Ginny se había quedado adormilada, sin estar segura de cuánto tiempo había pasado en la más completa oscuridad.
Despertó cuando Bellatrix volvió para traerle la comida. Al parecer, la mortífaga tenía órdenes de no dejarla morir, pero a Ginny eso no le consoló. Bellatrix sonrió con crueldad al ver los restos de la anterior comida y la cara manchada de la chica.
–Veo que es cierto que los Weasley sois como perros.
–No voy a darte el gusto de morirme aquí –respondió Ginny, desafiante a pesar de su situación.
–Pues harías un gran favor ¿sabes? Tu novio seguramente arriesgará su vida para salvar la tuya. Un acto heroico, pero inútil a pesar de todo –Bellatrix se rio, y añadió con maldad–. Si tú murieses, él no tendría que desperdiciar su vida por ti.
–Serás... –Ginny insultó a Bellatrix de todas las formas que conocía, con todo el odio y la rabia que era capaz de sentir.
La mortífaga avanzó hacia ella, le cogió del cuello y la levantó en vilo.
–Jamás vuelvas a hablarme así –susurró, acercando la cara a la de la chica, y después, con una fuerza increíble, lanzó a Ginny contra la pared. La joven gritó de dolor y se encogió sobre sí misma, al clavarse una piedra en la espalda–. ¡Crucio!
La maldición la recorrió por todo el cuerpo, haciendo que se retorciese de dolor. Ginny no quería gritar, pero la mortífaga la torturó sin piedad, hasta que sus gritos finalmente retumbaron por el sótano.
Cuando Bellatrix se dio por satisfecha, se retiró por las escaleras, no sin antes dar una patada al plato que había traído, desparramando su contenido por el suelo.
Ginny continuó encogida sobre sí misma, tratando de respirar, durante mucho tiempo después de que Bellatrix abandonase la celda. Luchó contra el dolor y trató de moverse, a pesar de las punzadas que sentía en todo el cuerpo, alegrándose al descubrir que, aparentemente, no tenía nada roto. Fue entonces cuando se dio cuenta de que un brazo le estaba sangrando.
Ginny se giró con esfuerzo para ver la herida, y descubrió que, por culpa del impacto contra la pared, un pedazo de piedra se había roto, hiriéndola.
La chica ignoró la sangre y, a tientas, cogió la piedra con las manos; ya tenía con qué cortar sus cuerdas.
Celine tatareaba la canción que sonaba por la radio mientras conducía, tratando de mantener a raya su nerviosismo.
Draco iba a su lado, sin decir nada, y la miraba pensativo, alegrándose de que fuese ella la que le estuviese acompañando, pero sin poder explicar por qué.
El ruido del motor y el movimiento monótono del coche le estaban adormeciendo, pero aun así, no dejaba de mirarla. Recordaba cómo la había conocido y lo guapa que le había resultado entonces, y también se acordó de cómo la había insultado después (y se sintió idiota por ello), y cómo Celine había tomado la revancha en el bosque.
Después de eso, y de la pelea con la mantícora, no había vuelto a incordiarla, y Celine se había convertido poco a poco en alguien que siempre estaba a su lado cuando necesitaba hablar, en alguien que, en algún sentido, le apoyaba. Se había convertido en una amiga.
–¿Sabes? Me sorprende lo que vas a hacer –comentó Celine, despertándole–. Jamás te habría imaginado ayudando a Harry.
–Ya te lo he dicho, si él es el único capaz de derrotar al Señor Tenebroso, es mejor que no esté distraído por nada. Si él cae, muchos estaremos en peligro.
–Ah.
–Y... bueno, mucha gente que me importa también lo estará –añadió Draco, inseguro. Celine le miró de reojo, sorprendida, antes de centrarse de nuevo en la carretera.
–Espero que esas personas estén bien –murmuró.
–Yo también –Draco sentía una sensación extraña al hablar con Celine. Era muy fácil encontrar un tema de conversación, pero a la vez le daba reparo, como si fuese a decir algo que lo estropease todo.
–¿Ya sabes lo que le dirás a tu tía?
–Pensaba decirle que mi madre y Dumbledore me habían presionado para esconderme, o algo así. Pero en realidad, quiero investigar por la casa para ver si encuentro algo. Estoy casi seguro de que Weasley estará aquí, y de que es mi tía la que la vigila.
–¿Estarás bien? –Celine se mostró preocupada.
–Sí. Mi tía estaba convencida de que yo sería un buen mortífago, no creo que su opinión haya cambiado mucho –Draco fingió despreocupación, pero en el fondo tenía serias dudas de que eso fuera así.
En su mente, se repetía las palabras de Snape cuando le había dicho que a los mortífagos no se les perdonaba que tuviesen "tiempo para pensar". Se preguntaba si su tía creería su mentira.
El silencio les rodeó hasta que a lo lejos aparecieron las primeras casas
–Detente aquí. Se supone que tengo que acercarme andando desde el límite del pueblo –indicó Draco. Celine obedeció y apagó el motor.
–Ten mucho cuidado, por favor –Celine tenía la voz extrañamente ronca, y parpadeaba con rapidez.
–Tranquila, estaré bien –la sonrisa de Draco consiguió dar el pego, a pesar de los nervios que sentía.
Entonces le entraron dudas sobre cómo debía despedirse de Celine ¿le daba un beso? ¿dos? ¿le estrechaba la mano? Celine le miró con los ojos vidriosos, y alargando una mano, le revolvió el pelo.
–Date prisa –susurró, con una sonrisa forzada. Como apenas podía controlar el temblor de su mano, la apartó.
Draco asintió en silencio, con la boca seca, y ella rompió el contacto visual al girarse hacia su ventanilla, como si algo muy interesante estuviese pasando por allí.
Draco salió del coche y avanzó hacia el pueblo, respirando hondo para intentar serenarse. El corazón le latía muy deprisa a pesar de su aparente calma, y aunque intentaba centrarse en lo que le iba a decir a su tía, no se podía quitar de la cabeza que Celine podía estar llorando.
