"El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto"
Charles Chaplin
—No quiero que se sienta presionada —dijo Minato, con toda la tranquilidad que logró reunir de camino a la sala de interrogatorios—. Pero antes de plantearle lo que estoy pensando, necesito asegurarme de que comprende el panorama.
Kushina no cambió su expresión de pesimismo, pero asintió con un leve gesto.
—Por razones que no puedo asegurar en el momento, razones de las que solo puedo hacer conjeturas, dentro de la comisaria han querido evitar que usted rinda declaración —empezó a explicar, su tono de voz calmado y apersonal. Kushina lo observaba en silencio, con las manos sobre la mesa—. No sería sensato exponer mis suposiciones en este lugar y en este momento, por lo que me limitaré a dejarle claro que cuando usted salga de aquí, estará completamente desprotegida y vulnerable. El evitar que usted rinda declaración no solo es una estratagema para que no salgan a la luz información para el caso, sino para que usted no sea un testigo y por tal, no goce de ningún beneficio.
—Un blanco fácil.
—Exacto.
—Como en el hotel.
Minato ladeó la cabeza, dubitativo. Sopesó si dar más información o mejor ser cauto. No podía confiarse, no sabía cuáles eran realmente las intenciones y propósitos de la mujer.
—Usted no era el objetivo en el hotel —contradijo—. Usted llegó por casualidad.
—Me podrían estar siguiendo.
—¿Y teniendo la oportunidad de asesinarla mientras transitaba de madrugada por la solitaria Konoha eligen precisamente cuando ya había ingresado al hotel frente a más personas? —negó—. No, usted no era el objetivo.
—¿Entonces quién?, ¿usted?
Minato sonrió sin humor.
—He ganado ciertos enemigos a lo largo de mi vida.
El inspector Namikaze dejó la frase suspendida en el aire con intención, sin agregar más. Ella frunció un poco el ceño y levantó el rostro. Por un pequeño segundo sus miradas se encontraron y no pudo evitar que un escalofrío involuntario le recorriera por la columna vertebral.
Minato no supo si ella comprendió lo que él intentaba decir, pues un momento después fue él quien rompió el contacto visual y echó un vistazo de soslayo al espejo unidireccional. No podía ver hacia sus compañeros, pero sabía que ellos estarían pendientes de todo cuanto acontecía en la sala.
—Escúchame, tengo una idea para solucionar nuestros problemas. Podemos ayudarnos.
—¿Una idea?
—Sí, una idea —dijo, inclinándose un poco más hacia adelante—. Necesito saber algunas cosas… sospecho que usted puede tener algunas respuestas.
—No voy a testificar aquí, lo único que me motivaba era Naruto y…
—Claramente no lo hará en este lugar. Sería peligroso —la interrumpió sin mucho tacto—. Si usted acepta, se hará extraoficialmente. El tiempo apremia, hay personal en este momento revisando las cámaras aledañas a la fundación y tengo una sospecha de lo que ha podido suceder. Pero necesito confirmar algunos datos… necesito conocer algunas respuestas, para poder actuar, para saber qué debo buscar exactamente en las cámaras y desde cuánto tiempo atrás.
—¿Usted… ha investigado…?
—Fui el encargado del caso de Mikoto, su aparición en Konoha y la procedencia del niño.
—Entonces lo ha conocido.
Minato la contempló en silencio antes de responder. Kushina era una mujer joven y, a pesar del peso de la preocupación encima, aún conservaba en su rostro un extraño aire infantil que confundía al momento de calcular una edad. Tenía una mirada expresiva, circundada por largas pestañas rojas. A pesar del velo de la incertidumbre que ensombrecía sus rasgos, un brillo distinto se encendió en su mirada, un brillo que no supo ni quiso definir.
—Sí, lo he conocido.
Kushina se removió en la silla, inclinándose también sobre la mesa.
—Minato…
Él alzó una mano para que se detuviera. No podía olvidar que estaban siendo observados. No quería actuar como si se conocieran.
—¿Aceptas o no?
En cuanto el Inspector Namikaze salió de la sala de interrogatorios, el Inspector Inoichi Yamanaka se aproximó a él con apremio.
—Los subinspectores Hyuga se han comunicado —informó, impaciente, apretando su maletín de trabajo—. Han pedido que nos reunamos con ellos de inmediato en la fundación. Lograron encontrar cámaras de seguridad con registros claros.
Vio al Inspector Namikaze asentir y darse la vuelta, dispuesto a salir en busca de los subinspectores. Entonces ambos se toparon con la mirada dubitativa de la mujer que les esperaba.
—Ella debe venir.
—No puede, de ninguna manera —contradijo Inoichi de inmediato, hablando en un apresurado susurro—. No es una testigo oficial, sería peligroso. Si algo le sucediera nos meteríamos en problemas.
Minato asintió, dándole la razón, pero igual insistió.
—Debemos asumir los riesgos —repuso—. Es eso o correr con los ojos vendados. Y me temo que el tiempo apremia.
Inoichi le miró con el ceño fruncido, sin dar el brazo a torcer. Pero Minato le sostuvo la mirada férrea y convencida que no daba espacio a la duda. La breve lucha de intenciones terminó cuando el hombre apretó los ojos y asintió.
—Confiaré en su juicio, Inspector Namikaze.
—Muy bien —declaró Minato, palmeándole el hombro—. Hazte cargo de ella.
Antes del Inspector Yamanaka atinar a responder, Minato se dio la vuelta y caminó apresurado hacia el pasillo. Inoichi suspiró y se giró hacia la mujer, indicándole con un gesto de su cabeza que le siguiera. Ella le dio alcance en completo silencio.
—El Inspector Namikaze piensa que usted será de ayuda, señora Soku.
—Eso me dijo.
Inoichi le miró de soslayo, mientras se apresuraban a alcanzar el ala de las oficinas. Bajo los ojos de la mujer se perfilaban oscuras medialunas que entonaban con su cabello desprolijo sujeto en una coleta apresurada. Seguramente llevaba en vela toda la madrugada, desde lo sucedido en el hotel; había sufrido una sucesión de infortunios que muy seguramente en ese mismo momento era lo único que la mantenían despierta. Quiso tener empatía con ella, pero dentro de todas sus preocupaciones, lo más que pudo sentir fue una tibia simpatía.
