Astrid no llegó a gritar, pero su impresión se transmitió a través de su anillo mágico a los otros miembros de la familia.

Snape recibió como un golpe aquel grito mudo, envuelto en miedo, asombro, incredulidad, además de una repentina debilidad, y no dudó en abandonar su duelo contra Harry y Draco para salir corriendo en dirección a la casa.

Adrien y Celine se apilaban frente a la puerta del laboratorio, pero sin poder entrar, ya que sólo Snape y Astrid podían pasar dentro. El mortífago les empujó y entró como un huracán, cerrando la puerta tras de sí, y se fijó en Astrid.

La mujer seguía sujeta a la mesa, con las manos tensas. Su cara estaba totalmente pálida, y sus ojos miraban al vacío, sin parpadear. Le temblaba todo el cuerpo, y no dio señales de oír llegar a su marido. Snape se puso delante de ella y la zarandeó para que reaccionara.

–Astrid, responde ¿Qué te pasa? ¡Astrid! –Snape tuvo que gritarle porque parecía que ella no le oía–. ¡Astrid! –finalmente, ella parpadeó y le miró aturdida, y por la cara que puso parecía que se iba a poner a reír y a llorar a la vez–. ¿Qué ocurre? –preguntó Snape. Al tocar los brazos de Astrid se dio cuenta de que estaban fríos, y de que la mujer seguía temblando.

–La rata... –susurró ella–. Mira a la rata.

–¿Qué le pasa? –Snape se giró y miró al animal, que daba vueltas por la mesa, rodeando un charco de sangre.

–Estaba... muerta. Totalmente muerta. Yo la maté. Yo la vi morir.

Snape observó el ir y venir del animal, y luego a su mujer.

–Astrid ¿estás segura de lo que dices?

–¡Claro que si! Mira esa sangre –Astrid señaló con un dedo tembloroso al charco rojo–. Yo le corté... vi cómo se moría...

Snape jamás había visto a Astrid en ese estado tan alterado, así que supo que no se estaba inventando nada. Descartó la idea de que se trataba de una broma pesada, porque los ojos vidriosos de Astrid no podían mentirle de esa manera y tuvo que asumir que la única explicación posible era que la rata había... vuelto a la vida.

Snape consiguió que la mujer se sentara y él hizo lo mismo, cogiéndole de las manos.

–¿Qué ha pasado? –preguntó con suavidad. Por el anillo seguía notando sensaciones caóticas provenientes de Astrid.

–Le-le inyecté la poción me-mejorada –Astrid estaba realmente afectada, y le costaba vocalizar con claridad y dejar de temblar–. Y-y luego... cometí un error... se desangró...

–¿No cicatrizó?

–No, se murió antes de que la poción hiciese efecto –Astrid trató de serenarse un poco–. Me había manchado de sangre, así que me fui a cambiar, y cuando regresé estaba... estaba...

–¿Viva?

Ella asintió, sintiéndose más tranquila. Snape se levantó y cogió a la rata para examinarle de cerca. El animal estaba cubierto de sangre, al igual que la mesa. Mirando con atención al animal vio que, en el cuello, por debajo de una estrecha franja de pelo más corto que el resto, había una fina cicatriz que poco a poco iba desapareciendo...

–¿Qué hemos hecho? –se preguntó.

Ginny abrió los ojos, pero sólo vio oscuridad. Tardó un momento en acostumbrarse a la escasa luz del lugar y en darse cuenta de dónde estaba.

Estaba tirada en el suelo de piedra de lo que parecía un sótano abandonado. No había ventanas, y la única salida al exterior era una puerta situada en lo alto de unas escaleras, que por supuesto, estaba cerrada.

De algún lugar venía el sonido de una especie de corriente de agua subterránea, pero aparte de eso, el lugar estaba en absoluto silencio.

Ginny intentó moverse, pero entonces descubrió que tenía las muñecas atadas a la espalda, y los tobillos también.

Su primer impulso fue gritar, pero algo le dijo que en aquel lugar seguramente no había nadie que quisiera ayudarla, así que decidió guardar silencio, aunque fuese por no darle gusto a sus captores.