Deseaba girarse, volver junto a ella y decirle que todo iba a salir bien. Pero se forzó a seguir andando, sabiendo que, si se daba la vuelta para mirarla, no sería capaz de cumplir con su misión.
Ella tenía los ojos cerrados, las manos agarradas con fuerza al volante, y la respiración agitada. Intentaba convencerse de que aquello que humedecía su cara no eran lágrimas, pero le resultaba muy difícil.
¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se preocupaba tanto? Él la había insultado, y le había tratado con prepotencia ¿Por qué lloraba entonces? Era por pena, seguro, él le daba lástima con su patética vida y ella solamente se estaba involucrando en sus problemas. Sí, era eso, y por lo tanto debía calmarse.
Pero pensar en que podían matarle, en que no iba a verle más...
Una especie de grito ahogado le subió por el pecho y la garganta, haciéndola sollozar a su pesar. Celine empezó a llorar, llamándose idiota por ello. ¿En qué estaba pensando? Tenía que dejarse de tonterías ¡Ya estaba bien! ¡Ya basta!
Celine respiró hondo para tranquilizarse, y se secó la cara con las manos, pero entonces se fijó en la enorme casa que coronaba la colina, irguiéndose sobre el pueblo.
Draco iba hacia allí. Draco iba a jugarse la vida sin saber si su plan iba a funcionar o no. Draco podía morir.
Celine tomó una decisión.
La lluvia caía con fuerza, golpeando contra las ventanas. Sin embargo, las dos mujeres ignoraban la tormenta, ya que tenían la atención puesta en otra parte.
Astrid estaba sentada en la cama, dándole el pecho a Iván, mientras Narcissa paseaba de un lado a otro, meciendo a Kate entre sus brazos.
–Creo que ya se ha dormido –susurró la señora Malfoy, mirando al bebé con ternura.
–Tienes brazos mágicos, yo no pude calmarla anoche –Astrid se apoyó a Iván en el hombro, y le dio unas palmadas en la espalda–. Muchas gracias por ayudarme, no sé qué hubiese hecho sola.
–No es ninguna molestia. A mí tampoco me gusta estar sola, y así puedo ver a estas dos preciosidades –Narcissa sonreía, meciendo a Kate sin dejar de pasear.
–¿Crees que estarán bien? –Astrid se refería a Severus y Lucius, quienes llevaban varios días ausentes. La mujer estaba preocupada.
–No te preocupes por ellos, se protegerán el uno al otro. Siempre consiguen volver –pero la sonrisa de Narcissa era forzada. Ella también estaba nerviosa por la falta de noticias–. No has vuelto a saber nada de ellos ¿verdad?
–Severus se ha quitado el anillo, dice que así es más seguro –suspiró Astrid–. Le echo de menos. Es muy extraño no sentir su presencia –sus ojos se nublaron repentinamente, y ella agachó la cabeza para ocultar las lágrimas.
–Tranquila, todo irá bien –la bruja se sentó a su lado, cogiéndole de la mano–. En cuanto quieras darte cuenta, tendrás a Severus de vuelta.
–No puedo evitarlo. Mis emociones están a flor de piel.
–Es normal, acabas de ser madre, y esta no es la situación más idílica –Narcissa la miró con compasión–. Puedes llorar si quieres, a veces ayuda.
Astrid sonrió entre lágrimas, secándose la cara.
–No me puedo creer que me estés consolando.
Narcissa se encogió de hombros.
–Aunque no te lo creas, tengo corazón –sonrió.
–Ya lo sé ¿crees que dejaría que cualquiera se acercara a mis hijos?
Narcissa no dijo nada, pero se acomodó a Kate en los brazos.
–Te agradezco que me des esta oportunidad –murmuró al final–. Sé que no me porté bien contigo.
–Eso es cosa del pasado. Sé que no nos harás daño –Astrid la miró de reojo, evaluando sus próximas palabras–. Por cierto, Severus está preparando la poción de nuevo, pero no sé cuánto tiempo le llevará terminarla, apenas pasa tiempo en casa.
–No te preocupes, soy consciente de lo complicada que es la situación –la bruja agitó la cabeza–. Lucius y yo hemos hablado y... no nos importa esperar. Somos felices, los dos juntos, y me gustaría recuperar las fuerzas antes de empezar otro tratamiento, el último me dejó muy debilitada.
–¿Hay algo que pueda hacer para ayudar? Hay tratamientos muggles que podrían funcionar también.
–Te lo agradezco, pero... –Narcissa vaciló–. No sé si este es el mejor momento. Apenas puedo dormir, sabiendo que Lucius está en peligro. No puedo imaginar cómo sería si además tuviera esta responsabilidad.
–No estarás sola –Astrid le cogió de la mano–. No te dejaremos abandonada.
Narcissa parpadeó con rapidez, para detener las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos.
–Sólo quiero que Lucius vuelva a casa. Le echo tanto de menos –susurró.
–Lo sé.
Astrid la abrazó, y juntas lloraron, consolándose mutuamente en aquel momento de angustia y dudas.
Ginny manejaba a tientas la afilada piedra, tratando de cortar las cuerdas que le aprisionaban las muñecas.
Debía ser muy silenciosa, porque la serpiente no le quitaba la vista de encima, como si sospechase algo, así que simuló estar dormida mientras trabajaba con disimulo.
Se cortó en la mano y tuvo que morderse el labio para no gritar, pero poco después volvió a cortarse.
Decidida a no darse por vencida Ginny siguió trabajando a tientas, haciéndose más cortes a sí misma que a las cuerdas, pero conteniendo los gestos de dolor y las lágrimas con una tenacidad y una sangre fría que la sorprendieron.
Las cuerdas eran mágicas y no se lo pusieron fácil, pero finalmente la joven consiguió cortar las ligaduras. Sin embargo, no se movió. Sabía que si lo hacía la serpiente se le tiraría encima y posiblemente la mataría, y por otro lado, en caso de que Nagini no hiciese nada, a Bellatrix no le gustaría nada verla desatada.
