¡Feliz fin de semana a todos!

Antes que nada, un saludo a los nuevos lectores (lo siento, he perdido la hoja donde apunté vuestros nombres). Espero que sea entretenida la lectura y, para los que ya la conocéis, que no se os haga pesada la espera hasta nuevos capítulos.

Poco que decir sobre el capítulo de hoy. Creo que no hay muchos cambios de esos significativos por los que os diría que abrieseis bien los ojos y no os perdieseis detalle alguno. Por lo que paso ya al DISCLAIMER: Digimon Frontier y Code Lyoko no nos pertenecen ni a raf-lily ni a mí; sólo un puñadito pequeñito de personajes pueden decirse que son nuestros y cualquier parecido con la obra de alguien, por favor, poneos en contacto con nosotras antes de volveros Hulk.

Gracias por su atención y disfruten del capítulo ;)


Capítulo 13: El pueblo de las judías

—¿A dónde vamos? —preguntó Jeremy, después de media hora conduciendo en relativo silencio para adaptarse a los controles de los vehículos.

—¿La Rosa de las Estrellas? Es a donde debemos ir, ¿no? —preguntó Odd.

—Demasiado arriesgado —negó Ulrich —. Con torres activadas y monstruos de XANA rondando por todo el Digimundo, dudo que sea sencillo llegar a ese lugar sin preocuparnos por nuestras espaldas.

—Pero entonces, ¿a dónde vamos? No conocemos ningún otro lugar que pueda llamarse punto seguro.

—Podríamos hacer una visita a unos amigos —dijo de pronto Katsuharu, su mirada puesta en sus tres antiguos compañeros de aventuras.

—¡Sí, vayamos! —saltó Chiaki en la nube.

—¿Queréis decir la aldea de los Mamemons? —preguntó JP.

—Exactamente —asintió Teppei.

—Espero que estén bien —comentó Teruo.

—Son digimons valientes, estarán bien —dijo Zoe.

—Podemos ir —asintió Takuya —. Es un buen sitio para recopilar información… Y no queda muy lejos la ciudad del Metal, de donde sale el Trailmon.

—Podríamos ir con los vehículos —comentó Ulrich.

—No, no, mejor cojamos el Trailmon —insistió el guerrero del fuego.

Poco más de una hora más tarde, el grupo entero divisó los relucientes edificios de la ciudad del Metal, deslumbrantes por el brillo del sol contra sus cristales.

—La ciudad del Metal, cuyos edificios toman diferentes colores por la incidencia de la luz a lo largo del día —leyó Bokomon, desde el asiento de acompañante en el mini de Takuya.

—¿Aquí viven digimons? Parece una ciudad.

—No se les suele ver mucho, la verdad, pero siempre hay digimons por aquí —aseguró Teppei.

—Nosotros vivimos una temporada en este lugar —explicó Katsuharu, caminando por el lugar y buscando apoyo a sus palabras en los otros tres que vivieron allí.

—No es que parezca un sitio en el que vivir con facilidad —declaró Odd.

—Cerca de aquí hay un huerto donde conseguíamos los alimentos —señaló Chiaki.

—Y no estábamos los cuatro solos. Desobedecimos las órdenes de marchar cuando la dama Ophanimon llamó al mundo humano en busca de ayuda. Aquí no teníamos deberes, castigos, padres ni nada que nos disgustase, por lo que nos quedamos… La dama Ophanimon envió a un Angemon para cuidarnos y protegernos.

—Así que vamos a hacerle una visita —dijo Sissi.

—Bueno… él murió por defendernos —entristeció Chiaki.

—Dos Caballeros Reales bajo las órdenes de Lucemon llegaron aquí buscándolos a ellos pensando que tenían la clave para encontrar la llave que sellaba los datos del Pueblo de las judías. Angemon se enfrentó a ellos, pero no fue rival para LordKnightmon —explicó en susurros Tommy al grupo de Lyoko y los digimons.

