Disclaimer: InuYasha no me pertenece. Yo sólo estoy jugando con los personajes.

Notas: Normalmente tiendo a elegir un personaje y profundizar en sus pensamientos, por lo que no sé qué tal habrá quedado esta historia porque es confusa y deja muchos cabos sueltos. Y, la verdad es que es toda una maldita referencia a la película de 1986, "Laberinto". Años sin verla y hace poquito la vi con mi sobrino, y no podía sacarme esta idea clavada en mi cerebro como una espina; el concepto era todavía más extraño en mi mente, así que intenté darle un poquito de cuerpo. XD


•Esas voces en tu pasillo, ¿las dejarás entrar?•

Él vuelve a buscarla cuando ella es una mujer común y tiene a su propio hijo.

Es un niño brillante, de tres o cuatro años, que sonríe a su madre desde su silla. Lanza el tenedor demasiado rápido y los fideos salen volando al suelo, teñidos por salpicaduras de salsa roja.

―Ten cuidado, cariño ―regaña ella, rodeando la mesa para recoger el caos. Con manos hábiles, limpia el suelo y luego, con la espalda recta y la cabeza ligeramente inclinada, se detiene y escucha atentamente.

―Mami ―dice el niño―. ¿Qué estás haciendo?

Ella parece despertar de sus pensamientos, regalándole una cálida sonrisa.

―Oh, nada especial.

―Estabas en silencio ―le señala él, frunciendo los labios mientras un rastro de rojo adorna su barbilla.

Ella le echa un vistazo por encima del hombro antes de volver a su asiento.

―Sólo me perdí en mis pensamientos ―asegura―. Ya sabes, cariño, mi mente siempre está en las nubes.

Él parpadea, sorprendido.

―Come tu pasta.

―Está bien ―dice el niño, pero antes de llevarse la primera cucharada a la boca, agrega―: ¿Podemos volver a poner la película de Sarah y el Rey Goblin?

La mujer asiente.

El demonio acecha desde el exterior, sus ojos brillando en la oscuridad más allá de la ventana de la cocina.


Kikyō.

El nombre se desliza por la lengua como un susurro fantasmal, impregnando el aire con un escalofrío que eriza la piel. La noche, antes densa y sofocante, se vuelve aún más opresiva, como si una presencia invisible la estrujara.

Kikyō.

El demonio se sienta junto a la cama, observándola dormir. Su cabello se adhiere a su frente húmeda y un rubor febril le mancha las mejillas. Sus labios entreabiertos murmuran palabras inaudibles en un sueño inquieto. Un ceño leve frunce su rostro, como si incluso en el descanso la paz le fuera esquiva.

Kikyō.

Sus dedos rozan la piel de ella con una delicadeza casi reverencial. Recorren las líneas de su rostro, la curva de su cuello, con una suavidad que contrasta con la frialdad que emana de su propio ser. Un escalofrío la recorre, un estremecimiento que la despierta de su sueño, dejando sus ojos nublados por la confusión.

—Kikyō —murmura.

Se incorpora de un salto en la cama, la sábana deslizándose por su cuerpo y acumulándose en su cintura, dejando al descubierto sus muslos pálidos. Se acurruca contra sus rodillas, buscando un refugio en vano contra el terror que la invade. Su respiración se vuelve pesada, jadeos roncos que resuenan en la quietud de la noche. Sus ojos, grandes y desorbitados, brillan febriles a la luz de la luna que se filtra a través de la ventana; exploran la habitación oscura, moviéndose de un lado a otro con una rapidez frenética, buscando cualquier cosa, cualquier ser que pueda confirmar su miedo.

Ella está sola.

Pero el lugar a su lado es cálido al tacto.

Se escuchan respiraciones entrecortadas mientras se quita la sábana y presiona los pies contra el crujiente suelo de madera. Sus dedos se curvan.

Cruza la habitación corriendo y enciende la luz del pasillo antes de abrir la puerta frente a la de ella.

Del techo cuelgan estrellas adhesivas, parpadeando en la oscuridad como si fueran ojos vigilantes. Junto a la cómoda, una luz nocturna en forma de cohete irradia una tenue y siniestra luminosidad. El niño yace en su cama, su cuerpo pequeño se enrosca como un capullo, mientras su dedo se pierde en la comodidad de su boca.

Un escalofrío recorre la columna de la madre cuando se mueve sigilosamente por la habitación, tratando de no perturbar el sueño de su hijo. Se arrodilla junto a la cama, apoyando un codo en el borde.

Ella aparta con suavidad el cabello de su rostro, ofreciendo una sonrisa tranquilizadora. Plantando un beso cálido en su frente, se levanta, como si abandonar la habitación fuera un acto de renuncia. Al llegar a la puerta, se detiene y echa un último vistazo. Una sensación de inquietud la inunda, pero sacude la cabeza para alejar esos pensamientos oscuros. Con un leve crujido, abre la puerta, dejando que el estrecho rayo de luz del pasillo invada la penumbra de la habitación, como si fuera una espada brillante que desgarra las sombras.

Sin que se dé cuenta, la mecedora parece cobrar vida una vez más, oscilando de un lado a otro, de un lado a otro, en un ritmo hipnótico y perturbador.


El dulce canto de los pájaros dominicales arrulla el aire. Las ventanas, apenas entreabiertas, permiten que la brisa se deslice con suavidad por la habitación. Ella reposa en el sofá, el libro abierto en equilibrio sobre su regazo, mientras su cabeza se inclina ligeramente hacia un lado en un sueño profundo. Su pecho se eleva y desciende con cada respiración pausada, como olas en un mar sereno.

El niño también duerme. Pero en su propia habitación.

Desde el alféizar de la ventana, él la observa con una mirada penetrante, sus alas negras plegándose mientras las plumas gotean humedad. Su pico reluce ominosamente y sus ojos, de un rojo demasiado intenso, parecen contener un misterio más profundo que el de cualquier ave. En esa mirada, él ve más de lo que debería.

Suena el reloj.

Hay un relampagueo y de repente, se encuentra erguido en medio de la sala de estar, una figura imponente que parece surgir de las sombras. Su cabello negro como la obsidiana irradia un brillo lustroso a la luz del atardecer, su manto blanco y severo ondeando con cada movimiento. Sus ojos están fijos en ella.

El ceño de ella se contrae y su boca se tensa mientras duerme, ajena al sonido de los pasos que retumban en el suelo de madera, uno tras otro. Él se desliza sigilosamente hacia ella y se sienta a su lado. El sofá cede bajo su peso, inclinándola hacia un lado. Su cabeza descansa sobre su hombro, sintiendo el suave cosquilleo de su aliento en el pecho.

Sus labios se curvan en una sonrisa cruel, revelando dientes blancos y demasiado afilados. Levanta una mano, larga y pálida, y la pasa por su cabello, acariciando la oscuridad con dedos que parecen garras; rozan su mejilla, bajan por su cuello y se detienen en la clavícula, donde encuentran algo metálico. Él tira de la cadena, una fina línea de plata que se enrosca en su piel como una serpiente, algo bonito que cuelga justo detrás del escote de su vestido de verano.

Toca el delicado anillo que reposa contra el dedo índice, sintiendo su textura suave y fresca. Un diamante, brillando como una estrella solitaria.

Su sonrisa se ensancha un poco, su piel tensa casi pareciendo crujir bajo la presión de sus nudillos apretados. Una vez más, su mano se cierra con fuerza alrededor del anillo, como si estuviera tratando de sofocar algo dentro de él. Cuando finalmente lo suelta, el anillo desaparece de su vista, como si se desvaneciera en el aire junto con la cadena de plata.

