Durante unos segundos, nadie se atrevió a moverse ni a decir nada.

–¿Embarazada? –Astrid la miró de arriba abajo, sorprendida.

–Te lo dije –la voz de Snape les sobresaltó, pues mostraba cierto tono de inesperada satisfacción. Todos se giraron hacia él, sorprendidos por sus palabras, y los ojos de Astrid le fulminaron con indignación.

–¿En serio, Severus? –preguntó irritada–. ¿De todas las cosas que puedes decir, te decantas por eso?

Snape tomó conciencia de los ocho pares de ojos que continuaban fijos en él, y se encogió de hombros. Astrid volvió a volcar su atención en su hija.

–No le hagas ni caso –murmuró, ayudándola a ponerse en pie.

–No es posible ¿cómo lo sabías? –preguntó Kate, aun conmocionada.

–No es la primera vez que parte de la casa se viene abajo debido a los efectos de un embarazo mágico. ¿Podéis ocuparos de la pared? –preguntó Astrid, mirando a sus otros hijos.

–Sabes que no me refiero a eso. Es la primera vez que me ocurre –protestó Kate, mirando a su padre.

–Los vampiros te olieron durante el ataque de Glasgow –respondió él–. Hicieron comentarios acerca del olor dulzón que desprendía la medimago que escapó de ellos –Kate abrió mucho los ojos, y de forma instintiva se puso una mano sobre el vientre.

–Vamos a hablar de esto con tranquilidad –intervino Astrid, tirando del brazo de Kate.

Snape y Narcissa las siguieron, dejando a los chicos atrás. Cuando los perdieron de vista, Celine se encaró con Iván.

–Tú lo sabías ¿no? –preguntó, con voz acusadora. Él esbozó una expresión de culpabilidad.

–Si te sirve de consuelo, estaba intentando convencerla para que os lo dijera –se defendió él.

–A papá no le va a gustar nada –dijo Adrien–. Ya se enfadaba cuando iba a los ataques, imagínate como se pondrá ahora que sabe que estaba embarazada cuando se ponía en peligro.

–Por Merlín, ni siquiera les había dicho que tiene novio –Celine se frotó las manos, nerviosa.

–¿No habías dicho que tus padres ya lo sabían? –preguntó Draco, desconcertado.

–No, dije que mis padres lo sospechaban. No es lo mismo.

–¿Tú le conoces? –Adrien miraba a su hermano.

Iván evitó mirarle, aprovechando que estaba estudiando cómo reconstruir la pared.

–Le he visto un par de veces –confesó al final–. Kate me invitó a cenar en su apartamento para presentármelo.

Celine bufó, cruzándose de brazos, y Adrien también parecía decepcionado.

–Podrías haber dicho algo –gruñó ella.

–No era mi secreto, Celine.

–Pero ahora sí nos lo puedes contar ¿no? –insistió Adrien–. Se trata del novio de nuestra hermana, no de los secretos más oscuros de Quien-Tú-Sabes.

–Mira que sois pesados –masculló Iván, cruzándose de brazos–. Vale, os lo contaré, pero esta información no ha salido de mi boca. Y eso también va por vosotros –añadió, señalando a Harry y a Draco–. Se llama William Turner, es enfermero, es muggle, pero su hermano pequeño es un mago, por eso sabe de la existencia de la magia –explicó–. Se conocieron en el hospital donde trabaja mamá, cuando Kate hizo las prácticas antes de ser aceptada en San Mungo. Y sí, el bebé les ha pillado por sorpresa y no saben qué hacer ¿Estáis contentos?

Draco estuvo a punto de preguntar si Snape no estaría molesto ante la idea de tener un nieto mestizo, pero se contuvo al comprender que eso no importaría demasiado en una familia en la que la gran mayoría de los miembros eran mestizos. De hecho, la conversación que se desarrollaba dentro de la casa giraba en torno a un tema muy distinto.

–¿Pero por qué lo ocultabas? ¿Por qué no nos dijiste nada? –preguntó Astrid.

–No encontré el momento adecuado –respondió ella, sabiendo que no era la mejor excusa.

–Kate, vas a tener un hijo ¿cómo puedes decir que no encontraste el momento? –insistió Astrid.

