Acto I
El Esqueje de Khyber
LEOG despertó después de… ¿cuatro, cinco años? A ver, había «despertado» más veces, pero se sentía más como una duermevela temporal. En esta ocasión, no obstante, se sentía más… vivaz que otras veces. Miró a su alrededor, y vio a Kralath y Ratief bajando cajas a la cubierta de carga, y a Sumak tratando de hacer inventario del botín con sus escasas competencias matemáticas.
La anterior vez que había estado operativo, el resto de los oficiales estaban hablando de un futuro abordaje. ¿Era ese el botín que estaban guardando ahora? ¿Había estado en piloto automático durante menos de veinticuatro horas? Eso sí que era un milagro.
Tratando de exprimir el tiempo al máximo, le pidió a Sumak el pergamino de inventario, y mientras el mediano le ponía al tanto de la situación, LEOG fue clasificando y distribuyendo lo incautado. Había suficientes armas y armaduras para nutrir la mitad de la armería, y con las provisiones obtenidas tenían la despensa llena. En cuanto al producto que era inservible para nada que no fuera su venta, tenían aproximadamente unos quinientos galifares para comerciar. Ya solo quedaba contar el oro, pero había algo mucho más urgente: llevaba unos veinte minutos ocupándose de esto, y no había vuelto a desactivarse.
Eso requería investigación.
Subió las escaleras hasta la cubierta principal, dándose cuenta de que aún estaban enlazados al otro barco. Se miró de arriba abajo: su cuerpo metálico parcialmente oxidado, sus ojos amarillos luminiscentes, y su indumentaria compuesta apenas por un cinturón de herramientas, una andrajosa capa con capucha y unas botas de pescador. Preparado para hacerles a sus compañeros, cogió carrerilla para saltar de cubierta a cubierta, cayendo con un sonido metálico.
El cofre de adamantita se cerró con un sonido metálico.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Nova, confuso.
—Un esqueje de Khyber —respondió secamente Shamash.
—No lo sé, pero… —intervino Sjach—. Sea lo que sea, o hay magia demoníaca dentro, o…
—Un demonio —completó la oración el dracónido.
El intendente se limitó a asentir.
Nova se dirigió a la capitana, que aún seguía hechizada por su magia.
—Cariño, ¿qué ibais a hacer con esto? —inquirió, señalando el cofre cerrado.
—Lo estábamos transportando de Zarash'ak a Puerta de Korunda. El plan era que la Casa Kundarak lo sellara a buen recaudo.
—Vamos, que hemos robado el peor botín posible —concluyó el cambiante.
—¿Lo abristeis en algún momento? —preguntó Brigit, con tono curioso.
—Uno de los marineros a bordo la abrió momentáneamente, sí.
—Ya veo… —musitó Fin—. Tripulación, nos marchamos. Nos llevamos el cofre y todas las provisiones que podamos cargar. Ah, y al mago.
—Dejé inconsciente a uno de los marineros, ¿nos lo podemos llevar también?
El capitán se encogió de hombros.
—¿Y ella? ¿Se queda? —sugirió Nova, señalando a la capitana hechizada.
Fin asintió.
—Mejor sí, sí.
Con todo claro, los oficiales del Portador de Tormentas se dispusieron a marcharse.
—Disculpad… —les llamó Ayo antes de que subieran la escalinata—. Lo sentimos, pero si ella se queda, nosotros también —dijo, señalando a la capitana.
—Oooooh… —se lamentó Nova—. ¿Seguro? Vamos, será divertido.
La semiorquesa apoyó su lanza en sus hombros, colgando sus manos del asta.
—Estoy convencida de que sí —respondió—, pero ella sigue siendo nuestra empleadora, así que tendremos que protegerla hasta que llegue el barco de rescate.
El primer oficial del Portador se encogió de hombros.
—Bueno, otra vez será —dijo.
—Si alguna vez tenéis trabajo para nosotros —dijo Ayo—, vivimos en Murogrís, en Droaam.
Irvan se acercó a Sjach.
—Tengo que reconocer que eres un gran espadachín —dijo, jugando con sus dagas—. Yo no doy para más que para estas pequeñas.
—Eh, si quieres que entrenemos juntos —respondió el hombre lagarto—, yo encantado.
—Algún día —dijo Irvan, despidiéndose de él con la cabeza.
LEOG y el resto de los oficiales se cruzaron en las escaleras.
—Vaya, la cafetera —bromeó Nova.
—¡LEOG! —le llamó Fin—. Te veo… activo. ¿Te encuentras bien?
—Mejor que en mucho tiempo —reconoció el forjado—. ¿Qué ha pasado ahí arriba? No hay más que cadáveres.
—Es una larga historia —respondió el capitán.
—Que se resume en que se volvieron locos —intervino Sham—. No nos dejaron más opción.
—Ajá…
—Volvamos al Portador —dijo Fin mientras subían, ahora todos juntos—. Tenemos que reunirnos urgentemente, así que aprovecharemos para ponerte al día.
LEOG asintió y, mientras sus compañeros saltaban de regreso a su aeronave, se paró un momento a realizar un brevísimo ritual.
—Ahora sus almas volverán al mundo —susurró.
