Draco pensó que se trataba de una broma, y su primer impulso fue reirse. La idea de que su madre pudiese estar presente en la casa secreta de la familia Snape le parecía sumamente ridícula. Pero la forma en la que Celine le miraba distaba mucho de ser graciosa, y Draco sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara.
–¿Estás hablando en serio?
Celine puso los ojos en blanco y bufó con frustración, antes de tirar de él para que se moviera.
–Ve y míralo por ti mismo.
Harry les siguió, casi más sorprendido que él ¿Qué hacía Narcissa Malfoy allí? ¿No se suponía que la casa de los Snape era secreta, sobre todo para los otros mortífagos? Al mirar a Draco se dio cuenta de que él estaba absolutamente desconcertado, y que no había esperado esa noticia. Si no fuera por Celine, se hubiese quedado congelado en el sitio, sin poder moverse.
Empujado por la joven, Draco entró en la cocina, y se quedó mudo de asombro, al ver a su madre, sentada junto a la mesa, con una taza de té en la mano... ¡Hablando con Astrid!
¡Narcissa, quien en su vida jamás había tenido aprecio por los muggles, estaba tan tranquila sentada al lado de la mujer de Snape! ¿Qué estaba pasando allí?
-Hola, madre -acertó a saludar. Narcissa le miró ¡y le sonrió! Draco no podía recordar la última vez que su madre había sonreído de una forma tan sincera. Tampoco recordaba haberla visto tan relajada como en ese momento.
-Draco, no te quedes en la puerta, es de mala educación -sin embargo, había cosas que no cambiaban.
Draco se acercó a su madre y le dio un frío y cortés beso en la mejilla, como era su costumbre, aunque sin saber por qué, esperó algo distinto por parte de ella.
-Espero que no te esté dando problemas, Astrid -Narcissa habló como si Draco no estuviese delante.
-En absoluto, estoy muy contenta con él -aprovechando que la señora Malfoy no miraba, Astrid le guiñó un ojo a Draco, dándole a entender que sus insultos iniciales habían sido perdonados y olvidados. Draco se sintió agradecido, pero seguía extrañado por la presencia de su madre.
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás aquí? -inquirió, sin comprender lo que estaba pasando.
-¿Acaso no puedo visitar a mi hijo? -preguntó ella a su vez, sin mirarle.
-Si, pero... ¿no se supone que la localización de esta casa es secreta? -esta vez, Draco miró a Astrid, intuyendo de alguna manera que ella sí le diría la verdad. Sin embargo, la mujer miraba de reojo a Narcissa, como si esperase que fuese ella la que respondiese.
-Hay excepciones -respondió finalmente, viendo que Narcissa seguía con la vista clavada en la encimera, sin abrir la boca.
Astrid paseó la mirada entre ambos, y dándose cuenta de que Draco quería hablar con su madre a solas, se levantó.
-Narcissa, tengo cosas que hacer ¿me disculpas?
La señora Malfoy dio un pequeño respingo, y pareció repentinamente incómoda, pero antes de que pudiera responder, Astrid salió de la cocina, agarrando por el camino a Celine y a Harry, quienes estaban escuchando a escondidas, y cerró la puerta.
Draco se sentó de forma vacilante junto a su madre, quien había recuperado la pose estirada y fría que él tan bien conocía. Esta seguía sin mirarle, y mostraba un gesto de arreglada indiferencia en la cara que le era muy familiar.
-Nunca me dijiste que conocías a Astrid -comentó Draco, con cierto tono de reproche. Decidió ser directo, ya que de poco servía ignorar la incómoda situación.
-No tenías la necesidad de saberlo -replicó ella, encogiéndose de hombros.
-¿Siempre has sabido todo esto de Snape? -preguntó Draco-. Lo de Astrid, lo de sus hijos...
-Digamos que hace bastantes años que estoy al corriente de la situación.
Dumbledore había cumplido su promesa, protegiendo y ocultando el secreto de la joven pareja.
Los nuevos hechizos de protección convertían a Astrid en un objetivo casi invisible para los mortífagos, y por fin ambos sentían algo de seguridad. Mientras no llamasen la atención, estarían a salvo.
Sin embargo, su anonimato se vio comprometido de la forma más inesperada.
-Astrid, vas a tener que permanecer varias horas fuera de casa -le informó Severus, preocupado, mientras leía una carta.
-¿Por qué?
-Lucius Malfoy quiere hacerme una visita. Parece muy importante porque no he conseguido planear nuestro encuentro en otro lugar.
-Malfoy fue compañero tuyo ¿no? -recordó ella-. ¿De qué crees que se trata?
-No tengo ni idea, pero no me conviene perder su amistad. Su posición entre los mortífagos es muy importante, y no quiero arriesgarme a que se convierta en mi enemigo.
-No te preocupes por mí, me iré a la biblioteca. Avísame cuando pueda regresar.
Astrid pasó el resto del día estudiando, y perdió la noción del tiempo. Finalmente, Severus le envió un mensaje pidiéndole que regresase por medios muggles, así que ya era de noche cuando Astrid consiguió llegar a casa.
Encontró a Severus en el sótano, dentro de la sala que había adaptado como laboratorio de pociones. El mago se encontraba totalmente concentrado frente a un caldero, removiendo una poción.
-¿Eso era lo que quería tu amigo? ¿Una poción? -sonrió Astrid, mirando al caldero.
-Es más complicado que eso -replicó él, cortando uno de los ingredientes en tiras muy finas.