—No te preocupes, Chiaki —se le acercó Zoe —. Angemon habrá renacido de nuevo. Seguro que él estaba cerca de los tres grandes ángeles, ayudándoles, y que pronto sabremos de él.

—Sí… seguro que sí…

—Está bien —palmeó JP —. Es hora de coger el Trailmon —dijo caminando hacia la estación.

Por el camino, el grupo fue intercambiando opiniones, hablando cada vez más animados hasta que el resoplido de Takuya acalló a todos.

—Será posible… Siempre durmiendo, este Trailmon… ¡Eh, Worm! ¡Despierta!

—¡Vamos, despierta, Trailmon dormilón! —secundó JP.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué es ese jaleo? —preguntó sobresaltado el Trailmon —. Oh, vaya, niños humanos… ¿Se puede saber por qué me despertáis?

—Necesitamos que nos lleves al Pueblo de las judías —pidió Takuya.

—Suena apetecible —susurró Odd, ganándose un estirón de Sissi.

—No vamos a comer. Contrólate, burro.

—Así que al Pueblo de las judías, ¿eh? —preguntó el Trailmon —. Pues va a ser que es imposible. Yo no puedo llevaros.

—Tan cabezota como siempre —negó JP —. Sabemos de sobras que eres el único Trailmon que hace ese trayecto, el de las vías más duras del Digimundo. No nos vas a engañar.

—Bueno, bueno… ¡Pues estoy fuera de servicio!

—Ay, Worm, ¿no lo vas a hacer por unas chicas como nosotras? Queremos ver a unos amigos… ¿Nos lo va a impedir? —preguntó Zoe, en actitud coqueta.

—Ah, bueno, esto cambia las cosas —sonrió Worm.

—¿En serio ni eso ha cambiado en él? —preguntó Kouji. Su gemelo intentó no reír escandalosamente.

—¡Todos a bordo! —informó Worm, poniéndose en marcha como si nada.

—¡Eso tampoco ha cambiado! —exclamó el de la oscuridad intentando no reír.

—¡¿Pero de qué va el digimon este?! —protestó Odd.

—Tú corre y sube —apremió Ulrich.

Ayudándose unos a otros, intentando por todos los medios no tropezarse en la carrera ni en las puertas de los vagones, el grupo entero subió al Trailmon y suspiró al comprobar que estaban todos.

—Por cierto, hay algo que…

—No, Bokomon —interrumpió Takuya con una sonrisa pícara —, déjalo para luego.

—Pero…

—¡Worm! ¿Puedes avisarnos en el mejor momento del viaje? —pidió Zoe.

—¿El mejor momento? ¡Por supuesto! Por una chica, lo que sea —se oyó la voz del Trailmon.

—Tan mujeriego como siempre —negó JP.

—¿Cuál es el mejor momento? —preguntó Jeremy.

—Un punto con unas vistas que os encantarán —respondió Kouji.

—Siéntate a mi lado, Kouji —llamó Koichi —. Zoe, Bokomon, vosotros también tenéis sitio.

—¡Vamos! —exclamaron.

—Anda, JP, vente a sentar y no le des más vueltas a las preferencias de los Trailmons en el tema de pasajeros —rió Takuya.

El grupo entero se acomodó donde pudo, hablando animadamente aunque las risitas de cierto grupito llamaban la atención y desviaban la conversación. Cada vez que preguntaban por la broma, el grupo se excusaba con un chiste, una cara rara o simplemente la mención de un recuerdo que, a ojos de los que no tenían ni idea de nada, no resultaba tan gracioso.

—¡Ya estamos llegando! —anunció Worm.

—¡Hora de agarrarse a las ventanas y ver las vistas! —exclamó Takuya.

Salvo cinco humanos y un digimon, los demás se voltearon para ver por las ventanas. Algunos incluso se pusieron de pie y corrieron a la ventanita circular en la puerta o se apoyaron en la espalda de los compañeros para ver bien el paisaje.

