Uf. Un poco más tarde de lo habitual, pero lo logré. Tenía planeado subir esto en la mañana, pero hoy fue mi primer día de vacaciones y estuvimos viajando, así que hasta ahora pude conectarme a la red.

En fin, después de una semana y más 4.000 palabras después, aquí está. El gran duelo.

Es la primera vez que intento escribir una escena de acción, me disculpo si no es lo que esperaban, pero hice mi mejor esfuerzo. En serio, la reescribí como tres veces.


Capítulo 11 "En el Ojo del Dragón"

Media hora.

Exactamente media hora para el mediodía. Todo estaba listo. Había guardias por todo el acantilado y alrededor de la arena. La aldea entera ya estaba empezando a llenar las gradas circundantes en el exterior.

Media hora. Y esa media no pasaba lo suficientemente rápido para Astrid. O para cualquier otro vikingo promedio, ya que la paciencia no estaba en su naturaleza. La doncella escudo se encontraba en la entrada del anillo, junto a la pesada reja que protegía al encargado de lo que ocurría en el interior. Su confiable hacha estaba lista y afilada después de una visita de última hora a la herrería.

Una pequeña ola de nostalgia la invadió cuando recordó la primera vez que se le permitió entrar. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, entre ellas su propósito allí. Hace tres años, había estado esperando por sus compañeros para empezar el entrenamiento de dragones. Hoy, esperaba a un oponente para determinar la permanencia de la Legión en la zona y la seguridad de su Hi-, es decir, del heredero. 'Hiccup'. Volvería a verlo a él y a sus intensos ojos esmeralda, su tímida sonrisa torcida…

'No, Astrid, ahora no' se reprendió.

–Ya es hora, muchacha– dijo de repente una voz con un fuerte acento escocés.

Gobber, el herrero de la aldea y su antiguo instructor, apareció cerca del mecanismo de la reja y la accionó. Astrid asintió en reconocimiento a sus palabras y entró en el ring, seguida de una ovación y gritos de guerra que reforzaron su determinación. El jefe Stoick ya se encontraba en su silla, más alta que las gradas a su alrededor. Junto a él había un asiento más pequeño que estaba vacío. Uno destinado a alguien que debería estar ahí.

El grito del vigía silenció a todos: –¡Ya se acercan!

La rubia miró en el cielo las formas inconfundibles de dragones y jinetes que descendían cerca de la entrada. Era hora. Hora de terminar con todas estas preocupaciones. Porque, sin importar que…

–Esto termina hoy aquí–.


Hiccup, gracias a alguna misericordia de los dioses, se las había arreglado para enterrar su ansiedad durante todo el vuelo hasta Berk. Desafortunadamente, siendo… Hiccup, empezó a brotar de nuevo en cuanto tocó el piso frente a la arena. Pero tenía sus razones.

Nunca se había mostrado tanto tiempo a la luz del día fuera de una base de la Legión Dragón. Y actuar como un extraño con su propia gente tampoco era la perspectiva más cómoda. No es que corría riesgo de ser reconocido, de todos modos.

Llevaba su armadura de cuero, su casco y su espada larga en la espalda. Se había cambiado su holgada túnica verde por una roja de su talla, y sus botas de piel de yak por unas de cuero negro reforzado. La imagen más alejada posible del Hiccup que la aldea veía. Su espada Inferno también estaba firmemente atada a su pierna, pero prefería ser discreto en cuanto a su presencia. Por su naturaleza llameante, esa arma era una ventaja bastante injusta. La usaría como último recurso si las cosas llegaban a complicarse. Aunque rezaba a Odín para que eso no sucediera.

Empezó a descender por el túnel hacia la entrada del ring con paso decidido, seguido por Dogsbreath, que no llevaba su casco. Los jinetes de su escolta se encontraban sobre ellos en la sección desprovista de gradas. Aquellos que no alcanzaron un lugar, sobrevolaban la arena a una buena distancia para asegurar a los berkianos que no intervendrían en el duelo. Y Toothless había encontrado un cómodo lugar en primera fila entre los otros dragones y jinetes. Fue un poco difícil convencerlo de que no interfiera si no era necesario.