-¿Me lo puedes contar? -preguntó ella con cautela.
Severus agitó su varita, para que la cuchara siguiese removiendo sola.
-Lucius quería pedir un favor personal. Ha venido con su esposa Narcissa, y ambos han sido muy insistentes. No me he podido negar.
-¿Qué clase de favor? -Astrid le miraba extrañada.
-Quieren que les prepare una poción de fertilidad.
Astrid abrió los ojos, sorprendida.
-Eso no me lo esperaba.
-Lucius y Narcissa llevan varios años casados, y no consiguen tener hijos. Empiezan a estar preocupados.
-¿No hay medimagos especializados en eso?
-Si, y les han recetado varias pociones. Ya las han probado sin éxito, y Lucius piensa que pueden estar mal hechas. Por eso han venido a mí.
-Entiendo -Astrid se acarició el vientre-. Me alegro de que les ayudes. Puedo imaginar que están angustiados.
-No aceptaron un no por respuesta. Temía que no fuesen a marcharse nunca.
-Como tú has dicho, no te conviene perder su amistad. Y si consigues que tengan un bebé te lo agradecerán eternamente -Astrid miró hacia la poción-. ¿Es muy difícil de fabricar?
-Si, es un proceso muy largo y complicado. Me llevará varios días, y es posible que tenga que adaptarla a ellos.
-¿Puedo ayudarte en algo?
-¿Podrías hacer la cena? Me he olvidado de comer.
Astrid sonrió y le dio un beso en la mejilla.
-Tranquilo, cuidaré de ti.
Severus pasó los siguientes días encerrado en el sótano. Se había comprometido a entregar la poción, pero esta requería de mucha paciencia y una cuidadosa preparación que no daba lugar a errores.
Sin embargo, Narcissa no parecía dispuesta a esperar tanto. Sus lechuzas llegaban a diario, preguntando acerca del estado de la poción y demandando respuestas. Severus trataba de calmarla y mantenerla alejada de la casa, pero la bruja demostró ser más impaciente de lo que habían anticipado.
Un día, Narcissa acudió de nuevo, exigiendo ver el progreso de la poción, y Severus se vio obligado a llevarla al sótano mientras Astrid permanecía escondida en el dormitorio. Cuando Narcissa por fin se dio por satisfecha, Severus consiguió arrastrarla hasta la puerta y se despidió de ella. Tardó unos minutos en asegurarse de que no había peligro antes de rescatar a Astrid de su encierro.
Poco después, ambos salieron de la casa porque Astrid tenía que acudir a sus prácticas en el hospital. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Narcissa no se había dado por satisfecha y regresaba con más preguntas.
Los tres se quedaron mirando, sin saber cómo reaccionar. Estaba claro de que la bruja les había visto salir de la casa, cogidos de la mano, y ahora sus ojos se posaban sobre Astrid, estudiándola a fondo.
Narcissa se dio cuenta de tres cosas: Astrid era pobre, estaba embarazada y era muggle.
La bruja puso el grito en el cielo y se dispuso a marcharse de allí, a pesar de que Severus trató de impedirlo.
Narcissa le insultó, le llamó traidor y le aseguró de que todo el mundo iba a enterarse de estaba asociado con una muggle. Ella jamás se había comportado de esa forma, pero en ese momento no le importó perder los papeles. De hecho, estaba tan furiosa y ofendida que no se dio cuenta de que se había parado en medio de la carretera, y sólo se calló cuando oyó el bocinazo de un coche, que se le venía encima...
Draco miraba a su madre, casi sin parpadear.
-¿Pero los otros mortífagos lo saben?
-Algunos están al corriente de la existencia de Astrid. Al fin y al cabo, sería muy extraño no saber nada de la vida privada de los demás -respondió Narcissa.
-¿Y saben que Astrid es...? -Draco no pudo terminar la pregunta, porque la puerta de la cocina se abrió y Katherine, la mayor de los Snape, entró por ella. Aún llevaba puesta la capa de viaje, signo de que acababa de llegar a la casa. La chica miró a Narcissa y sonrió.
-¡Tía Cissi! ¡Menuda sorpresa! -exclamó, corriendo para abrazarla.
Draco no supo si le sorprendió más que llamase a su madre "Tía Cissi" o que esta le devolviese el abrazo con una alegría sincera y sonriente.
-¿Cuánto hace que estás aquí? -preguntó Katherine.
-No mucho -respondió Narcissa-. No sabía que ibas a venir.
-Es domingo, hoy toca cena familiar. Iván y Adrien también han venido -explicó la joven. Narcissa la estaba mirando de arriba abajo, como evaluándola.
-Te veo resplandeciente -comentó-. Y un poco más gorda ¿no estarás embarazada?
-¿Cómo me dices eso? -protestó Katherine, sonriendo, aunque a Draco le dio la impresión de que era una sonrisa congelada-. Sólo me alimento bien.
-Es sólo intuición -Narcissa miró entoces hacia la puerta y reparó en Iván-. ¿Te vas a quedar ahí parado? -preguntó, sonriendo. Iván simplemente se rio, fue hacia ella y le dio un fuerte abrazo-. ¡Basta ya! Me vas a romper una costilla -protestó ella, aunque su enfado era fingido.
-Pero lo hago desde el cariño -Iván le dio un beso en la mejilla y Narcissa le revolvió el pelo, a modo de broma-. Ya creíamos que te habían secuestrado, tía Cissi, te habías olvidado de nosotros.