Permaneció mucho tiempo a oscuras, sin poder moverse, preguntándose qué sería de su familia y de sus amigos. Y qué sería de Harry.
Tenía la sospecha de que su secuestro era un plan de Vóldemort para capturar a Harry, ya que cuando el chico se enterase de que la habían atrapado, iría a buscarla, y entonces caería en la trampa del Señor Tenebroso.

Ginny se acordó de que unos meses atrás, Harry había intentado romper con ella por ese mismo motivo, para no ponerla en peligro. ¡Cuánto se arrepentía ahora de haber insistido tanto para seguir a su lado! ¡Cómo se odiaba! Se le hizo un nudo en la garganta al pensar que Harry podría morir por su culpa...

Ron corría por el pasillo del Ministerio, detrás de su padre. El señor Weasley avanzaba a toda prisa, sin fijarse en lo que ocurría a su alrededor, abriéndose paso a empujones entre los magos y brujas que no se apartaban a tiempo de su camino. Su objetivo era el despacho del ministro de magia, Rufus Scrimgeour, y la visión de su rostro pálido y su expresión enfadada evitó que los Aurores le detuvieran.

–¡Scrimgeour! –gritó, al ver la figura del ministro, al final del pasillo. Este se detuvo y se giró hacia él, adoptando una expresión de seriedad.

–Arthur, esto no es necesario.

–¡Se han llevado a mi hija! ¿Qué tienes que decir a eso?

El ministro miró fugazmente a su alrededor, evaluando la presencia de los curiosos que comenzaban a arremolinarse a su alrededor.

–¿Podemos tener esta conversación en privado?

–¿Para que puedas engañarme con una sarta de mentiras?

–Arthur, te aseguro que el cuerpo de Aurores está buscando a tu hija. Todos nuestros esfuerzos se volcarán en encontrarla viva o...

–No se te ocurra terminar esa frase -siseó el señor Weasley, lívido de furia. Ron le miraba con cautela, pues nunca había visto a su padre tan enfadado, pero el ministro no parecía asustado.

–Te aseguro, Arthur, que no descansaremos hasta encontrarla, y enviar a sus secuestradores a Azkabán. Esta situación no puede repetirse -declaró, mirando de nuevo a su alrededor, y elevando la voz para que todos le escuchasen-. Si los mortífagos piensan que pueden regresar a sus viejas acciones...

–¡Señor ministro! ¡Señor ministro! –el Auror Kingsley Shacklebolt se acercaba a la carrera, con la varita en la mano–. ¡Los mortífagos están atacando el Departamento de Misterios!

Un gran clamor se alzó entre los presentes, y al instante, un gran número de magos y brujas se lanzaron a la carrera para intentar detener a los atacantes. Ron siguió a su padre, intentando no perderle entre la multitud.

–¡Papá! ¿Qué haces? Nosotros no somos Aurores.

Pero el señor Weasley le ignoró y siguió a la multitud.

–¡Al Atrio! ¡Están en el Atrio! –gritó alguien–. ¡No dejéis que escapen!

El señor Weasley y Ron se colaron en uno de los ascensores y siguieron a la multitud cuando las puertas metálicas se abrieron. Frente a ellos, junto a la fuente, tres mortífagos se batían en duelo, luchando por abrirse paso hacia las chimeneas.

–¡Deteneos en nombre de la Ley! –bramó Scrimgeour, blandiendo su varita–. ¡Apagad las chimeneas! ¡Cortadles el paso!

Pero antes de que los Aurores pudiesen obedecer, uno de los mortífagos lanzó una maldición asesina, golpeando al ministro en el pecho. Scrimgeour cayó al suelo, con la boca abierta y las facciones congeladas en una mueca de furia.

Una risotada flotó sobre los gritos de consternación, procedente de otro de los mortífagos.

–Es Bellatrix –Ron la había reconocido, y su piel se erizó al ver cómo la mortífaga blandía la varita como si fuese un látigo, abriendo el suelo del Atrio. El caos más absoluto se adueñó de los presentes. Algunos intentaban contraatacar y otros huír, y la noticia del asesinato del ministro corría de boca en boca.

