Nota de autor: Wow, 41 vistas para el primer capítulo. No pensé que a tantas personas les interesara mi historia. A todos ustedes, gracias por tomarse el tiempo de leerla.

Descargo de responsabilidad: No poseo ningún derecho sobre la franquicia de HTTYD o sus personajes, que pertenecen a DreamWorks y Cressida Cowell, solo sobre la trama de esta historia.


Capítulo 2 "La Doncella Escudo"

–¡Atención!– rugió Stoick, –¡Quiero que empiecen las reparaciones en las casas con mayor daño y salven la madera útil!–bramó mientras los vikingos se apresuraban a cumplir la orden. No hacía falta ser un genio para ver su frustración y Astrid definitivamente podía verlo.

–¡Astrid!– llamó, –quiero que supervises personalmente el avance. Necesitamos reconstruir todo antes de la próxima redada.

–De acuerdo, jefe– respondió la joven.

–Stoick– le recordó antes de volverse hacia otro lado. Ya que estaba comprometida con su hijo y heredero, tenía el derecho de hablarle de una forma más familiar. Sin embargo, ella todavía no se sentía cómoda haciéndolo y los viejos hábitos no son fáciles de romper.

Un lejano intercambio llamó su atención y en su visión aparecieron dos figuras que reconoció al instante. La más baja era Dogsbreath, un hábil guerrero, algo engreído, que sostenía una conocida rivalidad con el heredero, aunque nadie sabía bien qué la inició. Pero fue la otra figura, más alta que el cobrizo, la que captó toda su atención.

Hiccup Haddock no era el mismo que hace tres años. No. Había cambiado mucho. Había madurado; ya no era un enano cobarde y débil igual que antes. Era valiente, inteligente y todo un líder. (Dioses, incluso había crecido media cabeza más que ella, aunque lo había notado solo hasta su cumpleaños número diecisiete). O tal vez, en el fondo, siempre había sido así, pero estaban demasiado ocupados para notarlo. Porque él seguía siendo, bueno… Hiccup.

–¿A quién miras tanto?– una voz burlona la sacó de sus pensamientos. Con el corazón alterado, miró sobre su hombro y se encontró con su mejor amiga, la gemela Thorston.

–¡Ruffnut!– suspiró molesta, –no vuelvas a hacer eso. Y no estaba mirando a nadie, solo estaba pensando.

–Oh sí. Tu piensas mejor mientras miras a tu prometido– respondió con una mirada cómplice.

–¿No deberías estar ayudando a los otros sanadores?– Astrid intentó cambiar de tema. Volvió a mirar hacia el castaño, solo para verlo caminar hacia la herrería junto a Fishlegs, mientras algo parecido a la decepción subía por su estómago. Rápidamente lo rechazó y para ocupar su mente, decidió patrullar las reparaciones en la aldea. La rubia oyó unos pasos a su espalda que la seguían de cerca.

–No hubieron muchos heridos de gravedad, así que para tu suerte, estoy libre todo el día– contestó Ruff con su habitual sonrisa descarada.

'Genial' pensó Astrid.

–Pero no desvíes el tema. No entiendo cuál es el problema con que te sorprendan espiándolo. Tienes más que permitido mirar a tu prometido. Especialmente si te gusta.

Ante el comentario de su amiga, Astrid se paró en seco y volteó el rostro hacia la reconstrucción de una cabaña en la colina vecina para ocultar un pequeño rubor que amenazaba con apoderarse de su rostro.

–¿Q-Quién dice que me gusta? Ni siquiera me agrada– se las arregló para responder.

¿De dónde sacaba Ruff esa tontería? De ninguna manera ella podría sentir algo por Hiccup. No deseaba perderse en sus vibrantes ojos verdes, ni contar las pecas en su lindo rostro. Ni siquiera pensaba que él era lindo. No. Estos eran ejemplos de cosas que nunca pensó.