-Últimamente he estado muy ocupada -se excusó la mujer.
Draco lo miraba todo alucinado, como si estuviese soñando, pero no podía dejar de sentir una punzada de envidia. Veía a su madre reír y abrazar a esos dos, a los que se suponía que tenía que despreciar por ser mestizos y ajenos a su familia, y sentía... sentía celos.
No recordaba la última vez que había tenido esa complicidad con Narcissa, y eso que era su único hijo. Hacía años que ella no le abrazaba de esa manera, ni le había demostrado esa clase de cariño, como hacía con Katherine, ni bromeaba con él, como con Iván. Draco solamente recordaba a su madre dirigiéndose a él con estiramiento y frialdad, de una manera muy diferente a lo que veía en ese instante.
No podía soportar más esa situación, así que se levantó y salió de la sala, sin que nadie intentase detenerle, y pensó con amargura que seguramente no se darían cuenta de su ausencia ni le echarían de menos. También se preguntó si de verdad su madre habría ido a verle a él, o si su visita se debía a que echaba de menos a los hijos de Snape.
Draco siguió el sonido de las otras voces y llegó al salón, cuyos grandes ventanales se abrían al jardín. Allí, Adrien le estaba hablando a Harry acerca de las pruebas para acceder a la academia de Aurores, mientras que, en un rincón, Celine y Snape se sentaban codo con codo, discutiendo el contenido de un libro de hechizos. Celine preguntaba con curiosidad, y él respondía con una paciencia poco frecuente, ausente del tono mordaz y los insultos velados que utilizaba en Hogwarts para sus estudiantes.
Eso le llevó a pensar que, incluso su profesor de pociones podría ser mejor padre que el suyo, y eso puso a Draco más sombrío aún.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por Astrid, quien entró en el salón, muy animada y sonriente, y le tendió a Snape un frasquito lleno de un líquido de color blanco brillante.
-Aquí lo tienes.
-Aún puedes coger más -ofreció él, mirando el frasco.
-No es necesario, con lo que tengo ya me basta.
-¿Qué es eso? -preguntó Harry, quien también había estado pendiente de la conversación.
-Sangre de unicornio -respondió la mujer, haciendo que Draco y Harry la mirasen alarmados-. Sangre de un unicornio vivo -se apresuró a decir, al ver sus expresiones.
-¿Y cómo es eso? -preguntó Draco, sin entender.
-¿Nunca te han hecho un análisis de sangre? -inquirió Astrid, y Draco negó con la cabeza-. Lo solemos hacer los muggles. Pinchamos a una persona en un brazo y con un tubo muy fino le sacamos cierta cantidad de sangre. No es peligroso -aclaró, al ver la expresión de Draco-. Con los animales también funciona, así que se nos ocurrió que quizá así se podría conseguir sangre de unicornio sin necesidad de matar al animal. En estos momentos, el unicornio del que procede esta sangre está perfectamente sano, corriendo por donde sea que viva.
Los chicos la miraban asombrados, porque a pesar de ser una gran idea, a nadie se le había ocurrido jamás hacer nada igual. Sólo un muggle podía pensar en sacar muestras de sangre a un unicornio.
Celine y Adrien no estaban tan sorprendidos, ya que ellos sí sabían todo aquello, al igual que sabían que Iván era el que acababa de traer la muestra de sangre.
-¿Y para qué la quieres? -preguntó Harry.
-Para perfeccionar la poción. Aún queda mucho por probar, pero con este tipo de sangre creo que conseguiremos maravillas -le lanzó una mirada de complicidad a Snape, quien no dijo nada, pero parecía complacido. De nuevo, parecía haber algún tipo de comunicación privada entre ellos dos.
Draco no se enteraba de qué estaban hablando, y otra vez volvía a sentirse fuera de lugar, así que optó por irse de allí. Salió por la cristalera y se alejó por el jardín hasta quedarse frente al bosque. Quería estar solo para pensar, pero eso le estaba deprimiendo más aún. A su mente, volvía la imagen de su madre, abrazando a Kate y a Iván.
"El bosque, piensa en el bosque" se dijo, tratando de calmarse.
Snape había creado ese bosque. Recordó que lo había hecho para proteger a sus hijos, porque se preocupaba por ellos. Draco intentó recordar algo así por parte de sus padres.
Sí, era cierto que le habían concedido todos sus caprichos, le habían dado la mejor educación y siempre estaban dispuestos a hablar bien de él... pero nunca había gestos de cariño ni de satisfacción, nunca había confianza, ni complicidad.
Incluso cuando su madre había ido a suplicarle a Snape para que intercediese por él ante Vóldemort, no lo había hecho porque le preocupase que a su hijo le pasase algo, sino porque temía que el único heredero de los Malfoy desapareciese. Seguro que, si hubiese tenido más hermanos, no habría montado todo ese circo de lágrimas.
Y su padre... su padre era aún peor, ya que actuaba como si evitase acercarse a él. Draco sabía que Lucius se preocupaba por él, y le quería a su manera, pero siempre tenía un aire de culpabilidad cuando sentía que estaban interaccionando demasiado.
Draco lo intentaba, intentaba recordar algún momento vivido con sus padres que pudiese recordar con cariño, pero no lo conseguía. Todo lo que sus padres habían hecho por él había sido para garantizar el futuro del apellido Malfoy, nada más.
