¡Hola a todos! ¿Qué tal va? Ya queda poco para acabar el año, pero aún nos quedan dos findes (bueno, uno quitando éste) para subir capítulo.
No me entretengo mucho esta vez, os dejo directamente con el capítulo. ¡Las cosas se empiezan a poner interesantes, así que prestad atención!
Capítulo 121: Contacto
Jeremy trabajaba sin descanso en el ordenador arreglando todos los fallos y problemas que presentaba viajar al fondo del mar. Más de uno le había tenido que arrastrar para separarlo de la pantalla con excusas que no llevaban a que el informático permaneciese fuera del hangar más allá de una hora.
—Se nos está escapando algo... Hay algo... que nos estamos olvidando... —murmuró dando golpecitos al ratón con un dedo.
—Jeremy, ¿y si descansas? —preguntó Gaomon —. Quizás es que estás demasiado cansado y por eso se te escapa lo que sea que pasamos por alto.
—No puedo, Gaomon. Cada minuto que permanecemos atascado es un minuto en que Xana-Lucemon mantiene el control del Digimundo.
—Pero Aelita dice que las cosas se han de pensar con calma. Y que, a veces, alejarte de eso a lo que le das vueltas ayuda para seguir adelante.
—¿Es mi imaginación o pasas mucho tiempo con Aelita? —preguntó olvidándose por un momento de los planos en la pantalla y mirando al digimon.
—Bueno, aquí es donde tenéis todas vuestras herramientas y ella está intentando construir aquello que encontró en la torre —se encogió de hombros —. Como tú estás tan fijado en la pantalla, yo me aburro y me voy con los demás.
—Lo siento, Gaomon. No me di cuenta de que...
—Tranquilo —sonrió el lobo —. He oído decir a Lopmon que en el pasado yo también era de estar muy centrado en algo. No sé a qué se refiere, pero...
—Está bien, tomaré el descanso —declaró el chico, apartando la silla y levantándose.
Tras un último vistazo fugaz a la pantalla del ordenador, Jeremy metió las manos en los bolsillos y se alejó del lugar donde había pasado las últimas horas trabajando seguido por Gaomon. La luz del sol cegó momentáneamente al informático cuando abandonó el hangar.
—¡Eh! ¡Mirad quién ha salido de la cueva! —oyó exclamar a Odd.
—¡Ya era hora! —terció Takuya —. Empezábamos a pensar que te saldrían telarañas ahí dentro.
—Tampoco es para que exageréis tanto —se cruzó de brazos el de gafas.
—Oh, venga, ahora nos dirás que no has hecho gran cosa allí dentro —señaló Teppei.
—Pues mira, así es. No he logrado avanzar casi nada —declaró ajustándose las gafas.
—¡Venga ya! ¡Llevas una eternidad ahí sentado! —señaló Sissi.
—Casi se te pasa el verano —dijo Floramon.
—Para nada, estamos a...
—Jeremy, me da que era una forma de hablar —interrumpió Lopmon, acercándose al chico con las orejas arrastrando —. Aunque por un lado me alegra veros cada vez más como erais antiguamente, por favor, cuídate. No te quedes pegado a una pantalla tanto tiempo ni tan fijamente.
—Es una pérdida de tiempo, Lopmon —dijo Ulrich —. Einstein volverá a los pixels del ordenador en cuanto bajemos la guardia.
—Bueno, al menos hemos separado a uno de su obsesión —habló Gaomon, encogiéndose de hombros.
—¿Separado a uno de su obsesión? ¿Quién más hay obsesionado por ahí? —preguntó Jeremy.
—Aelita —respondió más de uno.
El informático los miró a todos sin acabar de entender. Algunos, como Ulrich y Sissi, simplemente negaron y murmuraron por lo bajo; Odd y Takuya no tardaron en alzar la voz en protestas que se sobreponían unas a otras dificultando entender nada.
—¿Dónde está? —preguntó Jeremy.
—En el salón del cuartel. Se cansó de tus murmullos, recogió todo cuanto estaba usando y salió del hangar —explicó Gaomon.
—Y como dice que le queda poco, no hay manera de separarla de esos trozos de metal y más cosas raras —gesticuló Sissi —. De verdad, sois tal para cual... Solo espero que vuestros hijos no salgan así de cabezudos.
