¡Hola a todos! No, no me he olvidado de subir capítulo. He estado haciendo vida familiar, es decir limpieza general y excursión a la montaña. Llevo encendiendo el ordenador para acabar sin hacer nada toda la semana.

Así que esta semana también os vais a librar del tostón porque estoy demasiado cansada para ello. En la mente de todos debe estar ya más que grabado el DISCLAIMER, los AVISOS y cualquier comentario extra que se me ocurra.

Espero que el calor no os haya derretido demasiado y que podáis seguir leyendo. ¡A pasarlo bien!


Capítulo 104: La pulsera perdida

La libertad de los estudios había llegado al Cuartel acompañada por el asfixiante calor del verano que tenía a más de uno tirado en la más profunda sombra.

—Tampoco es para tanto —negó Takuya.

—¿Que no es para tanto? ¡Me voy a evaporar! —protestó Yla.

—¿Los clones os evaporáis?

—¡Idiota! —gritó lanzándole un poco de agua —. De ser así, ¿no crees que ya podríais haber acabado con Duskmon?

—Ahora que lo dices…

—¡Mira que eres idiota! —estalló la digimon.

—Chicos, tenemos un mensaje de un tal Magnamon —informó Jeremy desde el ordenador —. ¿Alguien lo conoce?

—Es V-mon —respondió Patamon, volando hasta él y leyéndolo.

—Parece ser que ha recuperado el digihuevo de los milagros —sonrió Gatomon —. ¿Qué dice?

—Hay una torre activada y totalmente desprotegida a dos horas de camino —dijo Patamon.

—Para cuando lleguemos, estará protegida —resopló Odd.

—Es un área despoblada —negó Patamon —. Todos los digimons que vivían allí…

—¿Qué?

—No insistas, Odd. ¿Quién viene conmigo? —preguntó Aelita.

—Creo que estaría bien que te lleves gente tanto de corto como de largo alcance por si acaso —declaró Jeremy.

—Muy bien. Pues montaré el equipo —asintió tirando del brazo de Odd —. Tú te vienes conmigo.

—¡Hace calor! —protestó el rubio.

—Sois unos exagerados todos con lo del calor —rió Takuya.

—Tú también te vienes —señaló la pelirrosa —. Y a ver…

—¡Iré contigo! —exclamó Patamon.

Poco más de cinco minutos después, Aelita se decantaba por la moto como medio de transporte mientras Odd, Takuya, Leire, William y Katsuharu esperaban información. El viaje fue rápido y sin incidente alguno, cosa que animó al grupo.

—¡Bienvenidos, chicos! —saludó Magnamon.

—¿Todo en orden aquí? —preguntó Angemon.

—Ya lo puedes ver tú mismo —dijo extendiendo los brazos —. Ni rastro de monstruos de XANA.

—¿Ya es de fiar este digimon? —preguntó William, Dracomon aún sentado en el quad.

—No hay por qué temer, chicos —aseguró el ángel antes de voltearse al de armadura dorada y susurrar —. Casi mejor no mencionar que todos estáis recuperando la energía suficiente como para ir evolucionando o aún se pondrán paranoicos.

—Todos estamos extremando las precauciones —aseguró el azul mientras veía a Aelita caminar hacia la torre —. Casi nadie evoluciona para evitar llamar la atención.

—Pues tú no es que seas discreto —se acercó Odd —. Esa armadura brilla demasiado.

—A veces, es mejor estar preparado para cualquier cosa —dijo.

—Eso me recuerda a algo —dijo Katsuharu, mirando al rubio y al guerrero del fuego con una sonrisilla burlona —. Que no es necesario, que os pasáis con tanto nivel…

—Vale, nos equivocamos, deja de recordárnoslo —protestaron ambos. Los demás enseguida se echaron a reír.

—¡Torre desactivada! —exclamó Lunamon, corriendo al pie de la torre.

—A mí no me gusta para nada lo sencillo que ha sido —comentó Tailmon.

—Los alrededores están completamente arrasados —explicó Magnamon —. Quienes vivían en las aldeas o bien han sido ya capturados, eliminados o han podido huir y se han escondido en los diferentes refugios que existen en el Digimundo.

—¿Hay refugios? —preguntó William.

—Takuya conoce uno de ellos —sonrió Angemon. El chico enseguida intentó hacer memoria —. Hablo del lugar donde vive Baronmon.

—¿Eso es un refugio? —preguntó sorprendido.

—Sí.

—¡Ya estoy! —llamó Aelita, apareciendo con ambas manos juntas.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Leire.

—No sé lo que es, pero está destrozado —respondió la chica —. Estaba en el piso inferior de la torre.

—¿Un trozo de torre? —preguntó Katsuharu.

—Lo dudo —negó la pelirrosa —. Más bien creo que es lo que escondió Alex, el niño elegido que ha capturado Xana-Lucemon.

—¿Por qué lo crees? —preguntó Magnamon.