Lo más curioso era que Draco jamás había sido consciente de esa situación, y sólo se había dado cuenta cuando entró en la casa de los Snape y vio lo que de verdad suponía ser una familia. Jamás se había dado cuenta de lo solo que estaba, hasta ese momento, cuando había visto lo que significaba estar acompañado.
El sonido de unos pasos detrás de él le sacó de esa espiral de amargura, y Draco intentó tranquilizarse para que no se notase lo que le pasaba.
Escuchó con más atención y adivinó por el sonido de los pasos que era Celine la que venía hacia él, y quizá por eso se esforzó aún más en disimular.
-¿Has acabado con tus clases particulares? -preguntó, antes de que ella llegase a su lado, para demostrar que sabía quién era.
-Solo tenía una pequeña duda -Celine miró a Draco, fijándose en su postura y su expresión grave, y decidió ir al grano-. Menuda sorpresa la visita de tu madre -comentó.
-Ya ves -murmuró él, mirando al suelo. Tenía las manos dentro de los bolsillos, para ocultar que le estaban temblando.
-¿Estás bien? -preguntó Celine con suavidad.
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque te ha cambiado la expresión desde que has hablado con ella. No pareces muy contento.
Draco tardó un buen rato en contestar.
-Parece que esto es el mundo al revés, y que ella tiene doble personalidad -dijo al fin-. Han llegado tus hermanos y... le ha cambiado la cara, era otra persona distinta. Parecía que ellos eran sus hijos y yo el extraño. Es como si hubiese estado media vida con vosotros.
-Bueno, yo siempre la he visto por aquí -confesó Celine-. Tu madre es nuestra madrina. Prácticamente, ha sido ella la que nos ha criado, sólo así mi madre pudo seguir estudiando y trabajando.
Draco volvió a sentirse herido, ya que su madre jamás se había ocupado personalmente de él, sino que le había puesto a cargo de una niñera.
-Mi madre está mucho más cerca de vosotros de lo que ha estado de mí en toda mi vida -las palabras de Draco rebosaban de amargura. Celine le miró sorprendida.
Ella siempre había visto a Narcissa como una mujer cariñosa y alegre, propensa a la risa y a gastarles bromas. Jamás la había visto enfadada y fría, y le costaba mucho entender que Draco le estuviese hablando de la misma persona.
-No te preocupes, seguro que se trata de una mala época -indicó, intentando consolarle.
-Una mala época que dura ya diecisiete años -masculló él-. Te digo que mi madre no me considera su hijo. Y si no, mira cómo se comporta tu madre con vosotros, y también... también tu padre. Los míos jamás han sido...
"Como se supone que deben ser unos padres normales"
Celine no supo qué decirle, porque estaba muy confusa, pero Draco le daba tanta pena, que le abrazó, para darle apoyo moral.
Él lo agradeció, ya que hacía mucho, mucho tiempo que nadie tenía un gesto espontáneo hacia él, y le devolvió el abrazo, aferrándose a ella, como no había hecho con nadie jamás.
Cuando Narcissa abrió los ojos, se encontró con unos ojos verdosos que la miraban en mitad de una cara llena de pecas. Intentó hablar, pero descubrió que tenía algo metido en la boca y la garganta que no le dejaba respirar con normalidad.
-Tienes un respirador -era Astrid la que hablaba-. No te preocupes, ahora mismo te lo quito -la médico sujetó el tubo y le indicó a Narcissa que tosiese.
Narcissa obedeció y se sintió bastante aliviada cuando el respirador abandonó su boca. Miró entonces a su alrededor y vio que estaba en una habitación pintada de blanco, rodeada de aparatos extraños que hacían ruido. Un tubo fino se le clavaba en un brazo, el otro estaba escayolado y para colmo, le habían quitado la ropa y le habían puesto un camisón horroroso.
-¿Dónde estoy? -intentó preguntar, pero la voz apenas le salía.
-En un hospital muggle. No podíamos llevarte a San Mungo porque Severus dijo que podíamos poner en peligro tu reputación -Narcissa parecía desorientada y asustada, y Astrid se sentó en una silla, a su lado-. Tuviste un accidente, un coche te atropelló -explicó-. Al parecer, tu magia te ayudó bastante, pero aun así se te rompieron un par de huesos. Ya lo hemos solucionado, así que no tienes nada de qué preocuparte.
-¿Cuándo podré salir de aquí?
-En cuanto te den el alta. Todo depende del papeleo -Astrid no añadió que esto podría tardar más de la cuenta, porque Severus la quería tener vigilada.
En ese momento, la enfermera Meg abrió la puerta.
-Astrid ¿dónde te habías metido? El doctor Gordon te está buscando para realizar las rondas diarias.
Astrid le lanzó una mirada de disculpa a Narcissa y salió corriendo de la habitación, dejándola sola.
La bruja comenzó a maldecir a Astrid, humillada por haber sido tratada como una muggle y furiosa por tener que estar allí, sin imaginar que Astrid había tenido que pedir muchos favores para conseguir que le dieran esa habitación a ella sola, ni que la estudiante de medicina se había llevado una buena bronca de su profesor por haber desatendido a los otros pacientes para ocuparse de ella.
No, Narcissa no lo sabía, y según iban pasando las horas se iba poniendo más nerviosa.
Le daba miedo la habitación, tan blanca y austera, y no se atrevía a moverse porque no sabía lo que podía pasar si tocaba alguno de esos aparatos tan extraños, que no dejaban de hacer ruido.
