Vale, nuevo intento de subir el capítulo... Si se logra mantener al fin, a lo largo de la semana intentaré subir el que se supone debía subir hoy.
Capítulo 114: Jugando con la torre
El descenso en la temperatura hizo que las tres chicas se apretasen más entre ellas en un intento inútil de entrar en calor. Por delante de ellas, Kuzuhamon seguía indicando el camino, deteniéndose de vez en cuando para observar alrededor.
De tanto en tanto, una sacudida las obligaba a pegarse a las paredes y a vigilar el techo. El zorrillo de Kuzuhamon había acudido veloz a la digimon morada en esos momentos de tensión y se había desplazado aún más rápido por los túneles para confirmar que todo aquello era producido por alguien en el exterior.
—En serio, ¿cuánto más falta? Nos vamos a quedar heladas y eso que estamos en verano —protestó Sissi.
—No debería faltar mucho —dijo Aelita, D-Tector en mano con la brújula activada e intentando no separar demasiado el brazo de su cuerpo —. A unos cien metros.
—Cien metros que, en cuevas, puede bien ser mil —suspiró Emily.
—No huele a peligro —dijo Mikemon.
—Eso es porque no hay nadie —dijo Kuzuhamon, el zorrillo de nuevo junto a ella —. Al parecer, el hecho de tener la torre enterrada en la sierra parece ser más que suficiente como para no protegerla.
—¿Seguro? ¿Y lo de fuera? —preguntó Sissi.
—Posiblemente sea casualidad —negó la digimon morada.
—No estoy tan segura —negó Floramon.
—Intentemos no ser negativas —dijo Aelita, la vista al frente aunque no veía nada —. Seguro que todo irá bien.
Muchos giros después, el grupo empezó a ver una luz rojiza al fondo del túnel. Animadas, echaron a correr hacia ella justo para encontrarse con la parte superior de la torre ante sus narices.
—¿Qué demonios significa esto? —señaló Sissi.
—Que la entrada a la torre está más abajo —suspiró Emily mirando a las demás —. ¿Debemos retroceder y buscar otro túnel?
—No había ninguno —negó Kuzuhamon acariciando al zorrillo sobre su hombro —. Él nos lo hubiese indicado.
—Así que es el único camino —observó, arrodillándose al borde y asomándose para ver hacia abajo —. El hueco es algo justo.
—Yo me encargo de ello —dijo Aelita, haciendo aparecer sus alas y colándose por el espacio entre la tierra y la torre.
—La acompañaré —dijo Mikemon, enganchándose a la pared para descender por ella.
—¿Y nosotras? —preguntó Sissi.
—Ojalá fuera una Palmon —suspiró Floramon.
—No, mejor así —dijo su compañera —. Bajar puede ser fácil, pero subir no. Aelita puede volar y Mikemon ya hemos visto que trepa. Pero ¿las demás? Mejor esperar aquí.
Con cuidado de no chocar, Aelita acabó de recorrer la distancia hasta la base de la torre, deteniéndose para ver la placa de hielo que la rodeaba. Con cuidado, pisó el suelo y esperó hasta que Mikemon se deslizó hasta ella y frenando con las uñas.
—Yo me quedo aquí por si acaso —aseguró la digimon con una sonrisa.
—Muchas gracias, Mikemon.
Con cuidado de no caer, Aelita se acercó a la torre y entró en ella, caminando tranquila hasta el centro de la plataforma. Sabía que, hasta que no desactivase aquella torre, la comunicación con Jeremy sería imposible, por lo que debía ser rápida.
—Torre desactivada —dijo mirando alrededor, a la cantidad de datos que empezaban a apagarse en aquella edificación —. Hora de aprovecharnos de ella.
Sin dudarlo ni un segundo, apoyó la mano de nuevo en la pantalla y empezó a buscar en las diferentes ventanas a gran velocidad, buscando y pulsando cada vez que daba con algo que le interesaba. Una ventana de chat emergió de repente, deteniendo sus movimientos.
—Bien, funciona —suspiró al leer el mensaje de Jeremy.
Escribiendo cada diez movimientos por las otras ventanas, Aelita continuó su trabajo mientras ligeros temblores le hacían temer lo peor. Tras avisar a Jeremy, cerró el chat y siguió buscando, pulsando y escribiendo en la pantalla códigos y comandos que les servirían para lo que querían hacer en la playa.
—¡Aelita! ¡Tienes que ir más rápida! —exclamó de pronto la voz de Emily.
—¿Qué pasa? —preguntó sin asomarse a mirar.
—¡Kuzuhamon dice que algo se acerca y no tenemos espacio suficiente para atacar ninguna! —explicó.
—Mierda… ¡Aún necesitaría diez minutos más!
