Bellatrix regresó a la celda trayendo la comida. Dejó el plato en el suelo, a considerable distancia de Ginny, pero no la desató. Iba a marcharse cuando la pelirroja la llamó.
–¿Cómo voy a comer con las manos atadas?
–Al igual que los perros, después de todo, los de vuestra clase no sois muy distintos de ellos –se mofó la mortífaga.
Ginny sintió ganas de gritar de rabia, pero se contuvo mientras Bellatrix se reía de ella. Cuando la mortífaga se fue, Ginny miró la comida. Tenía hambre, eso era cierto, pero no pensaba humillarse de esa forma, no iba a darle ese gusto a Bellatrix.
Siguió donde estaba, tratando de ignorar el sonido de su estómago, que le indicaba que hacía muchas horas que no había comido nada.
Pero entonces recordó las palabras de Ojoloco Moody "Come siempre que puedas, nunca sabes cuándo vas a volver a hacerlo." Cómo se había reído ella entonces, pues estaba en la mesa de su casa, delante de las montañas de comida que su madre preparaba. Pero ahora esas palabras la hicieron recapacitar.
No sabía cuánto tiempo iba a estar allí, y tampoco si Bellatrix se iba a molestar en acordarse de traerle de comer. El estómago le rugió de nuevo y Ginny decidió tragarse su orgullo.
Se dejó caer de la plataforma donde estaba tumbada y fue arrastrándose por el suelo hasta llegar frente al plato. Apenas veía lo que había, pero no olía mal, y tenía tanta hambre...
Pensó que, si Bellatrix quisiera matarla, no lo haría envenenando la comida. Además, la necesitaban como cebo, para atraer a Harry. Y por otro lado, ella necesitaba conservar sus fuerzas, para poder luchar cuando tuviese la oportunidad.
Decidida a sobrevivir como fuese, se inclinó como pudo, con los brazos y las piernas entumecidas e intentó comer.
Se sintió humillada al imaginarse a sí misma comiendo como un cerdo, manchándose la cara y el pelo mientras la silenciosa Nagini la miraba desde la oscuridad, pero no se movió de allí hasta que terminó con todo lo que había sobre el plato.
Entonces se arrastró de nuevo hasta la plataforma y subió a ella como pudo, porque allí estaba más resguardada del frío de la mazmorra y se sentía más protegida contra la serpiente, y se puso a pensar.
Quería salir de allí a toda costa, pero estaba claro que sólo podría hacerlo cuando Bellatrix le abriese la puerta, así que la única solución era encontrar un plan antes de que la mortífaga regresase.
Algo le decía que tenía mucho tiempo por delante.
Apenas unas semanas después de que Severus y Narcissa llegasen a un acuerdo, se enfrentaron al primer problema que puso a prueba su frágil alianza.
La bruja estaba preparando una gran fiesta para celebrar su cumpleaños, y había añadido a Severus y a Astrid a su larga lista de invitados.
–¿Cómo se te ocurre hacer soberana estupidez? –le espetó él, absolutamente enfadado, cuando Narcissa les contó su plan–. La idea era mantener la identidad de Astrid lo más secreta posible ¿y quieres que asista a un evento multitudinario? ¿por qué no lo publicas en la prensa?
–Veo que no te enteras de nada –Narcissa se cruzó de brazos y le miró con altivez, sin dejarse amedrentar por sus furiosas palabras–. Precisamente, esta es la manera más segura de revelar su existencia.
–Nuestro concepto de seguridad no puede ser más diferente –bufó él. Astrid, sentada entre los dos, miraba de uno a otro sin decir nada.
–¿No te das cuenta? Si os invitase a una pequeña cena, ella sería el centro se atención. Es la única persona a la que nuestro círculo no conoce, y pretendes presentarla como tu esposa ¿cómo quieres que pase desapercibida así? –Narcissa permanecía impasible, mirándole a los ojos con seguridad–. Sin embargo, en mi fiesta, ella será una más entre un mar de invitados. Nadie reparará en ella, siempre y cuando no llaméis la atención. Astrid podrá camuflarse entre mi grupo de amigas, como si fuese una más.
–Creo que no es mala idea –intervino Astrid–. Incluso podemos irnos antes de tiempo si vemos que la situación se complica.
–Pero habrá muchos más magos a su alrededor –rebatió Severus.