—¿Está dispuesta a asumir el riesgo?
La mujer le dirigió una breve mirada teñida de apremio.
—Correré riesgo tanto si participo como si no. Saben que estoy aquí y que me he reunido con ustedes —dijo—. Prefiero correr riesgo, pero ser de ayuda, en lugar de esconderme y quedar de brazos cruzados.
Atravesaron el ala de las oficinas, ignorando las actividades de las secretarias y demás personal de la comisaria. Llegaron al elevador, oprimieron el botón de ascenso y esperaron. Cuando este se abrió y salieron las personas que subían, los dos entraron y esperaron a que se cerraran de nuevo las puertas.
—¿Y dónde está el Inspector…?
—Minato debe estar cerciorándose de que la comisaria cuente con personal preparado en caso de que la información recabada por los subinspectores Hyuga sea esclarecedora —dijo Inoichi—. Tanto si hay que actuar en el momento, como si se hará en las próximas horas. Debemos estar en contacto con los comandos de patrullas que nos han brindado y nos brindarán apoyo. Nos dará alcance en cuanto se desocupe.
Ella asintió y fijó su mirada en su reflejo distorsionado en el metal del ascensor. Inoichi respetó su silencio hasta que salieron al estacionamiento, se subieron a su coche y se adentraron en las ajetreadas calles de Konoha. Ese día el cielo tormentoso lloraba, derramando una fina capa de escarcha liquida sobre los edificios, las calles, los autos y las personas. El Inspector lamentó haber salido únicamente con camisa de manga corta esa mañana, hubiera sido más acertado lucir saco.
Entonces, cuando se encontraban a la espera de que el semáforo les permitiera el paso, se giró hacia su acompañante de nuevo. La señora Soku Takumi observaba por la ventanilla de su auto con gesto distraído. Su rostro ensimismado era visible en el espejo lateral del coche. El Inspector apartó la mirada cuando la mujer cerró los ojos con gesto preocupado y su nariz se tornó roja.
—Me disculpará, pero hay una duda que aún no me deja crearme una idea precisa sobre usted, señora.
La mujer se giró hacia él, aún con el rostro congestionado.
—Dime.
—¿Por qué cuando llegó a Konoha no acudió inmediatamente con nosotros?
La señora no habló de inmediato, tomó algunos segundos observándolo, quizá calibrando si él merecía una respuesta. Inoichi se sintió profundamente irritado.
—Si pretendes en realidad ser de ayuda…
—No sé por dónde empezar —lo interrumpió ella, su voz calmada pero vacilante. El semáforo pasó a verde y el auto arrancó—. No conozco esta ciudad. Llegué aquí con la intención de presentarme de inmediato, pero… me seguían. O, más bien, me esperaban.
—¿Quién?
—No estoy segura, puede ser cualquiera de las personas implicadas en esto. Mi marido o sus allegados, puede que incluso Fugaku Uchiha.
—¿Fugaku Uchiha?
La mujer asintió.
—Si hay una persona que me guarda un especial rencor en este momento es Fugaku Uchiha, el marido de Mikoto —respondió—. Él busca culpables, y yo soy la aparente implicada directa. Pensé en salir del radar antes de presentarme con ustedes, pero siempre tenía esa sensación de persecución encima. No estoy enseñada a que otros resuelvan mis problemas, creí que en cuanto supieran que me dirigía a la comisaria actuarían.
—¿Y por qué su marido? —preguntó Inoichi. Lo único que sabía de Soku era los datos vagos que había dado cuando contacto con el Inspector Namikaze en primer lugar, además de la información que habían encontrado Minato y Shikaku sobre la heredera de los Uzumaki.
—Porque… —entonces dudó y se detuvo. Su mirada cayó al piso y sus parpados bajaron acompañados de un suspiro cansino. Ella volvió el reflejo al frente y miró por el parabrisas, apoyando su cabeza en el respaldo de la silla con actitud derrotada—. Porque él hace parte del grupo… porque me guarda especial rencor por esconder a Naruto de nuestras vidas. Porque él está en Konoha desde hace meses.
Y porque ahora sabía que ella había acudido a Konoha para reencontrarse con su amante de hace tantos años.
Cuando Minato llegó a la fundación faltaban 10 minutos para las 11 de la mañana. Había hecho las diligencias que necesitaba, había logrado que alrededor de la fundación se dispusiera personal preparado para que rodearan las calles aledañas en espera de órdenes, también tener patrullas que ayudaran en la búsqueda de pistas. Cuando llegara el momento, habría comandos cualificados para ejercer labores de rescate. Después de encontrar las pistas precisas, de parte de él solo quedaba esperar.
Llegó al lugar en compañía del Inspector Aburame y sus dos compañeros de comando, quienes se encargarían de apoyar en la búsqueda. Cuando ingresó a la sala, después de cruzar los pasillos atestados de policías y personal administrativo, se encontró con un grupo de personas de lo más diverso. En un costado se encontraban dos mesas de madera que habían unido para tener más espacio, en ella reposaban equipos electrónicos y documentos en fila. Un expediente se encontraba abierto en el centro de la mesa; el historial médico de Naruto.
Frente al escritorio se encontraban los Subinspectores Hyuga, contemplando la pantalla con sendos ceños fruncidos. De pie, a su lado, se encontraba el Inspector Yamanaka, y al lado de este, evidentemente molesta, se encontraba Kushina y Rin Nohara. Esta última, al verle, se aproximó a ella con rapidez.
—No he podido comunicarme con Kakashi —explicó apresurada, su expresión era urgente—. ¿Han sabido algo de él?
—Estamos rastreando sus movimientos —habló el Inspector Aburame, antes de él responder—. Tenemos una unidad rastreando el edificio del apartamento en el que vivía Obito. Daremos con una ubicación.
Rin Nohara asintió y, antes de Minato seguir el camino hasta el escritorio junto al Inspector Aburame, la chica lo detuvo del brazo. Él se giró hacia ella, que había mudado su expresión de urgencia por una de incomodidad.