–Pasaron demasiadas cosas –explicó Katherine–. Comenzaron a fugarse más presos de Azkabán, tuvisteis problemas con todo ese asunto de Dumbledore y Draco, el Señor Tenebroso volvió a las andadas... no quise que dejaseis de atender a vuestros problemas para ocuparos de mí. Sé que lo habríais dejado todo para cuidarme, y eso quizá os hubiese puesto en peligro.

–No seas tonta, Kate, tú eres más importante que todas esas cosas –dijo Astrid–. Y jamás nos habríamos descuidado tanto como para ponernos en peligro –Katherine inclinó la cabeza, avergonzada.

–Lo importante es que el bebé esté bien –Narcissa intervino, tratando de calmar el ambiente.

–Mañana vamos al hospital, y lo comprobamos. Las explosiones de magia durante el embarazo son normales, pero impredecibles. Celine me hizo desaparecer el bazo –indicó Astrid. Kate se pasó una mano por el vientre, preocupada. Entonces miró a su padre, quien se había mantenido en silencio durante toda la conversación, con una expresión ilegible en su cara.

–¿No dices nada? –le preguntó con timidez.

–Quiero hablar con William –dijo él, ganándose las miradas sorprendidas de las mujeres.

–¿Cómo?

–Llámale para que venga –insistió Snape, y su voz no admitía réplicas.

Katherine miró a su madre, sin saber qué hacer, pero finalmente se levantó y salió de la sala para buscar el teléfono y llamar a su novio.

–Severus ¿qué te propones? –preguntó Astrid, mirando a su marido.

–Si quiero incluir a William en el hechizo de protección, necesito que esté presente –él respondió escuetamente, encogiéndose de hombros.

–Podrías haberlo dicho antes –le regañó Narcissa–. La pobre chica está muy asustada.

–¿Asustada? Aún no he hablado con ella, no tiene motivos para asustarse –replicó Snape, sombrío.

–¡Severus! –le reprendió Astrid.

–¿Qué?

–No te pases. No es como si nosotros hubiésemos actuado de forma diferente.

Pero Snape no dijo nada. Obviamente, para él la situación no era la misma.

A pesar de todos sus esfuerzos por ocultar la existencia de Astrid, Severus comenzó a temer que sus compañeros mortífagos sospechaban de algo.

El primer indicio había sido un comentario, aparentemente inofensivo, de lord Vóldemort, aludiendo al rastro de magia antigua que había localizado en Severus. Se refería por supuesto al hechizo con el que Dumbledore les había unido en matrimonio, pero el mortífago había permanecido impasible, haciendo uso de la Oclumancia, y había mentido a toda prisa, diciendo que se trataba de un escudo protector.

Su treta, sin embargo, no funcionaba con sus compañeros más perspicaces. Tal y como había dicho Narcissa, era su exceso de celo y el intenso secretismo con el que protegía su vida privada, lo que le delataba.

Todos los mortífagos tenían secretos y cosas que ocultar, pero Severus era el único que escondía absolutamente todo. Muchos se preguntaron qué era exactamente lo que Severus estaba ocultando con tanto ahínco.

Cada vez más preocupado, Severus comprendió que Narcissa tenía razón, y que tarde o temprano, alguien terminaría descubriendo la existencia de Astrid. Quizá, lo más inteligente sería adelantarse a los acontecimientos.

–Debemos desvelar tu existencia, pero de forma que controlemos la narrativa –le explicó a Astrid. Ella le estaba escuchando muy atenta, pero nada convencida.

–¿Estás loco? ¿Después del trato que has hecho con Dumbledore, vas a sacar todo a la luz?

–No se trata de dar toda la información, tan sólo los detalles más imprescindibles –insistió Severus –. No pienso hacer un anuncio multitudinario, pero quizá, si te presento a unas pocas personas... eso será más que suficiente para calmar su curiosidad y que dejen de investigarme.

–Pero Severus ¿qué pasará cuando descubran que soy muggle?

–Esa es la parte importante, no vas a ser muggle. Te presentaré como una squib.