Ella exhala un suspiro, una neblina de sueño que se disipa en la mañana. Él pasa el pulgar por encima de su cuello.

Luego, cuando despierta, permanece inmóvil, sintiendo una mano que juega con su cabello con una delicadeza perturbadora. La suave tela de encaje le hace cosquillas en la nariz, provocando una sensación inesperada que le corta el aliento como una mano estrujando sus pulmones.

—Kikyō —murmura un hombre entre canciones.

Ella se incorpora lentamente, pasando la mano por su boca para limpiarse. Su mirada se queda fija, como si estuviera hipnotizada por algo indescriptible. El pulso late con fuerza en su cuello, una señal visible de la ansiedad que la consume. Finalmente, se recuesta hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera presenciando algo demasiado horrible para comprenderlo completamente.

Naraku.

Un nombre que evoca leyendas olvidadas y maldiciones ancestrales. Un nombre que despierta en el corazón un terror primigenio, un miedo visceral a lo desconocido.

—-Tú eres...

—Shh... —presiona un dedo contra sus labios con delicadeza. Él le dedica una sonrisa tranquilizadora—. No queremos despertar al niño, ¿verdad?

Sus ojos se desorbitan, desviándose rápidamente hacia el pasillo.

―¿Qué estás...? ―comienza a decir, pero él se inclina hacia adelante, silenciándola con un gesto.

―¿No te lo dije...? ―saca un cristal y lo sostiene entre ambos, capturando sus miradas. Los ojos de ella se desvían hacia el objeto y luego vuelven a él, encontrándolo muy calmado. Una sonrisa se dibuja en sus labios una vez más―... shh.

Entonces, Naraku frunce los labios y sopla suavemente sobre el cristal. Brilla en el aire entre ellos, lanzando destellos que parecen encantarla. Una sensación vertiginosa se apodera de Kikyō, como si sus ojos se cerraran involuntariamente y su cabeza girara sin control. El libro se desliza de sus manos, cayendo torpemente al suelo. Él la atrapa justo a tiempo, cuando su cuerpo se inclina peligrosamente al borde del sofá, evitando así que caiga al vacío.

—Na... ra... ku —murmura, levantando débilmente la mano. Intenta alcanzarlo para tocar su rostro, pero sus músculos se debilitan rápidamente, como si una fuerza invisible los estuviera despojando de su poder.

—Oh, Kikyō... —suspira él, mientras la guía hacia atrás, presionando suavemente su espalda contra su pecho. Su cabeza cae, descansando sobre su hombro, mientras sus piernas se entrelazan con las suyas; el vestido se arruga alrededor de sus muslos en un abrazo íntimo y extraño.

Él aprieta su rostro contra su cuello y respira profundamente. Kikyō emite un leve sonido de incomodidad y se agita un poco. Naraku la sujeta con firmeza para mantenerla quieta, como no si fuera más que un conejo asustado

—Kikyō —dice.

Ella gime, con los ojos entrecerrados, las pupilas dilatadas casi tanto como el iris. Se desplazan de un lado a otro sobre la pared, como si estuviera ausente, perdida en algún lugar lejano.

—Kikyō, necesito tu ayuda —solicita con tranquilidad.

—¿Ayuda...? —murmura ella, como si estuviera despertando de un sueño profundo.

—Sí, preciosa —responde Naraku con fría dulzura—. ¿Puedes ayudarme?

Kikyō asiente con lentitud. Ha despertado del sueño, pero todavía no parece estar del todo presente.

—Bien —susurra él, trazando una línea a lo largo de su cuello con la nariz, una caricia que envía escalofríos por su espalda—. Necesito que repitas después de mí.

—¿Repetir? —pregunta ella, confundida por la extraña solicitud.

—Sí —le asegura, su voz suave pero firme—. Como en la película. Tú serás Sarah y yo seré el Rey Goblin. Ahora, repite conmigo: 'Deseo...'

Ella chasquea los labios, sintiendo su lengua floja en la boca.

—Deseo...

—'Que Naraku...' —él le toca la rodilla.

—Que Naraku —ella repite.

—'Venga...'

—Venga...

—'Y se lleve...'

—Y se lleve...

Los dientes de él brillan con una luz siniestra.

—'A mi hijo...'

Kikyō hace una pausa, una sombra de duda cruzando su rostro.

—'A mi hijo' —vuelve a decir.

—A mi... hijo... —un ceño fruncido arruga su frente, como si luchara contra algo desconocido.

—'Lejos...'

—Lejos... —Kikyō trata de alejarse de él, pero se siente atrapada, impotente ante su presencia. Se marchita nuevamente contra su pecho.

—... 'Ahora mismo.'

Sus ojos relucen con una intensidad inquietante, pero las palabras parecen atascadas en su garganta.

—Dilo —insiste él con un tono imperioso—. 'Ahora mismo'.

Y ella, incapaz de hacer otra cosa, lo repite:

—Ahora mismo.

Los labios de Naraku se curvan.

—Gracias, Kikyō —elogia, su voz suave como el terciopelo .

Una arruga de preocupación se forma en su frente. Un gemido apenas audible escapa de sus labios.

—Algo está mal...

Los ojos de él parecen arder con un fuego oscuro y despiadado.

—Para nada —la tranquiliza, pero el tono de su voz sólo aumenta la sensación ominosa que envuelve la habitación—. Todo es perfecto.

—¿Lo es...? —ella pregunta, sintiendo un nudo en el estómago.

—Sí, cariño —responde Naraku con una calma que hiela la sangre—. Estuvo perfectamente hecho.

Luego, se ríe.

—Recuerda, Kikyō, nunca hay nada que no pueda hacerse realidad si se desea lo suficiente.

Ella levanta la mirada hacia él.

—¿Qué... qué has hecho? —murmura, con la cabeza colgando sobre su cuello

Una sonrisa complacida se despliega en los labios de él.

—Sólo he cumplido tus deseos, Kikyō. Después de todo, ¿no era eso lo que realmente deseabas? Ahora, estoy celebrando.

—Mi... hijo... —susurra ella, con la voz apenas un hilo de aire. Sus ojos, aún cerrados, se aprietan con fuerza, como si intentara negar la realidad con sólo pestañear. Sus manos, flácidas e inertes, empujan débilmente contra el pecho del hombre, tratando de alejarlo. Pero él no cede. La aprieta aún más contra su cuerpo, como si quisiera absorberla en su ser.

Otro escalofrío la recorre. No es sólo por el frío contacto de Naraku, sino por la sensación de algo antinatural, algo terrible en su abrazo.

—Naraku... —gime ella, con la voz rota por el miedo. Las lágrimas brotan de sus ojos como un río, empapando sus mejillas. Sus manos tiemblan cuando intenta nuevamente apartarse de él, pero es inútil.

—Kikyō, Kikyō, Kikyō... —murmura, con una sonrisa cruel en los labios. Sus ojos, de un rojo intenso como el vino o la sangre, la miran con una intensidad desmedida. Inclina la cabeza y le roza el cuello con los dientes, dejando una marca roja y dolorosa—. ¿Qué voy a hacer contigo, mi querida Kikyō? ¿Te destruiré de una vez por todas o te convertiré en mi marioneta? La decisión es mía... y sólo mía.