Por su propio bien, tenía que fingir que seguía totalmente prisionera, e intentaría encontrar su oportunidad para escapar la próxima vez que la mortífaga la visitase.
Sin embargo, no era tan tonta como para quedarse totalmente atada, y a ciegas, consiguió aflojar las ataduras de los tobillos y así recuperar la circulación de las piernas.
Simuló cambiarse de postura para que no se viesen las cuerdas rotas y se tumbó a esperar, con una paciencia que no sabía que tenía, trazando mil planes en su cabeza y deseando poder huir de allí de una vez por todas.
Astrid se encontraba en su nuevo despacho, rodeada de papeles. Su nuevo puesto como directora le obligaba a pasar más tiempo pendiente de la burocracia que del trabajo práctico. Apenas acababa de salir del quirófano y se había encontrado con una nueva montaña de documentos que debía firmar.
El primer pergamino provenía del departamento de pociones, anunciándole que la nueva poción estaba lista. Sonriendo con satisfacción, la mujer prosiguió revisando los documentos. Su concentración se rompió cuando la puerta se abrió, y Meg se asomó por ella.
–Astrid, ha venido una curandera de San Mungo para hablar contigo.
–¿Quién?
–¿Quién vendría hasta aquí para verte? –preguntó una joven, entrando por la puerta.
–¡Kate! ¿Qué estás haciendo aquí? –Astrid cayó en la cuenta de que no se había puesto el anillo al salir del quirófano, y lo buscó a toda prisa.
–Quería comentarte una cosa... acerca de de nuestro experimento –Katherine miró de reojo a Meg.
–Tranquila, Meg está al corriente de lo que les pasa a los Granger.
–William y yo hemos tenido una idea y la queríamos probar en los Granger. Pensamos que transfigurar la poción a estado gaseoso y aplicarla con un respirador aumentará las probabilidades de que llegue directamente al cerebro. Lo estamos probando con los Longbotton y parece que les está ayudando.
–Supongo que tienes permiso de Gordon –Astrid se refería al director del hospital.
–Fue él el que facilitó la colaboración entre nuestros hospitales ¿no te lo ha dicho?
–Imagino que su carta está en alguna parte –la mujer señaló a la montaña de documentos por revisar que se apilaban sobre su mesa–. Meg ¿te encargas de llevarla hasta la habitación de los Granger, por favor? Intentaré visitaros más tarde.
La enfermera asintió, y madre e hija se separaron, sin sospechar que en apenas unas horas sus vidas cambiarían para siempre.
Draco entró en la gigantesca casa sin hacer el menor ruido y se movió, ocultándose en las sombras, atento a todo lo que se movía a su alrededor.
Caminaba en silencio, procurando no ser visto, ya que no quería llamar la atención de nadie a no ser que fuese necesario. Sin embargo, la mansión parecía estar desierta.
A simple vista, parecía que estaba abandonada, pero Draco sabía que allí había estado alguien recientemente, podía adivinarlo por las pequeñas señales casi invisibles que había aprendido a reconocer. Al menos, el entrenamiento con su tía había servido de algo.
Se preguntó dónde estaría Ginny. Si él fuese su guardián, la habría encerrado en una de las habitaciones, pero tratándose de Bellatrix... la mortífaga la habría metido en una celda subterránea, sin lugar a dudas.
Draco ya había estado en esa casa, y conocía cómo acceder al sótano, así que se dirigió hacia allí, sin perder el tiempo. Todavía no había visto a la enorme serpiente de Vóldemort, y eso que Nagini era la primera en aparecerse ante los visitantes para conducirles ante su señor. Eso le hizo pensar que el mago se encontraba ausente.
Sintiéndose más tranquilo, pero no por eso menos cauto, Draco bajó por las escaleras que llevaban al sótano. La puerta estaba cerrada con un hechizo, pero Draco sólo tuvo que acercar su Marca Tenebrosa para que se abriera ante él.
Frente a él se extendía un pasillo con varias puertas a ambos lados, y Draco fue asomándose por las rejas para mirar en su interior. Finalmente, encontró a Ginny. La figura pelirroja miraba hacia arriba, atraída por el brillo que desprendía su varita.
–Weasley –llamó, sin atreverse a levantar su voz–. ¿Estás bien?
–¿Qué quieres? –preguntó ella, reconociéndole–. ¿No habéis tenido bastante?
–Vengo a sacarte de aquí –susurró él.
–Vete a la mierda ¿Crees que soy idiota?
–Tú misma –Draco acerco de nuevo la Marca a la puerta. Sin embargo, esta vez la puerta no se abrió ante él. Forcejeó con ella, probando con varios hechizos, sin obtener el menor resultado–. Maldita sea –murmuró–. ¿Por qué no te abres?
–Sólo se abre ante los fieles al Señor Tenebroso –la voz de Bellatrix sonó justo detrás de él.
Draco se giró, sin comprender por qué no la había oído llegar ¿estaría ella esperando invisible, en el pasillo? Se obligó a sonreír con naturalidad, procurando mantener la calma.
–Hola tía –saludó.
–Yo no soy tu tía.
Narcissa no tenía ni la más remota idea de dónde podía estar Bellatrix.
Ella jamás se había preocupado por averiguar dónde iba su hermana cuando se encontraba al servicio del Señor Tenebroso, o lo que hacía en sus momentos libres, y ahora, que era cuando de verdad necesitaba saberlo, no sabía por dónde empezar.
Había pensado ir a la casa de su hermana, pero necesitaba encontrar una buena excusa para explicar su repentina visita. Tras su estancia en Azkabán, Bellatrix se comportaba de forma impredecible y violenta, incluso con los miembros de su propia familia, y Narcissa temía que sospechase de ella si no tenía cuidado.