–Pero tú me dijiste que los squib tienen una huella mágica de la que carecen los muggles ¿no crees que los mortífagos se darán cuenta de que no tengo ni rastro de magia? ¿O piensas que la magia de los bebés me camuflará? –Astrid se abrazó el vientre.

–No, no vamos a decir nada de tu embarazo, sería demasiado arriesgado. Te camuflarás con mi magia.

–No lo entiendo.

–Narcissa me ha hablado de esto. Es una Gema Vínculo –Severus le mostró una pequeña piedra, de forma irregular, que parecía brillar con un halo azulado–. Me ha llevado mucho tiempo encontrarla, pero creo que podría ser la solución a nuestro dilema.

–¿Narcissa? ¿De verdad te fías de ella?

–Ya te hablé de nuestro acuerdo.

–Eso no significa que sea de fiar ¿cómo sabes que no nos traicionará? ¿y si esta piedra es una trampa? –Astrid miraba a la Gema Vínculo con desconfianza.

–La vida de sus futuros hijos están en mis manos. Narcissa no hará nada que arruine sus posibilidades de convertirse en madre.

–No me puedo creer que estés jugando con eso –suspiró ella, agitando la cabeza. Pero conociendo a Severus, sabía que nada de lo que dijese le haría cambiar de opinión, así que decidió confiar en su juicio–. Y esta piedra ¿qué se supone que hace? –cogió la gema y la giró entre sus dedos, mirándola con curiosidad.

–Si se divide, los pedazos de la gema permanecen comunicados entre sí. Si tú tienes un fragmento y yo otro, deberían actuar como puente entre nosotros, y cualquiera que te observase podría notar una mínima presencia de magia, que no sería más que un eco de la mía –explicó él–. Sería más que suficiente para que pudieses hacerte pasar por squib.

–¿Y tus compañeros... se contentarán con eso? –Astrid no terminaba de estar convencida–. ¿No investigarán mi árbol genealógico?

–Falsificaremos la historia de tu familia. Al fin y al cabo, nadie sabe quiénes eran tus padres –Severus hablaba con más confianza de la que sentía.

La pregunta de Astrid le causaba inquietud. Precisamente, los mortífagos que más insistencia estaban mostrando en conocer sus secretos, eran los más obsesionados con la pureza de sangre. Esperaba que Narcissa fuese capaz de inventar una buena historia para explicar la existencia de Astrid.

El caos había inundado la cocina de los Snape.

La amplia estancia estaba llena hasta los topes de gente que se movía de un lado para otro, hablando, riendo, trabajando a toda prisa, y de alguna manera, sacando adelante la cena.

Harry había visto un trajín similar en casa de los Weasley, pero normalmente, Molly siempre estaba al frente de los preparativos, controlándolo todo, y a veces sacando provecho de la ayuda de los demás.

Los Snape, sin embargo, no tenían tal jerarquía. En la cocina, todos tomaban decisiones, discutían por la elaboración de las recetas, y movían los utensilios de cocina de un lado a otro sin preguntar a los demás.

Harry y Draco fueron arrastrados hacia una encimera, y antes de darse cuenta, estaban cortando verduras, rodeados por la bulliciosa animación que parecía ser costumbre los domingos por la tarde. Ambos se miraron de reojo, sin decir nada. A esas alturas, nada podía sorprenderles de esa familia.

El tema de conversación general se centraba en la inminente llegada de William. Se sucedían las bromas al respecto, y las risas a costa de la pobre Kate estaban aseguradas. Sin embargo, Harry podía ver que nadie era excesivamente cruel, y que, en el fondo, todos los miembros de la familia estaban afrontando los recientes eventos como algo positivo.

Cuando finalmente William hizo acto de presencia, Kate le presentó a sus padres, y los cuatro quedaron un poco apartados, mientras los demás esperaban en la cocina, para no interrumpirles.

Adrien, Iván y Celine espiaban desde la puerta de la cocina, acompañados por Narcissa. Los cuatro bromeaban en voz baja, elucubrando acerca de los detalles de la incómoda reunión que se estaba llevando a cabo en el salón.

