Los personajes, escenarios, hechizos y todo aquello que reconozcas no me pertenece a Rowling se le ocurrió primero, su cuenta bancaria lo demuestra.
Cobarde
El calendario marcaba el 1ro de diciembre y al igual que hacía ya tanto tiempo su estado de ánimo se volvió gris.
Su vida no era mala, no podía quejarse por ello. Tenía una linda casa en un sitio alojado, un esposo que cada día regresaba a casa, dos hijos, un perro y un título de aurora, era lo que había soñado durante mucho tiempo, y lo había conseguido.
Tenía vacaciones largas de primavera, cenas románticas a la luz de las velas, y navidades con chocolate caliente y un frondoso árbol, en la sala.
Esa era la vida que había pedido con cada deseo de cumpleaños, con cada diente de león, y centavo en la acera.
Y aún así, cada que llegaba aquel día en la agenda, su garganta se cerraba y sus ojos picaban.
Un suave par de labios sobre su mejilla la sacaron de su ensoñación. Theodoro era un buen hombre de tez pálida y cabello negro, alegre, positivo, siempre con una sonrisa socarrona en los labios y las manos sucias, por intentar arreglar el mismo aquello que se descomponía en casa, "todo lo contrario a él" había dicho su mejor amigo.
—Dejare a los niños en la escuela, y luego los llevaré con mi madre—dijo a su oído— estará aquí a las 7, y entonces tu y yo tendremos esa cena de aniversario, que tanto esperamos.
Se despidió, antes de besar sus labios.
Theo, había sido un chico amable que había comenzado a tratar en la escuela de aurores, era como ella solía decir, un faro en la tormenta. Alguien que no dudaba de sus sentimientos, alguien dispuesto a gritar lo que sea que sintiera.
Él la amaba, y nunca había tenido miedo de decirlo, siempre había su prioridad ya decir verdad a la fecha se aprovecha de ello.
Saco la última tanda de tocino y el guardo en la charola que tenía a la espera en la mesa junto a ella.
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La oficina tenía un olor raro a encerrado, así que abrió las cortinas, y las ventanas intentando mitigarlo un poco.
—Te he dicho que no es necesario que me traigas comida que vez que vienes—le reprocho el hombre mientras esparcía la miel sobre los panqueques.
—Y ya te dije que lo hare hasta que dejes de preocuparme—bufo, quitándose aquel rebelde flequillo que siempre caía sobre sus ojos y le picaba la nariz—Debes de alimentarte mejor, ¿Acaso quieres morir de hambre?
—Eso lo haría mucho más fácil, ¿No lo crees?
Le sostiene la mirada en esos ojos hundidos, y lo ve con el cabello desaliñado, y la barba de días, la mandíbula demasiado afilada y el costoso traje viejo que ahora le queda demasiado grande, ve al hombre sin sonrisas, y con la tristeza tan malditamente arraigada.
Se había conocido en su primer año de universidad él era el hijo del ministro de magia y ella una becaria. Habían congeniado enseñado y se habían vuelto uno el confidente del otro.
Blaise era espontánea, divertida y genuinamente positiva. O por lo menos lo había sido un día.
—Sabes?, Todos los días antes de abrir los ojos, espero que todo haya sido un mal sueño, -confiesa soltando los cubiertos sobre uno de los documentos del escritorio- espero que ella esté a mi lado que nuestra bebe este en la habitación de enseguida, y escuchando su llanto—guarda silencio, un silencio largo y desgarrador un silencio que le llena los ojos de lágrimas—pero entonces los abro y ellas no están aquí. Hace tanto tiempo que no están aquí.
Blaise se había enamorado casi al mismo tiempo que se conocieron, ella lo presenció todo. Pansy era una heredera de renombre, diseñadora de moda, y gran fanática de la música clásica, era perfecta para él.
Habían brillado juntos, e iluminada cada habitación a la que entraban.
Aún podía recordar lo nervioso que se ponía cada que la veía, y como había derramado todo el café la primera vez que ella lo saludaba.
Un día había sido aquel cuarteto, inseparable, de barbacoas los domingos y cita de juegos de mesa los jueves por la noche.
Pero hacia un poco más de tres años su mujer había quedado embarazada y una complicación en el parto termino con la vida de ambas.