—Conozco a la señora Kushina —dijo Rin en un susurro—. Hace años, cuando Naruto era un niño pequeño y enfermó, Mikoto me pidió ayuda y yo acudí. Ella no guarda simpatía por mí, ni por Kakashi, menos por Obito. Se disgustó cuando me vio aquí… también me sorprendió verla, por supuesto.
Minato asintió y se volvió hacia su destino. Al llegar al lugar de trabajo se dirigió hacia los subinspectores Hyuga que esperaban con los brazos cruzados.
—Sucedió muy rápido en la noche —empezó Hiashi Hyuga, señalando en la pantalla la grabación de una cámara ubicada en un negocio comercial frente a la fundación. En ella se veía, a pesar de la oscuridad de la noche, una figura que salía con vestuario de servicio y se acercaba a un camión que esperaba en la calle. En el costado del camión se avistaba el logo de una empresa de limpieza. La figura empujaba un carrito de limpieza—. Los hechos sucedieron aproximadamente a las 7 de la noche.
Minato frunció el ceño. El personal de la fundación había dado la alarma en horas de la madrugada, con muchas horas de diferencia. Si el objetivo era sacarlo del radar, el niño probablemente ya no se encontraba en la ciudad. A menos que…
—¿Hay otra cámara que haya captado la salida?, ¿hay cámaras dentro de la fundación que hayan enfocado el rostro de la persona?
El inspector Hisashi Hyuga se adelantó, buscando en los archivos de la computadora.
—Como ya sabemos, las cámaras de la fundación están en blanco —informó, con gesto tenso y serio—. Buscamos en las cámaras de los negocios circundantes, pero algunas son solo cámara en vivo, sin registros fílmicos. Otras son de baja calidad y al ser de noche se ve menos. Este es el único registro que pudimos obtener del momento en el que sacan a Naruto del edificio. Pero tratamos de buscar alrededor más cámaras que pudieran registrar el recorrido del automóvil.
En la pantalla apareció la imagen de una avenida cercana. La noche lluviosa impedía una imagen perfecta, pero la calidad era infinitamente mejor. El camión se detuvo frente a una pequeña librería, enseguida del local en el que estaba instalada la cámara. Del camión, dándole la espalda a la cámara, bajaba el mismo hombre que aparecía empujando el carrito. Este entró a la librería y demoró algunos minutos dentro.
—Hay que preguntar al personal de este lugar por la empresa con la que tienen contratados los servicios de limpieza.
—Ya lo hicimos —interpuso el Subinspector Hiashi Hyuga, cruzándose de brazos. Su hermano gemelo asintió a su lado, con expresión de suficiencia—. También pusimos bajo lupa la placa del camión. Pero la numeración de la placa no corresponde con un auto activo, sino con una motocicleta que aparece en los registros de Transito y Transporte como destruida. Además, la empresa de servicios señala que ellos recibieron hace dos semanas un correo electrónico de la fundación en el que se les notificaba que ya no necesitaban de sus servicios.
El secuestro de Naruto estaba preparado con semanas de anticipación. Era algo planeado, minuciosamente pensado y ejecutado.
En el video de la cámara hubo movimiento. El camión se movió entre las calles de la ciudad y segundos después las puertas de la librería se abrieron. La respiración de Minato se tornó fría cuando en el video el sujeto que había ingresado a la librería volvía a salir, esta vez luciendo un atuendo diferente, con pantalón y buzo polo. Sus rasgos eran perfectamente visibles en la cámara de seguridad. Perfectamente reconocibles.
El Inspector Namikaze asintió para sí mismo y se giró hacia Kushina. Los demás, sin saber realmente el motivo, imitaron su gesto. Ella, de pie a un costado del grupo, no le devolvió la mirada a ninguno de ellos; sus ojos estaban clavados en el video de la cámara de seguridad. Sus gestos se fueron tensando hasta transformar su delicado rostro en uno más afilado. Luego se volvió hacia él y asintió.
—El individuo sale de la librería, se sube a un auto particular sin placas y perdemos el rastro dos calles después. Parece que no sale de la ciudad.
—Subinspector Hyuga —llamó Minato—. ¿Pudieron reconstruir el camino que transitó el camión de servicios generales?
El aludido cabeceó afirmativamente e inició recortes de videos que transcurrían a mayor velocidad. Como él se temía, el camión circuló por las avenidas de Konoha y antes de la 1 de la mañana ya había tomado la ruta que llevaba fuera de la ciudad. El niño podía hallarse en cualquier lugar del país del Fuego, incluso de camino afuera de este.
Su corazón bombeó lento, su respiración se hizo pesada. Debían actuar rápido, ya era tarde, demasiado. Por tierra se debía transcurrir mucho tiempo para salir del país, pues Konoha se encontraba en el corazón mismo de la Nación. Pero siempre existía la posibilidad de que recurrieran a transporte aéreo, fuera legal (que sería más fácil de rastrear) o fuese ilegal.
—Hay que informar a los puntos de peaje —decidió. El Inspector Aburame tomó su teléfono, presto a tomar la iniciativa—. Debes dar información precisa del camión, dejar claro que la placa con la que salió de la ciudad ha sido alterada. Entrega fotografías, videos, todo lo que se necesite para coordinar una búsqueda exhaustiva.
Apartó la mirada de las pantallas, observando el rostro de cada uno de los presentes en la sala. El Inspector Yamanaka le respondía el gesto de gravedad, los subinspectores Hyuga compartían opiniones entre ellos, la chica Rin se hallaba en un rincón, visiblemente afectada, y Kushina se había sentado en una silla de plástico con el rostro congestionado.
—Debemos ir a la librería —se encontró diciendo, atrayendo de nuevo la atención—. Inspector Yamanaka, tramita por favor los permisos para allanar el lugar, lo más rápido que pueda… ponte en contacto con el Fiscal Homura. Subinspectores Hyuga, por favor, revisen en las cámaras si hay otras ocasiones en las que esta misma persona haya rondado alrededor de la fundación, concéntrense también en encontrar a Kakashi Hatake. Rin… pendiente de cualquier información que nos pueda ser de ayuda, cualquier cosa que pueda ser de utilidad para hallar a Obito Uchiha y a Kakashi Hatake.
