Snape gritó de dolor y rabia, y arremetió contra Bellatrix, dispuesto a matarla. Ella retrocedió, sorprendida ante su furia asesina, pero le respondió, gustosa por poder tener una excusa para acabar con él.

Los dos mortífagos se enfrentaron a muerte, ante la atenta mirada de sus compañeros, y se atacaron con los peores maleficios que sabían invocar.

El odio intenso acumulado a lo largo de los años se descargaba ahora, pero Snape tenía un aliciente: había visto morir a Astrid, había sentido cómo la comunicación mágica de sus anillos se rompía, y no iba a parar hasta que Bellatrix pagase por ello.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que los Aurores comenzaban a llegar, ni de que los mortífagos retrocedían cada vez más, acosados por la resistencia del hospital. Ellos siguieron atacándose, esquivándose, intentando destrozarse mutuamente hasta matar al otro.

Bellatrix tuvo su oportunidad cuando Snape resbaló con un charco de sangre y agua. Le hizo perder la varita al tirarle al suelo y le apuntó con la suya, regocijándose de su eminente victoria. Debería haberle matado en ese momento, pero su orgullo fue mayor.

–Así que te casaste con una muggle. Nos traicionaste a todos. Pero al final, tú mismo has quedado al descubierto, luchando por ella. Qué patético –le miró con desprecio, sonriendo con desdén–. Dime ¿qué has ganado con esto?

–Tú nunca lo entenderías.

–¡Idiota! Lo único que has conseguido es volverte débil y descuidarte por culpa de tus estúpidos sentimientos. Pero ahora, tu querida mujercita está muerta ¿qué piensas hacer?

–Matarte –declaró Snape, con fría calma. Bellatrix se rio de forma estridente y se dispuso a acabar con su tarea.

Avada... –un fuerte fogonazo la hizo callar. Bellatrix miró incrédula a Snape, y luego se fijó en su propio pecho. Un hilo de sangre salía de un agujero perfecto, que atravesaba su ropa.

Bellatrix cayó de rodillas y se desplomó, y Snape bajó la mano, en la cual el anillo de bodas seguía brillando.

Él mismo le había enseñado a Astrid a usar la joya como arma en caso de emergencias, y siempre había acumulado magia de más por si acaso. Y sin embargo, nada de eso había impedido que su esposa fuese asesinada, pensó con dolor, mientras se levantaba.

–Siempre hay que llevar otras armas –declaró, mirando a la mortífaga ¿Cuántas veces había escuchado a Astrid repetir aquello?

Temblando, temiendo lo que iba a ver, se giró, buscando a su mujer. Pero no la encontró.

Sobresaltado, la buscó por el pasillo, dispuesto a torturar al que se la hubiese llevado, pero vio que un grupo de médicos la metían en una habitación, tumbada en una camilla. Corrió tras ellos y se coló en la habitación, donde los médicos desnudaban a Astrid de cintura para arriba para poder conectarle unos cables.

Meg y Mike estaban allí, preparando un desfibrilador, mientras otro médico encendía los monitores. Al instante, todos oyeron un pitido continuo, y no les hizo falta mirar para saber que la línea del pulso estaba plana. Aun así, los fieles compañeros de Astrid quisieron intentar la reanimación.

–¿Quién es usted? –preguntó la enfermera, al reparar en la presencia de Snape.

–Soy su marido –respondió él, sin pensar en lo que decía.

Estaba como ido, y no apartaba los ojos de Astrid. Meg y Mike le miraron incrédulos, reparando en su túnica manchada de sangre, la máscara de mortífago mal colocada, y la mano temblorosa que sostenía la varita con tanta fuerza que se estaba quedando blanca. Ambos cruzaron una fugaz mirada de desconcierto, pero no tenían tiempo para cuestionar aquello. Astrid era lo más importante ahora.

Mientras Meg procedía con el protocolo de reanimación, Mike aplicó el desfibrilador, y Astrid se convulsionó cuando pasó la corriente a través de ella, pero la pantalla no cambió.

–No puede estar aquí –dijo otra enfermera, pero Snape no le hizo caso.

Astrid sufrió otra descarga, esta vez más fuerte, pero seguía sin haber resultados. Aquello no podía estar pasando, Astrid no podía estar muerta...

–Oiga, salga de aquí –insistió la enfermera, pero él no se movió.

Meg le aplicaba aire a Astrid a través de una mascarilla, y Mike daba órdenes para que le inyectasen diferentes líquidos, sin resultado.

A Snape le resultaba muy doloroso ver a Astrid de esa forma, como una marioneta en manos de otros, convulsionándose sin sentido, con aquel pitido de fondo que evidenciaba lo que él se negaba a ver...

Habría ordenado que parase esa tortura, para que la dejasen en paz, pero en el fondo, deseaba desesperadamente que Astrid abriese los ojos y se riera de ellos. Quería que se levantase y les dijese que se habían equivocado, que ella no se había ido...

Mike le dijo algo a Meg, dejando el desfibrilador a un lado, y ella asintió. Quitándose los guantes, se acercó a Snape, apenada, mirándole con los ojos húmedos.

–Lo lamento, no podemos hacer nada.

–Sigue intentándolo. Ella me dijo que lograba reanimar a la gente de esta forma.

–Pero hay un límite, incluso para nosotros –Meg se secó los ojos, forzándose por mantener la compostura. Los otros médicos se estaban marchando, porque ya no tenían nada que hacer allí–. No podemos traerla de vuelta, es demasiado tarde –explicó, a punto de llorar.

Detrás de ella, Mike cerraba los ojos de Astrid, y le retiraba el respirador. Estaba llorando sin tapujos, ya que Astrid y él habían sido compañeros desde la facultad y le dolía mucho haberla visto morir.

–Lo siento mucho, pero es imposible, no podemos reanimarla... ella ha...

Snape la escuchaba, pero no quería entenderla. Se negaba a aceptar que su esposa, su mejor amiga, su compañera durante tantos años estuviese muerta. Pero por mucho que lo intentase negar, su anillo no daba señales de vida.

Katherine entró corriendo en la habitación, con la cara demacrada, sabiendo lo que había ocurrido. Al ver a su madre rompió a llorar, presa de un ataque de ansiedad. Miró a su padre con incredulidad, como si él tuviese la respuesta que buscaba.