Al hacerlo, sintió la mano de su capitán depositándose gentilmente en su espalda. Le miró, percatándose en ese momento de que había estado esperando por él. Fin le dedicó una sonrisa de comprensión y, juntos, dieron también el salto a su hogar.
El sonido del bofetón hizo eco por toda la cubierta de carga.
—¡Nos atacan! —gritó el khoravar al despertar.
—Tarde —contestó Fin—. Ya os atacamos, ya perdisteis, y ya estás aquí encerrado.
El mago miró a su alrededor. Estaba en una celda con barrotes de hierro, con poco más que una esterilla, una manta, un cubo con agua y una piedra de purga. Miró a sus interlocutores: un khoravar, un cambiante, una hombre lagarto con un reptil azulado en brazos, un forjado para la guerra, y una humana escoltada por un zombi perturbadoramente parecido al primer oficial del Fantasma del Cielo. Salvo al forjado, reconocía a todos como parte del grupo que les había abordado.
Y al khoravar en concreto, lo conocía de algo más…
—Entonces he sido secuestrado —dijo finalmente—. Fantástico. ¿Qué pensáis hacer conmigo?
—Tan solo hacerte un par de preguntas —contestó Fin—. Empezando por: ¿cómo te llamas?
—Alasdair —contestó él, con una mueca torcida—. Alasdair d'Lyrandar. Apellido que compartimos, al parecer. Te seré sincero, no esperaba que me secuestrara el hijo del Almirante. «La Galerna», así es como te llaman ahora, ¿sí?
—Sabes quién es mi padre, entonces —contestó Fin.
—¿Y quién no? Es un hombre intachable, feroz y leal a la Casa, sin una mancha en su reputación. Bueno, sí, tiene una —dijo finalmente, mirando a Fin a los otros.
El capitán suspiró.
—¿Dónde está? —preguntó finalmente.
—¿Por qué iba a decírtelo?
Antes de que Fin respondiera, LEOG optó por usar el lenguaje corporal. Con un silbido, desplegó su garfio retráctil, mirando a Alasdair fijamente con sus ojos brillantes. Mientras tanto, desde detrás del todo, Nova obró un poco de su magia para facilitarle el interrogatorio a sus amigos, solo para retirarse a su camarote después.
El mago tragó saliva pesadamente.
—La última vez que lo vi en Ventormenta, se estaba preparando para un viaje a Ferdùvar.
—Bien, ya sabemos a dónde no ir.
Alasdair subió su mirada, centrándose en LEOG.
—Vaya forjado más interesante tenéis ahí. ¿Dónde lo conseguisteis?
Tanto Fin como LEOG y Sjach se tensaron un poco ante la afirmación.
—LEOG no es una cosa —contestó Fin.
—Sombra, este tipo es muy desagradable —le dijo Mitne a Sjach en dracónico.
—Lo sé, Luz, no le escuches. Anda, vamos a la cama.
—Espera, ¿eso es un dragón? No, ¿verdad? —preguntó Alasdair al escucharlo.
El trío volvió a mirarle mal.
—Mitne tampoco es una cosa —contestó Fin, con un tono cada vez más afilado y amenazante.
Sjach se retiró a acostar a Mitne antes de entrenar un poco. Brigit, que llevaba en silencio todo el tiempo, decidió intervenir.
—Entonces… ¿Vamos a preguntarle por el esqueje o no?
—Cierto —recordó Fin—. ¿Quién abrió el cofre?
—Uno de los tripulantes, no sé cómo se llamaba —respondió Alasdair—. Fue menos de media hora antes de que nos abordarais. Algunos empezaron a actuar de forma rara, pero nada grave hasta que llegasteis.
—Nada que no supiéramos, entonces —dijo Brigit—. Me encargo yo del otro, ¿vale?
Fin asintió en silencio, y Brigit se retiró. Antes de irse ellos también, LEOG preguntó:
—¿Cuál es tu comida favorita?
—La brandada de bacalao —contestó.
—¿Y la que menos te gusta?
—Las gachas de avena.
—Bien —se limitó a responder el forjado.
De la que se marchaba, LEOG obró un poco de magia druídica leve, dejando en la mazmorra un ligero aroma a salitre que, con suerte, ayudaría al cautivo a dormir.
Ya al día siguiente decidiría si le ponía un plato que le guste o uno que no.
—¿Puedo pasar? —se escuchó una voz al otro lado de la pared.
Nova estaba tumbado en su cama, jugueteando con su banjo. La puerta de su camarote se abrió, dejando entrar a una khoravar de cabello castaño cobrizo, ojos azules y piel bronceada.
—¿Quieres que termine de arreglarte la ropa? —preguntó Riaan, con una voz entre pícara y avergonzada.
—¿No lo hiciste ya? —preguntó el cambiante con una sonrisa divertida.
—Hay un límite de cuánto puedo coser sobre la marcha.
La sonrisa de Nova se amplió.
—¿Tengo que quitármela, entonces?
Riaan asintió.
—¿Toda?
—Toda.
Con Riaan dormida sobre su brazo y la sola cobertura de sus sábanas para protegerles del frío, Nova durmió profundamente. Tan profundamente que incluso tuvo un sueño lúcido.
