La emosión de la adrenalina recorrió todo su cuerpo, el puño se apretó sobre su bolter y unas ganas sobrenaturales lo insitaban a cargar contra los enemigos que tenía justo al frente. Aún así, Murrey ya había logrado reprimir esos impulsos tan primitivos que invadían su cuerpo.
Sabía que no podía morir, sabía que todo el campo de batalla central dependía de su liderzgo, y mantener su cabeza pegada a sus hombros era su máxima prioridad. Por eso esos gigantes de dos metros y medio de alto de armaduras blancas atravesaron todo el campo de batalla como una sombra, solo para acertar un golpe mortal contra la cabeza orka.
Aún así, Murrey no se sintió triste por no poder pelear tan emocionante batalla. Todo lo contrario. Disfrutaba ver como los miles de pieles verdes hacía lo posible por superar las garras de los astartes, pero ni siquiera uno de ellos caía ante los abrumadores números. Pero Murrey tenía otros planes en mente. El orko al mando señaló hacia la carnicería, y con un extraño gesto que parecía imitar a una pistola, bajó el pulgar... y un marine espacial de los Halcones de la Tormenta cayó abatido, con una enorme herida que atravesaba su espalda y cervoarmadura.
Si bien las cervoarmaduras modelo Corvus eran más ligeras estaban especializadas para la infiltración y el sigilo, seguían sierdo poderosas barreras contra cualquier ataque enemigo. Así que ver como uno de los suyos cayó muerto sobre el suelo, aún cuando no había ningun orko cerca de él, simplemente dejó a todos, incluyendo a los propios orkos a su alrededor, atonitos. Y lo pero de todo, que este fue simplemente el primero.
Uno por uno, los astartes de los Halcones de la Tormenta caían ante un enemigo invisible. Cualquiera pudiese pensar que Murrey estaba usando su poder Whaaag a voluntad para tal tarea, pero nada más alejado de la realidad, pues el orko aún desconocía de esta capacidad. Aún.
Aún así, eso no explicaba el porqué cada vez que Murray baja el pulgar, uno de los astartes de pálida armadura caía muerto con enormes cortes que atravesaban todo su cuerpo. El capitán del pequeño grupo, aquel marine espacial de casco rojo distintivo, miraba sin poder explicarse como sus hombres caían ante una fuerza misteriosa. Ya no quedaban muchos, y seguro el mismo sería el proximo en caer. ¿Acaso... había algo capaz de sobrepasar el sigilo de los descendientes del cuervo? Imposible... O al menos eso quería creer. Pero entonces lo vió.
Fue un instante. Una milésima de segundo. Algo imposible de ver para incluso un astarte promedio. El capitán vió extrañado como el aire a su alrededor se desformaba, creando pequeñas turbulencias que sus ojos mejorados genéticamente fueron capaces de apreciar. Sin pensarlo un segundo, se lanzó sobre la sombra, agitando sus mortales garras electrificadas sobre la aparente nada, pero entonces... lo vió. Y no eran solo uno.
Tanto los astartes como los propios orkos quedaron atónitos al ver como un selecto grupo de cuarenta orkos o menos salían de entre las sombras, como si atravesaran las filas de pieles verdes sin ser detectados Tanto los astartes como los propios orkos quedaron atónitos al ver como un selecto grupo de cuarenta orkos o menos salían de entre las sombras, como si atravesaran las filas de pieles verdes sin ser detectados. Orkos que portaban equipo de combate especializado y armas más refinadas que el resto. Pero sin lugar a dudas, lo más llamativo era su peculiar patrón de colores morado que tenían pintado sobre sus pieles y ropajes.
Un mito. Una leyenda viviente se mostraba ante sus ojos. Todo orko sabe la importancia de los colores. Así como el rojo te hace ir más rápido, o el amarillo hace que las cosas exploten más fuertes, o el azul le da suerte a su portador: El morado hacía a un orko invisible. Esto puede sonar absurdo, pero dada esa creencia orkoide de miles de millones de pieles verdes por toda la galaxia, estos orkos gozaban de un aura Whaaag que los hacía prácticamente invisibles a los ojos mortales. Y solo el capitán de una compañía descendiente del cuervo, los maestro de las sombras, pudo detectar un ligero rastro de sus movimiento. [No se si esto es canon, pero es conocimiento común al parecer.]
Los astartes de los Halcones de la Tormenta fueron reducidos a apenas unos cinco, los cuales entre la ya superioridad numérica, y este repentino giro de los acontesimiento, habían quedado completamente en desventaja.
El capitán de los halcones lo supo de inmedito. Ese orko que decapitó al apenas descender no era el Kaudillo, todo fue un maldito error y habían confundido a su objetivo. Miró a su alrededor intentando buscar al verdadero jefe de la horda, pero dado que Murrey no destacaba por su altura no pudo encontrarlo. Había fallado... Y pagaron las consecuencias.
Capitán: - ¡RETIRADA! -
Ante el llamado desesperado de su superior, los cinco astartes sobrevivientes alzaron vuelo usando sus jetpack para abandonar la zona lo más rápido posible. Pero a pesar de sus desesperados intentos, el fuego de tierra era demasiado fuerte, logrando que solo el capitán con dos de sus hombres pudiesen alejarse lo suficiente como para disipar su presencia en las espesas nubes de contaminación del planeta. Tal derrota, los marcaría de por vida.
Murrey vió como sus presa se alejaban, pero no podía hacer nada para perseguirlo, pero algo mucho más preocupante captó su atención. Cuando bajó la mirada, pudo notar su mano izquierda temblar, mientras su mano derecha se aferraba a su bolder con fuerza. ¿Acaso eso era miedo? Imposible. Los orkos no sienten miedo de la muerte. Eso no tenía sentido.