Sólo se atrevió a quitarse el gotero porque le dolía la presencia de la aguja, y aun así, se encogió asustada, esperando que sonase una alarma, indicando que había hecho algo que no debía.
No sabía para qué servía la televisión, y tampoco sabía hacer funcionar la radio, así que el aburrimiento fue el siguiente sentimiento que experimentó. Cuando se cansó de estar tumbada buscó su varita con la mirada, más que dispuesta a quitarse la escayola y hacer aparecer ropa decente para escaparte de allí, pero no la encontró por ningún sitio.
Eso la puso más nerviosa aún, y su humor sólo pudo empeorar cuando le trajeron la bandeja de la comida, la cual encontró absolutamente asquerosa e insípida.
Ya era por la tarde cuando Astrid se pasó por allí para visitarla.
La mujer no dijo nada, sino que se limitó a comprobar los datos de los aparatos con expresión sombría. Estaba hecha polvo, ya que minutos antes había visto morir a su primer paciente, un niño de nueve años, y de lo único que tenía ganas era de encerrarse en algún sitio para llorar tranquila.
En ese momento, no le importaba que Narcissa pudiese ser de vital importancia para su futuro, y estuvo a punto de abandonar la habitación, tan callada como había llegado, pero la voz de Narcissa la paró.
-Por favor, no te vayas -suplicó.
Astrid podría haberse marchado. No le debía nada a la mujer que horas antes les había insultado a ella y a su marido. Sin embargo, se quedó, sentándose en la silla.
-¿Qué ocurre? -preguntó sin ánimo.
A Narcissa le daba vergüenza admitir que le daba miedo quedarse sola en la habitación, así que procuró aparentar interés por lo que la rodeaba.
-¿Qué son todas estas cosas?
Astrid le explicó sin mucho entusiasmo para qué servían las máquinas, pero sin poder quitarse de la cabeza la imagen del niño muerto, el sonido del pitido que indicaba que su corazón había dejado de latir, su impotencia al comprender que no podía hacer nada, su mirada angustiada y suplicante a los médicos veteranos, a las enfermeras, a la línea verde que se había quedado inmóvil...
Su pesadumbre era tan evidente, que hasta Narcissa, tan pendiente siempre de sí misma, se dio cuenta de que algo pasaba y le preguntó que si le ocurría algo.
-¿Alguna vez has visto morir a alguien? -preguntó Astrid, a punto de derrumbarse.
A las imágenes del niño se sumaban las de su propia madre agonizante, sangrando bajo sus manos infantiles... y la misma impotencia, el mismo sentimiento de culpa.
-Sí, a mi padre -respondió Narcissa, un poco sombría.
-¿Y pudiste dormir luego?
-Al principio fue difícil, pero luego aceptas que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, y que has hecho todo lo posible... -la voz de Narcissa se perdió.
La rubia estaba sorprendida al ver que Astrid había conseguido llegar hasta ella, había logrado que le hablase con sinceridad, como nunca había hecho con nadie. Miró a la muggle, intentando explicarse por qué había sentido la necesidad de sincerarse con ella ¿Sería algún truco de Snape? ¿Habría veritaserum en la comida?
Astrid cerró los ojos y respiró hondo, y cuando los volvió a abrir, parecía haber recuperado parte de su anterior aplomo, cosa que sorprendió mucho a Narcissa. Ella siempre había pensado que los muggles eran débiles y no esperaba ese nuevo brillo de seriedad e inteligencia en los ojos de la otra mujer.
-Supongo que... recordarás lo que pasó antes del accidente -tanteó Astrid, dispuesta a ir al grano. La nariz de Narcissa se arrugó al imaginar lo que la mujer esperaba de ella.
-Sí, me acuerdo -dijo con sequedad.
-¿Crees que...? ¿Sería posible...?
-Quieres que guarde silencio para protegeros a ti y a tu bastardo -comprendió Narcissa, mirando con rabia al vientre de Astrid.
Con la bata no se notaba tanto, pero Narcissa recordaba perfectamente la forma abombada que tenía su vientre bajo la ropa muggle. No era justo ¿por qué esa sucia muggle tenía aquello que a ella le estaba costando tanto conseguir?
-No son bastardos -protestó Astrid, abrazándose a sí misma.
-¿No pensarás que voy a comprometerme en un trato así? -preguntó Narcissa, ignorando sus palabras, y recuperando su pose de niña rica arrogante-. ¡Por favor! Vuestra unión es una abominación, no sois de la misma clase.
-¡Eso no es cierto! -rebatió Astrid, ofendida-. El dinero es una tontería, dentro de unos años ganaré más que él.
-No se trata del dinero -replicó Narcissa, hablando como si Astrid fuese una niña-. Él es un mortífago, y tú simplemente una muggle. Jamás podrás estar a su altura, por mucho dinero que tengas -Astrid entrecerró los ojos, muy ofendida, y Narcissa se rio de ella-. ¿No estarás sorprendida? Vamos, muggle, si la diferencia estuviera en ser rico o pobre, no sería un asunto tan complicado. Tu falta de magia no se puede solucionar con nada, ni siquiera con dinero. Y tu bastardo será un sangre-sucia que no debe llegar a nacer. Olvídate de que apoye esta locura, no pienso perder mi tiempo en semejante tontería -dictaminó Narcissa.
La expresión de Astrid era impenetrable, pero no así sus ojos, que taladraban a la bruja, dolidos por sus palabras. Sin embargo, la mujer era muy orgullosa, y supo mantener su dignidad.