—¿Estas son las vistas que decís que…? —empezó a decir Odd, mirando a un lado y a otro. Una sacudida violenta lo hizo botar en el asiento antes de tirarle al suelo —. ¡AH! ¡¿QUÉ DIANTRE PASA AQUÍ?!

—¿Pero qué ocurre? —preguntó Aelita, asustada, intentando cogerse con fuerza al brazo del asiento con la ayuda de Lunamon.

—¡ME MAREO! —chillaron Dracomon y Neemon.

—Tontomon, ¡olvidaste estas vías! —chilló Bokomon

—¿Vosotros sabíais esto? —preguntó William, luchando por mantenerse pegado al asiento, mientras veía a los otros cinco humanos sentados "cómodamente", riendo ante la situación de los demás.

—Por supuesto, tomamos este tren una vez —rió Takuya —. ¡Es divertido ver ahora lo que sufrimos aquel día!

—¡Es divertidísimo! —chilló Tommy, resbalando en un sillón de un lado a otro.

—¡Para nada lo es! —chilló Odd, dando vueltas por el vagón junto a Dracomon y Neemon.

Varios gritos, varios golpes, varias vueltas en el vagón, varias pescas de compañeros para acercarlos a los asientos y otros agarraderos y varios minutos después, el Trailmon volvió a tomar vías estables. Con muchos mareados y una clara minoría riendo ante los tambaleos y comentarios ahogados, todos regresaron a sus asientos e intentaron recuperar la calma.

—Quién me iba a decir que existían unas vías así —comentó Teruo.

—¿Tampoco las conocíais vosotros? —preguntó Yumi.

—Siempre viajábamos caminando, porque era más seguro según Angemon y porque no teníamos dinero para pagar el viaje —respondió Chiaki.

—Y el día que los Caballeros Reales nos secuestraron, nos llevaron volando al pueblo. Ellos cinco cogieron el Trailmon para llegar hasta nosotros —añadió Teppei.

—¿Ellos cinco? —preguntó Emily.

—Yo me colgué a la red, así que también llegué volando —dijo Tommy.

—Y cuando marchamos de allí, Worm cogió una ruta diferente para escapar de la desaparición del terreno al robarse los datos —observó Katsuharu.

—Bokomon también conocía el camino, pero no Neemon —añadió Jeremy, mirando a ambos digimons.

—El tontomon tiende a olvidarse de muchas cosas —respondió el cerdito blanco —. Iba a decíroslo, pero Takuya me susurró que no os avisara. Como Neemon es un bocazas, he pensado que sería mejor no decirle que se callara porque lo diría al instante en voz alta… Pero parece ser que tampoco hacía falta que me preocupase por su despiste porque no diría nada.

—¿El camino sigue así más adelante? —preguntó Aelita.

—No, ya no hay más. Puedes sentarte tranquila —anunció JP.

Poco después, el silbido de Worm les anunció a todos la cercanía de la estación. La velocidad empezó a aminorar poco a poco hasta llegar al andén.

—¡Ya hemos llegado! —exclamó —. ¡Fin del trayecto, chicos!

—Gracias, Worm —dijeron todos.

—¿Ves como si quieres eres capaz de recorrerlo todo sin problema? —preguntó Takuya.

—Sí, bueno. El viaje ha terminado, ¿no? Pues abajo ya, que me tengo que ir —dijo el Trailmon, no dudando en acelerar cuando el último miembro del grupo hubo puso el segundo pie fuera de su vagón.

—¿Acaso no hay ningún Trailmon decente en este mundo? —preguntó Sissi.

—A saber… Olvidémoslo. Bienvenidos al Pueblo de las judías —dijo Katsuharu.

Las calles del pueblo estaban completamente vacías. No se oía ni veía a nadie por ningún rincón. Pocos eran los objetos que indicaban la presencia de vida en aquel lugar.