Justo antes de entrar, Hiccup se detuvo en seco. Mucho había cambiado desde la primera vez que estuvo allí, a punto de empezar con el entrenamiento de dragones. Tampoco había sido como la última vez, cuando ganó el derecho a matar al Nightmare frente a todos. Si bien, esas veces habían cambiado cosas en su vida, esta tenía el potencial de destruir su relación con su padre y con la tribu, además de la posibilidad de ser ejecutado.

–¿Estás bien, viejo?– la voz de Dogsbreath lo devolvió a la realidad.

–Sí– respondió. Se recompuso y empezó a caminar de nuevo. Mientras se cerraba la reja detrás de él, susurró para sí mismo: –Ya no hay vuelta atrás–.


Había tanta emoción corriendo por sus venas que Stoick apenas podía permanecer quieto en su lugar sobre la arena. Por fin, el momento que tanto había esperado. El infame Maestro Dragón estaba frente a ellos, aunque no era como lo describían. Era bastante alto, pero significativamente más delgado que un vikingo promedio. Su armadura de cuero revelaba un físico fuerte y entrenado para la batalla, pero no parecía rival para su General de Defensa.

La forma tan decidida en la que se movía y el casco que lo ocultaba (claramente no se lo quitaría para pelear) era lo único que irritaba al gran jefe. Actuaba como si tuviera la victoria asegurada. Pues bien, subestimar a su futura nuera sería el segundo error más grande que hubiera cometido este extraño. Porque el primero fue amenazar a su amado hijo. Y él se aseguraría de que lo lamentara por mucho, mucho tiempo.

–¡Atención!– rugió. –¡Sol ha alcanzado su punto máximo! ¡Y de acuerdo con la tradición vikinga, este duelo se inicia oficialmente!

–Hoy presenciaremos una pelea muy inusual y nunca antes vista. Nuestra General de Defensa y campeona imbatible, Astrid Hofferson, ha sido retada a un duelo por el infame Maestro Dragón, jinete del temible Night Fury y General de la Legión Dragón– anunció dramáticamente Gobber a su lado.

Una ola de gritos de guerra y vítores resonaron por toda la estructura. Stoick levantó ambas manos y el silencio volvió a instalarse. Incluso en medio de los jinetes.

–Este no será un duelo a muerte. Las reglas son simples: no armas de larga distancia, no lesiones graves o mortales y no hay intervenciones mientras la pelea sea justa. Se les permitirá el uso de una, y solo una arma de combate directo de su elección. Para ganar, un participante quedará en pie mientras su oponente no pueda continuar luchando por fatiga, admita la derrota o quede fuera de combate por inmovilización– continuó el herrero.

–¡General Astrid, escoge tu arma!

Desde el borde de la arena, se vió a la doncella escudo levantar su hacha característica, girarla sobre su cabeza un par de veces y descansarla confiadamente sobre su hombro derecho, mientras le lanzaba a su oponente una mirada de suficiencia.

–¡Retador, escoge tu arma!

La figura frente a Astrid desenvainó una espada larga y de aspecto algo familiar, a la vez de inusual. El diseño se parecía bastante al trabajo de la herrería de Berk, pero el color del metal y su forma no coincidían en nada con algo fabricado de la forma vikinga. El hombre también levantó el arma sobre su cabeza, la hizo girar y la bajó, no en una postura defensiva, pero claramente alerta. Esto sorprendió un poco a Stoick. A pesar de tener un aire de guerrero, este Maestro Dragón no mostraba signos abiertos de hostilidad. El jefe empujó de lado el curioso pensamiento y se concentró en lo que sucedería a continuación.

–¡Que comience la pelea!


Abajo, en la arena, ambos guerreros tomaron posiciones y empezaron a rodearse lentamente, esperando que el otro atacara primero. Astrid agarraba firmemente su hacha mientras le lanzaba una mirada intimidante. Hiccup, sin afectarse, sostenía su espada en la mano derecha (para tener un elemento sorpresa), evaluándola y formando una estrategia en su mente.

Arma: su hacha favorita. Pesada y algo lenta, pero mortal en manos experimentadas. Y parecía tener una daga oculta en la bota derecha, a juzgar por ese destello metálico.

Habilidad y fuerza: muy altas, ya que se había entrenado desde los diez años. Además de ser ligera y ágil. Aún desarmada, ella no estaría indefensa ante un combate cuerpo a cuerpo.