Narcissa se apareció directamente en la mansión Malfoy, con un plan en mente. Por unas cosas o por otras, en el ático guardaba muchos objetos personales que habían pertenecido a su hermana, y pensó que podría basar su coartada en la excusa de devolverle algo que pudiera ser importante para la mortífaga.
La mansión estaba vacía, pero al menos así no tendría que darle explicaciones a Lucius acerca de lo que hacía.
Subiendo por las escaleras, Narcissa llegó al piso donde se encontraban los dormitorios. Al ver la puerta del cuarto de Draco sintió una punzada de remordimiento al recordar las palabras que le había gritado a su hijo. Había perdido los papeles de la forma más violenta, y había volcado su frustración en la persona que menos lo merecía.
Mortificada, agarró el pequeño guardapelo que colgaba de su cuello.
"Debo hablar con él. Tiene que saber la verdad"
Entonces, Narcissa se paró en seco, al ver abierta la puerta del dormitorio contiguo al de Draco.
La mujer se acercó con el corazón en la garganta. Nadie entraba en esa habitación, ni siquiera Lucius. Los elfos tenían totalmente prohibido dejar nada fuera de su sitio cuando limpiaban, y nunca serían tan descuidados de dejar la puerta de par en par.
Lentamente, se asomó por la puerta, y se quedó congelada al ver a la pálida figura vestida de oscuro. Su presencia contrastaba con las paredes decoradas de rosa, la decoración infantil y los animales de peluche que cubrían la pequeña cama.
Por un segundo, Narcissa estuvo tentada a levantar su voz, pidiendo explicaciones. Lucius había accedido a que el Señor Tenebroso utilizase la mansión Malfoy como lugar de reuniones y cuartel general, pero eso no significaba que tuviese derecho a hurgar en los dormitorios.
Sin embargo, su voz se quedó atascada en su garganta al ver lo que el mago sostenía entre sus manos.
Era una pequeña caja, de apariencia inofensiva, que guardaba los secretos más peligrosos que Narcissa se había comprometido a guardar. La bruja los había escondido en el único lugar que nadie más visitaba. Y ahora, manipuladas con desprecio, caían esparcidas sobre la cama y el suelo numerosas fotografías de Astrid y sus hijos.
Las manos le comenzaron a temblar, al darse cuenta de que estaba en peligro, pero trató de serenarse, sin atreverse a mover un solo músculo.
–Es curioso lo que me ocultan mis mortífagos –Vóldemort se giró lentamente, hablando con voz susurrante y tranquila, pero precisamente por eso, Narcissa tuvo más miedo aún–. Pero más sorprendente aún es lo que me esconden sus esposas –tiró a los pies de la mujer un fajo de fotos, y Narcissa pudo verse a ella misma, rodeada por Adrien, Celine, Katherine e Iván.
Levantó la vista y tragó saliva, luchando por mantenerse firme y poder conservar un poco de dignidad.
–Mi señor...
–No hace falta que hables, ya sé lo que vas a decir. Cuánto lo sientes, estabas deseando contármelo, pero no veías la ocasión, seguramente te hechizaron para que no dijeses nada... –Vóldemort la taladraba con sus ojos rojos, y ella no podía apartar la vista de ellos. Estaba aterrorizada–. Sinceramente, apenas me importa la vida privada de mis seguidores, sin embargo, no puedo tolerar que me traicionen –Vóldemort sacó un pergamino de su túnica–. Este documento ha sido recientemente recuperado por tu marido, del Departamento de Misterios. Aquí veo que el mago Severus Snape está unido mediante un matrimonio mágico con Astrid Lowel... una mujer muggle –Vóldemort levantó la vista–. Tú introdujiste a esta mujer en nuestro círculo. La presentaste como tu amiga –sus ojos rojos se clavaron sobre ella, impasibles–. ¿Tú sabías esto, Narcissa? –preguntó, con venenosa suavidad.
–Yo... mi señor...
–Responde, mujer ¿conocías la traición entre los míos y no dijiste nada? –el tono de su voz se endureció, y los ojos brillaron con más fuerza.
A Narcissa le temblaba el labio, y como era incapaz de seguir mirándole, bajó la vista. Vóldemort se acercó a ella y le cogió la barbilla con una mano fría como la piel de una serpiente, obligándole a levantar la cabeza
–Responde –el susurro llevaba la fuerza de una orden. Su presencia y la cercanía de esos ojos llameantes la aterrorizaban más que cualquier otra cosa. Narcissa comenzó a llorar.
–Mi señor... yo no lo sabía –sollozó. Le pareció que Vóldemort aflojaba la presión de su mano–. No sabía que estuviese prohibido.
Se mordió los labios al comprender que había metido la pata al decir eso.
–Me estás mintiendo –Vóldemort no levantó la voz–. No me gusta que me mientan –Narcissa lloraba, deseando que la matase de una vez y que no siguiese aterrorizándola de aquella manera. Habría preferido que le pegase, que le gritase, cualquier cosa menos esa falsa suavidad–. No llores.
La fría mano apartó las lágrimas de la cara de la mujer.
"Me va a matar, me va a matar. Merlín, por favor, haz que termine de una vez, que me mate ya..."
–No es digno llorar, sobre todo cuando todo esto podría haberse evitado.
–Lo siento... –susurró ella, temblando como una hoja.
–Más lo siento yo, Narcissa, habrías sido una excelente seguidora si no fueses tan débil –dijo él, sin una pizca de sentimiento por su parte. Se alejó de ella, y Narcissa respiró más tranquila. Vóldemort siguió mirándola sin pestañear–. Sabes que tengo que castigarte.
Ella asintió, aceptando.
–Mi señor, sois benévolo.
–¿Benévolo? No creo. Supongo que lo sería si te matase sin más –Narcissa le miró confundida–. Pero ese favor ni siquiera se lo concedo a mis vasallos más fieles. Tú eres una traidora, y por lo tanto debes ser castigada –Vóldemort sacó su varita y apuntó con ella a Narcissa, quien ni siquiera tuvo la presencia de ánimo para intentar defenderse–. Si sobrevives, quizá te deje vivir. ¡Crucio!
