"Te quiero, no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo." Gabriel García Márquez
Dicen que la curiosidad mató el gato, no obstante, esta frase también aplica a nuestro tigre, Terence Grahan Granchester. Quizás por ser de la misma familia de felinos o porque en su orgullo de macho irresistible, no podía entender como era posible que esa pequeña mujer le ignorara.
Y con toda razón le llamaba la atención, el saber qué le ocurría y por qué esa actitud contra el. La rubia de pecas en el rostro y nariz respingada había traído su atención al convertirse en un dilema y un reto descubrir por qué ella no caía a sus pies como todas las demás.
Quizás exageraba un poco en ello, pero jamás nadie le había hecho sentir invisible antes. Él conocía sus virtudes y estaba muy claro sobre sus atributos físicos y la gran billetera que venía como extra con él.
En medio del bullicio y el ajetreo del concurrido aeropuerto de Nueva York, se encontraba un lugar de refinamiento y elegancia que parecía sacado de una novela de época. Este rincón de distinción llevaba el nombre de FoundersCard, y su presencia destacaba en medio del caos moderno como un faro de la sofisticación de tiempos pasados.
El ingreso a este santuario de la elegancia comenzó con un portón de madera maciza, cuidadosamente tallado, que se abrió con un ligero chirrido que resonó en los oídos de la rubia, despertando todos sus sentidos. Al atravesar este umbral, se encontró con un espacio que recordaba a un elegante salón de baile del siglo XIX.
Sonrío de forma soñadora al traer a sus pensamientos su novela favorita: Orgullo y prejuicio y en especial a cierto personaje que adoraba.
Las luces tenues colgaban del techo alto, creando una atmósfera de intimidad y misterio. La madera oscura de los muebles y los detalles de latón pulido aportaban un toque de opulencia a la escena. Por un segundo se imaginó a sí misma siendo parte de aquella época junto a quien consideraba su Darcy en carne y huesos: Terry.
Los viajeros de negocios y emprendedores de todas las edades y procedencias se encontraban aquí, con un aire de importancia y determinación se movían de forma distinguida. Los trajes bien confeccionados y los vestidos elegantes se mezclaban con el zumbido de las conversaciones en voz baja y el tintineo de las copas de vino.
Era un lugar donde las mentes más brillantes de la época se encontraban para forjar alianzas y compartir ideas. Y ella, era quien menos encajaba en dicho lugar, ya que no solo había entrado días antes a la larga lista de desempleados de país; sino que, estaba muy segura que ni todo lo que poseía podía darle para pagar una sola hora en este lugar.
En el rincón más destacado del salón, se encontraba una imponente mesa de madera oscura. Detrás de ella, un mayordomo vestido con una chaqueta de librea blanca dispuesto a atender todas las necesidades de los distinguidos invitados.
«Era definitivamente como en esos libros de romance.», pensó dándose cuenta de que por primera vez, desde hace 20 días que Annie se mudó junto a Archie, no se había preocupado por sus deberes económicos y aquella carta de cierre de la compañía y despido masivo del personal de la revista.
Se fijó como Terry colocó en el centro de la mesa el objeto de deseo para muchos aspirantes a ser parte de la flor y nata de la sociedad neoyorquina. La tarjeta de fundador que otorgaba acceso a este exclusivo club. Delineó los detalles de la misma; su intrincado diseño y emblema dorado, era el símbolo de estatus y pertenencia a una élite selecta.
Así, en medio del ajetreo y el bullicio del aeropuerto de Nueva York, halló un oasis de elegancia y sofisticación en FoundersCard.
«Jane Austen habría encontrado en este lugar el escenario perfecto para una de sus novelas, donde el amor, la ambición y la intriga se entrelazan en un baile eterno de posibilidades y conexiones.», pensó alegrándose de tener nuevo material para su pasatiempo favorito: Escribir historia de ficción de su Darcy.
Terry logró que el grupo por completo aceptase permanecer junto a el, en vez de la sala de espera regular.
En un principio, Archie se molestó cuando se enteró de algunos cambios que realizó el castaño para llevar este viaje a sus tan altos estándares de calidad del cual siempre gozaba.
— Me estás sacando de mis casillas —exclamó el futuro novio, dejando escapar un suspiro al darse cuenta de que su amigo siempre sé salía con la suya.— ¡Quizás no entiendes lo que has hecho! —volvió a arremeter en un suave susurro.
— Candy y Annie han reunido por mucho tiempo para poder costearse este viaje, ella no dejó que lo pagara. Es su forma de demostrarme que quiere aportar a nuestro matrimonio. —sus palabras arropaban un destello de orgullo y sobre todo de amor.
Terry lo miró con el ceño fruncido, tratando de entender lo que para Archie era bien claro.
— ¿Desde cuándo volar en primera clase y darse buena vida era algo malo? — inquirió el castaño mientras llevaba a sus labios la copa de Champán que le habían brindado una de las meseras del lugar.
— Annie y Candy no vienen de la misma vida que nosotros. —comentó de forma discreta — Ellas no ven esto como normal, al igual tú y yo. Las chicas trabajan fuerte y cada cosa que ganan o hacen es una victoria.
— Entonces que festejen que están aquí con nosotros y no en la abrumada sala de espera, con todo el mundo, pegados y con el ruido y los gritos de los demás. —apuntó de forma cínica y sin darle más importancia al asunto.
Claro que sabía que ellas venían de un nivel diferente y que, a pesar de todo, estaba seguro de que Annie amaba a su amigo, quizás no con la intensidad que lo hacía Archie.
Recordó el día que el castaño les confesó que se había enamorado de una chica de status social inferior y que temía que no fuese aceptada en su grupo.
