Evitación

Cuando Link duerme, sus pestañas parecen aún más largas y espesas. No es la primera vez que Zelda las observa en silencio, porque ahí encuentra su paz. Apenas ha amanecido y logra escurrirse de la cama sin que él se inmute. Es cierto que últimamente duerme más, "casi como alguien normal" según Link, pero esa noche se le ha hecho larga, interrumpida por sueños inquietos.

Se estira para mirar el primer rayo de sol despuntando sobre el mar. Bajo la casa, el viento mece la hierba. Los fuegos pasados dejaron cenizas, y ahora lo verde tapa las cicatrices. Hyrule está lleno de ellas, "y yo también", piensa, pasando la yema de los dedos por encima de una pequeña muesca que tiene en el pómulo izquierdo. Esa se la hizo cuando sellaron a Ganondorf, en la guerra del pasado remoto.

Camina descalza y con determinación, la vista fija en la puerta del estudio. Hay un espejo en la sala de estar, pero ella nunca se mira en él. Suele ignorarlo a menudo, ese y otros espejos que Link ha puesto en la casa. Tiene miedo de ver en su reflejo cosas que cree olvidadas y superadas. Sabe que ya no es la misma, por todo lo que ha pasado, las cicatrices que marcan algunas partes de su piel son una muestra visible de ello. Aun así… perdonarse a sí misma es la más difícil de todas las misiones a las que Zelda se ha enfrentado en su vida.

El estudio es tan bonito… a veces se sorprende con la capacidad de Link para fijarse en los pequeños detalles. Y todo porque una vez ella mencionó que quería pedirle a Karid que le fabricase una mesa más grande, de madera noble, para poder desplegar ahí pergaminos y mapas. La mesa que él ideó para la casa nueva era tal cual ella la habría elegido. La sensación de que todo es nuevo ha resultado ser agradable. En un principio creyó que echaría de menos su estudio oscuro de Hatelia, que aborrecería una construcción de la que no mantenía recuerdo alguno. Se equivocaba. El olor a madera nueva, a papel de pergamino y a tinta es reconfortante y no se siente como algo ajeno.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

La voz de Link no logra sobresaltarla lo más mínimo. Lo ha escuchado reptar medio dormido por la casa antes de acercarse a acecharla en el estudio.

—Un tiempo —responde ella, marcando un punto en su último párrafo.

—¿Qué haces?

—Escribir unas palabras para Prunia.

—¿Para Prunia?

—Hm-hm.

Link se sienta en el suelo y la observa desde ahí, haciendo esfuerzos para terminar de abrir los ojos del todo. Los únicos ruidos en la casa son los de la pluma rasgando el pergamino y algún que otro bostezo de él.

—Hoy es-

—He terminado —anuncia ella. Se incorpora con energía y se estira un poco— tenemos muchas cosas que hacer hoy. Hay que ir a ver a los zora, los goron, los orni y las gerudo. Y también hay que ir a Fuerte Vigía. Y a Hatelia, por supuesto. Habría que ir a muchos más sitios, pero no dará tiempo en absoluto.

—¿Crees que hace falta? Mucha gente no-

—Link —interrumpe de nuevo— hace falta. Es la costumbre, ¿recuerdas?

—Ya, lo sé, pero con todo lo que ha pasado después…

—Sigue haciendo falta —ella esquiva sus ojos con premeditación—. Bien, ¿desayunamos algo? ¿Crees que lloverá?

—Es difícil de decir —él se acerca a la terraza y observa el cielo y el color del mar—, puede que llueva en la sierra de Akkala, pero no sé qué pasará en el resto de Hyrule.

Ella aprovecha esa distracción de Link para bajar a la cocina y ponerse a cocinar. Huevos, pan tostado y algo más. Pone agua a hervir. Oye a Link arrastrándose escaleras abajo y sentarse a la mesa para observarla desde allí con cara de preocupación. No necesita ni mirarle para saber que ha puesto esa cara.

—¿Prefieres que haga yo el desayuno?

—¡No! ¿Por qué? Me apetece hacerlo a mí. Tú deberías ponerte alguna camisa o volverás a acatarrarte —dice ella, dándole la espalda para vigilar el agua y remover los huevos—. Tu política de ir desnudo puede ser divertida a ratos, pero no lo es tanto si terminas enfermo.

—No estoy desnudo.

—Ir en calzones por la casa no es ir vestido —suspira ella, poniendo los ojos en blanco.

Link resopla a su espalda, igual que lo hacen a veces los niños de la escuela en Hatelia, y desaparece escaleras arriba para vestirse. Ella toma algo de aire. Seguramente llueva.


—¿Estás bien? —pregunta Link, que la observa de reojo.

—Yo siempre estoy bien —repone ella, caminando erguida. La primera parada, es el Dominio Zora. Hace mucho que no visita el lugar, y siente que está descuidando un poco las relaciones diplomáticas. No es buena idea sobre todo teniendo en cuenta las malas experiencias con algunos ministros del dominio.