Narcissa gritó de dolor y cayó al suelo, doblándose sobre sí misma, sacudiéndose, convulsionándose. Jamás había sufrido un suplicio así, y Vóldemort iba a hacerlo durar.
Narcissa deseó morir mil veces, rogando porque todo acabase, pero sólo sentía dolor, muchísimo dolor.
Se golpeaba a sí misma sin darse cuenta, sangraba, lloraba, pero la agonía no terminaba. Siguió gritando, sin que nadie la oyera, durante mucho tiempo, quizá horas, o puede ser que tan sólo durante unos minutos.
Vóldemort no le dio un segundo de respiro, y alargó la tortura, recreándose de ello, viendo cómo ella sufría.
Los gritos de Narcissa se fueron debilitando, pero su dolor no disminuyó. Su pelo comenzaba a volverse blanco y le salía sangre de los oídos y los ojos, pero aun así seguía sintiendo que le clavaban clavos ardientes en la piel y que le rompían los huesos una y otra vez.
Llegó un momento en el que dejó de moverse, porque ya no tenía fuerzas para ello, pero Vóldemort mantuvo la maldición un tiempo más, hasta ver que ella ya no reaccionaba.
Narcissa seguía viva, pero demente, al igual que les había pasado a los Longbotton y a los Granger, sin embargo, Vóldemort no quería conformarse con eso.
Él creía que el fin era la muerte, y estaba dispuesto a aplicar su doctrina hasta el final.
Le había prometido vivir, pero lord Vóldemort no se caracterizaba por cumplir sus promesas, así que poco después, salió de la mansión, dejando tras de sí el cuerpo sin vida de Narcissa, en la misma posición en la que había dado su último espasmo.
Draco apenas tuvo tiempo de apartarse de la trayectoria del hechizo. Apuntó a su tía y pronunció las palabras oportunas, pero Bellatrix paró su ataque casi sin esfuerzo, y devolvió el golpe ferozmente.
Draco había sido entrenado por Bellatrix, pero jamás se había enfrentado a la mortífaga estando ella tan furiosa y dispuesta a matarle. Y lo peor de todo, era que ella no tendría ningún escrúpulo para hacerlo.
Bellatrix le lanzó hacia atrás, estrellándole contra la puerta, y Draco recibió tal golpe que soltó su varita sin darse cuenta. Casi perdió el conocimiento, pero el instinto de supervivencia le hizo reaccionar, a pesar de que no podía hacer nada. Bellatrix se preparó para lanzar el golpe final, pero entonces algo la golpeó por la espalda, desequilibrándola.
La mortífaga se giró para responder a ese ataque por sorpresa, y Draco aprovechó para recuperar su varita y lanzar un maleficio contra su tía. Su hechizo coincidió con el de la otra persona, y Bellatrix cayó de rodillas, dejando ver a su segundo atacante.
–¿Celine?
–¡Cuidado! –pero su aviso no fue necesario.
Drago invocó un escudo, que le salvó por los pelos del golpe de una maldición. Recordando las lecciones de Snape, rodó sobre sí mismo, alejándose de la trayectoria de la maldición, y dejando que esta golpease el muro. Se puso en pie a toda prisa, con la varita preparada.
Celine resistía contra Bellatrix, pero también retrocedía poco a poco. La mortífaga lanzaba las maldiciones con una fuerza sorprendente, y las piedras del suelo se agrietaron a sus pies.
Draco la atacó, tratando de encontrar un punto débil, sin éxito. Bellatrix metió la mano en su bolsillo, agarrando la varita de Ginny, y luchó con ambas manos, bloqueando los ataques de los jóvenes.
Draco lanzó una mirada desesperada sobre Celine, pero ella parecía guardar la calma, y fruncía el ceño, en una mueca parecida a la de su padre. Por un segundo, su mirada se cruzó con la de Draco, y le hizo un gesto con la cabeza, indicando que iba a intentar algo.
Él redobló la fuerza de su ataque, distrayendo a Bellatrix, y entonces, Celine saltó hacia delante, rodó sobre sí misma, esquivando un rayo, y se puso de pie detrás de la mortífaga.
Draco lanzó una maldición, y Celine alzó su brazo, girando la varita en círculos. De alguna manera, el hechizo de Draco se multiplicó, y se dirigió hacia Bellatrix, golpeándola desde varios ángulos.
La mortífaga soltó la varita de Ginny y gritó furiosa, agitando su varita como si fuese un látigo. Draco fue lanzado hacia atrás, siendo golpeado por un rayo que sacudió su cuerpo con violencia.
El ataque fue algo más duradero que los anteriores, permitiendo que Celine se adelantase, cogiendo la varita caída y lanzando una doble maldición contra la mortífaga. Bellatrix trastabilló y cayó al suelo.
Recordando un consejo de su padre, Celine actuó con rapidez, dejándola sin sentido. Se disponía a atarla cuando un gruñido ahogado llamó la atención.
Draco seguía bajo los efectos del hechizo, y su cuerpo se agitaba, de forma dolorosa, como si una corriente eléctrica le atravesase.
–¿Draco? ¡Draco! –corrió hacia él y se arrodilló a su lado, susurrando a toda prisa varios contra-hechizos. El misterioso rayo desapareció, pero no así sus efectos. Draco la miraba aterrado, con los ojos muy abiertos, sin poder respirar. Se estaba ahogando y su piel se estaba poniendo de color gris.
Celine trató de recordar las lecciones de primeros auxilios de su madre, mientras Draco luchaba por respirar, produciendo un angustioso sonido de asfixia. Celine le inclinó la cabeza hacia atrás, le abrió la boca, le tapó la nariz con una mano y, tomando todo el aire que pudo, juntó su boca con la del rubio y sopló con fuerza.
Levantó la cabeza y volvió a tomar aire, repitiendo la operación. Tras eso, entrelazó las manos sobre el pecho de Drago y apretó rítmicamente, empujando con todo su peso, tal y como su madre le había enseñado. Tras cierto número de contracciones, volvió a hacerle el boca a boca, intentando a toda costa no dejarse llevar por el pánico.