—¡Diez! —exclamó la otra chica —. ¡Intenta que sean cinco!
Apretando los dientes, Aelita aceleró el ritmo de su búsqueda, el chat de nuevo abierto por una nueva petición de Jeremy que no respondió con palabras. Una sacudida algo más fuerte que las anteriores preocupó a la chica, que intentó ir aún más rápida, ignorando todo pensamiento sobre el exterior.
—¡Aelita, se nos viene encima! —gritó Emily.
—¡Un minuto más!
—¡No creo que la cueva vaya a hacerte caso! —estalló la chica. El ruido a su espalda le indicó a la pelirrosa que la otra había subido hasta su nivel —. Kuzuhamon ha regresado por el túnel para intentar retener a lo que sea que viene, pero no creo que pueda hacer nada si se le cae todo encima.
—Ya casi está —aseguró Aelita —. Sólo necesito la confirmación de Jeremy.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Emily, acercándose a la pantalla y pulsando ella también.
—¡Cuidado! —exclamó la otra, preocupada porque la impaciencia de su compañera desordenara su trabajo.
—Vamos, Jeremy, confírmanos que esto funciona —pidió Emily, escribiendo en el chat.
—Em, necesito acabar con esto —pidió Aelita.
—Perdona, pero es que si no salimos ya, moriremos aplastadas.
—La torre puede aguantar las rocas —dijo la pelirrosa, volviendo a su trabajo.
—¿Quieres decir que nos metamos todas? Las digimons pueden entrar en los dispositivos, pero eso no funcionaría con Kuzuhamon —recordó la morena.
—Saldremos antes, tenlo por seguro.
Varias pulsaciones más tarde, el chat volvió a cobrar vida con la confirmación tan esperada de Jeremy. Ambas suspiraron aliviadas y, tras esperar que Aelita cerrara absolutamente todo, descendieron al piso inferior y salieron acompañadas de una sacudida que casi las tira de regreso al interior de la torre.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emily a Persiamon.
—Huele a metal —respondió la gata, dándole la espalda e indicándole con un gesto que subiese a ella —. Hay que salir de aquí ya.
—¡Vamos, chicas! —llamó Sissi, en el saliente superior, con ambos látigos listos en sus manos.
—¿Dónde está Kuzuhamon? —preguntó la pelirrosa. Lunamon no tardó en aparecer junto a ella, aún menos en digievolucionar.
—Se ha adelantado —respondió la morena —. Persiamon puede guiarnos por los túneles hacia la salida y, si encontramos a Kuzuhamon por el camino, la arrastramos con nosotras.
—Me parece bien —aceptó Aelita subiéndose a la espalda de su digimon.
—No perdamos el tiempo —apremió Lilamon, agachándose para que Sissi subiese.
—¿A que va bien contar con dos colas en casos así? —sonrió Persiamon, ofreciéndoles a las otras dos digimons uno de sus apéndices —. Procurad no apretar demasiado fuerte o tirar de ellas o me enfadaré.
—Seremos cuidadosas —respondieron ambas.
Tras asegurar que ambas estaban cogidas, Persiamon olfateó el ambiente antes de ponerse en marcha, encabezando al grupo. Los temblores empezaron a ser más continuos, dificultándoles el moverse e incluso haciéndoles temer que el techo se les fuese a caer encima.
Quince minutos después, la voz de Kuzuhamon llegó hasta ellas. A ninguna le pasó por alto la rabia que debía estar sintiendo la digimon por las maldiciones que estaba soltando hasta que la alcanzaron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emily.
—Es Machinedramon —respondió —. El enemigo que nos ha atrapado aquí es Machinedramon.
—¿Es peligroso? —preguntó Sissi.
—Bastante —aseguró —. Me alegra que hayáis venido todas. Ese digimon iba camino a la torre.
—¿Sabía que estábamos ahí? —preguntó Lilamon.
—Hemos desactivado una torre. Está claro que Xana-Lucemon ha debido enterarse —dijo Aelita.
—¿Has podido hacer lo que veníais a hacer? —preguntó Kuzuhamon.
—Sí. Jeremy ha obtenido la energía suficiente para crear la burbuja de aire.
—No sé por qué no me llama demasiado —comentó Emily.
—Quizás porque eres una gata y a los gatos no les gusta el agua —señaló Sissi.
—No perdamos el tiempo. Machinedramon ha pasado de largo sin darse cuenta de mi presencia, pero no estoy segura si ha sido porque sabía que os podría encontrar más abajo o por qué —dijo Kuzuhamon.
...
Reichmon se dejó caer al suelo, resoplando. Junto a él, Agumon comía una bolsa entera de patatas fritas ante la mirada de algunos, como Odd.
