Disclaimer: los personajes de Twilight son de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Rochelle Allison. Yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: This story is not mine, it belongs to Rochelle Allison. I'm just translating with her permission.


Capítulo 2

Caminé junto a Edward, exhausta y nerviosa; mis prendas del día anterior estaban hechas un bollo de tela que esperaba que fuera irreconocible bajo mi brazo. Lo que esto fuera, habíamos acordado que no sería guardado en secreto, y aún así no podía obligarme a ser tan abierta con mi comportamiento. Vestir la ropa de Edward se sentía... íntimo.

No habíamos hablado mucho después de salir del refugio. Quería sentir que el silencio era buena compañía pero no lo era—no para mí, de todos modos. Estaba consumida por los recientes recuerdos que acabamos de crear juntos, la noche anterior y esa mañana. Quería saber en qué estaba pensando, y cómo se sentía. No me atrevía a simplemente preguntarle, y eso me molestaba. Lo había conocido por tanto tiempo; ¿por qué no podía ser solo yo misma?

—¿Crees que va a llover? —pregunté suavemente, mis ojos fijos en la acera.

Cuando Edward no contestó, le eché un vistazo, mi corazón latía tan intensamente que sentí el rubor en mi rostro ardiendo al mismo tiempo que este. Su expresión era vacía, sus manos metidas en sus bolsillos.

Oh, Dios. Esto es todo. Él cometió un error, y me lo dirá ahora.

Él suspiró.

—Siempre lo hace.

Parpadeé, al borde de la crisis nerviosa, e intenté comprender.

Volteó hacia mí entonces, su rostro suavizándose al verme.

Nos habíamos detenido en una esquina, la última antes de su calle y la mía. Deslizó el dorso de su mano por el costado de mi rostro, sus nudillos gentiles en la curva de mi mejilla.

—Todo está bien, Bella. Por favor, no te preocupes por esto. —Ubicó su mano en mi espalda mientras cruzábamos la calle.

Eso no hizo nada para aliviar la pesadez en mi pecho; quería decirle que no era mi seguridad física lo que me preocupaba.

Nos separamos al entrar a mi casa, segundos antes que mi mamá se nos acercara, casi en lágrimas de nuevo mientras me jalaba hacia ella y me abrazaba fuerte. Le devolví el abrazo, permitiendo que la realidad de lo que había pasado se asimilara. Estaba, en ese momento, completamente agradecida de que nada malo nos había pasado. Ella me soltó y giró hacia Edward, deslizando su pulgar por la herida cubierta por una costra en su frente mientras le agradecía profusamente por cuidar de mí.

Emmett y Pa estaban en la cocina, sus platos de comida sin tocar frente a ellos mientras alternaban entre discusiones y acuerdos. Me incliné y abracé a mi padre, besando su mejilla cariñosamente antes de darle un abrazo rápido a Em.

—Gracias —murmuró Pa, mirando a Edward y estrechando su mano. Conocía a mi padre, e imaginaba que sentía una enorme culpa por no haber estado en el bar para cuidar de mí cuando las bombas estallaron. Por mucho que lo intentaran convencer, él no cambiaría de parecer.

Dudaba que Pa estuviera tan agradecido si supiera lo que sucedió una vez que Edward me llevó a un lugar seguro.

Me mantuve ocupada en el refrigerador, escondiendo mis mejillas rojas y bloqueando la conversación. Si alguien notaba mis prendas grandes, no dijeron nada. Me di cuenta que mientras las imágenes de hacer el amor con Edward consumían mis pensamientos, lo que había sucedido en el bar eclipsaba todo lo demás llegados a este punto.

Me sentía casi robada, la mejor noche de mi vida tuvo que coincidir con posiblemente la peor.

—¿Tienes hambre, amor? —Mamá estaba moviéndose alrededor de la cocina con propósito, vaciando y lavando los platos, manteniéndose ocupada. Cerré la puerta del refrigerador sin tomar nada.