Él chasquea los dedos y ella queda desnuda; temblando, el sudor le corre por la frente. Él se inclina y sus dientes encuentran el suave calor de su hombro, sus manos explorando con precisión los contornos de sus pechos. Es lento, metódico, casi dulce, de la misma manera en que lo seria su desaparecido esposo. Ella se retuerce bajo su tacto, pero él la calma con una tranquilidad que asusta. Las lágrimas brotan con más intensidad y él las recoge con su lengua ávida. Sus gritos son silenciosos, ahogados por la rendición de su cuerpo ante el dominio del suyo.


Al final, resulta que no la toma, y sus caricias se vuelven superficiales y casi impersonales. Sorprendentemente, en lugar de consumar sus deseos, la viste y la deja desmayada, sumida en un sueño profundo. Con delicadeza, la transporta a su reino. Regresa luego por el niño dormido, sabiendo que cuando despierte, el hechizo habrá alcanzado su meta.


—¿Dónde está mi hijo? —su voz resuena en la penumbra, ronca y llena de desesperación. Sus uñas se hunden en el suelo áspero mientras lucha por mantenerse en pie, debilitada y vulnerable, sobre manos y rodillas. A escasos pasos de distancia, él permanece en la sombra de la mazmorra, envuelto en una oscuridad tan densa que casi la ciega. Ella tose, batallando contra la opresión del aire viciado.

—Oh... —reflexiona—. Aquí y allá.

Kikyō parpadea, las lágrimas corriendo por su rostro.

—¿Qué has hecho? —la suciedad cubre su piel, dejándola marcada y manchada.

—Simplemente he cumplido con tu deseo —responde, con una frialdad que congela su sangre y confirma sus peores temores.

—No —niega con la cabeza, con el pelo al viento. Gime mientras lucha por levantarse del suelo, las lágrimas mezclándose con el polvo en su rostro—. No quise decir eso...

Se oye una carcajada profunda. Rebota por todas partes, por todos lados. Ella se estremece.

—Lo dicho, dicho está —se alegra—. Él es mío ahora.

—¡Me obligaste a decirlo! —ella grita—. ¡Devuélvemelo!

—No —responde él con calma, su tono impasible—. No creo que lo haga.

Retrocede, alejándose del rincón oscuro de donde proviene su voz.

—Entonces, correré hacia él —dice rápidamente, el pánico completamente legible en sus palabras—. ¡Por favor, por favor! ¡Déjame intentarlo! ¡Tienes que hacerlo! ¿No es como en la película? El Rey Goblin permite que Sarah atraviese el laberinto para rescatar a Toby.

—Hmm... —parece considerarlo por un momento—. Tienes razón.

Aparecen en algún lugar desconocido. Ella se estremece al contemplar la escena, el cielo oscurecido que se extiende sobre el extraño laberinto hasta donde alcanza la vista. El aire frío la hace tiritar y se abraza a sí misma, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos se desvían hacia el suelo, observando cómo sus dedos de los pies, cubiertos de tierra, se mezclan con el barro. Evita el contacto visual.

—Tienes seis horas —dice él.

Ella levanta la vista. Él parece divertido, con una sonrisa burlona curvando sus labios. Su boca tiembla, pero luego se aprieta en una línea firme.

—Son trece horas. Sarah recibe trece horas, no seis —corrige.

Naraku se inclina hacia adelante, sus ojos centelleando con malicia mientras la observa con una sonrisa torcida.

—Tienes razón —admite con un tono condescendiente—. Trece horas para Sarah en la película, pero ésta no es una película. Esto es real, y las reglas son diferentes.

Ella aprieta los puños, conteniendo su frustración ante su respuesta.

—Por favor, tienes que dejarme encontrar a mi hijo sin necesidad de... todo esto —suplica con desesperación en su voz—. No sabes lo importante que es para mí.

Naraku la observa durante un momento, como si estuviera evaluando sus palabras, pero luego sacude la cabeza con un gesto de desdén.

—No me importa lo importante que sea para ti, Kikyō. Lo único que me importa es lo que quiero yo —declara con frialdad—. Y en este momento, lo que quiero es ver cómo te esfuerzas por recuperar a tu hijo.

—¿Y qué pasa si no logro encontrarlo a tiempo? —pregunta, su voz temblorosa con la anticipación del peor escenario posible.

Naraku se encoge de hombros.

—Entonces, tu hijo será mío para siempre —sentencia con una sonrisa maliciosa.

Con los ojos bajos una vez más, ella da un paso adelante.

—Ah, y Kikyō —la llama, haciendo que reduzca la velocidad y se gire—. Toma —materializa un arco y flechas y se lo ofrece.

Kikyō mira los objetos con confusión, sintiendo el peso de las armas en sus manos. El material es viejo.

—¿Qué se supone que debo hacer con esto? —pregunta.

—¿No es obvio? Debes usarlo.

—Lo usaré —declara con una firmeza que sorprende incluso a Naraku.

Él sonríe, como si estuviera complacido con su respuesta.

—Así me gusta, Kikyō. Ahora, ve y encuentra a tu hijo. Pero recuerda, el tiempo corre en tu contra.


El Laberinto se despliega ante ella, pero es muy diferente al que vio en la película. Es más oscuro, más imponente. A medida que cojea por sus pasillos retorcidos, sus pies sangran por las rocas, las ramas y los cristales afilados que se esparcen por el suelo. No encuentra a nadie más, sólo el eco de su propia respiración y la sensación de malicia que impregna el aire, como si estuviera siendo observada por algo mucho más siniestro que un simple laberinto.

El mundo parece estar completamente mudo, sin ningún otro sonido que perturbe la quietud. Esta vez, las puertas no están adornadas con caras grotescas, ni las piedras susurran secretos ominosos. No hay nadie a quien pueda recurrir para buscar consuelo o compañía en esta oscuridad abrumadora.

Ella camina y camina. Las piedras se pudren a su alrededor. Todas las plantas son esqueletos óseos muertos. Es un invierno cálido. No hay estrellas ni luna. Ella no puede ver nada. Es casi como si no hubiera cielo en absoluto. Y entonces, aparecen, horrores indescriptibles surgidos de sus peores pesadillas, pero es tan torpe que ni siquiera sabe usar el arco.

Ella intenta desesperadamente todos los trucos que recuerda de la película, pero es en vano. Los pasajes secretos que esperaba encontrar no existen, y no hay amigos con los que hablar, sólo enfrentarse a los monstruos que deben ser derrotados. Está atrapada, sin salida a la vista, perdida en un laberinto interminable de piedra.

Todavía en ese primer corredor sin fin, levanta la mirada hacia el cielo púrpura que la envuelve y, con lágrimas en los ojos, suplica y ruega con desesperación:

—¡Por favor, por favor! —grita—. ¡POR FAVOR!

Apenas puede respirar, su mano aferrándose a su garganta en busca de algo que ya no está allí. Pero no encuentra nada más que vacío. Queda inmóvil, contemplándose a sí misma en la desolación, con el corazón destrozado al darse cuenta de que su collar y su anillo han desaparecido. Las lágrimas brotan libremente mientras cae de rodillas, balanceándose hacia adelante y hacia atrás en un intento desesperado de encontrar consuelo.

—Por favor, Dios —susurra, con las manos unidas en un gesto de súplica—. Por favor, ayúdame a encontrar a mi hijo. ¡Él es mi hijo! ¡Dime que esto no está sucediendo! ¡Por favor!

Pero a medida que las horas transcurren implacables, ella se desquicia, sintiendo cada vez más el acecho de los horrores que la rodean.