Se encontraba en una taberna con escenario. La reconocía: era la taberna de Puerto Claro en la que conoció a Fin, el lugar en que la tripulación empezó a formarse. Las luces estaban apagadas, salvo las que enfocaban al escenario. Y, sobre él, no había nada salvo un laúd hermosamente ornamentado.
Nova subió las escaleras, tomó el laúd entre sus manos y, sentándose en un taburete que, juraría, no estaba ahí un momento atrás, comenzó a tocar. A tocar una melodía que jamás había escuchado.
kuwata tsunowo vralai
tsuriji pufuralekai
kwondzuvai undovartsu wronduwail
tjortetei jeki liago
Conforme iba tocando, figuras iban apareciendo entre el público. No eran exactamente sombras, pero tampoco personas definidas. Tenían rostros, pero Nova era incapaz de distinguirlos, por mucho que mirase.
jiunmata ivelischpfuli
neftyoma sorepiyamei
schijiyako alefni fatalliliya
nic'hpisfa unhoreselye
Siguió intentando reconocer algún rasgo entre su audiencia, buscar alguna cara conocida. Sin éxito. Cada vez iban siendo más y más, con todos los asientos llenándose paulatinamente.
otrajain aforeje kurasolda
towari hatasei mic'hatasei tsufrallai
otrajain aforeje kurasolda
towari hatasei mic'hatasei tsufrallai ilja
Por no concentrarse en tocar la canción en sí, Nova tocó un acorde equivocado. Lo curioso era que, a pesar de ser la primera vez que tocaba esa canción, de ni siquiera reconocer la lengua de la letra en la que estaba cantando, era plenamente consciente de su error. Y lo más curioso aún era que, si bien él sabía haberse equivocado, la melodía sonó perfecta, como si la propia música se negase a ser tocada mal.
Ullilya kojijichatjukaijai-wa
nyame fretsumekri, fretsumekri linganmai
ulreri manja huteharraku-mu
harirch lahadachfei, lahadachfei shindulhwo
Terminó de tocar, y el público se puso en pie en una ovación silenciosa. Y, entonces, volvieron a desaparecer, uno a uno, hasta que el cambiante volvió a quedarse solo en la taberna.
Y, entonces, despertó.
Sham había sido el primero en irse a dormir, y como era costumbre, era el primero en despertarse. El viejo dracónido se sentó en su escritorio y, desplegando la esfera mecánica que era su herramienta multiusos, la convirtió en un kit de suministros alquímicos, preparándose para hervir algunos brebajes y mezcolanzas. Tras terminar, se dirigió al baúl de su camarote: no el baúl que tenía a los pies de su cama, con todas sus cosas de uso cotidiano, sino su otro baúl.
Se acercó a él, y a pesar de que tenía cerradura, tan pronto como lo tocó, pareció abrirse solo. Era pequeño y robusto, y en su interior había un único objeto: un guijarro del tamaño de un puño, con un grabado similar a un rostro de perfil con la boca abierta. Se acercó la piedra parlanchina al morro, y envió su mensaje:
—Ha habido un imprevisto en la vigilancia del joven marcado —dijo—. Hemos encontrado un esqueje de Khyber. Tiene magia demoníaca de alguna clase. ¿Tienes alguna orden?
Cuando Shamash daba su informe, rara era la ocasión en que recibía una respuesta más allá de un leve gruñido o un simple «recibido». Lo cual hizo especialmente sorprendente que, en esta ocasión, la contestación sí fuera elaborada y contundente.
—¡No traigas eso aquí! —bramó una voz autoritaria al otro lado de la piedra mágica—. Investigaré. Dame un informe más detallado mañana… El tiempo fuera te hizo olvidar cómo dirigirte a tu rey. Que no ocurra.
Por su parte, Brigit también tenía visita en la «soledad» de su habitación. Era una figura oscura, pero angelical, con amplísimas alas de lustroso plumaje negro que parecían abarcar toda la estancia. Vestía una armadura ceremonial dorada, ceñida al cuerpo, y un largo cabello azabache enmarcaba su estoico y blanquecino rostro de ojos negros como simas.
—Azrael —la llamó Brigit al verla en el reflejo de su espejo.
—Habéis encontrado un objeto… interesante —contestó su ángel de la guarda a modo de saludo.
Así era ella, siempre al grano.
—¿Qué opinas? —preguntó Brigit.
—Lo que contiene en su interior es poderoso, sin duda. Puede ser peligroso si se trata sin cuidado, pero también puede ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos.
—¿Lo robamos? —preguntó la pelirroja con un tono cercano al entusiasmo en su voz.
—No —contestó el ángel—. El barco es un lugar seguro y cercano donde tenerlo. Aunque es conveniente que lo vayamos estudiando… cuidadosamente.
Brigit asintió en silencio.
—Perseveremos por este camino —concluyó Azrael—, y alcanzarás más poder del que jamás soñaste.
Y con el fuerte sonido de uno de sus aleteos, la siniestra entidad desapareció, dejando atrás una única pluma negra que, tan pronto como tocó el suelo, se disolvió.
Sintiéndose segura, la dorada gallina Gretta salió de debajo de la cama, acurrucándose al lado de Brigit.
