¡Buen finde a todos! ¿Qué tal os va? Espero que todo bien y con ganas de seguir leyendo.
Hoy no me entretengo demasiado, paso directamente al capítulo porque el anterior se quedó bastante en el aire (intencionadamente). Así que os dejo leer y descubrir qué pasa.
¡Que vaya bien la semana!
Capítulo 126: Solución
El silencio no auguraba nada bueno, como tampoco el rostro de las digimons sentadas en la mesa. Ellas habían reclamado la reunión y allí se encontraban todos, sentados en la larga mesa, a la espera de saber qué querían exactamente las féminas del cuartel.
—¿Podemos empezar ya? He dejado a dos discutiendo y no me fío ni un pelo de lo que puede estar pasando sin mí por allí —pidió Ancient Greymon.
—Yo también tengo que volver cuanto antes al Continente Oscuro —agregó Ancient Sphinxmon.
—Cierto, hemos dejado cosas pendientes en nuestras zonas de vigilancia —secundó Slayerdramon.
—Todo eso puede esperar. Nuestro problema, no —declaró Dianamon.
—¿Y cuál es? —preguntó Denoshimon, no dudando en ocultarse a la sombra de Ancient Garurumon en cuanto Sakuyamon se volteó a mirarlo con claro enojo.
—¡Volca! —acusaron todas.
—Ay, cielos —suspiraron Ancient Troiamon y Anubismon.
—¡Es la quinta vez en lo que llevamos de semana que te cargas algo de la casa con tus estúpidos entrenamientos! —chilló Dianamon.
—¡Y solo llevamos dos días de semana! —añadió Ancient Mermaimon.
—¿Y qué queréis que haga? ¡La tierra es mi elemento!
—¡Contrólala mejor! —estalló Rosemon, lanzando un latigazo por sobre la mesa hacia el otro digimon.
—Chicas, chicas, nada de peleas en una reunión —recordó Ancient Megatheriumon, siendo ignorado por completo por la digimon planta.
—Vale, ¿y qué pintamos los demás en este problema? —preguntó Ancient Beatmon, ganándose todas las miradas perforadoras de las féminas.
—Cómo se nota que vosotros no limpiáis nada —acusó RowPersiamon.
—¡Eh! Cada uno limpia su cuarto —dijo Ancient Greymon. Un golpe de viento lo empujó de su silla.
—¡Como si eso fuera suficiente! ¡Vosotros también vivís aquí! —señaló Ancient Irismon.
—Está bien, entendemos el problema —alzó una mano Ancient Garurumon —. Lo que aquí nadie entiende es por qué nos reunís a todos cuando el culpable es Volca.
—¡Le hemos dado soluciones y no las acepta! —señaló Sakuyamon.
—¡Me habéis dicho que o me largue o entrene bajo el agua! —chilló el acusado —. ¡Ninguno habéis entrenado en un lugar a la vista de nadie! ¡Y yo bajo el agua no respiro!
—Es la única forma en que no causes terremotos con tu enorme culo —señaló la sirena apuntándole con el tridente.
—¿Y no se os ha ocurrido pedirle ayuda a Gao? —preguntó Ancient Wisemon.
—Ya me dirás qué puede hacer él —cuestionó Dianamon.
—No se le puede confiar ni la protección de un digihuevo —añadió Ancient Irismon.
—¡Eso fue un despiste porque se movió! —gritó MirageGaogamon.
—Ya, claro, se mueve y por eso se me cae.
—Con vosotras también se mueve, panda de ruidosas —suspiró Ancient Garurumon. No tardó en alzar una de sus espadas para repeler todos los ataques.
—¡Esta sí que no te la paso ni aunque pidas perdón de rodillas! —chilló la del viento.
—¡Basta ya todas! —gritó el guerrero del metal —. Sabéis que existe una solución para el problema de Volca.
—¡Ahogarlo! —exclamó la sirena. A cierta distancia, Ancient Sphinxmon murmuró algo por lo que tuvo que apartarse de la trayectoria del tridente.
—Chrome digizoid —extendió ambas manos el de espejos.
...
Katsuharu tomó una gran bocanada de aire, sobresaltando a quienes estaban a su alrededor. Poco a poco, la vista fue enfocándose hasta identificar a sus compañeros.
—¿Estás bien? —preguntó Chiaki, arrodillada a su lado con una toalla húmeda.
—Sí... Sí...
—Era un recuerdo, ¿verdad? —preguntó Jeremy, recibiendo una afirmación del chico sentado en el suelo.
—Dime por favor que no la ha provocado nuestra discusión —pidió Emily.
—Bueno... ¿Algo parecido? —preguntó con una sonrisa nerviosa.
—Ahora dime que no era yo la víctima de la discusión —pidió Ulrich, mano alzada y vista al suelo.
—Eh... No, no eras tú —dijo. El suspiro de alivio sonó bien alto —. Al parecer, la víctima era yo.
—¿Y tu atacante? —preguntó Gaomon.
—Todas las chicas —se encogió.
Chiaki y Emily se miraron confusas antes de volver a centrar la mirada en Katsuharu con ganas de saber de qué hablaba.
—Resulta ser que Ancient Volcamon y sus entrenamientos causaban problemas —dijo agitando una mano.
—Bueno, si tenemos en cuenta la naturaleza de tus ataques, supongo que sé cuál era el problema —comentó Kouji.
—Sus ataques sacuden la tierra —dijo Kitsumon.
—Sí, bueno... ¿Un poco bastante? —preguntó con preocupación el chico.
—Sigo sin entender por qué te gritaríamos todas a la vez —hizo un gesto Emily para reclamar la atención.