—¿Seguro que es aquí?

—Quizás están trabajando en el campo —dijo Chiaki.

Sin dudarlo, todos la siguieron hasta que el sonido del trabajo en la tierra alegró las caras de todos. Como supusieron, los Mamemons trabajaban hombro con hombro cerca del gran árbol de las judías. En cuanto los humanos pisaron el lugar, todos alzaron las cabezas y se quedaron mirando al grupo en silencio. Ninguno se movía ni parecía emocionado por la presencia los humanos. Más bien, parecía todo lo contrario.

—¡Mamemons! ¿Os acordáis de nosotros? —preguntó Katsuharu.

—Humanos… son humanos —susurraron algunos de los pequeños digimons.

—Somos nosotros, ¿no os acordáis? —preguntó Teppei.

—Quizás son otros Mamemons —comentó JP.

—¡Hay humanos en nuestro pueblo! —chilló un asustado Mamemon, corriendo lejos de ellos.

—¡Humanos! —se escandalizó otro, provocando la huída de muchos más.

—¿Qué les pasa? ¿No se supone que os conocían? —preguntó Aelita, bastante confusa.

—Sí… Será lo que ha dicho JP… —comentó Teruo.

—Pero igualmente, se habrían alegrado de ver niños humanos —intervino Bokomon seriamente —. Todo el mundo sabe el bien que hicieron los seis herederos de los guerreros legendarios.

—Mamemons, ¿qué os ocurre? —preguntó Katsuharu.

—¡Hemos de avisar al señor! ¡Hay humanos en nuestras tierras! —chilló uno, corriendo en la misma dirección que los demás.

—Yo los entretendré —se adelantó otro —. ¡Bomba risueña!

—¡Nos está atacando! ¡Apartad! —ordenó Takuya echándose a un lado.

—Pero, ¿por qué lo hacen? —preguntó Tommy.

—Deberíamos hacer algo. ¡No podemos huir todo el tiempo! —se detuvo Ulrich.

—¡No! Por favor, no dañéis a los Mamemons —pidió Chiaki, incapaz de creer el escenario que se estaba formando e ignorando al digimon que se le acercaba listo para atacar.

—¡Bomba risueña!

—¡Aparta, Chiaki! —chilló Emily.

—¡Espíritu digital, digievolución!

—¡Loewemon!

—¡Mercurimon!

—Chicos, ¡no! —pidió Chiaki.

—No tenemos opción —respondió Mercurimon, cubriéndola con el escudo mientras el guerrero de la oscuridad preparaba su lanza.

—¡No les hagas daño, Loewemon! —volvió a gritar la chica, intentando acercarse al otro digimon.

—Ulrich tiene razón, Chiaki —dijo calmadamente —. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

—¡Señor, allí están los humanos! —oyeron decir a un Mamemon.

—Con que ellos, ¿eh? ¿Quién fue el que mató a Arukenimon? —chilló un tipo cubierto completamente por una gabardina azul que le cubría hasta medio rostro y un sombrero acabando de ocultarle la cara —. ¿QUIÉN DE VOSOTROS FUE?

—¿Quién es ese? —preguntó Aelita.

—¡RESPONDEDME DE UNA VEZ! —volvió a chillar, quitándose la gabardina y revelando su verdadero aspecto.

—¡AAAAAAAH! —el grito asustado de Bokomon hizo voltear a más de una cabeza en su dirección, oculto detrás de una gran piedra —. Ese es Mummymon. ¡Es muy peligroso! Lo conveniente sería escapar.

—¡RESPONDED, MALDITOS NIÑOS! ¡¿QUIÉN MATÓ A ARUKENIMON?! —volvió a gritar el digimon momia.

—Nosotras —saltó Yumi, seguida de Renamon.

—¡ME LA PAGARÉIS! —exclamó antes de bajar la mirada a un Mamemon —. Esas dos son mías. Haced con los demás lo que os dé la gana. ¡Al ataque! —gritó, acudiendo a su llamada más monstruos de XANA.