—¡NARAKU! —grita en la oscuridad, temblando y arrastrándose mientras algo que se asemeja vagamente a un niño le muerde la pierna. Su voz retumba—. ¡VEN AQUÍ! ¡AHORA MISMO!


Naraku observa a la madre a través de su pálido espejo. No es un reflejo normal, sino una ventana a su alma. Un cruel deleite se dibuja en sus labios mientras se reclina en su trono, acariciando con dedos largos y huesudos la suave piel del niño que rebota en sus rodillas.

El niño, de ojos grandes e inocentes, se vuelve hacia él, y en ese instante el espejo desaparece de su vista.

—¿Dónde está mi mami? —pregunta, sus ojos llenos de lágrimas.

Naraku se inclina hacia delante, su rostro a escasos centímetros del del niño

—Oh, tu mami, —dice con voz melodiosa, como si estuviera contando un cuento—, ella está en alguna parte.

—Pero yo quiero verla —insiste—. Quiero volver a casa con ella.

Naraku se ríe, una risa profunda y gutural que hace vibrar las paredes de la estancia.

—Oh, eso —dice alegremente—, depende de tu mami.

El niño solloza, desconsolado. Se aferra al abrigo del demonio con la fuerza del terror, buscando refugio en la suave piel blanca de babuino que cubre a Naraku. Naraku, con un gesto lento y casi imperceptible, lo envuelve por completo. El pequeño se acurruca contra su pecho, sintiendo la calidez de su cuerpo y un aroma que le resulta a la vez familiar y desconocido.

—No llores —le susurra al oído—. Yo te cuidaré. Te daré todo lo que necesitas.

Es la calidez de un ser que no debería ser cálido, de un cuerpo que no debería reconfortar. El niño se siente confundido, inseguro. La bondad de Naraku es como un veneno dulce, una caricia que quema.


Cuando las seis horas pasan y ella sigue milagrosamente con vida, él se le presenta de nuevo, y los yōkais retroceden al sentir el aura de su amo. Aunque Kikyō solloza fuera de control, sus ojos reflejan una rabia abrumadora.

—¡No! —grita, lanzándose hacia Naraku. Sus manos buscan su cuello mientras gruñe, pero él esquiva su ataque y ella cae con fuerza al suelo, con las manos y las rodillas sangrando.

—El tiempo ha terminado. ¿Por qué no utilizaste tu arco y tus poderes espirituales? —pregunta él con una ceja arqueada. Ella se levanta de nuevo, pero el Laberinto desaparece antes de que pueda hacer algo más.

—Ah, déjame recordarlo: ahora eres sólo una mujer común —añade con desdén.

Naraku la empuja con brutalidad hacia la oscuridad de la mazmorra, cerrando la puerta de hierro con un golpe seco que resuena en las paredes de piedra. Un silencio sofocante se apodera del lugar, sólo roto por los sollozos desgarradores de la mujer. En el exterior, escucha con una sonrisa divertida en su rostro, percibiendo cómo los puños de ella se cierran con tal fuerza que las venas de sus brazos parecen a punto de estallar. La impotencia y la furia la consumen, y su llanto se vuelve un rugido animal.

Con dedos ensangrentados, araña las ásperas piedras, buscando una salida que no existe. Sus uñas se rompen y la carne también, pero a ella no le importa. La esperanza, aunque sea una pequeña llama, aún arde en su corazón. Se lanza contra la puerta una y otra vez, golpeando su cuerpo contra el frío metal. Grita hasta que su garganta se seca y su voz se convierte en un ronco susurro. La tos la ahoga, el polvo llena sus pulmones y las náuseas la invaden.

Finalmente, su cuerpo no puede más. Se desmaya, inclinándose hacia un lado y cayendo al sucio suelo. Su respiración se vuelve tenue, su corazón apenas late; la vida se escurre de ella como la arena entre los dedos.


Él la mantiene viva, pero no por compasión, sino por crueldad. La deja en la mazmorra, en la oscuridad y el silencio, con sólo su propio dolor como compañía. Las horas se convierten en días, los días en semanas, las semanas en meses. Ella está sola, con su mente como única compañía.


Cuando Naraku regresa por ella, la encuentra transformada en una criatura repugnante. Su cuerpo es sólo piel y huesos, sus labios están agrietados y descamados, y sus manos, bajo la mugre que las cubre, son un amasijo de carne viva y enrojecida.

Las marionetas que la visitan de vez en cuando apenas le han proporcionado un mísero sustento.

En silencio, él la conduce a la casa de baños. Ella no levanta la vista del suelo durante todo el camino, como si la vergüenza la atara a la tierra. Pero cuando el agua tibia comienza a limpiar su cuerpo por primera vez en tanto tiempo, las lágrimas brotan de sus ojos.

Llora por la humillación, por la soledad, por el dolor.

Naraku la observa desde un taburete al otro lado de la habitación. En su rostro no hay ni compasión ni remordimiento, sólo una terrible indiferencia.

Él la seca con una toalla suave, sus manos rozando su piel con una familiaridad que la hace estremecerse. Entonces la viste con un sencillo vestido de lino, blanco como la nieve y tan fino que parece transparente a la luz tenue de la habitación.

—Quiero recuperar a mi hijo —dice ella, con la voz ronca por el desuso, pero aún firme. En la mazmorra, las historias y las canciones fueron su tabla de salvación, la única forma de mantener la cordura.

Naraku chasquea la lengua y comienza a peinar su cabello, enmarañado y frágil por el tiempo que ha pasado en la oscuridad. Sus manos son sorprendentemente hábiles, pero ella siente un dolor cuando el peine rasga los nudos.

—¿Dónde está? —pregunta luego.

Kikyō no se atreve a mirarlo; su cuerpo se tensa con cada tirón del peine.

—En algún lugar —responde Naraku con una voz neutra, tan insondable como el abismo.

Dos palabras que son como un cuchillo.

Un escalofrío recorre la espalda de Kikyō.

Sabe que la respuesta de Naraku no es una respuesta.

Ella se abraza a sí misma, rodeando sus rodillas con los brazos. Su cuerpo tiembla con un frío que no es sólo del ambiente, sino del miedo que la consume. Sus dientes castañetean con tanta fuerza que parecen vibrar en su boca.

—¿Está él vivo? —insiste, un susurro ahogado por las lágrimas que corren por su rostro y se pierden en el áspero tejido de su vestido.

—Oh, sí —confirma Naraku.

Las lágrimas se intensifican, un río salado que lava sus mejillas y cae en cascada sobre su pecho.

—¿Es feliz? —continúa.

Naraku se complace en responder a esa pregunta. Se inclina hacia ella, sus ojos brillando con una luz maliciosa.

—Mucho —dice, y su voz es cruel, burlona.

Kikyō se estremece.

Su hijo está vivo, sí, pero no para ella. Es feliz, sí, pero no con ella. Ha sido arrebatado de su vida, condenado a una existencia en la que no puede participar. Kikyō mira el suelo, sin hacer ningún ruido excepto el castañeteo de sus dientes; ni siquiera cuando Naraku suspira y dice:

—No se puede hacer nada al respecto —luego, toma su cabello con una mano y, extendiendo una garra, lo corta a la altura de la barbilla.

Los mechones oscuros caen al suelo como un sudario, envolviendo la habitación en un aura de luto.