Estaba hambrienta, pero demasiado tensa y la idea de comer hacía que mi estómago se retorciera.

—Quizás más tarde. Iré a acostarme.

—Necesito ir a casa también —añadió Edward, frotando su mano bruscamente por su rostro.

—Deberías. Tu madre es un manojo de nervios —comentó Pa, dándole unas palmadas en el hombro.

Edward me alcanzó mientras comenzaba a subir las escaleras.

—¿Estarás bien? —preguntó, conteniendo un bostezo.

Asentí, dándole una pequeña sonrisa antes de darme la vuelta y subir los escalones. Sentí sus dedos jalar de la cintura de mis pantalones. Me detuve y me di la vuelta, tratando de fallidamente apaciguar las pequeñas y tontas pizcas de esperanza florecer en mi pecho.

Él esperó a dos escalones por debajo, observándome con ojos soñolientos. Sin darme una oportunidad de pensar de más, bajé un escalón y besé su boca, deslizando mis dedos por sus suaves mejillas hasta llegar a su nuca.

Lo terminé antes de que realmente comenzara, susurrando un adiós mientras me enderezaba.

Él asintió lentamente, soñoliento, sonriendo.

—Adiós, Bella.

~V~

Alice estaba sentada frente a mí, sus piernas dobladas debajo de ella. Lentamente hizo a un lado la barra Cadbury media comida, colocándola sobre la mesa de noche.

—Judas Iscariot —susurró, mirándome con incredulidad.

Fingí ignorarla, observando el cuaderno que balanceaba en mi regazo y apuntando cosas que quería añadir a mi ensayo de psicología. La fecha de entrega era el día siguiente, y Alice tenía la misma tarea, pero todas las actividades académicas habían sido olvidadas al momento que había mencionado a Edward... y a mí.

Permanecimos así por unos momentos, Alice contemplándome silenciosamente, como si mis noticias hubieran sutilmente cambiado mi apariencia de alguna manera. El suave y constante tamborileo de la lluvia de la tarde en el techo abruptamente cambió y comenzó a repiquetear más fuerte.

—¿Y? —Suspiré, después de un momento, finalmente levantando la mirada.

Alice sacudió la cabeza lentamente.

—Judas Iscariot —repitió con un susurro dramático.

—¡Alice! Por favor —gruñí con exasperación, apartando los libros de mi regazo para mirar con mal humor por la ventana.

Ella sonrió con remordimiento.

—Simplemente... estoy sorprendida, eso es todo, Bella. ¿Qué esperas? Él es mi condenado hermano.

Me encogí de hombros.

—Lo amo —mascullé tímidamente, sabiendo que sonaba como la mitad de las zorras perdidamente enamoradas de la ciudad.

Alice asintió.

—Lo sé. Simplemente no me di cuenta que él sentía lo mismo, que en verdad te correspondía tan... completamente.

Mi estómago se contrajo en un nudo incómodo.

—¿Pero crees que él siente lo mismo?

—No lo sé, amor. No creo que él te pusiera en esta posición si no lo hiciera. Emmett lo mataría —respondió Alice, tomando mi mano con la suya.

No pude contener una risita, divertida por lo bien que todos conocíamos a mi hermano. Era verdad; Emmett era justo y sensato, pero jamás se había tomado con gracia a ningún chico que se me acercaba. De hecho, él y Edward siempre se habían empeñado en proteger a Alice y a mí como los hermanos mayores deberían.

Edward lo había hecho sonar como si lo que hicimos sería algo que estaríamos haciendo, y que no sería un secreto. Eso había sonado bien en ese momento, pero dos días más tarde y sin señales de él, comenzaba a preguntarme si había sido ingenua. No cuestionaba su honestidad, pero... quizás él había hablado sin pensar.

Él no tenía novias, todos sabían eso.

—¿Crees que es extraño? —le pregunté a Alice, señalando la barra de chocolate abandonada.

Ella me la tendió, encogiéndose de hombros.

—Un poco... pero sabía cómo te sentías, Bella. Incluso antes de que me dijeras cómo te sentías, podía verlo. Tiene un poco de sentido, supongo.