—¿Y eso? —preguntaron Sissi y Teppei.

—Cucarachas, cangrejos, cubos, avispones y tarántulas —nombró Odd —. A XANA deben de gustarle muchísimo las judías para proteger este pueblo con tanto bicho.

—No es momento de bromas, Odd —sermoneó Labramon —. Hay que atacar.

—Y encontrar la torre con la que mantiene sometido al pueblo —dijo Aelita mirando alrededor —. ¿Dónde está?

—No tenemos tiempo de investigar —negó Kouji, activando la digievolución y apareciendo junto a su hermano —. El que la encuentre, la desactiva —dijo Lobomon.

—De la momia nos ocupamos nosotras. Al fin y al cabo, parece ser que sólo quiere jugar con nosotras —dijo Yumi mirando a Renamon.

Sin perder más tiempo, todos salvo Chiaki digievolucionaron. La chica seguía negándose a pelear contra el grupo de pequeños Mamemons. A regañadientes, había aceptado ser empujada por Mercurimon hasta el escondite de Bokomon y Neemon, donde permaneció encogida, abrazando las piernas y negando cada vez que oía un ataque de los pequeños digimons.

—¡No hay ninguna torre aquí! —exclamó Emily, disparando flechas en todas direcciones.

—Ha de estar aquí. No creo que XANA envíe soldados a un lugar vacío… Y me niego a creer que realmente le gustan las judías como apunta Odd —negó William.

—¿Y si tiene otro plan ahora? —aventuró Ulrich —. Está enviando digimons como jefes de equipo.

—No es tiempo de charlas. ¡Golpe ojo de serpiente! —el martillo de Grumblemon alcanzó de lleno una Cucaracha —. ¡En todo el centro!

Algo más avanzadas, Yumi y Kyubimon esquivaban los ataques del arma de Mummymon a la espera de una apertura por la que colarse para lanzar un ataque. Pero el digimon momia no parecía dispuesto a cederles ni un golpe.

—¡Acabaré con vosotras dos, no importa cuánto corráis! —chilló.

—Maldita sea, así no se puede atacar —protestó Yumi viendo cómo otra vez su abanico era desviado por el disparo del digimon.

—¿Cómo dos insignificantes mequetrefes como vosotras vencisteis a Arukenimon? ¡Explicádmelo! —siguió chillando el digimon, cesando en su incansable ataque.

—¡Ahora, Kyubimon! —exclamo Yumi, sus abanicos más grandes listos para ser lanzados.

—¡Kohenryu!

—¡De nada sirven vuestro ataques! —exclamó Mummymon deshaciendo el ataque con nuevos disparos.

—¡No puede ser!

—¿Por qué no ha funcionado esta vez como con la mujer araña? —preguntó Kyubimon, igual de sorprendida que la chica.

—¿Eso es todo? ¿Con esto vencisteis a Arukenimon? ¡Patético! —rió la momia —. ¡Vendaje de serpiente!

—No puedo… moverme… —se quejó Kyubimon.

—¡Seguid luchando, seguid! Cuanto más os agitéis… ¡MÁS APRETARÁ! —rió.

Ulrich no podía creerse la situación en la que se encontraba. Aun con su velocidad, cada vez que se detenía para matar un monstruo de XANA, un pequeño Mamemon aparecía listo para lanzarle una de sus bombas. Como podía, los iba noqueando, procurando que cayesen suavemente, pero cada vez que caía uno, se alzaban dos más.

—¿Qué demonios hacen estos? —preguntó buscando a Aelita, Emily, Lobomon y Loewemon.

Aelita fue a la primera que vio, volando de aquí para allá con la mirada atenta a su alrededor mientras Lunamon y los más cercanos intentaban quitarle de encima los monstruos que ella ignoraba que la seguían. Los guerreros de la luz y la oscuridad también corrían de un lado para otro escudados por Agunimon y Beetlemon. No le hacía falta localizar a Emily para saber que la chica debía estar en la misma situación, con Mikemon noqueando a todo el que se le acercase.