—¿LEOG? —escuchó el forjado que le llamaban desde detrás.
El cocinero del Portador de Tormentas había invertido la noche en investigar acerca de su propio pasado y su condición. Incluso si había recobrado su conciencia en plenitud, después de más de cuatro años, su amnesia seguía siendo un problema del que debía ocuparse. Cuando Drazhomir, el joven minotauro, veterinario y ratón de biblioteca patentado de la tripulación, entró a por su lectura matutina, vio a un forjado para la guerra rodeado de montañas y montañas de libros.
—¿Ha… ha estado ahí toda la noche?
—Así es. ¿Ya es de día?
—Amaneció hace varias horas ya, sí.
—Oh, comprendo. Ayúdame a recoger, y voy a hacer el desayuno.
Sham disfrutaba en paz de su desayuno. Era bueno tener a LEOG de vuelta: la precisión milimétrica con la que su «modo automático» cocinaba estaba bien, pero se agradecía algo de creatividad en sus platillos.
Una pena que Nova llegase con su banjo para ponerle fin a esa tranquilidad.
—¡Sham, me ha pasado una cosa muy rara! He tenido un sueño.
—Guau, felicidades —contestó el dracónido—. ¿Es la primera vez que te pasa?
—No, no, era un sueño rarísimo. ¡Tocaba una canción que nunca había escuchado! Ni siquiera sé en qué idioma está.
—Eso me interesa —intervino Brigit, sentándose también en la misma mesa.
—Y a mí, ¿por qué no la tocas? —intervino Fin, uniéndose también a la conversación.
Nova asintió, y comenzó a tocar la misteriosa melodía y a entonar la indescifrable letra.
—¿Sabes algo? —le preguntó al viejo carpintero igualmente.
—No he escuchado ese idioma en mi vida. Desde luego, dracónico no es…
—Es infernal —intervino Sjach, secamente.
—¡Sjach! —exclamó Fin—. Te has levantado pronto.
—Me despertó Mitne al escuchar… eso —dijo Sjach señalando al dragón azul a su lado—. ¿Dónde aprendiste eso? —preguntó a Nova con sospecha.
—Pues la soñé esta noche —contestó el cambiante.
—¿Puedes traducirla? —preguntó Fin.
—Puedo intentarlo —respondió—. Tócala otra vez.
Sjach cogió algo de pergamino y una pluma y, mientras Nova repetía la canción, él la iba transcribiendo. Una vez tuvo el texto en infernal, lo tradujo al común:
En una vieja y desolada tierra,
hastiada por el rencor y la guerra,
el Señor de los Ejércitos despierta,
poderoso como en la Antigua Era.
Vástago de la tempestad,
volad más allá del espacio y del tiempo;
hallad los fragmentos de vuestro anhelo;
alzad la puerta a vuestra libertad.
Lo que está partido ha de ser resarcido,
lo que está muerto ha de ser revivido.
Lo que está partido ha de ser resarcido,
lo que está muerto no ha de ser revivido.
Hálito de relámpago, nacido del argento;
sangre divina, vertida en oscuro ritual;
un fragmentado corazón de cristal.
Forjados en trinidad por la canción del ensueño.
—Específico —concluyó—. Demasiado específico.
—Tenemos que reunirnos ya —ordenó Fin—. Que alguien avise a LEOG.
En un área apartada de la biblioteca, en torno a una mesa alargada con un mapamundi de Eberron extendido, los seis oficiales —y Mitne— comenzaron a debatir en torno a su próximo destino.
Fin tenía frente a él el cofre de adamantita, Sham examinaba la traducción que había hecho Sjach de la canción, y Nova repetía los acordes de esta lentamente con su banjo. El contramaestre acariciaba a su dragontino compañero, que estaba en tensión ante la mera presencia del esqueje, mientras LEOG y Brigit observaban la escena en silencio.
—Tenemos que librarnos de esta cosa, sea como sea.
—Va a ser peor —dijo Sham, levantando la vista del papel—. Una canción misteriosa que se le presenta a alguien en un sueño… Esto es parte de la Profecía Dracónica, no me cabe duda.
—¿No es razón de más para desentendernos del problema?
—No. La Profecía siempre señala múltiples posibles destinos, y siempre hay varios posibles causas que pueden llevar a ellos.
—Y el sueño lo tuve cuando robamos el esqueje.
—Exacto —confirmó el contramaestre—. Lo cual quiere decir que está ligada a él. Si se la damos a otros, no sabemos cómo harán que se cumpla la Profecía.
—Y, la verdad, tiene mala pinta —concluyó Sjach.
—Lo que no entiendo es por qué está la canción en infernal… Esa es la parte que no me encaja.
Por unos instantes, los siete permanecieron en silencio; fue Brigit la que rompió el hielo.
—¿Puedo examinar el esqueje? Igual descubrimos algo.
Fin torció el gesto.
—No sé yo. ¿No ves lo que les pasó a los otros tontos al abrirlo?
—Bueno, pero nosotros ya lo abrimos y no pasó nada —respondió ella.
—Eso es cierto —confirmó Nova.
—Aun así…
Dubitativo, Fin extendió su pañuelo sobre la mesa, abriendo el agujero hacia la dimensión de bolsillo de este. De ella, sacó el cofre de adamantita, y se lo dio a Brigit mientras enrollaba la tela de nuevo.