Uno de los mortífagos aprovechó el repentino caos para salir corriendo hacia una de las chimeneas. Llevaba un maletín entre los brazos, y lo protegía con su cuerpo como si fuese algo de gran valor.

–¡Malfoy! –el señor Weasley le había reconocido por un mechón de pelo casi blanco que escapaba por debajo de la capucha.

Sin pararse a pensar, el señor Weasley se lanzó a la carrera tratanto de detenerle. Ron intentó seguirle, pero vio por el rabillo del ojo cómo el tercer mortífago, seguramente Rodolphus Lestrange, apuntaba al señor Weasley con su varita.

–¡Stupefy! –gritó, haciendo que el mortífago fuese lanzado hacia atrás. Bellatrix le oyó, y se giró hacia él, más que dispuesta a matarle.

Pero Shacklebolt se interpuso, creando una barrera mágica y protegiendo a Ron del ataque de la mortífaga. Bellatrix, sin embargo, no se entretuvo a luchar. Al ver cómo Malfoy escapaba por la chimenea, ella y su compañero agitaron sus varitas, creando una gran explosión.

Todos los presentes hicieron lo posible por ponerse a salvo, y tras unos segundos de desespesperada incertidumbre, consiguieron hacer desaparecer el humo y las llamas.

Pero era demasiado tarde. Los mortífagos habían escapado.

Los golpes en la puerta volvían a sucederse, interrumpiendo el tenso silencio que gobernaba el laboratorio.

–A este paso van a tirar la puerta abajo –suspiró Astrid.

–Dumbledore está aquí. Quiere hablar con vosotros –oyeron que decía Celine al otro lado de la puerta.

Astrid y Snape se miraron compartiendo idénticas expresiones de sorpresa, y salieron de su encierro a toda prisa. Efectivamente, Dumbledore les esperaba en el salón, acompañado por Narcissa.

–Albus ¿qué...?

–Me temo que no hay tiempo para cortesías, Astrid. Han secuestrado a Ginny Weasley –interrumpió el director, ahogando las palabras de la mujer.

En aquella habitación, todo el mundo sabía, por unas circunstancias o por otras, quién era Ginny, y todos miraron instintivamente hacia Harry.

–¿Qué? ¿Cómo? –preguntó preocupado.

–Hace unas horas, entraron en casa de sus tíos y se la llevaron por la fuerza –explicó Dumbledore.

–¿Adónde...?

–No sabemos qué han hecho con ella, pero tenemos la certeza de que está viva.

–¿Cómo lo saben?

–Quizá la principal prueba sea que su nombre sigue apareciendo en el reloj de la señora Weasley –Dumbledore hablaba con la voz pausada, controlando admirablemente sus sentimientos–. Aunque la hipótesis más razonable sea que quieren utilizarla como cebo para llevarte a una trampa.

Harry apenas estaba escuchando. Deseaba salir corriendo, llegar hacia donde estaba Ginny y sacarla de allí. Quería hacer cualquier cosa, no le importaba lo peligrosa que fuera, para ayudarla. El mero hecho de pensar que podrían estar haciéndole daño hacía que le hirviera la sangre.

Pero una voz dentro de su cabeza le dijo que no debía precipitarse, que tenía que actuar con cuidado y con frialdad, porque cualquier paso en falso podría suponer la muerte de Ginny.

Al igual que había pasado con Sirius.

"Piensa con la cabeza ¿no ves que es una trampa? Vóldemort quiere que vayas a por ella. Deja de comportarte como un crío y piensa en lo más sensato."

–¿Qué podemos hacer? –Harry sorprendió a los demás con su repentina seriedad.

–Lo primordial es averiguar dónde se encuentra para sacarla de allí. El señor Weasley ha acudido al Ministerio para intentar acelerar su búsqueda –Dumbledore escogió sus palabras con cuidado–. No creo que debas intervenir, Harry, a menos que sea necesario.

"Piensa con la cabeza"

–Lo comprendo –murmuró él, apretando los puños con fuerza.

Esta vez no iba a caer en la trampa. Esta vez, nadie moriría por su culpa.