Entonces se giró de nuevo hacia Kushina y, tratando de apartar de sí la titánica incomodidad que se instalaba en su estómago cuando la miraba, le hizo un gesto con la cabeza para que lo acompañara.
Sin mirar atrás en ninguna oportunidad, Kushina caminó detrás del Inspector Namikaze guardando las distancias. Su mente, que de por sí funcionaba bajo frenesí desde hacía días, se hallaba incapaz de hilar pensamientos largos y coherentes. Se sentía apagada, golpeada y anulada. Todo lo que podía recordar una y otra vez era la imagen de Ryu Takeda saliendo de esa librería.
Al salir de la fundación y llegar al estacionamiento, Kushina no pudo evitar entrecerrar los ojos ante la luz del día. Pese a que era un día lluvioso, el solo hecho de salir al aire libre le incomodaba en los ojos; llevaba más de 24 horas despierta, horas en las que había vivido lo indecible, acontecimiento tras acontecimiento. Quizá no había tenido el tiempo necesario para procesar y dimensionar todos los acontecimientos, por ello todo le era como un borrón de colores, sonidos y palabras inconexas.
Minato sacó unas llaves y quitó el seguro de uno de los coches, seguidamente caminó hasta el auto y la miró. Ella se acercó, sintiéndose aprehensiva. Miró dentro del auto, después al rostro del hombre y no pudo evitar sentirse agobiada. Él no parecía presentir su mortificación, porque rodeó el coche y tomó su lugar como conductor.
Kushina vaciló algunos segundos antes de entrar también, cerrar la puerta y ajustar su cinturón. El motor ya estaba encendido, ronroneando suavemente. El aire acondicionado no tardó en enfriar el ambiente, a pesar de que los golpes acelerados de su corazón no se ralentizaban con su efecto refrigerante. No, eso no era posible cuando sentía el cuerpo tan rígido como si se tratara de una escultura de mármol, no cuando se sentía apretada dentro de aquel espacio reducido con él.
—Debes saber algo —escuchó la voz de Minato a su lado, calmada y contenida. Ella asintió, sin mirarle—. Le vi hace meses en este mismo punto. De pie, allá en el escaparate de aquella tienda deportiva. No lo reconocí en ese momento… sí lo hice después, cuando lo vi pasar en un automóvil por el centro de la ciudad.
Kushina cerró los ojos con fuerza. Un nudo se formó en la base de su garganta, anulando su capacidad de hablar. Sintió el aire frío ingresar a sus pulmones, congelando el fluir de su sangre. Un picor ardiente reemplazó el frío de su nariz, alertándola de las lagrimas segundos antes de deslizarse la primera cuesta abajo por su rostro.
—Sabía que estaba en Konoha —dijo ella, controlando su voz lo mejor que pudo—. Supongo que guardaba la esperanza de que no sucediera… de que su influencia no llegara hasta Naruto.
Él no contestó, en su lugar quitó el freno de mano y arrancó el coche. Se movieron entre la marea de autos y motocicletas, ambos en silencio. Afuera transcurría el día con normalidad, las personas atendían sus diligencias, ajenas a las preocupaciones que envolvían a quienes los rodeaban, cada uno interesado en su propia vida. Cuando giraron en una intersección más adelante, ella retomó la palabra.
—¿A dónde vamos?
—Necesito ir a la comisaria —respondió él—. Después iremos a la librería junto al equipo. En este momento una patrulla ronda alrededor, evaluando los alrededores.
El nudo que sentía en su esófago se apretó más. Sintió sus manos heladas y rígidas.
—Sí Ryu me ve contigo enloquecerá.
Su acompañante apretó el gesto y, muy a su pesar, le dirigió una mirada comprimida. Sus facciones eran una máscara, aunque sus ojos expresaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Supongo que él sabe…
—Sí —dijo—. Por supuesto.
Minato asintió, dimensionando realmente la situación.
—¿Y sobre Naruto…?
—No, no lo sabe —entonces dudó, así que replanteó—. No que yo sepa.
Kushina se removió en su puesto, visiblemente incómoda. Transitaban por una movida avenida de cuatro carriles. Apretó los labios, ahogando las palabras que empujaban por salir. Si él no preguntaba era porque, o sabía la respuesta, o porque no consideraba seguro o oportuno que se dijera lo evidente.
—Kushina… —ella dio un respingo involuntario, aunque él pareció no notarlo. Era la primera vez, desde que lo volvía a ver, que él se dirigía a ella por su nombre, no el que figuraba en sus documentos, sino el que le habían dado sus padres, el nombre que él conocía—. Pedí que me acompañaras porque necesito realizarte unas preguntas.
La mujer asintió, mirándole con atención. Apresó el miedo que quería desbordarse por su cuerpo, controlando el impulso que tenía de cerrar los ojos y pretender que nada de lo que estaba sucediendo era real. Entre mejor controlar el miedo y asimilara la verdad de su presente, mejor podría reaccionar a las situaciones que se presentaban.
—Mikoto Uchiha no solo era tu amiga, era mi compañera de trabajo desde hace años —empezó a explicar, sin quitar la concentración de las húmedas carreteras de la ciudad—. Conozco a Fugaku Uchiha desde hace… 12 años ya. Desde antes que naciera su segundo hijo, Sasuke, hace 9 años. Los conozco antes de que tú…
—Desde antes de que yo conociera a Mikoto.
Minato asintió.
—Sí, desde antes de que ustedes dos se conocieran. Pero no era muy cercano a la pareja, no hasta que trabajamos juntos —el hombre suspiró, apretando un poco el volante. Ella notó su vacilación—. Mikoto Uchiha llegó a Konoha a finales de abril de este año, después de perder contacto con la comisaria el 29 de enero. Con ella traía a Naruto, cuando se accidentaron en la entrada de la ciudad… lo último que le dijo al niño fue que llegara a una dirección en concreto. Mi dirección.