Ataque: ofensivo. Del modo vikingo. Su especialidad era arremeter de sorpresa y con fuerza.

Debilidades: exceso de confianza. Astrid estaba acostumbrada a ganar fácil. Esperaría el estilo de lucha vikingo y un fuerte ataque de frente. Además, la velocidad tampoco era su verdadero punto fuerte y su postura le daba una base algo estrecha.

Usaría su pesada arma a su favor, la cansaría esquivando sus ataques y luego intentaría desarmarla. Después le haría perder el equilibrio, derribándola de su base antes de poder inmovilizarla con su arma. Si lograba esquivarlo antes de que la derribara, tendría que ser ágil y astuto para atraparla de nuevo. El combate cuerpo a cuerpo estaba definitivamente fuera de discusión. Hiccup no quería golpearla y luchar con los puños no sería la mejor manera para terminar esto cuanto antes.

Aparentemente, Astrid se cansó de esperar el primer golpe y cargó con un poderoso grito de guerra vikingo hacia la ofensiva. El chico simplemente la esquivó, deslizándose a un lado, lejos del camino de su hacha. La rubia se sorprendió; este hombre era ágil, y rápido, demasiado para su gusto. El segundo intento tampoco fue mejor. Hiccup volvió a alejarse antes de que Astrid se diera cuenta, lo que empezó a enojar a la doncella escudo.

En el tercer intento, Astrid pudo ser un poco más rápida, lo que provocó que su oponente se desequilibrara. Aprovechando la oportunidad, la rubia lanzó otro golpe casi de inmediato, con la certeza de que podía tomarlo desprevenido. A pesar de su desliz, Hiccup detuvo a tiempo el filo del hacha sosteniendo con ambas manos su espada y empujó con fuerza a Astrid hacia atrás, sorprendiéndola en el proceso. Claramente, ella había subestimado su fuerza.

Su sorpresa no duró mucho y ella se encontró cargando contra él de nuevo, solo para ser esquivada otra vez. Astrid ya estaba bastante furiosa. Este extraño era mejor de lo que había previsto y no le agradaba. Hiccup por su lado, notó que la doncella escudo empezaba a ir un poco más lento. Hasta ahora, todo iba de acuerdo al plan.

La rubia intentó un nuevo ataque, esta vez apuntando a su lado derecho para cambiar al otro toda su fuerza, pensando que sería más débil. Gran error. Hiccup ya lo había previsto (esa era una maniobra que ella usaba a menudo con Snotlout cuando se "olvidaba" por accidente de su compromiso para coquetear con ella) y su izquierda era su lado dominante. Rápidamente cambió su espada de mano, parando la hoja afilada sin esfuerzo antes de aprovechar el impulso para tambalear a Astrid, quien nunca esperó el cambio.

Debido al peso del hacha, le tomó segundos y algunos pasos recuperar el equilibrio… y algo más. Decir que estaba molesta sería un eufemismo. La mirada en su rostro decía claramente la palabra "asesinato" con toda la luz de un Flightmare en la noche. Sus ojos parecían arder en hielo azul (por ilógico que sonara).

–¡Quédate quieto!– exigió. Cualquier otro día y en la aldea, Hiccup habría obedecido sin vacilar, pero hoy, con todas sus emociones conflictivas, la adrenalina corriendo por sus venas y su identidad oculta, se dejó llevar por la inesperada ola de valentía en él, haciendo algo que ni siquiera el cabeza de cordero de su primo había hecho a propósito: picar al dragón.

–¿Eso es todo lo que tienes?– se burló mientras giraba su espada. El casco amortiguó el tono de su voz mientras trataba de enojarla. –Vas a tener que hacerlo mucho mejor para volverlo interesante. Esperaba mucho más de la General de Defensa de Berk.

–¡No has visto nada!– escupió antes de volver a lanzarse con otro ataque. Este ni siquiera pudo rozar su espada cuando la esquivó de nuevo. Otro intento. Hiccup lo esquivó de nuevo con velocidad y la observó en una pausa. Su respiración pesada y la frente perlada en sudor indicaban que empezaba a agotarse. Solo un poco más.

Esa pequeña pausa también le reveló algo más. Astrid se había dado cuenta de que no ganaría la ofensiva. Y estaba en lo cierto. La vikinga rubia se sentía como idiota por subestimar a un oponente que hasta ahora le hacía justicia a su reputación. Además, su entrenamiento excesivo de la mañana, sumado a la carrera inicial con su pesada hacha, le estaban pasando factura. Era hora de cambiar de táctica.