—Pues... Que los terremotos se lo cargaban todo...
El silencio en ambas chicas no auguraba nada bueno para el guerrero de la tierra. Poco a poco, ambas se pusieron en pie y dieron media vuelta llamando a gritos a los tres pequeños ángeles digimon.
—Ay, por favor, otra reunión no...
—¿Otra reunión? —preguntó Mikemon.
—Pues... que más parecía eso un juicio que una reunión —suspiró —. No sé cómo explicarlo exactamente.
—Mientras no acabases siendo apaleado por todas... —silbó Ulrich. Las risas no tardaron en elevarse.
—Bueno, se las veía bastante furiosas y atacaban a todo aquel que hablase...
—¡Chicos! ¿Qué pasa? —pidió Patamon, volando a una velocidad increíble hacia ellos —. Chiaki y Emily dicen que Katsuharu ha tenido un recuerdo que prefieren no escuchar.
Con algún que otro resoplido alrededor, Katsuharu repitió todo lo que había visto mientras Patamon escuchaba, con pose pensativa. Cuando hubo escuchado todo, cerró los ojos y se echó a reír.
—¿Y bien? —preguntó Kitsumon.
—Recuerdo ese día porque llegaron las chicas pidiéndome usar las vías subterráneas hacia las minas.
—¿Minas? —preguntaron todos. El pequeño digimon volvió a reír a carcajadas.
—Perdón, se me olvida que no recordáis el pasado...
—Bueno, sé que existen vías subterráneas —habló Kouji —. Pero no llegamos a ninguna mina aquella vez...
—Es que fuisteis por otra vía —negó Patamon —. Pero existe una vía que llega a la profundidad perfecta para extraer chrome digizoid, un metal muy raro con diferentes propiedades según el tipo.
—Suena interesante —dijo Gaomon —. Pero no veo por qué yo podría solucionar el problema de Volca en el pasado.
—Creo que ya lo comentaron los peques.
—¡Tú creaste las salas de entrenamiento! —exclamó Mikemon —. ¡Tú sabías manejar el chrome digizoid!
—¿Yo? Pero si no sé qué es...
—En el pasado sí lo sabíais, Jeremy —sonrió Patamon —. A demás, no es como si ahora no pudieses aprender. Algunos de tus compañeros tienen ese material en sus digievoluciones.
—¿En serio? —preguntaron todos.
El pequeño digimon volvió a reír con fuerza, dejando a todos extrañados. Un largo minuto después, Patamon empezó a darle algunos detalles a Jeremy, que abrió los ojos con cada vez más esperanzas aunque con un tinte de enojo también tras ello.
—¡Podrías haberme ayudado antes, Kouji!
—¡Te recuerdo que el Digimundo no es como Lyoko, que tienes un ordenador para ver las características de todo! ¿Crees que habría pasado por todo lo que me has hecho pasar de haber sabido que existen materiales ligeros y al mismo tiempo resistentes?
—Ahí le doy la razón a Kouji —señaló Ulrich —. Y tampoco es como si nos hayamos cuestionado de qué está hecho todo en este mundo.
—Al menos, ahora tenemos una excusa para sacar al gato miedica de su agujero —señaló el guerrero de la luz.
—Eh, me alegra haber sido de ayuda en algo —alzó la mano Katsuharu —. Aunque debo decir que ya estáis ayudándome a que las chicas no me maten.
—No cuentes conmigo —dijo Ulrich tirando de Kitsumon —. Para una vez que puedo evitar hasta las miradas...
—Yo tengo faena —dijo Jeremy, echando a correr al hangar. Gaomon no tardó en perseguirle sin decir nada.
—Me da que sigo siendo su maldita cobaya —señaló Kouji —. A ver qué se inventa...
—¿Quieres que te ayude yo? —preguntó Mikemon.
—Pero...
—Soy una chica, sí, pero está claro que el pasado es el pasado —se encogió de hombros.
—Debes de ser la única que piensa así...
—¡Oh! ¡Para nada! Lunamon también piensa así —sonrió.
—Bueno es saberlo —suspiró —. Bien, será mejor entrar a casa. Aquí hace mucho calor...
—¡Exactamente!
Con la cabeza bien alta, Katsuharu se encaminó al cuartel, con Mikemon al lado caminando tranquilamente. Nada más cruzar el umbral, la puerta se cerró tras él.
—Katsuharu, siéntate, por favor —pidió con una tenebrosa voz calmada Aelita.
—Eh... ¿chicas? ¿Pasa algo?
—Tenemos que hablar seriamente contigo —dijo como si nada Zoe.
—Cierto. Queremos dejar claros algunos puntitos —añadió Sissi, mirándose las uñas con fingida despreocupación.
—Simplemente para que te queden bien claritos y grabados a fuego en la mente —apuntó Leire.
—Eh...
—Será mejor que tomes asiento, Katsuharu —sonrió Mikemon, una perversa sonrisa en su felino rostro.
—Oye, ¿no decías que el pasado es el pasado? —preguntó cada vez más asustado.
—Eso no quita que se te pueda dar una nota de aviso en el presente —sonrió aún más la gata atigrada.
—¡NO, POR FAVOR! ¡TENED PIEDAD!
Un piso por encima, Koichi se mantenía encogido bajo su cama. Los gritos que resonaban por el cuartel no auguraban paz en bastantes minutos y la idea de salir al exterior, donde sería un blanco fácil para su hermano, le atraía aún menos.
—Venga, venga, sólo quedan... ¿Cuántas hay? ¿Doscientas torres marinas aproximadamente? Un verano, sólo un verano...