Kushina, pese a la confusión, se sorprendió enormemente.
—Jamás, en todos estos años, le he hablado a alguien sobre ti. Menos a ella —afirmó, sin lugar a duda. Frunció las cejas, buscando respuestas—. Quizá…
—Pensé que podía ser simplemente coincidencia —interpuso él, hablando con la tranquilidad insufrible que ella recordaba—. Es decir, éramos compañeros de oficio, pero vivo al otro lado de la ciudad, era más fácil enviarlo con Fugaku, su esposo, que vive a solo 10 minutos del lugar. Incluso se supo después que ella llamó a Jiraiya para comunicarle lo que había sucedido, pero tampoco envió al niño con él. Lo envió conmigo, aunque el niño no llegó a mi casa. Además… le dijo que se presentara como Naruto Uzumaki.
Kushina elevó ambas cejas, cada vez más pasmada.
—Les dejó todas las señales que pudo transmitir en un niño pequeño.
—No, no nos dejó. Me dejó las señales —le corrigió él, contundente y convencido—. Mikoto es una de las mujeres más inteligentes que he conocido en mi vida. Sus actos encierran intenciones. No he querido pensar mucho en esto, debía evitar distraerme. Me limité a seguir las pistas, como si nada fuera conmigo. Pero tuve clara una cosa; cuando te encontrara, que de una u otra manera debía hacerlo, tú darías respuestas a todas mis dudas.
Tuvo que recordarse a sí misma que ya no tenía 19 años, que ya era una mujer que había tenido que tomar decisiones duras, una tras de otra, para sobrevivir. Que era más fuerte y decidida que en ese entonces.
En ese momento no le hablaba el Minato que ella había conocido, el hombre cordial y galante del que se había enamorado; en ese instante y lugar la increpaba el policía que era, el que exigía de ella las respuestas que necesitaba para dar cierre a su caso. Un hombre distante que discutía temas sensibles sin mostrar un ápice de pesadumbre. No podía confundirse, aún si su mente se hubiera convertido en un amasijo de memorias que se entrecruzaban unas a otras, dificultándole discernir entre ellas.
—Mikoto Uchiha, dentro de su inmensa sabiduría, logró atar los cabos —dijo, escupiendo las palabras—. Desconozco cómo o en qué momento, pero al parecer lo hizo. ¿Es lo que quieres oír? No puedo darte otra respuesta, porque no la tengo. Lo único que puedo asegurar es que no fui yo quien la condujo a la verdad. Jamás le hablé sobre ti.
El Inspector Namikaze Minato decidió dejar pasar su comentario sarcástico y prosiguió con su hilo de categóricos argumentos.
—Si ella pudo descubrirlo por sí misma, ¿qué le hace pensar que otros no pudieron hacerlo también? A diferencia de Mikoto, Ryu Takeda tiene más herramientas para entenderlo. Él sí sabe que existí en tu vida.
Kushina envidió profundamente su manera robotizada de hablar, como si fueran temas ajenos a él, como si no fuera de él mismo de quién hablaba. Ella, tan pasional como era, no podía hablar con la misma tranquilidad e inercia. Se estaba llenando de enojo.
—Puedo sentir que me presionas —dijo Kushina con las manos apretadas, mirándolo a la cara. Él le devolvió una mirada evaluadora, cargada de emociones contenidas. Sus labios cerrados con rigidez, pese a la posición relajada de su cuerpo—. No me gusta sentirme presionada. No me gusta que me empujen. No me gusta sentirme obligada a nada ¿Por qué no preguntas directamente? Sin adornos ni florituras.
—No me hagas dar más vueltas a este asunto, Kushina.
—Esa no es la pregunta que quieres que responda.
Entonces sí, el gesto de Minato Namikaze se crispó, transformando su mirada en una ardiente antorcha de enfado; volvió a apretar el volante e inspiró profundo. Reprimió el impulso de maldecir y romper su compostura. Cando volvió a hablar, su voz era queda y fría.
—Quiero que me digas, con sinceridad, si es posible que el secuestro de Naruto no haya sido planeado por la organización criminal en represalia por tu rebeldía, sino un acto de venganza por parte de tu…
—¡Sí! —exclamó Kushina, sintiendo burbujear su cólera por cada poro de su piel. Estaba cansada, con sueño y hambre. Tenía miedo, se sentía culpable y atrapada. No se había preparado para estar encerrada en un espacio reducido con él, siendo objeto de sus preguntas asfixiantes e intransigentes, formuladas bajo palabras formales, pero con una intencionalidad evidente—. ¡Sí! Existe esa posibilidad, es más, ahora que lo expones, estoy convencida de que es eso. Te odia y me odia, por extensión odia a Naruto. ¿Quieres saber más? No, no te busqué, porque lo supe con seguridad cuando nació y para ese entonces no tenía la menor idea de qué había sucedido contigo.
Jiraiya esperaba fuera de la comisaria, sentado a la mesa de una cafetería, mientras tomaba un café negro y cargado. Vestía un atuendo sencillo de pantalón oscuro y camisa blanca, cubierto con una gabardina para el frío. Entre sus dedos corazón e índice de su mano dominante agarraba un cigarrillo que emitía pequeñas volutas de humo.
Tomaba café, aspiraba de su cigarrillo y miraba la hora en su reloj de muñeca. Llevaba poco tiempo esperando en aquel lugar, pero se sentía impaciente. En la televisión de la cafetería mostraban un entretenido programa de animales domésticos y su cuidado, mismo que un niño en la esquina del lugar observaba con atención. Pero Jiraiya no miraba hacia el televisor ni hacia la mesera que lo miraba desde el otro lado del mostrador con reprobación; sus ojos estaban puestos en la puerta principal de la comisaria, como si con la intensidad de su mirada pudiera hacer aparecer a la persona que esperaba.
Antes de que Tsunade Senju pudiera salir por las puertas que con tanta atención contemplaba, un automóvil conocido ingresó en el parqueadero exterior. Jiraiya se afanó en sacar efectivo de su bolsillo, lo dejó sobre la mesa a un lado de su taza de café a medias y cruzó la calle por las cebras dibujadas antes del semáforo.
