CAPÍTULO 12
Sin saber cómo, sus labios se encontraron, aunque por pura decisión de ella. Derek la apartó un poco, con la sorpresa reflejada en el rostro, tratando de comprender qué acababa de ocurrir. ¿Por qué había cambiado de opinión? Ella le había asegurado que no estaba preparada, y sin embargo, no había dudado en tomar la iniciativa. Tal vez era el aislamiento de aquel lugar. Tal vez era el dolor, la búsqueda de consuelo aunque sólo fuera momentáneo.
Se miraron, sopesando en silencio las consecuencias de sus actos. ¿Era un error? Definitivamente, sí. La cuestión era si ambos estaban dispuestos a asumirlo.
En silencio, los dos habían llegado a la misma conclusión. Una noche, ¿Qué podría importar una sola noche en una vida entera?
Y entonces sus bocas se estrellaron de nuevo, en un baile furioso, renegando del mañana.
Morgan dejó sus labios sólo para hundirse en su cuello, mientras ella acariciaba su nuca, jadeando. Derek decidió dar un paso más, y estrechándola contra él por la cintura, comenzó a juguetear con el bordillo inferior de su jersey de cuello alto. Derek estaba sentado, con las piernas flexionadas, y Emily había acabado de rodillas entre ellas. Morgan acarició su cuerpo, deslizando sus dedos por el interior del jersey. Al rozar las cicatrices de su estómago, la notó temblar, pero Emily no se apartó ni un milímetro. Derek la admiró más sólo por eso.
No podía creer que fuera a hacer el amor con ella. Había imaginado aquel momento en muchas ocasiones, pero nada se asemejaba a tenerla entre sus brazos realmente.
Volvió a sus labios, mientras continuaba recorriendo su cuerpo con sus experimentados dedos, tocando las zonas precisas en el momento preciso, y arrancando sus gemidos como si de una escala musical se tratara. Sus manos comenzaron a subir a través del interior del jersey, pero justo cuando llegó al encaje de su sujetador, todo cambió.
— ¡Derek, no!— Exclamó Emily y se apartó de él, arrastrándose hacia atrás — Por favor... no...— Suplicó con los ojos vidriosos— No puedo...
Por supuesto, Morgan estaba desconcertado. En su ignorancia, no podía entender que ella se sintiera demasiado avergonzada y herida como para mostrarle la marca que Doyle había dejado en su piel. Aquel maldito trébol que ningún cirujano podría eliminar del todo, el que siempre la perseguiría a donde quiera que fuera como si se tratara del mismo Doyle. Emily había creído erróneamente que estaba preparada para la intimidad sexual, pero había comenzado a temblar en cuanto Derek se había acercado demasiado al tatuaje. El miedo que la paralizaba durante muchas noches en sus pesadillas, la había paralizado de nuevo despierta, y no había podido impedir que aquella sensación de nauseas, aquella humillación, aquel miedo, la invadiera.
Al principio, Derek creyó que se había arrepentido, pero le bastó mirarla a los ojos para advertir el terror que escondía. Y temblaba. Y jadeaba. Y había cerrado las manos en dos puños alrededor del borde del jersey. ¿Qué demonios le ocurría? Morgan tenía la suficiente experiencia con mujeres como para darse cuenta de que aquello no se trataba de un simple arrepentimiento. Había algo más que, por el modo en que evitaba mirarlo, claramente ella no estaba dispuesta a compartir. Se había encerrado en sí misma, bajo una tonelada de piedras.
— ¿He hecho algo?...— Se atrevió a preguntar, sólo para estar seguro de que no la había presionado para hacer algo que no deseaba.
Ella negó con la cabeza.
— No tiene nada que ver contigo...— Dijo, sin mirarlo— Es por mí...
Derek sabía que en circunstancias normales esa expresión no habría sido más que la típica excusa que alguien daría para no herir a la otra persona, pero aquellas no eran unas circunstancias normales, y supo que por una vez, esa excusa era cierta. El monstruo que los acababa de separar no tenía nada que ver con él. El monstruo tenía un nombre, Ian Doyle, aunque ella no se atreviera a pronunciar su nombre en alto.
— Habla conmigo— Le pidió él, en un último intento.
En lugar de responder, Emily se incorporó, y se dirigió a la cama, sintiéndose un poco menos vulnerable más alejada de Morgan.
— Por favor...— Le suplicó él de nuevo.
Emily se sentó en la cama, y por fin, a aquella distancia más segura, consiguió mirarlo a los ojos.
Compartimentando.
— No hay nada de qué hablar... Sería un error, ya lo sabes...— Contestó ella
Morgan no la creyó ni por un instante.
La noche que prometía ser la culminación de sus sentimientos reprimidos, acabó siendo larga e incómodamente silenciosa. Derek permaneció junto a la chimenea. Trató de dormir, pero le resultó imposible. No fue el único, notó cómo Emily daba vueltas en la cama, que sólo poco antes había rechazado, sin poder conciliar el sueño, hasta que finalmente la mañana los alcanzó.