—Esto está yendo fatal —murmuró —. ¡Kitsmon! Unámonos a la búsqueda de…

Un brillo llamó su atención antes de acabar la frase. Apartando varios monstruos, logró ver un cúmulo de digicódigo que desaparecía, dando lugar a una Renamon atada y semiconsciente. A pocos mentros, Yumi a duras penas se agitaba en su atadura.

—¡Yumi! —llamó, atrayendo la atención de Kitsumon.

—Maldito monstruo… —murmuró el digimon, adelantando al samurai en su carrera hacia Mummymon.

—¿Queréis uniros vosotros dos también al viaje a la muerte? —rió la momia.

—Ni pienses que vas a acabar con nosotros —declaró Ulrich mientras su D-Tector empezaba a brillar.

—¿Cómo me lo vas a impedir? —sus risas fueron calladas por la acumulación de digicódigo al lado del chico.

—¡KITSUMON DIGIEVOLUCIONA EN… BIJUGAMON! —una versión roja y azul de Kyubimon apareció con las garras listas para atacar —. Suelta a Renamon y a Yumi —ordenó con rabia.

—¿O qué? —preguntó Mummymon, no tan seguro de su suerte.

—¡Onimidama! —sus nueve colas se prendieron fuego ante la mirada de la momia y del humano.

No muy lejos, un anciano Mamemon observaba tristemente la escena. Aunque estaba agradecido de que aquellos muchachos sólo llevaran a los Mamemons a la inconsciencia, le dolía que su pueblo hubiese llegado a ese extremo.

—¿Alguien ha visto la torre? —oyó preguntar a uno de aquellos guerreros.

—¡Tenemos que desactivarla ya! —gritó el del metal, pasando a escasa distancia de su escondite.

—¡Está en el árbol! —exclamó, asomándose y quedando a la vista de Mercurimon —. La torre se apoderó de nuestro árbol.

—¿Qué? —Grumblemon se acercó rápidamente, los ojos puestos en el árbol de judías.

—Esa torre maligna apareció junto al árbol de judías una mañana. De repente, empezó a brillar en rojo y el árbol se dobló hasta enrollarse alrededor de ella, escondiéndola por completo de la vista del mundo —explicó el anciano.

—Llévatelo, Mercurimon —ordenó Grumblemon, abriéndose paso hacia el primero que vio cerca —. ¡Loewemon! ¡La torre está en el árbol!

—¿En el árbol? —preguntó el de la oscuridad, volteándose para mirar la planta.

Escudado por Beetlemon y Grumblemon, corrió hacia la base del enorme árbol, ignorando todo a su alrededor. En cuanto sus pies se detuvieron ante ella, sonrió al detectar un brillo rojizo para nada natural saliendo del interior de la planta. Sin dudarlo, se lanzó en línea recta.

Como había explicado Kouji, la digievolución se deshizo al instante, dejando su D-Tector inutilizado. Aunque la curiosidad le picaba con fuerza, aceleró sus pasos hasta el centro de la plataforma listo para ser alzado al piso superior.

—Se acabaron los problemas —sentenció ante la pantalla —. Código Frontier —en cuanto hubo tecleado la palabra, alzó la vista para ver todo desactivándose.

El efecto de la torre desactivándose fue claramente notado por todos. Los Mamemons empezaron a caer de rodillas, sorprendiendo a todos y alertando al anciando Mamemon, que saltó de los brazos de Mercurimon para acercarse a uno de ellos. Los pocos monstruos que quedaban a duras penas sí tenían tiempo para escapar.