—¡¿Pero qué dices, Sissi?! —protestó avergonzado Jeremy echando a correr al cuartel.
Al contrario que en el hangar, en el salón del cuartel sí había movimiento de gente y digimons a un lado y a otro. Con cuidado, Jeremy esquivó a todos hasta llegar al fondo de la sala, donde Aelita trabajaba lentísimamente en la unión de elementos electrónicos.
—Hola —saludó.
—Shh, no me distraigas —ordenó en voz baja.
—Oh, vale...
—Es el vigésimo tercer intento de lograr conexión —indicó Lunamon —. Esta vez, los cálculos son más precisos.
—He dicho que silencio —ordenó de nuevo la pelirrosa, algo más alto esta vez.
La conejita digital no tardó en llevarse ambas manos a la boca, con una mirada de disculpa en el rostro que su compañera humana no vio al estar tan centrada en su trabajo. Sin nada más que hacer, Jeremy tomó una silla y la acercó a la mesa sobre la que una extraña pulsera estaba tomando forma.
—¡Ya!
—¿Funciona? —preguntó Jeremy.
—Ahora lo sabremos —dijo tomando el objeto y empezando a toquetearlo por todos lados. Tres largos minutos más tarde, lo soltó y dejó caer la cabeza sobre la mesa mientras dejaba escapar un llanto falso —. ¡Esto es imposible!
—Seguro que hay solución.
—Jeremy, agradezco tus ánimos, pero esta tecnología me supera. Nos supera más de lo que imaginas —dijo ladeando la cabeza para mirarle —. Parece alienígena y todo.
—¿Por qué no le pides ayuda a tu padre?
—No quiero hacerlo —dijo enderezándose —. Tengo la impresión de que no quería siquiera que encontrara esta pulsera en un principio —dijo mirando el objeto —. Enseguida que la mencioné, se ofreció para buscarla con la ayuda de los demás aliados.
—Bueno, nosotros tenemos que centrarnos en nuestra misión principal, que es liberar el Digimundo de Xana-Lucemon.
—Jeremy, sabes tan bien como yo que necesitamos muchísima ayuda y muchísimos recursos antes de poder ir hacia la Rosa de las Estrellas para enfrentarnos a él —negó con cierta tristeza —. Hasta que no perfecciones todo del Skid y le proporciones a quien desactive la torre un equipo de buceo seguro, sabes que no vamos a poder hacer absolutamente nada.
—Estoy cerca —aseguró rápidamente —. Sólo falta un pequeño detalle que se me escapa...
—Y necesitas mi ayuda —dijo la pelirrosa. Al instante, Gaomon y Lunamon resoplaron sonoramente —. ¿Qué?
—A ver, la cosa no es sacar a Jeremy del ordenador para que regrese arrastrando a Aelita —negó Gaomon.
—Cierto, los dos tenéis que descansar —asintió Lunamon, intentando mirarles con dureza.
—Bueno, pasaremos un rato en la playa y... —empezó Jeremy.
—Nada de un rato. Os pasaréis un día entero sin hacer nada —dijeron ambos digimons.
—¡Un día! Así, Xana-Lucemon se hará más fuerte y...
—¿A qué vienen esos gritos? —preguntó Gatomon, acercándose con calma al cuarteto. Por detrás, más de una cabeza se volteó a curiosear.
—Estos dos, que no descansarán nunca —señalaron los digimons.
—Hacednos un favor a todos —pidió de pronto Koichi —, abandonad por veinticuatro horas vuestro trabajo, dejádnoslo a los demás y salid a disfrutar del verano.
—¿Dejar el trabajo del Skid a otro? —preguntó Jeremy con los ojos muy abiertos.
—¿En serio alguien cree ser mejor que yo montando esto? —señaló Aelita hacia la pulsera en la mesa.
—Punto uno, revisar datos en un ordenador no se me da mal. A demás, contaré con ayuda, porque yo sí la pido —dijo el guerrero de la oscuridad —. Y punto dos, no pienso tocar eso —dijo señalando el objeto de la pelirrosa —. Se lo he comentado antes a Kouji, que quienquiera que crease eso, estoy completamente seguro que lo hizo de modo que si se destruyese, como parece ser que lo encontraste, nadie pudiese montarlo.
—Las piezas principales están intactas —sonrió la pelirrosa —. Es posible montarlo.