Se levantaron al escuchar el ruido del motor de un vehículo. Al final la ayuda había llegado.
Emily se apresuró a recoger sus cosas y salir. Frente a la cabaña, había un jeep todoterreno con cadenas especiales para la nieve. No habrían podido salir de allí de otro modo. Aún había mucha nieve acumulada.
El conductor, un hombre entrado en los sesenta años, con barba blanca y un abrigo que le recordó a Emily que aún no se había puesto el suyo, la saludó con un gesto de la mano.
— ¡¿Están bien por ahí?!— Preguntó observándola con curiosidad.
Emily respondió también alzando la mano.
— ¡Todo bien!— Exclamó ella— ¡Gracias por venir!
— ¡Será mejor que nos vayamos antes de que comience a nevar de nuevo! ¡La tormenta no ha terminado!
Definitivamente, Emily no tenía intención de permanecer más tiempo en aquel lugar. Sin esperar a Morgan, se acercó al vehículo y maldijo su suerte al reparar en que sólo había asientos en la parte delantera. Tres exactamente. No le quedaría más opción, que sentarse en medio de ambos hombres. Derek apareció poco después, saludó al conductor, y después de mirar a Emily brevemente, que apartó la vista hacia sus manos, subió al todoterreno.
— No es un mal lugar para una pareja de enamorados— Bromeó el hombre, que se había presentado con un simple Sam.
Ni Emily ni Morgan contestaron. No tenía maldita gracia.
El trayecto transcurrió en silencio, al menos entre la pareja. Sam era un hablador sin remedio y poco le importaba si su conversación era en realidad un monólogo. En el fondo, Morgan y Emily lo agradecieron, así tendrían excusa para ignorarse.
Poco antes de llegar al pueblo, el teléfono de Morgan sonó. Era Hotch. Emily se limitó a deducir el contenido de la conversación sólo escuchando la mitad de ella, aunque teniendo en cuenta que Morgan apenas utilizaba monosílabos, sólo pudo averiguar que hablaban del sudes y poco más.
— Lo han identificado— Le informó Morgan al terminar la llamada— La policía lo acaba de detener. J.J. ha llevado nuestras cosas al jet. Nos esperan allí.
En otras circunstancias, Emily le habría preguntado por los detalles, pero a ninguno de los dos le apetecía hablar. Sabía que García había reservado habitaciones en un hotel, aunque ni ella ni Morgan las habían utilizado. Seguramente ni siquiera el resto del equipo. Lo más probable era que se hubieran quedado trabajando toda la noche, de ahí la detención tan temprana del sudes.
Emily subió primero al jet. Se detuvo un momento para comprobar los asientos libres. Al entrar a la izquierda, había cuatro asientos enfrentados entre sí, dos a dos. A la derecha, dos asientos laterales, en fila, que eran un poco más amplios y que normalmente utilizaban para echar una cabezada. Y en la parte trasera, dos asientos más, individuales, uno a cada lado. Reid y J.J. habían ocupado los dos más próximos a la ventana, en el lado izquierdo, y Rossi y Hotch se encontraban en los individuales en la zona de atrás, por lo que quedaban libres los dos asientos del pasillo, junto a Reid y J.J. y los dos laterales. Reid ya estaba barajando el mazo de cartas de póquer, por lo que Emily asumió que los esperaban a ella y a Morgan para jugar.
— ¡Ey, forasteros!— Saludó J.J. al verlos llegar.
Hasta ese momento, Emily no se había dado cuenta que Morgan esperaba justo detrás de ella a que avanzara.
— ¿Qué tal la experiencia de pasar la noche aislados en mitad de la nada?— Bromeó Reid.
Honestamente, Emily no se sentía capaz de contestar aquella pregunta.
— No tengo palabras...— Murmuró Emily, y esquivando el asiento que J.J. le ofrecía a su lado, se sentó en uno de los laterales. La rubia la miró con curiosidad, pero Emily simplemente la ignoró.
— ¿Inolvidable?— Se burló Rossi.
— Sí... Lo habría sido aún más si no hubierais encontrado refugio— Apuntó Hotch— Y se prevé que la tormenta empeore de nuevo en unas horas.
— Sam nos lo advirtió— Recordó Morgan.
Los agentes sonrieron. Habían conocido a Sam. Todo un personaje que parecía haber salido de una película costumbrista.
Morgan, tomó asiento entonces junto a Reid. Emily habría preferido que lo hubiera hecho junto a J.J. sólo para no tener que enfrentar sus ojos cada vez que levantara la vista.
— ¿No quieres jugar al póquer, Emily?— La invitó Reid, que seguía barajando con afán las cartas.