—Investiga el cofre todo lo que quieras, pero no lo abras.
La aasimar asintió a regañadientes con la cabeza.
—¿Puedo? —le preguntó LEOG.
Ella dejó el cofre en la mesa, frente al forjado. LEOG extendió la mano y agarró el cofre de adamantita.
La reacción fue inmediata.
La ghulra en la frente de LEOG se iluminó con un tono púrpura, y sus ojos hicieron lo mismo. Entonces, recuerdos perdidos de una conversación florecieron en su mente:
En su teatro mental, veía cinco sombras que conversaban entre ellas.
—Nuestro tiempo ha llegado —declaró una primera sombra.
—Si la Profecía es cierta, el peligro es enorme. Hemos de actuar —dijo una segunda con decisión.
—No podemos demorarnos más: cumplamos con nuestro papel —intervino una tercera sombra.
La siguiente voz en hablar no surgía de ninguna de las indefinidas entidades, sino más bien del propio LEOG. Aunque la voz, si bien regia y poderosa, sonaba… ¿femenina?
—Entonces, partamos hacia Khorvaire.
—¿LEOG? ¿Estás bien?
—¿Eh? Sí, perdón. He tenido una visión. Creo que era… ¿mi pasado?
LEOG contó a sus compañeros lo que acababa de ver, aumentando aún más la atmósfera de confusión e incertidumbre que de por sí ya reinaba en la estancia.
Nova tocó una melodía tensa.
—Mirad, esto se está volviendo cada vez más complicado —dijo finalmente el capitán—. Necesitamos información. Mi primo, el que tenemos ahí abajo, me ha dicho que mi padre estaba volando hacia Ferdùvar, así que no podemos ir allí. Sugiero que vayamos a Puerto Claro y le preguntemos a Durnan de dónde sacó la información sobre este botín.
—Es un buen primer paso —dijo Sham—. Ya que estamos allí, podríamos acercarnos a la Universidad de Wynarn: igual en la biblioteca tienen información sobre esto.
—Hablando de bibliotecas —intervino Nova—. No sé si lo habéis escuchado alguna vez, pero hay historias que hablan de una biblioteca oculta en los Páramos Demoníacos. Si el esqueje tiene magia infernal dentro, igual ese es el sitio en el que buscar la información.
—Eso, si es que ese sitio existe —dijo el dracónido.
—Ya, no hay nada que lo asegure, y los Páramos son muy peligrosos… Vamos a investigar, a ver si hay algún dato que pueda ayudarnos a acotar la búsqueda.
—¿Arcanix? —sugirió Sham—. Allí podríamos rebuscar algo también.
—O en Sharn —dijo LEOG—. Si todo esto tiene que ver con mi pasado, puede ser que los Cannith de Sharn sepan algo.
—Merrix d'Cannith… —reflexionó Fin—. Su padre creó a los forjados, puede tener sentido.
—Puede hacerse —comentó Sjach—. De Puerto Claro a Arcanix, de Arcanix a Sharn. Fácil.
—En ese caso, está decidido —concluyó Fin—. ¡Sjach, traza el rumbo! ¡Tripulación, manos a la obra!
Todo el mundo asintió, y uno a uno, fueron abandonando la sala, hasta que solo quedaron Fin y Nova.
—Capitán —dijo Nova—. No quise mencionarlo, porque igual era mucho rodeo, pero… ¿Y si vamos a Droaam?
Fin sonrió.
—¿Tantas ganas tienes de ir a ver a Ayo y compañía?
Nova puso los ojos en blanco.
—No es por eso, no. Estaba pensando que, si la cosa va de profecías, sueños y cosas así… Podemos intentar preguntarle a Sora Teraza…
—La mayor profetisa del mundo… —reflexionó Fin—. Y una de las reinas de Droaam. Será complicado, pero buena idea. Escribiré a Ayo y compañía, y les diré que nuestro encuentro está más próximo de lo que estimábamos.
Era sul, así que la tripulación se había congregado en la cubierta principal, a la espera de que el capitán les anunciara sus deberes de la semana. Fin subió a la cubierta de popa, y se encaramó de la baranda frente a ellos. Nova había estado arengándoles mientras él terminaba la planificación.
—¡Y recordad! —decía el cambiante—. ¡Les hemos pegado el repaso de su vida a esos Lyrandar! ¡Somos los mejores!
Ante las ovaciones de la tripulación, Fin carraspeó para comenzar a dar las instrucciones.
—¡Gente! Nos dirigimos a Puerto Claro. Sjach está preparando el rumbo, pero id yendo a vuestros puestos. ¡Albert, Kralath! En el botín había algo de equipamiento nuevo, así que hacedle algo de mantenimiento para tenerlo listo, por si acaso.
Albert, un hombre humano de edad avanzada, al punto de tener el cabello completamente gris y estar apoyado en un bastón, pero de constitución atlética, hizo un gesto militar de asentimiento. Kralath, el goliat, asintió con la cabeza.
—¡A la orden, capitán!