Draco miraba a su madre desconcertado, sin llegar a acostumbrarse a la forma amable y animada que Narcissa tenía para tratar a los chicos, con una alegría que no tenía nada de fingida, pero que contrastaba con el frio comportamiento que tenía con él, y por supuesto, con Harry, a los que ignoraba, como si no les viera o no quisiera gastar energía en tratar con ellos.
Celine, dándose cuenta de todo lo que pasaba, se acercó a él.

–Tranquilo –susurró, cogiéndole de la mano.

–¿Es siempre así? –preguntó él, en voz baja, señalando con la cabeza hacia su madre.

–Nunca la he conocido de otra forma –respondió ella, imaginando el dolor que sus palabras causaban en él.

Harry también se estaba dando cuenta de que algo raro pasaba. Él ya había conocido a Narcissa, y por experiencia sabía que no le agradaban en absoluto ni los muggles ni los mestizos, pero esa visión contrastaba con lo que estaba viendo y con lo que le habían contado los hermanos Snape.

Miró a Draco y adivinó que el joven estaba tan extrañado como él, además de dolido y celoso. Por un momento, sintió el regusto de la cruel satisfacción al ver al joven Malfoy así, pero luego se acordó de que a él le había pasado algo igual. Durante años, Harry había visto cómo sus tíos mimaban a su primo, mientras que él tenía que dormir en la alacena debajo de las escaleras.

No era la misma situación, ya que Draco había tenido siempre todos los caprichos que se le habían antojado, pero en ese momento, al ver cómo Narcissa bromeaba con Iván y Adrien mientras su propio hijo permanecía apartado en un rincón, ignorado por ella, Harry sintió una especie de extraña conexión con él. Porque él sí que sabía lo que se sentía al ser ignorado como si fuese invisible, y a veces despreciado, sin formar parte de lo que se suponía que era su familia.

Sintió compasión por él, y entonces recordó la conversación que poco antes había tenido con Dumbledore, comprendiendo la moraleja: no debía juzgar a los demás por lo que hacían sin saber antes qué les había impulsado a ser así.

Harry había comprendido que Draco era un adolescente normal, como él, con sus errores y sus defectos. Un chico que haría cualquier cosa con tal de agradar a sus padres, hasta el punto de hacerse mortífago.

Antes de que pudiese pensar en lo que hacía, Harry se acercó a Draco y le tendió una de las cervezas que habían puesto a enfriar. También abrió dos más, para Celine y para él.

Draco le miró sorprendido, pero no acertó a decir nada. Se miraron a los ojos durante un buen rato, midiéndose, evaluándose, pero sin tanta enemistad como solían compartir otras veces

¿Había algo de complicidad en ese gesto? No lo sabían, pero al menos no se insultaban ¿Eran amigos? Por supuesto que no, pero tampoco eran enemigos. Por un momento hasta pareció que se sonreían.

Celine, quien lo había visto todo, les miró alternativamente y sonrió. Entonces, les abrazó a los dos con fuerza, asombrándoles.

–Pero qué tontos sois los hombres –dijo, dejando a los chicos sorprendidos.

Draco y Harry cruzaron una mirada, como diciendo "¿Y a esta qué le pasa?" y no pudieron evitar reírse ellos también.

En silencio, procedieron a beberse la cerveza.

A cientos de kilómetros de allí, totalmente ajena a lo que ocurría en la casa de los Snape, Ginny Weasley miraba a través de una ventana, esperando ver aparecer una lechuza blanca.

No había recibido ninguna noticia de Harry desde que le había llamado Dumbledore, y todas las cartas que ella le había mandado le eran devueltas, sin ser entregadas y sin respuesta.

Ginny estaba preocupada, ya que aunque sus tíos habían tratado de ocultárselo, había terminado por enterarse de los ataques de los mortífagos en Edimburgo y en Glasgow, además de lo que les había pasado a los padres de Hermione, y presentía que Harry estaría involucrado de alguna forma en esa situación tan peligrosa.

Ginny fue sacada de su ensimismamiento por un ruido atronador en la planta baja. Parecía que algo se había caído al suelo, rompiéndose. Estaba sola en la casa, así que se puso en alerta y salió de la habitación, con la varita en la mano.

