Terminó de trazar el ultimo bucle del triángulo en el suelo y se levantó para contemplar su dibujo.
El triángulo estaba dividido por otros tres triángulos señalados por tres "puntos de tensión". Con una línea vertical en el centro y sobre esta línea se ven tres bucles que son los cuernos del carnero, símbolo del pensamiento fijado. Más arriba una barra horizontal corta el trazo vertical. En la parte superior aparece la estrella vudú que representa Ife, la ciudad santa. El conjunto evoca un ancla cuyo cabo sería la barra horizontal. Es el ancla del navío que efectúa la travesía iniciática, el retorno a un África ideal que vio el nacimiento de la humanidad.
Se limpió la harina de trigo de su mano para luego alejarse cuidadosamente. No quería que todo se arruinara por un insignificante descuido. La magia vudú era muy delicada, sobretodo a la hora de dibujar el vevé, que era la parte más primordial de los rituales y el resultado podía cambiar dependiendo de la intención con la que se conjuraba.
Y no pensaba desperdiciar todo el empeño que le había puesto para preparar todos los recursos necesarios, además de que esto definiría su futuro próximo y pasar desapercibido en sus actividades nocturnas. Últimamente había más vigilancia de parte de las autoridades, les había afectado el ego el no poder tener un mínimo indicio sobre los crímenes cometidos en la alegre Lousiana.
Se paró derecho, tomando una gran bocanada de aire para recitar el cantico. Empezó con un simple murmullo entonando los indicios oscuros de la magia, y a medida que iba intensificando su voz, se pudo apreciar una energía electrizante en el ambiente. Del vevé empezó a emitir una luz verdosa junto con símbolos vudú que salían de ella. Gotas de sudor empezaron a resbalar por su cara y su respiración se volvía dificultosa. Estaba llegando a pensar que no podría hacerlo, después de todo este ritual necesitaba de un gran poder espiritual que solo los mejores eran capaces de llegar a la cúspide.
Pero no podía, su orgullo no lo permitía.
Respiró profundamente y tensó su cuerpo para evocar el canto firmemente. Una esfera llena de energía salió lentamente del centro del dibujo y una repentina ráfaga de viento lo golpeó, cargando el ambiente con una fuerza sobrenatural con más símbolos que iban cubriendo el sótano. Detrás de su cantico podía escuchar voces arremolinándose, lenguas antiguas que se escucharon cuando los primeros humanos comprendieron su propia naturaleza. La esfera se hacía cada vez más grande, y cuando estuvo a punto de tocarle, esta explotó con una cegadora luz que lo dejó mudo.
El silencio se apoderó del lugar, roto solo por el zumbido de sus propios oídos. Parpadeó varias veces, intentando disipar las manchas de luz que bailaban ante sus ojos. A medida que su visión se aclaraba, la oscuridad del sótano parecía más profunda, más densa. Se puso de pie con dificultad, apoyándose en la pared fría y húmeda para recuperar el equilibrio. Su mente aún estaba nublada, pero una sensación de urgencia lo empujaba a enfocarse.
Entonces lo vio.
Una silueta oscura se recortaba contra el muro opuesto, donde antes había estado el dibujo. No era simplemente ausencia de luz; era una oscuridad viva, pulsante, que parecía absorber todo lo que la rodeaba. La figura era alta y esbelta, además de la silueta femenina con cuernos sobre su cabeza, algo en su postura sugería una elegancia antigua y una fuerza contenida.
La silueta comenzó a moverse, deslizándose con una gracia sobrenatural hacia él. No había sonido alguno, ni siquiera el roce de los pies contra el suelo. Era como si la misma sombra se hubiera materializado y ahora cobrara vida propia.
Él sabía que debía tener miedo, pero en lugar de eso, sentía una curiosidad abrumadora. ¿Quién o qué había invocado con su canto? ¿Era un espíritu ancestral, un guardián de los secretos que había buscado, o algo mucho más oscuro?
La figura se detuvo a unos pasos de distancia, y aunque solo tenía dos agujeros de color rojo como ojos, él sabía que lo estaba observando, evaluando. Era el momento de hablar, de preguntar, pero las palabras se le atascaban en la garganta.
Finalmente, con un esfuerzo, logró articular una sola palabra:
—¿Quién?
La figura se detuvo, y por un momento, el aire se llenó de una expectativa silenciosa. Luego, con una energía que parecía brotar de la misma tierra, su voz retumbó, vibrante y llena de vida.
—¡Oh, eres un humano! —exclamó con un tono que rebosaba de júbilo y sorpresa.
Sorprendido por el repentino cambio, sintió cómo la realidad de su situación se asentaba en su mente. No había invocado su propia sombra como había pretendido; en cambio, había traído a este ser de otro mundo, otro plano de existencia.
—Sí, lo soy —respondió con cautela, su voz apenas más que un susurro.
