Sí, lo sé, dije que el domingo subiría y después, el día que me tocara libre sería el nuevo día de actualizaciones, pero justamente me cambiaron el horario y hasta hoy (mi día libre esta semana, no sé si será siempre así) no he podido hacer nada. A demás, están empezando a alargar horarios, así que posiblemente el mes que viene haré un parón de "vacaciones" (os lo voy avisando ya para que luego no nos pille el toro a todos). Y dejando a un lado los contratiempos para subir capítulo, como podéis imaginar, la nueva fecha para capítulos será entre semana (de lunes a jueves lo más seguro).

No tengo más excusas ni nada más que decir, así que os dejo ya con el capítulo y nos leemos de nuevo la semana que viene ya. Cualquier duda, podéis preguntármela e intentaré responderla en algún hueco libre que tenga para poder encender el ordenador.


Capítulo 143: Pequeña victoria

Aelita hacía cabriolas en el aire esquivando todos los ataques de Apollomon. En el suelo, prácticamente todos los que peleaban con ella lanzaban ataques sin mucho problema, dado que el digimon ígneo la tenía claramente tomada con la pelirrosa, aunque la gran mayoría no hacía contacto o causaba poco daño.

—¡Por favor, Alex, tienes que reaccionar! ¡XANA te está utilizando! ¡No te va a traer nada bueno!

—Oh, no, ahí te equivocas, chica —sonrió preparando otra gran bola de fuego —. El amo me ha dado más poder del que te puedes imaginar. Con eso, soy invencible.

—¡Cuidado! —saltó Crescemon.

—¡Aelita! —llamó Leire, acercándose rápidamente a ambas —. ¿Estáis bien?

—Sí, no tengo nada —respondió dispuesta a volver a alzar el vuelo.

—¿Se puede saber qué te pasa a ti? —cuestionó Leire reteniéndola —. ¿Qué piensas conseguir con esto?

—Tengo que hacer reaccionar a mi hermano... ¡Ha de liberarse del control de XANA!

—¡Así no liberas a nadie!

—¡Chicas, salid de ahí! —gritó Crescemon.

—¡Leire, aparta a Aelita! —exclamó su Angewomon.

—¡Carta de...! ¡Mierda! ¡Se me olvidaba que no peleábamos con cartas —maldijo Takato, agitando el escudo y la lanza con rabia —. ¡Guilmon! ¡Sácalas de ahí, rápido!

—¡Voy! —exclamó el digimon, lanzándose hacia las dos chicas justo cuando una figura oscura bloqueó el ataque.

—Menos mal que he llegado a tiempo —suspiró Alphamon.

—Papá...

—Aelita, déjamelo a mí. Tú ayuda a los demás.

—Pero...

—¡Hazlo! —ordenó antes de lanzarse contra Apollomon.

Su aparición logró dos efectos en el combate. Por un lado, alivió la preocupación de quienes peleaban cerca de Aelita. Por el otro, Apollomon se vio obligado a centrar su atención en él, dejando ignorada por completo a la pelirrosa. El fuerte rugido de Kimeramon alertó a todos, al igual que el repentino tornado que, sin duda alguna, era obra de JetSilphymon.

—Ríndete, Xana-Lucemon acabará igual que todos los que ves ahora luchando contigo —dijo Alphamon.

—Je, no sabes nada, falso líder.

—Más que tú estoy seguro que sí —respondió antes de materializar su espada —. No quiero tener que usar la fuerza contra ti, Alex, pero si no reaccionas, no me quedará otra opción.

—Al igual que aquella inconsciente, las palabras servirán de poco. Nada de lo que digas puede hacerme cambiar de opinión.

—Esa inconsciente es tu hermana, así que vigila lo que dices o haces referente a ella.

Cerca del cuarte, Leire respiró aliviada al ver que Apollomon atacaba únicamente a Alphamon. Ante ella, Guilmon seguía manteniendo a Aelita cogida de la mano mientras lanzaba bolas de fuego a todo enemigo que se les acercara.

—He de ayudar a mi padre...

—Alphamon es muy fuerte —dijo el digimon con una gran sonrisa antes de volver a lanzar ataques.

—¡Debo ayudarle! ¡La familia está para eso! —exclamó —. Y ha de saber que ya no lucha solo.

—Alphamon sabe que tiene compañeros —dijo Guilmon —. Él me pidió ayuda.

—Déjala, Guilmon. Aelita no escucha a nadie ya —negó Leire.

—¿Por qué?

—Porque es una cabezona —dijo antes de darle un toque a la pelirrosa en el hombro con su báculo —. Eh, tú.

—¿Qué haces? —protestó Aelita.

—Métete en el cuartel, lávate la cara y descansa.

—Estamos en medio de un combate, no es momento para eso. Y mi hermano...