El Inspector Namikaze ya había salido del auto y cerrado la puerta cuando Jiraiya le dio alcance.
—Minato —dijo. El aludido le dirigió una breve mirada que lo detuvo en seco. Tenía una expresión de franco enojo que nunca antes, en todos los años que llevaba conociéndolo, le había visto. Se sintió petrificado.
—No te diré nada —afirmó el otro hombre, sin esperar a sus palabras. Le dio la espalda y empezó a caminar hasta las escaleras que daban a la entrada de la comisaria. Ignorando la espeluznante sensación que se había asentado en su estómago, Jiraiya le siguió.
—Ey, que no te he pedido que me cuentes nada.
—No abiertamente, pero empiezo a sentirme harto de las personas como usted, Jiraiya —sostuvo el hombre más joven, encarándolo para que no lo siguiera—. No me exigirás respuestas directamente, tampoco preguntarás de una manera evidente. Esperarás a que las respuestas te las de sin saber que te las estoy dando. Una conversación maliciosa por aquí y por allá y así tendrás lo que buscas. Lo siento, de momento yo paso.
—Pero ¿Qué te pasa?
—Más bien pregunta qué es lo que últimamente no me pasa —elevó ambas cejas con sorna y se giró de nuevo, internándose en la comisaria.
Jiraiya se quedó con expresión confundida y las palabras en la boca, mirando hacia la entrada. Unos segundos después salió Tsunade por la puerta, vestida con un elegante atuendo de pantalón negro, camisa rosa y zapatos de tacón bajo. El carné de identificación colgaba del bolsillo de la camisa, balanceándose con cada paso.
—Disculpa la tardanza, allá adentro hay un alboroto.
Jiraiya asintió, observando a la mujer. Aunque estaba enojada con él, había aceptado regalarle unos minutos de conversación esa mañana.
—¿Ha pasado algo critico?
La mujer le miró suspicaz, cruzándose de brazos. El le dedicó una pequeña sonrisa de timidez.
—Lo normal en esta profesión —indicó Tsunade, evadiendo su pregunta directa—. El personal está tomando acciones. Debes saber que no siempre estoy al tanto de los pormenores, pero a grandes rasgos… creo que esto está por terminar.
Jiraiya elevó las cejas, sobrecogido. Tenía que poner todo de sí para controlar sus impulsos de participar, debía aceptar que ya su turno había pasado, que debía dejar en manos de otros los movimientos. Aunque, claro, eso no le impedía pensar y sobre pensar el asunto.
—Acabo de encontrar al Inspector Namikaze aquí en el estacionamiento.
Tsunade asintió, caminando junto a él de vuelta a la cafetería.
—Lo vi cuando él entraba y yo salía —dijo Tsunade, mirando al embravecido cielo. Venteaba suavemente, llevando pequeñas briznas de lluvia sobre los peatones distraídos—. No debe estar contento, su testigo no dio la declaración.
Jiraiya se sorprendió por tercera vez en esa mañana, tomando asiento de nuevo. La mesera ya se había llevado su taza de café y pasado un trapo desinfectante por encima.
—¿Por qué?
Tsunade clavó en él una mirada petulante, elevando una ceja. Pareció sopesar si revelar o no lo que sabía. Por un lado, Jiraiya era su compañero de casi toda la vida, su confidente en buena parte de ella. Por otro lado, también era la persona que había roto su confianza con la secuencia de secretos que había guardado ante ella, además de los engaños bajo los que la había hecho trabajar para él en los últimos años.
—El Comisario Sarutobi reveló a la testigo sobre la desaparición del niño antes de que rindiera el testimonio.
El ceño de Jiraiya se hizo más y más apretado a medida que escuchaba.
—No sabía que el niño…
—Sucedió anoche. No sé los detalles, pero se supo en la madrugada.
El antes Inspector en Jefe de la estación de policías de Konoha reflexionó mientras Tsunade pedía un jugo de mora en leche y un huevo encebollado. Jiraiya sacó un nuevo cigarrillo, lo encendió y aspiró profundo.
—No deberías fumar aquí —le reprochó Tsunade, probando su café—. Estás en un lugar público.
Jiraiya asintió, pero no soltó el cigarrillo. Seguía pensando en el asunto.
—¿Qué ha pasado con el comisario Rasa no Sabaku?
Tsunade apuró su comida, consultando su reloj.
—Está grave en un hospital de Suna. Realmente no creo que sobreviva, su estado es crítico, y su familia… su familia señala que los responsables son integrantes del cuerpo de policías. Sarutobi está inquieto por este asunto.
—No tengo pruebas, pero sospecho que Sarutobi está implicado, o mínimo debía estar informado de lo que sucedería.
—Sueles pensar mal del viejo —le restó importancia la mujer, que ya había terminado su pedido—. Esperar a ver qué resulta.
Jiraiya golpeteó la mesa con sus dedos varias veces, abstraído. Estuvo en silencio largos minutos, observando la puerta de la comisaría, hasta que por ella volvió a asomarse una figura conocida. Caminaba tranquilo hacia su coche, arrastrando tras de sí una maleta con rodachines y una gruesa carpeta de archivos bajo el brazo.
—No, es imposible que me quede quieto.
Se levantó de la silla, a pesar de que Tsunade lo reprendió a voces. Volvió a cruzar la calle cuando el Inspector Namikaze guardaba en la cajuela la maleta y se aproximaba hacia la puerta del conductor. Tsunade iba detrás suyo, como una presencia enojada y reprobatoria.
—No te cansas, ¿verdad? —le dijo Minato, antes de él hablar.
—Puedo ser de ayuda —se ofreció con efusión—. Sé sobre ese caso más que cualquiera de ustedes, le he dedicado años de vida. Si solo me confiaras los detalles…
—No insistas —le interrumpió el Inspector, con un gesto de impaciencia—. No has logrado que te diga nada en el pasado, ¿qué te hace pensar que ahora será diferente?