—Yo sólo digo mi opinión —alzó ambas manos.
—¿Alguna otra opinión que quieras comentarnos? —preguntó Lunamon con curiosidad.
—La de mi hermano —sonrió —. Él cree que la hizo tu padre y que no estaría mal que te tragases tu orgullo por una vez y le pidieses ayuda.
—¡Ni hablar! —exclamó levantándose y golpeando la mesa con los puños —. No pienso decirle que la encontré. ¡Y más os vale a todos seguir callados u os arrepentiréis!
—¿Pero a qué temes tanto? —preguntó Gatomon.
—Me oculta cosas —respondió Aelita —. Tiene demasiados secretos y no me gusta que los tenga conmigo. Callándose no nos está haciendo ningún bien... Estoy segura que es información necesaria para seguir avanzando todos.
Gatomon chasqueó la lengua y clavó los ojos en la chica, llegando a intimidarla unos segundos antes de relajarse y dar media vuelta.
—Tu padre es un hombre prudente. Cuando llegó a este mundo, su única preocupación era que estuvieses a salvo. Y cuando nosotros sentimos que era el tiempo de reunir de nuevo a los Guardianes, fui yo la que le informó de que tú pertenecías a ese grupo. De que eras la reencarnación de Dianamon —dijo —. Si no te dice cosas es porque teme desencadenar recuerdos indebidos.
—¿Recuerdos indebidos? ¿A qué te refieres?
—Ya lo dijimos una vez. Es mejor que vayáis recordando las cosas poco a poco. Que vayáis adaptándoos a vuestro ritmo al hecho de que sois digimons aunque tengáis ese cuerpo humano. Tu padre sólo intenta protegerte, Aelita, aunque tú creas que no es la forma adecuada.
—Pero...
—Haced lo que ha dicho Koichi y tomaos un día entero de descanso —ordenó la gata sin mirarles —. Os vendrá bien no pensar en nada por unas horas.
Ambos jóvenes observaron a la digimon alejándose, arrastrando consigo a todos cuanto se cruzaban en el camino, tanto humanos como digimons.
—¿Te apetece ir a nadar un rato? —preguntó al cabo de varios minutos Jeremy.
—Sí, está bien.
Más de uno alzó la vista unos segundos para corroborar que realmente eran Jeremy y Aelita los que parecían estar a punto de tomar un descanso, aunque más de uno resopló cuando oyó al rubio hablando demasiado técnicamente como para poder entrar en la conversación.
—¿Y por qué no cambias el flujo direccional? —preguntó Aelita después de una de las largas explicaciones del chico.
—Lo he intentado, pero no funciona igual. Se necesitan varias piezas extras que...
—Jeremy, ¡eres un genio! —exclamó de pronto la chica, acortando la distancia y besándolo por sorpresa —. ¡Sabía que tenía una solución!
Dejando atrás a un demasiado sorprendido Jeremy, e ignorando a más de uno que era evidente que pensaba interrogarle por tan abrupto gesto para con el informático, entró a la carrera al cuartel, recuperó su caja de herramientas y se sentó en la mesa ante el prototipo de pulsera que había dejado una hora atrás.
—Aelita, se supone que tienes que descansar —regañó Lunamon.
—Imposible, ¡ya sé lo que he de hacer! —exclamó.
—Puede esperar.
—¡Es más sencillo de lo que imaginas! —dijo señalando el objeto mientras retiraba algunas piezas —. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
—Aelita...
La conejita digital negó con la cabeza ante la actitud de su compañera humana. Arrastró una silla hasta quedar más cerca de la pelirrosa, se sentó y esperó pacientemente a que la chica acabase aquel intento para arrastrarla de vuelta al descanso, aunque intuía que mucha calma no habría una vez Aelita fuese consciente de lo que había hecho en la playa.
—Esto aquí y... ¡Listo!
—¿Ya está?
—¡Sí! —chilló con una sonrisa victoriosa —. Esta vez funcionará.
Tomó la pulsera entre ambas manos y pulsó un botón con sumo cuidado. Unos leves pitidos hicieron que la atención de la chica y la digimon se centraran única y exclusivamente en el objeto hasta que el sonido cambió a una voz de mujer alta y clara.
—¡Minerva! ¡Alex! ¿Qué os ha pasado? ¿Por qué no habéis llamado en tanto tiempo?