–Y estarán distraídos con los otros invitados, la comida, la bebida y los artistas que he contratado. Ni siquiera mi hermana reparará en ella –aseguró Narcissa–. Y en caso de que algo saliese mal, yo podría intervenir rápidamente y con discreción. En el peor de los casos, incluso Lucius estará de nuestro lado. Él no permitirá que nadie estropee mi fiesta acusando a tu mujer de ser una falsa squib –Severus no supo qué replicar frente a eso, y Narcissa le miró con aire triunfal–. De lo único que tienes que preocuparte es de que los hechizos protectores sean discretos, y de no sobrevolar sobre ella con esa expresión angustiada que pones cuando piensas que le va a pasar algo –Severus frunció el ceño, ofendido, pero Astrid disimuló una sonrisa.
–Es cierto que te pones un poco nervioso cuando piensas que estoy en peligro –bromeó, tratando de calmar a su marido–. Creo que no es un mal plan –añadió, dirigiéndose a Narcissa–. No tendremos otra oportunidad tan buena como esta.
–No estés tan contenta. Aún necesitas mucho trabajo para estar lista –le dijo Narcissa, con aires de superioridad.
–¿Lista para qué?
–Para hacerte pasar por una de nosotros. Mis invitados deben pensar que tú y yo somos... amigas –Narcissa arrugó la nariz, como si la palabra le hubiese dejado un mal sabor de boca, y Astrid alzó las cejas.
–¿Tan difícil es creerse algo así?
–¿Con ese aspecto? –Narcissa la miró de arriba abajo, escaneando su pelo, recogido en una coleta, su ropa muggle de segunda mano y sus manos sin arreglar. Astrid se puso roja, y se pasó una mano por el pelo, repentinamente insegura–. Esto va a suponer un gran esfuerzo.
–Ella no necesita cambiar absolutamente nada –intervino Severus, de mal humor. Narcissa esbozó una sonrisa divertida.
–No te preocupes, será un disfraz temporal. Cuando acabe la noche, tu muggle volverá a ser tal y como a ti te gusta –sonrió con malicia, disfrutando de la incomodidad de la pareja–. Pero como ya he dicho, debéis pasar desapercibidos. Todo el mundo conoce tu aspecto, Severus, y nadie se extrañará al verte aparecer con esa túnica asquerosa, pero ella es la supuesta hija ilegítima de un mago se sangre limpia, y debe parecerlo –Narcissa ignoró la mirada asesina del mago y miró de nuevo a Astrid, reparando en su postura encorvada y sus hombros hundidos–. Y eso incluye tus modales en la mesa.
Durante los siguientes días, Narcissa adoctrinó a Astrid acerca de las normas de protocolo y educación de la alta sociedad, para que la mujer pudiese aparentar que era una bruja sangrelimpia.
Astrid tuvo que aprender en unos días lo que se había negado a practicar en toda una vida, y se vio obligada a ocultar su rebeldía y su espontaneidad para fingir que era la perfecta bruja educada y recatada que todos esperarían ver.
La mujer no se sentía nada cómoda en ese papel, y cuanto más se acercaba la noche de la fiesta, más nerviosa se ponía, pero al final supo controlarse y convencerse a sí misma de que era una squib y de que merecía por completo estar entre la alta sociedad mágica.
Por otro lado, Severus se afanaba en completar los hechizos protectores que rodearían a Astrid durante la fiesta. El más importante era un hechizo de confusión, que haría que todos aquellos que reparasen en la mujer fuesen incapaces de recordarla correctamente. De esa forma, permitiría que sus compañeros mortífagos tuviesen la memoria de que Astrid existía, pero no sintiesen deseos de hablar de ella o recordar más detalles de los necesarios.
Y como último detalle, terminó de crear los anillos que permitirían hacer pasar a Astrid por squib.
Por fin se había decidido acerca de cómo utilizar la Gema Vínculo, y tras fragmentarla, había unido dos trozos idénticos a unas finas bandas de oro. Pensó que aquello era lo más apropiado porque eran discretos, difíciles de perder, y además podían actuar como alianzas de boda. Astrid se había mostrado encantada cuando puso el anillo en su dedo, y su reacción hizo que todo el esfuerzo hubiese merecido la pena.