Naraku la empuja sin miramientos hacia la habitación de los sirvientes (vacía), un pequeño cubículo en la parte más alejada del castillo. Un lugar frío y austero, con apenas una cama desvencijada y una mesa coja como únicos muebles.

La puerta se cierra con un golpe seco, dejándola completamente sola.

Un silencio opresivo la cubre. Un silencio que sólo se ve roto por el eco de su propia respiración y el lejano latido de su pecho. No hay nadie alrededor, ni siquiera un alma en pena que comparta su encierro.

Es como si la hubieran borrado del mundo.

Se acurruca en la cama, demasiado pequeña para su cuerpo alto. Se encoge en una bola, buscando refugio en sí misma, tratando de encontrar un poco de calor en su propia miseria.

Pero el frío la cala hasta los huesos.

El frío del miedo, el frío de la soledad, el frío de la desesperanza.


Al alba del siguiente día, la luz del sol se filtra a través de la pequeña ventana del cuarto, revelando un rostro que ha perdido toda vitalidad. Su piel, antes tersa y luminosa, ahora tiene el color amarillento del hueso, pálida y sin vida. Kikyō se mira en el espejo y un escalofrío la recorre de pies a cabeza. Sus ojos, hundidos en las cuencas, reflejan el horror de su propia imagen. Al cepillarse los dientes, un hilo de sangre mancha el lavabo. Sus encías, antes rosadas y saludables, ahora son de un rojo vivo, inflamadas y doloridas.

Ella está agrietada y arrugada, como si hubiera envejecido de forma prematura. Demasiado joven para verse tan marchita, tan consumida.

Las cocinas del castillo son su refugio. Un lugar donde puede olvidarse por un momento de su encierro, de la crueldad de Naraku, del horror que la rodea. Entre fogones y ollas, encuentra un pequeño espacio de libertad, un oasis de paz en medio del tormento. Con sus manos, transforma ingredientes simples en obras de arte comestibles.

Cocina para tres, por costumbre.

Para ella y los dos fantasmas que la acompañan en su soledad. Los recuerdos de su familia, de su vida anterior, la persiguen como espectros hambrientos. Y cuando se da cuenta de lo que ha hecho, cuando la realidad la golpea con la fría certeza del presente, se derrumba sobre el mostrador y llora.

Las lágrimas caen sobre la madera, mezclándose con el aroma de la comida. Pero el olor de la fruta fresca la enferma y el cuenco que contiene se pudre por el desuso.

Los días pasan uno tras otro, lentos y pesados, como eternidades encapsuladas en veintiséis horas. Su única compañía, las paredes y los suelos del castillo, que friega con esmero, tratando de borrar las huellas del tiempo y el dolor. El polvo que se acumula en los muebles es un enemigo constante.

Come sola, en silencio, sin compañía.

Al principio, una vez al día, una ración escasa que apenas sacia su hambre. Poco a poco, la comida aumenta, dos veces, tres veces, hasta que su cuerpo recupera la nutrición que tanto necesita. Su apariencia mejora, la piel se vuelve tersa, los ojos menos hundidos.

Pero el espejo de su habitación se queda oculto, cubierto con un paño, como si su reflejo fuera una imagen prohibida, un fantasma del pasado que no quiere enfrentar. En su interior, la esperanza lucha por resurgir, pero la sombra del miedo aún es demasiado alargada.

Sus manos son la única parte de ella que permanece en mal estado; agrietadas y sangrantes por la limpieza, son como un reflejo del tormento que la atenaza. Frota y frota, con una insistencia casi maníaca, hasta que la piel cede y el dolor se vuelve insoportable. Los guantes, una herramienta que podría protegerla, son un lujo que no se permite. Deambula por los pasillos del castillo, recorriendo cada habitación, cada rincón, con la esperanza de encontrar a su hijo.

Naraku la halla en su rutina interminable, un alma en pena vagando por los pasillos del castillo. A veces se queda allí, observándola en silencio mientras ella limpia con fervor, como si en cada movimiento buscara exorcizar sus demonios.

Ella nunca lo mira.

Sus ojos, vacíos de esperanza, se fijan en el suelo, como si no pudiera soportar su mirada. Sin embargo, su voz, rota por el dolor y la impotencia, se alza con una exigencia constante:

Dame a mi hijo.

Y la respuesta de Naraku es siempre la misma, un monosílabo frío y cruel que resuena en las paredes:

No.

Luego, ella pregunta:

—¿Está vivo?

Y el demonio responde:

—Sí.

Una palabra simple, pero que encierra un mundo de posibilidades. Un "sí" que significa que su hijo aún está ahí fuera, en algún lugar, respirando, existiendo.

Pero no es suficiente.

Porque ella no sólo quiere saber si su hijo está vivo, quiere saber si es feliz. Si está a salvo, si está siendo cuidado, si está viviendo una vida digna.

Y por eso, vuelve a preguntar:

—¿Es feliz?

Y Naraku responde:

—Sí.


Un día, sus preguntas cambian. Ya no se limita a preguntar si su hijo está vivo o feliz. Ahora, una duda más profunda la carcome:

—¿Cómo sé que estás diciendo la verdad? —indaga con voz temblorosa, mirando directamente a los ojos de Naraku.

Y es una pregunta que él nunca ha escuchado antes, pero que de todos modos responde:

—No lo sabes.

Sus ojos se encuentran.

Los de ella, doloridos, y los de él, impasibles, fríos como el hielo pero ardientes como el infierno.

Un susurro rompe el silencio:

—Eres malo —dice, con la voz apenas audible, como si las palabras le quemaran la garganta.

Él la mira, sin inmutarse.

—¿Lo soy? —pregunta con un toque de ironía.

—Sí —responde ella con firmeza, sin dudar ni un segundo.


El eco metálico del estropajo contra la piedra resuena en la sala del trono. Ella, de rodillas, friega con fervor el suelo frío. Su vestido, raído y manchado, contrasta con la opulencia del trono donde él se reclina. Naraku la observa con ojos aburridos. Entre sus dedos hay una bola de cristal que brilla; es un brujo jugando con su poder mientras ella se humilla.

La sirvienta que friega.

El brujo en el trono.

El sonido del estropajo se detiene abruptamente y un silencio sepulcral se apodera de la sal. Ella se sienta sobre sus talones, con la mirada fija en el suelo frío.

Su voz, apenas un susurro, corta el ambiente:

—¿Dónde está todo el mundo? —pregunta.

Él la mira con ojos impasibles.

—En ninguna parte —responde.

Ella le devuelve la mirada, sin comprender.

—¿Cómo?

Naraku lanza el cristal al aire y lo atrapa con una gracia casi sobrenatural. Sus ojos, de un rojo intenso, brillan con una luz ominosa.

—Se han ido —dice ásperamente, clavando su mirada en ella.

—No entiendo...

Su rostro se transforma en una máscara de furia. Sus manos se aprietan con fuerza alrededor del cristal, como si quisieran aplastarlo. Es una expresión fea; su belleza se mancha por el odio negro.

—No esperaría que lo hicieras —gruñe, su voz cargada de veneno.

Ella se estremece. Está enojado ahora.

Hay un momento de silencio vibrante.

Luego:

—Vuelve al trabajo —espeta mientras lanza su cristal contra la pared. El estallido de esquirlas resuena en la habitación. Un olor acre a metal y magia impregna el aire. Los fragmentos de cristal brillan con una luz enfermiza, algunos de ellos rodando amenazadoramente hacia los pies de Kikyō.