Dumbledore y Snape le miraron sorprendidos, quizá porque esperaban otro tipo de respuesta.

–Me alegro de oír eso –admitió el director–. El resto de nosotros tendremos que agudizar los oídos para ver si encontramos alguna pista que nos lleve hasta Ginny. Narcissa, te he llamado precisamente por eso –añadió, girándose hacia ella. Narcissa, que no se lo esperaba, le miró sorprendida–. Tengo la sospecha de que quizá tu hermana tenga algo que ver en todo esto, así que te agradeceré... toda la ayuda que nos puedas prestar.

–Supongo que los favores hay que devolverlos -suspiró ella, con resignación, cruzándose de brazos. Dumbledore hizo caso omiso de eso y se giró hacia Snape.

–Severus ¿cuento con tu ayuda? –Snape se limitó a asentir–. Te lo agradezco igualmente. Ahora me tengo que ir, he de reunir al resto de la Orden. Espero que encontremos alguna pista antes de que sea demasiado tarde.

A Harry se le hizo un nudo en la garganta al oír eso, pero consiguió mantenerse sereno, pese a todo.

"Vóldemort no la matará. Vóldemort no le hará nada. La necesita para llevarme ante él..."

Las horas habían pasado sin que nadie abriese la puerta de la mazmorra. Ginny había conseguido tranquilizarse, aunque no dejaba de ser consciente de la gravedad de la situación. Se preguntó si su familia y Harry estarían a salvo.

Y entonces, cuando menos lo esperaba, la puerta se abrió, y Ginny pudo ver la figura de Bellatrix en lo alto de la escalera. El aspecto de la mortífaga era más desordenado de lo habitual, como si hubiese estado en una pelea. Pero su expresión era eufórica, y su sonrisa torcida revelaba sus dientes amarillentos.

–Vaya, vaya, la pequeña Weasley ha despertado –canturreó Bellatrix, con una falsa voz infantil–. ¿Estás cómoda, pequeña traidora? Espero que así sea, porque vas a permanecer aquí durante mucho tiempo –Ginny no dijo nada, porque no quería darle la satisfacción de insultarla ni de mostrarse débil, pero la miró fijamente, sosteniéndole la mirada con valentía–. ¿No dices nada? Mejor para mí, así no tendré que aguantar tus lloriqueos.

Detrás de Bellatrix se asomó una serpiente enorme, siseando ruidosamente, y la mortífaga se hizo a un lado para dejarla pasar.

–El Señor Tenebroso se preocupa tanto por tu bienestar que ha enviado a Nagini para que te haga compañía –explicó, con una sonrisa maligna–. Espero que la disfrutes... y que no la molestes. Cuando se irrita, Nagini se come a quien la hace enfadar –añadió cruelmente, antes de retroceder y cerrar la puerta, dejando a una aterrada Ginny a solas con esos dos puntos rojos que la miraban desde la oscuridad.

Draco daba vueltas por su cuarto, sin saber qué hacer. Podía oír el ajetreo que hacían los demás al ir de un lado para otro, preparándose, pero presentía que su ayuda no sería bienvenida.

Entonces, se fijó en la figura que le miraba desde la puerta. Narcissa le observaba con la mirada fría y distante que él tan bien conocía, pero el hecho de que se hubiese acercado a él voluntariamente le sorprendió.

–Voy a marcharme –le informó ella–. Es posible que tardemos en volver a vernos. Procura no meterte en problemas mientras tanto –Draco no respondió, sino que se limitó a mirarla en silencio, con los brazos cruzados y una expresión seria en la cara–. ¿Algún día dejarás de ser tan taciturno?

–Como si a ti te importara –le espetó él, sin ninguna gana de ser amable.

–¿Cómo le hablas así a tu madre? –preguntó Narcissa, escandalizada.

–¿A mi madre? ¿Qué madre? Nunca te has comportado como tal –le reprochó Draco–. Mírate, en todo el tiempo que has estado aquí no has cruzado una sola palabra conmigo, ni siquiera me has mirado, como si yo no existiera.

–Estaba ocupada –Narcissa tuvo la cortesía de parecer avergonzada.

