¡Hola a todos! De milagro creo que voy a poder actualizar esta semana, aunque no sé cuántas semanas más me durará esta suerte.
DISCLAIMER: Code Lyoko, Digimon Frontier y todo cuanto aparece en dichas series no nos pertenece a raf-lily o a mí, sólo un par o tres de personajes y la loca idea de juntar ambas series para montar una historia. Cualquier parecido en la trama o en los personajes originales con la obra (tanto en fic como en art) de otra persona, es una coincidencia que estaremos encantadas de conocer para charlar sobre ella.
Gracias a todos por pasaros por la historia y, aunque no dejéis review, si la seguís semanalmente suponemos que es porque os gusta. Si queréis dejar un comentario, sois libres de hacerlo y será bien recibido siempre y cuando sea algo coherente, educado y bien escrito. Por favor, absteneros de comentar todos aquellos que sólo vengáis a lanzar tomates congelados que provocan sangrado ocular porque seréis recibidos con limonazos igual de congelados (y mucho amor).
Y sin más, os dejo con el capítulo de esta semana a la espera que os guste. ¡Saludos a todos!
Capítulo 25: En busca de recuerdos
Los temas de conversación volaban por encima del grupo. Desde recetas culinarias hasta libros y películas favoritos, acompañados de exclamaciones sorprendidas, risas y protestas.
—Ay… ¿Sabéis qué me gustaría? —preguntó Aelita.
—¿Qué?
—Saber más de este mundo —respondió.
—¡Yo puedo decirte todo lo que necesites! —exclamó Bokomon, sacando su libro de la faja —. ¿Por dónde quieres que empiece?
—Quiero decir —negó con una sonrisa —, si realmente somos las reencarnaciones de digimons del pasado, quiero saber cómo vivía, qué sentía… Éste era nuestro hogar. Me gustaría saber más de ello.
—¡Claro! —exclamó Jeremy. Todos le miraron extrañados —. Perdón… Se me olvidó comentaros que Gaomon y yo tuvimos una visión del pasado.
—¿Cuándo? —preguntó con curiosidad Emily.
—Cuando estuvimos en el Pueblo del comienzo —respondió cada vez más bajo.
Todos en el grupo se quedaron en silencio, algo pensativos, por unos segundos. Los gritos enseguida golpearon al informático.
—¿Por qué no lo has dicho antes, Einstein? ¿Es que al no haber ordenadores, lo has dejado olvidado? —preguntó Odd.
—Algunos dormíais… Luego hubo el ataque… Atraparon a las chicas… ¡Se me pasó por alto! —exclamó —. Hasta ahora, no lo había recordado.
—Oh, yo también recordé algo —alzó la mano Kouji. Antes de que alguien hablara, cogió aire y se adelantó a las pregunta —. Lo soñé anoche y no es muy agradable —medio mintió.
—Primero vamos al de Jeremy, luego al tuyo y decidiremos si tiene valor —señaló Takuya —. Cuéntanos.
—Estaba en el Digimundo…
—¿Dónde si no? —preguntó Katsuharu.
—Bueno, rondando —ayudó Gaomon —. Y llovía.
—Creo que es posterior al de Zoe —señaló —. Se hablaba de dos digimons encerradas que ni comían.
—¿Ancient Irismon y Sakuyamon? —preguntó Yumi.
—Sí —asintió.
—Era angustioso —declaró con una mueca el lobo azul —. La sensación era… dolorosa…
—Había otras dos digimons. Una sirena y una humanoide con lunas —recordó el informático.
—Seguro serían Ancient Mermaimon y Dianamon —dijo Bokomon, la vista en su libro enciclopedia.
—Oye, ¿pero cuántas cosas llevas ahí? —preguntó Neemon dándole un tirón a la faja.
—¡¿Pero qué haces, tontomon?! Hala, ¡castigado! —regañó estirando del pantalón y soltándole.
—¿Y qué hay de ti, Kouji? —preguntó Tommy.
—La muerte de Ancient Garurumon —dijo antes de seguir andando. No dijo nada más y esperaba alguna pregunta, pero la mirada que captó en su hermano le indicó que nadie diría nada.
—Será que, al estar "al borde de la muerte" por eso del digicódigo, te ha venido ese recuerdo —dijo JP. No tardó en recibir un codazo por parte de Koichi.
—¡Quiero recordar! —gritó Takuya —. Vamos, vamos, quiero recordar algo divertido, para variar…
—Como si los demás hubiésemos elegido tener recuerdos dolorosos —le respondió Zoe dándole una colleja —. ¡La ilusión que me hace ver morir a un amigo! —ironizó.
—¿Pero que después de lo ocurrido aún no sois novios? —picó Yumi, esquivando por poco el golpe que le iba a propinar su primo.
—También recuerdo a otro digimon siguiéndome… Algo me dice que era Justimon, al que envié posiblemente al encuentro de Sakuyamon —dijo desafiándola con la mirada —. Qué lástima que Ancient Garurumon siguiese otro camino…
—No juegues con fuego, Kouji, que te quemarás…
—Por eso me alejo de Takuya —respondió.