—No hay por qué decir nada de lo nuestro hoy —dice él. Como ella también le observa de reojo, ve que aprieta el puño con nerviosismo.

—Lo sé.

Ya han pasado varias semanas desde que se comprometieron, en privado, y con Kaenne como única conocedora oficial. Y con el paso de los días, Zelda se pregunta hasta qué punto tiene sentido hacer un anuncio con toda la parafernalia asociada. Los zora viven largas vidas en su dominio y suelen comprometerse desde que son niños o incluso antes de nacer. Salvo excepciones, los matrimonios son pactos acordados entre las familias. Eso lo facilita todo: largas vidas que quedan ligadas a través de contratos firmes y detallados, sin cabos sueltos. Los compromisos hylianos son algo un poco ajeno a su cultura, aunque los sacerdotes zora son muy apreciados y suelen oficiar las bodas. Es por eso que Zelda no cree que anunciar o no el compromiso suponga un gran impacto para los zora.

Por otro lado… La inquietud que ronda su estómago la detiene de golpe, en mitad del puente colgante que conecta los desfiladeros de la región con la ciudad.

—Link, no quiero que pienses que quiero ocultar lo nuestro —espeta repentinamente.

Él parece sorprendido, o al menos, no parece preocupado por eso. Es un alivio, pero Zelda prefiere asegurarse antes de generar más malentendidos que puedan herir a Link sin querer.

—Lo sé, no pasa nada —él se encoge de hombros— además, Sidon cree que tú y yo estamos comprometidos desde hace tiempo.

—¿Qué?

Es inevitable que el rubor se apodere de su cara cada vez que él suelta algo del estilo. Link reanuda el paso como si nada.

—¿Cómo que lo sabe desde hace tiempo? —insiste ella. En su cabeza registra con velocidad, y entiende que los sheikah o los aldeanos de Hatelia sospechen, pero ¿Sidon?

—Tú me regalaste una prenda de compromiso. Los zora lo tienen por costumbre, así que él supone que ya estamos prometidos.

—¿Prenda de compromiso? Yo no te he…

Se detiene antes de darse cuenta de lo Link insinúa. Sí, es cierto. Ella cosió una segunda túnica azul para él. La primera vez cosió prendas para todos, Link y los elegidos, por lo que no podía confundirse su significado al no ser él el único receptor. La segunda… bueno. De alguna manera era mucho más especial. Los acabados fueron mucho mejores, la túnica era más resistente y además la cosió volcando su cariño en ella, nada que ver con la otra vez cuando lo hizo pensando en lo mucho que le molestaba tener que coser algo por obligación y para su carcelero.

—¿Le dijiste a Sidon que la había cosido yo?

—Lo adivinó él solo, es evidente —dijo Link, lanzando una especie de suspiro de cansancio.

Nada más llegar a la ciudad, fueron conducidos a la sala del trono, que ahora era ocupada por Sidon y su reciente esposa la reina Yona. Las abdicaciones eran comunes entre los zora debido a sus vidas longevas, llegado un punto era casi natural que se produjese un relevo de generaciones. A Zelda le resultaba un poco raro adaptarse al cambio, aunque sabía de sobra que Sidon y Yona traerían muchas cosas buenas y positivas al dominio a través de su reinado.

—No solemos hacer nada especial en este día, lo siento mucho —se disculpó Sidon— al principio sí… puede que los más ancianos aún hagan algo para recordar a los caídos en el Cataclismo. Pero… la paz a veces sirve para cambiar unas costumbres por otras. Y tenemos el día del Espíritu del Agua, en el que recordamos a todos nuestros familiares y amigos que ya no están. Además, con todo lo sucedido con esos abismos y el castillo de Hyrule, y vos desapareciendo…

—No pasa nada —dijo ella, agitando las manos con nerviosismo— Link y yo hemos traído algo para recordar a los caídos en el Cataclismo. Podemos ofrecerlo como recuerdo, no hace falta organizar más ceremonia que esa.

—Estupendo. El memorial está ahora en el Monte del Trueno, Yona y yo os acompañaremos personalmente.

Los cuatro se desplazaron hasta allí con velocidad, pues ahora había un santuario zonnan que lo permitía. Era realmente útil, el ascenso hasta el Monte del Trueno era largo y un poco tortuoso, así que Zelda suspiró con alivio cuando supo que podría moverse hasta allí más rápido de lo previsto y sin tener que escalar por sendas rocosas y resbaladizas.

Dejaron una única princesa de la calma en la piedra memorial. Sidon pronunció unas palabras simples, pero significativas. También hubo palabras para Mipha, como es natural, y Zelda tuvo que tragarse las lágrimas. Pensaba que no aflorarían, no era la primera vez que hacían ese tipo de homenaje, pero dolía cada vez. Dolía todas las veces. Tanto como si le acabaran de infligir esa herida.