–Ocupada cuidando de los hijos de Snape –dijo Draco, con mordacidad–. ¿Cuántos años llevas haciendo de su niñera? ¿Desde que nacieron Kate e Iván? ¿Cuántas noches has estado a su lado esperando a que se durmieran? ¿Cuántos cumpleaños has celebrado con ellos? ¿Cuántas veces has estado ahí, escuchando sus problemas? –preguntó, soltando todo el dolor que le atenazaba el pecho–. A veces parece que no es Astrid su madre, sino tú –Narcissa le miró dolida.

–Solamente ayudo a mis amigos.

–Claro, para tus amigos siempre estás disponible ¿no? Con ellos nunca tienes jaqueca, ni estás melancólica, ni tienes asuntos más importantes que atender. Apuesto que a ellos no les has recomendado las mejores niñeras de Gran Bretaña –Draco había elevado la voz, pero no le importaba–. Pues tengo una noticia para ti. Tienes un hijo ¿sabes? Y que yo sepa, los hijos son más importantes que los amigos.

–¿Cómo te atreves? –siseó Narcissa–. Después de todo lo que he hecho por ti... ¡Supliqué por tu vida! He tenido que reclamar un gran favor para que estés aquí.

–¿Lo has hecho por tu hijo, o por tu heredero? –Draco se encaró con ella, lleno de rabia–. Apuesto a que, si hubieses tenido más hijos, no te habrías molestado tanto.

En ese momento, la mirada de Narcissa se congeló en una mueca de rabia y odio. Le miró de arriba abajo, con desprecio.

–Tienes razón –concedió–. Ojalá no hubieses sido tú. Si hubiese podido elegir, no serías tú el que estaría aquí. Tú no deberías haber... –Narcissa se interrumpió, pero fulminó a Draco con la mirada rebosante de odio–. He sacrificado los mejores años de mi vida por ti y por Lucius. He mentido por vosotros. He pedido favores por vosotros. Todo lo que tenía, lo he dado por vosotros ¿Y todo para qué? ¡Para que mi única recompensa sea un crío ingrato ni siquiera me agradece el hecho de estar vivo! –la expresión de Narcissa se había deformado por la rabia, y en ese momento se parecía mucho a su hermana Bellatrix.

Draco se había quedado de piedra al oír eso, y apenas fue capaz de pronunciar unas palabras.

–Pero... toda la protección que me has dado... el favor que le debes a Dumbledore...

–Sólo estoy cumpliendo con lo que se espera de mí. Mi deber es mantenerte a salvo, y eso es lo que he hecho –masculló ella, sin mostrar una pizca de compasión–. Pero si tanto te desagrada mi sacrificio, estaré más que encantada de cortar cualquier lazo que me una a ti. Eres lo suficientemente mayor para que deje de preocuparme por lo que te pase. Yo ya he cumplido con mi parte. A partir de ahora, quedas en manos de Lucius –Narcissa moduló su tono de voz y adquirió la pose fría y distante que tanto la caracterizaba–. Y ahora, si me disculpas, me tengo que ir.

Draco vio cómo Narcissa salía por la puerta, pero no se movió: no podía. Jamás en toda su vida ella le había tratado con tanta crueldad y frialdad, y jamás, nada de lo que le había dicho le había dolido tanto.

Notó cómo una mano invisible le atenazaba la garganta, a pesar de sus esfuerzos por respirar, y cómo le empezaban a escocer los ojos. Veía borroso, así que cerró los ojos y se apoyó contra la pared, intentando cubrirse con la coraza de frialdad que le había protegido toda su vida.

Pero ni siquiera su escudo de orgullo y cinismo podía ayudarle en ese momento.

Las palabras de Narcissa volvían una y otra vez a sus oídos, taladrándole con su frialdad. Cerró los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas de las manos.

Un jadeo entrecortado luchaba por salir de su garganta, pero él debía mantenerse firme, no debía llorar, no debía llorar, los hombres no lloran, maldita sea, no debía llorar, no debía... no debía...

Sintió que se hundía en una especie de vacío sin fin, y notó cómo sus piernas le fallaban...