El instinto y la mente le gritaban que se escondiese y se quedase muy quieta para no llamar la atención, pero aun así, ella siguió adelante, muy despacio, procurando no hacer ruido, hasta llegar al salón. Allí vio la enorme alacena de su tía, donde se guardaba la vajilla, tirada en el suelo, con los trozos de loza dispersos por la alfombra.

La chica se sorprendió mucho, ya que el mueble era tan grande y pesado que era imposible que se hubiese caído solo, y se acercó a los restos, con cuidado de no pisar nada. Los cristales de las ventanas también estaban rotos, y Ginny pudo ver en los pedazos de uno de ellos su propio reflejo, un poco distorsionado. También vio una figura encapuchada detrás de ella.

Se giró con rapidez, dispuesta a defenderse, pero el encapuchado fue más rápido que ella y la lanzó hacia atrás con un potente rayo.

Ginny rodó sobre sí misma, evitando la segunda maldición, y respondió con un potente hechizo. Siguió moviéndose, con la espalda contra la pared, resistiendo como podía, sin dejar de lanzar hechizos contra su atacante.

Llegó a la puerta de la cocina, y se escurrió por ella, evitando por los pelos el impacto de una maldición. Dentro de la cocina, se dio de bruces contra otro encapuchado, quien la cogió por los brazos, inmovilizándola.

Ginny le dio una fuerte patada, a la vez que gritaba un encantamiento. Las piernas del mago se convirtieron en gelatina, y él cayó al suelo, soltándola.
Ginny saltó sobre él, corriendo hacia la puerta trasera. Si conseguía salir de la casa, podría desaparecerse.

Pero la puerta se abrió antes de que ella la tocase, revelando la temible figura de Bellatrix Lestrange.

Ginny se paró en seco, con la mente momentáneamente en blanco.

Vio la maldición venir hacia ella, y su instinto le hizo saltar hacia un lado.

–¡Crucio! –oyó gritar, y al instante, un dolor intenso, la atravesó, haciéndola gritar.

Ginny se retorció, tratando de resistir, mientras la risotada cruel de Bellatrix acompañaba a sus gritos.

Al día siguiente, Snape volvió a llamar a Draco y a Harry para que le acompañaran al bosque, para un nuevo entrenamiento.

Al mortífago no se le había olvidado el verdadero motivo de la presencia de los chicos en su casa, y no tenía ganas de aplazarlo durante más tiempo.

Draco y Harry caminaban detrás de él sin poner mucho entusiasmo, ya que recordaban cómo había sido el último duelo, aunque también tenían muchas ganas de revancha y de no dejarse ganar.

–Oye Potter –susurró Draco–. No sé tú, pero yo no pienso volver a acabar en el suelo.

–¿Qué propones? –preguntó Harry de la misma manera. No se fiaba del todo de Draco, pero estaba dispuesto a escuchar lo que quería decirle.

–Podríamos atacarle a la vez, no creo que pueda parar los dos hechizos.

–De él me espero cualquier cosa –susurró Harry, pero entonces se acordó de cómo habían luchado contra la mantícora–. ¿Y si uno se pone a su espalda? No podrá atacarnos a los dos al mismo tiempo.

–Veo que piensas, Potter –sonrió Draco, imaginándose la escena–. ¿Quién lo hace?

–Eso da igual, el primero que logre escapar de su atención.

–Ya basta de charla, poneos en vuestras posiciones –gruñó Snape, sospechando de ellos.

Harry y Draco obedecieron, y antes de darse cuenta, se encontraron luchando contra Snape.

El mortífago se olvidó enseguida de sus recelos iniciales, al ver que los chicos seguían tan descoordinados como unos días antes, y se permitió bajar la guardia.

Sin embargo, ellos estaban totalmente pendientes de lo que hacía el otro, y poco a poco se iban distanciando, para poder rodear a Snape, pero como luchaban de forma tan patética, él no se dio cuenta de sus verdaderas intenciones hasta que fue demasiado tarde.

Draco se quedó frente al profesor, y le distrajo con una serie de hechizos y maldiciones que Snape paró sin dificultad antes de derribarle. Entonces se volvió hacia Harry... pero Harry no estaba.

