversación con el presidente del CITD y se sonrojó cuando vio los dos mensajes nuevos en esa conversación vacía. ¿Qué debía decir? Estaba bien ahora que le había escrito, pero no podía ser tan obvia. "Bien, ¿y tú?" escribió con el corazón en la garganta. Quería parecer casual, incluso despreocupada de recibir un mensaje de él.
¿Koushiro, quién?
Corrió hacia su edificio lo más rápido que pudo, mientras él escribía su respuesta en esa conversación de chat. Necesitaba llegar a su apartamento y quitar todo rastro de Michael de su piel para poder conversar todo el día con el presidente del CITD, si era posible. ¡Lo merecía luego de haber sido ignorada por él!
Apenas él dijera lo que tenía que decirle y se despidieran, ella vaciaría como siempre la conversación y borraría su contacto para toda la eternidad. Debía exorcizarse del pelirrojo y de sus fantasías con él, y seguir adelante. Sin embargo, apenas entró en el edificio donde vivía, a un lado del conserje, estaba Koushiro Izumi, de traje y abrigo, con el cabello un poco más largo que de costumbre, pero la misma sonrisa tímida que la había enamorado cuando diseñaba su tiendita online.
—¿Qué haces aquí? —murmuró ella, intentando tragar el nudo que se le formó en la garganta.
—Vine por trabajo —respondió él—, Taichi me dio tu dirección —siguió él, como si quisiera explicarse mejor. Sus ojos negros la estudiaron rápidamente y ella sintió la necesidad de ocultar la bolsa de la farmacia detrás de ella, pero la vanidad pudo más e intentó borrar la máscara de pestañas que tenía en las ojeras. Ese gesto hizo sonreír a Koushiro—, discúlpame si vine de improviso.
—Está bien —respondió petrificada—. ¿Quieres subir? Creo que tengo té Oolong en la nevera.
Por supuesto que tenía té Oolong en la nevera, tomaba la bebida favorita de Koushiro porque era su personalidad el que le gustara Izumi.
Quería que subiera con ella, pero tenía la bolsa repleta de pruebas de embarazo y sus poros exudaban alcohol, sudor y fluidos de otro hombre. Sin embargo, la resaca la tenía tonta, al igual que sus fantasías con el presidente del CITD. Si actuaba como si estuviera desesperada, era porque estaba desesperada.
—Claro, si no te molesta —respondió él y la siguió al ascensor.
Esperaba que no oliera nada, lo esperaba, pero las puertas del ascensor se cerraron y no pudo pensar en otra cosa.
—Taichi me dijo que Daisuke vivía contigo.
—Vivió —corrigió—, aún no saca todas sus cosas, pero hace unos días, su novia Noriko le dijo que tenía retraso y se fue tan rápido como pudo. Yo no uso mi estacionamiento en el parking subterráneo del edificio porque no conduzco, pero Daisuke compró una carreta hace unas semanas y ahora la tiene aparcada ahí. Se ve ridículo, pero estamos en Nueva York, ya nada me sorprende.
Mimi tenía la impresión de que, si hablaba mucho, él no olería nada, pero era ella la que no tenía tiempo para respirar ni olerse a sí misma. En esos momentos, solo esperaba que Koushiro no viera lo que traía en la bolsa de la farmacia, ya era imposible que no se hubiese dado cuenta que había salido de fiesta un día de semana.
Koushiro se rió casi imperceptiblemente cuando escuchó la historia de la carreta y ella pudo liberar un poco de la tensión que sentía en todo su cuerpo. Ella no era una cerebrito, pero sí podía mantenerlo entretenido.
—¿Te importa si me baño? —le preguntó apenas salieron del ascensor.
—Adelante —respondió él y ella sonrió como tonta antes de abrir el cerrojo de su apartamento.
—¡Hay té Oolong en la nevera! —gritó cuando se fue corriendo a su habitación y se metió en el baño.