—Bien, es mejor que nos marchemos ya —dijo ella, dando la espalda al memorial en un movimiento brusco que sirvió para ocultar a tiempo las lágrimas que no había podido retener— aún tenemos que visitar más sitios. No podré visitar al rey Dorphan esta vez, pero prometemos volver para visitarle con calma.

—Sin problemas, siempre sois bienvenidos —sonrió Sidon— pero, antes de que os marchéis. ¿Puedo hablar una cosa con Link a solas?

—Claro —ella devolvió la sonrisa de manera protocolaria. Aún sentía la sensación salada en las mejillas y no deseaba que nadie lo notase.

Yona le habló un poco del parque acuático y de la remodelación de Ciudad Zora. El dominio se expandía, y algunos zora se planteaban incluso mudarse a vivir en el lago Hylia, como habían hecho algunos de sus ancestros. Zelda trató de recordar a los zora que habían habitado Hyrule desde su fundación, pero apenas tuvo tiempo de relacionarse con ellos, salvo con la elegida zora, la que ayudó a acabar con Ganondorf y la guerra de la Antigüedad.

—La verdad, todo lo que habéis hecho con el hospital zora es increíble —observa Zelda— es algo tan valioso que me encantaría que pudiera exportarse a otras regiones de Hyrule.

—¿De veras lo creéis? —pregunta Yona, sin ocultar que el halago significaba mucho para ella.

—En las aldeas pequeñas no hay médicos —Zelda desliza la vista hacia el horizonte, mientras recuerda algunas situaciones complicadas de sus viajes por Hyrule— muchos niños y ancianos han muerto al ser los más vulnerables y no disponer de nadie con conocimientos curativos. Ojalá hubiera más hospitales…

—Ese sería un proyecto increíble. Me encantaría hacerlo realidad, de veras.

—¿Estarías dispuesta? El dominio aún necesita muchos cambios, ahora sois reina junto a Sidon. No sé si…

Yona suspira y se aventura a agarrar a Zelda de las manos.

—Por favor. Sería la ilusión de mi vida. Los zora hemos vivido demasiado tiempo aislados. Tenemos que compartir nuestros conocimientos y habilidades medicinales. Coordinar los hospitales de Hyrule desde aquí sería un sueño y un honor para nosotros.

—Yo… no tengo que dar permiso para nada, como sabréis… —balbucea Zelda, un tanto abrumada— no… sólo ayudo en la reconstrucción, como muchos otros.

—Pero la gente cree en vos. Y os hará caso si vos proponéis que los zora sean los que lideren la creación de hospitales.

Zelda asiente en silencio. Está mucho menos sombría cuando Link vuelve y ambos reanudan el viaje.


Almuerzan en Ciudad Goron. Fue Yunobo el que insistió en ir al asador que hay cerca de las minas del sur, y Link puso cara de cordero degollado al imaginar un buen pedazo de carne de avestruz de Eldin a la brasa. Aunque ella habría preferido una comida más rápida para poder reanudar el viaje sin mucha demora, ¿cómo negarse a verle devorar y derrochar felicidad por la comida?

Varios goron se apuntaron a la comilona, y el asador ha terminado pareciendo una especie de festival para devoradores de rocas ardientes.

—Ya no celebramos el día de hoy, alteza —admite Yunobo, dando un mordisco enorme a su "rocodrillo"— aunque seguimos honrando a Daruk en la Roca del Líder, y también a los dioses de la montaña. Y a Elden.

—¿A Elden?

—Suele sobrevolar el cañón de Tanagar. Los goron se sienten protegidos —aclara Yunobo, como si tener al Dragón del Fuego sobrevolando la montaña fuese una protección obvia.

Hay un instante de silencio y Yunobo se retira para atender a otros goron, dejándola a solas con Link.

—¿Sabes quién era Elden? —pregunta él, mirándola de soslayo, mientras sigue masticando su último bocado.

—No lo sé.

—Pero tuvo que ser alguien. También tragó una piedra secreta para convertirse en un dragón inmortal.

—Supongo.

—¿Lo haría para encontrarse con alguien en un futuro?

—Me da tristeza pensarlo.

—¿Crees que los dragones pueden reconocerse entre sí y ser amigos? Yo creo que pueden —dice él, frunciendo el ceño y sonando muy convencido de eso—. Puede que así se hagan compañía y estén juntos.

Ella está a punto de abrir la boca para decir algo, pero desecha la idea. Ella no recuerda nada de su vida como dragón, así que no tiene mucho más que aportar. No quiere decir algo que desilusione a Link, a él parece reconfortarle la idea de que los dragones puedan entenderse unos con otros.