Para completar la farsa, el día de la fiesta, Narcissa ocultó el embarazo de Astrid bajo un hechizo, y le prestó un elegante vestido verde que le sentaba especialmente bien y realzaba sus ojos y sus pecas.
Tras varias horas perfeccionando su peinado y su maquillaje, por fin pudo darse por satisfecha y volver a su mansión, para terminar con los preparativos de la fiesta.
Astrid casi no se reconoció al mirarse en el espejo, y Severus la miró con la boca abierta durante un buen rato. Nunca había estado tan guapa y elegante, y por primera vez desde que habían decidido desvelar su existencia, se sintió más tranquila.
Cuando se presentaron en la mansión de los Malfoy, Astrid y Severus saludaron a los demás, tal y como Narcissa les había indicado, y procedieron a separarse y mezclarse entre los invitados, bajo la atenta mirada de la bruja.
Él acudió junto con Lucius y los otros mortífagos, y ella se juntó al numeroso grupo de mujeres que rodeaba a Narcissa. El alto peinado que llevaba le obligaba a caminar derecha, y daba a su figura el porte regio que se suponía que debía tener, y como ella misma se había llenado de vanidad en el último momento, supo interpretar su papel a la perfección y engañó a todos los presentes.
La mujer no tuvo ningún problema a la hora de mezclarse con las otras brujas, y en cuanto se apagó la curiosidad inicial por Astrid, nadie más se interesó demasiado por ella, a no ser que fuese para observar que era una mujer muy bella.
Tal y como había dicho Narcissa, había tantas distracciones que Astrid pudo pasar perfectamente desapercibida. Ni siquiera Lucius, quien había sentido algo más de curiosidad hacia ella, le prestó atención después de los saludos iniciales, y Bellatrix la ignoró por completo, pensando que era otra de las tantas amigas de su hermana.
Tras esa noche, Severus y Astrid pudieron respirar más tranquilos, porque los hechizos protectores habían cumplido su función, y los mortífagos sentían que su curiosidad por el reciente matrimonio estaba saciada.
Ninguno volvió a molestarles, y jamás nadie se preocupó por averiguar si Astrid era quien decía ser.
A pesar de ello, Severus no se relajó. Nunca se sabía cuándo la situación podría volver a complicarse, y nunca se era lo suficientemente precavido.
Astrid condujo hasta Londres a más velocidad de la que debía.
Afortunadamente, la magia que rodeaba a su coche la protegía de cualquier peligro, al igual que facilitaba que los semáforos que se cruzaban en su camino se pusieran en verde, y que la mujer fuese capaz de encontrar aparcamiento en uno de los barrios más transitados de la ciudad.
Miró hacia el alto edificio donde trabajaba Charles, repitiendo mentalmente lo que quería decirle. Normalmente, Snape y ella habrían programado un encuentro con su amigo en un lugar más discreto, pero los sucesos ocurridos en las últimas horas les obligaba a actuar con más precipitación de la usual.
Como no tenía permiso para entrar en las instalaciones sin cita previa, Astrid decidió recurrir a la magia de su anillo.
La Gema Vínculo había acumulado la energía mágica de Snape durante años, hasta tal punto que, con la ayuda del mago, Astrid podía llegar a realizar hechizos sencillos con las palabras oportunas.
"Ya estoy aquí. Necesito volverme invisible"
"El hechizo se llama Invisibilia Corpus. No te hace incorpórea, así que ten cuidado con lo que tocas"
La mujer cerró los ojos, concentrándose, y repitió el hechizo. La piedra se iluminó brevemente, y ella se volvió invisible. Aprovechando que unos empleados salían, Astrid se coló en el edificio y se movió con cuidado, recorriendo los pasillos en silencio y abriendo puertas a su paso, hasta llegar al despacho que quería.
Charles se sorprendió levemente al ver que la puerta se abría y cerraba sola, pero en seguida se repuso del susto.
–Es un placer que los amigos vengan a visitarme, pero sería mejor si pudiese verles –bromeó.
Astrid volvió a ser visible y le dio dos besos a su amigo.
–¿Cómo estás? ¿Y Kevin?
–Estamos bien ¿Y tú? ¿A qué debo esta inesperada visita? –Charles le ofreció una silla–. ¿Y dónde has dejado a Severus?