—¿Por qué? —pregunté con voz ronca, mi lengua cubierta de chocolate derretido.

—Conoces a Edward, sabes quién es en realidad. Eres genuina. Él puede confiar en eso.

Solté una risita.

—¿Aprendiste eso en psicología?

—No, zorra, simplemente conozco a mi hermano. —Suspiró, poniendo los ojos en blanco.

Sonreí, arrugando el envoltorio Cadbury antes de lanzarlo de vuelta a mi mesa de noche.

No sabía por qué él había elegido estar conmigo de la manera en que lo estuvo, pero confiaba en que él comprendiera que mis propios sentimientos iban más allá de lo casual.

Necesitaba creer que yo era más que una simple conquista.

~V~

Alice logró completar su tarea, la mañana siguiente, con minutos de sobra. No era común en ella, normalmente tenía las tareas hechas antes de siquiera irse de la universidad, pero había sido un fin de semana tranquilo. (Aunque una vez que nos pusimos cómodas en clase y ella inesperadamente vio a Jasper Hale, mi propia vida amorosa y cuestionable estuvo completamente olvidada).

Tenía otra clase antes del mediodía, pero como era lunes, luego terminaría por el día. Alice y varios de nuestros amigos se dirigirían hacia Lisburn Road para almorzar pero tuve que rechazar la oferta. Necesitaba ir a la librería del campus, donde trabajaba cuatro días a la semana hasta el cierre.

Me abrí paso entre la multitud de estudiantes que caminaban por allí y salí hacia la acera. Estaba inusualmente fresco para ser finales de verano, y me detuve para sacar mi cárdigan del bolso antes de caminar el resto del camino.

Estaba abrochando el último botón cuando un par de zapatillas sucias y grises aparecieron frente a mí.

—¿Bella?

—Oh, hola, Mikey. —No pude evitar sonreírle al chico rubio sonriente y lleno de pecas frente a mí. Él había estado absolutamente enamorado de mí desde que éramos niños, y se había convertido en un chiste privado entre los dos.

—¿Te diriges al trabajo ahora? —preguntó, masticando un caramelo de orozuz.

Me encogí.

—No puedo creer que sigas comiendo esas cosas, son tan asquerosas.

Él se encogió de hombros, succionando alegremente su dulce.

—Como sea, sí, estoy yendo al trabajo, así que necesito correr. Envíale un saludo a tu hermana de mi parte.

—Lo haré. ¿Y, Bella?

Me detuve a medio paso, esperando.

Mikey se movió incómodamente de un pie a otro.

—Solo... ten cuidado con la compañía que tienes, ¿sí?

Eso sonó un poco siniestro. Fruncí el ceño, rascando mi brazo.

—¿A qué te refieres?

—Quiero decir, mira con quién te juntas. Está pasando mucha mierda últimamente y odiaría verte salir lastimada.

Todos habíamos crecido en el mismo vecindario unido; sabía exactamente a lo que se refería. Contuve la urgencia de poner los ojos en blanco y me obligué a sonreír.

—De acuerdo, entonces.

Mikey parecía aliviado. Asintió y exhaló, como si hubiera estado conteniendo un profundo suspiro.

—Adiós, Mikey. —Di un paso atrás antes de que él pudiera continuar, apenas registrando su respuesta mientras me perdía entre la multitud.

No era estúpida. Todos sabían que Emmett y Edward habían sido inseparables desde la infancia y que si uno de ellos estaba metido en algo, entonces también el otro. Nadie me advertiría en contra de mi propio hermano, así que eso dejaba a Edward.

Yo era parte de esto ahora. El desinterés ya no era una opción, y aunque casi ser asesinada días atrás ciertamente me había abiertos los ojos, no era la única razón por la que necesitaba comprometerme con esta causa. Estaba enamorada de alguien que preferiría morir que rendirse, y si estar con él implicaba luchar sus batallas, entonces lo haría. Los chicos, y probablemente Alice, seguramente intentarían disuadirme, quizás incluso se burlarían de mí, pero sabía lo que necesitaba hacer. Había podido evitar los efectos del Conflicto por un largo tiempo, pero parecía que estaba por llegar a su fin. Honestamente, ¿acaso tenía opción?