-Muy bien entonces, no tenemos más que hablar -declaró, poniéndose en pie. No estaba dispuesta a suplicar por la colaboración de Narcissa-. Que tengas un buen día -salió de la habitación muy digna, dejando a Narcissa sola.
Al día siguiente, Severus se presentó a ver a Narcissa.
La bruja había estado sola todo el día, con la excepción de las enfermeras que habían ido a mirarle la escayola y a llevarle la comida, ya que Astrid no se había vuelto a pasar por allí.
Narcissa estaba aburrida, enfadada, irritada y desesperada por salir de allí, y descargó su mal humor contra Severus en cuanto le vio.
Estuvo un buen rato repitiendo parte de los insultos que había gritado en la calle. Severus aguantó todo eso sin mover ni una ceja, hasta que Narcissa terminó al fin su airado discurso.
-... y no se te ocurra intentar convencerme para que guarde silencio -le espetó-. Ella ya lo intentó y ya le dije que no lo iba a hacer.
-Ya sé lo que has hecho, y no pienso insistir ni suplicarte -Severus respondió fríamente. Narcissa le miró con aire triunfal-. Pero tendré que borrarte la memoria. Sería... arriesgado que conservases el recuerdo de todo lo que sabes.
Narcissa estaba tan asombrada e indignada por su desvergüenza y su absoluta falta de honor, que por un momento no supo qué decir. Pero esos segundos de silencio le sirvieron para pensar y darse cuenta de que, a pesar de su frialdad, Severus estaba nervioso.
-¿Entonces, vas a seguir adelante con todo esto?
-No tengo motivos para no hacerlo ¿no pensarás que voy a modificar mi vida porque a ti no te parezca bien? -inquirió, al ver la expresión de incredulidad de la mujer.
-Por Merlín, Severus ¿has perdido la cabeza? ¿sabes lo que te harán en cuanto se sepa que tienes una amante muggle?
-No es mi amante -siseó él, con rabia.
Narcissa abrió mucho los ojos, comprendiendo lo que quería decir.
-¿No se te habrá ocurrido...? ¡Es ilegal! ¡Magos y muggles no deben unirse! -exclamó-. Te matarán por traidor, y a ella también. Y vuestro hijo jamás verá la luz del sol.
-Ya has dicho suficiente -él apretó su varita con fuerza, y se acercó a la cama-. Borraré tu memoria y te devolveré a tu casa. Le diré a Lucius que has estado en un balneario, relajándote. Tendrás suerte de que no te ocurra nada más.
Narcissa le miró aterrada, sintiéndose indefensa por primera vez.
-¡Espera! ¿Y la poción? ¿Qué pasará con...?
-¿De verdad piensas que me importa tu falta de descendencia? ¿después de que amenaces a mi mujer y a mis hijos? Debes tener mucho valor o muy poca vergüenza para esperar que siga ayudándote -Severus la miraba con odio, y sin una pizca de compasión.
-Por favor, no lo hagas. No diré nada -suplicó ella, cada vez más asustada-. Guardaré tu secreto.
Severus dejó escapar una risa fría, apuntándola con su varita.
-¿Y esperas que me lo crea? ¿Piensas que voy a dejar la seguridad de mi familia en tus manos?
-Haré cualquier cosa, por favor -Narcissa miraba aterrada a Severus y su varita-. Os ayudaré, puedo hacer que vuestra unión sea legítima.
La mano de Severus se congeló en el aire.
-¿Qué quieres decir? -preguntó, sin bajar la varita.
-Puedo hacer que todo el mundo piense que tu muggle es una squib -las lágrimas caían por la cara de Narcissa. Ella temblaba de miedo, y sus manos se aferraban con fuerza al borde de la sábana.
-Eso no es posible.
-Sí lo es. En realidad es muy fácil, sólo tienes que compartir tu magia con ella.
Severus la miraba con el ceño fruncido. Poco a poco, bajó el brazo, sin soltar la varita.
-¿Cómo conoces ese método?
-Mi hermana Andrómeda lo intentó con el padre de su marido. Quería engañar a mi familia para que no se supiera que él es un sangre...
-Pero la descubrieron ¿no es cierto? ¿por qué piensas que a nosotros sí nos funcionará?
-Porque no cometeremos los mismos errores. Fabricaremos un árbol genealógico, y yo filtraré las historias y anécdotas pertinentes. Todo el mundo se lo creerá.
Severus la miró pensativo, evaluando sus palabras. Nunca había pensado en hacer pasar a Astrid por una squib.
-Pero eso supondría hacer pública su existencia.
-Es lo más seguro -insistió Narcissa-. Tarde o temprano, alguien más os descubrirá, al igual que lo he hecho yo. No puedes borrarle la memoria a todo el mundo. Y sabes muy bien que los demás mortífagos te están vigilando. Todos sospechan de ti, Severus.
-Estás engordando tus mentiras, Narcissa.
-¿Crees que miento? -ella se secó la cara con las manos temblorosas-. Precisamente, es tu exceso de secretismo el que te pone en evidencia. La escondes con tanto ahínco que muchos se preguntan qué escondes realmente. Lucius aún confía en ti porque piensa que eres su amigo, pero incluso él ve muy extraño que tu casa esté protegida por el encantamiento Fidelio.
-No dices más que tonterías.
-Tu obsesión por esconder a esa muggle es tu debilidad -le espetó ella-. Deja que los demás la vean, y perderán su interés.