–¡No! Papá ¿Qué ha pasado? –parecía a punto de derrumbarse.

Snape la abrazó, a pesar de no estar él en mejores condiciones, y la apretó con fuerza. Meg se apartó, dejándoles espacio. No cabía en su asombro al comprender la relación de parentesco entre ellos.

–¿Qué es esto? –preguntó Snape de repente, palpando el bulto en el bolsillo de su hija. Ella sacó un diminuto frasco lleno de la poción creada con sangre de unicornio.

–Me lo dio mamá. Quería a probar si servía para curar a los Granger –sollozó ella. Snape recuperó su energía inicial.

–Inyéctasela –le dijo a Meg, entregándole la poción.

–¿Qué?

–¡Inyéctasela!

Meg miró a Katherine, sin entender nada. Ella miró a su padre, también confusa, pero al ver la seguridad de Snape dejó de lado sus recelos.

–Por favor Meg, hazlo –suplicó–. Mike... no dejes que se vaya.

El médico y la enfermera se miraron, sabiendo que era una causa perdida. Aquellos no eran los primeros familiares que rogaban por que sucediese un milagro.
Sin embargo, Snape se erguía intimidante, con la varita aún en la mano, y comprendieron que no podían negarse a su petición.

Inyectaron la poción en el brazo de Astrid. Pasaron unos segundos sin que pasara nada especial, mientras la piel de Astrid iba perdiendo color poco a poco.

–Reanimadla –insistió Snape.

–No servirá de nada, está muerta –protestó Mike.

–Hazlo.

–No, me niego a seguir con esto.

–Por favor, sólo una vez –suplicó Katherine, quien a pesar de no saber lo que pretendía su padre, confiaba lo suficiente en él como para no tomarle por loco.

Los otros se vieron tan atrapados que no tuvieron más remedio que encender el desfibrilador y aplicarlo en Astrid. La mujer se convulsionó de nuevo con la descarga, y Mike la repitió dos veces más, sin obtener resultado.

–Lo siento mucho –declaró, con las lágrimas cayendo por su cara.

Katherine se abrazó a su padre, llorando desconsolada, y él la sostuvo, sin saber qué hacer. En medio de un silencio sepulcral, observó cómo la enfermera apagaba los aparatos y desconectaba los monitores, uno a uno.

Al llegar al último, Meg se detuvo sorprendida, y tuvo que pellizcarse para comprobar que no estaba desvariando. Incrédula, cogió a Mike del brazo, tirando de él para que se acercase.

Era débil, y muy lenta, pero la delgada línea verde se movía. Había actividad cardíaca.

Adrien y Harry esperaban en la enorme casa vacía, cada vez más nerviosos. Adrien había sentido la muerte de su madre a través del colgante mágico, pero como minutos después la había sentido con vida de nuevo, no sabía qué pensar.

Intentó contactar con su padre, pero Snape había cortado toda clase de comunicación a través de la gema mágica. Sólo hacía eso cuando estaba en una situación peligrosa o comprometida, y eso ponía a Adrien más nervioso. La conexión con Katherine había sido aún peor, y Adrien no había conseguido sacar nada en claro de las emociones desbordadas y contradictorias de su hermana.

–He podido ver escenas de una batalla. Creo que han atacado el hospital de mi madre –Adrien paseaba de un lado para otro, tratando de esclarecer la confusa información de la que disponía.

–¿Eran mortífagos?

–Eso creo. Han ido a por ella –Adrien le miró preocupado–. Eso significa que los mortífagos deben saber...

–¿Sabes algo de Celine?

–Nada, es como si se la hubiese tragado la tierra.

Harry también estaba muy nervioso y se sentía impotente, sobre todo porque no podía hacer nada. Era terriblemente frustrante saber que todas las personas que le rodeaban estaban en peligro, mientras que él permanecía escondido.

Quería parar aquello de inmediato, hacer que dejase de morir gente inocente, quería... quería que Vóldemort desapareciese de sus vidas de una vez por todas. Pero para eso tenía que destruir todas las Horrocruxes, o no serviría de nada.

A su mente volvían una y otra vez las palabras de Dumbledore, revelándole la localización de la Horrocrux de la copa de Hufflepuff.

–Adrien... Creo que voy a tener que irme.

–¿Tú también?

–Todo está sucediendo más deprisa de lo que pensábamos. No puedo perder más tiempo, tengo que destruir las Horrocruxes cuanto antes.

–¿Por qué no esperas a que Dumbledore te acompañe? –a Harry le dio rabia que le preguntase eso, ya que parecía que el director era su niñera, y se le notó en la cara que puso–. Perdona –se apresuró a decir Adrien al darse cuenta–. No digo que no seas capaz de apañártelas sólo, pero creo que Dumbledore sabe muchas cosas que te pueden ayudar.

–Ya lo sé, pero Dumbledore no está aquí para ayudarme ahora, y no podemos perder más tiempo mientras los demás están en peligro.

–Bueno, yo no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer –Adrien se encogió de hombros–. Pero si no te importa, quiero ir contigo.

–Puede ser peligroso –Harry había rechazado la idea de llamar a Ron y a Hermione precisamente por eso.

–Exacto. Sé bastante trucos sobre los mortífagos que te podrían ayudar. Y tengo entrenamiento como Auror –insistió–. Por favor, Harry, deja que te ayude. Celine ha desaparecido, y mi madre ha sido atacada. No puedo seguir al márgen.

Harry se lo pensó, recordando de nuevo lo que había pasado dos años atrás en el Ministerio, cuando había llevado a sus amigos en una trampa mortal.

–¿No preferirías ayudar a tus padres? –Harry no comprendía por qué Adrien no había salido corriendo todavía camino del hospital, sabiendo lo que le había ocurrido a Astrid. Entonces, un fugaz gesto en los ojos de Adrien le hizo darse cuenta de algo–. Te han pedido que me vigiles, ¿verdad? –dedujo–. Esa es la verdadera razón por la que no has acompañado a Celine o te has puesto en contacto con los Aurores –Adrien le miró con sorpresa, pero no lo negó.

–No tiene sentido que te mienta a estas alturas –suspiró, agachando la cabeza.

–¿Quién te lo ha pedido?