La figura asintió lentamente, y los agujeros rojos que servían de ojos se iluminaron con una luz que no era de este mundo.
—Entonces, humano, has cometido un error en tu búsqueda —dijo la silueta con una calma que era casi tranquilizadora—. Pero no temas, pues incluso en los errores se encuentran lecciones valiosas.
Quedó pensativo, procesando las palabras de la silueta. Había buscado en la oscuridad algo que siempre había estado dentro de él, su propia esencia y poder.
La silueta, ahora un torbellino de emociones contrastantes, se movía con una energía que parecía desafiar las leyes de la naturaleza. Su ansiedad era palpable, como si cada sombra y cada destello de luz revelaran su deseo de explorar, de conocer.
—¡Qué emoción, qué alegría! —exclamó, su voz un canto que se elevaba por encima de la quietud—. Nunca había pisado el suelo de tu mundo, nunca había sentido el aliento de la vida terrenal. ¡Cuánto deseo aprender, ver, experimentar!
Atrapado entre su frustración interna y la exuberancia de la silueta, luchaba por encontrar un equilibrio. La confusión se entrelazaba con su enojo, creando un tumulto de sentimientos que amenazaba con abrumarlo.
—¡Silencio! —gritó, su voz un trueno que retumbaba entre el lugar—. He caminado solo por este mundo y así seguiré.
La silueta, sorprendida por la vehemencia del hombre, retrocedió, su luz temblorosa como una llama al viento.
—Pero… —intentó decir, pero él la interrumpió con un gesto brusco.
—¡Nada de peros! —espetó, su mirada un filo que cortaba la esperanza—. Buscaba mi sombra ¡Era mía para descubrir!
La figura se quedó inmóvil, su entusiasmo apagado por la ira del hombre.
La tensión entre ellos era palpable, un hilo fino que se estiraba hasta su punto de ruptura. La silueta, con una determinación renovada, rompió el silencio que se había asentado.
—Escucha —dijo, su voz firme pero suave—. Veo tu enojo y tu pasión. Son poderosos, sí, pero también son guías hacia un entendimiento más profundo. Te propongo un trato.
La miró con desconfianza, su ira aún humeante como las brasas de un fuego reciente.
—¿Un trato? —preguntó, su tono afilado por la cautela.
—Sí —continuó ella, la luz de sus ojos ahora constante y cálida—. Yo anhelo comprender tu mundo, sus matices y sus sombras. Y tú buscas invocar a tu sombra sin error. Enséñame tu mundo, guíame a través de tus experiencias y, a cambio, te ayudaré a encontrar lo que buscas. Juntos, sin fallos.
El, cuyos pensamientos giraban como hojas en un vórtice, consideró la oferta. La promesa de la silueta parecía sincera.
—Está bien —dijo finalmente, su voz aún dura, pero con un borde menos cortante—. Pero no falles. Mi sombra es mía, y si puedo invocarla correctamente, tal vez haya esperanza para mí todavía.
La silueta, vibrante una vez más, extendió sus manos hacia él, una invitación a compartir conocimientos y experiencias.
—Entonces, ven —dijo con una sonrisa audible—. Explora conmigo, aprende conmigo. Juntos, podemos descubrir los secretos de tu mundo y los míos.
Con una renuencia que luchaba contra la curiosidad que la sombra había despertado en él, extendió sus manos y las colocó sobre las de ella. Al contacto, una sensación contradictoria lo invadió: una alegría efímera mezclada con un vacío insondable, como si tocara la esencia misma de la existencia y la nada al mismo tiempo.
De repente, destellos rojos brotaron de entre sus manos entrelazadas, danzando como chispas de una hoguera en la noche. Era un espectáculo fascinante, casi hipnótico, que sellaba su pacto más allá de las palabras. Sintió cómo su resistencia se desvanecía, reemplazada por una sensación de propósito y, aunque no lo admitiría en voz alta, de emoción ante la aventura desconocida que tenía por delante con la silueta delante de él.
Con una sonrisa que parecía iluminar aún más la oscuridad circundante, la silueta se inclinó hacia él.
—¡Me llamo Charlotte! —exclamó con un tono que destilaba alegría y una curiosidad sin límites.
La observó con una mezcla de resignación y un atisbo de interés que no podía ocultar.
—Alastor, querida —dijo finalmente, su voz llevando un peso de renuencia que no lograba esconder completamente la chispa de curiosidad que Charlotte había encendido en su interior.
Con los nombres intercambiados, la noche ya no era solo un velo de sombras, sino un lienzo de posibilidades que esperaban ser exploradas por esta pareja improbable.
Con un acuerdo tácito sellado, ambos se prepararon para embarcarse en un viaje de descubrimiento mutuo, cada uno con sus propios deseos y temores, pero ahora con un camino compartido hacia adelante.
Puede que haya una continuación sobre esto, me inspira las posibilidades.