–Astrid, te conozco de toda mi vida y nunca has vuelto a mirar a un chico más de una vez– razona Ruffnut. –Y no sé de qué te quejas– agregó con ligera exasperación. –Tienes al mejor chico de la aldea, muchas chicas matarían por comprometerse con él. Es el heredero, un gran líder, no es arrogante como 'Snotface' y fue el mejor del entrenamiento de dragones en nuestra generación. Sin mencionar que es bastante guapo– completó con una sonrisa traviesa.

Frunciendo el ceño, Astrid ignoró deliberadamente la última declaración. Sin embargo, centró su atención en una parte del comentario anterior. 'El mejor del entrenamiento de dragones en nuestra generación'. Eso aún era un golpe en su orgullo guerrero. No sabía cómo y de qué forma, pero Hiccup había logrado superarlos a todos en el entrenamiento. Incluyéndola a ella. Esto solo había aumentado la intriga que él le provocaba desde hacía tiempo.

Mientras Ruffnut divagaba sobre lo genial que sería ser esposa del futuro jefe, Astrid volvió a concentrarse en la tarde en la que perdió su mejor oportunidad para perseguir al castaño en uno de sus escapes al bosque hace tres años. Fue la misma tarde en que arreglaron su compromiso y el momento en que sus padres la metieron en toda esta situación.


Una joven Astrid de quince años se encontraba escondida en la esquina de una casa cerca de la forja, justo antes de la puesta de sol. Tenía su hacha atada a su espalda y una mirada determinada en su rostro. Esa misma mañana había sido el entrenamiento final y el heredero Haddock la había vencido otra vez.

'Esta vez, Hiccup, esta vez, no te escaparás' pensó. 'Voy a descubrir el pequeño secreto de tu éxito hoy, aunque tenga que perseguirte por toda la isla y enfrentar a una bandada completa de dragones salvajes'.

Un pequeño ruido fue la única advertencia que tuvo antes de ver al joven aprendiz asegurarse de que ninguno de sus nuevos fanáticos estuviera a la vista y luego escabullirse por detrás de los edificios en dirección a su casa. Astrid lo siguió sigilosa, hasta la base de la colina del jefe y se escondió detrás de un carro olvidado que estaba cerca. Mantuvo su mirada en el castaño que discretamente se colaba en la cabaña y empezaba a buscar algo, o eso parecía por los sonidos en el interior de esta.

Esperó pacientemente hasta que los ruidos se transformaron en pisadas por las escaleras de la casa. Desde donde estaba ubicada, tenía una perfecta vista de ambas salidas de la cabaña, por lo que no se sorprendió cuando fue la puerta trasera la que se abrió con un crujido. La rubia vio a Hiccup deslizarse lentamente por la abertura cargando un gran bulto en su espalda.

Justo cuando se estaba preparando para correr tras él, una mano le agarró el brazo. Aún con el gran susto, logró reprimir un chillido y volteó a enfrentar al responsable de su ataque, solo para encontrar la mirada de su hermano menor, Ragnar, llena de confusión.

–Mamá y papá te están buscando, Astrid. Dijeron que te necesitaban en casa y que era urgente– le dijo el niño de diez años. Luego ladeó la cabeza. –Por cierto, ¿de quién te estás escondiendo?– preguntó.

Astrid se giró para descubrir que su objetivo había logrado escapar, otra vez. Con un suspiro derrotado respondió: –De nadie–, y dando un último vistazo, siguió a su hermano de vuelta a la cabaña Hofferson mientras el sol desaparecía en el mar.

Tan pronto como sacaron a su hermano y Astrid se sentó a la mesa con sus padres, supo que algo andaba mal. Ambos tenían miradas solemnes en sus rostros y a Eyra Hofferson siempre se la conoció por ser una mujer de espíritu muy vivaz. En cuanto a su padre, Agnar Hofferson, pocas veces se le veía tan serio, casi rozando la incomodidad.

–Astrid, –comenzó su padre, –hay algo importante de lo que queremos hablarte. Se trata de un… acuerdo, una alianza que tenemos, de varios años de planificación.