–Shackelbolt, Dumbledore y mi padre –confesó–. Ya sé que no te gusta que te vigilen, lo entiendo perfectamente. Yo soy el primero que sabe lo que es que te controlen todo el tiempo–añadió, señalándose el colgante–. Pero quiero ayudarte de verdad, no voy a espiarte.

–Me resulta difícil creerte ahora.

En respuesta, Adrien se quitó el colgante y lo dejó sobre la mesa.

–Ya no podrán rastrearnos –dictaminó, ante la mirada sorprendida de Harry.

–A tu padre no le va a gustar.

–No haces más que darme alicientes para que insista en ir contigo –sonrió Adrien.

Harry le estudió en silencio. Era cierto que Adrien tenía muchas habilidades que podrían resultarle útiles. También recordó que nunca hubiese escapado del Ministerio sin la ayuda de sus amigos.

–Está bien –cedió–. Tenemos que ir a un lugar llamado Little Hangleton ¿sabes cómo llegar hasta allí?

Draco y Celine golpearon la puerta con todas sus fuerzas, sin conseguir ningún resultado. Celine arañaba sin descanso los bordes con su daga, pero la madera estaba sellada a la piedra, y no encontraba ningún resquicio para introducir la hoja. Draco probaba con todos los hechizos y encantamientos que se le ocurrían, sin éxito.

Ginny no se había molestado en acompañarles, porque intuía que Bellatrix no les iba a dejar escapar de allí tan fácilmente, y aprovechaba el tiempo curándose las heridas con la varita.

Cuando los otros dos se cansaron de pelear contra la puerta se reunieron con ella, cansados y frustrados.

–Vale, no hay que desesperar –Celine intentaba parecer calmada–. Seguro que hay otra forma de salir de aquí.

Draco miraba a su alrededor, inclinando la cabeza.

–¿No oís eso? –preguntó de repente.

–Es el agua, debe haber alguna corriente por debajo –Ginny ya estaba acostumbrada a ese ruido.

–¡Eso es! –exclamó Draco–. Debe haber algún pozo.

Se puso en pie de un salto y las chicas le siguieron. Ginny le miraba extrañada, pues nunca antes le había visto comportarse de una manera tan natural, y además, ni siquiera la había insultado, como habría sido su costumbre en cualquier otro momento.
Celine también le intrigaba, pero de momento no le había dado razones para desconfiar de ella.

Draco investigó la zona cercana a la pared, donde la oscuridad era absoluta, incluso bajo la luz de las varitas, pero el rumor del agua era más fuerte. Encontró un pozo abierto a ras del suelo, con una abertura circular y resbaladiza, y se preparó para descolgarse por él, pero Celine se lo impidió.

–No sabes cuánta profundidad hay.

Era verdad, porque el pozo no se iluminaba en su totalidad y no sabían a cuánta distancia estaba el fondo.

–Da lo mismo, caeré sobre el agua igualmente.

–¿Estás loco? Ni se te ocurra. Sería como caer sobre un suelo de cemento –Celine miró a su alrededor, buscando algo–. Necesito algo que se pueda quemar.

–¿Esto te sirve? –preguntó Ginny, entregándole las cuerdas que le habían estado atando las muñecas.

Celine las cogió, les prendió fuego y las tiró al pozo. Los tres vieron cómo la improvisada antorcha caía a través de la oscuridad hasta impactar contra el agua y apagarse.

–Al menos tiene cuatro o cinco metros de profundidad –calculó Celine.

–¿Quién te ha enseñado a hacer esto? –preguntó Draco.

–Mi padre, por supuesto –sonrió ella.

Draco se sujetó con cuidado al resbaladizo borde del pozo y se descolgó en su interior. Celine le cogió de las muñecas y le miró fijamente.

–Intenta caer todo lo recto que puedas, y procura no morderte la lengua –indicó, un poco nerviosa–. Ten cuidado.

Draco la miró, asintió y se dejó caer.

El trayecto se le hizo eterno, y el golpe fue brutal. El agua estaba tan fría que parecía que le estaban clavando cuchillos por todo el cuerpo, y Draco se sintió mareado por ambas cosas, pero logró mantenerse a flote sin problemas.

–¡Estoy bien! –gritó, y su voz rebotó contra las paredes de piedra y se amplificó con el eco.

–Intenta apartarte –le gritó Celine.

Draco encontró un túnel de salida y se metió en él, gritándoles a las chicas que ya podían saltar. La siguiente en caer fue Ginny, y la última Celine, y ambas lograron recuperarse con rapidez de la fuerza de la caída, a pesar del frío del agua.

Los tres se miraron tiritando en medio de la oscuridad, y luego se fijaron el túnel de desagüe. Sólo tenían una salida.

Astrid dormía, gracias al sedante que Meg le había suministrado. A su lado, Snape no le quitaba ojo de encima, sin soltar su mano, mientras que Meg y Katherine discutían junto a la puerta.

–Meg, tranquilízate.

–¿Qué me tranquilice? Kate, acabo de ver cómo tu madre moría, y después ha vuelto a la vida –Meg se revolvió su pelo corto con desesperación–. Es por esa cosa que le inyecté ¿verdad? ¿por eso queríais que se la diese? –preguntó, mirando a Snape.

–Astrid no estaba muerta, tus máquinas se equivocaron.

–Eso no te lo crees ni tú –rebatió ella, demasiado impactada para tener miedo de él–. Vi la cara que pusiste cuando no pude reanimarla, tú también sabías que estaba muerta.

–Ya basta, Meg –intervino Katherine–. Está bien, si es lo que quieres oír te lo diré: la inyección resucitó a mi madre.

Meg adoptó una pose triunfal hasta que asimiló lo que acababa de oír.

–¿Pero estáis locos? –preguntó–. ¿Cómo se os ocurre crear una cosa así? Ni siquiera sabéis qué efectos secundarios tiene.

–De momento, no veo ninguno malo –gruñó Snape, mirando a Astrid.

El único cambio que veía en la mujer era que parecía haber rejuvenecido levemente, pero aparte de eso, no podía ver ningún otro efecto de la poción.

–Pero ¿cuál es el límite? ¿pensáis utilizar esa cosa para resucitar a la gente? –insistió Meg, sin inmutarse ante la mirada desafiante de Snape–. ¿Se la inyectarías a esa mortífaga que atacó a Astrid, si se muriese?

–¿Bellatrix aún vive? –el semblante de Snape se arrugó en una mueca en la que se mezclaban la seriedad y el odio.