Ninguno vuelve a mencionar a los dragones, y tras el almuerzo, Yunobo los acompaña al lugar cerca de la cima de la Montaña de la Muerte, para dejar una princesa de la calma sobre la piedra memorial del Cataclismo.


Una ventisca terrible asola la región de los orni. Niebla, nieve y viento cegadores. Link la ha tenido que convencer de que no era buena idea cruzar el puente colgante que comunica tierra firme con el poblado. Ella ha intentado negarse, pero al fin le ha dado la razón al ver cómo el viento agita y sacude el puente de un modo violento. Tiene las manos heladas y la idea de calentarse un poco en el fuego de la gaceta El Trébol termina por seducirla del todo.

Penn y las hermanas de Mirene están ausentes, tan sólo encuentran allí la propia Mirene, que para matar las horas de tiempo muerto esperando a que amaine la tormenta de frío y nieve, se dedica a imprimir ejemplares de la gaceta.

—Hemos impreso un artículo especial para rememorar el Cataclismo —les informa Mirene— el problema es que con este temporal tan malo no hemos podido hacerlo llegar a tiempo a todas las postas. Llegará con retraso.

—No importa, es comprensible —dice ella, agitando la cabeza para restarle importancia—. Dime, ¿podrás hacer llegar esto a Teba y Lord Tyto? Es para dejarlo sobre el memorial.

Zelda saca otra princesa de la calma de su cesta y se la entrega con cuidado a Mirene, que examina la flor estupefacta.

—Había oído que habían vuelto a proliferar, aun así, es extraordinariamente raro tener un ejemplar de estas flores tan escasas en mis manos. Podría pedirle a una de mis hermanas que la dibujase y así publicar un artículo al respecto…

—Crecen cerca de casa —dice Link, que ha estado adormecido y taciturno desde que logró entrar en calor. Apenas se ha movido del lado de la lumbre que Mirene mantiene viva y crepitando en la chimenea.

—¿En serio? ¿Me podrías decir en qué condiciones? —Mirene saca su libreta y pluma de periodista al instante.

—No sé, cerca de casa hay una laguna con una arboleda y ahí crecen en abundancia. La verdad… lo tomé como un buen augurio cuando compré los terrenos.

—Es extraño que proliferando en Hatelia no haya gente comerciando con estas flores… —reflexiona Mirene, llevándose la mano a la barbilla.

—No, no en Hatelia. Me refiero a nuestra casa en Akkala, cerca de la aldea Arkadia.

—¿Cómo dices?

Zelda siente de nuevo el rubor quemándola sin piedad. Ahora la persona más dada al cotilleo en todo Hyrule sabe lo de la casa. Link se da cuenta del lapsus y se incorpora, nervioso.

—No… es una casa nueva —dice él, haciendo aspavientos— es… casi nadie lo sabe. La construí hace poco. Es que… Kaenne. Ella ha puesto un negocio de construcción de casas a medida en aldea Arkadia.

—¡Lo sé! Yo misma hice publicidad en la gaceta. Pero no tenía ni idea de que habías comprado una, Link. Eres una caja de sorpresas… Y… bueno. ¿Ya vivís allí?

—Temporalmente. O algo así —balbucea él con torpeza.

—Sí, algo así —añade ella, al sentir los ojos de Mirene preguntándole sin decir nada— no es como algo definitivo… pero, más o menos. La casa es grande y bonita, y es más cómoda.

—Entiendo —sonríe Mirene, decidiendo dejar de torturarles más con el interrogatorio.

De vuelta a la ventisca, Zelda saca la tableta sheikah para buscar un punto de transporte en la Ciudadela Gerudo. Ha evitado mirar a Link creyendo que así él no se dará cuenta de lo muy ruborizada que se ha sentido con toda la situación.

—Lo siento —murmura él, evitando también mirarla.

—No es culpa tuya —suspira— además, no hemos dicho nada que sea mentira. Prácticamente nos hemos mudado a la casa nueva.

—Ya, pero ya sabes cómo es Mirene. Ella puede suponer que… bueno.

—Mañana todo Hyrule sabrá que estamos juntos, Link, asunto zanjado. Tal vez debimos anunciárselo a ella en primer lugar, así se cumpliría mi objetivo de que todo el mundo lo supiese al mismo tiempo.

—Entonces, ¿no te molesta? —murmura él, con cara de sorpresa al oírla bromear sobre el asunto.

—Sólo me molesta que Mirene confunda el periodismo con el chismorreo. No sé a quién le puede interesar saber lo nuestro, la verdad —refunfuña ella—. ¿Vamos a visitar a Riju? Pronto anochecerá y aún nos quedan lugares que visitar hoy.


Las gerudo podían ser los seres más testarudos sobre la faz de la tierra.

—Pero, tengo el permiso de Riju, ¿recordáis? —se queja Link, mientras es empujado sin piedad hacia el calabozo—, Atta, tú me conoces. Fuiste mi carcelera la última vez.