Ella retrocede y comienza a fregar de nuevo. Naraku se levanta y su corazón late con fuerza en su caja torácica; un golpe pulsante, rápido y frenético. Kikyō lo mira por el rabillo del ojo, pero él simplemente sale, dejándola sola en la habitación.

Cuando la puerta se cierra, sus hombros se hunden. Abandona la fregona y se acerca al desastre que Naraku ha dejado. Con movimientos lentos y mecánicos, comienza a barrer los pedazos rotos, como si barriera también las ilusiones que se han hecho añicos.


Al caer la noche, la conduce a su cuarto, un opulento lecho con dosel negro como la noche. La deposita allí con una gentileza inesperada, rozando apenas su piel con sus dedos pálidos y fríos. Sin embargo, nunca la toca realmente, como si su belleza fuera demasiado delicada para ser manchada. En los primeros meses, la repugnancia la invade. Pero a medida que los años se deslizan como un río de sombras, la repugnancia se transforma en una extraña resignación. La soledad se siente como una mortaja, y la figura de Naraku, a pesar de su crueldad, es lo único remotamente parecido al calor.

Es un monstruo, sí, pero es su monstruo. Cuando lo mira, sus ojos arden con un odio reprimido, un fuego que devora su alma. Pero cuando desvía la mirada, puede fingir que el horror no la consume, que la pesadilla no es real.

Con el paso del tiempo, sus interrogantes comienzan a cambiar. Ahora, ella pregunta:

—¿Volveré a ver a mi hijo?

Y él dice:

—Quizás.

Ella pregunta:

—¿Alguna vez me dejarás salir?

Y de nuevo, su respuesta es vaga:

—Quizás.

A pesar de todo, Kikyō no puede contener su acusación:

Eres malvado.

Él se ríe, un sonido rico, pero amargo:

Lo soy.


Los pasillos permanecen vacíos. Su silencio es demasiado. Un día, lanza la fregona con todas sus fuerzas y un grito escapa de su garganta. El golpe retumba con un estrépito que hace vibrar las piedras, salpicando el piso con agua sucia. Se desploma contra la pared, deslizándose hasta el suelo frío. Un chillido agudo vuelve a salir de sus labios, un sonido que rebota en las paredes del interminable pasillo como un lamento de dolor. Se acuesta boca arriba, con las piernas extendidas y los ojos clavados en el techo. La blancura impoluta le parece burlona.

Él la encuentra así, encogida como un animal herido contra la pared fría.

Sus pasos resuenan en el silencio, un ritmo que se aproxima como una amenaza. Ella se estremece, sus ojos llenándose de un terror cerval.

—Kikyō.

—Naraku —dice con voz áspera, apenas un susurro. Sus puños se aprietan contra su pecho.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta él.

Nada.

Es una respuesta que no lo satisface. Sus ojos la escudriñan con una intensidad feroz.

—¿Cuál es el problema? —exige saber, y su tono es impaciente, como si no fuese más que una niña caprichosa a la que se le niegan sus juguetes

Todo.


Sus labios rozan los suyos, y su aliento es dulce, pero de todos modos le provoca un escalofrío. Un sabor a frutas invade su boca, del color de la sangre, y cuando se separa de él, una lágrima salada le recorre la mejilla.

Llevando la mano a su cuello, palpa el vacío donde antes brillaba su colgante. Tampoco está su anillo de bodas

—¿Dónde... ? —pregunta con voz temblorosa.

Los ojos de él son penetrantes.

—Se han ido —responde

Los labios de ella tiemblan y sus ojos se llenan de lágrimas, y en un gesto de impaciencia, Naraku la envía de vuelta a su habitación con un chasquido de dedos. Sea brujo, demonio o tirano, nunca está de humor para sus arrebatos emocionales.


A veces, su cordura se desvanece y trata de hacerle daño. Una noche, tras sus dulces caricias, ella, poseída por una furia ciega, intenta arrancarle los ojos. Él la estrangula, pero logra contener sus ganas de matarla y la devuelve a su habitación, donde sus gritos y patadas resuenan en la oscuridad.

Ella no lo ve durante semanas después de eso, ni de día ni de noche y el frío es desolador; ahora se encuentra verdaderamente sola, y aunque continúa con las tareas domésticas, abandona por completo la cocina. En su lugar, se alimenta de simples rebanadas de pan y apenas logra ingerir sorbos de agua. Permanece en un estado de letargo, escuchando sin escuchar, mientras observa cómo el brillo abandona su ser. Sus ojos, una vez marrones, se ponen tan tristes que casi parecen negros.

Cuando él regresa, su presencia apenas le arranca una reacción. Con un parpadeo, Kikyō dirige su mirada hacia él.

—¿Qué te sucede, pequeña tonta? —pregunta.

—sisea.

Él extiende una mano para tocar su hombro y ella se estremece involuntariamente. Luego, sin decir una palabra más, la lleva hacia sus aposentos.


—Quiero morir —susurra un día, con el cráneo inclinado al borde de su majestuosa cama. Su rostro, pálido como la luna, ha permanecido así durante largos minutos. Los dedos de él trazan senderos sobre su piel, como si fueran las líneas de un mapa hacia la perdición.

—¿Planeas acabar con tu vida? —indaga.

Ella sacude la cabeza en negación.

—¿Por qué no lo haces? —insiste Naraku, su voz oscilando entre la curiosidad y el desdén.

Un largo silencio llena el lugar antes de que Kikyō lo rompa:

—¿Mi hijo aún vive? —pregunta.

—Sí —responde él, con una frialdad que corta como el hielo.

Sus ojos se cierran, y sus lágrimas, como gotas de lluvia invertidas, descienden en dirección contraria, trazando un camino sobre su línea del cabello.

Es por eso.


El tiempo transcurre de manera insondable. Avanza a paso de tortuga y corre como un río desbocado, dejando en su camino una sensación de vértigo. Para ella, el calendario se convirtió en un recuerdo borroso desde aquellos días en la mazmorra. Ahora, se encuentra atrapada en un laberinto temporal sin salida aparente.

Una sola vez, se aventura a escapar, pero pronto descubre que la libertad es un sueño inalcanzable. Sin medios ni fuerzas sobrenaturales, se encuentra abatida en el corazón del bosque, su vestido empapado de barro y su piel marcada por los arañazos. Las lágrimas brotan de sus ojos mientras él la lleva de vuelta al inhóspito castillo.

En silencio, cura sus heridas.

—¿Qué pasa con tu hijo? —pregunta al fin.

Sus iris están atormentadas.

—No confío en ti —responde—. Estás mintiendo. Mi hijo está muerto. No puede estar aquí.

—¿Y quién dice que no puede estarlo? —contrapone él con una sonrisa burlona.

Su mirada refleja dolor.

—Es absurdo —murmura Kikyō con voz entrecortada.

—¿Qué es absurdo? —vuelve a preguntar Naraku, como si ya conociera la respuesta pero quisiera escucharla de sus propios labios.

Ella se deja caer ligeramente hacia un lado en la silla, su postura apática.

—Nada tiene sentido —dice.

—Niña necia, ¿acaso algo alguna vez tuvo sentido aquí?

Kikyō parpadea, sus labios entreabriéndose y sus ojos ensanchándose con una nueva intensidad, como si de repente se encendiera una chispa dentro de ellos; en sus iris resplandece una luz de esperanza recién descubierta.

—¿Está él aquí? —pregunta con un atisbo de emoción.

Pero su respuesta es ambigua:

—Quizás.