–De milagro, fallaste por muy poco. Y hablando de eso ¿qué clase de maldición has usado? No hemos conseguido cerrar del todo...

–¿Dónde está?

–En una habitación de seguridad –Meg se mostró más cautelosa, pero Snape se había puesto en pie–. ¿Adónde vas?

–Quiero hacerle unas preguntas. Katherine, no te separes de tu madre –indicó, mirando a su hija.

–No puedes ir a verla, está custodiada –protestó Meg, pero Snape no le hizo caso y salió de la habitación.

Meg quiso detenerle, corriendo detrás de él, pero un paciente la detuvo para preguntarle algo y Snape aprovechó para perderse entre la multitud.

Utilizó el hechizo localizador inventado por él mismo para encontrar la habitación de Bellatrix, y descubrió que, en efecto, había dos Aurores vigilando la puerta. Consiguió distraerles con un hechizo, y se coló entre ellos sin que se diesen cuenta de su presencia. Una vez dentro de la habitación, observó a Bellatrix.

La mortífaga estaba tumbada en una cama, esposada a ella y completamente rodeada por cables y máquinas que pitaban. Su pecho estaba vendado, y la mujer respiraba con dificultad a través de una mascarilla con oxígeno. Snape se la quedó mirando hasta que ella abrió los ojos y le reconoció.

–Maldito bastardo ¿vienes a ver si muero? –preguntó, con un jadeo ronco.

–¿Por qué nos has hecho atacar hoy? No han pasado los siete días que el Señor Tenebroso ordenó.

–¿No lo adivinas? Pensé que eras más inteligente.

–No estás en condiciones para burlarte de mí –gruñó él, pero Bellatrix se rio.

–El Señor Tenebroso os ha descubierto –a pesar del dolor que le producía el esfuerzo de hablar, parecía que disfrutaba de lo que estaba diciendo–. Lucius obtuvo información muy valiosa del Ministerio, y el Señor Tenebroso descubrió que Narcissa guardaba cosas interesantes. Cuando comprobó con sus propios ojos que le habías traicionado, nos envió hacia aquí, diciendo que teníamos un traidor entre nuestras filas y que él mismo se descubriría. Y en efecto, no tardaste en correr como un perrito faldero en ayuda de tu sucia esposa muggle –sonrió con satisfacción–. Es una vergüenza que mi propia hermana haya caído tan bajo como para ayudaros, pero ya no volverá a contaminar el nombre de los Malfoy, ni el de los Black.

–¿Qué le has hecho?

–Fue el Señor Tenebroso quien le impuso su propio castigo –Bellatrix no mostró una pizca de lástima por su hermana.

Snape, quien sabía que Vóldemort no toleraba que se le traicionase, intuyó que no volvería a ver a Narcissa con vida. Su expresión no cambió, y sin embargo, sintió lástima al adivinar el destino de la mujer que había ayudado a mantener su secreto durante tantos años.

–Confieso, Snape, que me engañaste hasta el final. Incluso acudiste ante mi llamada, aun cuando el Señor Tenebroso no te avisó del cambio de planes –la mortífaga le miraba con ojos calculadores, jadeando a través de la mascarilla–. ¿Me estabas espiando? Seguro que sí –sonrió–. Estás buscando a esa estúpida Weasley ¿no es cierto? Aún obedeces a Dumbledore, y ha sido él el que te ha enviado a espiarme –como Snape no contestó, Bellatrix sonrió triunfal–. Eres doblemente traidor, y pagarás por ello –aseguró–. Y tu sucia familia también. En unas horas, todo habrá salido a la luz.

–¿Qué quieres decir?

–¿Pensabas que el Ministerio era nuestro único objetivo? También hemos conseguido hacernos con el Profeta. Y en la primera edición de mañana, una tierna fotografía familiar llenará su portada.

Snape la miró sin comprender, pero un terrible sentimiento de terror atenazó su pecho.

–¿De qué fotografía hablas?

Bellatrix se limitó a reír, tosiendo. Snape se lanzó sobre ella y palmeó sus ropas, registrando sus bolsillos, dando al final con la imagen de la que ella hablaba. La reconoció de inmediato, habían tomado aquella fotografía durante las últimas navidades, cuando se habían reunido los seis en casa.

–Deberías ver tu cara –sonrió ella, con cruel satisfacción–. Y ahora que lo pienso... –la sonrisa de Bellatrix se volvió más malvada y torcida–. He visto a esa chica, hace unas horas, tratando de ayudar a Draco –Bellatrix se sintió eufórica, al ver que Snape palidecía.

–¿Dónde está? –preguntó él, entre furioso y asustado, comprendiendo a quién se refería ¿cómo habían cogido a Celine?

–Está encerrada, esperando a que llegue su hora –la mortífaga se regodeaba, viendo cómo él se enfadaba. Nunca le había visto perder el control de esa manera. Snape se tiró sobre Bellatrix y la cogió por los hombros.

–¿Dónde está? –repitió, zarandeando a la mortífaga.

Bellatrix soltó una risa demente, disfrutando de su reacción, pero entonces, puso los ojos en blanco, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a convulsionar.

Un pitido alertó de que algo estaba pasando, y Snape se apresuró a abrir la puerta para pedir ayuda. Casi se chocó de bruces contra Meg, quien por fin había llegado a la habitación, y la enfermera le empujó para pasar a la sala y llegar junto a Bellatrix.

–Procura que su mente quede intacta –gruñó Snape, mientras ella atendía a la mortífaga.

–Demasiado tarde, está muerta.

Snape maldijo y buscó a toda prisa en sus bolsillos el frasco de la poción milagrosa, pero cuando lo encontró, se dio cuenta de que estaba vacío. La habían gastado toda para salvar a Astrid.

Miró hacia el cuerpo de Bellatrix, sintiéndose furioso, asustado e impotente ¿Cómo iba a encontrar a Celine?

Astrid y Severus se bajaron del coche, con cierta dificultad, y se acercaron a la casa. Él empujaba el cochecito doble, en el que dormían los mellizos, y Astrid, de nuevo embarazada, llevaba en la mano las llaves de su nuevo hogar.

Esa misma mañana habían firmado los documentos de compra, y se disponían a entrar por primera vez en la casa donde podrían criar a sus hijos con seguridad.