—Tenemos instrucciones precisas, shiok.

—Un momento, parad sólo un momento —Zelda persigue a las guardias gerudo que arrastran a Link por las catacumbas— sabéis quién soy, quién somos los dos. ¿Por qué tenemos siempre que pasar por esto? Es ridículo.

—La capitana Adine y la matriarca Riju no están. Sus instrucciones al marcharse fueron: ningún shiok debe pisar la Ciudadela —aclara Komane, la segunda guardia que no es capaz de borrar una sonrisa de satisfacción de la cara.

Sus explicaciones no han servido de nada y han vuelto a encarcelar a Link. Zelda da un largo suspiro de cansancio al ver a Link asomar la nariz detrás de la pequeña ventana con rejas.

—Venimos a hacer el homenaje a los caídos en el Cataclismo y nos encontramos con Link en la cárcel una vez más —protesta Zelda.

—El homenaje puede realizarse sin problemas. Que vuestro shiok esté encarcelado no es un obstáculo para eso. Lo soltaremos para que os lo llevéis cuando hayáis terminado.

—Que mi shiok esté encarcelado es inaceptable además de ser un obstáculo —ruge ella. Al final tiene que tragarse el enfado porque sabe que las gerudo no van a ceder. Además, Link ya se ha resignado. En realidad apenas ha opuesto resistencia cuando lo han prendido para guiarlo hasta el calabozo.

Han pasado cerca de dos horas y Zelda empieza a desesperarse. Aún tienen que viajar hasta Fuerte Vigía y la aldea de Hatelia. El atardecer lento y sedante del desierto no consigue darle la paz de otras veces y se plantea largarse de allí con Link dejando una nota y una princesa de la calma para Riju. Casi está decidida a hacerlo cuando oye las voces de Adine y Riju resonando en las catacumbas.

—¡Sacadle de inmediato! ¿Por qué diablos lo habéis vuelto a encerrar? —el enfado de Riju se debe oír por todo el cañón de gerudo.

—Es… las instrucciones eran encerrar a cualquier shiok —balbucea Atta.

—Retiraos, no quiero veros en lo que resta de día —resopla Riju— Link, ¿estás bien? Ya no sé ni cómo disculparme con vosotros dos.

—Todo bien —sonríe él, levantando el pulgar.

Tras recibir una larga hilera de disculpas, aceptan tomar un té con Riju y Adine. Al parecer, ambas habían viajado al templo del Trueno. Una vez Link eliminó a la reina Gibdo, Riju ha liderado varias expediciones para examinar esas ruinas en busca de respuestas.

—Tal vez fue ese hombre horrible quien lo construyó. Si es así derribaremos hasta la última piedra —asegura Riju.

—No importa, Ganondorf debía tener varios asentamientos en el desierto. ¿Qué sentido tiene tirarlo todo ahora que no está? —Zelda lo dice tratando de aplacar un poco el malestar de Riju, aunque sabe que es difícil, ella está ofuscada por todo el asunto. De alguna manera se siente responsable como gerudo, y es algo que Zelda puede llegar a entender, aunque daría cualquier cosa por convencerla de que las gerudo no tienen la culpa de nada.

—Es una reparación. Como dejar una flor en una piedra memorial —insinúa Riju, mirando de reojo. Zelda sonríe, las gerudo no pueden tener una líder más inteligente.

—Tienes razón —admite Zelda— pero… no te obsesiones. No eres culpable de lo que ese monstruo hizo. Tu antepasada se levantó contra él, ella y otras guerreras. Imagina lo difícil que debe ser enfrentarte a los tuyos. Ella es quien debe ser tu inspiración.

—Dejaremos la flor en el memorial por vosotros. Es mejor que partáis antes de que caiga la noche.

—Gracias, Riju. Volveremos otro día, me gustaría conversar contigo con más tiempo.

—Por supuesto, alteza.


En Fuerte Vigía está bastante oscuro, aunque aún quedan un par de horas antes del anochecer. La culpa es de unas nubes grises y espesas que amenazan con derramarse de un momento a otro.

—Habéis tardado mucho, casi llego a pensar que no ibais a venir —protesta Prunia. En la mano tiene el discurso que Zelda ha escrito, lo ha leído por encima un par de veces para memorizar algunas partes.

—Viajar por todo Hyrule en un solo día lleva su tiempo, incluso aunque se use el teletransporte —repone ella.

Por dentro piensa que el viaje ha sido bastante triste y muy poco fructífero. Casi nadie recuerda ya el Cataclismo. Unas costumbres se han ido transformando en otras, cada aldea y cada región tiene las suyas. Los más jóvenes no lo han vivido y cada vez quedan menos ancianos supervivientes. Se siente un poco tonta al pensar que tal vez está forzando a los demás recordar cosas que ya sólo viven en su corazón y en el de un puñado de gente. Link la acompaña siempre con su máscara de silencio, la que usa para ocultarse de algo que también le perturba. Tal vez se siente incómodo, o siente incluso lástima por su empeño en repetir la misma ceremonia cada año.