Pero unos brazos le rodearon, justo a tiempo, para envolverle en un cálido abrazo, con olor a limón.

Draco intentó apartarse, avergonzado; no quería que ella le viese así. Pero Astrid le abrazó con más fuerza, arropándole en sus brazos, impidiéndole estar sólo en su dolor. Como Draco no opuso resistencia, la mujer le siguió abrazando, susurrando algo muy bajito, como hacía para calmar a sus propios hijos cuando eran unos bebés.

El chico se aferraba a ella, sollozando, y Astrid podía notar cómo su cuello se iba humedeciendo poco a poco, en sintonía con los espasmos ahogados del joven.

Astrid podía sentir su dolor como si fuera propio, y sintió lástima, pero no dijo nada. Se limitó a apretarle contra ella, transmitiendo todo el cariño que se puede dar en un abrazo, y poco a poco, notó cómo Draco se tranquilizaba, aunque procuró no soltarle de inmediato, para no dar impresión de incomodidad.

A Draco nunca le habían abrazado de esa manera, como a un hijo, y lo agradeció internamente, deseando no haber sido tan estúpido, no haber juzgado tan mal a aquella mujer en un principio...

Cuando Draco se sintió capaz de mirar a Astrid, se separó de ella, apresurándose a secarse la cara. La mujer le miró sin asomo de burla, cerró la puerta y se sentó en la cama, haciendo que Draco se sentara a su lado.

–Lo he oído todo –dijo suavemente, a modo de explicación. Draco bajó la vista, avergonzado.

–Lo siento –murmuró.

–No eres tú el que debe lamentarlo –le interrumpió Astrid–. Tienes todo el derecho del mundo a exigir respuestas.

–¿Tu sabías...? ¿Todo lo que me ha dicho es verdad? Todo el odio que siente por mi padre y por mi... –Draco la miraba desconsolado.

Astrid se tomó su tiempo para responder.

–No del todo. Es cierto que tus padres tuvieron un matrimonio concertado, pero al principio sí se querían –explicó–. Estaban muy enamorados y emocionados por formar una familia. Pero luego las cosas cambiaron, y por lo que veo, Narcissa ha volcado toda la antipatía que siente por Lucius en ti también.

–¿Pero por qué? Yo no soy mi padre.

–Oh, cielos, esto es difícil de explicar –se lamentó Astrid, revolviéndose en su sitio–. Draco, lo que te voy a contar lo conoce muy poca gente. Sólo Severus y yo estamos al corriente de todos los detalles –Astrid se acomodó en la cama, girándose hacia él, y comenzó a hablar, muy despacio–. Como te he dicho, tus padres estaban muy enamorados. Querían tener una gran familia. Sin embargo, tuvieron muchos problemas a la hora de concebir, hasta el punto en el que pensaron que nunca podrían tener hijos. Debido a la cercanía entre sus familias, esto era algo que podían esperar, pero aun así, les afectó enormemente. Por eso Narcissa se involucró tanto cuando Iván y Kate nacieron. Ellos eran los hijos que ella no podía tener –explicó–. Pero no se rindieron. Hicieron todo lo que estuvo en su mano, probaron diferentes remedios, y tras varios años intentándolo, tu madre por fin se quedó embarazada.

–Esa historia ya la sabía –murmuró Draco, mirando al suelo.

–Pero lo que no sabes, es que Narcissa esperaba mellizos –reveló ella.

Draco la miró sorprendido.

–¿Como? ¿Tenía un hermano?

–Una hermana, Amelia –le corrigió Astrid–. Erais tan parecidos que costaba distinguiros. Tus padres se volcaron en vosotros, erais su pequeño milagro. Nunca había visto a tu madre tan feliz –la mujer sonrió débilmente, recordando aquellos momentos de dicha–. Entonces, cuando teníais dos años de edad, caísteis enfermos. Nadie sabía lo que os pasaba, y tus padres buscaron desesperados una respuesta, una solución que os salvase. Severus os estudió –explicó, mirando a Draco–, dijo que no se trataba de una maldición, sino de una enfermedad. Tras mucho insistir, consiguió que os trajesen a mi hospital. Allí os hicimos pruebas, y averiguamos que tu hermana y tú habíais nacido con un defecto genético. Una enfermedad que afecta al corazón.