–¿Qué tipo de acuerdo?– preguntó con incertidumbre.

Su madre habló por primera vez desde que entró. –Hija, esto es algo que tiene que ver con tu futuro y también, con un pequeño deseo que tuve con una gran amiga desde antes de que nacieras. El tiempo solo me ha asegurado que esta es la mejor opción para tu felicidad. Espero que puedas entenderlo.

Eyra y Agnar compartieron una mirada antes de suspirar. Para este punto Astrid estaba realmente inquieta y algo asustada, no es que ella lo admitiera en voz alta.

–El acuerdo… o debería decir contrato, es… de tipo matrimonial. Con el clan Haddock– terminó su padre.

En ese momento, Astrid sintió que su mundo se derrumbaba a sus pies. No podía articular ni una sola palabra. Esto solo podía ser una horrible pesadilla. La conmoción pronto dio paso a la desesperación y la ira.

–No– susurró, –no, no, ¡No! ¡No! ¡NO!– su voz se fue alzando hasta terminar en gritos. –¡No pueden hacerme esto! ¡Ambos saben que jamás he querido casarme! ¡No es justo que me obliguen! ¡NO LO HARÉ! ¡NO ME CASARÉ CON ÉL!

–¡ASTRID!– bramó su padre. Agnar tenía ambas manos en puños sobre la mesa y una mirada severa que no admitía discusión. –Esto se planeó desde el día de tu nacimiento. El jefe Stoick vino esta tarde a cerrar el contrato. Ya está hecho. No hay nada más que hacer. Te casarás con Hiccup. Por el honor de los Hofferson.

Aunque quería protestar, Astrid sabía que no serviría. Su destino estaba tallado en piedra y cualquier intento de romper el contrato solo deshonraría más al clan Hofferson y que lo marcaría por muchas generaciones. Ella estaba atrapada. Por honor. Todo por su honor.

Levantándose de su asiento, salió furiosa en dirección a su habitación. Cerró su puerta de un golpe, lanzó su hacha sobre una mesa y, con una vieja espada sin filo, empezó a descargar su frustración con los postes de su cama hasta quedarse sin fuerzas. Cuando se hubo deshecho de su enojo, Astrid se derrumbó agotada sobre su cama, negándose absolutamente a derramar las lágrimas que amenazaban en sus ojos.

Unos suaves golpes en su puerta y el crujir de esta, la sacaron de su pozo de autocompasión. Se volvió justo a tiempo para ver a Eyra caminar hacia su cama con evidente culpa en los ojos. Astrid miró hacia otro lado, sintió a su madre sentarse a su lado y extender su mano hacia ella. La rubia deseaba apartarse, pero aún así permitió que Eyra descasara una mano, amorosamente, sobre su hombro.

–Lo siento, Astrid– suspiró su madre. –Sé que no es lo que deseas, pero hicimos esto por tí. Por tu felicidad.

–¡¿Felicidad?! ¡¿Cómo?! ¡No entiendo cómo puede ser esto para mi felicidad! –exclamó.

–Ser una doncella escudo no prohíbe un futuro matrimonio– argumentó Eyra. –No tendrías que abandonar tu sueño. Y no siempre estaremos aquí para tí. No me gustaría que te quedaras sola por el resto de tu vida, sin alguien que esté siempre a tu lado.

–¿Por qué?– preguntó Astrid, ya con desesperación. –¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué así? ¿Por qué ahora? ¡¿Por qué él?!

–Valka siempre fue mi mejor amiga– explicó Eyra. –Cuando tu naciste, prometimos que los casaríamos a ambos, para unir nuestras familias. Después de que ella fue llevada por… ese dragón, no volvimos a mencionar el contrato. Pero a medida que veía al chico crecer, supe que había tomado la decisión correcta cuando lo acordamos. Desde que tuvo edad para hablar, entender y decidir, se hizo evidente que él sería igual a su madre.

