Capítulo 157: Últimos repasos
Xana-Lucemon apretó los puños con rabia. Aun con el apoyo de MetalSeadramon, el reducido grupo de niños bajo el mar logró desactivar una torre más en las profundidades marinas y reducía significativamente las opciones de éxito de su plan. La rabia se apoderaba rápidamente de él, haciendo que incluso ignorase a todos sus invitados, así como a quienes intentaban transmitirle algún mensaje.
—Mi señor, si seguimos así, el plan que ha trazado no podrá realizarse —informó Matadormon —. Aún queda un…
—Sé cuánto queda para que sea un éxito —alzó una mano —. Ha de haber algo…
—Si me permite, mi señor —se adelantó Piedmon —, tengo algo que quizás le interese.
—Habla —ordenó.
—Da la casualidad que uno de mis antiguos trofeos poseía unos atributos especiales que, quizás, puedan servir de ayuda en este caso.
—¿De qué se trata, Piedmon?
Con una sonrisa que no prometía nada bueno, Piedmon empezó a hablar, ilustrando a los allí presentes las posibilidades de éxito en la lucha contra los diminutos Guardianes y quienquiera que se uniese a ellos como apoyo.
—Me gusta la idea —sonrió Xana-Lucemon —. Está bien. Tienes mi permiso para acutar. Puedes marchar —indicó.
—Pero… ¿A quién piensas enviar con eso? —preguntó Puppetmon una vez ambos salieron del lugar —. Machinedramon allí abajo no creo que sea de mucha utilidad por muchas mejoras que le metas en sus datos. Y el agua y yo no nos llevamos nada bien, con o sin tu ayuda.
—Tranquilo, amigo mío. Tengo al candidato perfecto aquí mismo gracias a su recién fracaso —dijo relamiéndose.
...
Teppei resopló mientras observaba la puesta de sol. Por alguna razón, era el único en el grupo que no había recordado aún nada de su vida pasada, haciéndole dudar si realmente él pertenecía a ese grupo o, por casualidades del destino, los espíritus de la madera habían acabado aceptándolo a él, un simple humano sin cualidades ni nada que le hiciera destacar por encima de los demás.
—Aquí estás —oyó a Chiaki a su espalda —. ¿Cómo que no entrenas con Katsuharu?
—No tengo ganas —respondió.
—Se te nota apagado. ¿Va todo bien?
—Oye, Chiaki… ¿Qué recuerdas tú del Digimundo antiguo?
—¿Qué?
—Sí, el de Ancient Mermaimon —insistió —. ¿Qué recuerdas de ese Digimundo?
—Pues… Tengo imágenes vagas —dijo pensativa —. De tanto en tanto veo a Neptunemon, pero ahora no sé si es porque pertenece a mi pasado o porque no dejo de enfrentarme a él y ocupa mi pensamiento día y noche.
—No creo que ocupe tanto tu pensamiento —intentó reír el chico, sacándole algo los colores a su amiga.
—Bueno, es una forma de hablar —se excusó rápidamente —. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Es que has recordado algo malo como les pasó a Neila y BlackGatomon?
—No… Nada de eso —negó cabizbajo —. No he recordado nada aún… Nada de nada… Ni tan siquiera los Crossedmons correteando a un lado y a otro ayudan… Y no recuerdo contar con armas en ninguna digievolución, por lo que tampoco puedo hacer como vosotros, los que sí tenéis armas…
—A lo mejor no es el momento —negó Chiaki —. Ya sabes, a Katsuharu no le ocurrió hasta que necesitamos material para poder bajar a las profundidades a desactivar las torres. Hasta entonces él tampoco recordó nada.
—Pero él sabía que sí pertenecía aquí porque Vulcanusmon lo reconoció como su hermano —apuntó Teppei —. Yo… Yo no tengo a nadie que pueda decirme "sí, eres un digimon en verdad". Me pregunto si realmente soy parte de este grupo…
—Sí lo eres —aseguró Chiaki.
—¿Cómo puedes estar tan segura? Tú a quien recuerdas es a Ancient Troiamon, no a Teppei. ¿Cómo puedes decir que ese digimon soy yo?
—Justo lo hablé el otro día con mi madre cuando llamó —dijo abrazándose las piernas —. Y a Teruo le pasa como a mí.
—¿El qué?
—Ambos nos sentimos cómodos aquí. Sentimos que, quienes estamos aquí somos quienes debemos estar. Que esta es nuestra familia —respondió —. Si no me crees, ve a hablar con él.
Algo dubitativo, Teppei se puso en pie y echó a andar en busca del otro chico movido por la curiosidad. Dar con el guerrero del metal no le costó mucho. Al igual que Tommy, estaba practicando la materialización de los escudos de Mercurimon.
—¡Hey! ¿Te apuntas? —preguntó Tommy cuando lo vio llegar.
—No… Sabes que yo no puedo hacer eso —señaló con cierta tristeza.
—Bueno, pero puedes lanzar algún que otro ataque que yo pueda absorber —alzó el escudo Teruo.
—Yo… Quería preguntarte algo —dijo algo vacilante —. Tú… ¿Sientes que yo pertenezco a este grupo?