Habían elegido el edificio porque estaba aislado y tenía acceso a un amplio bosque, pero no era muy difícil llegar desde allí a Londres por carretera, y ninguno de los vecinos les conocía. Demasiados mortífagos sabían del paradero de la casa de la Calle de la Hilandera, y ya no era seguro para Astrid y los niños vivir allí.

Emocionados, recorrieron las estancias, discutiendo animadamente acerca de cómo iban a decorar y repartir las habitaciones. Severus insistía en ampliar el edificio con la magia, para tener su propio laboratorio de pociones, pero Astrid le recordó que lo más importante era protegerlo de inmediato con todos los hechizos y escudos posibles.

Mientras Severus estaba en el exterior, ocupado de rodear la casa con los primeros hechizos de protección, un segundo vehículo se acercó con cuidado a la puerta de la entrada.

El mago ocultó su varita rápidamente, y se acercó a saludar a su amigo Charles. Aún no le había hablado de la existencia de la magia, a pesar de la insistencia de Astrid por contárselo, y no estaba seguro acerca de cómo hacerlo.

Cada vez que se veían, se iba haciendo más difícil ocultarlo, especialmente porque Astrid había empezado a desarrollar síntomas mágicos durante el embarazo, y a veces le resultaba imposible disimularlos.

–Vaya, es más grande de lo que pensaba –Charles miraba boquiabierto a su alrededor–. Enhorabuena, Severus, parece una buena compra

–El mérito no es mío –el mago abrió la puerta, y le invitó a pasar–. Astrid se enamoró de ella a primera vista, y no hubo manera de hacerla desistir.

–Ese es un comportamiento típico de ella –Charles le guiñó un ojo, a modo de broma–. Y aquí está la nueva propietaria ¿Lista para empezar la mudanza? –Astrid se acercaba a él, con los brazos abiertos–. Vaya ¿Qué te has hecho en el pelo? Menuda elección más atrevida.

Astrid le miró sin entender su comentario, hasta que vio su reflejo en una de las ventanas. El pelo que rodeaba su cara se había vuelto de color rosa brillante.

–Mi peluquera se equivocó con el tinte –acertó a decir, luchando por mantener la sonrisa–. ¿Por qué has venido? Ya te dije que no te preocupases, nosotros nos apañaremos –comentó, cambiando de tema.

–No me cuesta nada hacer el favor, y además, tú no debes levantar peso –Charles señaló su abultado vientre–. Conociéndote, seguro que quieres hacerlo todo tú sola, sin dejar que nadie te ayude –cruzó una mirada de complicidad con Severus, quien se limitó a asentir, dándole la razón–. Y hablando de peso ¿cómo están mis sobrinos?

–Cada vez más rebeldes –Severus señaló al salón, donde los dos niños descansaban en sus sillitas. Iván se había despertado, y sonreía desde el carrito, alargando sus manos hacia el corpulento recién llegado–. ¿Qué ha pasado?le susurró a Astrid, en cuanto el muggle se distrajo.

–He estornudado –ella sonrió con culpabilidad, retirándose el pelo detrás de la oreja.

–Te sienta bien –sonrió con complicidad y una chispa de picardía en los ojos. Deberías dejártelo.

–Estos niños cada día están más grandes –observó Charles, cogiendo a Iván en brazos y haciéndole carantoñas.

–Tienen esa manía –concedió Astrid.

Entonces, su sonrisa se congeló ligeramente, al ver cómo detrás de Charles, Katherine se desperezaba, con aspecto de estar enfadada, y tal y como llevaba ocurriendo los últimos días, un reguero de luces de colores salió de sus manos. Severus también lo vio, y disimulando todo lo posible su nerviosismo, cogió a la niña en brazos, procurando distraerla.

–Veo que esta princesa es la niña de papá –sonrió Charles, al ver lo que para él era una tierna escena–. Hola Kate.

Ella se agitó, protestando llorosa, y produciendo más chispas con las manos. Charles parpadeó confundido, pero Severus intentó salvar la situación, agitando el sonajero delante de ella. Las luces del objeto brillaban con fiereza, pero no era lo mismo.

–¿Quieres que te enseñe la casa? La cocina es la mejor parte –se apresuró a intervenir Astrid, tratando de distraerle.

Charles recuperó la compostura y asintió, pero cuando los nerviosos padres lanzaron un suspiro de alivio, Iván comenzó a llorar desconsolado, imitado al instante por su hermana. Inmediatamente, una nube de luces de colores rodeó a los dos niños, flotando de forma rabiosa en el aire.

–Pero ¿qué diablos? –Charles casi soltó a Iván, asustado al verse rodeado de chispas, pero Astrid se adelantó y recuperó al bebé, acunándolo entre sus brazos para que se calmara–. ¿Qué está pasando?

Charles miraba con los ojos abiertos a los adultos, a los niños y a las furiosas luces que danzaban a su alrededor. Severus también trataba de calmar a Katherine, sin mucho éxito, con aspecto de estar mortificado. Aquello no estaba saliendo como pretendía.

Y entonces, Astrid estornudó, y su pelo pasó de ser rosa a adquirir un brillante color verde. Charles, quien pensaba que no podía estar más sorprendido, dio un paso atrás, pero para alivio de Severus y Astrid, no salió corriendo.

–¿Podéis explicarme qué está pasando?

Ellos cruzaron una mirada, comunicándose mediante sus anillos y poniéndose de acuerdo en lo que debían hacer.

–Charles ¿quieres...? ¿quieres una taza de té? –ofreció Astrid, sonriendo con nerviosismo–. Te lo explicaremos todo.

–No me importaría algo más fuerte, si no es mucha molestia –Charles estaba blanco como la cera, pero también intentaba sonreír.

Severus suspiró de forma imperceptible y sonrió débilmente.

–Eso se puede arreglar.

Celine abría la marcha a través del túnel. Sostenía su varita en alto mientras nadaba y miraba a todos lados para ver si se les acercaba algo.

Ginny y Draco la seguían con cuidado, y aunque los tres estaban cansados, avanzaban a buen ritmo. Entonces el túnel se inclinó y la corriente de agua se volvió más rápida, arrastrándoles hacia delante.

Ellos dejaron de nadar y se esforzaron por mantenerse a flote, por respirar. Al moverse, sumergían las varitas, haciendo que los haces luminosos parpadeasen como relámpagos en medio de la oscuridad. Un ruido extraño les alertó de que delante de ellos pasaba algo.