–¿Genético? ¿Quieres decir que...?

–La familia de tu padre sufría de esa enfermedad, pero no se lo habían dicho a nadie. Creo que ni siquiera él lo sabía –Astrid agitó la cabeza con tristeza–. La solución a vuestro problema era un trasplante. Si no lo hacíamos, ambos moriríais.

–¿Qué es un trasplante?

–Cuando una persona muere, puede donar sus órganos, si están sanos. Estos órganos se asignan a personas que están enfermas, para curarlas –explicó Astrid. Draco abrió los ojos, horrorizado, y se llevó una mano al pecho–. No es algo malo, Draco.

–Pero entonces yo tengo... mi corazón, ¿no es el mío? –inquirió, sin poder creerlo.

–A estas alturas ya no importa ¿no crees?

–¿Como es posible que mis padres aceptasen algo así?

–Ese es el problema, tu padre no quiso dar su autorización –Astrid se puso muy seria–. Tu madre suplicó y lloró, pero necesitábamos el permiso de los dos. Él se negaba a acceder a lo que llamaba una abominación –la mujer guardó silencio durante unos segundos, luchando por encontrar las palabras. Carraspeó para poder continuar hablando–. Entonces, Amelia falleció. Ella estaba más débil que tú, no pudimos hacer nada –Astrid se pasó una mano rápidamente por los ojos, y parpadeó, tratando de no ponerse a llorar–. Y entonces, tu madre... Narcissa se vino abajo, tuvo un ataque de ansiedad. Tuvimos que sedarla y mantenerla aislada, por su propio bien. Estuvo encerrada durante mucho tiempo.

Draco abrió la boca, tratando de asimilar lo que oía.

–Mi madre... ¿estuvo encerrada en un hospital?

–Fue un episodio muy duro. Ella perdió por completo la cabeza. Tardó varios meses en recuperarse y poder volver a casa. Para entonces, todo había acabado, y tú te habías recuperado.

–¿Y mi padre?

–Finalmente, tu padre se dio por vencido y accedió a la operación. Te pusimos en la lista de espera, y esperamos hasta encontrar un donante. Fue un milagro que llegase a tiempo –Astrid sonrió con tristeza, mirándole–. Imagino que estabas destinado a sobrevivir –comentó, cogiéndole de la mano.

Draco estaba helado, y no se sintió con fuerzas para alejarse de ella

–Pero ya era tarde. Cuando Narcissa se recuperó, no pudo... estaba tan enfadada... incluso con la medicación, su furia fue difícil de contener –la mujer negó con la cabeza–. Las cosas que le dijo a tu padre, cómo le gritó... pensábamos que le mataría. Le llamó asesino. Le culpó de haberos hecho enfermar. Le acusó de matar a tu hermana.

–¿Y no es así? Si él hubiese cedido antes...

–Eso no lo sabemos Draco –Astrid le miró con seriedad–. Encontrar a un donante es extremadamente difícil, más aún cuando necesitas dos. Quizás nunca hubiésemos encontrado un corazón para Amelia. Quizá, después de todo, tus padres hubiesen tenido que elegir entre los dos –Astrid suspiró–. Pero eso marcó el final de la relación entre tus padres. Ella nunca le perdonó. Daba igual lo que él hiciera, o cuánto lo intentase, nunca era suficiente... En ocasiones lo comprendo –confesó Astrid, mirando al suelo–. No sé qué haría si Severus hiciese algo así. Es una de esas cosas de las que no hay vuelta atrás.

–Pero... ¿Por qué me odia a mí? ¿Piensa que yo soy culpable también?

Los ojos de Astrid mostraban dolor y compasión, como si entendieran lo que él estaba pensando.