Repitió la secuencia varias veces, esforzándose por seguir el ritmo correcto y transmitirle todo el aire que podía a través de su boca. No tuvo ningún resultado hasta que, en una de tantas respiraciones, notó cómo el pecho de Draco subía, y recuperando la esperanza, tomó aire por última vez, juntó sus bocas y volvió a soplar.
Entonces, Draco comenzó a toser violentamente, doblándose sobre sí mismo. Celine le dejó espacio para que se recuperase.
–¿Estás bien? –preguntó, sin poder apartar sus ojos de él. Aún podía recordar el sonido de su respiración ahogada. Draco se secó las lágrimas de la cara y luchó por controlar su respiración.
–Creo que sí. Muchas gracias por... –no supo cómo continuar.
–No ha sido nada –entonces Celine alargó una mano, apartándole ligeramente el cuello de la camisa–. La maldición te ha dejado cicatrices. Espero que puedan desaparecer –dijo, observando las líneas rojizas que cubrían su piel. Draco le cogió la mano, apretándola con suavidad.
–Podría haber sido mucho peor.
Se miraron aliviados, y ninguno apartó la mirada. Por un momento, pareció que el mundo se detenía, como si estuviesen aislados del exterior por una campana de cristal.
Inclinándose hacia delante, Draco la besó. Celine estaba muy sorprendida, pero no se resistió, y cerrando los ojos, le devolvió el beso de forma suave y lenta, sintiendo como si una corriente eléctrica la atravesase. Él la guiaba con una lentitud y una delicadeza que jamás habría imaginado, anticipándose a ella, respondiéndole, dejándole saborear.
El tiempo se les escapó sin que se diesen cuenta, absortos como estaban en su beso y en la calidez que les rodeaba, y habrían seguido besándose mucho tiempo más, ignorando incluso la peligrosa situación en la que estaban.
Tras unos segundos, que duraron como años, se separaron suavemente, mirándose a los ojos y rozándose la cara con la yema de los dedos.
–Me alegro de ver que estás bien –bromeó Celine, con una sonrisa pícara en los labios.
–No me quejo –a pesar de que hubiese deseado volver a besarla, Draco se vio recorrido por un doloroso pinchazo, recordatorio de la última maldición de su tía. Agitó los hombros con dificultad, mirando a su alrededor–. ¿Por qué has venido?
–No podía dejar que vinieses solo. Sabía que necesitabas ayuda –Celine le ayudó a levantarse.
–Te estás poniendo en peligro de una forma muy tonta.
–Y aun así, te acabo de salvar la vida –respondió Celine, con un matiz desafiante–. Anda, vamos a sacar a Ginny de aquí –ambos forcejearon con la puerta, pero no consiguieron abrirla.
–Quizá se abra con la Marca Tenebrosa de mi tía –sugirió Draco, señalándola con la cabeza.
–Se me está ocurriendo algo –Celine sacó la daga que su padre le había mandado buscar en el bosque unos días atrás, y acercó la hoja a la cerradura de la puerta, introduciéndola como si fuese una llave. El metal chirrió y soltó humo, como si se estuviese fundiendo, destrozando la cerradura. Celine retiró la daga, sonriendo con satisfacción, y abrió la puerta sin problemas.
No se dio cuenta de que, detrás de ellos, Bellatrix recuperaba la consciencia y se incorporaba, con la varita en la mano. Draco se giró por intuición, y al ver lo que pasaba, empujó a Celine, recibiendo en el pecho el maleficio que iba destinado a la chica. El impacto fue tan fuerte que Draco fue lanzado hacia atrás y cayó dentro de la mazmorra, dándose un fuerte golpe contra el suelo.
Celine gritó de rabia y atacó a Bellatrix, olvidándose de una de las lecciones más importantes que le había enseñado su padre: mantener las emociones bajo control.
Bellatrix se aprovechó de eso, y la empujó a ella también. Celine cayó rodando por las escaleras, y tardó unos segundos en incorporarse, a causa del dolor. Vio que Bellatrix se disponía a atacarla, pero entonces su Marca Tenebrosa ardió, y la mortífaga se vio obligada a dejar lo que estaba haciendo.
–Nagini, mata a la chica. Ya no la necesitamos.
Entonces cerró la puerta y se fue.
Draco también se agarraba el brazo, cerrando los ojos con fuerza. Entonces soltó un gruñido y se tapó los oídos, como si un sonido atronador le molestase.
–¿Que ocurre? –se preocupó Celine.
–El traidor ha sido descubierto –jadeo él.
–¿Qué?
–El traidor ha sido... ¡Ah! –Draco agitó la cabeza, queriendo despejarla. Entonces miró a Celine, comprendiendo–. Creo que se refiere a tu padre ¡Él lo sabe!
Celine abrió los ojos, asustada, pero no le dio tiempo a decir nada. En el otro extremo de la celda, Nagini se había desperezado y se lanzaba contra Ginny, abrazándola y arrastrándola lejos de los otros dos.
Celine corrió para ayudarla, seguida de Draco. Iluminaron la estancia con sus varitas, para poder ver lo que estaba pasando, y vislumbraron cómo Ginny liberaba sus manos, y con una piedra acuchillaba a la serpiente en el morro y el cuello. Nagini se estiró, siseando furiosa, y Ginny se deslizó por su cuerpo escamoso, escapando de ella.
Draco y Celine corrieron hacia la serpiente y la llamaron a gritos, tratando de distraerla. Nagini les miró molesta, y Ginny aprovechó para saltar hacia delante y hundir de nuevo su rudimentaria arma en el cuerpo de la serpiente.
Nagini siseó de dolor y se revolvió contra ella, empujándola con fuerza, y tirándola de espaldas. La serpiente se lanzó hacia ella con la boca abierta, pero Draco se interpuso y la atacó con una maldición.