Severus no dijo nada, pensando en lo que debía hacer. A pesar de su máscara impenetrable y fría, Narcissa pudo ver que abría y cerraba las manos, inquieto.
-Tú la quieres ¿no es cierto?
-¿Acaso importa? -preguntó él, apretando las manos con fuerza.
-Es la única razón por la que harías algo tan estúpido -le espetó ella. Pero él había fruncido el ceño, enfadado-. Si la quieres, piensa en lo que es mejor a largo plazo. De alguna forma tendrás que explicar la existencia de tu hijo -le recordó.
Severus apretó los labios, pero tenía que reconocer que Narcissa tenía razón. No podría hacer desaparecer a Astrid y a los bebés eternamente. A regañadientes, guardó la varita en el bolsillo.
-¿Y qué pedirás a cambio de ayudarnos? -Snape arrastró las palabras, preparándose para lo peor.
Narcissa le miró sorprendida, pero en seguida controló su alivio. No era estúpida, y sabía que no podía abusar de su suerte. La confianza de Severus pendía de un hilo, y no podía arriesgarse a romperla.
-Quiero que termines la poción -susurró-. Este tratamiento... es muy importante.
-Lo haré una vez que Astrid esté a salvo -dijo él, ante la mirada angustiada de ella-. Como comprenderás, no podré fiarme de ti hasta que este asunto esté solucionado.
-Eso podría llevar años -las lágrimas volvían a caer por la cara de Narcissa.
-Razón de más para esmerarte con la coartada -Severus sonrió fríamente-. Anímate. Piensa en la alegría que sentirás al tener entre tus brazos al heredero de la casa Malfoy.
Narcissa se secó la cara con rabia, pero agachó la cabeza resignada.
-De acuerdo. Haré todo lo que esté en mi mano.
Severus se acercó a la cama muy despacio, y lentamente, alargó su mano hacia Narcissa. Ella le miró sorprendida, pero se la estrechó.
-Más te vale que así sea. Si se te ocurre traicionarnos, te mataré -la amenaza de Severus sonó con claridad, a pesar de sus palabras siseantes.
Narcissa puso una mano sobre su vientre.
-Aunque no te lo creas, mi vida no es lo más importante, Snape.
Harry no sabía qué hacer. Snape y Astrid se habían encerrado en su laboratorio para experimentar con la nueva poción, y Narcissa se había dignado a abandonar la cocina, para hablar con Adrien.
Harry se sentía incomodo con la presencia de Narcissa Malfoy en la casa. Daba igual lo que los demás dijeran, él no confiaba en la mujer. También le había llamado la atención cómo ella y su hijo se rehuían mutuamente. De hecho, hacía casi una hora que Draco no daba señales de vida, sin que ella pareciese preocupada.
Procurando evadir la situación, Harry salió de la casa, y casi de dio de bruces con Iván y Kate, quienes estaban sumidos en una conversación en voz baja.
-¿Cuándo se lo vas a decir? -escuchó que preguntaba Iván.
-Eso es asunto mío -replicó ella-. No creo que sea el momento adecuado.
-Para ti nunca lo es. Si sigues postponiéndolo, se darán cuenta, y entonces será peor.
-¿Puedes dejar de agobiarme? Bastante tengo con... ¡Hola, Harry! -se interrumpió Kate, mirando al recién llegado.
Iván se giró como un resorte, mirándole con el ceño fruncido. Harry se sintió repentinamente intimidado al verse observado por esos dos pares de ojos oscuros y penetrantes. De nuevo, el instinto le gritaba que sacase la varita y se pusiese en guardia. Pero la mueca de Iván fue sustituida al instante por una amplia sonrisa de bienvenida.
-¿Qué tal estás? -le preguntó con afabilidad-. Veo que has sobrevivido al entrenamiento.
Harry se rio por lo bajo, sin saber cómo contestar.
-No te envidio en absoluto -dijo Kate-. Creo que aún tengo secuelas de los duelos con mi padre.
-¿De verdad? -preguntó Harry. Los hermanos Snape cruzaron una mirada, sonriendo de forma traviesa.
-Esto es de un Incendio que no pude parar -Kate se subió el bajo de la túnica, revelando una marca de quemadura en el gemelo de su pierna.
-Y yo todavía tengo una laceración en las costillas que no consigo curar -indicó Iván, tocándose el costado.
-Tímpano roto -ella se señaló el oído izquierdo.
-Eso no es nada, la córnea de este ojo esta dañada -Iván apuntó a su ojo derecho. Harry los miraba alternativamente, alarmado por lo que estaba escuchando, y sorprendido por la naturalidad con la que hablaban de ello-. Y no me hagas hablar del pánico a los lugares pequeños y oscuros -añadió Iván. Kate le miró de reojo, y luego miró a Harry. Las comisuras de sus labios temblaron, como si estuviese conteniendo la risa.
-¿En serio os ha hecho todo eso? -se atrevió a preguntar Harry. Había experimentado en su propia carne lo violento que podía ser un duelo contra Snape, pero que hiriese así a sus propios hijos...
Entonces, Iván y Kate ampliaron sus sonrisas, y comenzaron a reír. Harry comprendió que se estaban burlando de él.
-Perdona, era demasiado tentador -se disculpó Kate, aun riendo-. Este idiota se cayó de la escoba cuando estaba intentando atrapar a un dragón -explicó, señalando a su hermano.
-Y ella se dejó una poción explosiva sin atender -replicó Iván, mirándola con sorna.