El instinto hizo que Snape se girara del todo para mirar a Harry, dándole la espalda a Draco.

El rubio aprovechó esa oportunidad para atacar al profesor, quien no pudo volverse a tiempo, y vio con satisfacción cómo su hechizo le golpeaba en la espalda, instantes antes de que Harry hiciese su movimiento.

Sin embargo, Harry recordó su conversación con Kate, y en lugar de lanzar el hechizo como se esperaba de él, hizo el encantamiento a la inversa, de tal forma que ambos hechizos golpearon a Snape en la espalda, lanzándole por los aires.

El mago golpeó el suelo con fuerza. Por un momento, los chicos se preocuparon al ver que Snape no se movía, pero el profesor no había sido herido de gravedad y finalmente se levantó, taladrándoles con la mirada.
Harry y Draco se encogieron instintivamente al imaginar la venganza que les esperaba sufrir, pero Snape se limitó a sacudirse el polvo de la túnica.

–Ya iba siendo hora –declaró, un tanto satisfecho al ver que sus esfuerzos por fin daban resultado y que la situación no estaba tan perdida como pensaba–. Veo que tu pequeño cerebro ha logrado aprender algo, Potter. Es posible que tenga la desgracia de verte sobrevivir a la guerra –siseó–. Pero no volveréis a tener otra oportunidad como esta.

Harry y Draco tuvieron que pelear contra él durante buena parte del día, y descubrieron que el profesor no iba a volver a ponerles la victoria tan fácil, pero esos no les importó.

Ya le habían derrotado una vez, y si querían, podrían volver a conseguirlo... si colaboraban.

La Madriguera estaba extrañamente silenciosa. Hermione por fin había cedido al sueño, ayudada por un brevaje preparado por la señora Weasley, y todos los demás estaban en sus respectivos trabajos.

Tan sólo Ron se sentaba en la enorme mesa de la cocina, taciturno, sin saber qué hacer. Frente a él tenía los múltiples documentos que les habían entregado en el hospital, pero por mucho que los leyese, para él seguían sin tener sentido. En condiciones normales, Hermione le habría explicado la jerga médica, pues ella tenía más experiencia con el mundo muggle, pero en esos momentos, Ron no se atrevía a molestar a la joven por algo así.

Los últimos días habían sido muy duros para Hermione, y la breve esperanza que había sentido al ver a sus padres se había ido desvaneciendo poco a poco al escuchar las explicaciones de los médicos. Ron había tenido que insistir para llevarla de vuelta a la Madriguera para que descansase un poco.

Ron se pasó las manos por el pelo, despeinándolo. No comprendía por qué los padres de Hermione habían sido llevados a ese hospital tan raro, y le desconcertaba que los médicos supiesen tanto acerca de ellos. Y tenía la más extraña sensación en la parte de atrás de su cabeza, como si su mente estuviese intentando recordar algo que había olvidado.

En un rincón, el reloj familiar hizo un ligero ruido mecánico, y Ron miró hacia las manecillas por inercia. Entonces, su corazón se paró en su pecho, y él se levantó de un salto, tirando la silla al suelo.

La manilla que lucía el nombre de Ginny se había desplazado hacia el letrero que marcaba "peligro inminente"

Astrid regresó a casa, después de un día realmente duro.

Finalmente, había aceptado el cargo como directora de Urgencias, y entre sus nuevas labores se encontraba la preparación del departamento para los ataques que se producirían en unos días.
No había podido decirles a sus compañeros por qué pensaba que los mortífagos volverían a atacar, pero dada la situación de pánico que se vivía en el país, su decisión no parecía muy desacertada.

Aprovechando su nueva posición, había ordenado la preparación de la nueva poción curativa inventada por Snape.
Confiaba en que el equipo de preparación de pociones pudiese tener lista la cantidad suficiente antes del siguiente ataque.

También había planeado sus turnos para poder estar en el hospital durante los días del ataque, y así poder organizar el rescate y distribución de los heridos sin levantar sospechas.