Teruo abrió los ojos con sorpresa antes de volver la vista hacia Tommy. El menor miraba de igual manera, extrañado y sorprendido ante la pregunta.
—Lo siento, era una tontería…
—No, Teppei, no lo es —negó Tommy.
—Y a tu pregunta, sí lo siento —respondió Teruo —. Siempre lo has sido.
—Pero no hay nada que lo afirme completamente. Perfectamente puedo no ser quien todos creen que soy.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Tommy.
—No siento que pertenezca a este lugar, Tommy. No tengo ningún recuerdo, ni familiar, ni hago aparecer nada sin digievolucionar —dijo.
—¿Y es necesario hacer algo de todo eso para ser parte del grupo? —preguntó Teruo con una media sonrisa —. Mira, yo sé que tú eres el guerrero de la madera. Y quien diga lo contrario, le invito a probar mi metal.
—Necesitaría una prueba para aceptarlo…
—Danos tiempo —pidió Tommy —. Aunque a ratos nos viene a la mente una imagen repentina que no corresponde al ahora, seguimos sin recordar absolutamente todo, así que no tenemos una idea de cómo ayudarte —dijo, ganándose un suspiro rendido de Teppei —. Pero eso no significa que no vayamos a intentarlo. ¿Verdad, Teruo?
—Por los amigos y por la familia, lo que sea —asintió.
Teppei los miró a ambos antes de que un ruido que solo podía ser atribuido a una digimon en concreto los sobresaltó e hizo correr hacia el hangar, donde Jeremy y Gaomon apretaban las manos en sus oídos.
—¡TIMY! ¡SÓLO TÚ HARÍAS ESE HORRIBLE SONIDO! —exclamó Zoe intentando cazar a la elfita digital.
—¡Admite que venís más rápido así! —rió la digimon.
Desde donde estaba, Teppei suspiró al ver cómo la chica rubia danzaba en el aire esquivando a todos con gracia. Solo la rápida actuación de Kouji puso fin al espectáculo, atrapando del pescuezo a Timy y alzándola de forma que sus pies no tocaban el suelo.
—Gracias —dijo Jeremy —. En serio, nunca aprendo con esta digimon…
—Te dejas engañar demasiado fácilmente —negó Lunamon con la mirada demasiado seria.
—Sí, bueno… Supongo que caigo en todas sus trampas… Al igual que me pasaba en el pasado… Jeje…
—Bueno, ¿se puede saber por qué hemos sido llamados? Porque evidentemente el escándalo de Timy no ha sido para molestarte a ti —apuntó Sissi.
—Sí, cierto… Aunque creo que también lo ha hecho para molestarme.
—¡Pero si yo te ayudo en todo lo que me pides! ¡Como lo de ralentizarte el tiempo para que puedas probar el efecto de todas y cada una de las armas que tienes! —chilló la digimon.
—¿Se puede saber de cuántas armas habla? —cuestionaron Aelita y Lunamon.
—¡Son todo proyectos que me ha enviado Izzy y que he materializado! ¡Os juro que yo no he estado más de media hora ante la pantalla! —exclamó.
—Eh, que algunos estábamos haciendo cosas más interesantes por ahí —apremió William —. ¿Qué hacemos aquí?
—¿Cosas más interesantes? —preguntó Odd.
—Tests de resistencia —respondió JP —. Pero dejemos de desviarnos del tema.
—Eso, gracias —suspiró Jeremy —. Vale, he tenido una idea.
—¿Y para eso nos llamas? ¿Para decirnos que has tenido una idea? —preguntó Takuya.
—En serio, el día que alguien me deje ir más allá de la primera frase sin interrumpirme, os aseguro que será un día maravilloso para todos.
—¿No será un Apocalipsis? —preguntó Odd.
—Mira, quien no quiera escuchar, que se largue. Pero dejad de interrumpir que esto es interesante para todos al fin y al cabo —dijo extendiendo una mano hacia ellos. Ninguno se movió —. Gracias. Otra vez —dijo tomando aire —. Creo que he encontrado una forma de acabar más rápido con las torres marinas para así retomar el trabajo en tierra.
—Yo aún me pregunto por qué lo hemos dejado parado —dijo Odd.
—Porque cuando unos bajan al mar, los otros tenemos que asegurarnos que el lugar al que regresan está a salvo —le golpearon Sissi y Leire.
—En serio, te lo hemos dicho un millón de veces —suspiró Neila —. ¿Cómo puedes tener un cerebro tan inútil, Della Robia?
—Ah, vale.
—Nada, que no me vais a dejar decir nada… Pues ya —alzó ambos brazos Jeremy algo dramáticamente —. Ya podéis marchar todos salvo Aelita.
—¿Estás seguro de querer quedarte con ella? —preguntó Ulrich —. Mírala bien…
—Si no la necesitase, también la dejaría ir, créeme… Y más si así me libro de Lunamon —dijo mirando a la digimon.
—Perdón por resultar molesta —se cruzó de brazos la conejita.
—No eres molesta. Solo demasiado controladora.