La serpiente retrocedió siseando, y entonces Celine, quien se había situado detrás de ella, le clavó en el costado la daga de su padre hasta la empuñadura. Con ayuda de un hechizo, consiguió que la daga penetrase aún más en la carne, haciéndole sangrar.
Nagini se giró para morderla, y la chica se defendió blandiendo la varita y creando un reguero de fuego, pero la serpiente movió su cola como un látigo y le quitó el arma de golpe.
Celine retrocedió para evitar ser mordida, hasta chocar contra la pared. Draco y Ginny actuaron deprisa: él creó una bola de fuego para quemar a la serpiente, y ella se ensañó acuchillándola con su arma de piedra.
Nagini sacudió la cola con fuerza y les tiró al suelo, y antes de que pudiesen levantarse, se puso sobre ellos y comenzó a aplastarles para que no pudiesen escapar de sus colmillos.
Draco se defendió a base de hechizos, pero la serpiente no se asustó esta vez, y cambió el ángulo para poder morderle, aplastando aún más a Ginny.
Celine buscaba su varita, desesperada, pero al oír los gritos de los otros dos, hizo lo único que se le ocurrió: se tiró sobre la serpiente y la golpeó con los puños.
Nagini no se inmutó ante sus golpes y sus gritos, porque estaba mucho más centrada en ahogar a Draco, tanto que terminó descuidando a Ginny, y la joven consiguió escurrirse y escapar.
Se levantó tropezando, pero pudo alejarse unos pasos y tener una visión completa de la situación.
Draco estaba a punto de ser mordido o aplastado y la otra chica se desesperaba por distraer a la serpiente. Al retroceder, Ginny pisó algo alargado, y al bajar la vista se encontró con la varita que había perdido Celine.
La cogió, sintiéndose extrañamente segura de sí misma, y avanzó hacia la serpiente, que tenía totalmente rodeado a Draco y se disponía a morderle.
Ginny se situó junto a su cabeza, y sin dudarlo, gritó un encantamiento, e invocó unas cuerdas de fuego alrededor de lo que debía ser su nuca. Nagini se incorporó, retrocediendo por culpa del tirón de Ginny, siseando de dolor y estremeciéndose.
Comenzó a agitarse con violencia para desprenderse del encantamiento, pero entonces Celine, recordando que contaba con una segunda varita, realizó un hechizo similar, ayudando a Ginny a subyugar al animal.
Nagini no pudo soportar la tensión que producían las dos chicas, y dejó de agitarse, agotada. Celine y Ginny se aferraban a sus varitas, tirando con todas sus fuerzas, mientras que Draco, por fin liberado, enviaba desde el suelo una maldición contra la serpiente.
Nagini siseo de dolor, incorporándose como un látigo. Ginny fue arrastrada al suelo, soltando su varita, y Celine, quien seguía manteniendo el encantamiento de las cuerdas, fue zarandeada, como si fuese una marioneta.
La serpiente se acercó a la pared, con Celine aún sujeta a su cuello, y se golpeó con fuerza contra la piedra, para quitarse el hechizo de encima o aplastar a la chica.
–¡Celine, apártate de ella! –gritó Draco, quien se había puesto de rodillas a pesar del dolor de sus costillas y lucía una expresión de fría determinación.
Celine saltó al suelo y se alejó, y Ginny se quitó de en medio
–¡Avada Kedavra!
El rayo verde golpeó a la serpiente, matándola en el acto. Celine miró a Draco, asombrada.
–Nunca había usado esa maldición –jadeó, tratando de controlar su respiración.
–Yo tampoco –respondió el–. ¿Estás bien, Weasley? –preguntó, mirando a Ginny.
–Si –pero Ginny estaba en guardia. No se había olvidado de que Malfoy llevaba la marca tenebrosa y era hijo de un mortífago, y a la otra chica no la conocía. Sus recelos la pusieron a la defensiva, a pesar de que la habían ayudado
–¿Por qué habéis venido? –preguntó, mirando del uno al otro.
–Es muy largo de explicar –Celine buscó por el suelo de la celda, hasta encontrar las dos varitas caídas–. Pero primero deberíamos salir de aquí. Me llamo Celine –se presentó, devolviéndole a Ginny su varita.
La joven Weasley devolvió el saludo, y se relajó un poco. Los tres procedieron a curarse rápidamente las heridas más graves, y sin querer perder más el tiempo, subieron a toda prisa las escaleras, para escapar de la celda.
Pero esta vez, ni los hechizos, ni la Marca Tenebrosa ni la daga sirvieron de nada. Bellatrix se había asegurado de sellar por completo cualquier vía de escape.
Estaban atrapados.
Astrid estaba repasando los horarios con los médicos de su turno, cuando el sonido de los gritos llamó su atención. Se giró y vio que en el otro extremo del pasillo, los médicos y las enfermeras salían huyendo de una nube de humo.
–¿Qué pasa? –le preguntó a una enfermera que pasaba por su lado.
–¡Hay gente enmascarada disparando!
Mike, uno de los medimagos, corrió hacia Astrid, la cogió del brazo y tiró de ella.
–¡Los mortífagos nos atacan! Tenemos que evacuar a todo el mundo antes de que nos aíslen.
Astrid recordó que el hospital tenía unas barreras de seguridad que se cerraban automáticamente en caso de incendio o ataque terrorista, aislando las zonas principales del hospital. Una vez cerradas, no se volvían a abrir, y la única forma de ir de un lugar a otro era a través de las escaleras de emergencia. Por eso tenían que sacar al máximo número posible de heridos antes de que las barreras impidiesen trasladar a las camillas.
Corriendo detrás de su colega, Astrid tocó su anillo.
"Severus ¿por qué habéis adelantado el ataque?"
"¿Qué quieres decir? No he recibido ninguna llamada"
"¡Los mortífagos están atacando el hospital!"
Snape profirió una maldición.