–No ha podido venir, pero está escuchando –Astrid le mostró el anillo, y acomodándose a su lado, le resumió a Charles todo lo que había pasado con la nueva poción y con la rata. Charles escuchó en silencio las nuevas noticias, y la miró pensativo.
–No me sorprende que la nueva poción sea mucho mejor que la anterior. Si a la otra, que podía curar tejidos instantáneamente, se le añadía sangre de unicornio... deberíamos haber imaginado que pasaría algo así.
–Pero ahora no estamos hablando de tejidos dañados –insistió Astrid–. La rata estaba muerta, y luego... resucitó ¿cómo es posible?
–¿Qué te dijo Severus?
–Dijo que podría tratarse de los efectos secundarios de la sangre de unicornio.
–A riesgo de sonar repetitivo, él no ha dejado de advertirnos de las consecuencias de usar sangre de unicornio desde que empezamos con el proyecto –Charles se echó hacia atrás en su silla, cruzándose de brazos–. El unicornio es uno de los animales más mágicos que existen, su sangre es capaz de dar la vida –repitió, imitando la voz de su amigo, mientras lanzaba una mirada burlona hacia el anillo de Astrid.
Ella ocultó una sonrisa, procurando mantenerse seria.
–Eso ya lo sé, pero jamás imaginé que pudiera pasar algo así... vencer a la muerte... –Astrid se quedó pensativa–. Pero no pareces muy impresionado ¿ya te has insensibilizado a las maravillas de la magia?
–En absoluto. Pero yo también he estado investigando con la muestra de poción que me mandasteis y he visto cosas que... será mejor que te lo enseñe –Charles se giró hacia su ordenador y buscó entre los archivos la información que quería mostrar–. No te he dicho esto antes porque quería hacer más pruebas... y porque a veces creo que pinchan las líneas telefónicas para saber si pasamos información a los laboratorios de la competencia –le guiñó un ojo a Astrid. Abrió una serie de fotografías, que llenaron la pantalla–. No sé cómo explicárselo ¿hay alguna forma de hacer que Severus las vea?
–Él puede ver lo que yo veo, si me concentro lo suficiente –Astrid fruncía el entrecejo, mirando la pantalla con atención.
–No hay secretos entre vosotros ¿eh? –bromeó Charles, pero la mirada de advertencia de Astrid le hizo fijar su atención en la pantalla–. Este es un tejido perteneciente a un cerebro dañado por el Alzheimer –explicó. En la imagen se veían las células nerviosas dañadas con mucha claridad–. Ya sabes que para mirar tejidos al microscopio tenemos que cortar secciones muy finas y fijarlas para que...
–Eso ya lo sabemos, Charles, nos lo has explicado cien veces –le interrumpió Astrid, más brusca que de costumbre.
–Muy bien, señores listillos, ¿podéis decirme cual es el principal problema cuando hacemos eso?
–Que las células están muertas, es imposible estudiarlas vivas.
–Como mi viejo profesor decía, son un mosaico imperecedero que no se puede modificar –sonrió Charles–. Pues muy bien, mirad lo que pasó cuando le añadí una simple gota de la nueva poción –Charles abrió un vídeo que lo mostraba.
–¿Se están regenerando? –preguntó Astrid, acercándose a la pantalla–. ¡Es imposible!
Astrid no podía creer lo que veían sus ojos. Las células no solamente se estaban regenerando, sino que además se dividían.
–No puede ser, las células de los tejidos nerviosos no se dividen tan fácilmente. Por eso los daños cerebrales son tan difíciles de tratar.
–Pues estás viendo que no es así –dijo Charles, con una gran sonrisa–. Lo más sorprendente es que le hice una sencilla prueba a esto que estás viendo ¿y a que no adivinas? ¡Daba señal de actividad cerebral! Y además, como puedes ver, el efecto va de unas células a otras, unas van curando a las demás. Estoy casi convencido de que, si hubiésemos podido unir este pequeño tejido al resto del cerebro, lo habría curado.
Astrid se alegró de estar sentada, porque le temblaban las piernas. Aquello era imposible. Era... maravilloso.