—Machinedramon se ha salvado por los pelos —dijo Tai.
—Dudo que Ulforce haya recibido la orden de dejar atrás a un compañero como Machinedramon —negó LordKnightmon —. Está claro que, en sus planes, no entraba WarGreymon.
—A Ulforce se le olvida que, sin Gabumon, también soy peligroso —sonrió Agumon.
—Pero se ha ido bajo tierra y sólo Grumblemon y Arbormon le pueden dar caza —señaló JetSilphymon.
—Tranquila, Ace ha ido con ellos y los sacará de ahí si las cosas se ponen feas —le dijo Beetlemon.
—Eso es lo que más me preocupa —remugó, apoyándose aún más en su molinillo.
—Tranquila, mamá. Ace no hará ninguna tontería —aseguró CrossTimemon —. Bueno, hora de trabajar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Takuya.
—Abrir el túnel —señaló.
—¿Desde cuándo eres la digimon de la tierra? —preguntó Odd.
—Anu-chan, siempre tan picajoso —murmuró, ganándose algunas risas —. A falta de alguien que pueda crear un muro, mejor id rompiendo las rocas que levante.
—Déjamelo a mí —se adelantó LordKnightmon —. Los demás, mejor descansad.
A un ritmo lento y que preocupó bastante a todos, CrossTimemon empezó a mover las enormes rocas que bloqueaban el acceso al túnel. Por delante de ella, y con mucho cuidado, LordKnightmon las fue pulverizando.
—¿Vamos a buscarlas? —preguntó Beetlemon.
—Demasiado oscuro para algunos —negó JetSilphymon.
—Kuzuhamon iba con ellas —señaló Ravemon.
—Espero que no estén muy heridas —dijo Leire, la única de los otros primeros aún evolucionada.
Cerca de veinte minutos más tarde, con alguna que otra sacudida preocupándoles a sus pies, Reichmon volteó la vista hacia la cueva, logrando divisar las figuras de las compañeras que faltaban emergiendo del interior.
—¡Chicos! ¿Estáis todos bien? —preguntó Persiamon, agitando una garra.
—¡Eso vosotras! —señaló Takuya —. ¿Estáis todas bien?
—No nos hemos topado con nadie —aseguró Kuzuhamon —. Hemos esquivado a Machinedramon por pura suerte.
—Así que ha huido hacia abajo —dijo Tai, pensativo —. Hay cosas que jamás cambiarán.
—¿Has logrado lo que queríais hacer, Aelita? —preguntó Reichmon.
—Sí. Jeremy ha logrado la energía suficiente para iniciar el programa —asintió.
—Pensaba que, con una torre, ya era suficiente —dijo Odd.
—De forma simple, Jeremy estaba trabajando en tantas cosas a la vez que necesitaba un empuje extra para poder iniciar el programa —dijo. Ante la cara de duda del rubio, resopló y alzó los brazos —. Que hasta dentro de dos semanas, Jeremy no cerrará el programa de vigilancia y control remoto del Skid y los NavSkids, lo que significa que su ordenador va lento.
—Ah —aceptó.
—Aún no te has enterado —señaló Sissi.
—¿Qué quieres? En el tema ordenadores, en lo que soy bueno es en videojuegos.
—No tienes remedio —resopló.
Una enorme sacudida sobresaltó a todos, que empezaron a correr alejándose de la sierra. JetSilphymon, a salvo en el aire, observó con el molinillo fuertemente apretado en sus manos y listo para girar a gran velocidad si Machinedramon volvía a aparecer.
—Regresemos ya a casa —dijo Emily.
—No podemos —negó CrossTimemon —. Mi hermano está con Grumblemon y Arbormon por ahí abajo, persiguiendo a Machinedramon.
—¡¿Que han bajado ellos ahí, sin más?! —preguntó Kuzuhamon.
—Cuando Machinedramon se metió bajo tierra, pensamos que iría a por vosotras. Así que Grumblemon y Arbormon bajaron para abrir espacio en caso de estar atrapadas y que Ace pudiese sacaros.
—Dios… Que no haya pasado nada…
—Tranquilas, no ha pasado nada —sonrió la del tiempo, señalando al frente.
A poca distancia de ellos, un vórtice empezó a formarse. Algo atropelladamente, los guerreros de la tierra y la madera cruzaron, dejándose caer en el suelo claramente aliviados de pisar el suelo exterior. Leire no tardó en acercarse a ellos en busca de heridas mientras CrossSpacemon cruzaba su vórtice y lo cerraba.
—¿Estáis bien? —preguntó JetSilphymon, descendiendo hasta quedar junto a él.
—Machinedramon ha destruido la torre —informó.