Esta apertura, es toda la oportunidad que necesita Hiccup. Lanzó varios golpes orientados a su flanco izquierdo, el más débil, para abrumarla. A pesar de que la energía se le estaba drenando y que ella era diestra, la doncella escudo logró esquivarlos con un poco de éxito. Pero para desarmarla, el castaño necesitaba que Astrid intentara atacar primero otra vez.

–¿Te estás divirtiendo, Hofferson?–. Si Hiccup se hubiera burlado así antes, habría entrado al Valhalla al segundo siguiente. Más tarde, él lo atribuiría a la emoción de la pelea y la necesidad de que ella, al enojarse, se volviera imprudente en la ofensiva. Porque nadie antes, en su sano juicio, le habría hablado así a Astrid. Nadie.

–¡Mucho! ¡Como nunca antes!– gruñó la rubia. Cada palabra que él le decía solo estaba aumentando su ira y frustración. Esto no estaba saliendo como debería. Se suponía que sería fácil. Pero ahora, estaba siendo superada por este extraño, este traidor a los vikingos. Ella era Astrid Hofferson. Ella era una guerrera. No caería ante un criminal.

–Ríndete, Hofferson. Solo estás retrasando lo inevitable– continuó. –Puedes ser un oponente pasable, pero estás muy lejos de ser capaz de vencerme–.

Esa. Esa última frase terminó de romper el tenue control que aún tenía sobre su rabia. La doncella escudo levantó una vez más su hacha y se lanzó contra él con un grito de guerra que hubiera asustado al propio Tyr[1].

A unos pasos de ella, el castaño esperaba el momento justo para actuar. El peso del arma combinado con el agotamiento de Astrid le darían la oportunidad perfecta para quitarle el hacha de las manos. Solo necesitaba esperar un poco más para actuar…

Tres segundos después el único sonido que se escuchaba en todo el lugar era el de metal golpeando. Una hacha de batalla, muy conocida por todos, se encontraba incrustada en el estante de madera (ahora vacío) que sujetaba las armas de la arena, junto a la reja. Entre el mango y la hoja del arma estaba atascada una espada larga muy inusual.

En el lado opuesto de la arena, dos figuras se encontraban clavadas en su lugar. Astrid olvidó su frustración en el momento en que vio un brillo plateado alejarse de su alcance, sacándola de su concentración. Hiccup fue el que se recuperó primero. Se colocó en el camino de la doncella escudo para evitar que recuperara su arma, buscando un plan de respaldo para el inesperado problema que se había presentado. Una ligera inclinación hacia la madera del mango del hacha. Una pequeña ola de fuerza extra de parte de la doncella escudo. Un pequeño tirón de su espada. Gracias a todos estos pequeños detalles, él había logrado desarmarla, pero le había costado su propia espada.

Ella todavía tenía su daga. Si pudiera quitársela antes de que la usara…

La rubia ya se había recuperado y acababa de lanzarle un golpe contra el pecho. Hiccup se apartó justo a tiempo para evitar su puño. Obviamente, Astrid no se rendiría tan fácil, no sin luchar hasta el final. A partir de allí, tendría que improvisar para derribarla de su base, tomar la daga en su bota y terminar con esto.

Astrid volvió a lanzar otro golpe, esta vez directo a su casco. El castaño lo detuvo y contraatacó con un gancho a su costado, ganándose un pequeño jadeo de la doncella escudo. Aprovechando la pausa, Hiccup lanzó una patada a su estómago. A pesar de la fuerza del golpe, ella logró reponerse con rapidez. Ambos tenían los ojos puestos en el otro. Justo cuando la rubia lanzaba otro golpe, un pequeño destello de verde se asomó en las ranuras del casco de su oponente. Un verde esmeralda inquietantemente familiar.

Aprovechando esta pequeña vacilación, mientras Hiccup esquivaba el golpe, obtuvo el tiempo necesario para agacharse y girar su pierna debajo de ella, directamente en el costado de sus piernas. Astrid cayó hacia atrás con un golpe sordo, dejándola sin aliento. Aún algo desorientada, se las arregló para intentar alcanzar la daga en su bota, solo para descubrir que no había nada allí. En el segundo siguiente, tenía su propia daga apuntando a su cuello y una mano que la sostenía por el hombro contra el suelo, llenándola de conmoción.