–Astrid ¿sabes lo que esto podría suponer para la ciencia? ¿para la medicina? –preguntó Charles, quien ahora estaba eufórico–. Esta poción ha adelantado décadas los mayores descubrimientos científicos de nuestra década. Podría ser... la Cura Universal. Curaría todas las enfermedades conocidas. Incluso... Astrid, el otro día la probé con una muestra de cáncer ¡y el cáncer desapareció! –Charles le cogió de la mano–. ¡Es magnífico! ¡Os darán el premio Nobel por esto! Ya verás cuando se entere la prensa, os van a poner por las nubes.
–Pero la poción... funciona con la magia ¿cómo se lo explicamos a los muggles? –preguntó Astrid, algo mareada. La piedra de su anillo brillaba ligeramente, indicando que estaba recibiendo un mensaje.
–No hay problema, he puesto a los chicos del laboratorio a trabajar y estamos buscando componentes que sustituyan a los ingredientes que habéis utilizado ¡Creo que podríamos llegar a imitar la sangre de unicornio! –Charles sonreía sin parar, pero por el contrario, Astrid se estaba poniendo más y más pálida. Se cogía de las manos con fuerza, rozando con la yema de sus dedos la Gema Vínculo–. ¡Cielos, sois mis ídolos! –él la abrazó, pero la mujer apenas reaccionó–. Vais a ser mundialmente conocidos por esto. Saldréis en los libros de texto: "Lowel y Snape, los descubridores de la Cura Universal" –él se rio, pero Astrid no le imitó. Le estaba costando respirar–. ¿Qué te pasa? –preguntó Charles, perdiendo su sonrisa–. ¿He dicho algo? ¿Qué ocurre?
–¿Qué posibilidades hay de replicar todos los beneficios de esta poción?
–Tengo esperanzas de que consigamos una réplica casi exacta ¿por qué? –preguntó, al ver que ella agitaba la cabeza. Astrid parecía asustada.
–Hemos conseguido vencer a la muerte. Nadie debería tener ese poder.
La sonrisa de Charles se congeló.
–Podéis tener pleno control sobre el producto –le recordó–. Con una patente lo suficientemente fuerte...
–No es suficiente ¿qué pasará cuando nosotros ya no estemos? ¿qué harán nuestros sucesores? –Astrid miró frustrada a su anillo, como si estuviese discutiendo directamente con Snape–. ¿Y qué pasa con los efectos secundarios? Aún no se sabemos lo que ocurre si se la inyectamos a un ser humano.
–Veo que tenéis un conflicto –comentó Charles.
–Severus piensa que no es para tanto, y que soy una exagerada, pero... –Astrid agitó la cabeza–. Es muy arriesgado, quizá debamos dar marcha atrás.
–Es cierto que te estás poniendo en lo peor.
–¿En lo peor? Charles, piensa un poco ¿qué harías tú con algo así en tu poder? ¿acaso no la utilizarías en Kevin si él estuviese al borde de la muerte? –la mujer le miró a los ojos–. No podemos descartar que la gente no la utilice para no morir y mantenerse siempre sana. Resucitarían con ella a sus seres queridos. Sé que yo lo haría con los míos –añadió Astrid, mirando a su anillo. La piedra volvió a brillar, en una réplica silenciosa, y ella frunció el ceño, enfadada–. ¿Y qué pasa si la Cura Universal cae en malas manos? ¿Y si el Señor Tenebroso se hace con ella? Podría conseguir la verdadera inmortalidad, y tanto él como sus mortífagos resucitarían una y otra vez...
La gema no volvió a brillar, pero su silencio era más elocuente que mil palabras.
Charles miró a su amiga con preocupación y tristeza.
–Esto no tiene fácil solución ¿verdad?
Harry paseaba nervioso de un lado a otro del salón, tratando de serenarse inútilmente. No soportaba estar ahí parado sin hacer nada, y a cada minuto que pasaba se desesperaba más.
Astrid había dicho que tenía que ir a trabajar, Snape y Narcissa habían partido para ver si averiguaban dónde habían escondido a Ginny, y él se había quedado con Adrien, Draco y Celine.
Deseaba hacer algo, cualquier cosa. Había pensado en ir a la Madriguera para reunirse con Ron y Hermione, incluso se había acercado a la chimenea, pero en el último momento se había arrepentido de su idea.
"No quiero ponerles en peligro a ellos también"
Le venía a la mente la muerte de Sirius, una y otra vez, a manos de la maldita Bellatrix, y se repetía que no quería que pasara lo mismo. Sirius había muerto por su culpa, Ginny había sido secuestrada por estar saliendo con él... lo último que quería era que sus mejores amigos también pudiesen sufrir daño.