Lo que Murrey ignoraba, era que eso era una consecuencia negativa de su propia inteligencia en aumento. Una ventaja muy peligrosa, que podía jugarle en su contra. Así que debía tener cuidado.Y era conciente de ellos.
Los pieles verdes a su alrededor estaban muy concentrado en celebrar su victoria sobre esos cobardes astartes que no se percataron de su momento de debilidad, y para cuando bajaron sus cabezas, esos extraños orkos pintados de morada simplemente había... desaparecido. Como la tiniebla invisible que siempre fueron. Eran la sombra de la horda, y así se mantendrían hasta que el matazanos dijera lo contrario.
Mientras tanto, en el otro lado del campo de batalla, Kurnet rugía de fervor antes la batalla, más emocionado y molesto que nunca. Tal como había mencionado, el segundo equipo de los Halcones de la Tormenta intentó asesinarlo antes de empezar el combate, pero a diferencia de Murrey, los instintos de este orko y sus reflejos estaban en un nivel completamente diferente.
Kurnet era el mejor guerrero de la horda, y todos los orkos lo sabían, y su aguda vista logró detectar a los astartes incluso antes de que se acercaran. Mientras los cuervos blancos caían sobre este, Kurnet gritó desenfrenado mientras disparaba toda la munición de su ezcopetón, la cual apenas eran dos dispraros, pero justo cuando uno de los marines espaciales creía ser capaz de atravezar su verde piel con sus garras de combate, lo único que pudo ver fue su propio cuerpo partido a la mitad ante la imposible fuerza con la que Kurnet blandió su estrambólica espada llena de pinchos.
Kurnet gritó "cobardes" a los cuatro vientos. ¿Qué tipo de guerrero usa una estrategia tan patética contra sus oponentes? Esos no son guerreros. Esos eran cobardes. Y Kurnet se encargaría de cegar sus vidas uno por uno, obligando al resto de pieles verdes a no ser más que meros espectadores.
Uno por uno, los Halcones de la Tormenta caían ante la furia del orko más fuerte de la horda. Su gran espada dejaba las garras de los astartes como juguetes insignificantes. De hecho, el propio Kurnet se sintió tentado a tomar las garras de las cervoarmaduras para él, pero viendo la forma en que derrotaba a los marines se sintió tan desepcionado que pensó que tales armas no valían la pena. Lo que Kurnet ignoraba, era que unos simples astartes no eran rivales para alguién que estaba a punto de alcanzar al gran Ghazghkull en fuerza y tamaño. Uno que, además, tenía sobre sus hombros los curiosos ojos de Gorko.
Aún así, el campo de batalla de Atem III era mucho más grande de lo que ningún orko imaginaba. Uno que solo Kanan y Murrey sabían con exactitud.
Marine: - Mariscal Warhner. Hemos recibido una llamada de emergencia del coronel Tairon. Las fuerzas del Astra Militarum se están enfrentando a los orkos en la superficie del planeta. -
Warhner: - ¿Qué? ¿Cómo? Los escanes indicaron que no había presencia de grandes grupos de orkos en la superficie del planeta?
Marine: - Lo desconocemos. Pero el coronel solicita nuestros refuerzos de inmediato. Según sus propias palabras, podrían estar enfrentándose a toda una horda. -
Werhner: - Algún informe de los Halcones de la Tormenta. -
Marine: - No recibimos noticias de ellos desde hace varios minutos. -
Werhner: - Entendido. Media vuelta, regresaremos a Aten III de inmediato. -
Las colosales naves imperiales comenzaron a girar en ciento ochenta grados de vuelta a Aten III, pues debían apurarse si querían poder llegar a tiempo y ayudar a las tropas del coronel Tairon.
Como astartes que eran, astartes que no fuesen descencientes de los salamandras o del Rey Lobo, no sentían realmente la necesidad de salvar vidas humanas, pero si podrían usar a los efectivos del Astra Militarum para sus objetivos lo usarían así tuviesen que usarlos como carne de cañón. Incluso alguién como el propio coronel Tairon era prescendible en un ejército de trillones por toda la galaxia... Y el propio Tairon más que nadie lo sabía. Aún así, puede que sus planes de reunificación se viesen completamente frustrados.
Marine: - Mariscal. Las naves orkas está aquí. -
El propio mariscal no pudo evitar dejar escapar una muestra de molestia ante la noticia. La llegada de las naves orkas era un gran inconvenientes, y ya podía divisar los centenares de pedazos de metal y cinta adesiva a los que los orkos llamaban "naves" acercarse por los monitores del buque insignia.
Werhner más que preocupado par la llegada de la flota orkoiden en si misma, tenía algo más en su mente que lo hacía sentir intranquilo. La llegada de las naves orkos fue... demasiada oportuna. Justo a tiempo por así decirlo. Pero... era imposible que el ataque en la superficie de Aten III y la flota orkoide estuviesen coordinados. ¿Verdad? Eran orkos después de todo. Era imposible que tramaron algo así de grande. O eso era algo que el mariscal prefería no dar por sentado.
Werhner: - Que todas las naves capitales se enfrenten a la armada orka. Que las naves de apoyo sigan hacia Aten III. Desplegád todas las fuerzas sobre la superficie y acabad con cada rastro de piel verde en el sector. Y que el Emperador nos ayude. -
Orko: - Ja ja ja ja. Mirad miz bukaneroz. Eztán juzto allí. Nueztra próczima preza. El kaudillo eztaba en lo zierto. -
Squig: - Eztaba en lo zierto. Eztraba en lo zierto. - Repitió el squig perico que tenía sobre su hombro.
Orko: - Zilenzio, zabandija de agua dulze. Nadie le roba el momento de hablar al gran kapitán Kul'gar. -
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