Incapaz de moverse, la doncella escudo se limitó a mirar con rabia a su oponente, que aún mantenía su agarre firmemente sobre ella. Cuando su vista llegó otra vez a las ranuras en su casco, Astrid se tensó cuando el destello de color verde esmeralda volvió a saludarla. Sus ojos. Había algo en ellos que la cautivó. Eran profundos y le parecían extrañamente familiares. Y muy afligidos.

El sonido de una campana la sacó de sus pensamientos y el Maestro Dragón se alejó de ella. Se sentó y volteó a ver hacia dónde salió el sonido. Gobber todavía sostenía la cuerda de la campana en estado de shock. A su lado, el Jefe Stoick estaba con la mandíbula en el suelo y lanzando llamas por los ojos. El resto de la aldea estaba paralizada y fue entonces cuando Astrid se dio cuenta de que los vítores provenían de los jinetes de dragones en la entrada.

Cuando sus ojos regresaron al frente, se encontró con una mano que se ofrecía a levantarla. Ella decidió que no tenía mucho orgullo que perder, así que aceptó. Después de que el Maestro Dragón la ayudara a ponerse de pie, para su sorpresa, le ofreció su daga y su hacha. Él ya había recuperado su espada y estaba guardada en la vaina que cargaba en su espalda. Una ligera ola de respeto y sorpresa la invadió mientras tomaba sus armas de sus manos.

Por su parte, Hiccup estaba muy ansioso por lo que estaba a punto de hacer. Ahora que el duelo había terminado, era hora de revelar la verdad. Se giró para enfrentar a su padre, que se estaba recuperando del resultado de la pelea. Tomó una última respiración para calmar su agitación y se preparó para hablar.

–Gané el duelo de forma justa. Es hora de que cumpla su parte del trato, Jefe Stoick.

–Por supuesto– gruñó. A pesar de la distancia entre ellos, el castaño aún pudo sentir toda la rabia en la voz de su padre. –De acuerdo con la ley vikinga, se les concederá una reunión con el Consejo de Berk. Doy mi palabra[2]. Ahora, ¡devuélveme a mi hijo!

–Me temo que eso no será posible– respondió con calma. No tuvo que esperar mucho para obtener su reacción. 3… 2… 1… Ira en estado puro.

–¡¿QUÉ?!– bramó su padre. Algunos podían jurar que incluso vieron temblar el techo y sus cadenas de metal. –¡El trato es que devolverían a mi hijo al terminar el duelo! Si le has puesto un solo dedo encima, diablo, ¡juro que…!

–¡Se cual era el trato, Stoick!– lo cortó antes de que pudiera completar su amenaza. –Tu hijo está bien. Me conoce y nunca lo lastimaría.

–¡¿De qué estás hablando?!– cuestionó ofendido su padre. –¡Mi hijo jamás se habría involucrado con traidores como tú!

–¡Pero es la verdad! Él me conoce, al igual que tú y toda esta gente. ¡He estado frente a ustedes todo este tiempo y nunca lo supieron!– las palabras salían de su boca como cascada antes de que pudiera pensar en detenerlas.

–Si las cosas tuvieron que llegar a este punto para que supieran la verdad, ¡es porque los vikingos jamás se tomaron el tiempo para ver lo que está más allá del filo de sus armas! ¡Esa es la razón por la que aún siguen luchando esta guerra sin sentido contra los dragones! Y esa es la misma razón por la que todavía no conoces realmente a tu hijo o pudiste entenderlo antes, Stoick– acusó.

–¡¿Cómo te atreves a decir tal cosa?!–. El rostro de su padre ahora estaba rojo de rabia. Su mirada parecía que podía derretir incluso el más duro hierro. Todos en la arena estaban petrificados. Acababa de enfrentar y enfurecer al Jefe de Berk, el guerrero más hábil de la aldea y uno de los hombres más poderosos del Archipiélago Bárbaro. Pero eso no lo hizo acobardarse. Ya no.