—Me amenazaste hace semanas con impedir que cumpliera mis propósitos —interrumpió una voz de mujer a su espalda. Jiraiya se giró, pasmado, encontrándose con la mirada impasible de la señora Soku Takumi—. ¿Cómo te atreves a ofrecer ayuda en una situación que claramente te importa poco? ¿Cómo no sé yo que tú también estás detrás de esto, Inspector?
Jiraiya se había quedado sin habla. Aunque sabía que ella estaba en Konoha, no esperaba encontrársela de frente ni así tan de repente. Miró de ella a Minato y luego a Tsunade, que observaba el intercambio, un poco apartada.
—No he tenido nada qué ver, estoy apartado de mis funciones desde hace días —se volvió hacia el otro Inspector—. Tú, al igual que yo, debes sospechar de Sarutobi. El niño estaba fuertemente custodiado, solo unos pocos conocían la estrategia de protección que tenía. Uno de esos pocos era Hiruzen.
Minato suspiró y sacudió la cabeza.
—No discutiré nada contigo, Jiraiya —reiteró—. Debo…
Entonces un teléfono sonó en el grupo. Todos se giraron hacia el Inspector Namikaze, que sacaba su móvil y miraba a la pantalla. Minato observó el nombre de Inoichi Yamanaka en la pantalla y supo lo que vendría a continuación.
—Ha salido la orden de cateo —indicó—. Una patrulla se encuentra en estos momentos frente a la librería, debemos apurarnos.
La mujer observó la sala en completo silencio. Era una oficina espaciosa, con grandes ventanales cubiertos por cortinas café. Un pesado escritorio de madera se hallaba de frente, lugar en el que reposaban organizados documentos de índole desconocida. La fotografía convertida en pintura, que ilustraba a una mujer de sonrisa abierta y mirada chispeante reposaba en el fondo.
El hombre la observaba de pie, a solo dos metros de distancia. Era alto y delgado, pero de aspecto fuerte, de rostro anguloso y cabello ensortijado. Sus rasgos faciales le eran tan terriblemente familiares que sintió ganas de vomitar. ¿Cómo era posible ver en una expresión tan terrible el rostro de alguien que ella relacionaba con cualidades positivas?
—Habla.
Sentada en la silla, ella le miró sin ánimos. Su voz suave se hizo oír entre resoplidos cansados. Su cuerpo estaba agotado. Se sentía adolorida y enferma, con los músculos antes atléticos convertidos en gelatina.
—Debes decirme qué esperas saber de mí.
—Eres una mujer inteligente y astuta. Has logrado entrar al corazón de nuestra organización sin levantar sospechas. Has estado alrededor de nosotros por casi una década escuchando y, quizá, esperando. Pero no lo has hecho sola, debes decirme, ¿quién te habló de nosotros?, ¿quién te ayudó a entrar?
Ellos tenían una versión, pero no podía cerrarse a única posibilidad. Necesitaba confirmar o descartar la participación de su hijo en la persecución que tenía en su contra. La mirada de la mujer se mantuvo impasible. El hombre continuó.
—Debes saber que nunca saldrás con vida de este lugar. Como te dije cuando recién despertaste, tu familia no volverá a saber de ti jamás. Pero si cooperas, podrás mantener con vida a tu familia… o al menos a tus hijos.
Tiró fotografías en la mesa. En ella se hallaban dos niños de cabello azabache, sentados a la mesa de un comedor enorme. Estaban rodeados por otros niños de edades dispares. Eran sus hijos. Eran Itachi y Sasuke, más altos y delgados que la última vez que los vio.
A pesar de la evidente aflicción en el rostro de la mujer, él creyó atisbar un lejano residuo de la fortaleza que antaño enarbolaba. Mikoto Uchiha apartó la mirada y la centró en él, sin emociones reflejadas en sus oscuros ojos.
—Dime qué deseas saber.
El hombre caminó hasta ella y se agachó. Cuando echó el saco hacia atrás, dejó a la vista la culata de un arma que sobresalía de su funda. A pesar de ese vistazo, la mujer no aminoró la intensidad de la mirada. Se mantuvo impasible.
—Ya te lo he dicho.
—Minato nunca habló de ti. Nunca le escuché siquiera mencionar que tuviera padre, madre o familia. No es una persona que hable de su vida.
—¿Entonces cómo es que terminaste aquí?, ¿cómo es que terminaste siguiéndole la pista a la chica Uzumaki? —el hombre se levantó, sacando el arma para observarla desde su altura—. ¿No te lo habrá pedido él?
Mikoto parpadeó, sinceramente confusa, como todas las ocasiones en las que le habían hecho la misma pregunta, como si esperaran que con el tiempo su versión fuese a cambiar. Se removió en la silla, tratando de mitigar el dolor en sus costillas. Llevaba meses sin dejar de sentir dolor siquiera un segundo.
—Se los he dicho una y otra vez —reiteró la chica—. No llegué junto a Kushina por él. Es más, hasta hace un año no sabía que se conocían. Llegué aquí, como ya saben, por orden del Inspector en Jefe Jiraiya.
El hombre ladeó la cabeza e hizo girar la pantalla de su computadora. En ella se reflejaba la imagen de una cámara de seguridad que enfocaba un salón de clases. Había niños en fila, tomando nota del pizarrón. Mikoto pudo reconocer, entre todos los desconocidos, a su hijo Itachi.
—¡No más! —exigió en un ronquido—. Estoy hablando por voluntad propia. ¡No más!
Vio al hombre caminar alrededor de la sala y dejar el arma sobre la mesita auxiliar. Entonces se recostó en la pared, con los brazos cruzados.
—¿Qué pretendías hacer en Konoha con el niño Uzumaki?
Mikoto agarró las hebras de su cabello, tratando de serenar su estridente mente torturada. Habló atropelladamente.
—Naruto guardaba pertenencias de su madre. Guardaba fotografías suyas, libros y todo lo que pudiera sobre ella. Cuando escapé con Naruto pensé en… en reunir a un grupo de aliados para proteger a los niños que yo sabía que estaban escondidos por sus padres. Luego encontré las fotografías que guardaba Naruto y reconocí a un Minato mucho más joven en ellas. ¡Pero antes de eso nunca me imaginé que en algún momento Kushina y él se conocieran!