Celine se esforzó por mirar y levantó el brazo para iluminar el túnel, pero no vio nada... ni siquiera agua. Comprendiendo lo que se avecinaba se giró.

–¡Agarraos a cualquier cosa! ¡Sujetaos!

Intentaron agarrarse a las paredes, pero el muro de piedra era completamente liso y estaba cubierto de musgo, que resbalaba cada vez que intentaban asirse a él.

Los tres fueron arrastrados, a pesar de sus esfuerzos, hasta la fuente del ruido, y cayeron por la cascada. Durante unos segundos, la fuerza del agua les mantuvo sumergidos, sin dejarles salir, pero al darse impulso lograron alejarse de la corriente y pudieron subir a la superficie, donde respiraron con fuerza.

Vieron que habían llegado hasta una pequeña poza circular y subterránea, de la que salía otro túnel, aunque este estaba más elevado y no llevaba apenas agua.

Ginny era la más cercana al túnel de salida, y se aupó para salir del agua.

–Hay una pared cerrando el túnel –informó. Los otros dos se acercaron nadando, pero entonces Draco detuvo a Celine.

–Hay algo en el agua –avisó, señalando a una forma oscura y alargada que se movía bajo ellos.

–Acercaos a la pared y no os mováis. Apagad las varitas, que no nos vea –dijo Ginny–. Voy a abrir la salida. En seguida vuelvo.

El lugar se quedó a oscuras y en silencio, a excepción del ruido del agua al caer sobre la poza. Ellos se agarraron con fuerza a las resbaladizas piedras de la pared, tratando de mantenerse a flote, moviéndose lo menos posible.

Tras unos segundos de incertidumbre, Draco se movió a tientas, tratando de no agitar el agua, y se acercó a Celine.

–Estás tiritando –le susurró al oído, tras tocarle el brazo. El ruido de la cascada ahogaba sus palabras–. Espero que Weasley no tarde demasiado.

–El agua está helada –respondió ella, más bajo todavía. Le castañeaban los dientes–. Debemos intentar salir al túnel.

–¿Y la sombra?

–No podremos hacer nada si tenemos hipotermia.

Avanzaron con mucho cuidado, procurando moverse lo menos posible, hasta que sus manos entumecidas tocaron la apertura del túnel. Con esfuerzo salieron del agua y se sentaron en la fría piedra.

Ambos tiritaban de frío, y se acercaron, dándose mutuo calor en un abrazo silencioso. Crearon aire caliente con sus varitas, pero parecía que el frío se les había metido en los huesos.

–Antes me salvaste la vida –susurró Draco, en su oído–. Te debo una.

–Lo habría hecho de cualquier forma –respondió ella, apoyando su espalda contra él.

En respuesta, él le dio un beso en la nuca, y otro en el cuello, y al instante ella notó cómo entraba en calor. De repente, se dio cuenta de cómo sonaba la respiración del joven en su oído, y fue consciente de la presión de su mano sobre la suya, y del contacto de su cuerpo contra su espalda. Intuitivamente, giró la cabeza, y por un momento imaginó que podía verle los ojos.

Ahora sus respiraciones chocaban frente a frente, y no les hacía falta ninguna luz para saber la presencia exacta del otro. Se besaron de nuevo, en medio de la oscuridad, ignorando el frio helada y la sombra que nadaba poca distancia de ellos.

En completo silencio, hundieron sus manos en el pelo empapado del otro, y se olvidaron de todo lo demás. Aquella extraña situación, unida al riesgo que corrían, le daba a aquel beso un morbo excitante que les impulsaba a seguir, a no separarse jamás.

Cuando se separaron para respirar, sintieron como si les hubiesen vaciado por dentro. Aún sentían aquel fuego que les quemaba por dentro, a pesar de la ropa helada que se pegaba a su piel, y si hubiese habido luz habrían visto en los ojos del otro el deseo que sentían. Pero no les hacía falta nada más en ese instante. Nada podría haber sido más explícito que aquel beso a ciegas.

Entonces, el grito lejano de Ginny les devolvió a la realidad.

–¡No es una pared! ¡Está vivo!

Ellos se incorporaron de un salto, mirando hacia el túnel sin ver nada, y de repente, Celine notó un tirón en el tobillo.

–¡Me ha cogido!

–¡Celine! –gritó Draco, sintiendo como ella era arrastrada hasta el agua.

Encendió su varita e iluminó a la poza, descubriendo una larguísima sombra de color negro, que tenía rodeada a Celine y la sumergía bajo el agua, para ahogarla. Con el resplandor de la luz, la sombra pareció estremecerse, y por un segundo retrocedió.

Celine logró salir a flote, pero la sombra la sumergió otra vez. Draco lanzó hechizos contra el monstruo, pero los rayos lo atravesaban sin más.

Espectro Patronum –Ginny había vuelto a por ellos, y apuntaba con su varita a la sombra. El caballo plateado rodeó a la criatura, que siseó furiosa por la presencia de aquel resplandor.

Celine volvió a salir a la superficie, entre toses y bocanadas de aire, y Draco le tendió la mano para ayudarla a salir del agua.

–Vámonos –Ginny tiró de ellos y echaron a correr. El patronus, desatendido, se hizo más débil, hasta acabar desapareciendo.

La sombra emitió un furioso siseo y comenzó a crecer. Perdió su forma alargada, transformándose en simple oscuridad, y se deslizó a toda velocidad a través del túnel.

Los tres chicos corrían todo lo deprisa que podían, a través de aquella enorme tubería, tratando de no resbalarse con la fina corriente de agua que la recorría. Alumbraban el camino con sus varitas, pero los haces de luz se movían de forma desordenada, dejando huecos por los que la oscuridad se acercaba peligrosamente a ellos.

Notaron de repente que todo a su alrededor se volvía más oscuro y denso, y oyeron un furioso siseo.

–Aumentad el resplandor –indicó Draco–. No se acercará a la luz.

Las chicas le hicieron caso, pero bajo el repentino resplandor vieron cómo unas sombras aterradoras, con la forma de garras, intentaban llegar a ellos a través de la luz.