—Nunca sé que decirte—confeso a su lado, sosteniendo su mano como lo había hecho desde aquel primer día.
—Es solo que. —las palabras se amontonaron en el—Me siento aquí sabiendo todo lo que todos creen que desea. Escucho a diario los problemas de los demás, escucho como hablan de sus familias, de sus hijos, de las tareas escolares y los envidio tanto, echo de menos tanto a esos problemas que solía tener.
Y viéndolo frente a ella, solo reconoce la sombra del hombre que un día fue.
—Ni siquiera te puedo decir que a ella le gustaría que encontraras a alguien más—dice con pesadumbre
—Recuerdas aquel día que preguntaste que haríamos si no nos hubiéramos conocido?
—Y ella dijo que esperaba que le guardarás luto eterno—recordó riendo
—"yo será la única mujer en tu vida"—la imito con una profunda voz nasal.
—"¿Y si mueres?"—le había preguntado ella
—"Incluso si muriera, ¡Solo seré yo!"
Todos habían reído aquella vez, ignorantes de que sería una de las últimas veces que serían realmente felices, juntos.
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La puerta del despecho se abrió sacándolos del divertido recuerdo. Era un hombre alto y delgado de cabello rubio casi blanco, barba espesa y semblante seria, en sus manos perfectas llevaba un par de carpetas amarillas. Se detuvo en seco en cuanto reparar en la mujer
—No sabía que estabas ocupado, regreso más tarde—murmuro sin darse cuenta de la vuelta.
—No, Draco, no te preocupes ¿Qué necesitabas?
El hombre tardo un minuto en responder con la mirada fija en el abultado vientre de la mujer.
Y pudo ver cómo tragaba en seco.
—Draco—lo llamo el hombre.
Lo vio parpadear un par de veces, intentando ordenar sus ideas.
—Solo vine a traerte el informe del último trimestre—dijo al final volteando a verlo—regresare más tarde.
Y antes de que pudiera agregar algo, salió de la oficina, visiblemente afectado.
—Sabes?, yo perdí a las mujeres que amaba y daría mi fortuna completa por un momento con ellas pero ustedes son un par de idiotas que no saben lo corta que es la vida.
-Él fue quien nunca se decidió en tenerme en su vida—se defendió como una niña pequeña—lo sabes.
—Y por eso comenzaste a salir con ese imbécil
—No le digas así a Theodore, es un gran hombre y es mi esposo.
—Pero no lo amas. Y nunca lo haras
—Yo lo espere, espere cada día, espere durante años que se diera la vuelta y me viera ahí esperando—dijo poniéndose de pie frente a él y apoyándose en el escritorio—a que tomara una decisión, que me eligiera
—Y entonces se comprometió
—Sabes cuánto llore?, sabes cuánto le rogué al universo de que se diera cuenta que estaba cometiendo un error
—El rompió el compromiso, pero tú te casaste, tuviste dos hijos y ahora esperas un tercero. Y el sigue esperando
—Y de qué sirve? —grito ella—¿De qué sirve que tú lo sepas y él lo sepa? Él nunca me ha dicho nada, llevo 7 años esperando que tome valor y me diga algo, me diga cualquier cosa y jamás lo ha hecho. Y ahora, aunque lo diga ahora, es tarde.
— ¿Recuerdas lo que él dijo ese día?
Lo recordaba claro que lo hacia
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Sintió su mirada penetrante contra su cabello, pero no tuvo valor de voltear a verlo.
—Dejaría que ella fuera feliz con quien ella decidiera—dijo —aún si no es conmigo.
Busco su mirada, pero el rubio no despego la vista de su cerveza
—Seré feliz, viéndola feliz.
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—Es un cobarde, pero un cobarde enamorado, Hermione.
—Estamos jodidos, Blaise. Hoy es mi aniversario de bodas, hoy cumplo un año más casada con un hombre que me adora y ha dado su vida completa para hacerme feliz, y solo puedo pensar en que cumplo un año más de aquel día que lo vi parado al final del pasillo. suplicándome con la mirada que lo siguiera pero que no pudo decir nada más por miedo.
N. A.: Lo ultimo a lo que deberíamos de tener miedo, es a amar y sin embargo es la fobia más común que conozco.
Amemos, amemos mucho mientras aún podamos.