~V~

En la librería, modisqueé distraídamente la uña de mi pulgar, dentada por un ataque de mordiscos previos. A regañadientes aparté la mano de mi boca, levemente consternada que la horrible costumbre de mi adolescencia hubiera regresado. En cualquier momento Ma me pillaría y las quejas comenzarían de nuevo.

¿Qué me pasaba?

Resoplé suavemente ante el inútil ir y venir en mi cabeza, sabiendo exactamente lo que me pasaba: Edward Cullen.

Recordaba bien el momento en que me enamoré apasionadamente del alardeante y odioso mejor amigo de mi hermano. Había sucedido con alarmante rapidez; no había habido ninguna preparación ni una realización gradual. En cuestión de segundos, había pasado de estar inconsciente a estar dolorosamente consciente. Era el año que Alice y yo habíamos cumplido trece años, y cuando llegó noviembre tuvimos nuestra confirmación en la iglesia Santa María...

Después de la ceremonia, Carlisle y Esme Cullen habían tenido una fiesta para las dos, completa con catering de comida y generosas cantidades de whisky irlandés Jameson para los adultos. No era necesario decir que Emmett y Edward comenzaron a beber a escondidas vasos de licor desde temprano y en poco tiempo se encontraban completamente ebrios, jactándose y comportándose como estúpidos.

La fiesta se encontraba en pleno apogeo en el patio trasero cuando me disculpé con Alice y nuestras amigas para usar el baño adentro. Caminé rápidamente por el pasillo tenuemente iluminado y estaba a punto de ingresar al baño de invitados cuando escuché un suave gemido. Había cruzado el resto del pasillo de puntitas de pie y me había asomado alrededor del rincón hacia la sala, donde Edward estaba manoseando a una rubia que se reía contra la pared. Mi sorpresa dio paso a la curiosidad mientras apartaba sus labios de su cuello y la besaba en la boca. Realmente podía ver su lengua, entrando en la boca de ella, y en vez de estar asqueada, estaba... fascinada. Incluso en su estado de ebriedad, las técnicas de Edward parecían bastante atractivas.

Pero entonces, él era un maldito Casanova de diecisiete años por toda la ciudad. Él había tenido bastante práctica, sin dudas. Eventualmente me retiré, usé el baño, y regresé a las festividades.

Cuando la fiesta terminó y la mayoría de los invitados, incluyendo a mis padres, se habían ido a casa dejándome para que pasara la noche con Alice como a menudo lo hacía los fines de semana sentí ganas de cordial de lima. Dejé a Alice en su cuarto y bajé a la cocina, encendiendo las luces a mi paso. Alice y yo habíamos optado por mantener nuestros vestidos blancos de confirmación hasta la hora de ir a la cama, sabiendo que probablemente nunca volveríamos a usarlos, y me estaba preparando un vaso de cordial cuando Edward entró. Me detuve de inmediato y bajé mi vaso y la botella, no queriendo ser empujada y ensuciada. Al principio, él no pareció notarme, y estaba a punto de seguir cuando escuché sus pasos cambiar de dirección y venir hacia mí. Puse los ojos en blanco, echando un vistazo impacientemente por encima de mi hombro.

Edward se detuvo a mi lado, oliendo a Jameson.

¿Qué estás haciendo?

Arrugué la nariz con desdén y me aparté de él.

Nada para ti. Resoplé. Estaba apurada por volver a Alice, teníamos chismes que compartir.

Mírate, toda vestida de blanco dijo arrastrando las palabras con emoción, frotando el encaje de mi manga entre sus dedos. Tan bonita.