—¿Vamos?

La voz de Link la hace temblar un instante, está empezando a sentirse frágil por dentro, los memoriales del castillo y de la muralla de Hatelia son los más complicados de sobrellevar.

Juntos caminan tras Prunia, que habla de llevar algo para refugiarse de la lluvia, de lo lentas que van las reparaciones y expansión de Fuerte Vigía, y de sus quejas sobre Rotver y cómo acapara el espacio del laboratorio. Rotver, Josha y el capitán Hotzlar los acompañan a través de la puerta de la empalizada, rumbo a las ruinas de la ciudadela. El memorial está en la plaza de ceremonias, donde una vez ella armó a Link caballero. Era un recuerdo tan lejano que parece como si perteneciese a otra persona.

Allí esperan un tiempo. En el aire flota la humedad y el agradable olor a tierra mojada, aunque aún no ha empezado a llover. Hotzlar ordena a un par de soldados que prendan las antorchas, apenas queda luz ya.

—Alteza, deberíamos empezar —dice Prunia, sacándola de sus pensamientos.

—No hay mucha gente —observa ella.

—Dudo que vengan más, va a llover de un momento a otro y está oscuro. No es un buen momento para estas cosas.

—Aun así…

Esperan un poco más, sólo llega un mozo de cuadras y la dueña del bazar de Fuerte Vigía.

Prunia suspira y mira a Zelda de reojo, que termina cediendo. Es verdad, no va a acudir nadie más. Prunia da unos pasos hacia el centro de la plaza de ceremonias, con el discurso que Zelda ha escrito esa mañana. Sin mucha dilación, comienza a leerlo. Zelda se lamenta internamente, las palabras que le parecieron significativas por la mañana ahora suenan huecas. Es que no hay nada, nada, que pueda explicarlo bien. No es capaz de plasmar en un papel el significado de la importancia de vivir el momento, de cómo un chasquido puede derrumbar todo tu mundo sin que puedas hacer nada para frenarlo. De la culpa, el horror. De no poder despedirte, de tener que perdonarte cada vez por no haberlo hecho, por no haber podido decir un último "te quiero" o un "al final todo saldrá bien". Hay una niña pequeña entre los asistentes. Sostiene un conejito de trapo, polvoriento, es seguro su compañero de aventuras. La niña mira boquiabierta a Prunia, que pronuncia palabras largas e incomprensibles para alguien tan joven.

El tacto familiar del dedo de Link se desliza por su mejilla, devolviendo a Zelda a una realidad distinta a la que ella se había desplazado.

—Estás llorando —susurra él, con su gesto indescifrable.

—No, qué va.

—Que no te hayas dado cuenta no significa que no lo estés haciendo.

Ella toma aire y se estira para recuperar la compostura, pero la mano caliente de Link encajando en la suya provoca que más lágrimas se deslicen en silencio por sus mejillas.

—Estoy bien —suspira. Las lágrimas son un incordio cuando se trata de respirar con normalidad. Hacen que el pulso se altere, que tengas que tragar un nudo en la garganta, que se apelotone el aire en más suspiros.

—Hoy no eres tú quien da el discurso —dice Link en un tono suave, para que sólo ella pueda oírlo.

—Lo sé.

—¿Recuerdas lo que hablamos? ¿Lo de que no tienes que fingir ser nada que no eres? Y mucho menos si estoy yo aquí contigo.

Ella se agita por dentro y ahora no hay manera alguna de que pueda contenerse.

—Lo recuerdo —consigue decir, con una voz tan diminuta que parece como si no fuese suya.

—Sólo eres Zelda y estás recordando a tu padre y a tus amigos, es todo. Puedes estar triste este rato, no te escondas más. Me duele que lo hagas y no soporto verte sufrir.

—¿Cómo sabes que sufro? —balbucea ella, entre sollozos, derrotada una vez más por la honestidad de Link. Él aprieta la mandíbula antes de responder.

—Deberíamos dejar de hacer esta estúpida ceremonia —gruñe al fin, mirándola a los ojos.

Zelda siente que la debilidad es demasiada como para poder controlarla como hace siempre, así que termina encontrando consuelo escondiendo la cara en la túnica de Link. Él la rodea para que pueda terminar de desahogarse y ella lo hace, porque ahí se siente segura e invisible para el resto del mundo.

Tras un rato en el que ha logrado serenarse, nota que Link se pone un poco rígido, así que se separa de él. La ceremonia ha terminado y todos emprenden el camino de vuelta a Fuerte Vigía.

—No ha diluviado de milagro —dice Prunia, pasando a su lado con energía— ¿vamos?

