¡Buenas a todos! ¿Qué tal va la vida? Yo asfixiada de calor, así que ya me disculparéis, pero os voy a dejar con la intro más corta de todas (si no me falla la memoria).

¡A pasarlo bien!


Capítulo 99: Comida interrumpida

Ver aparecer a sus padres no le hizo especial gracia a Ulrich, mucho menos por el semblante tan serio que mostraba su padre en concreto. La mujer, por otro lado, se dedicó a saludar a todos, mostrándose amable y cariñosa con los digimons.

—Este lugar está demasiado desordenado —dijo el adulto.

—¡Walter! —llamó la atención su mujer.

—Papá, esto ha sido puntual… Hemos encontrado unas cosas y Dracomon ha tropezado…

—Y justo a la hora de comer —protestó Odd. No tardó en resonar la colleja que le regaló Sissi.

—¿Y si salimos a comer fuera? —preguntó Aelita —. Y de paso, podemos mostrarles algo a los padres de Ulrich…

—Me parece buena idea —aceptó la mujer.

—Adelia, no…

—Oh, vamos, no me apetece hacer cocinar a los chicos —negó —. ¿A dónde queréis llevarnos?

—¡Conozco un sitio en el mercado de Akiba donde hacen un curri para chuparse los dedos! —exclamó Zoe.

—Por favor, dime que sólo te comerás un plato —la retuvo Kouji. Zoe hizo un mohín con el que se ganó algunas risas.

—Y pensar que normalmente tendríamos que decirle eso a los glotones —suspiró William.

—¡Al fin podré estrenar mi jet! —exclamó Arya —. Timy, Ace, ¿venís conmigo? Cabéis los dos en él.

—¡Chachi!

—Oh, ¿hemos de conducir para llegar? —preguntó Adelia.

—Tranquila, mamá, no es mucho —aseguró Ulrich —. Kitsumon, ¿los llevas tú?

—Ningún problema —asintió.

—Si te cansas o necesitas ayuda, cuenta conmigo —se le acercó Renamon.

Con cada uno sobre su vehículo y el matrimonio Stern, algo preocupados, sobre el lomo de Bijugamon, el grupo entero empezó a moverse directos al mercado de Akiba. Los comentarios no tardaron mucho en competir con el sonido de los vehículos, haciendo algo más llevadero el camino a los dos adultos. Desde su moto, Ulrich no podía evitar desviar la mirada hacia sus padres, detectando fácilmente el hermetismo de su padre y la preocupación de su madre, más aún cuando el continente de hielo se mostró completamente ante ellos y, por insistencia del chico, ambos adultos acabaron ocupando el puesto de los Crossedmons en el jet de Arya.

—¡Esto es de locos! —exclamó el señor Stern cuando casi todos los vehículos de los niños empezaron a flotar para moverse más cómodamente por el hielo.

—¿Cómo puede hacer tanto frío? —preguntó su mujer envolviéndose con una manta.

—Bueno… Estamos en un continente helado —respondió algo nerviosa la chica —. Es lógico que aquí haga frío, ¿no?

—Pero hace nada estábamos en una zona tropical…

—La lógica del Digimundo no es como la de la Tierra, mamá —se acercó Ulrich.

—Ese niño enfermará si va así tal cual —dijo el adulto señalando a Tommy.

—No, señor. Yo soy el guerrero del hielo y ésta es mi región —sonrió sobre sus esquís —. Desde que soy consciente de mi pasado, cosas como el frío no me han afectado como antes.

—¡Mister Quitanieves! —corearon los Crossedmons, cada uno en una de las motos.

—¿Alguien sin sobrenombre? —preguntó Koichi.

Tras un camino despejado y varios muñecos de nieve en plan soldados al final de la pendiente, el grupo llegó al mercado de Akiba sin lamentar nada. Para el matrimonio Stern, el cambio en la temperatura era algo tan sorprendente como la enorme caldera que se mostraba en el lugar.

—Vamos, vamos, es por aquí —apremió la rubia del viento.

—Más te vale contenerte —señaló Kouji.

—Yo rezaría para que no haya ningún concurso —dijo JP.

—¿Estáis seguros que podremos comer todos? —preguntó Adelia, rebuscando en su bolso.

—Tranquila, mamá, no hay problema —la detuvo Ulrich —. A demás, el dinero del mundo humano no sirve aquí.

—Pero entonces, ¿cómo pensáis pagar? —cuestionó seriamente Walter.

—Descuide, señor, nos encargaremos nosotros —pasó Patamon.

Los saltos de Zoe fueron lo que indicó a todos que habían llegado al lugar indicado. Por suerte, había sitio más que de sobras para todos, aunque las mesas no podían moverse para juntarse. Con toda la calma posible, el grupo tomó asiento, dejando a Ulrich y Kitsumon con los padres del chico.

—Parece que te lo pasas bien con tus amigos —comentó Adelia, mirando a las diferentes mesas. En más de una, alguno desvió la mirada rápidamente.

—Espero al menos que tanto tiempo aquí divirtiéndote no haya repercutido en tus estudios ni notas.

—Nada de eso, papá —dijo sacando las notas de un bolsillo —. La nota más baja ha sido un siete en química.

—¡Ja! ¡Yo tengo un ocho! —le gritó de pronto Odd, de pie en su silla y atrayendo las miradas de todos.

—Supongo que eso te ayuda a subir el cinco que tienes en historia —se encogió de hombros el chico antes de ver a su padre repasando el papel que le había entregado —. Para tu información, yo tengo un nueve.

—Me alegra ver que vas mejorando —dijo Walter mientras, de fondo, los gritos de Odd intentaban hacerse sonar por encima de los de quienes intentaban regañarle —. Aun así, esta compañía no es la más adecuada.

—Pues yo no lo creo así. Ningún grupo es perfecto y no por ello nos quedamos apartados de los demás —negó Adelia —. No pierdas estos amigos, ¿entendido, hijo?

—No, mamá.

La llegada de platos de aspecto muy terrestre a ojos de los dos adultos hizo que las órdenes de sentarse bien, comer con la boca cerrada, respirando y más frases propias de padres a sus hijos se alzasen en varias mesas.

—¿Siempre es así? —preguntó intentando no reír la madre de Ulrich.

—Incluso peor —se atrevió a decir Kitsumon —. Eso de no saber qué lechuga estás cogiendo…

—¿Y qué más dará? —cuestionó el hombre.

—No son como las de la Tierra, papá —negó Ulrich justo cuando una servilleta le cayó casi en el plato —. ¡Eh!

Las risas y regañinas no tardaron en ser sustituidas por gritos de terror a la vez que un temblor de tierra tiraba todo cuanto no estuviese sujeto.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Teppei.

—¡Ayuda! —salió un camarero —. ¡Están acercándose!

—¿Quién? —preguntó JP.

—¡Los guerreros de Xana-Lucemon!

—Algo me dice que también ha recibido notas y ha suspendido —señaló Odd.

—Eso da igual ahora, hay que salir y detenerles antes de que destrocen el mercado —dijo Ulrich antes de voltearse hacia sus padres —. Tenéis que escapar de aquí.

—¿Seguro que estarás bien? —preguntó Adelia.

—Sí, mamá, no te preocupes —asintió.

—Tranquilo, Ulrich —se le acercó Arya —. Ignitemon, Bokomon, Neemon y yo nos encargaremos de todo.

—Llévatelos de aquí, si es posible, a casa —dijo Takuya pasando hacia el exterior del local —. ¡No tardaremos!