Me llamo Morgana, una alma sencilla envuelta en la penumbra de mi pelo azabache y el brillo misterioso de mis ojos esmeralda. Nací en las sombras de París, en uno de esos barrios olvidados por el resplandor de la ciudad. Mi madre yacía enferma, y yo, en la precariedad de nuestra existencia, me dedicaba a hurtar para asegurar al menos una comida en nuestra mesa.
Mis pasos me llevaban con frecuencia a las proximidades del Moulin Rouge, un rincón donde la opulencia y la ingenuidad coqueteaban entre sí. Siempre sentía miradas furtivas sobre mí, aunque nunca lograba identificar a los observadores, y extrañamente, nunca era delatada ante las autoridades.
Una noche, el temor se apoderó de mi espíritu cuando noté que me seguían por las angostas calles parisinas. Corrí con la desesperación pisándome los talones, apenas llegando a casa con el alivio de la seguridad, pero decidí distanciarme del Moulin Rouge por un tiempo.