—Bokomon —intervino rápidamente Odd —, ¿existe algún libro que ayude a recordar?
—Oh, Dios —susurró Ulrich.
—Vale, ¿dónde está Xana-Lucemon? —preguntó Emily, mirando a todos lados.
—Yo más bien buscaría los meteoritos que indican el fin del mundo —declaró William, alzando la vista al cielo.
—¿De qué vais? —preguntó el rubio con molestia.
—Odd Della Robia pidiendo un libro y no una máquina que te mueva el cerebro en busca de recuerdos —declaró sorprendida Aelita.
—Es la primera vez que creo que tienes cerebro debajo de ese peinado —señaló Sissi.
—¡Eh! Yo digo cosas muy inteligentes también —dijo inflándose orgulloso Odd.
—Sí, sí… Cosas muy inteligentes —asintió Jeremy.
—Puedo buscar algo en mi libro —dijo Bokomon, pasando páginas como loco.
—¿Y si venís a mi castillo? —preguntó Salamon con una enorme sonrisa.
—¿Tienes un castillo? —preguntó Emily.
—Sí. Y muchos libros que podrían servir —respondió. Bokomon cerró su libro con cierta depresión.
—Lo divertido será dar con ellos —rió Koichi.
—Somos más que en aquél entonces… Y ahora no buscamos llaves —recordó Takuya.
—Pues vamos —decidió JP —. Jeremy, ¿materializas los vehículos?
—Estoy cansado de hacer eso —suspiró —. Dadme cinco minutos y lo haréis vosotros mismos.
—¿Nosotros mismos? —preguntaron casi todos.
Exactamente cinco minutos después, un extraño pitido en los D-Tectors hizo que todos extrajeran sus dispositivos y pulsaran los botones. Sorprendidos, apartaron los aparatos cuando empezaron a brillar, materializando cada uno su vehículo.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Teruo.
—Mientras Kouji dormía, logré conectar mi D-Tector con el portátil y descubrí que puedo enviar datos varios a través de…
—Al grano —interrumpieron todos.
—Podía enviar información de todo tipo: mapas, analizadores de digimons, coordenadas… Así que se me ocurrió probar a enviar algo más grande y logré enviar los vehículos.
—Vamos, como cuando descargas algo conectado a la wifi, ¿no? —preguntó Sissi.
—Más que el wifi, como el bluetooth de un móvil —respondió.
—Pero no regresarán al portátil, ¿no? —preguntó Chiaki, subida a la nube.
—Tengo una copia de seguridad, por si ocurriese algo. El "archivo" está en vuestro dispositivo y ahí se quedará si no lo elimináis o abandonáis.
—¿Y cómo lo eliminaríamos? —preguntó Tommy, extrañado.
—Explicaciones más tarde —negó Aelita —. Salamon, ¿nos guías a tu castillo?
—Nosotros conocemos el camino —se adelantó Koichi —. No está muy lejos.
—Os gustará el lugar —sonrió Zoe.
Como Koichi había dicho, el castillo de la dama Ophanimon se encontraba a minutos de distancia en los vehícuos. Salamon saltó animada dentro del coche de Takuya al sentirse en casa, mientras que los otros dos ángeles, repartidos en el quad y el Kabutanque reían ante la actitud de la fémina del trío. En cuanto los árboles dejaron de ser un impedimento para la vista, los que no conocían el lugar se quedaron sorprendidos ante el idílico paisaje de flores blancas que se abrió ante ellos, envolviendo el castillo del ángel de la vida y el amor.
—¡Qué lugar tan bonito! —exclamó Emily.
—Ya era hora que encontrásemos un sitio así —rió Sissi.
—¿Todos los castillos aquí parecen sacados de un cuento de hadas? —preguntó Aelita.
—Quizás —rió Salamon —. A mí me encantan las flores. Este lugar es muy tranquilo y relajante… Y de noche, las lunas iluminan el suelo con su luz. ¡Ya veréis!
—Seguro que es una visión preciosa —dijo Yumi.
—Aun así, mejor llegar a la puerta antes de que se haga de noche —comentó William.
—¡Corred! —sonó una voz.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Kitsumon, detrás de Ulrich, mirando a todos lados.
—No lo sé —negó Ulrich —. Eh, Yumi, ¿has dicho algo?
—Que la visión de este lugar de noche será preciosa.
—No, eso no —negó.
—Pues no he dicho nada… ¿Ocurre algo?
—Alguien dice que corramos —respondió Kitsumon llevándose una mano a la cabeza.
—William habla de ir más rápidos —asintió Renamon. Ella y Yumi se alzaron algo más y avanzaron.
—¡Rápido, no paréis! —volvió a sonar otra voz.
—¿Quién habla? —preguntó Kitsumon, volteándose y buscando a sus espaldas.
—¡Rápido, rápido! ¡Es el zorro maldito!