"Voy de inmediato. Mantente alejada del peligro. Escóndete y no te muevas"
Pero Astrid no podía permitirse el lujo de ponerse a salvo. Una de sus funciones como directora de Urgencias era asistir con la evacuación, y debía cumplir con el protocolo.
Siguió a Mike y juntos subieron de un tirón los tres pisos que les separaban de la planta de pacientes más cercana. Casi sin resuello, siguieron abriéndose paso a través de la marea de gente aterrorizada que gritaba y corría sin rumbo fijo.
Las alarmas estaban sonando, inundando las salas con las luces rojas de emergencia, y los médicos y enfermeras llevaban a los pacientes que no podían moverse y a sus familiares a las salas más seguras, intentando poner un mínimo de orden en medio de tanto caos.
Y de fondo, se oía el eco de las peleas entre mortífagos y los magos que trabajaban en el hospital.
Corriendo hacia un pequeño marco de color rojo, Astrid lo golpeó con el codo, rompiendo el frágil cristal que lo cubría, y tiró con fuerza de la palanca. Al instante, gruesas puertas de metal reforzadas con magia comenzaron a descender, bloqueando los pasillos. Eso debía dar algo de tiempo para evacuar a los pacientes.
Mike había desaparecido, y ella se había quedado sola en un pasillo que se iba quedando rápidamente sin gente, dando paso a los magos que peleaban.
Astrid iba a darse la vuelta cuando recordó que Katherine seguía en el hospital. Asustada por su hija, decidió escurrirse bajo una de las barreras de metal, y se lanzó en una loca carrera a través del pasillo, donde los medimagos y los mortífagos luchaban a muerte.
La habitación de los Granger estaba justo detrás del último grupo de mortífagos, así que Astrid prefirió no pararse a pensar en las consecuencias de su loca carrera. Estuvo a punto de ser herida varias veces, pero activó la magia protectora de su anillo y siguió corriendo, sin detenerse, como en una carrera de obstáculos.
El humo la cegaba y no le permitía respirar, y a veces no sabía si chocaba contra amigos o enemigos. Demasiado tarde, se dio cuenta de que una maldición iba directamente hacia ella, y antes de cerrar los ojos, vio una sombra negra que se abalanzaba sobre ella, tirándola al suelo.
Antes de poder reaccionar, Astrid sintió cómo la levantaban en vilo y tiraban de ella hacia un pasillo lateral, donde fue empujada sin muchos miramientos contra una pared. Abrió los ojos y se fijó en las facciones que se escondían tras la máscara.
–¿Severus? –preguntó aliviada, reconociéndole al instante–. ¿Qué está pasando? ¿Por qué atacáis ahora?
–No lo sé, son órdenes de Bellatrix –respondió él–. ¿Y tú qué? ¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre meterte en medio de esta pelea? –no se sabía si estaba enfadado, asustado o nervioso, pero su presencia imponía.
–Kate está aquí. Estaba atendiendo a los Granger, y su habitación está al final del pasillo. Están atrapados.
–¿Dónde está? –Snape frunció el ceño, más preocupado todavía.
–Justo allí.
Snape vio que para llegar a la habitación había que atravesar el pasillo donde se estaba produciendo la pelea. Pareció pensar en algo y suspiró, resignado.
–Está bien –indicó, soltándola–. Yo te cubro. Date prisa.
Astrid asintió y se asomó al pasillo, fijándose en su objetivo. Sin vacilar ni mirar hacia los lados, salió corriendo. Snape activó los sensores de incendio con un movimiento de varita, y la repentina lluvia distrajo a los mortífagos, facilitándole la tarea a Astrid.
La mujer llegó a la puerta, la abrió y se lanzó dentro, esquivando por los pelos una maldición de Katherine.
–¡Tienes que salir de aquí! –ordenó, cogiendo del brazo a su hija.
–Mamá, no podemos dejarles aquí –protestó Kate, señalando a los Granger.
–Cúbrelos con un escudo protector, les llevaremos hasta un lugar seguro –Katherine obedeció, rodeando a las camillas con dos campanas brillantes. Ella cogió una camilla y su madre otra–. Ahora, corre todo lo que puedas sin detenerte ni mirar atrás. Vamos al ascensor número cuatro.
Salieron corriendo de la habitación, empujando las camillas a través del pasillo, esquivando los cuerpos de los caídos y los heridos. Por el camino, Astrid vio a una joven bruja que estaba en su primer año de prácticas y que apenas podía moverse a causa de su miedo. A la carrera, la cogió por la ropa y la puso detrás de la camilla.
–¡Sigue corriendo! ¡No te pares! –le ordenó. La bruja no se atrevió a negarse, y siguió a Katherine hasta el ascensor. Astrid sacó una tarjeta que llevaba colgada del cinturón y la acercó al panel de los botones. Estos se iluminaron, y las puertas se abrieron.
–Bajad al área principal y llevadles a San Mungo.
–Mamá ¿qué haces? ¡Ven con nosotras! –gritó Kate, pero Astrid había vuelto a acercar la tarjeta, cerrando el ascensor de forma manual desde fuera.
La mujer se giró para comprobar con la mirada que no había más estudiantes atrapados en el pasillo. Se disponía a salir corriendo para clausurar las escaleras de emergencia y escapar por ellas cuando una mortífaga chocó contra ella. Astrid la miró y la reconoció, y por un momento se quedó quieta, sin saber qué hacer.
–¡Tú! –de alguna manera, Bellatrix también la había reconocido. La miró de arriba abajo con odio.
–¡Bellatrix! –Snape la llamaba, pero al ver lo que pasaba, él también se quedó quieto. La mortífaga miró de uno a otro, atando cabos.
–Eres un maldito traidor –susurró, con desprecio.
–Escucha Bellatrix...
–¡Avada Kedavra!
Snape cerró los ojos de forma instintiva al ver el brillo verde, y al abrirlos creyó que Bellatrix se había equivocado.
Fue entonces cuando vio que Astrid caía al suelo, con una expresión de sorpresa pintada en el rostro.
–¡Astrid!