Eyra dejó escapar una pequeña risa llena de nostalgia. –Hiccup es inteligente y amable, igual que ella. No es engreído ni egoísta. Es correcto, valiente (aunque no lo demuestra), leal, dedicado y trabajador. Aun siendo el heredero, nunca impone su voluntad a los demás. Y no creo que tuviera amigos hasta hace poco. Él no haría nada que te lastimara a ti ni a nadie.

Astrid nunca lo había pensado así, pero se dio cuenta que su madre tenía razón. Comparado con los otros chicos de la isla, Hiccup era mucho mejor que todos ellos juntos. Y su madre tenía razón. El pobre chico había sido ignorado y despreciado por toda la tribu, incluyéndola a ella, hasta que se hizo más vikingo y menos… Hiccup. La culpa brotó y se negó a irse.

–La razón por la que firmamos esto ahora, fue porque cuando tu padre y yo vimos su actuación en el ring, supimos que a pesar de su naturaleza amable se convertiría en un guerrero capaz de cuidarte si lo necesitabas. Él siempre se ha preocupado por ti.

Eyra luego se volvió hacia donde descansaba el hacha de su hija y la tomó. –Esto es una prueba de su afecto. Nunca te lo dijimos, pero fue él quien hizo tu preciosa hacha. Sabía que querías una para cuando cumpliste doce años y que no podíamos obtener una nueva, así que decidió hacerte una especial para ti. Cuando la trajo, nos dejó sin palabras por su habilidad.

Esto definitivamente dejó a Astrid con la boca abierta. Con manos temblorosas tomó el hacha de manos de su madre y miró la parte baja del mango. Efectivamente, allí se encontraban grabadas las iniciales HHH III. Casi escondidas entre los delicados tallados.

–P-Pero … Yo… Yo creí que… el hacha…–apenas pudo pronunciar.

–Nos hizo prometer que no te lo diríamos– explicó. –No explicó o dijo por qué, pero lo hicimos de todas formas.

Astrid solo pudo asentir mientras luchaba por procesarlo todo. Muchas cosas nunca fueron lo que en realidad parecían todo el tiempo, tal vez fueron una ilusión proyectada cuidadosamente, o… tal vez vio solo lo que ella quiso ver. Sintiendo que necesitaba un momento para pensar, Eyra se levantó y se dirigió a la puerta.

–Sé que no te agrada esta situación, querida– le dijo Eyra, –pero trata de darle una oportunidad–. Y con esas palabras la dejó en la soledad de su habitación.


Astrid pasó toda esa noche considerando lo que dijo su madre. Después de pensarlo mucho, reconoció que podría haber sido comprometida con alguien peor. Hiccup jamás se atrevería a negarle ser una guerrera y siempre la había tratado con respeto. Para la mañana siguiente, ya había terminado de aceptar el hecho y abandonado la autocompasión.

Durante las siguientes semanas y hasta el anuncio oficial, Astrid fue blanco de miradas molestas por parte de algunas chicas de la aldea y de sus madres, ya que rumores de su compromiso se estaban filtrando por los rincones. En todo ese tiempo, había actuado con ignorancia sobre el asunto y se había ocupado de evaluar detenidamente, y sin mucho éxito, a su prometido. Él era un enigma y no lograba resolverlo.

Un ligero golpe de Ruffnut la devolvió al presente. Afortunadamente, la gemela Thorston no se había dado cuenta de su aire ausente durante todo su paseo por la aldea. Dio un vistazo a su hacha y soltó un suspiro. Su hacha. El hacha que le hizo Hiccup.

Hiccup.

Aún después de 3 años de observarlo, no había logrado descifrar ese aire misterioso que lo rodeaba. Siempre que hacía uno de sus "viajes", tenía una excusa lo bastante convincente como para no levantar sospechas de nadie, excepto las suyas. Sabía que ocultaba algo. Claro que podía preguntar. Pero ella creía que no le diría la verdad. Al menos no toda.

'Algún día.' se dijo. 'Algún día, Hiccup, voy a descubrir qué escondes, y por fin dejarás de colarte en mis pensamientos'.