Sus párpados se deslizan lentamente sobre sus ojos, como cortinas cayendo sobre un escenario oscuro. Y entonces, en el silencio que sigue, un sollozo emerge de lo más profundo de su ser.

Ella desiste de cualquier intento de escape después de eso. Él la vigila y ella permanece inmóvil, como si fuera una figura tallada en piedra. Se dedica a las tareas domésticas mientras sigue buscando.


Te odio —a veces suelta. Él recibe sus palabras en un silencio gélido, como si estuviera acostumbrado a ese tipo de confesiones, sin que parezca afectarle en lo más mínimo.

Una noche, ella insiste, sus dedos acariciando suavemente su cabello.

—¿Tú también me odias? —pregunta cuando desliza un pulgar por la nuca de Naraku, dejando que los mechones caigan sobre su hombro. La cascada de rizos sedosos y largos, que alcanzan la cintura, parece tener vida propia bajo sus manos.

—afirma con calma.

Sus ojos brillan con una intensidad desconcertante.

—¿Por qué?

—Ya conoces la respuesta.

—No, no la conozco.

Él le separa delicadamente las piernas después de eso. Con suavidad, la atrae hacia sí, sus labios ansiosos recorriendo la piel de su cuello. Luego, un mordisco agudo y repentino le arranca un quejido.

—Sí, la conoces —sonríe Naraku, su voz oscura mientras la empuja bruscamente hacia adelante, causándole dolor.


—¿Cuándo volveré a ver a mi hijo? —pregunta Kikyō.

—Algún día.

Y entonces ella cuestiona:

—¿Cuándo me permitirás salir de este lugar?

—Algún día —vuelve a responder Naraku, con una promesa vaga que apenas alivia su desesperación.


Descubre la sala de la escalera, un espacio envuelto en polvo y marcado por el paso implacable de los años, cuyo conteo se ha desdibujado en la oscuridad. Se recuesta en una de las plataformas, dejando que su brazo cuelgue sin fuerzas a su lado. Observa el vacío, contemplando un pasado lleno de promesas rotas, mientras las lágrimas, cómplices de su dolor, recorren sus mejillas.

Ella cae en un sueño profundo, y al despertar, lo ve recostado boca abajo, a cierta distancia; su mirada se encuentra con la suya en un silencio espeso.

—Haces cosas despreciables —lo acusa, la rabia resonando a su alrededor, reflejada en sus ojos desorbitados.

—Sí —admite Naraku, sin titubear.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque soy despreciable —responde él con simpleza.


—¿Cuánto falta para poder volver a ver a mi hijo? —insiste mientras se recuesta en sus brazos, anhelando un poco de calor.

—No mucho —dice Naraku con voz serena, aunque sus palabras no logran disipar la incertidumbre que pesa en el aire.

Ella traga con dificultad, sintiendo el nudo en su garganta.

—¿Y cuánto tiempo falta para que pueda salir de este lugar? —continúa, deseando desesperadamente una respuesta concreta.

—No será largo —responde evasivamente.

—No te creo —replica ella, pasando sus dedos por su cabello en un intento de encontrar consuelo en su presencia.

—Entonces no lo hagas —concluye Naraku, dejando claro que la verdad es un lujo que sólo él conoce.

Las lágrimas caen sobre su pecho, gotas salinas que mojan su camisa; y allí, se unen.


Finalmente, el tan esperado "Algún día" se hace realidad.

—Es hora —él la encuentra en la sala de la cocina, sus manos ocupadas con el quehacer diario de lavar platos.

—¿Hora de...? —pregunta ella, mientras frota con fuerza una mancha obstinada en una sartén de hierro fundido.

—Hora de marcharse —dice Naraku, con un tono tranquilo y mesurado.

Ella se queda petrificada, sus ojos abriéndose de par en par al girarse para enfrentarlo.

—Ven —le indica, tendiendole una mano, pero ella titubea, atrapada entre el deseo de seguirlo y el miedo a lo desconocido.

—¿Podré ver a mi hijo allí? —pregunta, aferrándose a la única esperanza que la mantiene anclada a su realidad.

—Tal vez —dice él

Ella toma su mano, oscilando entre la confianza y la incertidumbre. La espuma del agua y el jabón acarician sus dedos delicados y perfectamente cuidados, tan diferentes de los suyos, marcados por los rastros del trabajo arduo y los años de sacrificio.


Emergen en un lugar que parece familiar pero distante: su hogar.

Sus manos tiemblan mientras se cubre la boca con dedos temblorosos. Su corazón late desbocado y Kikyō se precipita hacia el pasillo, su cabello ondeando en el aire como una bandera de muerte.

Irrumpe en el cuarto de su hijo como un vendaval, pero no encuentra a nadie. El polvo danza en el rayo de sol que se filtra por la ventana abierta. En el alféizar yace una mosca muerta. El edredón, una vez estrellado, ahora reposa en un rincón, mientras que las sábanas arrugadas han perdido su forma original hace tiempo. El aire estancado pesa, viciado y opresivo. Su corazón parece detenerse en su pecho cuando avanza, cerrando puertas tras de sí en su frenética búsqueda. Explora cada grieta, ansiosa por encontrar alguna señal. El sonido agudo de los anillos de la cortina de la ducha al ser deslizados hacia un lado resuena en la habitación. Suda a través de su vestido, el tejido pegado a su piel mientras arranca la escalera del ático desde el techo del pasillo.

Con esfuerzo, ella trepa, el polvo haciendo difícil respirar y provocando un ataque de tos. Las lágrimas empañan sus ojos cuando vuelve a descender, incapaz de contener la desesperación que la embarga. Sin perder tiempo, corre hacia el patio trasero y revisa frenéticamente el cobertizo, pero no encuentra a su hijo.

Kikyō grita su nombre una y otra vez, su voz desgarrada por el pánico y la angustia. Luego, se sube a la casa del árbol que su marido construyó años atrás, pero ésta tiembla y cruje, como si estuviera a punto de desplomarse bajo su peso.

De vuelta en la sala de estar, agarra el jarrón cubierto de polvo y lo arroja con furia al otro lado de la habitación. El cristal estalla en mil pedazos justo en el momento en que ella cae de rodillas al suelo. Las lágrimas inundan sus mejillas mientras el sonido de la destrucción se mezcla con sus sollozos.

—¡NARAKU! —grita—. ¡VEN AQUÍ!

Él no viene, pero desde su trono, observa con calma.

Una sonrisa se dibuja en sus labios.


Se levanta con el corazón latiendo con fuerza mientras la oscuridad se cierne a su alrededor. Busca el interruptor de la luz y lo presiona con urgencia, pero no hay respuesta, ningún destello de luz para disipar la negrura. Lo intenta una y otra vez, pero la habitación sigue igual.

Tantea entre los cajones y finalmente encuentra una linterna, pero al comprobar que las pilas están agotadas, la frustración la embarga y la tira con desdén al fregadero de la cocina, donde el metal resuena como un eco de su decepción. Con un suspiro resignado, opta por encender una vela para iluminar su camino en medio de la oscuridad.

Navega por la casa como un fantasma, la llama titilante de la vela iluminando su camino mientras la cera gotea en su mano. Regresa a cada habitación, con la esperanza desvaneciéndose a medida que sus ojos recorren los rincones vacíos una vez más, pero no hay señales de su hijo.