No obstante, la morena con su forma de ser logró colarse y abrirse camino en la estira familia de su novio, quienes le abrieron las puertas y le dieron la bienvenida con mucho cariño.
El inglés no condenaba el amor; sin embargo, era una faceta de los hombres donde se convertían vulnerable y tontos. Cosa que el no era.
Conocía perfectamente el resultado de dejarse llevar por ese sentimiento y el de caer en sus redes. Su padre se lo recordaba siempre. Su nacimiento estaba marcado por un amor que se convirtió en tragedia y vergüenza para la familia Granchester.
Por ello, se había jurado a sí mismo no ser tan tonto como sus amigos y evitar a toda costa eso que llamaban: amor.
Su vida era muy sencilla: Trabajo, viajes, salidas y una que otra modelo. Eso sí, repetir, jamás. Nada que diera pie a siquiera la mínima posibilidad de un pensamiento de compromiso o algo parecido.
Su experiencia con Susana Marlowe, le había mostrado que la primera era la vencida.
Al invitar a la modelo a una segunda cita, nunca imaginó que ella malinterpretaría esta excepción y que asumió una posibilidad entre ambos de convertirse en la pareja del momento.
Terry le había dejado claro que no tenía planes ni cortos y menos largos de compromisos y peor aún, jamás pensaba en ser la pareja del momento de nadie.
Archie movió su cabeza de lado a lado dándose por vencido y salió a encontrarse con su hermano que se hubo instalado en uno de los escritorios y revisaba su email.
Terry subió su vista y colocó en su rostro una leve sonrisa de satisfacción al ver como Archie se alejaba. No iba a continuar discutiendo algo que para él no tenía lógica alguna. Las cosas eran así y no iba a cambiarlas.
Él no era culpable de la forma en que ellas habían nacido y menos de las carencias que pasaron o continuaban ocurriendo en la vida de esas chicas. Ese no era su problema, y aunque lamentaba que no todos tuviesen su posición social, no iba a cambiar su forma de ser y dejar de ser quien era para darle gusto a otros.
Neil se acercó logrando sacarlo de sus pensamientos; sin embargo, la imagen de una joven le atrajo como si dependiera de ella para vivir. No iba a negar que era hermosa, cada curva en su lugar, su blanquísima piel contrastaba con aquel T-shirt negro y jeans que le hacían ver tan relajada y fresca.
Recordó el momento en que sus miradas se encontraron cuando pasaba por TSA, no mentira al decir que estaban en la lista de los más hermosos que había visto en toda su vida.
Eran grandes, expresivos y de un color que no supo definir.
«¿Verdes esmeraldas o bosques?», pensó mientras buscaba la respuesta en sus recuerdos.
Luego, como un destello de luz, le llegó la imagen de aquella constelación de pequeñas pecas que salpicaban sobre su nariz. Estaba acostumbrado a ver como las modelos cubrían lo que consideraban imperfecciones en la piel, pero ella las lucía orgullosas.
Volteó a su alrededor mientras Neil conversaba y se dio cuenta de que varias mujeres tenían su vista en él, como siempre y entonces miró a la rubia quien reía muy a gusto junta a Luisa y Annie ignorando por completo su presencia.
«¿Qué le pasaba a la pecosa? ¿Por qué le molestaba tanto que ella no le prestara atención? ¿Qué se creía la enana esa que no le miraba?», pensó comenzando a sentir ira en su interior.
— Granchester, hombre, ¡Te estoy hablando¡—el llamado del moreno lo sacó de sus pensamientos, mientras este dirigía su mirada al punto en el que los ojos del inglés se mantuvieron fijos. Y entonces sonrió de medio lado, su amigo había descubierto, por fin, el tesoro que estaba frente a sus narices.
«A veces somos ciegos, aunque podamos ver.», pensó Neil volviendo la vista a su muy turbado amigo.
—Disculpa estaba recordando unos documentos que no firme. —se excusó y por primera vez se sintió que no encontraba respuestas a las preguntas que le invadían este momento. Una mueca de satisfacción se reflejó en la cara del futuro papá del grupo.
La llamada a subir el avión había comenzado y fue el tiempo perfecto para cambiar el tema y volver a tomar control de todos aquellas preguntas que le alborotaban la cabeza.
El grupo de jóvenes abordó antes que los demás. Habían cambiado a primera clase por encargo de Granchester excusándose como padrino del novio y que debía mantenerlo en el mejor estado posible para la boda. Todos aceptaron aquello y decidieron pasarla bien.
Al darse cuenta del despliegue de poder y dinero del joven magnate, Elisa comenzó a moverse para llegar al castaño, como siempre trataba de hacer, no obstante Neil, de forma disimulada, le cerraba el paso a su hermanita.
Estaba cansado de verla babear por su amigo. Le daba vergüenza la actitud tan descarada que tenía.
Terry se adelantó y eligió el asiento más cercano a la puerta y en la fila de pasillos. Estaba listo para pasar 5 horas y media estudiando las campañas de mercadeo y publicidad de la próxima cadena hotelera que abriría en Miami. Tenía listo todo el material, los reportes y cifras del presupuesto.
«Este sería un vuelo muy productivo.», pensó mientras colocaba su equipaje de manos debajo del asiento y colocaba su cinturón.
Se preparaba para ello cuando vio que Elisa se dirigía junto a él. Eso podría ser lo peor que le sucediera y entonces la vio, la rubia de ojos expresivos, pasaba justo a su lado, le llevó unos segundos recordar su nombre.
En un impulso tomó su codo y la atrajo junto a él.
Hola... Espero que estén bien bellezas. Culpa de Alfonsina que ahora serán más de 3 capítulos.
Así que ya saben a quien dejarle mensajes...
¿Cómo vamos con este Terry...?