Tiró la bolsa de la farmacia en el cesto de la ropa sucia y encendió la ducha. Se restregó la piel lo más fuerte y rápido que pudo, enjabonó su pelo con tanto shampoo como le cupo en las manos, porque en algún momento de la noche se puso a fumar con una extraña en un callejón y su cabello olía a muerto (ella ni siquiera fumaba). Se pasó el rastrillo por las piernas, se cepilló los dientes y desmaquilló. Luego, se perfumó y salió del baño para irse directo al closet. Buscó el conjunto más sexy de lencería y se metió dentro de un vestido negro, a juego con el traje de Koushiro. Apenas se vio en el espejo, se puso unos aretes de oro, un poco de rubor en las mejillas y salió con el pelo mojado porque no podía esperar más.
Koushiro estaba de pie en el ventanal, con las manos en los bolsillos del abrigo, mientras tenía la vista en dirección al hotel donde se había hospedado la última vez. La pregunta era: ¿qué hacía aquí, en medio de la sala de su apartamento? Desentonaba con todo en Nueva York, y con ella, pero estaba ahí.
—Estoy lista —anunció ella cuando se le acercó—. ¿Quieres almorzar? Podemos ir a China Town.
Koushiro se volteó a verla y se sonrió cuando vio su vestido negro.
—Tengo que ir a una reunión en dos horas —dijo él con las cejas culposas—, no puedo ir tan lejos.
Mimi intuyó que volvió a hospedarse en el hotel, donde ella iba a tomar desayuno cuando quería un poco de glamour en su vida, y que por eso Koushiro miraba en aquella dirección por el ventanal. Quizás calculaba los minutos que le llevaría volver caminando al hotel y eso hizo que sintiera que toda su piel ardiera en llamas. Quiso decirle que desde su habitación se podía ver mejor el hotel, pero eso era una mentira.
—¿Quieres comer algo aquí? Puedo preparar algo —dijo sin pensar, aun si él no parecía gustar de sus ideas culinarias. Para su sorpresa, Koushiro asintió levemente, como si no estuviese del todo cómodo ahí parado (o como si no estuviese seguro de querer comer cosas extravagantes como huevos con azúcar), pero se quedaría junto a ella por al menos una hora y eso era más de lo que podría haber fantaseado jamás—. Mientras preparo el almuerzo, me podrías contar lo que sabes del padre del bebé de Hikari.
Koushiro se rió levemente y la siguió a la cocina. No había nada más glamoroso que tener una chef privada que cocinaba chicken teriyaki para su jefe, vestida con un black little dress.
—¿No eres tú, cierto? —preguntó cuando sacó el filete de la nevera y fingió sorpresa ante esa pequeña posibilidad.
—No —resolvió tomando asiento frente a la isla en la que Mimi empezaba a trabajar, luego de quitarse el abrigo y dejarlo en el respaldo de la silla. Su traje la hizo suspirar—. Taichi me mataría.
Mimi rió con gracia, pero por dentro les agradecía a las deidades que no fuese cierta su paternidad. Moriría si Koushiro se multiplicaba con una mujer que no fuese ella. Fue entonces que recordó la bolsa de la farmacia, oculta en el cesto de ropa sucia, y sintió que su cuerpo se enfriaba de golpe por el miedo a la posibilidad de arruinarlo todo por culpa de Michael y su insistencia. Luego, eligió evadir y repuso la sonrisa que el rubio le había quitado por dos segundos. Esperaba que Koushiro no se hubiese dado cuenta.
—Además, no podría no hacerme cargo —continuó él—, ya sabes, soy adoptado.
Ella no lo sabía, pero intentó pretender que sí.
—¿Lo eres?
Su curiosidad era muy grande como para seguir pretendiendo.
—Sí.
—¿Pero sí quieres ser padre? —le preguntó mientras volvía su atención al pollo y pretendía no estar tan interesada en el tema.
—Puede ser —respondió no muy seguro—. No está en mis planes aún.
—Podemos arreglarlo.
Koushiro se quedó callado, solo porque no sabía cómo preguntar algo que no entendía y Mimi se rió.
—Podemos arreglarlo —insistió ella, Mimi se escuchaba y entendía lo que decía, pero por culpa del alcohol que seguía circulando en su torrente sanguíneo, el atrevimiento la seguía persiguiendo como cuando le aceptó el cigarro a la extraña, y sabía que no podía parar de hablar de sus fantasías con Koushiro—, puedo tener tres hijos, pero no más. Me conformo con dos.
—Dos está bien —respondió él, siguiéndole el juego y ella casi se desmaya al instante.
¿Enserio iban a tener dos hijos?