—Uno —dijo alzando un dedo —, ya se encarga tu padre de castigar a tu hermano. Y dos —alzó otro dedo —, si no quieres escuchar esto, la próxima vez te bajas al agua en el Skid y me ahorras dolores de cabeza.

—¡No!

—Niña tozuda...

Otro fuerte rugido de Kimeramon volvió a distraer a la gran mayoría. Aquella monstruosa criatura estaba empezando a desprender datos a cada corte que Beowolfmon, Ulrich, Denoshimon y Stingmon le propiciaban.

—¡Retirada! —el grito de Duftmon sonó raro para muchos, aunque todo seguidor de Xana-Lucemon que aún seguía en pie obedeció al instante.

Los gritos rabiosos de CrossTimemon se mezclaron con los más alegres de Aldamon. Por primera vez en bastante tiempo, el grupo sintió felicidad tras una victoria.

—Pensaba que Kimeramon sería complicado por cómo nos lo pintaron los padres de Chiaki —dijo JP, dejándose caer al suelo.

—Magnamon es un digimon hábil, fuerte y con una buena velocidad —dijo Antylamon —. Pero en vuestro grupo contáis con gente así.

—¿Es por cosas así por las que realmente no nos dejáis el apoyo de algunos aliados? —preguntó Ulrich.

—Al contrario de nosotros, que dependíamos de la ayuda de nuestro compañero humano, vosotros tenéis que hacerlo todo.

—En verdad, sin el apoyo de Ulrich no puedo digievolucionar —señaló Denoshimon antes de que el digicódigo lo rodease.

—Es diferente —negó Stingmon, con el cúmulo de datos de Kimeramon en las manos bien protegido —. Algún día lo veréis con claridad, Kitsumon.

—Oye, ¿qué piensas hacer con eso? —señaló Takuya.

—Lo más sensato es dárselos a Ken —dijo. Aquilamon se posó a su lado y observó atentamente.

—Tienes razón. Él los creó, él decide su futuro —asintió el águila —. Aunque quizás se los tendrás que dar a Yolei.

—Puedo prestarte un dispositivo en el que almacenarlos hasta que vengan aquí —sonrió Antylamon, haciendo aparecer una especie de consola que entregó al digimon insecto.

—Demasiado fácil veo yo eso de crear dispositivos para todo —murmuró Kouji.

El sonido del agua agitándose indicó a todos la llegada del Skid al hangar. Poco más de dos minutos después, Emily fue la primera en salir a la playa, corriendo directa al grupo que había enfrentado a Kimeramon.

—Dadme buenas noticias —pidió recuperando el aire.

—Ya es historia —respondió Ulrich.

—¡ESTUPENDO! —saltó antes de tirarse encima de los dos chicos con una risa que delataba su felicidad.

—¡Cuida, que nos vas a tirar! —pidió Kouji, aunque era imposible no reír como hacían ya todos los demás.

—Sois los mejores y realmente os merecéis el mayor de los descansos —declaró soltándolos —. Así que, Kouji...

—Sí —asintió, logrando que la otra volviera a saltar feliz.

—¿Qué ha bebido Em allí abajo? —preguntó Zoe, algo asustada por la reacción de la de gafas.

—Mañana lo sabrás —guiñó Kouji —. Buen trabajo tú también.

—Si yo te contara...

—Digamos que no estamos seguros de si debemos felicitarnos el trabajo de retener a Duftmon con nuestros ataques o felicitar a Timy y su maestría como cowboy —se apuntó Odd.

...

El infierno se había desatado en la Rosa de las Estrellas. Más de uno había tomado la sabia decisión de mantenerse apartado del foco de terror. Todo aquel que, por despiste o por tonto, se había acercado a la sala presidencial había acabado sirviendo de comida para el soberano del lugar. Por suerte, a ojos de Minervamon, se trataba de simples Bakemons y Ogremons molestos, una pérdida pequeña en las fuerzas militares. Por desgracia, a los de Myotismon, Duskmon no estaba siquiera a distancia de lesión.

La digimon resopló y volvió la mirada hacia el otro ser en la misma habitación que ella. Desde que había llegado, Apollomon estaba más callado de lo normal y levemente más hundido. Le había preguntado, por inercia, cómo estaba, pero él había respondido con monosílabos.

—Sea lo que sea lo que te tenga así, déjalo ir ya. Bastante con que el amo haya sido informado de la pérdida de Kimeramon como para que le digamos que estás inútil.

—Ya hay sustituto para ese monstruo feo —apuntó el de fuego —. No sé a qué tanto teatro y drama por esa tontería.

—Realmente solo eres un crío tonto que no entiende nada —negó la otra —. Prepárate, algo me dice que nos harán mover pronto.

A regañadientes, Apollomon se puso en pie y siguió a Minervamon, aunque su mente no dejaba de darle vueltas a más dudas e imágenes borrosas que repentinamente habían acabado surgiendo tras el enfrentamiento de ese día y que le estaban dando dolor de cabeza.