En uno de sus escasos momentos libres, había subido a la unidad de Enfermos Sin Tratamiento Conocido, para preguntar acerca de los padres de Hermione.
El pronóstico no era bueno. Los señores Granger habían sido sometidos a las más variadas pruebas, escáneres y análisis, pero lo único que se había sacado en claro era que los señores Granger estaban en coma. Sus cuerpos se encontraban bien, sus mentes no mostraban daño alguno, pero la conexión entre ambos era inexistente. Y nada de lo que hacían conseguía despertarles.

Astrid se sentía frustrada al no poder hacer más, pero aún no estaba todo perdido. Snape estaba desarrollando una nueva poción con la sangre de unicornio, y ambos esperaban obtener grandes resultados con ella.

La mujer se encerró en el laboratorio de la planta superior, y al instante sus ojos cayeron sobre la carta que descansaba en la mesa. Snape ya la había leído, pero debía estar esperando a que ella la leyese también antes de responder.

La carta había sido enviada por su amigo Charles, quien ahora trabajaba en una empresa farmacéutica. Había sido él quien, a espaldas de Snape, había asistido a Astrid en sus inyecciones diarias para probar los efectos secundarios de la poción en humanos. También había sido él quien les había convencido de intentar encontrar compuestos muggles para fabricar las pociones, y poder venderlas fuera del mercado mágico.

Snape había accedido debido al reto que suponía, y porque la posibilidad de obtener fama y dinero por algo que él había fabricado alimentaba su orgullo. Astrid tenía una aproximación más práctica, y pensaba que un medicamento capaz de acelerar la curación supondría un ahorro de tiempo y recursos en el hospital.

La carta de Charles les informaba de las últimas novedades del proceso de la patente de la poción curativa, y se mostraba deseoso de proseguir el trabajo con la nueva poción. También les adjuntaba una lista de pequeños experimentos que podrían hacer por su cuenta antes de seguir adelante.

Astrid dejó la carta a un lado y reparó en que Snape había dejado todo preparado para llevar a cabo la primera prueba con la nueva poción. Imaginando que el mago no había tenido tiempo de completarla porque tenía que entrenar a Harry y a Draco, Astrid se puso los guantes y se dispuso a hacerlo ella.

Con mucho cuidado, rellenó una jeringuilla con la nueva poción, y sacó una pequeña rata de una jaula. Tras inyectarla con la poción, se echó hacia atrás, observando con atención.

Sentía muchísima curiosidad por ver si había algún efecto secundario. El animal se agitó molesto, pero aparte de eso no hizo nada extraño. Astrid estudió a la rata durante un buen rato, tomando notas en su cuaderno, pero no vio nada que pudiese interpretarse como efectos negativos.

Sabía que la anterior poción cicatrizaba al instante cualquier herida, y que la sangre de unicornio podía curar casi cualquier mal, así que, con mucho cuidado, siguiendo las indicaciones de Charles, procedió a anestesiar al animal, para extraerle sangre y también estudiar cómo cicatrizaba.

Sin embargo, Astrid no tenía mucha experiencia trabajando con animales, y de forma accidental, incidió de más con el bisturí, perforando una arteria. El chorro de sangre la salpicó, y Astrid vio, sobresaltada, cómo el animal moría desangrado, sin poder remediarlo y sin que la poción actuase.

Soltó una larga retahíla de palabrotas, seguidas por un suspiro de resignación y frustración, preguntándose cómo era posible que la sangre de unicornio hubiese anulado cualquier efecto curativo de la poción anterior
¡Después de todo lo que le había costado convencer a Snape de su idea! Cuando él se enterase, se iba a poner inaguantable.

Astrid salió del laboratorio para lavarse y para cambiarse de ropa, ya que estaba toda manchada de sangre, y luego regresó para deshacerse del cuerpo de la rata.

No dejaba de pensar en todas las cosas que podrían haber salido mal con la poción. Pero cuando entró en el laboratorio, vio que la rata no estaba donde la había dejado.

Confusa, Astrid siguió con la mirada el rastro de sangre que partía del charco color carmín de la mesa, y se giró al oír el ruido de unos cristales rompiéndose.

El corazón de Astrid se paró en su pecho y la mujer tuvo que agarrarse a una mesa para no caerse de la impresión. Frente a ella, la rata la miraba gruñendo, completamente viva.

La herida de su cuello se había cerrado.