-Sólo fueron dos minutos -protestó ella, como si fuese la centésima vez que escuchaba aquello.
Pero Iván se estiró en toda su estatura, frunció el ceño y entrecerró los ojos, logrando replicar con exactitud la mueca de desagrado de Snape.
-Dos minutos son más que suficientes para echar a perder la mejor de las pociones, Katherine -siseó, arrastrando las palabras en una parodia perfecta de la voz de su padre. A Harry se le puso la piel de gallina al escuchar su voz. Pero Kate cerró el puño y golpeó a su hermano de forma amistosa en el costado-. No hace falta que te pongas así -protestó Iván.
-Te lo mereces, por payaso -replicó ella. Entonces volvió a mirar a Harry-. ¿Entonces qué? ¿estas aprendiendo algo?
-A levantarme del suelo -contestó Harry, a modo de broma. Ellos se rieron de aquello.
-Levantarse es lo más duro -concedió Iván-. El siguiente paso es no caerse cada vez que te lance una maldición.
-Supongo que habrá algo más -insistió Kate. Harry capto el sutil tono serio detrás de su pregunta.
-Hay un hechizo... no sé si es un hechizo. Se lo he visto hacer últimamente, pero no sé cómo lo hace -Harry no sabía cómo explicarlo-. Él me ataca siempre de frente, pero el hechizo me golpea por la espalda.
-Oh, el hechizo búmeran -sonrió Iván.
-No lo llames así, no es un búmeran en absoluto -le regañó Kate-. Es un hechizo de invocación inversa -explicó, dirigiéndose a Harry-. No es tan difícil, una vez que conoces el truco -la joven sacó su varita, y se acercó a Harry-. Normalmente, cuando haces un hechizo, la energía sale de la varita hacia fuera. Con un hechizo de invocación inversa, tienes que hacer que la energía venga a ti.
-Es más fácil si piensas en un Accio -apuntó Iván-. Es el mismo tipo de concepto.
-Sólo que no quieres atraer objetos, sino el hechizo al que quieres convocar -Kate miró a su alrededor-. Fíjate en la hiedra que cubre la pared de la casa. Si quisieras eliminarla ¿qué harías?
-Enviaría un Diffindo -respondió Harry.
-Pero podrías dañar la pared.
-No se te ocurra dañar la pared, Potter -Iván volvió a imitar la voz de su padre, y esta vez, Harry se rio. Kate miró a su hermano con una mueca de hartazgo.
-Sin embargo, con el hechizo de invocación inversa realizarías el hechizo desde la pared hacia afuera, cortando directamente las raíces de las plantas -siguió explicando-. Cuando invoques el hechizo, intenta tirar hacia ti con la muñeca y el hombro, así -indicó, haciendo el movimiento. Harry la imitó, comprobando que era justo lo opuesto de lo que normalmente haría al realizar el hechizo.
-¡Diffindo! -exclamó, pero no consiguió el efecto que deseaba. El hechizo golpeó la pared, haciendo un profundo tajo.
-No no, tienes que tirar hacia ti, no empujes -le corrigió Kate, sin parecer enfadada-. Mira, así. Diffindo -pero el hechizo de Kate salió con más fuerza de la esperada, empujando a la pared desde dentro de la casa, y destrozándola por completo. El impacto del hechizo les golpeó también a ellos, haciéndoles tropezar.
-¡Kate! ¿Qué haces? -preguntó Iván, alarmado. Pero ella no parecía escucharle. Trastabilló unos pasos hacia atrás, se tropezó y se dobló sobre sí misma, presa de unas violentas arcadas-. ¿Kate? ¡Kate! ¿Qué te pasa?
-¿Que ocurre? -Adrien y Narcissa salieron preocupados del salón. Harry se giró, y vio que, a lo lejos, Celine y Draco venían corriendo, alertados por el estruendo.
Kate seguía encogida sobre sí misma, sin poder levantarse. De pronto, comenzó a vomitar.
-Por Merlín -Narcissa se acercó a ella, arrodillándose a su lado. Esperó pacientemente a que Kate terminase de vomitar, y se apresuró a limpiarle la cara y la ropa-. Tranquila, no dejaremos que te vean así.
-¿Que está pasando? -Snape y Astrid también llegaban a la carrera, él con la varita en la mano, listo para cualquier cosa, y Astrid justo detrás de él, con una mano levantada. Su anillo de bodas brillaba, envolviéndola en un halo azul. Cuando vieron a Kate, se acercaron a ella, Astrid agachándose a su lado, y Snape mirando a su alrededor, evaluando los daños y el alcance del hechizo.
-Kate, tranquila ¿estas bien? -le preguntó Astrid. Su voz mostraba preocupación, pero observaba a su hija con ojo profesional, fijándose en su temperatura, su pulso y en el tamaño de sus pupilas-. ¿Qué ha pasado?
-Sólo estaba haciendo un pequeño hechizo -explicó Iván-. Nada fuera de lo normal.
Snape no dijo nada, y se limitó a mirar con preocupación hacia su hija, quien respiraba de forma agitada. Astrid seguía intentando tranquilizarla.
-No pasa nada, no te preocupes por la pared -dijo con voz calmada-. ¿Tú estás bien?
Kate miró a su alrededor, abrumada, pero sus ojos se centraron en sus padres. Se humedeció los labios, nerviosa, antes de decidirse a hablar.
-Papá... mamá... Estoy embarazada.