Mummymon, por otro lado, apretaba los dientes con rabia. Había oído con claridad el chivatazo del anciano Mamemon y no le había pasado por alto la rápida carrera del guerrero de la oscuridad. Sonriendo maliciosamente, se preparó para lanzar los últimos ataques. Alzó del suelo a Yumi y a Renamon, usándolas de escudo y obligando a Ulrich y a Bijugamon a detener su ataque. Libre de ellos, apuntó con su rifle al viejo digimon.

—¡Ya os dije que quien se opusiera a las órdenes sería eliminado! —exclamó, aún oculto tras los dos cuerpos de las chicas.

—No podemos atacarle si las usa de escudo —susurró Ulrich.

—Prepárate para correr —dijo Bijugamon, las puntas de sus colas nuevamente encendidas en fuego.

—¿Qué quieres hacer?

—Confío en ti, Ulrich. Sé que las salvarás a tiempo.

—Está bien… ¿Preparado?

—¡Ahora! —gritó el zorro.

Ulrich alcanzó al digimon en un visto y no visto. Mummymon, que no se esperaba tal acción del muchacho, alzó ambos cuerpos para cubrirse aún más de la espada del samurai. Lo que no imaginó fue que el objetivo del chico eran precisamente ellas; rasgó las vendas y liberó los cuerpos con un único movimiento.

—¡Maldito seas! —exclamó Mummymon, lanzándose al frente para atestar un golpe, no le importaba si le daba al samurai o a alguna de las otras dos.

—Adiós, Mummymon —despidió Ulrich, acomodando con algo de esfuerzo los cuerpos de las chicas y apartándose del ataque de Bijugamon.

Mummymon, sorprendido por la velocidad a la que todo había ocurrido, no tuvo tiempo para reaccionar. El ataque le golpeó de lleno, haciendo aparecer su digicódigo de forma inmediata.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Yumi, abriendo los ojos confusa.

—Espera aquí quieta —indicó Ulrich corriendo hacia el digicódigo —. Espíritu contaminado por la oscuridad, el poder del justiciero te iluminará. ¡Digicódigo, captura!

—¿Kitsumon? —preguntó Renamon, viendo al otro zorro acercándose calmadamente hasta él.

—Me alegra que estés bien —dijo, ofreciéndose de apoyo para la digimon.

El silencio llegó con la caída de los últimos monstruos de XANA. Poco a poco, los Mamemons fueron despertando, frotándose sus magullados cuerpos. Chiaki, que se había visto retenida por Bokomon y Neemon, recorrió la distancia hasta Mercurimon y el anciano Mamemon. Todos dedigievolucionaron y se acercaron lentamente.

—¡Son niños humanos! —gritó con alegría un Mamemon —. ¡Han venido a visitarnos niños humanos!

—¡Es Chiaki! —reconoció otro —. ¡Hola, Chiaki! ¡Te hemos echado de menos! —se acercó el pequeño, deteniéndose al ver a la chica llorando con un digihuevo en brazos.

—Él lo… lo ha…

—Tranquila, Chiaki —se agachó junto a ella Teruo —. Los digimons renacen. Le volveremos a ver, ya lo verás.

—Pero…

—Anímate —se unió Teppei.

—Hay que llevar ese digihuevo al Pueblo del comienzo —informó un Mamemon —. Allí le cuidarán bien.

—¿El Pueblo del comienzo? —preguntó Aelita.

—Es donde nacen los bebés —respondió Bokomon —. Creo que podríamos ir y hacerle una visita a Swanmon… La pobre debe tener mucha faena con los bebés, ¿no creéis?

—¡Pero antes comed algo! —exclamó otro Mamemon.

El grupo se volteó justo para ver salir a Koichi de la torre. El rostro satisfecho del guerrero de la oscuridad cambió a uno serio al ver el digihuevo en brazos de Chiaki.

—¿Qué ha pasado?

—Mummymon ha matado al anciano Mamemon —respondió su hermano.

—Maldito…

—Ya le hemos eliminado —dijo Ulrich, alzando su D-Tector —. Ése no vuelve a molestar.