—Drazhomir, la biblioteca es tuya. Necesito que busques tanta información sobre los Páramos Demoníacos como puedas —Fin esperó a que el minotauro asintiera, y prosiguió—. Nathair, tú ve al taller. Necesito pedirte un favor personal, pero una vez lo termines, pinta a gusto.
—¿El cuadro será para vender? —preguntó le gnome, escondide en su disfraz de goblin.
—Si quieres, sí.
Nathair asintió.
—Hablando de vender… Riaan, haz inventario en el almacén y prepárate para comerciar con lo que tenemos una vez lleguemos a Puerto Claro. Thatani, ve con ella y usa parte del dinero para aprovisionar la armería.
—A la orden, capitán —contestaron la khoravar y el hombre de cabello morado, ojos verdes y tez oscura.
—Jiangqwoc, ve a la cubierta de proa y ocúpate del jardín. Si da tiempo a tener algo cultivado para cuando lleguemos a la ciudad, mejor, pero si no, no pasa nada.
A modo de respuesta, el híbrido entre humano y tortuga llamado Jiangqwoc comenzó a andar lentamente hacia la proa.
—Lulu, ve con Brigit. Sumak, ayuda a LEOG.
—¡A la orden, capitán! —gritó el mediano, mientras el esqueleto asentía en silencio.
—Ratief, ¿te importa encargarte de la limpieza esta semana?
El fornido monje de coleta rubia y denso bigote asintió, complaciente.
—A la orden, capitán.
—Y Nando, al carajo. Mantente vigilante.
El adolescente de cabello castaño estiró los brazos.
—¡Siesta matutina! —exclamó— Digo… ¡A la orden, capitán!
Fin suspiró.
—Ratief, empieza por la cubierta principal, y mantenle vigilado, anda.
El monje volvió a asentir.
—Perfecto, entonces —tras decir eso, Fin se puso de pie sobre la baranda y, de un salto hacia atrás, se colocó frente al timón —. Aukarak, ¡vamos allá!
Tan pronto como puso sus manos en el timón, sus ojos y la Marca de la Tormenta en su gemelo comenzaron a resplandecer con un tono cerúleo. El esqueje de Siberys en el centro del timón, así como los esquejes de Eberron en los extremos de los asideros, brillaron con el mismo tono, y el leve anillo de estática que unía los mástiles y las vergas del Portador de Tormentas comenzó a refulgir con furia, haciendo que el barco salga disparado dirección a Puerto Claro.
A lo largo del día, los oficiales del Portador fueron cumpliendo con sus deberes. Brigit bajó a la enfermería, solo para descubrir que su paciente involuntario se había cortado la lengua con los dientes, quitándose la vida. Intrigada por la reacción y las posibles implicaciones de la magia del esqueje en ella, bajó el cuerpo a su laboratorio y se encerró con Lulu y Gretta para investigarlo.
Shamash fue dando un paseo tranquilo, mientras revisaba el estado del barco tras el abordaje del día anterior. Las arterias elementales estaban bien, los nodos estaban bien, el motor estaba bien… Todo estaba en orden. Optó por invertir la tarde, tras la deliciosa comida de LEOG, en jugar al conquista —un juego de mesa muy popular en Khorvaire— contra Albert, con Jiangqwoc y Ratief de audiencia. Milagrosamente, acabó ganándole por primera vez en cinco años.
Sjach, por su parte, en cuanto terminó de calcular el rumbo hacia Puerto Claro e informar a Fin, decidió interrumpir el proceso de limpieza de Ratief para que entrenaran juntos. Nova, mientras tanto, acompañaba la escena con un poco de música.
En cuanto Aukarak estuvo demasiado cansado como para proseguir avanzando a máxima potencia, Fin decidió jugar un poco con Mitne mientras Sjach dormía la siesta. Para más inri, se le ocurrió hacer algo de prácticas de tiro con su primo que, resignado a no tener otra opción, usó su magia para moverle un par de objetivos para que entrenase.
LEOG pasó el día en meditación, comulgando con los espíritus presentes en su pequeño santuario particular, preparándose para las tareas de búsqueda que le esperaban al próximo día en Puerto Claro.
Y llegó la noche, llegó la mañana. Y así terminó el primero de olarune.
El segundo de olarune fue el caos. Una vez LEOG les hizo un desayuno nutritivo —acompañado de un delicioso cóctel matutino—, Fin fue a recoger el «pequeño favor» que le había pedido a Nathair —un boceto suyo con gesto vacilón frente a la bandera del Portador de Tormentas, que tenía toda la intención de enviarle a su padre—. Todo el mundo cumplió diligentemente —o, al menos, con la diligencia esperable— con sus obligaciones, y el día trascurrió normalmente hasta que…
—Chicos, nos atacan —dijo LEOG, mirando a una aeronave que se les acercaba por la retaguardia.
—Sí, definitivamente nos atacan —completó Nova, mientras veía una segunda aeronave acercarse por el frente.
Shamash suspiró profundamente.
—¡Nando! —gritó, mirando hacia el cielo —¿Hay algo de lo que quieras informar?
Nando despertó de su siesta.
—¡Ah! ¿Qué? —se exaltó—. ¡Sí, perdón!
Se asomó a la baranda del carajo.