— No, gracias— Respondió ella, titubeante, mientras colocaba una almohada en uno de los extremos del asiento. No tenía intención de dormir, sólo de fingir que dormía— Esta vez paso...— Se recostó en el asiento y se ocultó bajo una manta.
— Oye, ¿está bien?— Le susurró J.J. a Morgan, señalando a la morena— Parece nerviosa.
Emily había cerrado los ojos, pero sus oídos seguían en perfecto estado, así que no pudo evitar escuchar los cuchicheos de sus amigos. Habría sido el momento idóneo para que Morgan hubiera hecho algún comentario dejándola en mal lugar. No se merecía más que su enojo. Tenía todo el derecho a estar resentido.
— Sólo está cansada...— La excusó Morgan, para sorpresa de Emily— Apenas pudimos dormir.
Reid se echó a reír en voz baja.
— ¿Qué le hiciste, Morgan?
Por supuesto era una broma, pero era tan cercana a la verdad, que Emily contuvo el aliento mientras esperaba una respuesta de Derek.
— Reid, déjalo— Le cortó tajante Morgan— Sólo está cansada—Repitió.
Emily tuvo claro que Morgan no tenía ninguna intención de compartir sus asuntos personales con nadie. Si estaba molesto con ella, no lo estaba demostrando. Abrió los ojos y cuando sus miradas se cruzaron, Emily no encontró ni rastro de ira en él. Sólo compasión. No sabía qué era peor.
El genio se arrepintió de su comentario. Derek no parecía tener ganas de bromear.
— Está bien...
Morgan se encontró atrapado entonces por la mirada escrutadora de J.J., que se había percatado de la sutil interacción entre ambos. Algo ocurría, pero no tenía idea de qué era.
— Reid, ¿repartes o piensas marearlas?— Lo instó Derek con un resoplido.
Había pretendido utilizar un tono jocoso, pero lo cierto era que resultó demasiado exasperado como para que lo fuera.
El siguiente intercambio de miradas fue entre J.J. y Reid. Por no hablar de que Morgan había conseguido llamar la atención de Hotch y Rossi.
— Reparte, Spence— Le pidió J.J. con suavidad.
Morgan se retiró de la partida unos veinte minutos después, y se colocó los cascos de música, sumiéndose en sus pensamientos. J.J. y Reid lo hicieron poco más tarde, y aprovecharon para dar una cabezada hasta llegar a Virginia.
Cuando finalmente el jet aterrizó, todos se apresuraron a recoger sus cosas para salir de allí cuanto antes. Estaban agotados, y aún tendrían que pasar por las oficinas antes de regresar a sus hogares. Apenas era mediodía, pero Hotch los había enviado a casa para que descansaran.
Morgan retuvo a Emily justo al descender del avión. Había esperado a que todos se adelantaran para hablar con ella a solas. Dos coches que tendrían que compartir, aguardaban algo más adelante.
— ¿Puedo pasarme por tu casa más tarde?— Le preguntó, con la esperanza de que fuera lo que fuera lo que había sucedido, pudieran aclararlo.
Emily vaciló. Delante de ellos, el grupo comenzaba a ocupar los vehículos.
— No estoy segura de que sea buena idea...
Morgan notó la inseguridad en su voz. No se sentía cómoda y él no podía hacer otra cosa que respetarlo.
— Está bien... Pero llámame si cambias de idea...
Continuó su camino hasta reunirse con el resto. Emily esperó a que Morgan escogiera uno de los vehículos para subirse en el otro, algo demasiado habitual en los últimos tiempos. Afortunadamente eran seis, así que a nadie le extrañó demasiado que se dividieran en dos grupos de tres. Emily con Hotch y Rossi, y Morgan con J.J. y Reid.
— ¿Estás molesta con Morgan?— Preguntó repentinamente Rossi.
A veces Emily odiaba la capacidad del italiano para hacer preguntas intencionadamente inoportunas. En esas ocasiones Rossi le recordaba un poco a Clyde, pero sin palabras mal sonantes. Hotch le dirigió una expresión de advertencia desde el asiento del conductor, pero Rossi no se dio por aludido.
Emily, sentada en la parte trasera, se maldijo por no haber escogido el otro vehículo. Enfrentar a Reid y J.J. era más sencillo. Era evidente que Morgan había pensado lo mismo.
— ¿Debería?— Preguntó Emily tratando de aparentar indiferencia.
— Contestas con otra pregunta— Señaló Hotch.
Por primera vez, Emily se dio cuenta de que Rossi no era el único que sentía curiosidad. ¿De qué diablos habían estado hablando los dos agentes mientras ella fingía dormir?
— No estoy molesta con Morgan— Se acomodó en el asiento y cerró los ojos— Pero si sigues preguntándome cosas absurdas estaré molesta contigo.
— Claro...— Ironizó Rossi.
A Emily, el trayecto hasta Quántico se le hizo casi tan largo como el vuelo entre Maine y Virginia.
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