Ambos la siguen a cierta distancia, retrasándose adrede.

—Link, ¿se nota que he llorado? —pregunta ella. No es como si los demás la estuviesen mirando, pero tiene demasiada interiorizada la idea de mantener una pose regia y sin perder la compostura como para no preocuparse por si ha actuado mal.

—Se nota un poco.

Él ni siquiera la ha mirado cuando ha dicho eso, para quitarle importancia, seguramente.

—¿Tengo la nariz roja?

—Como un tomate.

Ella se frena en seco y él suelta una carcajada.

—Dime que no es verdad…

—Parecías una fuente, no sabía si pararías en algún momento. Así que ahora tu nariz está roja e hinchada —ella se lleva la mano a la nariz como si eso pudiera arreglar algo—. Tranquila, incluso así estás muy guapa.

—No es eso lo que me-

—Oye —la interrumpe. Ella se da cuenta de que son los únicos que quedan fuera de la empalizada que rodea Fuerte Vigía— estoy cansado. ¿Por qué no vamos sólo tú y yo a la muralla de Hatelia y acabamos de una vez? No hay que hacer ni decir nada, ni avisar a nadie más. Dejamos la flor y si quieres, esta noche podemos dormir en la casa de Hatelia para variar.

—Para variar…

Él dibuja una sonrisa fugaz y ella consigue sentirse más liviana, como si toda la pena anterior pesase un poco menos.


En la muralla de Hatelia está cayendo un diluvio. Link se ha negado en redondo a ir a buscar al alcalde o autoridades, y a pesar de que ella se siente mal por hacer esa especie de homenaje fugaz y furtivo en uno de los lugares más significativos de la catástrofe, termina dándole la razón. Está cansada, tiene hambre y se imagina calentándose los pies en la chimenea de la casita de Hatelia mientras Link prepara alguna de sus cenas favoritas.

—Vamos —él tira de su brazo para ponerse a cubierto y preparar así el teletransporte al templo más cercano.

Antes de que pueda abrir la boca para protestar, ambos están ya bajando el sendero que conduce a la puerta de la casa.

—Yo también estoy cansada y empapada por la lluvia, pero no entiendo a qué viene tanta prisa, Link. Casi has tirado la flor al suelo.

—Bueno, bueno. Lo he hecho mal, de acuerdo. Entra de una vez en casa, vamos.

Link da un pequeño empujón y ella casi se choca con la puerta, que se abre sola al mínimo contacto.

—¡Feliz cumpleaños, profe!

Zelda mira a su alrededor boquiabierta. Y casi le da un infarto, pero pronto tiene a todos los niños de la escuela rodeándola y abrazando sus piernas. Han hecho dibujos y los han puesto por las paredes, y también han dibujado y recortado su nombre en letras grandes para colgarlo en una guirnalda. Allí están Symon y Clavia, hay comida en la mesa y han hecho incluso una tarta. Diosas, una tarta. No es capaz de recordar la última vez que ha comido una tarta en su cumpleaños. Fue a los quince años, seguramente.

—Vuelves a llorar —dice Link, que una vez más le seca las lágrimas con el pulgar.

—¿Por qué lo habéis hecho? No hacía falta…

—Porque es tu cumpleaños, y de ahora en adelante es lo único que me importa de este día.


La lluvia cae en Hatelia de forma intermitente. Después de celebrar el cumpleaños con los niños, todos se han marchado a sus casas acompañados por Clavia y Symon, es tarde para que ellos se queden allí demasiado tiempo.

Link lo ha organizado todo con Symon. Ella no se ha dado ni cuenta, a veces él sale por las mañanas con la tableta sheikah o con el caballo y no le da la mayor importancia. Han estado una semana en la nueva casa y ambos han hecho sus entradas y salidas, así que, no ha podido sospechar nada. Y ella evita pensar en su cumpleaños porque le entristece y nunca más lo había vuelto a celebrar hasta esa misma noche. Y Link lo sabe.

Como aún no le apetece irse a dormir después de un día tan intenso, ha convencido a Link para preparar una especie de nido con mantas y cojines frente a la chimenea, y estar ahí un rato en calma, acurrucados.

—¿Qué miras? —pregunta, al ver que él tiene los ojos en una parte del techo.

—Arreglé esa gotera la primera noche que tú y yo… bueno. Cuando dejé de dormir en el suelo..

—Parece que han pasado siglos desde ese día…

—De alguna manera sí. Al menos para ti.

Zelda suspira y trata de no darle demasiadas vueltas a eso. Se siente agradecida al no recordar nada de ese periodo en el que vagó por los cielos de Hyrule.

—Link…

Él está empezando a dejarse llevar por el cansancio y apenas responde con un gruñido.

—¿Qué hay dentro de la caja marrón?

—¿La caja marrón? —él se tensa de repente, borrando cualquier rastro de sueño y Zelda sonríe satisfecha al verle reaccionar.