Pero era muy difícil permanecer quieto cuando una persona querida estaba en peligro.
Entonces, un patronus con la forma de fénix se apareció en medio del salón, sobresaltándoles. Al instante, la voz de Dumbledore inundó la estancia.
"El Ministerio de Magia ha sido atacado. Rufus Scrimgeour ha muerto. Los mortífagos han robado información del Departamento de Misterios. Extremad las precauciones. No os mováis"
El fénix desapareció y los cuatro jóvenes se quedaron mirando al vacío, procesando sus palabras.
–¿Han matado al ministro? –susurró Celine, con la voz temblorosa. Adrien frunció en ceño, pensando a toda prisa.
–No lo entiendo ¿por qué nos lo han dicho? Siempre nos ocultan estas cosas.
–Porque esta vez es diferente, y lo que ha pasado os afecta de algún modo –comprendió Harry–. Lo que han robado del Departamento de Misterios... ¿tú sabes algo? –miró a Draco, y este se envaró.
–¿Por qué debería saberlo?
–Porque eres un mortífago.
–No se si no te has enterado, Potter, pero el Señor Tenebroso no me cuenta sus planes.
–No es el momento de ponerse a pelear –intervino Adrien, muy serio–. Por favor, Draco, si sabes algo... o tienes alguna sospecha, es el momento de decirlo.
Draco vaciló, y miró al suelo, incómodo, metiendo las manos en los bolsillos.
–Lo último que supe del Departamento de Misterios fue que estaban buscando una profecía –confesó, mirando a Harry de reojo.
–La profecía ya no existe –replicó él–. Se destruyó mientras luchábamos.
–Quizá quieran otro tipo de información –sugirió Celine–. ¿Qué más se guarda en el Departamento de Misterios? –le preguntó a su hermano.
–No sabría decirte, hay información confidencial de toda clase. Puede que quieran volver a construir un giratiempo, o usar maleficios avanzados, o quizá crear más dementores...
–El censo de magos –murmuró Draco. Todos le miraron sin comprender–. El Señor Tenebroso quiere hacerse con el censo de los magos para poder perseguir a los hijos de los muggles y controlar a los mestizos. Si consigue esas listas, sabrá el estatus de sangre de todo el mundo.
Celine abrió la boca y miró a su hermano con preocupación.
–Nosotros salimos en ese censo ¿verdad?
–No lo sé... creo que sí. Los nombres de los magos y brujas se escriben mágicamente cuando nacen.
–¿Y también se sabe quiénes son sus padres?
Adrien no fue capaz de responder, pero miró a su hermana con idéntica expresión de temor. Harry y Draco comprendieron al instante las implicaciones de aquella información. En cuestión de minutos, lord Vóldemort tendría en sus manos el secreto mejor guardado de uno de sus mortífagos más cercanos.
–Pensaba que Dumbledore os había ocultado ¿podría haber borrado vuestros nombres de la lista? –preguntó Harry.
–No lo sé –repitió Adrien–. Y aunque lo hubiese hecho ¿qué ocurrirá cuando nazca el bebé de Kate?
–Hay que avisar a papá –Celine se llevó la mano al colgante y cerró los ojos. Adrien hizo lo mismo, pero en seguida murmuró una maldición.
–Se ha quitado el anillo, para variar.
–Mamá tampoco lo lleva. Estará en el quirófano.
–Quizá Kate pueda contactar con ella más tarde... ¿Es que somos los únicos idiotas que seguimos llevando esta cosa? –exclamó enfadado, al parecer incapaz de contactar con su hermana.
–¿Y un patronus? –sugirió Celine.
–Demasiado arriesgado.
–¿Más arriesgado que esto?
–Debo irme –anunció Draco de repente, sobresaltándoles. Él también había estado pensando mientras los hermanos hablaban.
–¿Ahora? ¿Adónde? –preguntó Harry, mirándole con desconfianza.
–A intentar encontrar a mi tía –respondió Draco–. Mi madre y Snape no conseguirán nada, pero yo sí podría hablar con ella y averiguar algo de tu novia.
–¿Cómo es que ahora te importa Ginny?