–¡Porque los he observado desde las sombras durante años! Siempre estuve entre ustedes, pero nunca me consideraron digno de su atención, casi todo el tiempo fui ignorado, fui invisible. Muchas veces ni siquiera se dieron cuenta de que estaba allí. Y cuando mis compañeros lo hacían, solo era para humillarme y servirles de diversión. Casi todos aquí me dieron la espalda, ¡incluso mi propio padre!

–Durante mucho tiempo intenté hacer que me notaran, que me aceptaran como uno de ustedes. Todo lo que hice fue para demostrarles mi valía. Pero jamás fue suficiente para ustedes, para mi padre o para cualquiera de los estándares vikingos, ¡jamás! ¡Únicamente cuando cometía algún error o causaba sin querer un accidente, fue cuando reconocieron mi existencia! ¡Y solo fue para reprenderme por no ser como ustedes! ¡Por ser diferente! ¡Por arruinarlo todo!

–Nací y crecí entre vikingos. Pero nunca fui realmente uno de ustedes. ¡Siempre fui el chico que fracasó cuando solo intentó encajar! ¡El torpe aprendiz de la forja! ¡El enano que no era más que un "inútil"! ¡Una decepción! ¡Un paria! ¡Una pérdida de espacio! ¡Un error! ¡El peor vikingo que Berk jamás hubiera visto!

El castaño sintió como el peso de años y años de angustia, dolor, sentimientos reprimidos y frustración se levantaba de sus hombros. Cada palabra derramada convirtiéndose en el combustible que avivaba cada vez más las llamas internas de su enojo. No podía detenerse, no pensó siquiera en querer detenerse. Necesitaba desesperadamente sacarlo de su sistema, necesitaba librarse de eso que lo había molestado durante todo este tiempo. Necesitaba dejarlo salir, dejarlo atrás, romper para siempre con ese pasado.

Estaba tan ocupado desahogándose, que no notó cuando su voz fue haciéndose cada vez más y más fuerte, y Astrid empezó retroceder visiblemente intimidada. Pero ella fue la única, porque todos en la arena, incluso los dragones junto a la entrada, se mantuvieron petrificados en su lugar, sin mover un solo músculo.

–¡Ustedes me han conocido con diferentes nombres, pero todas esos rostros pertenecen a la misma persona! ¡La vergüenza de la tribu! ¡El orgullo de Berk! ¡El Maestro Dragón! ¡Todos ellos…!–. Tomó la parte inferior de su casco y se lo arrancó de un tirón, revelando su rostro ante una multitud conmocionada.

–¡Soy yo! ¡HICCUP!


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Sip. Así termina el capítulo.

¿Qué? ¿Dejarlo en un acantilado es muy cruel? Bueno, lo único que tengo en mi defensa es que soy la escritora. Y por eso puedo darme el lujo de ser así. (Inserte risa malvada)

EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO: Hiccup se ha revelado a todos y su padre está menos que contento. ¿Qué hará Stoick? ¿Cómo reaccionará Astrid a este inesperado descubrimiento?

Notas:

[1]. Tyr es el dios de la guerra, la ley, el coraje, la justicia y el orden en la mitología nórdica, descrito como el 'Æsir de una mano'.Como dios de la guerra y la justicia era uno de los más venerados por los vikingos. Era famoso tanto por evitar que surgieran conflictos, como por hacer lo necesario para que la resolución de los mismos fuera hecha con justicia, por lo que su nombre siempre formaba parte de las fórmulas en las que juraban los vikingos. Aun cuando Tyr era zurdo (ya que su mano derecha fue arrancada por el lobo Fenrir en el momento en que lo encadenaron) y en ese tiempo, eso era asociado con la mala fortuna, esto nunca lo hizo menos importante comparado con otras divinidades.

[2]. Esto no lo mencioné en el capítulo anterior, pero aunque los vikingos tenían una cultura un tanto progresista para su tiempo, todavía compartían algo en común con otros pueblos medievales: el sentido del honor. Esto incluía elementos como la familia, la religión, la victoria y el deber, así que perderlo era un asunto muy serio, casi como perder la vida. Los juramentos medievales son un ejemplo de eso. En este caso, si Stoick daba su "palabra" se comprometía a realizar lo que prometía a costa de su honor, credibilidad y respeto como jefe.

Listo. No tengo nada más que agregar, así que, sí, eso es todo. Pueden volver a sus vidas normales.