—Ya sabes, esa pequeña con una muesca para abrirse. La has ocultado durante días en la otra casa, y te has asegurado de traerla al viaje.

—No sé… —balbucea él, registrando con velocidad por qué ella sabe lo de la caja.

—Primero la guardaste en la despensa. Estuve a punto de mirar, pero te diste cuenta y la cambiaste de sitio.

—Un momento…

—Luego la vi en el cesto de las toallas. Un mal escondite, créeme.

—¿Tú has…?

—Si la hubieras escondido en ese rincón donde amontonas los escudos no me habría dado por mirar… Pero de las toallas la metiste en tu cofre, donde guardas esa túnica que utilizo a veces. Obviamente volví a ver la caja.

—Zelda, deja que explique un momento…

—En este preciso momento está en tu alforja, ¿me equivoco?

Él suspira ruborizado hasta las orejas y ella suelta una risa maliciosa.

—Pensé que sería un regalo de cumpleaños —admite ella— sé que nunca lo celebro y también sé que siempre te acuerdas.

—Y… y… ¿ya no crees que un regalo de cumpleaños?

—Evidentemente no lo es.

Link abre la boca asombrado por su perspicacia, es demasiado divertido torturarle así, cuando ella es consciente de su secreto desde hace más de una semana.

—No lo es porque… —prosigue ella— mi cumpleaños ha terminado, tú estás medio dormido y la caja marrón sigue dentro de tu alforja.

—Pensé que no te darías cuenta. De lo del cumpleaños no sospechaste ni lo más mínimo…

—Porque la caja me despistó, sólo podía pensar en eso y en por qué la estarías escondiendo de mí —carcajea ella—. Si lo hubieras hecho adrede no te habría salido mejor estrategia.

—He intentado esconderlo —suspira él, resignado.

—Y yo pensé que era la única que evitaba mencionar el cumpleaños y hacer como si nada… no soy una buena influencia para ti.

Él da un último gruñido de resignación antes de levantarse e ir a buscar a la caja a la alforja. Después vuelve a su sitio y se sienta con el ceño fruncido, negándose aún a entregarle nada.

—¿Puedo verla ya o no? —se impacienta ella, interrumpiendo sus pensamientos.

—No quiero fastidiarlo.

—Es imposible que tú fastidies nada conmigo.

—A lo mejor no te gusta, yo…

—Si no me dejas que lo vea nunca lo sabremos, ¿no crees?

—No tienes por qué llevarlo si no quieres —gruñe, entregándole la caja al fin—. Ni siquiera sé si hay que seguir algún tipo de protocolo para estas cosas.

Zelda traga aire antes de descubrir que el contenido de la caja, como sospechó a ratos, es un anillo de compromiso. Es fino y dorado y tiene una única piedrecita brillante y verde encastrada en la circunferencia, apenas sobresale nada. Es sencillo, increíblemente hermoso, y práctico al mismo tiempo, ideado para no engancharse con nada. Link debió pensar que así no se lo quitaría nunca.

—Es perfecto, Link.

—¿De verdad?

—Sí.

Él suspira aliviado, y además de la ternura infinita que ella siente por él, no puede evitar volver a reírse porque su preocupación es demasiado cómica para no hacerlo.

—¿No me lo pones?

—¿Yo?

—Naturalmente, no esperarás que me ponga el anillo de compromiso yo sola… después de todo este tiempo…

Con dedos algo temblorosos, él inserta el anillo en el dedo que ella le ha ofrecido. Después se aproxima a él para besarle, una sonrisa se tensa en sus labios mientras lo hace porque él aún parece un poco ofuscado por la situación.

—No sé si es la manera correcta de hacer esto —repite él a la defensiva, cruzándose de brazos— no sé todos los protocolos de la corte.

—Diosas, otra vez con eso —ella se deja caer de espaldas sobre las mantas, exasperada con sus añejos modales de caballero.

—Imagino que en el castillo se habría celebrado algún tipo de ceremonia. Recuerdo que una vez vino un tipo al castillo, los demás soldados decían que vino para poder hacerte la corte. Y sólo por eso lo recibieron con trompetas y estandartes. Menudo bastardo…

—¿En serio recuerdas eso? —ella suelta una carcajada— pensé que vivías ignorándome por completo.

—Ya te he dicho muchas veces que era imposible ignorarte. Fue una época horrible…

Aún muerta de risa, tira de Link para que se acueste a su lado y comienza a besarle para borrar de una vez por todas su ofuscación. Él está tenso y tarda en reaccionar, pero al fin lo hace, respondiendo con un beso más profundo, iniciado por él.

—Gracias por todo, Link.

—Dime que no cambiará nada nunca, que seguiremos igual pase lo que pase.

—Nada puede cambiar esto, lo sabes.

FIN