–No seas idiota, esto no lo hago por ella. Pero sé cómo actúa el Señor Tenebroso, y si lo que sospecháis del censo es verdad, en cuanto sepa que Snape es un traidor, se enfadará, y lo primero que hace el Señor Tenebroso al enfadarse es torturar y asesinar gente –Draco miró a su alrededor, muy serio–. No soy idiota Potter, sé que lo que fuera que dijese esa maldita profecía tenía que ver contigo. El Señor Tenebroso así lo pensaba, y hará todo lo posible por matarte a toda costa. Y si no lo consigue, matará a todos aquellos que te importan, para debilitarte. Y la primera en caer será Weasley.
–Draco, basta –intervino Celine.
–Tú sabes que es verdad –Draco la ignoró, mirando a Harry–. Y tu deber es matarle antes de que eso suceda. Pero no puedes matarle a menos que destruyas esos malditos objetos ¿verdad? Y no creo que puedas centrarte en tu misión si sigues distraído pensando en tu novia.
–¡Yo no estoy distraido!
–¿Quieres decir que si ella muere podrás seguir adelante como si nada? –Draco le miró de frente, sin acobardarse, y aunque Harry deseaba estrangularle, no fue capaz de replicar–. Todos nosotros moriremos si tú fallas. Y aunque no te lo creas, Potter, no eres capaz de hacer dos cosas a la vez. Así que céntrate en destruír a las Horrocruxes y matar al Señor Tenebroso, y yo me encargaré de poner a Weasley a salvo.
Harry había apretado los puños con fuerza, y trataba de calmar su respiración. Le estaba costando toda su fuerza de voluntad no sacar su varita y maldecir a Draco allí mismo.
–Si le pasa algo...
–Nada de lo que me hagas será peor que lo que el Señor Tenebroso tiene guardado para mí –replicó Draco–. Y ahora, si no tienes nada más que decir, debo darme prisa antes de que la situación empeore.
–¿Cómo vas a trasportarte? –preguntó Celine, atrayendo su atención. Draco vaciló por primera vez.
–Pues... no lo sé, no lo había pensado. Al lugar donde voy, todavía no se me permite ir con la aparición. Siempre me he aparecido junto con otros mortífagos veteranos ¿Podríais prestarme una escoba?
–Yo puedo llevarte –ofreció ella, sin vacilar.
–Pero...
–Celine ¿has perdido la cabeza? es un riesgo innecesario –interrumpió Adrien.
–Draco tiene razón, debemos actuar deprisa antes de que nos descubran. Puedo ir y volver sin que nadie se de cuenta. Seré discreta y volveré tan pronto como pueda –prometió. Su hermano la miró con impotencia, sin saber qué decir.
–Vas a hacerlo aunque te lo prohíba ¿verdad? –Celine se encogió de hombros, y Adrien suspiró–. Está bien, pero tienes que mantener el anonimato en todo momento. Y mantén la comunicación abierta –insistió, mirándola con seriedad. Celine asintió, agarrando su colgante–. Nosotros esperaremos a que Dumbledore o nuestros padres regresen. Daos prisa.
Draco quiso protestar, pero luego pensó que quizá Celine y Adrien contasen con un medio de transporte imposible de detectar. No le convenía rechazar su ayuda en ese momento.
Unos minutos después estaba fuera de la casa, esperando a Celine. Ella apareció un poco más tarde, conduciendo un coche pequeño y viejo, y se detuvo para que él montara.
–¿Y esto? –preguntó Draco, estudiando sorprendido el interior del automóvil.
–Como buena mestiza, he recibido educación muggle –explicó Celine–. Dices que no puedes aparecerte en el lugar al que vas, así que te llevaré en coche, que es mucho más rápido que ir andando, y más discreto que volar en escoba.
–¿No eres muy joven para saber conducir?
–Mis padres consideraron que no pasaba nada por aprender un poco antes –sonrió ella–. Hasta este año no me estaba permitido usar la magia fuera del colegio, y eso incluye usar la aparición. De esta manera, si necesitase desplazarme de un sitio a otro, podría hacerlo conduciendo. Sólo tengo que acordarme de tener a mano la documentación falsa para engañar a la policía –Celine comprobó que todo estaba en orden–. Y ahora dime ¿adónde vamos?
–Al lugar donde me hice mortífago ¿Conoces Little Hangleton?