La casa permanece exactamente como la dejó; fotografías enmarcadas adornan las paredes y sus dedos recorren una de ellas, su pequeño hijo radiante en la imagen, pero las partes que incluyen a su esposo están desgarradas. Las lágrimas trazan caminos en su rostro y sus palmas sangran por las uñas que se clavan cuando se da cuenta de que ya no puede recordar su rostro.

Encuentra el teléfono y se lo lleva a la oreja, pero el receptor se queda en silencio. Lo vuelve a dejar.

El polvo de la casa se adhiere a su piel y manos, pero no puede lavarse debido a la falta de agua corriente.

Con un suspiro frustrado, ella abandona la casa y cierra la puerta con un golpe. Al intentar encender su coche, se encuentra con otra decepción: el motor está tan inerte como el de la casa que acaba de dejar atrás.

La calle yace sumida en la oscuridad, sin una sola luz que la ilumine. Kikyō avanza por la acera con pasos vacilantes, sintiendo una extraña inquietud en su interior. Las casas se alinean en silencio, vacías y desiertas, sin rastro alguno de vida humana.


Al despuntar el alba, finalmente divisa la comisaría entre las sombras. Ha errado el camino incontables veces, tanto que la ciudad parece irreconocible. Las calles están abandonadas, en un silencio sepulcral donde ni siquiera el aire se atreve a moverse.

Ella irrumpe en la estación, lanzando gritos desesperados al vacío. Aún así, el eco de su voz es la única respuesta que recibe. Las celdas permanecen abiertas, como bocas mudas en la penumbra. En el escritorio del capitán, un café medio consumido reposa solitario; pero no hay rastros de cuerpos, ni siquiera un alma presente en el lugar.

Mientras tropieza con una mesa, una manzana rueda y salta al suelo. Con cuidado, la levanta y la examina detenidamente. Tras un breve instante de vacilación, decide darle un mordisco. Sin embargo, al sentir algo extraño en su boca, retrocede con disgusto y escupe la fruta al suelo. En el lugar donde había mordido la manzana, descubre horrorizada la presencia de un gusano. Sintiendo náuseas, deja caer la fruta y se dobla, luchando contra las arcadas que amenazan con surgir.

Entre sollozos, se refugia en el baño desolado, donde encuentra una botella de agua para limpiarse las manos. Al salir de la estación, Kikyō se detiene brevemente y cierra los ojos, dejando que los cálidos rayos del sol acaricien su rostro. Con un suspiro de alivio, se quita la parte delantera del vestido, liberando su piel empapada. Luego, emprende su camino de vuelta a la casa.

Frente al quiosco de periódicos, ella se detiene y observa el año impreso en las portadas. Una expresión de confusión se dibuja en su rostro mientras intenta comprender lo que ve.

Posteriormente empuja las puertas de una tienda de ropa y atraviesa el umbral. Al divisar las amplias ventanas de vidrio, decide deshacerse de su vestido, dejándolo caer al suelo. Con calma, elige algo más adecuado, optando por mezclilla.

Descubre una bicicleta abandonada en medio de la calle y decide subirse. Sus manos tiemblan tanto que apenas puede mantener el equilibrio. Le lleva mucho tiempo encontrar el camino de regreso a casa, luchando contra el temblor en cada pedaleo.

Ya no es un hogar, ni siquiera cuando abre las ventanas y acaricia el libro, ahora arrugado y olvidado en el suelo junto al sofá. Desesperada, vuelve a buscar en cada rincón, pero sigue sin encontrar a nadie; entonces se recuesta en el sofá ajado y descolorido, tomando un trago de una botella de vino cubierta de polvo, el mismo que sirvieron en su boda.

El alcohol humedece sus labios mientras su mirada se clava en la pared. Finalmente, exhausta, se deja llevar por el sueño, y la botella escapa de sus dedos débiles y manchados de gris. Lo que queda del vino se derrama por toda la alfombra. Sobresaltada por el ruido, Kikyō despierta abruptamente.

Ella se acomoda de nuevo, estremeciéndose y haciéndose un ovillo.

En algún momento, cuando la noche cae, pronuncia con voz áspera:

—Naraku, ¿dónde están todos?

—Ningún lado.

Ella se endereza, y él está justo en frente, en el otro sillón. Las lágrimas brotan de sus ojos y se inclina tristemente sobre el brazo del sofá, cubriendo su rostro tembloroso con las manos mientras su voz se quiebra:

—¿Qué has hecho? —acusa.

Él arquea una ceja.

—Nada.

Ella lo mira con dolor.

—¿Veré a mi hijo allí? —vuelve a preguntar.

—Tal vez —dice.

Sus ojos se cierran con fuerza, incapaces de soportar la incertidumbre.

—No te creo —declara.

Él inclina la cabeza.

—Entonces no lo hagas —responde—. Pero dime, Kikyō, ¿estás lista para volver?

Recostada en el sofá, su mirada se eleva hacia el techo mientras reflexiona. Le toma un buen rato responder, pero finalmente lo hace con un simple "Sí".

Él sonríe satisfecho.

—Muy bien.


Una mañana, mientras el sol se cuela por las ventanas del castillo, una presencia inesperada irrumpe en la cocina. La sorpresa de él al ver a alguien más allí iguala la suya.

—¡Hola! —exclama, rompiendo el silencio.

—Hola —responde ella con un graznido, aún aturdida por la repentina intrusión.

Lo observa detenidamente, atrapada por el azul de sus ojos y la oscuridad profunda de su cabello negro. Una sonrisa se forma en sus labios y ella siente que las lágrimas manchan sus mejillas.

—Oh —dice él, preocupado—. ¿Estás bien?

—E-estoy bien —responde ella con dificultad, luchando por contener sus emociones.

—Si estás segura... —él frunce el ceño al ver sus ojos llorosos.

A pesar de las lágrimas, la sonrisa de ella se expande, iluminando su rostro mientras tiembla levemente.

—No te preocupes por mí —balbucea—. Tú... simplemente me recuerdas a alguien...

Las cejas del joven se arquean ligeramente y una pequeña sonrisa adorna sus labios.

—Qué curioso. Tú también me recuerdas a alguien —inclina la cabeza. Se parece un poco a Naraku cuando lo hace—. Nunca me di cuenta de que aún quedaban sirvientes aquí. Mi padre decía que todos se habían ido.

Ella tiene frío otra vez.

—¿Tu padre?

—Sí —dice—. ¿Sabes, el Señor de este lugar, Naraku?

Kikyō baja la mirada al suelo, sumida en un mar de pensamientos contradictorios. Luego, sus ojos vuelven a encontrarse. De repente, todo cobra sentido. Las piezas dispersas del rompecabezas se unen en su mente. Ahora comprende por qué le resultaba imposible recordar el rostro de su esposo, y por qué Naraku se había deshecho de cualquier rastro relacionado con él; porque, al fin y al cabo, Naraku y su esposo son...

—Oh —susurra—. Sí... por supuesto que lo conozco.

El ceño del joven se frunce en confusión.

—Oye —comenta—, realmente me recuerdas a alguien. ¿Te conozco?

Sus labios se entreabren.

—Sí —afirma, sintiendo el peso del pasado sobre sus hombros.

Él vuelve a fruncir el ceño, ansioso por desentrañar el misterio.

—¿Quién eres tú entonces? —insiste, esperando una respuesta clara.

Ella se queda en silencio por un momento, sintiendo la carga de la revelación.

—Yo soy... —comienza, pero se detiene. En medio del silencio tenso, una sola lágrima se desliza por su mejilla. Finalmente, Kikyō murmura con dolor—: Sólo... alguien.