—¡Nos atacan! —exclamó, para después aguzar un poco más la vista—. Vale, esos son Lyrandar, y Orien, y Cannith, y Phiarlan… ¡Chicos, creo que nos ataca el Dodecanato!
Segundos tras la declaración de Nando, ambos navíos dispararon hacia ellos gruesos arpones. Fin cogió el timón, y siguiendo las indicaciones in extremis de Sjach, consiguió maniobrar con la suficiente precisión para evitar dos de los cuatro proyectiles. No era perfecto, pero estaban era en perfecta posición para atacar.
—¡Fuego a discreción! —gritó el capitán.
—A la orden —respondió LEOG.
El forjado cruzó las piernas y juntó las palmas de sus manos y, levitando por unos breves instantes, pidió ayuda los espíritus. Los braseros de su santuario se encendieron de golpe con sendas llamas verdes, y liberaron su fuego que, como espectros, volaron a través de los recovecos del barco hacia la cubierta. En apenas unos segundos, había ocho dimetrodones ayudando a la tripulación del Portador a preparar las armas. Con tres operarios en cada una de las cuatro balistas, y cinco en la catapulta, estaban listos para contraatacar.
Solo había un problema, y es que el enemigo les había dejado apresados con los arpones, y se acercaba peligrosamente.
Intentaron de todo: LEOG quiso cortar las cuerdas, pero estaban demasiado abajo; Sjach se preparó para el inminente abordaje, canalizando la esencia mágica de Mitne para conjurar el viento a su alrededor cuan aura protectora; Shamash tomó su esfera multiusos entre sus manos, girando las ruedas y engranajes para convertirla en una especie de ballesta con virotes de fuego para dispararle al enemigo.
Nada parecía surtir mucho efecto.
Cansado de dispararles flechas, Nova pensó en una solución más extrema. Cogió su flauta travesera, y canalizando su magia a través de ella, tocó una melodía que daba la sensación de que estaba sorbiendo aire más que expulsarlo.
Entonces, el aro elemental de una de las naves comenzó a parpadear. Casi como si la se hubiese comido el fuego, el aro se apagó, y algo similar a una explosión salió segundos después del interior del navío.
El elemental se había liberado. Al menos, parcialmente.
Con uno de los barcos enemigos en caos, la cosa parecía ir a mejor, pero entonces los arpones terminaron de retraerse, y la batalla naval ya se convirtió en un abordaje.
Los atacantes eran dos khoravar, probablemente de la Casa Lyrandar, cinco lanzadores de conjuros con edad de ser más bien aprendices, y un hombre horondo revestido en una armadura completa de color rojo, armado con una horca. Desde el navío del que salió el hombre —el que no estaba en caos por un elemental de fuego enfadado—, dos autómatas que habían visto días mejores saltaron al Portador, y múltiples magos conjuraron un pequeño ejército de familiares, similares a serpientes azules compuestas de fractales. La tripulación atrajo a los autómatas y a los familiares a las cubiertas de proa y popa, dejando a sus oficiales con los atacantes humanos.
Y los oficiales estaban de mal humor.
El hombre engarzado en su armadura alzó su horca, y atacó con ella a Mitne. En cuanto el cuello del dragón estuvo entre las dos astas del arma, la Marca de la Creación, señal de su ascendencia Cannith, brilló en el dorso de su mano, activando un hilo de electricidad que mantenía a la criatura presa. No parecía hacerle ningún daño, pero no podía moverse.
Ahora, los oficiales estaban de peor humor.
Fin apuntó con sus dedos, imitando la forma de una pistola, hacia uno de los dos khoravar. Fingiendo un disparo, dirigió hacia él una bala de aire. Era endeble, sí, pero suficiente para empujarle hacia atrás y hacerle caer por la borda.
Un problema menos.
Shamash prendió fuego a su lanza, y atacó al otro oponente. El fuego cauterizó casi inmediatamente la herida que el arma había provocado, pero no el oportuno disparo del mosquete de Nando que, por una vez, sí estuvo atento a las indicaciones del dracónido.
Sjach quiso abalanzarse contra el Cannith, pero la ráfaga de viento de uno de los magos khoravar se interpuso en su camino. Gruñendo con resignación, enfocó su atención en la molestia, asestándole un fiero mordisco y dos cortes con sus shoteles. Nova, que no necesitaba cruzar, dio unos toquecitos con sus dedos en su pandereta y, afilando la mirada y tiñendo sus irises de un amarillo vulpino, miró fijamente al Cannith.
—No os queremos en este barco —le dijo.
La amenaza iba entrelazada con magia, pero la entereza mental del hombre resultó ser mayor de lo que Nova esperaba. Él se limitó a sonreír con autosuficiencia.
—Ni nosotros os queremos en este mundo —contestó.
Como si fuera una señal, los otros magos blandieron sus bastones mágicos hacia los oficiales y los dimetrodones, que seguían formando parte de la refriega. Pronunciando unas palabras de poder, liberaron un chorro de fuego hacia ellos, pero se las arreglaron para resistirla con bastante dignidad. El Cannith chistó la lengua.
Era el turno de Fin de sonreír.
—Ahora sí que la has liado —sentenció.