Draco llegó a sentir cómo le cogían por la espalda, e instintivamente se giró para protegerse, dejando la espalda de Ginny en la oscuridad. Las sombras se lanzaron sobre ella, produciéndole una repentina debilidad, como si le estuviesen absorbiendo la fuerza vital, pero Celine actuó rápido: cogió a la pelirroja de un brazo y tiró de ella para abrazarla, al tiempo que hacía más potente su hechizo de luz.

–Lo siento –se disculpó Draco, al tiempo que movía su varita hacia un lado y otro, para espantar a las sombras.

–Ginny ¿estás bien? –preguntó Celine. La joven estaba más pálida de lo habitual y se la veía débil, pero aun así asintió–. Entonces vámonos de aquí.

Las sombras comenzaban a formar un muro a su alrededor. Celine cogió a Ginny de la mano y abrió la marcha a través de la barrera, cerrando los ojos para no asustarse.

Al instante, notó cómo le fallaban las fuerzas y le faltaba el aire, y estuvo a punto de dejar caer su varita. Ginny se adelantó, alzando su varita.

–¡Expectro Patronum! –gritó, y la figura de un caballo plateado se abrió camino al galope, a través de las sombras, creando un hueco por el que escapar.

Draco empujó a las dos, para hacer que avanzasen. Cuando se alejaron de las sombras, Celine pareció recuperarse, pero se sentía terriblemente cansada. La experiencia era muy parecida al efecto que tenían los dementores.

Siguieron corriendo, con las sombras siseando furiosas a su alrededor. El patronus de Ginny daba vueltas a su alrededor, pisoteando a las sombras y embistiéndolas cuando se acercaban demasiado, pero estas eran cada vez más atrevidas, y estuvieron a punto de atraparles en más de una ocasión.

Los chicos comprendieron el porqué de esa furia repentina cuando vieron por delante de ellos un punto de luz. Al acercarse, descubrieron que se trataba de la abertura de otro pozo, por la que entraban los rayos del sol, formando una isleta de luz en el suelo.

Desesperados, aceleraron el paso para llegar hasta la luz y se apiñaron bajo la abertura, sabiendo que allí las sombras no podrían tocarles. En efecto, la oscuridad no se les acercó, pero se quedó girando lentamente a su alrededor, esperando su oportunidad para atacar.

Ginny hizo desaparecer su patronus, terriblemente cansada.

–¿Cómo salimos de aquí? –preguntó Draco–. Está demasiado alto como para subirnos unos encima de los otros.

–¿Y un hechizo para levitar? –sugirió Celine.

–¡Claro! Weasley subirá primero y... –Draco se calló cuando algo tapó la luz que entraba por la abertura del pozo. Las sombras se lanzaron automáticamente sobre ellos, pero el rubio se apartó de las chicas y salió a su encuentro

–¡Espectro Patronum! –una tenue niebla salió de su varita, deteniendo el avance de la sombra.

Celine le imitó, antes de mirar hacia arriba, incrédula.

–¿Adrien? ¿Harry? –preguntó, al reconocer a los chicos.

–Hemos escuchado vuestras voces –Adrien parecía aliviado–. ¿Qué está pasando allí?

–¡Apartaos del pozo, necesitamos la luz! –gritó Celine. Los chicos obedecieron, y al instante la luz volvió a rodearlas.

–¿Estáis bien? –oyeron que preguntaba Harry–. ¿Ginny?

–Estoy bien –gruñó ella, sujetándose un costado.

–Espero que esto funcione –Celine apuntó a Ginny con su varita–. ¡Winwardium leviosa!

Ginny se elevó, flotando como una pluma, pasando a través de la boca del pozo, hasta llegar a los brazos de Harry.

Mientras, Draco tenía problemas con su patronus, ya que, aunque conocía la teoría detrás del hechizo, era la primera vez que lo invocaba. Las sombras se alimentaban de su energía y de su miedo, haciendo su tarea más difícil.

Sin saber por qué, pensó en su madre y en la última conversación que habían tenido. El dolor y el desasosiego le inundaron, haciendo que su patronus temblara. Comprendió que las sombras jugaban con sus sentimientos y sus miedos, pero apenas podía concentrarse. Cada vez le costaba más mantener la calma.

"Si no te concentras, te matarán"

Pero el miedo le invadia, y por su culpa, su patronus cada vez estaba más debilitado. Ya era solamente una especie de niebla plateada que temblaba y amenazaba con desaparecer de un momento a otro. Y eso sólo conseguía que Draco tuviese más miedo.

Cerró los ojos, tratando de concentrarse. Quería encontrar un pensamiento capaz de fortalecer a su patronus, pero por mucho que lo intentaba no lo conseguía. Buscaba desesperadamente en su interior, pero lo único que encontraba era frialdad y soledad, nada que le pudiese servir en ese momento.

Y entonces, una mano cogió la suya. Una mano cálida, afectuosa y segura. Draco abrió los ojos y vio a Celine a su lado.

–Sal de aquí –le dijo.

–Saldremos juntos –el brillo desafiante de sus ojos verdes atrajo la mirada de Draco, quien los miró sin parpadear.

Sintió cómo ella le apretaba la mano, y vio la totalidad de sus pecas cuando el brillo del patronus de Celine iluminó la escena. Sintió que sonreía al saber que ella no le iba a abandonar, y pensó que, al fin y al cabo, no todo era tan frío...

Draco sintió que la fuerza de su patronus aumentaba, y al mirarlo vio a un fiero dragón plateado, que envestía contra las sombras, acompañado por una pantera fantasmagórica que no se quedaba atrás a la hora de atacar.

Ambos patronus hicieron retroceder a las sombras, permitiendo que los chicos escapasen. Sin soltarse de la mano, Celine y Draco se apuntaron el uno al otro con sus varitas.

Winwardium leviosa.

–Winwardium leviosa.

Levitaron juntos, y las sombras sisearon furiosas al ver que no podían alcanzarles. Intentaron escurrirse por todos los lados, pero los patronus se lo impidieron, manteniendo su posición defensiva hasta que los chicos salieron por la apertura del pozo.

Y entonces, desaparecieron.

Una vez en el exterior, tuvieron que parpadear con fuerza debido a la luz del sol. Adrien les ayudó a aterrizar, y abrazó a su hermana, aliviado al ver que estaba a salvo.

–¿Se puede saber qué estabais haciendo allí abajo?

–Adrien, he sentido que mamá se moría –le interrumpió Celine, preocupada.