Estaba acostumbrada a las constantes burlas de los chicos, así que lo ignoré y me aparté así podía terminar de mezclar mi cordial. Él se rio repentinamente, y eché un vistazo a mi pesar. Él sonrió torcidamente en mi dirección, su corbata colgando floja alrededor de su cuello. Su cabello, el cual había estado peinado hacia atrás con gel prolijamente durante la misa, era un desorden broncíneo, seguramente resultado de varios juegos con Em y los chicos en el patio.

Mi seriedad se esfumó y sonreí, sacudiendo la cabeza con diversión.

Ya estás realmente ebrio, ¿no? Ve a la cama, Edward.

¿Pero no consigo besar a la novia?

Hice una mueca y me di la vuelta, empujándolo fuertemente en el pecho.

¡Ahora en serio has perdido la cabeza! ¡Lárgate! Rápidamente mezclé el almíbar verde brillante con agua mineral, lo revolví, y lancé la cuchara en el fregadero.

Y, como sea, las chicas usan velos en su primera comunión. No en la confirmación. Intenté caminar a su alrededor, pero él se encontraba en mi camino.

Lo fulminé con la mirada, pero se mantuvo en su lugar y entonces mis ojos vagaron desde sus ojos verdes al resto de su rostro, la línea de su mandíbula... su boca. Pensé en cómo había besado a esa chica temprano en la sala y Jesús, María y José, qué momento para tener una epifanía.

Mi estómago se contrajo incómodamente y lo miré a los ojos. Parecía confundido y un poco perturbado. Pasé por su lado bruscamente, mi corazón latiendo aceleradamente por ninguna razón alguna.

Y olvidé el estúpido cordial.

Me encontraba completamente absorta en mi libro cuando los tonos de la campana colgada en la puerta anunciaron una visita. Levanté la mirada, deslizando un marcador en mi libro.

Victoria Mullaney caminaba hacia el mostrador, llevando su brillante cabello rojo detrás de sus orejas.

Sonrió con sorpresa.

—¿Bella Swan? ¿Trabajas aquí?

Asentí, devolviendo la sonrisa.

—Sí, he estado aquí desde el año pasado.

—¡No sabía eso! Bueno, quizás puedas ayudarme —dijo dulcemente, señalando hacia el resto de la tienda.

Charlamos mientras buscábamos, y acababa de ayudarle a encontrar el libro que necesitaba cuando echó un vistazo a su reloj.

—¡Oh! Tendré que apresurarme. Me reuniré con alguien.

Rápidamente le marqué el libro y nos saludamos con la mano cuando se fue. La observé salir hacia la luz solar menguante, un poco sorprendida de que fuera tan agradable como era bonita. Su cabello largo y rojo caía por su espalda en rizos sueltos, y era alta, delgada y de tez clara, con una pizca de pecas adornando adorablemente su nariz. Ella era el vivo ejemplo de todas las cosas celtas.

Saqué mi marcador de entre las páginas en las que se encontraba, a punto de regresar a mi novela, cuando capté un vistazo de Edward afuera. El llamativo oro rojo de su cabello, la manera en que pasaba su mano por este; todo mi cuerpo sabía que era él. Mi corazón se contrajo y se aflojó, y comencé a despejar el mostrador mecánicamente, preguntándome si Alice o alguien más le había contado dónde trabajaba.

Me moví nerviosamente, observando y esperando a que entrara, pero nunca lo hizo. En cambio, Victoria se le unió y rápidamente se fueron caminando juntos, sus cabezas inclinadas hacia el otro en una conversación cercana. Observé entumecidamente hasta que se encontraban fuera de vista, Victoria gesticulando animadamente mientras hablaba.

Aferré el mostrador e inhalé fuertemente, de repente sintiendo como si hubiera sido pateada en el estómago. No podía decir que estaba sorprendida, pero estaba furiosa—conmigo misma por alguna vez querer algo de Edward en absoluto.


El Conflicto: el conflicto norirlandés fue un conflicto armado interétnico nacionalista en Irlanda del Norte que provocó gran número de muertes durante la segunda mitad del siglo XX.