Con un gesto de LEOG, un nuevo espíritu hizo acto de presencia en la batalla. Un carnotauro traslúcido apareció en el centro de la cubierta, profiriendo un rugido que se extendió por todo el portador. Todos sintieron cómo su vigor aumentaba, su piel —o escamas— se endurecían, y cómo obtenían fuerzas renovadas para continuar con la lucha.
Y sí, eso incluía a los dimetrodones.
—Dejadlos K.O. —ordenó con simpleza.
Rodeando a los magos enemigos, los ocho dinosaurios atacaron con sus espinadas cabezas, haciéndoles perder la consciencia al momento. Por su parte, el propio LEOG intentó conjurar una nube de insectos que empujara al comandante Cannith por la borda, pero no tuvo éxito.
—Este tipo es duro de pelar.
—No lo suficiente —dijo Fin.
Corriendo en dirección al Lyrandar restante, el capitán saltó usando de trampolín a uno de los magos, antes de que cayese al suelo. Desenvainó su estoque y, según caía, le asestó un rápido golpe perforante. No lo suficiente para dejarlo incapacitado, pero sí para que perdiera la concentración en el muro de viento. El hechicero intentó contraatacar con un conjuro acuático, pero Shamash le interrumpió también con un golpe bien propinado de su lanza ardiente.
—¡Albert, una ayuda por aquí! —ordenó Fin.
El caballero, que acababa de cortar uno de los familiares por la mitad con su espada, dejó caer el arma, apuntó con su ballesta pesada y disparó al Cannith, ensartándole una flecha en una de las juntas de la armadura, obligándole a forcejear para desarrancársela.
—Sjach… Todo tuyo —sonrió el khoravar.
—¡A la orden, capitán! —respondió Sjach con una alegría y, casi como si su aura de viento le hiciese volar por los aires, saltó sobre el comandante enemigo. Envolvió una de sus armas con ese mismo viento, y la otra con el aliento eléctrico de Mitne, haciendo descender ambas contra él con todo su peso y magia.
Y, aun así, lo resistió.
—¿Eso es todo? —preguntó, tratando de disimular el dolor de las heridas.
—No —respondió Sjach, agachándose para dejarle justo en el ángulo de visión de Nova.
—Luego no digas que no te avisé —se encogió de hombros el cambiante, que había dejado caer su arco al suelo, y sostenía su pandereta con ambas manos.
Nova tocó una leve melodía, apenas tres segundos: «pum, pum, pum, pum-pum».
—Cuidado, que te quemas —dijo finalmente.
Y, entonces, la armadura del Cannith comenzó a calentarse. Y a calentarse más. Y más. Y cada vez más. Él se arrodilló, gritando por el dolor de las cada vez más profundas quemaduras.
El duelo había terminado.
—Thatani, cariño: ponlo a dormir.
El aludido, cuya batalla en proa también acababa de terminar, apuntó hacia el Cannith con su mano y, con sus ojos iluminándose en una perturbadora luz verde, liberó una descarga mental que le dejó seco.
La descarga mental vino en la forma de una enorme criatura traslúcida con cola de serpiente, cuerpo redondo plagado de ojos verdes, y pinzas de langosta. Su cuerpo era violeta, púrpura y blanco, y atravesó con sus pinzas al convaleciente Cannith, atravesándolo para luego desaparecer. Él se quedó con los ojos en blanco antes de caer rendido, sin vida.
El Lyrandar, al verse solo, hizo un gesto con las manos para convertirse en una corriente de agua y volar de regreso a su aeronave, donde ya habían conseguido volver a vincular al elemental de fuego. Varios lanzadores de conjuros, de los que habían invocado a los familiares —ahora destruidos por la tripulación—, se teletransportaron para recoger a sus aliados inconscientes y llevarlos rápidamente de regreso a sus transportes. Los arpones se desengancharon: parecía que se estaban retirando.
Sintiéndose a salvo, Nova no esperó sentir el peso de un cuerpo abrazándole desde atrás, ni escuchar una voz conocida susurrándole al oído.
—Ese ha sido un muy buen truco, ¿dónde lo aprendiste?
El comentario vino seguido de un sonido similar a un chasquido, acompañado de la desaparición de la presencia tras él.
Por supuesto, esa persona no tardó en reaparecer en la cubierta de uno de los barcos asaltantes: una elfa de piel rosada y cabello plateado, vestida con una elegante túnica de tonos malvas y negros, con un laúd fastuosamente ornamentado a su espalda. En su costada brillaba, por debajo de su ropa, la Marca de la Sombra. Junto a ella, salió también de su invisibilidad Alasdair, claramente recién rescatado.
—Ha sido un placer volver a verte —dijo Venessa con una sonrisa burlona, para después lanzarle un beso a Nova.
El cambiante chasqueó la lengua con amargura.
Conforme las naves enemigas desaparecían de su vista, el paisaje de Puerto Claro se veía cada vez más cercano en el uniforme.
Estaban cerca de su destino.
Shamash entró a su camarote y, ni corto ni perezoso, volvió a tomar su piedra parlante entre sus manos y mandó otro mensaje.
—Mi señor, vamos a investigar a nuestro informador, pero tengo una hipótesis sobre el contenido del esqueje: creo que tenemos un fragmento de Rak Tulkhesh.