–Yo también, pero luego la he vuelto a sentir viva. Intenté contactar con papá, pero me pareció que estaba luchando contra Bellatrix. Creo... creo que nos han descubierto.

–Eso explicaría el mensaje que ha recibido Draco.

–El Señor Tenebroso anunciaba la presencia de un traidor –confirmó él, tocándose la Marca.

–Eso ya no importa. Lo mejor será acabar esto cuanto antes –Harry, quien hasta ese momento se había mantenido aparte junto a Ginny, se acercó a ellos–. En cuanto Vóldemort muera, sus mortífagos tendrán que preocuparse por algo más que por saber quién de ellos es un traidor.

–En eso tienes razón –admitió Celine.

Ginny, quien no se apartaba de Harry, les miraba a todos con curiosidad. Ya le resultaba extraño que Harry y Draco no se estuviesen peleando ¡pero además parecía que estaban en el mismo bando!

Y los otros dos... daba la impresión de que estaban al corriente de todo lo que pasaba entre los mortífagos, y por lo que ella había entendido, parecía que su padre era uno de ellos.
¿Qué estaba pasando allí? ¿Y por qué Harry estaba metido en todo eso?

–¿Y qué hacéis vosotros aquí? –preguntó Celine, mirando a Adrien y a Harry.

–Como las cosas se estaban complicando, pensé que lo mejor era destruir las Horrocruxes que quedaban cuanto antes –explicó Harry–. Dumbledore me dijo que una de las Horrocruxes estaba en esta mansión, y Adrien se empeñó en venir conmigo. Lo que no sabía era que Ginny también se encontraba aquí.

–¿Por qué no ha venido Dumbledore con vosotros? –preguntó Celine.

–No se lo hemos dicho –confesó Harry, aunque con un matiz desafiante. Adrien y Celine cruzaron una mirada, y Draco se fijó en las reacciones de todos.

–Entonces estamos en el territorio del Señor Tenebroso... ¿Solos? –preguntó, al ver que nadie hablaba.

–No tenéis que quedaros –le respondió Harry–. Sé que tengo que hacer esto solo, y no voy a obligar a nadie a ponerse en peligro.

–¿Qué estás diciendo? –le preguntó Ginny–. Yo no pienso irme.

–Yo tampoco –apuntó Celine. Adrien no dijo nada, porque estaba claro que él quería quedarse.

–¿Tú qué vas a hacer? –le preguntó Harry a Draco.

–No voy a echarme atrás –resopló, muy decidido.

–Entonces no hay más que decir –Adrien miró a su alrededor, estudiando la vieja mansión–. ¿Por dónde empezamos a buscar?

–Deberíamos entrar en la casa –decidió Harry, abriendo la marcha.

Ron caminaba de un lado a otro, recorriendo la Madriguera de arriba abajo, desesperado. Hermione le seguía como si fuese su sombra, tratando de calmarle.

–Ron, ya verás que está bien –le decía–. En cualquier momento la encontrarán.

–Pero no se sabe nada de ella. Podría estar herida... o peor. Y Harry... él tampoco ha dado señales de vida. Es como si la vida de mi hermana no le importase.

–No digas eso –protestó Hermione–. Seguro que está planeando algo... lo que pasa es que no puede comunicarse con nosotros.

–Cuando quiso meterse en esa cueva para destruir la Horrocrux no le importó venir a por nosotros –masculló Ron con amargura.

–¡Ron! Harry quiere a Ginny –insistió Hermione. Él hizo como si no la escuchara, pero ella le cogió por un brazo para pararlo en medio de las escaleras–. Ron, para ya, así no vas a solucionar nada.

Su discusión se interrumpió por el sonido de unas voces en la planta baja de la casa. Bajaron corriendo a la cocina, donde el señor Weasley, quien acababa de entrar por la chimenea, estaba hablando con todos los que estaban allí.

–Están atacando Hogwarts.

–¿Cómo? –preguntaron todos, incrédulos.

–Eso es imposible, Él jamás se atrevería a desafiar a Dumbledore de esa forma –dijo la señora Weasley.

–Precisamente, Dumbledore no está en Hogwarts en este momento –el señor Weasley se colocó las gafas–. Los mortífagos se han aprovechado del vacío de poder causado por el asesinato del ministro y han adelantado su plan. Están atacando a tres ciudades a la vez. Dumbledore ha ido en su ayuda y no llegará a tiempo.

–Pero ¿qué pretenden? Ahora el colegio está vacío –Hermione se apretaba las manos, con nerviosismo.

–Por eso mismo. Sin nadie para defenderlo será muy fácil entrar en él, y una vez dentro, no habrá fuerza humana capaz de sacarles. Van a destruir Hogwarts.

Todos se miraron alarmados, y los adultos se prepararon de inmediato para partir. Ron y Hermione se apartaron con reticencia, porque siempre les habían dicho que no podían ir a luchar, pero el señor Weasley les llamó para que fuesen con él.

–Shacklebolt quiere que todos los mayores de edad acudan a defender Hogwarts –explicó, muy a su pesar.

–¡Arthur! ¿Qué dices? –preguntó Molly.

–Son órdenes, Molly –respondió él, angustiado–. Si no van, vendrán a buscarles por la fuerza.

Los chicos tuvieron que meterse en la chimenea, y antes de que asimilasen lo que estaba pasando, se encontraban en Hosmeade, rodeados de más magos y brujas que llegaban sin parar para defender Hogwarts.

Fueron arrastrados hasta los terrenos del colegio, donde esperaban magos de todas las edades, algunos tensos, otros preparados para luchar y matar si era necesario, y otros tan asustados que no se sabía lo que estaban haciendo allí.

Ron y Hermione perdieron al señor Weasley entre la multitud, y aunque le buscaron y le llamaron no le vieron. A empujones, avanzaron hasta el interior del círculo de gente que rodeaba al colegio, y subieron hasta un lugar desde el que se pudiera ver todo lo que pasaba.

De repente, una Marca Tenebrosa brilló en el cielo, y a lo lejos se aparecieron centenares de figuras encapuchadas, acompañadas por criaturas tenebrosas.

Ron se quedó de piedra, al igual que todos a su alrededor, y Hermione le cogió inconscientemente de la mano al ver la magnitud del ejército al que se tenían que enfrentar.