—El… zorro… ¿maldito? —preguntó Ulrich, sintiendo la cabeza pesada y un dolor demasiado fuerte.
—¡No dejéis que os atrape! —gritó la voz, prácticamente al lado y obligando a un sobresaltado Ulrich a dar un bandazo con la moto que le llevó a él y a su digimon al suelo, para horror de todos.
...
Las flores blancas amortiguaron su golpe, aunque estaba demasiado débil para volver a ponerse en pie. La idea de atacar aquel castillo no había resultado tan buena como creía cuando, aburrido, decidió apoderarse de todo lo que había allí dentro. De haber sabido que un Guardián estaba allí dentro, habría esperado más tiempo.
—¡Cañones de luz! —logró esquivar el ataque, pero éste empezó a seguirle hasta que logró golpearle.
De nuevo en el suelo y con el cuerpo más cansado, observó a la figura de aquel Guardián acercándose a él con un espada alzada, amenazando con clavarse en él si se movía un milímetro.
—Se te acabó hacer maldades, zorro maldito. La luz sagrada te purificará.
Todo se volvió oscuro, todo dejó de tener razón a su alrededor. Sintió que caía aún más en el suelo al tiempo que algo era arrancado de su cuerpo. Cuando volvió a ver la luz, aquel digimon había desaparecido. Se levantó, aún agotado y confuso, y miró alrededor. Un gran pesar cayó sobre él, revelándole una sensación que jamás pensó poder sentir.
—¿Qué me ocurre? —se preguntó mirándose las garras —. ¿Por qué me siento tan mal?
Volvió a alzar la vista hacia el castillo. El malestar en su interior creció al recordar que había querido atacar ese lugar, que había querido hacer daño a quienes hubiese allí dentro por el mero hecho de apoderarse de aquél sitio que muy posiblemente habría acabado abandonando a las pocas horas, como todos los lugares en los que había estado. Todos esos recuerdos le empezaban a atormentar, le daban dolor de cabeza y cierta ansiedad.
Sin saber por qué ni cómo, se levantó y empezó a caminar hacia el castillo rodeado de flores blancas. No había nadie en la puerta para detenerle ni para invitarle, pero él tampoco le prestó atención. Simplemente, entró.
—Parece que ya has despertado —habló de pronto una voz de mujer.
—Yo… yo…
—Tranquilo, no te va a pasar nada —dijo dulcemente aquella digimon.
—Lo siento mucho… No sé por qué hago esto ahora… No entiendo qué me ha pasado… No sé qué me pasa… —dijo con una mano en la cabeza el que desde hacía tiempo había sido llamado "el zorro maldito".
—Yo sí lo sé. Y puedo decirte que no tienes nada por lo que preocuparte ya —le dijo la digimon posando una mano sobre su hombro.
—Mi misión aquí ha terminado, dama Ophanimon —por una de las puertas, apareció el digimon de armadura blanca contra el que había estado luchando el zorro.
—¡Tú…!
—No te hará nada —le calmó Ophanimon —. Gracias por todo, Ancient Garurumon.
—Pero… —intentó hablar el zorrro.
—Has sido perdonado por tus actos. Ya no volverá a pasarte nada —insistió el ángel con una tranquilidad contagiosa.
—¿He sido… perdonado?
—Estabas infectado por un virus —le dijo el lobo —. Por eso actuabas como lo has hecho. Si me disculpáis…
—¡Espera! —pidió el digimon más joven, atreviéndose a estirar el brazo para retenerle, aunque no acabó de acortar la distancia —. Quiero unirme a tu grupo… A los Guardianes.
—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó el otro —. El Digimundo entero aún te tiene miedo. No es fácil dejar de ser el zorro maldito.
—Quiero arreglarlo todo… Quiero cambiar, ser mejor… Por favor, Ancient Garurumon, permíteme formar parte de los Guardianes del Digimundo. ¡Te lo suplico! No sé qué otra cosa podría hacer en esta vida después de todo lo que ya he hecho…
El digimon zorro esperó, sorprendiéndose temblando ante la posibilidad de ser rechazado fríamente. Tras un silencio que pareció eterno, Ophanimon dejó ir una leve risita que ocultó tras una mano.
—¿Juras proteger este mundo de cualquier ser que intente perturbar la paz y la tranquilidad de sus habitantes, poniendo este deber por encima de tu propia vida? —preguntó al fin el lobo blanco.
—Lo juro —asintió rápidamente.
—¿Juras entregarte en cuerpo y alma a la misión de los Guardianes?
—Lo juro —repitió.
—Bien —asintió volviendo la vista al ángel junto a ellos —. Será mejor que regrese ahora que no hay tanto movimiento por los caminos. Al nuevo miembro de los Guardianes le conviene entrenar mucho antes de moverse por el Digimundo —dijo inclinando la cabeza a modo de respeto.
—Buen viaje y cuidado por el camino —deseó la digimon.
—¿Marchamos ya, Kitsumon?
—¡Por supuesto! —sonrió el zorro.