–Ella intentó quererte, sé que lo intentó. Buscó ayuda para entender sus sentimientos, y quiso cuidarte y protegerte, pero... hay una parte de ella que es incapaz de olvidar. Ella me dijo una vez que tenía la impresión de que Lucius te había salvado porque eres un chico, y no podía evitar culparte por eso. Y creo que, cuando te mira, ella ve... tu madre ve en ti... –Astrid vaciló, al intuir que lo que iba a decir era muy doloroso–. Tu madre ve en ti el reflejo de alguien a quien odia, y el vacío de alguien a quien nunca verá crecer. Por eso, ella se comporta de esa manera contigo –dijo con suavidad.

–¿Y es cierto? ¿Fui elegido por mi padre porque soy su heredero?

–No Draco, tus padres os querían por igual. Amelia era muy amada, era su pequeña princesa. Por eso su muerte fue tan dolorosa. Pero precisamente porque ella murió, y tú no, es fácil culparte a ti por sobrevivir. Si hubiese sido al revés, sería ella la que hubiese sufrido las consecuencias.

Hubo un silencio entre los dos, mientras Draco asumía lo que acababa de oír. Su cara expresaba gravedad y resignación. Y entonces, se dio cuenta de algo y miró a Astrid, con repentina curiosidad.

–¿Por qué se llamaba Amelia? Todos los miembros de mi familia llevan nombres de estrellas o constelaciones. No recuerdo ninguna figura celeste llamada así -para su sorpresa, Astrid se ruborizó.

–Amelia es mi segundo nombre –confesó en voz baja–. Tu madre quería... era un símbolo de nuestra amistad.

Ambos volvieron a quedarse en silencio. Draco no dejaba de pensar en sus padres, y la relación que tenía con ellos. Ahora que lo pensaba, podía recordar muchas señales que confirmaban lo que Astrid le había dicho.

Para empezar, estaba esa habitación, junto a su dormitorio, en la que sólo su madre podía entrar ¿sería la habitación de Amelia? O ese día en el que Narcissa se ponía repentinamente triste y plantaba ella misma nuevas flores en su rincón privado del jardín, alrededor de una pequeña piedra blanca.

Ahora entendía a quién pertenecía el mechón rubio que Narcissa llevaba colgado del cuello, en un pequeño guardapelo. Y la ausencia de fotografías de cuando él era un bebé, seguramente, porque Amelia también salía en ellas.

También recordaba a su padre, cubriéndola de regalos, intentando complacerla en todo lo que podía, como si hubiese hecho algo terrible que no era posible perdonar, pero sin resultado.

Draco siempre había pensado que el arrepentimiento de Lucius se debía a las consecuencias de ser mortífago, y a todos los problemas que traía pertenecer al bando tenebroso. Ahora pensaba que quizá su papel en la muerte de su hermana también tuviese algo que ver.

–Ojalá me lo hubiesen explicado antes. Yo no sabía nada –murmuró Draco–. ¿Por qué me ocultaron que tenía una hermana?

Trataba de imaginar cómo sería Amelia si siguiese con vida ¿se parecería a él? ¿o sería un reflejo de Narcissa? ¿qué clase de relación tendrían? ¿hubiesen sido como Iván y Kate?

–Tu padre no quería hablar de ella. Él quería... seguir adelante. Pasar página. Creo que pensaba que, si continuaban como si nada, si tenían más hijos, quizá todo volviese a la normalidad –Astrid esbozó una sonrisa de tristeza–. Por supuesto, tu madre no lo vio así. Para ella, borrar el recuerdo de Amelia suponía un acto más de traición. Y cualquier cosa que tu padre hiciese por ti reforzaba su idea de que tú te habías salvado por ser su heredero, lo cual hizo que él también se alejase de ti. Al final, por lo que veo, el más perjudicado has sido tú –la mujer le miraba con compasión, pero Draco no rehuyó su mirada.

–No importa –Draco suspiró, resignado, tratando de aparentar una calma que no sentía–. Ahora que lo entiendo, puedo aceptarlo.

Pero Astrid sabía que no era así. Veía en la mirada del chico una sombra de tristeza, decepción, rabia y confusión, aunque no lo expresase con palabras.

Por eso se quedó a su lado, sin decir nada, pero sin soltarle la mano. Porque a veces, la compañía es la mejor cura del dolor.