—¿Y entonces por qué huiste a Konoha? Estabas escondida, no teníamos conocimiento o indicio alguno del lugar en el que estabas. Apenas teníamos conocimiento de que ese niño existía, no te hubiéramos encontrado en meses, incluso en años si hubieras mantenido un bajo perfil. Kushina Uzumaki mantuvo muy bien escondido a su hijo.
—Porque até cabos —respondió la mujer—. Porque supe que debía buscar ayuda para detenerlos. ¡Porque supe que era posible darles un golpe mortal!, ¡porque soy policía!, ¡porque si Minato conocía a Kushina, la información que tenía en mis manos podía ser determinante para acabar con ustedes!
—¿Y qué información era esa?
Por un segundo su mirada se hizo feroz y su fachada de mujer destruida se resquebrajó. No, Mikoto Uchiha no era un juguete de nadie, ella no era trapo sucio de Jiraiya. Ella se movía bajo sus propias intenciones y deseos, que había usado la información que le proporcionaba Jiraiya en un inicio, claro, la había aceptado gustosa; pero no era su marioneta, ni de ese corrompido policía, ni mucho menos de Kushina.
Ella era Mikoto Uchiha, policía de Konoha, profesional con criterio e iniciativa. Y, a medida que pasaban los años y espiaba a su amiga, haciendo creer a Jiraiya que era una mujer sumisa que no veía más allá de sus órdenes, había descubierto muchas cosas sobre la organización. Dentro de todos los nombres que había usado aquel hombre que tenía al frente, había descubierto…
—Tu verdadera identidad.
Y entonces encontró el momento. Debía acabar con él, costara lo que costara. Ella no saldría con vida de aquel lugar sin importar qué. Al menos se llevaría al otro mundo a quienes más pudiera.
Dio un salto ágil, ignorando el nudo en el que se había convertido sus tendones y músculos por el deshuso. Brincó hacia el costado, se agachó y haló la alfombra. La mesita auxiliar cayó al piso con estrépito, esparciendo por el suelo los trozos de una rota taza de café, la lámpara, el celular y el arma.
Escuchó gritos, ordenes y pasos que se acercaban por el pasillo. Ella miró a aquél desgraciado que la había agarrado del cuello y se burló.
—No debiste aceptar mi visita hoy.
La puerta se abrió de golpe y un sujeto ingresó veloz al habitáculo. Joven, alto, con sangre salpicada en las mejillas, caminar desigual y mirada enfebrecida. Obito Uchiha levantó el arma y apuntó. Dos disparos resonaron en los oídos de Mikoto Uchiha antes de golpear con contundencia el suelo y perder la conciencia.
¡Hola!
Les cuento que escribir este capítulo me tomó más tiempo del que pensaba. Tuve que reescribir varias veces las mismas escenas, no me sentía satisfecha con el resultado. Entre más borraba y volvía a escribir, tenía que devolverme a leer de nuevo capítulos anteriores; no quería que me quedara un cabo suelto, no al menos los que según yo deben estar cerrados hasta este momento y que no saldrán mucho a relucir en los poquitos capítulos que restan para el final.
Además, todo tiene que calzar en los años, edades y demás, pues si se han dado cuenta, en este fic he sido bastante ambigua con el tema del tiempo (hace parte del misterio del fic, suelto un dato concreto por aquí, seguido de poca precisión del tiempo para que se armen las teorías), pero todo quedará perfectamente amarrado al final jajja
Aparte de esto, a medida que escribía este capítulo también iba redactando el que sigue. Entonces fue como escribir dos capítulos al mismo tiempo y con poco tiempo libre, además, he tenido bastante trabajo esta semana aplicando y revisando exámenes.
¿Qué les pareció el capítulo?, ¿qué les ha parecido la recta final? No tengo mucho de qué hablar, juzguen ustedes mismos los acontecimientos y saquen sus propias conclusiones. ¿Qué creen que pasará con Naruto?, ¿con Minato?, ¿qué será lo que oculta nuestro protagonista?, ¿cómo creen que terminará esta loca historia?
La verdad he matado mucha cabeza (expresión colombiana) con este asunto, pensando y repensando estos últimos capítulos, preguntándome si será del gusto del público. Luego pensé "carajo, igual perdí la mayoría de los lectores" así que esto sigue adelante jaja
Tengo por ahí un cronograma de este fanfic que les compartiré en el momento en el que considere que no generará spoiler. Tenía pensado hacerlo en este, pero no, hay algunos detalles que se pueden inferir al observar el cronograma y no aguanta matar el misterio.
¿Tienen preguntas, tomatazos, comentarios, estrellitas?
Ay, no, desde que empecé a escribir este fic, hace siete años, me moría por escribir algunas de las escenas de este capítulo y apreciar sus reacciones. Es que hay cosas que sé que se esperaban, pero al mismo tiempo lo dudaban jajaja y yo no hacía sino meterle más leña al fuego para que dudaran más, cuando el trasfondo era tan evidente muajajaja En un principio quise retrasar más el momento (último capítulo, de una manera algo fuerte), pero me pasó lo que a muchas otras personas que escriben: los personajes toman el control de la escritura y la trama exige que algo cambie.
Créanme que sus comentarios me incentivan a seguir escribiendo, cada que llega un comentario o dejan caer una estrellita me entra la urgencia de cumplirles.
¡Besitos!, los quiero mucho, nos leemos en el próximo capítulo.
¡Adiós!
Pd: en algún capítulo de los viejitos llegué a decir que pensaba hacer una entrada con curiosidades de este fic, pero ahora que volví a estar activa lo descarté porque han pasado muchos años y sinceramente no recuerdo muchos de los detalles que ocurrieron alrededor de la creación de esta historia, pero a medida que he escrito estos últimos capítulos he recordado algunas cositas que de pronto sea de su interés.
Los he estado recopilando, cuando llegue el final lo compartiré ya sea como un anexo de este mismo fic, o en un blog que tengo en borradores y que estoy sopesando en revivir.
Los personajes pertenecen al grandioso Masashi Kishimoto, pero la trama es completa autoría de esta cabecita deschavetada.