—Sólo los humanos pueden atravesar la pared de esas torres —respondió Angemon.

—Entiendo… Bueno, yo os dejo ya —dijo el de armadura dorada —. Supongo que a Alphamon le interesará saber que por aquí, todo está en orden.

—¡Por favor, no le menciones sobre esto! —exclamó de pronto Aelita.

—¿Por qué?

—Él... quizás piensa que no me he querido centrar en mi misión y...

—Aunque Alphamon es el líder, puedo olvidarme de un detalle —aseguró con una gran sonrisa —. Os veo en otro momento.

—Ten cuidado por el camino —pidió el ángel antes de chocar puños con él.

—¡Hasta otra, niños!

—Nosotros también debemos regresar —indicó Angemon, gesticulando a todos para que regresaran a sus vehículos.

—Llevo una bolsa aquí —ofreció Leire —. Puedes guardar los trozos en ella.

—Gracias.

—¿Por qué llevas una bolsa vacía contigo? —preguntó Takuya.

—Llevo más cosas —respondió montando en su dragonfly —. Para tu información, las mujeres siempre llevamos cosas que podrían servirnos en cualquier momento.

—No insistas, Leire. Es un hombre, nunca entenderá estas cosas —dijo Aelita. Enseguida ambas chicas y sus digimons se echaron a reír.

—No sé por qué, pero tengo la sensación de que nos ha ofendido, chicos —comentó Takuya a los demás.

A un ritmo tranquilo, el grupo volvió al cuartel, aventurando qué hacía tan especial aquel objeto destrozado como para que el niño humano lo ocultase en el interior de aquellas estructuras creadas por XANA y en las que, curiosamente, ningún monstruo ni digimon podría entrar jamás.

El grupo aún no había llegado a la entrada cuando identificaron varios compañeros, ya digievolucionados, atravesando un portal creado por CrossSpacemon. Preocupados, aceleraron el último tramo mientras gritaban intentando llamar la atención de alguno de ellos.

—¿Qué pasa? —preguntó Aelita.

—Gomamon nos ha enviado un email —respondió el propio Ace —. Neptunemon está causando problemas en la playa, cerca del chiringuito de los Toucanmons.

—¿En serio? —preguntó Odd —. Acabamos de llegar de un largo viaje para desactivar una torre en mitad de la nada… ¿Y atacan en la otra punta del mundo?

—No es necesario que vayas si no quieres —comentó el gato, encogiéndose de hombros y mirando el vórtice —. Ya han pasado bastantes como para hacerse cargo del problema.

—¿Sabes quién más está allí? —preguntó Takuya.

—No, lo siento —se disculpó.

—Voy a echar una mano —dijo el de fuego, dejando el vehículo y atravesando el vórtice.

—Mira que es tonto —negó Odd —. Es fuego, lo apagarán con nada.

—Al menos, él ha ido a ayudar —dijo Leire.

—No te equivoques —negó el rubio —. Seguro que ha ido porque están los gemelos. ¿A que sí han ido?

—Y mamá también —asintió con una enorme sonrisa el plateado.

—Voy a ir para asegurarme. ¡Vamos, Tailmon! —llamó la chica.

Con un suspiro, Aelita se apartó, dejando en su rincón del garaje el cubo al que hizo volver la moto. Tomando la bolsita con los pedazos encontrados, entró al cuartel y se sentó ante la mesa.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Jeremy, ofreciéndole un plato con bizcocho y zumo.

—Ningún problema —respondió sin mirar nada.

—¿Qué es eso?

—Me da que es lo que Alex escondió —respondió.

—¿Lo has encontrado? ¿Dónde?

—Dentro de la torre —dijo —. Oye, ¿tienes las herramientas a mano?

—Están en la habitación. Enseguida te lo traigo.

—Qué raro que subas tú y no envíes a Gaomon… ¿O lo has mandado a pelear?

—Míralo tú misma.

Un tanto confusa, la pelirrosa alzó la vista al frente, topándose de pronto con dos adultos parados delante del ordenador. Algo avergonzada por no haberse fijado en su presencia, se levantó y acercó a ellos.

—¿Va todo bien?

—Hola, Aelita —saludó Ken —. Todo perfecto, tranquila.

—Estamos trabajando en la espada de William —dijo Izzy, tecleando sin descanso en el ordenador —. Aunque Jeremy es capaz de ello, nos han enviado un mensaje pidiendo que lo separemos de la pantalla un rato.

—¿Y os ha hecho caso? —preguntó la pelirrosa.

—Bueno, no es él quien ocupa la silla —señaló Ken.

—¡Aleluya!

—Aquí tienes las herramientas, Aelita —apareció el informático.

—¿Qué quieres hacer?

—He encontrado un objeto en la torre que he desactivado —dijo —. Creo saber qué es, pero no por qué es tan importante.

—¿Necesitas ayuda?

—La verdad, un poco iría bien —aceptó.

—Jeremy, tú quédate con Izzy —señaló el padre de Chiaki.